Juan pablo II amor y responsabilidad estudio de moral sexual



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La debilidad de la simpatía proviene, como se ve, de su falta de objetividad. Pero de ahí proviene también su gran fuerza subjetiva que da al amor de las personas su expresividad subjetiva. El mero reconocimiento intelectual del valor de otra persona, por honesta que sea, no es todavía el amor (ni el atractivo, como lo hemos dicho al principio de este capítulo). La simpatía es la única que tiene el poder de acercar las gentes de una manera sensible. El amor es una experiencia, y no tan sólo una deducción. La simpatía introduce a una persona en la órbita de otra persona en cuanto cercana a nosotros, hace que se “sienta” su personalidad entera, que se viva en su esfera, encontrándola a un mismo tiempo en la propia. Gracias a esto, precisamente, la simpatía es un testimonio de amor empírico y verificable, tan importante en las relaciones entre el hombre y la mujer. Gracias a ella sienten su amor recíproco, sin ella se extravían y se encuentran en un vacío igualmente sensible. Por esto les parece, en general, que el amor se acaba tan pronto como desaparece la simpatía.

No obstante, el amor, en su conjunto, no se limita a la simpatía, como la vida interior de la persona no se reduce a la emoción ni al sentimiento, que no son más que sus elementos. Un elemento más profundo y con mucho el más esencial es la voluntad, llamada a modelar el amor en el hombre y entre los hombres. Es importante constatarlo, porque el amor entre la mujer y el hombre no puede pararse al nivel de la simpatía: necesita llegar a la amistad. En la amistad —a diferencia de la simpatía— la participación de la voluntad es decisiva. El contenido y la estructura de la amistad podrían expresarse por esta fórmula: “Quiero el bien para ti, como lo quiero para mí.” Aparece ahí, como se ve, la benevolencia (“quiero el bien para ti”) y el “reforzamiento” del sujeto, del “yo”. Mi “yo” y el tuyo constituyen conjuntamente una unidad moral, porque la voluntad es igualmente benévola respecto de los dos. Por la fuerza de las cosas, tu “yo” llega a ser, por tanto, mío y vive la misma vida. Así es como se explica la palabra “amistad”. El reforzamiento del “yo” pone de relieve la unión de las personas realizada por la amistad.

La unión de amistad no es la unión de simpatía. Esta a se apoya únicamente en la emoción y el sentimiento: la voluntad no hace más que consentir. En la amistad, es la voluntad misma la que se compromete. He ahí por qué la amistad toma realmente posesión del hombre todo entero: es ésa su obra, implica la elección de la persona, del otro “yo” hacia el cual se orienta. En la simpatía, no está aún todo esto completo. De ahí la fuerza objetiva de la amistad. Esta última tiene, con todo, necesidad, como de una acentuación subjetiva, de ponerse de relieve en un sujeto. La simpatía sola no es todavía amistad, pero crea las condiciones en que podrá nacer ésta y alcanzar su expresión objetiva, su clima y su calor afectivo. Desprovisto de este calor, que le da la simpatía, el “quiero el bien para ti” recíproco, aunque constituye la raíz de la amistad, queda en el vacío. Es imposible reemplazarlo con mero sentimiento;. sin embargo, privado del sentimiento, resulta frío y poco comunicativo.

Desde el punto de vista de la educación del amor, se impone la siguiente exigencia: hay que transformar la simpatía en amistad y completar la amistad con la simpatía. Como se ve, esta exigencia va en dos direcciones. De una parte. le falta a la simpatía la benevolencia sin la cual no puede haber amor verdadero. Aunque la simpatía pueda parecer que ya es benevolencia (incluso algo más que benevolencia), escóndese ahí una dosis de ilusión. Analizando el atractivo hemos ya subrayado esta subjetividad del sentimiento, a saber, la tendencia que tiene a “tergiversar la verdad” del objeto y a orientarlo lo más posible hacia el sujeto. En consecuencia, se toma por amistad o incluso por algo más, lo que no es más que simpatía y amor afectivo. Por causa de esto se fundamentan en la simpatía relaciones como la del matrimonio que no pueden objetivamente apoyarse más que en la amistad. Y la amistad, como venimos de constatarlo, consiste en un compromiso de la voluntad respecto a una persona, con miras a su bien. La simpatía ha de madurar, por consiguiente, para llegar a ser amistad, y este proceso exige normalmente reflexión y tiempo. Se trata de completar el sentimiento de simpatía determinando la actitud hacia una persona dada y sus valores por su conocimiento objetivo y convencido. En su compromiso activo, la voluntad no puede tener otra base. Los meros sentimientos no pueden comprometer a la voluntad sino pasivamente, y más bien superficialmente, con una cierta dosis de subjetividad, mientras que la amistad exige un compromiso serio de la voluntad, objetivamente fundado.

Pero, de otra parte, es menester completar la amistad con la simpatía; privada de ésta, la amistad quedaría fría y poco comunicativa. Este proceso es posible del hecho de que, aun a pesar de nacer en el hombre de manera espontánea y a pesar de mantenerse en él de manera irracional, la simpatía gravita hacia la amistad, manifiesta una tendencia hacia ella. Hay en esto una simple consecuencia de la estructura de la interioridad humana de la persona, en la que no se ha adquirido el pleno valor más que para lo que está fundado en la convicción y el libre arbitrio. Ni la una ni el otro pueden ser reemplazados por la impresión o el sentimiento que ella suscita. Por esto, en el mismo momento en que entre dos personas nace la simpatía, una posibilidad y un esbozo —tan modesto como se quiera— de amistad se abren a un mismo tiempo. Pero la simpatía es muchas veces bastante fuerte desde un principio, mientras la amistad es a los comienzos feble y frágil. Se trata ahora de formar la amistad recíproca aprovechando la situación afectiva creada por la simpatía, y dándole una significación profunda y objetiva. La falta que se comete frecuentemente en el amor humano consiste en mantenerlo al nivel de la simpatía en vez de transformarlo conscientemente en amistad. Otra consecuencia de esta falta es la de creer que desde el momento en que termina la simpatía, el amor también se acaba. Esta opinión es bastante dañosa para el amor humano, y esta falta denota una laguna en la educación del amor.

El amor no puede en ninguna manera consistir en una “explotación” de la simpatía, ni en un simple juego de sentimientos y de goce (cosa que, en las relaciones entre la mujer y el hombre, va muchas veces, a la par con la hartura sexual). Esencialmente creador y constructivo —y no limitado meramente a la consumación— consiste, por el contrario, en una transformación profunda de la simpatía en amistad. La simpatía no es más que un indicio, no es nunca una relación perfecta entre personas. Es menester que encuentre en el hombre su fundamento, tomando como base la amistad que dilatarán su clima y su calor. La amistad la simpatía habrían de interpenetrarse sin estorbarse. Ahí reside el “arte” de la educación del amor, la verdadera ars amandi. Es contrario a sus reglas el permitir que la simpatía (que aparece particularmente en la relación hombre-mujer, en la que está ligada a un atractivo sensual y carnal) oculte la necesidad de crear la amistad y la haga á ésta prácticamente imposible. Ahí es, según parece, donde radica frecuentemente la causa de diversas catástrofes y fracasos a que se expone el amor humano.

Detrás de ellos se esconde una disparidad entre dos aspectos del amor, objetivo y subjetivo, que no se recuperan. La simpatía, de carácter subjetivo, no es todavía la amistad, generadora del aspecto objetivo del amor, el cual, por su parte, es necesariamente subjetivo: vive en los sujetos, en dos personas, en ellas es donde se forma y se manifiesta. Pero no se ha de confundir este amor subjetivo con la subjetividad. Aunque subjetivo, ya que está enraizado en los sujetos, el amor ha de estar libre de subjetividad. Ha de estar en el sujeto, en la persona, pero ha de tener un aspecto objetivo. Precisamente por esto, no puede limitarse a ser simpatía: ha de ser amistad. Puede uno darse cuenta de la madurez de la amistad verificando si va acompañada de simpatía, o más aún, si no le está enteramente subordinada y no depende más que de emociones y afectos, ni subsiste cuando no las siente, objetivamente, en las personas ni entre ellas. Entonces únicamente es cuando se puede fundar sobre ella el matrimonio y la vida común de los esposos.

Parece, por consiguiente, como si la camaradería pudiese ejercer un papel importante en el desarrollo del amor entre la mujer y el hombre. La camaradería difiere a la vez de la simpatía y de la amistad. Difiere de la primera porque no se limita a la esfera emotivo-afectiva de la persona, sino que se apoya, por el contrario, sobre bases objetivas tales como el trabajo común, las tareas comunes, los intereses comunes, etc. Y difiere de la segunda porque el “quiero el bien para ti como si se tratase de mi propio ‘yo’”, todavía no tiene lugar en ella. Así que, lo que caracteriza a la camaradería, es un elemento de comunidad fundado sobre elementos objetivos. Hay quienes van a clase juntos, trabajan en el mismo laboratorio, hacen el servicio militar en la misma compañía, se interesan por un mismo género de ocupaciones (v. gr., la filatelia), y así se hacen camaradas. La camaradería puede nacer igualmente entre el hombre y la mujer, estén o no igados por una simpatía afectiva. El primer caso es particularmente fecundo, porque entonces la simpatía puede transformarse en una verdadera amistad. La camaradería crea entre el hombre y la mujer una comunidad objetiva, mientras que la simpatía no les une más que de una manera subjetiva. El aspecto objetivo del amor, sin el cual queda siempre éste incompleto, puede, por tanto, conseguirse gracias a la camaradería. Como lo demuestra la experiencia, los sentimientos son más bien inconstantes, no pueden, por consiguiente, determinar de una manera durable las relaciones entre des personas. Es indispensable que se encuentren medios que permitan a los sentimientos no sólo tomar el camino de la voluntad, sino, lo que es más, hacer nacer esta unidad de quereres (unun velle) que hace que dos “yo” lleguen a ser un “nosotros”. Es justamente en la amistad donde se encuentra esa unidad.

La amistad recíproca tiene un carácter inter-personal que se expresa por ese “nosotros”. Ya aparece éste en la camaradería, aunque le falta todavía esa coherencia y esa profundidad que es propia de la amistad. La camaradería puede ligar entre sí a muchas personas, la amistad se limita más bien a un número pequeño. Los que están ligados por el compañerismo constituyen generalmente un medio, lo cual les caracteriza como fenómeno social. De ahí su papel importante en la formación del amor recíproco, si éste, una vez madurado, ha de conducir al matrimonio y llegar a ser el fundamento de una nueva familia: quienes son capaces de vivir en un grupo, capaces de crearlo, están sin duda bien preparados para dar a su familia el carácter de grupo sólidamente unido en el que reina una excelente atmósfera de vida en común.

 

6. El amor matrimonial [5]



 

El análisis general del amor tiene un carácter sobre todo metafísico, aunque en todo momento nos referíamos a los aspectos psicológicos o éticos. Estos diversos aspectos del amor se interpenetran de tal suerte que es imposible examinar uno cualquiera sin hacer mención de los otros. Hasta aquí hemos procurado hacer resaltar lo que pertenece a la esencia de todo amor y lo que, de una manera específica, encuentra su expresión en el amor entre el hombre y la mujer. En un sujeto individual, el amor se forma pasando por el atractivo, la concupiscencia y la benevolencia. Con todo encuentra su plenitud no en un solo sujeto, sino en una relación entre sujetos, entre las personas. De ahí el problema de la amistad que venimos de analizar hablando de la simpatía y de la reciprocidad que se refiere a la amistad. El paso del “yo” al “nosotros” es para el amor no menos esencial que el hecho de salir de su propio “yo”, que se expresa por el atractivo, en el amor de concupiscencia y en el de benevolencia. El amor —y sobre todo el que nos interesa aquí— es no solamente una tendencia, sino mucho más aún un encuentro, una unión de personas. Es evidente que este encuentro y esta unión se realizan a base del atractivo, del amor de concupiscencia y del de benevolencia creciente en los sujetos individuales. El aspecto individual no desaparece en el aspecto inter-personal, al contrario, éste está condicionado por aquél. De donde resulta que el amor es siempre una cierta síntesis inter-personal de gustos, de deseos y de benevolencia.

El amor matrimonial difiere de todos los otros aspectos y formas del amor que hemos analizado. Consiste en el don de la persona. Su esencia es el don de sí mismo, de su propio “yo”. Hay algo en ello, y al mismo tiempo algo más que el atractivo, que la concupiscencia y aun que la benevolencia. Todos los modos de salir de sí mismo para ir hacia otra persona, poniendo la mira en el bien de ella, no van tan lejos como el amor matrimonial. “Darse” es más que “querer el bien”, aun en el caso en que, gracias a esta voluntad, otro “yo” llega a ser en cierta manera el mío propio, como sucede en la amistad. Tanto desde el punto de vista del sujeto individual como del de la unión inter-personal creada por el amor, el amor de matrimonio es al mismo tiempo algo diferente y algo más que todas las otras formas del amor. Hace nacer el mutuo don de las personas.

Este problema exige que se profundice más. Una cuestión se pone en seguida, la de saber si puede una persona darse a otra, ya que hemos constatado que toda persona es, por su misma esencia, inalienable, alteri incommunicabilis. Es, por lo tanto, no sólo dueña de sí misma (sui juris), sino que ni siquiera se puede alienar ni dar. La naturaleza de la persona se opone al don de sí mismo. En efecto, en el orden de la naturaleza, no se puede hablar del don de una persona a otra, sobre todo en el sentido físico de la palabra. Lo que hay de personal en nosotros está por encima de toda forma de don, sea de la manera que fuere, y por encima de una apropiación en sentido físico. La persona no puede, como si no fuera más que una cosa, ser propiedad de otro. Por consiguiente. queda también excluido el poder tratar a la persona como un objeto de placer, tal como ya lo vimos. Pero eso que no es posible ni conforme a la regla, en el orden de la naturaleza y en sentido físico, puede tener lugar en el orden del amor y en sentido moral. Aquí sí que una persona puede darse a otra—al hombre o a Dios—y gracias a ese don una forma de amor particular se crea, al que llamaremos amor matrimonial. Este hecho muestra el dinamismo particular de la persona y las leyes propias que dirigen su existencia y su desarrollo. Cristo lo ha expresado en esta sentencia, que puede parecer paradójica: “El que haya encontrado la vida la perderá, y el que habrá perdido su vida a causa de Mí la encontrará” (Mt 10, 39).

Hay efectivamente una profunda paradoja en el amor de matrimonio, paradoja no verbal solamente, sino intrínsecamente real; las palabras del Evangelio expresan una realidad particular y contienen una verdad que se manifiesta en la vida del hombre. Hete aquí que por razón de su naturaleza, toda persona es incomunicable e inalienable. En el orden de la naturaleza, está orientada hacia el perfeccionamiento de sí misma, tiende a la plenitud de su ser que es siempre un “yo” concreto. Hemos ya constatado que ese perfeccionamiento se realizaba gracias al amor, paralelamente a él. Ahora bien, el amor más completo se expresa precisamente en el don de sí mismo, en el hecho de dar en total propiedad ese “yo” inalienable e incomunicable. La paradoja aquí resulta doble y va en dos sentidos: primeramente, que se pueda salir de su propio “yo” y, en segundo lugar, que con ese salir no se le destruya ni se le desvalorice, sino que al contrario se le enriquezca, evidentemente en el sentido metafísico, moral. El Evangelio lo subraya netamente: “el que habrá perdido... encontrará”, “el que habrá encontrado... perderá”. Así, pues, encontramos aquí no sólo la norma misma personalista, sino también directrices muy precisas y muy arriesgadas, que amplían dicha norma en varios sentidos. El mundo de las personas tiene sus propias leyes de existencia y de desarrollo.

El don de sí mismo, en cuanto forma de amor, brota de lo hondo de la persona con una clara visión de los valores y la disponibilidad de la voluntad para entregarse precisamente de esta manera. El amor de esposos no puede en ningún caso ser fragmentario o fortuito dentro de la vida interior de la persona. Constituye una cristalización particular del “yo” humano todo entero, el cual, gracias a este amor, está decidido a disponer así de sí mismo. En el don de sí mismo, encontramos, por lo tanto, una prueba sorprendente de la posesión de sí mismo. Las manifestaciones de este amor parecen ser muy diversas. Sin hablar de la abnegada dedicación de la madre a su hijo, ¿no encontramos acaso este don de sí mismo, de su “yo”, en la actitud del médico respecto del enfermo, por ejemplo, en la del preceptor que se consagra abnegadamente a la formación de su alumno, o en la del sacerdote que, con parecida dedicación, se da al alma que se le confía? Militantes o apóstoles se dan a la causa de gentes que ni siquiera conocen personalmente y a las cuales sirven sirviendo a la sociedad. No es fácil distinguir la medida en que interviene en estos casos el amor de dedicación, porque en todos esos casos pueden sencillamente actuar una honesta benevolencia y una sincera amistad con el otro. Por ejemplo, para seguir abnegadamente la vocación de médico, de maestro o de sacerdote, basta querer el bien de aquellos respecto de los cuales nos compromete. Pero, aun en el caso en que nuestra actitud toma el carácter de don de sí mismo y se confirma, por tanto, en cuanto amor, no cabe ningún fundamento para definirlo como amor matrimonial.

El concepto de amor de esposos implica el don de una persona a otra. Por esto empleamos este término en algunos casos, incluso cuando se trata de definir la relación del hombre con Dios (volveremos sobre esto en el capítulo IV). Con mucha mayor razón se justifica hablar de dicho amor matrimonial a propósito del matrimonio. El amor del hombre y de la mujer lleva en el matrimonio al don recíproco de sí mismo. Desde el punto de vista personal, es un don de sí hecho a otra persona, desde el punto de vista inter-personal, es un don recíproco. No se ha de asimilar (y, por consiguiente, no se ha de confundir) el don de sí mismo, del que aquí tratamos, con el “don” en sentido puramente psicológico, ni, menos aún, con el “abandono” en sentido puramente físico. Por lo demás, es solamente la mujer, o a lo menos la mujer sobre todo, la que experimenta su participación en el matrimonio como un “abandono”; el hombre la ve de una manera diferente, de modo que, psicológicamente, hay según él una cierta correlación entre el “abandono” y la “posesión”. Pero el punto de vista psicológico no es aquí el único. En efecto, prolongando hasta el final este análisis objetivo, ontológico por lo tanto, del acto conyugal, llegamos a constatar que en esta relación ha de intervenir necesariamente el don de sí por parte del hombre, sentido de una manera diferente que la mujer, pero no menos real. En el caso contrario, el hombre corre el peligro de tratar a la mujer como un objeto, es decir, como un objeto de placer. Si, pues, el matrimonio ha de responder a las exigencias de la norma personalista, es menester que se realice en él el don de sí, el amor matrimonial recíproco. Según el principio de reciprocidad, dos dones de sí, el del hombre y el de la mujer, se encuentran en él, los cuales, psicológicamente, tienen una forma diferente, pero ontológicamente son reales y “componen” conjuntamente el don recíproco de sí. De ahí surge un deber particular para el hombre, que ha de acompañar su “conquista” y su “posesión” de la mujer con una actitud admisible que consiste igualmente en darse a sí mismo.

Es, pues, evidente que, en el matrimonio, este don de sí no puede tener una significación únicamente sexual. No estando, como no lo está, justificado por el don de la persona, llevaría fatalmente a esas formas de utilitarismo que hemos tratado de analizar en el primer capítulo. Se ha de subrayar este hecho, porque existe una tendencia más o menos acentuada a entender ese “don de sí mismo” en un sentido puramente sexual, o sexual y psicológico. Ahora bien, una interpretación personalista es aquí indispensable. Por esto la moral en la que el mandamiento del amor juega el principal papel se concilia muy bien con el hecho de reducir el matrimonio al amor de esposos, o más exactamente —para adoptar el punto de vista de la educación— con hacer que resulte el matrimonio de esta forma de amor. De ahí se siguen también otras consecuencias que examinaremos en el capítulo IV (primera parte), para justificar la monogamia. El don de sí mismo, tal como lo realiza la mujer para con el hombre en el matrimonio, excluye—moralmente hablando—que él o ella se puedan dar al mismo tiempo y de la misma manera a otras personas. El elemento sexual juega un papel particular en la formación del amor de esposos. Las relaciones sexuales hacen que este amor—aun limitándose a una sola pareja—adquiera una intensidad específica. Y sólo así limitado es como puede tanto más extenderse hacia nuevas personas que son el fruto natural del amor conyugal del hombre y de la mujer.

La noción del amor matrimonial es importante para determinar las normas de toda moral sexual. En el orden objetivo, hay ciertamente entre el sexo y la persona una vinculación enteramente particular, a la cual, en el orden de la conciencia, responde el sentimiento del derecho a la propiedad de su “yo”. (Analizaremos este problema en el capítulo III, “Metafísica del pudor”). Por consiguiente, no cabe tratarse de un abandono sexual que no tuviese la significación de un don de la persona y no entrase, de una manera o de otra, en la órbita de las exigencias que tenemos derecho de poner en el amor de esposos. Estas exigencias se derivan de la norma personalista. El amor de esposos, aunque difiere por su esencia de todas las demás formas del amor anteriormente analizadas, no puede formarse más que en relación con ellas. Es, sobre todo, indispensable que esté estrechamente ligado a la benevolencia y a la amistad. Privado de semejante vinculación, el amor puede caer en un vacío sumamente peligroso, y las personas, comprometidas quedarían entonces desamparadas ante los hechos internos y externos que, imprudentemente, habrían dejado surgir en ellas y entre ellas.

 

II. Análisis psicológico del amor



 

7. La percepción y la emoción

 

Se ha de comenzar este análisis por lo que constituye la “partícula elemental” de la vida psíquica del hombre, a saber, la percepción, y la emoción que de ella se deriva. Llamamos “percepción” a la reacción de los sentidos ante las excitaciones producidas por los objetos. Los sentidos están ligados de lo más estrechamente con la constitución del organismo humano, aunque no se identifican con él. Así que no se puede, por ejemplo, reducir el sentido de la vista a ese mecanismo de la anatomía del hombre: el receptor externo—los nervios ópticos—, los centros cerebrales correspondientes. En el sentido de la vista, hay algo más, una cualidad psíquica específica que no posee ninguno de los demás órganos tomado aparte o en conjunto. Esta cualidad psíquica pertenece al dominio del conocimiento. Con el sentido de la vista, como con cualquier otro sentido, obtenemos conocimiento de objetos definidos, o, por mejor decir, obtenemos conocimiento de objetos de una manera definida. Se trata aquí de objetos materiales, porque son los únicos que pueden ser conocidos por los sentidos. Se dice muchas veces que el objeto adecuado de los sentidos está formado de cualidades sensoriales.



Las percepciones quedan de lo más estrechamente ligadas al conocimiento. Los sentidos reaccionan ante los objetos adecuados mediante sensaciones discernibles en lo interior de la percepción. Cogen y retienen la imagen de un objeto reflejada o refleja. La sensación supone un contacto directo del sentido con el objeto dado; mientras e dura el contacto, dura la experiencia directa en el sentido propio de este término. Pero así que termina, los sentidos conservan la imagen del objeto cuya representación sustituye poco a poco en la conciencia a la percepción que él producía. Con esto llegamos a la noción de sentidos internos. Los sentidos externos son los que entran en contacto directo con el objeto mientras éste se encuentra a su alcance. Los sentidos internos mantienen ese contacto cuando ya el objeto no se encuentra al alcance de los sentidos externos.



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