Juan pablo II amor y responsabilidad estudio de moral sexual



Descargar 0.67 Mb.
Página5/23
Fecha de conversión24.04.2019
Tamaño0.67 Mb.
Vistas210
Descargas0
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   23

Si, por el contrario, se considera la impulsión sexual como si fuese esencialmente una tendencia a la voluptuosidad, se niega por lo mismo la existencia de la interioridad de la persona. Vista así, la persona no es más que un sujeto “exteriormente” sensibilizado para las estimulaciones sensitivas sexuales que provocan la voluptuosidad. Semejante concepción hace colocar —aunque no sea más que involuntariamente— el psiquismo del hombre al nivel del animal, el cual se orienta hacia la búsqueda del placer sensual biológico y tiende a evitar toda pena del mismo género, porque su actitud normal respecto de los fines objetivos de su ser es instintiva. No sucede lo mismo en el hombre, cuyo comportamiento correcto hacia los mismos fines está determinado por la razón que dirige a la voluntad. Por ello, esta actitud adquiere un valor moral, es moralmente buena o mala. Valiéndose de la impulsión sexual es como el hombre toma posición—correcta o incorrectamente—respecto de los fines objetivos de su ser, de aquellos particularmente que están ligados a esta impulsión. Esta posee un carácter existencial y no puramente libidinoso. El hombre no puede buscar en ella su libido, sin negarse a sí mismo. El sujeto, dotado de una “interioridad” tal como la del hombre, sujeto que es una persona, no puede dejar al instinto toda la responsabilidad de la impulsión, no puede tender únicamente a la voluptuosidad. Necesita tomar la plena responsabilidad del uso que hace de su impulsión sexual. Esta responsabilidad es el elemento esencial de la moral sexual.

Es conveniente añadir que la interpretación libidinosa está, en la moral, en estrecha correlación con la actitud utilitarista. Se trata, en el caso, de la segunda significación de la palabra “gozar”, es decir, de aquella de que hemos ya dicho que tiene netamente el carácter subjetivo y, por esta razón precisamente, traduce con tanta mayor evidencia el hecho de tratar a la persona únicamente como un medio, como un objeto de placer. La desviación que se basa en la libido es, por consiguiente, una forma manifiesta del utilitarismo, mientras que el rigorista exagerado no presenta más que algunos caracteres. Además, éstos aparecen en el rigorismo por vía indirecta, si así puede decirse, mientras que la teoría de la libido es una expresión directa.

Pero este problema tiene todavía otro fondo, a saber, su fondo económico y social. La procreación es una función de la vida social en diferentes sociedades concretas (Estados, familias). El problema social y económico de la procreación se pone a diferentes niveles. En efecto, no basta meter en el mundo los hijos, es menester, además, irlos educando y proveer a su existencia. En nuestros días, la humanidad vive bajo la tremenda aprensión de que no podrá hacer frente, desde el punto de vista económico, al aumento natural de la población. La tendencia sexual aparece como una fuerza más potente que la energía económica de la humanidad. Desde hace unos doscientos años, los pueblos civilizados de raza blanca, y últimamente los pueblos subdesarrollados de todo color, experimentan la necesidad de oponerse a la impulsión sexual, o, hablando con más precisión, a sus consecuencias demográficas. Esta necesidad se expresó en la doctrina de Tomás Malthus, conocida por el nombre de maltusianismo, continuada por el neomaltusianismo. Volveremos sobre esta doctrina en los capítulos III y IV. El maltusianismo constituye un problema aparte, que no examinaremos en detalle, porque pertenece al dominio de la demografía, preocupada por el número actual y futuro de hombres en el globo y en sus diferentes partes. Conviene, por el contrario, llamar la atención sobre el hecho de que el maltusianismo se ha asociado a la interpretación de la tendencia sexual por la libido. Ya que la tierra está amenazada de una superpoblación, a la cual la producción de los medios de subsistencia no puede hacer frente, es necesario, pensando en la finalidad objetiva de la tendencia sexual, limitar su utilización. Ahora bien, los que, con Freud, vinculan con la libido la finalidad subjetiva de la tendencia y le atribuyen la mayor importancia, tenderán a guardar intacta esta finalidad, la cual, en las relaciones sexuales, se identifica con el placer; tenderán al mismo tiempo a limitar, o incluso a eliminar, sus consecuencias objetivas, es decir, la procreación. Surge así un problema que los partidarios del utilitarismo consideran como una cuestión puramente técnica, mientras que para la moral católica es de naturaleza puramente ética. El espíritu utilitarista permanece, en este caso, fiel a sus principios: se trata, en efecto, del máximum de placer que la vida sexual prodiga largamente bajo la forma de la libido. La moral católica, al contrario, protesta en nombre de sus principios personalistas: no puede nadie dejarse guiar por sólo el “cálculo del placer” en aquello en que entra en juego la actitud para con la persona; la persona no puede en ningún caso ser objeto de placer. Ahí está el núcleo del conflicto.

La moral católica está muy lejos de juzgar de una manera a priori decisiva en un sentido los problemas demográficos que el maltusianismo ha relevado y cuya gravedad la confirman los economistas contemporáneos. El aumento natural de hombres pertenece a las cuestiones en las cuales se impone una llamada a la circunspección: el hombre, en cuanto ser racional, ha de ser para sí mismo su propia providencia, si así puede decirse, en su vida individual y colectiva. Mas, por más justos que sean los argumentos de los economistas cuando hablan de dificultades demográficas, la solución del problema sexual no puede ir en contra de la norma personalista. Porque se trata, en este caso, del valor de la persona que para toda la humanidad es un bien esencial, más esencial y más importante que los bienes económicos. No se puede, por consiguiente, subordinar la persona a la economía, porque el dominio que le es propio es el de los valores morales que van ligados de una manera particular al amor entre personas. El conflicto entre la tendencia sexual y la economía ha de examinarse necesariamente también bajo este aspecto, e, incluso sobre todo, bajo este aspecto.

Al terminar este capítulo, conviene que propongamos todavía una idea relativa a la impulsión sexual. En la estructura elemental del ser humano, como, por lo demás, en todo el mundo. animal, observamos dos tendencias fundamentales: la tendencia a la conservación y la tendencia sexual. La tendencia a la conservación sirve, como su nombre indica, para conservar, para salvaguardar la existencia del ser concreto, hombre o animal. Muchas son las manifestaciones de esta tendencia, que no vamos a examinar aquí menudamente. Para caracterizarla, podríamos decir que es egocéntrica, en la medida en que, por su misma naturaleza, se concentra sobre la existencia del “yo” en cuanto tal (se trata evidentemente del “yo” humano, porque sería difícil hablar de un “yo” animal, ya que el “yo” es inseparable de la personalidad). Por ello, la tendencia a la conservación difiere esencialmente de la tendencia sexual. En efecto, la orientación natural de esta última trasciende siempre al “yo” propio; tiene por objeto inmediato otro ser de sexo opuesto y de la misma especie, y por objetivo final, la existencia de la especie. Tal es la finalidad objetiva de la tendencia sexual; en su naturaleza —al contrario de la tendencia a la conservación— hay algo que se podría llamar “altero-centrismo”. Esto es, precisamente, lo que constituye el fundamento del amor.

Ahora bien, la interpretación de la tendencia sexual por la libido introduce una confusión fundamental de estos conceptos. En efecto, da a la tendencia sexual una significación puramente egocéntrica, la cual es propia precisamente de la tendencia a la conservación. Por esto, el utilitarismo, ligado a esta concepción, mete en la moral sexual un peligro mayor tal vez que lo que se cree generalmente, el de confundir las líneas esenciales y elementales de las tendencias del hombre y de los medios de su existencia. Semejante confusión ha de tener evidentemente repercusiones en la situación espiritual del hombre. En efecto, formando como forma el espíritu humano con el cuerpo una unidad sustancial, la vida espiritual no puede desarrollarse normalmente si las líneas elementales de la existencia humana están completamente trabucadas en el plano corporal. La moral sexual, sobre todo si acepta como criterio el mandamiento del amor, exige la profundidad en las reflexiones y en las conclusiones.

 

13. Observaciones finales



 

Al final de estas consideraciones, en las que hemos tratado de dar una interpretación correcta de la tendencia sexual (entre otras, eliminando sus interpretaciones incorrectas), se nos ocurren algunas conclusiones ligadas a la enseñanza. tradicional acerca de los fines del matrimonio. La Iglesia, como lo hemos visto más arriba, enseña que en primer lugar el matrimonio tiene por fin la procreación; su fin secundario es la mutua ayuda. Todavía se suele citar un tercer fin: el remedio a la concupiscencia. Así, desde el punto de vista objetivo, el matrimonio ha de servir ante todo a la existencia, en segundo lugar a la vida conyugal del hombre y de la mujer, y, en fin, a la buena orientación de la concupiscencia. Enumerados por este orden, los fines del matrimonio se oponen a toda interpretación subjetivista de la tendencia sexual, y por lo mismo exigen que el hombre, en cuanto persona, sea objetivo en su manera de abordar los problemas sexuales, y sobre todo en su manera de actuar. Tal objetivismo es el fundamento de la moralidad conyugal.

En conclusión, conviene constatar que se trata de obtener estos fines del matrimonio tomando como fundamento la norma personalista. En cuanto persona, el hombre y la mujer han de cumplirlos conscientemente, y esto según el orden definido más arriba, porque es un orden objetivo, al alcance de la razón y, por tanto, obligatorio para las personas. La norma personalista contenida en el mandamiento evangélico del amor indica juntamente la manera esencial de alcanzar estos fines, que se deducen igualmente de la naturaleza y hacia los cuales —como lo ha demostrado nuestro análisis— el hombre es llevado por su tendencia sexual. La moralidad sexual, por lo tanto, la moralidad conyugal, es una síntesis continua y profunda de la finalidad natural de la tendencia sexual y de la norma personalista. Si se considerase uno cualquiera de los fines del matrimonio haciendo abstracción de esta última, se llegaría fatalmente a una cierta forma de utilitarismo (en el primero o en el segundo sentido de la palabra “gozar”). Considerada así, la procreación conduce a la desviación rigorista, mientras que adoptar la teoría de la libido absolutiza el tercer fin del matrimonio, a saber, el remedio a la concupiscencia.

La norma personalista misma no se identifica evidentemente con ninguno de los fines del matrimonio. Por lo demás, una norma jamás es un fin, como un fin jamás es una norma. Pero es un principio del que depende la realización de los tres fines del matrimonio, realización conforme con la naturaleza del hombre en cuanto persona. Ella garantiza, al mismo tiempo, que esos fines serán conseguidos en el orden indicado, so pena de ofender a la dignidad objetiva de la persona. La realización de todos los fines del matrimonio ha de ser, por tanto, al mismo tiempo, un acabado cumplimiento del amor elevado al nivel de la virtud, porque solamente en cuanto virtud el amor corresponde al mandamiento evangélico y a las exigencias de la norma personalista que él entraña. La idea de que los fines del matrimonio podrían alcanzarse sin el apoyo de la norma personalista sería radicalmente anticristiana, porque sería contraria al principio moral esencial del Evangelio. Por eso conviene evitar cuidadosamente una interpretación superficial de la enseñanza de la Iglesia sobre los fines del matrimonio.

Por la misma razón, parece indicado no traducir, como se ha hecho muchas veces, “mutuum adjutorium” (mutua ayuda) —que en la enseñanza de la Iglesia se cita después de la procreación— por amor recíproco, porque esto puede arrastrar a malas inteligencias. En efecto, podría alguno creer que la procreación, fin principal, era extraña al amor, lo mismo que el remedio a la concupiscencia. Sin embargo, ambos fines han de estar fundamentados en el amor-virtud, respuesta a la norma personalista. Por lo que hace a la mutua ayuda, también ella es una consecuencia del amor-virtud. La traducción de “mutuum adjutorium” por “amor” es, por consiguiente, infundada. La Iglesia, cuando define el orden de los fines del matrimonio, subraya solamente que la procreación es un fin objetivamente, ónticamente, más importante que la mutua ayuda de los esposos, seres complementarios (mutuum adjutorium), lo mismo que este fin secundario tiene más importancia que la satisfacción del deseo sexual natural. Pero de ninguna manera ha de oponerse el amor a la procreación ni se le ha de dar prioridad.

El cumplimiento de los fines del matrimonio es, por otra parte, complejo. La eliminación de toda posibilidad de procreación disminuye sin duda alguna las probabilidades de formación y de mutua educación de los esposos. Por lo demás, una procreación a la que no acompañasen el deseo de mutua formación y la tendencia común al bien supremo sería en un cierto sentido igualmente incompleta e incompatible con el amor entre personas. Porque no se trata simplemente de un crecimiento numérico de la especie humana, sino también de la educación cuya base natural es la familia, fundada sobre el matrimonio y cimentadas por la mutua ayuda. Si en el matrimonio hay una cooperación íntima entre la mujer y el hombre, y si saben ambos completarse y educarse mutuamente, su amor madurará para llegar a ser un día el fundamento de una familia, sin que por ello se identifiquen, puesto que en todo caso queda siempre la unión íntima de dos personas.

En fin, la realización del remedio a la concupiscencia depende de la de los dos fines precedentes. De nuevo hay que constatar que una negativa incondicional a las consecuencias naturales del matrimonio, enturbia la espontaneidad y la intensidad de las sensaciones, sobre todo si se emplean medios artificiales. Lo que ciertamente más perturba es la falta de comprensión mutua entre los esposos y la falta de solicitud razonable con miras al bien del otro.

 

CAPITULO SEGUNDO



 

LA PERSONA Y EL AMOR

 

I. Análisis general del amor



 

1. La palabra «amor»

 

La palabra “amor” es equívoca. Nos limitamos aquí adrede a no hablar más que de algunas significaciones, porque no nos interesamos sino por el amor conyugal. Sabemos, no obstante, que, aun así limitado, esta palabra entraña todavía muchos sentidos. Se requiere un análisis detallado para llegar a definir, aunque sea incompletamente, la rica y compleja realidad que designa. Admitiremos como punto de partida que el amor es siempre una relación mutua de personas, que se funda a su vez en la actitud de ellas individual y común respecto del bien. Ello servirá de punto de partida para la primera parte de nuestro análisis, del análisis general del amor entre el hombre y la mujer. Conviene que en seguida distingamos los principales elementos del amor, así de su esencia ligada con la actitud frente al bien como de su estructura de relación mutua de personas. Todo amor comprende esos elementos. Así, por ejemplo, el amor siempre es atracción y afecto. El amor entre la mujer y el hombre no es más que un caso particular del amor y muestra tener todos los rasgos. Por esto sería mejor llamar “metafísico” al análisis general del amor, porque el término que lo designa es manifiestamente analógico.



El análisis general abrirá el camino para el análisis psicológico. El amor de la mujer y del hombre se forma en el psiquismo profundo de la personas y queda vinculado con la vitalidad sexual del ser humano. Lo que, por consiguiente, sería necesario, en el fondo, es un análisis psico-fisiológico o bio-psicológico. Pero el amor humano, el amor de personas, no se reduce a tales aspectos ni se identifica con ellos. Si no fuese así, la palabra “amor” no tendría aquí más que su sentido más amplio de amor natural o “cósmico”, simple tendencia teleológica de la naturaleza.

El amor del hombre y de la mujer es una relación de personas, tiene, pues, un carácter personal. A esto viene a referirse su profunda significación moral y en este sentido es objeto del más importante mandamiento del Evangelio. A esta significación se dirigirá nuestro análisis. Examinaremos el amor concebido como una virtud, la mayor de las virtudes, la que abarca en sí a todas las demás, las eleva a su nivel y las marca con su huella.

Semejante análisis en tres partes de aquello que une a la mujer y al hombre es indispensable para llegar por sus pasos a separar de esa multitud de significaciones asociadas a la palabra “amor” aquella que nos importa.

 

2. El atractivo y la toma de conciencia de los valores



 

El análisis general del amor ve su primer elemento en el atractivo. Hemos dicho que el amor significaba una relación mutua de dos personas, de la mujer y del hombre, fundado en su actitud respecto del bien. Dicha actitud tiene su origen en el atractivo. “Gustar” significa más o menos “presentarse como un bien”. La mujer puede fácilmente parecerle un bien al hombre y viceversa. Esta facilidad con que nace la recíproca atracción es el fruto de la tendencia sexual, particularidad y fuerza de la naturaleza humana, pero fuerza actuante en las personas y que, por ello, exige ser elevada a su nivel.

Este atractivo está estrechamente ligado al conocimiento intelectual, aunque su objeto —el hombre y la mujer— proviene en primer lugar del conocimiento sensible. El atractivo arranca de la impresión, que no es, sin embargo, ella sola la que lo determina. Vemos, en efecto, en el atractivo una vinculación cognoscitiva de un sujeto respecto a un objeto. Ni el conocimiento de la persona dada, ni el hecho de pensar en ella se identifican con el atractivo, porque éste no exige un conocimiento profundo del otro, ni largas reflexiones acerca de él. El atractivo no tiene una estructura puramente cognoscitiva. En cambio, hay que Constatar que en esa vinculación cognoscitiva que tiene el carácter del atractivo, toman parte no sólo los elementos extra-intelectuales, sino también extra-cognoscitivos, a saber, los sentimientos y la voluntad.

El atractivo no es tan sólo el hecho de pensar en la persona dada como en un bien, es asimismo una vinculación del pensamiento respecto de aquella persona en cuanto es un bien. Ahora bien, tal vinculación no puede ser provocada más que por la voluntad. Así, en el hecho de “agradar” está ya comprendido un elemento de “querer”, aunque todavía muy indirecto, lo cual hace que el carácter cognoscitivo se lleve la mayor parte. Se trata, podríase decir, de un conocimiento que compromete la voluntad, por haber sido antes comprometido por ella. Es difícil explicar el atractivo sin admitir una interpenetración del entendimiento y de la voluntad. La esfera de los sentimientos, que juega en ella un gran papel, será objeto de un análisis más detallado en la parte siguiente de este capítulo. Pero desde ahora conviene ya constatar que los sentimientos participan en el nacimiento del amor, porque contribuyen a la formación del atractivo recíproco entre el hombre y la mujer. En su vida afectiva, el hombre experimenta más bien que conoce, porque esa vida se manifiesta por reacciones emotivo-afectivas hacia el bien, importantes para el atractivo. En efecto, una persona aparece en ellas a otra como un bien.

La afectividad es la facultad de reaccionar ante el bien de una cualidad definida, de conmoverse a su contacto (en el análisis psicológico aceptaremos significaciones más precisas de la afectividad, oponiéndola a la sensualidad). Esta cualidad del bien a la cual un hombre o una mujer son particularmente sensibles depende en alguna medida de diferentes factores innatos, heredados o adquiridos bajo diversas influencias, así como del esfuerzo consciente de la persona que tiende a su perfeccionamiento interior. De ahí tal o tal otra coloración de la vida afectiva, que se transmite a las reacciones emotivo-afectivas, principales éstas para el atractivo. Es esa coloración lo que determina, en primer lugar, a la persona a la elección de la otra persona hacia la cual se siente atraída y hacia las cualidades sobre las cuales se concentra.

Porque toda persona es un bien extremadamente complejo y cuasi heterogéneo. El hombre y la mujer son, por su naturaleza, seres, y por tanto, bienes a la vez materiales y espirituales. Así es como aparecen el uno al otro, cuando vienen a ser objetos de su mutuo atractivo. Analizando el atractivo a través de la conciencia del sujeto, sin negar su unidad fundamental, descubrimos en él una pluralidad de experiencias de diversos valores. Todos ellos tienen por origen a la persona hacia la cual se ejerce la atracción.

Pero ésta no es solamente una suma de experiencias vividas a causa del contacto de una persona con otra. Es algo más que el estado de la conciencia que experimenta tales o tales otros valores; tiene por objeto la persona y de ella proviene. Esta actitud respecto a la persona no es sino el amor naciente. El atractivo forma parte de la esencia del amor, es amor en alguna medida, aunque éste no se limite a aquél. Es lo que expresaban los pensadores de la Edad Media cuando hablaban del amor complacentiae: el atractivo no es solamente uno de los elementos del amor, es también uno de los aspectos esenciales del amor en todo su conjunto. Por analogía, podríamos, por consiguiente, emplear la palabra “amor” al hablar del atractivo. De ahí el amor complacentiae. La experiencia de diversos valores que pueden leerse en la conciencia, es sintomática para el atractivo en la medida en que le pone uno o más acentos. Así, en el atractivo que x siente por y, aquel particular valor que él descubre y ante el que reacciona de un modo particularmente intenso, queda, por este hecho, puesto de relieve.

La reacción ante tal o tal otro valor no depende, por lo tanto, únicamente del hecho de que realmente existe en la persona dada, de que ésta lo posee, sino también igualmente de que la otra persona que lo percibe es particularmente sensible a dicho valor. Esto es de una importancia máxima en el amor entre el hombre y la mujer. En efecto, aunque el objeto de la atracción sea aquí siempre Una persona, es cierto que puede uno ser atraído hacia ella de diversas maneras. Por ejemplo, si uno es capaz de reaccionar únicamente, o sobre todo, ante los valores sensuales y sexuales, entonces lo que le atrae, e indirectamente también su amor por tal o tal otra persona, han de tomar necesariamente una forma diferente de la que tendrían en el caso de que fuese susceptible de reaccionar vivamente ante sus valores espirituales o morales, como su inteligencia, las virtudes de su carácter, etc...

La reacción emotivo-afectiva tiene gran parte en el atractivo, que ella marca con una huella específica. Los sentimientos no tienen por sí mismos poder cognoscitivo, tienen, en cambio, el de orientar y de dirigir los actos cognoscitivos, lo cual aparece con la mayor nitidez precisamente en el atractivo. Este hecho crea, con todo, alguna dificultad interior en la vida sexual de las personas.

Esta dificultad reside en la relación de lo vivido y de la verdad. Los sentimientos nacen de una manera espontánea (por esto el atractivo hacia una persona surge muchas veces de manera inesperada), pero esta reacción es, en el fondo, “ciega”. La acción natural de. los sentimientos no tiende a percibir la verdad de su objeto. En el hombre, la verdad es una función y una tarea propia de la razón. Y, si bien hay en esto pensadores (Pascal, Scheler) que recalcan la lógica especial de los sentimientos (logique du coeur[4]), conviene, sin embargo, constatar que las reacciones emotivo-afectivas pueden lo mismo ayudar que impedir el atractivo hacia un verdadero bien. Esto es de suma importancia para el valor de todo atractivo, porque ese valor depende del hecho de que el bien que atrae sea el bien que se buscaba. Así pues, en la atracción entre el hombre y la mujer, la verdad acerca del valor de la persona objeto del atractivo es fundamental y decisivo. En esto contribuyen muchas veces las reacciones emotivo- afectivas a deformar o falsear el atractivo, cuando gracias a ellas se cree percibir en la persona valores de que en realidad está desprovista. Y esto puede mostrarse muy peligroso para el amor. En efecto, la reacción emotiva una vez pasada (y la fluctuación está en la naturaleza), el sujeto que había fundado en ella, y no en la verdad, toda su actitud respecto de determinada persona, se encuentra en el vacío, privada de aquel bien que creía haber encontrado. De este vacío y de esta decepción que lo acompaña nace a las veces una reacción emotiva de signo contrario; el amor puramente afectivo se transforma en odio, afectivo igualmente y dirigido contra aquella misma persona.



Compartir con tus amigos:
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   23


La base de datos está protegida por derechos de autor ©psicolog.org 2019
enviar mensaje

enter | registro
    Página principal


subir archivos