Juan pablo II amor y responsabilidad estudio de moral sexual



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Así es como en lugar del amor, realidad presente en un hombre y en una mujer, y que les permite abandonar la actitud de placer recíproco que consiste en utilizar a la otra persona como un medio que sirve para obtener su fin, el utilitarismo introduce esta relación paradójica: cada una de las dos personas busca cómo precaver su propio egoísmo, y, al mismo tiempo, acepta servir al egoísmo de la otra, la ocasión de satisfacer el suyo, puesto que se la dan de este modo; aun así no la acepta más que bajo esta condición. La estructura paradójica de tales relaciones, que no solamente es plausible, sino que realmente ha de verificarse cuando se acepta el espíritu y la actitud utilitarista, demuestra que la persona (no sólo la del otro, sino también la mía) se reduce aquí verdaderamente al papel de medio, de instrumento. Es ésta una necesidad dolorosa y lógicamente inevitable, casi la antítesis del mandamiento del amor: “Es menester que me considere a mí mismo como instrumento y medio, puesto que así considero yo al otro”.

 

6. El mandamiento del amor y la norma personalista



 

El precepto formulado en el Evangelio intima al hombre que ame a su prójimo, a sus semejantes: prescribe el amor de la persona. En efecto, Dios, que menciona el mandamiento del amor en primer término, es persona por excelencia. El mundo de las personas es diferente y, de una manera natural, superior al mundo de las cosas (de las no-personas), por el hecho de haber sido creado a imagen de Dios. Al exigir el amor de la persona, este mandato se opone indirectamente al principio del utilitarismo ya que, como lo hemos demostrado en el precedente análisis, no puede éste asegurar la presencia del amor en las relaciones entre los hombres, entre las personas. La oposición entre el mandamiento evangélico y el principio utilitarista no es más que indirecta, porque el precepto del amor no enuncia expresamente el principio mismo que permite realizarse el amor en las relaciones entre las personas. Con todo, el mandato de Cristo está situado, si así puede decirse, en un plano diferente del principio del utilitarismo, constituye una norma en otro nivel No se refiere directamente a la misma cosa: el mandamiento nos habla del amor respecto de las personas, mientras que el principio del utilitarismo señala el placer como la base no sólo de la acción, sino también de la reglamentación de las actividades humanas. Analizando el utilitarismo, hemos constatado que, partiendo de la norma admitida por él, no llegaríamos jamás al amor. El principio del placer se nos atravesaría siempre en el camino hacia el amor y ello sería por el hecho de que trataríamos a la persona como un medio que sirve para alcanzar el fin, en este caso el máximum de placer.

El principio del utilitarismo y el mandamiento del amor son opuestos, porque a la luz de este principio el mandamiento del amor pierde su sentido sin más. Evidentemente, una cierta axiología queda todavía ligada al principio del utilitarismo: el placer es, según ella, no sólo el único sino también el más alto valor. Renunciaremos de momento a analizarlo. Es, con todo, evidente que si el mandato del amor, y el amor, su objeto, han de conservar su sentido, es necesario hacerles descansar sobre un principio distinto que el del utilitarismo, sobre una axiología y una norma principal diferentes, a saber, el Principio y la norma personalistas. Esta norma, en su contenido negativo, constata que la persona es un bien que no va de acuerdo con la utilización, puesto que no puede ser tratado como un objeto de placer, por lo tanto como un medio. Paralelamente se revela su contenido Positivo: la persona es un bien tal, que sólo el amor puede dictar la actitud apropiada y valedera respecto de ella. Esto es lo que expone el mandato del amor.

¿Podemos decir, por consiguiente, que el precepto del amor es una norma personalista? Hablando estrictamente, se apoya tan sólo en una norma semejante si se la considera como principio de doble contenido, positivo y negativo. No es, pues, una norma personalista en sentido estricto, pero viene a ser así. La norma personalista es un principio (norma fundamental) que constituye la base del mandamiento del amor, frente al principio utilitarista. Hay que buscar la base del mandamiento del amor en una axiología, diferente de la utilitarista, en otro orden de valores, y esta no puede ser más que la axiología personalista, aquella en la que el valor de la persona siempre es considerado como superior al valor del placer (y por esta razón la persona no puede estar subordinada al placer, no puede servir de medio para alcanzarlo). Si, pues, el mandamiento del amor no se identifica con la norma personalista sino que la pone solamente como principio, del mismo modo que implica también la axiología personalista, tampoco puede decirse que en un sentido amplio es una norma personalista.

La fórmula exacta del mandamiento es: “Ama la persona”, mientras que la de la norma personalista dice: “La persona es un bien respecto del cual sólo el amor constituye la actitud apropiada y valedera.” La norma personalista justifica, por consiguiente, al mandamiento evangélico. Tomándola con su justificación, por tanto, puede verse en ella una norma personalista.

Esta, en cuanto mandamiento, define y ordena una cierta manera de relación con Dios y con los hombres, una cierta actitud que se ha de adoptar respecto a ellos. Esta forma de relación, esta actitud, están de acuerdo con la persona, con el valor que ella representa, luego son honestas. La honestidad, como base de la norma personalista, rebasa la utilidad (que el utilitarismo admite como único principio), pero no la rechaza, la subordina: todo aquello que es honestamente útil en las relaciones con la persona está comprendido en el mandamiento del amor.

Al definir y recomendar una manera de tratar las personas, una cierta actitud para con ellas, la norma personalista, en cuanto mandamiento del amor, implica que esas relaciones y esa actitud sean no sólo honestas, sino también equitativas o justas. Porque es justo aquello que es equitativamente debido al hombre. Ahora bien, es equitativamente debido a la persona el ser tratada como objeto de amor y no como objeto de placer. Puédese decir que la justicia exige que la persona sea amada, y que sería contrario a la justicia servirse de la persona como de un medio. En efecto, el orden de la justicia es más amplio y fundamental que el orden del amor, y éste está comprendido en aquél en la medida en que el amor constituye una exigencia de la justicia. Es cierto que es justo amar al hombre o a Dios, amar a la persona. Pero, al mismo tiempo, el amor (si se considera su esencia) se sitúa más allá y por encima de la justicia, su esencia es diferente. La justicia se aplica a las cosas (bienes materiales o morales, como el buen nombre, por ejemplo) por Consideración a las personas, se refiere a éstas más bien indirectamente, mientras que el amor las atañe directamente; la esencia del amor comprende la afirmación del valor de la persona en cuanto tal. Por consiguiente, si podemos decir con razón que aquel que ama a una persona es por eso mismo justo para con ella, sería falso el pretender que el amor de esa persona se reduce al hecho de ser justo para con ella. En el transcurso de este libro procuraremos ver más por menudo en qué consiste el amor de la persona. Hasta ahora hemos constatado que el amor de la persona ha de fundarse sobre la afirmación del valor supra-real y supra-utilitario de ésta. El que ama procurará demostrarlo con su comportamiento. Y es incontestable que vendrá a ser justo para con la persona en cuanto tal.

Este aspecto del problema, este avecindamiento del amor y de la justicia sobre la base de la norma personalista, es muy importante para el conjunto de nuestras consideraciones sobre la moral sexual. Ahora es cuando viene bien el definir el concepto del amor justo de la persona, es decir, de un amor siempre dispuesto a conceder a cada hombre lo que le pertenece a título de persona. En el contexto sexual, en efecto, lo que se define como “amor” puede fácilmente volverse injusto para con la persona. Y esto no porque la sensualidad y el afecto juegan un papel particular en la formación del amor entre las personas de sexo diferente (volveremos más adelante sobre este problema), sino más bien a causa del hecho de que, en parte inconscientemente, y muchas veces a conciencia, se admite en el terreno sexual una interpretación del amor basada sobre el principio utilitario.

Semejante interpretación se impone en cierto modo tanto más fácilmente cuanto que los elementos sexuales y afectivos del amor lo hacen naturalmente inclinarse hacia el placer. Es cosa fácil pasar de la sensación del placer no sólo a su búsqueda sino también a la búsqueda del placer por sí mismo, es decir, a reconocer al placer como valor superior y base de la norma moral. En esto reside la esencia de las deformaciones del amor entre el hombre y la mujer.

A causa de la gran facilidad en asimilar el dominio de lo sexual al concepto del “amor”, y por llegar a ser ese dominio el terreno de conflictos constantes entre dos apreciaciones y dos normas esencialmente diferentes, personalista y utilitarista, es menester que, para mejor deslindar el problema, subrayemos que el amor, que es la sustancia del mandamiento evangélico, se haga depender únicamente de la norma personalista y jamás de la norma utilitarista. Si, pues, deseamos encontrar soluciones cristianas en el dominio de la moral sexual, hay que buscarlas en la norma personalista. Es menester que tengan su punto de apoyo en el mandamiento del amor. Aunque la aplicación total del mandamiento del amor en su sentido evangélico se realiza por el amor sobrenatural de Dios y del prójimo, dicho amor no se da ni en contradicción con la norma personalista ni se verifica haciendo abstracción de esta norma.

Al final de estas consideraciones, tal vez será útil recordar la distinción que San Agustín estableció entre uti y frui (usar, disfrutar). Distingue dos actitudes, una que consiste en tender a sólo el deleite, sin tener en cuenta el objeto, y es uti; la otra es frui, que encuentra el placer en la manera indefectible de tratar el objeto según las exigencias de su naturaleza. El mandamiento del amor muestra el camino para ese frui en las relaciones entre personas de sexo contrario.

 

II. Interpretación de la tendencia sexual



 

7. ¿Instinto o impulsión?

 

Hemos intentado hasta aquí definir el sitio que corresponde a la persona, sujeto y objeto de la acción, en un contexto particular, el contexto sexual Que la mujer y el hombre sean personas no cambia nada en su respectiva naturaleza. Pero el contexto sexual no se limita a la diferencia “estática” de los sexos, importa igualmente la participación real en las actividades humanas de un elemento dinámico, estrechamente ligado a la diferencia de los sexos. Este elemento dinámico ¿hemos de llamarlo instinto o impulsión?



La distinción se expresa por des palabras, que etimológicamente tienen el mismo sentido. “Instinto” viene de latín “instinguere”, sinónimo de “impellere”, significando uno y otro “instigar”. Por consiguiente el instinto es la impulsión. Por lo que hace a las asociaciones afectivas que acompañan siempre a las palabras, las que van con la palabra “impulsión” referida al hombre son más bien negativas. El hombre tiene el sentido de su libertad, de su poder de autodeterminación. Por esto rechaza espontáneamente todo lo que, de cualquier manera que sea, atenta contra esa libertad. Existe, por tanto, algún conflicto entre la impulsión y la libertad.

Por instinto entendemos, aunque sea sinónimo etimológicamente de “impulsión”, una manera de actuar que nos remite a su fuente. Es una manera espontánea de actuar, no sometida a la reflexión. Es característico que en la acción instintiva los medios muchas veces se escogen sin ninguna reflexión sobre su relación con el fin que uno se propone obtener. Esta manera de proceder no es típica en el hombre quien, precisamente, posee la facultad de reflexionar sobre la relación de los medios con el fin. Escoge los medios según el fin que quiere alcanzar. Resulta de ahí que, cuando actúa de la manera que le es propia, el hombre elige conscientemente los medios y los adapta al fin del que es igualmente consciente. Y puesto que la manera de actuar arroja luz sobre la fuente misma de la acción, es forzoso concluir que está en el hombre esta fuente que le hace capaz de comportarse reflexivamente, por consiguiente de la autodeterminación. Por su misma naturaleza el hombre es capaz de actuación supra-instintiva. Lo es también igualmente en el dominio sexual. Si no fuese así, la moral no tendría ningún sentido, sencillamente no existiría; y, con todo, sabemos que es un hecho universal, reconocido por toda la humanidad. No puede, por tanto, hablarse del instinto sexual en el hombre en el mismo sentido que en los animales, no se puede considerar ese instinto como la fuente esencial y definitiva de la acción del hombre en el terreno sexual.

La palabra “impulsión” etimológicamente tiene casi la misma significación que “instinto”, pero las asociaciones afectivas que provoca son menos negativas. Por esto se presta mejor que la palabra “instinto” para referirnos al hombre.

Se la traduce asimismo por el término “tendencia”. En efecto, hablando de la impulsión, es decir de la tendencia sexual en el hombre, no pensamos en una fuente interna de comportamiento determinista, “impuesto”, sino en una orientación, en una inclinación del ser humano ligado a su misma naturaleza. Así concebida, la impulsión sexual es una orientación de las tendencias humanas, natural y congénita, según la cual el hombre va desarrollándose y se perfecciona interiormente.

Sin ser en el hombre una fuente de comportamientos perfectos e interiormente acabados, la tendencia sexual no por eso deja de ser una propiedad del ser humano que se refleja en su acción y en ella encuentra su expresión. En el hombre es natural, y, por consiguiente, formada. Su consecuencia no es tanto que el hombre actúe de una manera definida, sino más bien el hecho de que le suceda algo que comience a pasar en él sin iniciativa alguna de su parte; el hecho de que interiormente “suceda” algo crea una base a actos definidos, reflexivos por lo demás, en los que el hombre se determina él mismo, se decide él mismo y toma la responsabilidad. Es ahí donde la libertad humana coincide con la tendencia.

El hombre no es responsable de lo que sucede en él en el dominio sexual.—en la medida en que no lo ha provocado él mismo—, pero es plenamente responsable de lo que él hace en este terreno. La tendencia sexual es la fuente de lo que sucede en el hombre, de los diversos acontecimientos que tienen lugar en su vida sensorial o afectiva sin la participación de la voluntad. Ello prueba que pertenece esa participación al ser humano entero y no solamente a una de las esferas o facultades. Como penetra todo el hombre, tiene el carácter de una fuerza que se manifiesta no sólo por lo que “sucede” en el cuerpo del hombre, en sus sentidos o en sus sentimientos, sin la participación de la voluntad, sino también por lo que se forma con su concurso.

 

8. La tendencia sexual, propiedad del individuo



 

Todo hombre es por naturaleza un ser sexuado. Tal hecho no está contradicho por el fenómeno de hermafroditismo: un estado enfermizo o una anomalía no contradicen el hecho de que la naturaleza humana existe y de que cada hombre, aun enfermo o anormal, está dotado de esta naturaleza y de que es precisamente gracias a ella que es hombre. Cada hombre es, por consiguiente, un ser sexuado, y la pertenencia a uno de los dos sexos determina una cierta orientación de todo su ser, orientación que se manifiesta en un concreto desarrollo interior de él.

La orientación del ser humano dictada por la pertenencia a uno de los dos sexos se manifiesta no solamente en la interioridad, sino que también se desplaza hacia el exterior, si así puede decirse, y toma normalmente (no hablamos aquí de estados enfermizos ni de depravaciones) la forma de una cierta tendencia natural, de una inclinación dirigida hacia el sexo contrario. ¿Hacia cuál va dirigida precisamente? Responderemos a esta cuestión progresivamente. En una primera aproximación, podemos decir que esta inclinación sexual se dirige hacia el “otro sexo” como hacia un conjunto de ciertas características de la estructura psico-fisiológica del hombre.

Considerando el sexo desde un punto de vista puramente exterior, casi fenoménico, podemos definirlo como una síntesis de características que aparecen netamente en la estructura psico-fisiológica del hombre. La inclinación sexual pone eh evidencia el hecho de que corresponden ellas entre ellas y de que, por consiguiente, dan al hombre y a la mujer la posibilidad de completarse mutuamente. El hombre no tiene las propiedades que posee la mujer, y viceversa. Por consiguiente, cada uno de ellos puede no solamente completar las suyas con las de la persona de sexo opuesto, sino que puede incluso sentir vivamente la necesidad de semejante complemento. Si el hombre se examinase lo bastante profundamente a través de esa necesidad, comprendería más fácilmente sus propios límites y su insuficiencia, e, incluso, indirectamente, lo que la filosofía llama la contingencia del ser (contingentia). Pero los hombres, en general, no llevan tan adelante su reflexión sobre el hecho del sexo. En sí misma, la diferencia de los sexos nos indica simplemente que los rasgos psico-fisiológicos están repartidos en la especie “hombre” como lo están, por lo demás, en las especies animales. La tendencia a completarse mutuamente que de ello resulta indica que estas particularidades tienen para las personas de sexo diferente un valor específico. Se podría, pues, hablar de valores sexuales vinculados a la estructura psico-fisiológica del hombre y de la mujer. La impulsión sexual, ¿se origina porque las características del uno tienen un valor para el otro, o, inversamente, tienen un valor porque la impulsión sexual existe? Conviene pronunciarse más bien por el segundo término de la alternativa. La impulsión es más fundamental que las propiedades psico-fisiológicas del hombre y de la mujer, si bien no se manifiesta ni actúa sin ellas.

En el hombre y en la mujer, la tendencia sexual no se limita, por otra parte, a sola la inclinación hacia las particularidades psico-fisiológicas del sexo contrario. En efecto, éstas no existen y no pueden existir en abstracto, Sino en un ser concreto, en una mujer o en un hombre. La tendencia sexual, por lo tanto, está en el hombre siempre naturalmente dirigida hacia un ser humano. Esta es su fuerza normal. Cuando no se dirige más que hacia las características sexuales, se la ha de considerar como rebajada, o incluso desviada. Cuando se orienta hacia las de una persona del mismo sexo, se deprava en homosexualismo. Todavía es más anormal cuando se orienta hacia los signos sexuales no del hombre, sino de un animal. La tendencia sexual normal va encauzada hacia una persona de sexo contrario, y no precisamente hacia el sexo contrario mismo. Y; precisamente porque se dirige hacia una persona, constituye en cierta manera el terreno y el fundamento del amor.

La impulsión sexual, en el hombre, tiene una tendencia natural a transformarse en amor, y es debido al hecho de que los dos objetos en cuestión que se distinguen por sus características psico-fisiológicas sexuales son seres humanos. El fenómeno del amor es propio del mundo de los hombres; en el mundo animal, sólo actúa el instinto sexual.

El amor, sin embargo, no es solamente una cristalización biológica, ni siquiera psico-fisiológica, de la impulsión sexual; es esencialmente diferente. A pesar de nacer y de desarrollarse a partir de esta tendencia, y en las condiciones creadas por ella en la vida psico-fisiológica de un hombre concreto, no por eso deja de formarse gracias a los actos voluntarios puestos a nivel de la persona.

La tendencia sexual no es en el hombre la fuente de actos formados, acabados: su papel se reduce al hecho de que suministra materia, por así decirlo, a esos actos mediante todo aquello que bajo su influencia “sucede” en la interioridad, del hombre. Ello no priva, con todo, al hombre de la facultad de autodeterminación. La impulsión sigue, por tanto, bajo la dependencia natural de la persona. Le está subordinada, la persona puede utilizarla y disponer de ella a su guisa. Conviene añadir que este hecho no disminuye en nada la fuerza de la impulsión sexual; al contrario. Es verdad que no tiene el poder de determinar los actos volitivos del hombre, pero puede, en cambio, utilizar su voluntad. La impulsión sexual humana difiere de la animal, la cual está en el origen de comportamientos instintivos, dictados por la sola naturaleza. En el hombre, está por su misma naturaleza, subordinada a la voluntad y, por este hecho, sometida al dinamismo específico de su libertad. Por el acto de amor, la tendencia sexual trasciende el determinismo del orden biológico. Por esta razón sus manifestaciones en el hombre han de juzgarse en el plano del amor, y los actos que de ello se derivan son el objeto de una responsabilidad, especialmente de la responsabilidad por el amor. Esto es posible, porque, psicológicamente, la impulsión sexual no nos determina enteramente, sino que deja un campo de acción a la libertad del hombre.

Nos queda por constatar, entre tanto, que la tendencia sexual es una característica y una fuerza propia de toda la especie humana. Esta fuerza actúa en cada hombre, si bien se manifiesta de una manera diferente, e incluso con una intensidad psico-fisiológica diversa en cada individuo. De todos modos, no se puede asimilar la impulsión a sus manifestaciones. Como constituye una propiedad universal, común a todos los hombres, es menester en todo momento tener en cuenta su papel en las relaciones y la coexistencia de las personas de sexo diferente. Esta coexistencia forma parte de la vida social. Porque el hombre es a la vez ser social y ser sexuado. Por consiguiente, los principios de la coexistencia y de las relaciones entre las personas de sexo diferente forman también parte de los que regulan las relaciones sociales de los hombres en general. El aspecto social de la moral sexual ha de tomarse en consideración tanto o más que su aspecto individual. En la vida social, encontramos a cada momento manifestaciones de la coexistencia de los sexos; por esta razón, la tarea de la moral consiste en elevar todas esas manifestaciones no sólo a un nivel digno de las personas, sino también al del bien común de la sociedad. En efecto, la vida humana es en muchos terrenos educativa.

 

9. La tendencia sexual y la existencia



 

La noción de determinación se asocia a la de necesidad. Es determinado lo que debe ser así y no de otra manera. Relativamente a la especie humana, puede hablarse de necesidad, por lo tanto de una cierta determinación, de la impulsión sexual. De hecho, la existencia de la especie homo depende estrechamente de esta impulsión. La especie humana no podría existir, si no existiese la tendencia sexual y sus consecuencias naturales. Ahí es donde se perfila netamente una necesidad. El género humano no puede conservarse en su existencia sino a condición de someterse las parejas humanas a la impulsión sexual. Esta, como ya lo hemos visto, suministra materia para el amor de las personas. Pero éste no tiene efecto (si consideramos la finalidad de la impulsión) más que marginalmente, per accidens, porque el amor de las personas es esencialmente, per se, la obra del libre arbitrio. Las personas pueden nutrir una afección recíproca sin que la impulsión actúe entre ellas. De ahí la evidencia de que el amor del hombre y de la mujer no es determinante para la finalidad intrínseca de la impulsión. Su fin verdadero, su fin per se es algo de supra-individual; es la existencia de la especie homo, la prolongación continua de su existencia.

Hay en todo ello una clara semejanza con el mundo animal, con las diversas especies biológicas. La especie homo forma parte de la naturaleza y la tendencia sexual, actuando en esta especie, asegura su existencia. Ahora bien, la existencia es el primero y fundamental bien de todo ser. La existencia de la especie homo es el primero y fundamental bien de la especie. De ella se derivan todos los demás bienes. Yo no puedo actuar sino en cuanto existo. Las diversas operaciones del hombre, los productos de su genio, los frutos de su santidad no son posibles si el hombre, el genio, el santo no existen. Para ser, ha tenido que comenzar a existir. El camino natural que conduce al comienzo de la existencia humana pasa por la impulsión sexual.



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