Juan pablo II amor y responsabilidad estudio de moral sexual



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Se habla poco de estos problemas y al descartar la moral para reemplazarla por la mera “técnica”, se hacen los “métodos naturales” menos eficaces. Se ha de advertir con el mayor empeño que éstos tienen un solo método básico y principal, el de la virtud (el amor y la continencia). Cuando se lo admite y se aplica, la ciencia de los procesos sexuales y genitales puede comprobarse como eficaz, porque permitirá eliminar el miedo irracional de la concepción. Cuando la mujer se habrá dado cuenta de que la fecundación no se debe a un azar ni a un concurso de circunstancias, sino que es un hecho biológico esmeradamente preparados por la naturaleza (todos estos preparativos pueden seguirse en su organismo), su temor disminuirá y las posibilidades de controlar la concepción de una manera racional y conforme a la naturaleza se harán reales.

En condiciones normales, la fecundación se realiza en las trompas femeninas y la célula fecundada (o zigoto) desciende hacia el útero, en el que se implanta y donde crece. La fecundación no es posible más que en el momento en que se encuentra en el organismo de la mujer un óvulo maduro. Es la mayor de las células humanas; cargada de sustancias nutritivas, es poco móvil y va lentamente al encuentro del espermatozoide. El óvulo no puede ser fecundado más que durante algunas horas, después muere. En cambio, el espermatozoide, la más pequeña y la más móvil de las células humanas, posee una gran vitalidad y puede, esperando al óvulo, vivir durante muchos días (de 3 a 4 días, a veces incluso mucho más tiempo). En el instante en que un espermatozoide penetra en él, el óvulo se envuelve en una membrana a fin de protegerse contra los otros espermatozoides, después ya como “zigoto” baja hacia el útero, en el que se implanta. Sólo en casos excepcionales se realiza la implantación fuera del útero (embarazo extrauterino). Normalmente, la placenta se forma en el útero grávido; asume las funciones de secreción interna del cuerpo amarillo y produce las hormonas gonadotropas lo mismo que la progesterona, indispensable para llevar adelante el embarazo. A través de la placenta, el embrión recibe su sustento de la sangre materna. Si la madre carece de ciertas sustancias nutritivas, el embrión se las procura sacándolas del organismo materno eso poco que posee, lo cual es evidentemente pernicioso para la madre. Por esto hay que tener muy particularmente cuidado de la mujer durante el embarazo.

En las condiciones normales, es decir, en el caso en que la mujer acepta el embarazo, lo considera como un período de gozo que compensa las molestias físicas. Es un período de equilibrio biológico que se crea merced al equilibrio hormonal, el ciclo menstrual desaparece a causa del embarazo al que el organismo entero de la madre está subordinado. Las hormonas gonadotropas van llevando el embarazo hasta cerca del parto; entonces baja bruscamente la proporción de esas hormonas en la sangre, lo cual da automáticamente campo libre a las hormonas de la hipófisis (octocina); éstas provocan las contracciones del útero, que expulsan el feto que ya cumplió el plazo. Un parto normal ha de ser doloroso, porque el dolor es la resonancia psíquica de las contracciones del útero sin las cuales la mujer no puede parir. El método del parto indoloro no suprime en realidad los dolores, sino que tiende a insertar a la mujer, consciente del desarrollo del parto y del papel de las contracciones, en toda la acción del parto. Semejante participación disminuye considerablemente los dolores, porque al sorne- terse a un proceso natural y al tomar en él una parte voluntaria mediante las contracciones y las de-contracciones de sus músculos, la mujer acelera el parto y al mismo tiempo aparta su atención del dolor.

Según los sexólogos, el instinto maternal de la mujer alcanza su punto culminante durante el período de la lactación, es decir, de dar el pecho al hijo. Las hormonas lactarias son antagónicas de los estrógenos, por esto durante la lactancia algunas mujeres no tienen reglas. Pero la ovulación puede sobrevenir, y de ahí los casos de embarazo (“debido al azar”) durante este período. Aquí se ha de mencionar todavía otro fenómeno significativo. Sucede a veces que la madre experimenta respecto del hijo recién nacido el sentimiento como de hostilidad que de ordinario refleja sus sentimientos respecto del padre del niño (tal puede ser el caso, por ejemplo, en los matrimonios desunidos o cuando el hijo es ilegítimo, dicho de otra manera, cuando el nacimiento anuncia conflictos y dificultades para la madre). En general, con todo, el instinto maternal se sobrepone, y, tras un período de hostilidad a medida que el hijo crece, la actitud de la madre cambia. El infanticidio es fruto de estado patológico y, según los sexólogos; tiene lugar ya cuando la mujer está pervertida, ya cuando su inteligencia no está normalmente desarrollada.

Detenemos ahora nuestras consideraciones sobre la maternidad. Según los sexólogos, hay, por lo tanto, dos clases de “métodos” que permiten la regulación de nacimientos y que hemos analizado desde el punto de vista moral en el capítulo IV. Hay, por un lado, los métodos naturales, por otro lado, los métodos artificiales que consisten en utilizar los contraconceptivos. Veamos brevemente cómo la sexología médica, que se interesa sólo por la salud psico-física del hombre y que consecuentemente no aplica el criterio del bien o del mal moral, juzga de unos y otros.

Es inútil hablar largamente de los contraconceptivos. Basta constatar que son siempre nocivos a la salud. Los productos anticonceptivos biológicos pueden provocar, además de la esterilidad temporal, importantes cambios irreversibles en el organismo humano. Los productos químicos son por definición venenos, porque han de tener fuerza para destruir las células genitales, son, por lo tanto, también nocivos. Los medios mecánicos provocan, por una parte, lesiones debidas a la fricción de las vías genitales de la mujer por un cuerpo extraño, y, por otra, quitan toda espontaneidad al acto sexual, lo cual resulta insoportable, sobre todo para la mujer. Lo demuestran la neurosis en la mujer, causadas precisamente por la utilización de estos medios brutales. Con más frecuencia quizá los cónyuges recurren a la interrupción de la relación (coitus interruptus), que practican sin conciencia sin darse cuenta de inmediato de las consecuencias enojosas, inevitables sin embargo. Es el hombre, sobre todo, la víctima, porque está sometido entonces en el curso de las relaciones conyugales a una tensión nerviosa que provoca un estado ansioso bien comprensible y que se traduce por una abreviación del acto y la ejaculatio praecox; a la larga, esto puede ser la causa de una impotencia total.

Las consecuencias en la mujer son fáciles de prever, si se tiene en cuenta el hecho de que su “curva de excitación” es más larga y más lenta. La interrupción de la relación la deja mucho más insatisfecha, lo cual—lo hemos ya dicho—provoca neurosis y puede llevar a la frigidez sexual. Es útil recordar que los clásicos del utilitarismo ellos mismos juzgaban desfavorablemente la búsqueda irrazonable del placer inmediato.

Los métodos naturales consisten en determinar el momento de la ovulación y en interrumpir las relaciones conyugales durante el período de fecundidad. El cálculo de los días de fecundidad no puede ser general. Conviene observar minuciosa e individualmente el ciclo menstrual de la mujer concreta durante bastantes meses para precisar su ritmo, porque, en este método, hay que tener en cuenta asimismo el más corto ciclo. El método de Holt está fundado en la observación del conjunto de los fenómenos de la ovulación, cuyos rasgos más característicos son el dolor medio, la curva térmica (hasta la ovulación la temperatura no pasa de un cierto nivel, después, de repente, se eleva algunas décimas de grado y no baja sino al momento de las reglas; la elevación se produce precisamente en el momento de la ovulación), en fin, las modificaciones en las secreciones de los órganos genitales, cambios que se pueden reconocer con un examen histológico de las células de secreción.

La aplicación de los métodos naturales exige un perfecto conocimiento del organismo de la mujer, el de su ritmo biológico, y necesita también la calma y el equilibrio biológico del que hemos hablado bastante más arriba. Pero es menester en primer lugar—y esto concierne sobre todo a la mujer—saber renunciar y saber abstenerse. En efecto, el deseo sexual se manifiesta en la mujer normalmente con más intensidad en el momento de la ovulación y del período de fecundidad (la intensidad del deseo es uno de los indicios del fenómeno de la ovulación), y es entonces precisamente cuando conviene que ella evite las relaciones conyugales. Para el hombre, la continencia temporal no presenta las mismas dificultades, ya que no está la necesidad sexual sometida en el hombre a estas variaciones. El hombre puede, por lo tanto, someter su continencia al ritmo del organismo de la mujer. Con todo, su continencia tiene una función más importante que cumplir que la de hacerla seguir el ciclo biológico de la mujer: debe contribuir a mantener el ritmo sexual regular de la mujer, ya que toda perturbación hace imposible una aplicación eficaz de los métodos naturales. Conviene, por lo tanto, que el hombre sea continente durante períodos determinados, y así es como una regulación de los nacimientos conforme a la naturaleza apela a la actitud moral del hombre. Las relaciones conyugales necesitan su ternura y su comprensión de la mujer; la regulación de los nacimientos demanda esa continencia, la única que permite establecer el ritmo biológico normal en el matrimonio.

Este ritmo es de la naturaleza y por esta razón las relaciones conyugales que van de acuerdo con él se conforman con la higiene, son sanas, exentas de todas las neurosis provocadas por los métodos que tienden a evitar artificialmente la concepción. Conviene, sin embargo, que los métodos naturales se apliquen en función del ritmo biológico; empleados de tiempo en tiempo y de una manera mecánica fracasan. Los hechos que hemos expuesto más arriba prueban que no pueden ser de otra manera. Si, en cambio, el hombre y la mujer aplican esos métodos con el pleno conocimiento de los hechos y aceptando la finalidad objetiva del matrimonio, ellos les dan el sentimiento de realizar una elección consciente, el sentimiento de espontaneidad de lo vivido (de su carácter “natural”), y, lo que más es, les permiten decidir libremente su participación en la procreación. Hemos indicado en el capítulo IV que la aplicación de estos “métodos” demanda un esfuerzo moral sobre todo. No se puede llegar a una regulación natural de los nacimientos, a una paternidad ni a una maternidad verdaderamente conscientes, sin haber observado la virtud de continencia bien entendida.

Para terminar, hemos de mencionar, aunque no sea más que brevemente, el problema de la interrupción del embarazo. Aun dejando de lado su apreciación moral, constataremos que esa interrupción es en extremo grado “neurógena”, que es la causa de neurosis que tienen las características de las neurosis experimentales. En efecto, aquí se trata de una interrupción artificial del ritmo biológico natural, interrupción brutal, porque es efectuada por vía de una interrupción quirúrgica y que no se puede considerar como un hecho de importancia solamente inmediata. Sus consecuencias son graves y llegan muy lejos. Está en el origen de complejos profundos en el psiquismo de la mujer. Esta no puede olvidarla ni puede perdonarla al hombre que es su responsable. Un aborto artificial tiene como consecuencia no solamente reacciones somáticas de diverso tipo (ello depende de la abundancia de la hemorragia, etc.), pero también una neurosis depresiva a base de angustia, en la que domina el sentimiento de culpabilidad y a veces incluso una profunda reacción psicótica. Es significativo que las mujeres que sufren de depresión durante la menopausia hablen con pesadumbre, a veces después de muchos años, de un embarazo que fue interrumpido y sienten respecto de él un tardío sentimiento de culpabilidad. No es necesario añadir que,, desde el punto de vista moral, la interrupción del embarazo es una falta grave. Poner en el mismo nivel el aborto y los problemas de regulación de los nacimientos (maternidad y paternidad conscientes), es decir, reducirlo a una manera particular de esa regulación, no tendría ninguna justificación de principio.

 

6. La psicoterapéutica sexual y moral



 

Según una opinión muy extendida, la falta de relaciones sexuales es perjudicial a la salud del ser humano en general, y a la del hombre en particular. Pero no se conoce una enfermedad siquiera que pueda confirmar la veracidad de esta tesis. Las consideraciones que preceden han demostrado que las neurosis sexuales son, sobre todo, una consecuencia de excesos en la vida sexual y que aparecen cuando el individuo no se conforma con la naturaleza y sus procesos. No es, pues, la continencia, sino su falta lo que está a la base de las anomalías. Esta falta de continencia puede asimismo manifestarse en una templanza mal comprendida de la tendencia sexual y de sus manifestaciones en el hombre; como lo hemos demostrado en el capítulo III, esta templanza mal entendida, injustamente considerada como continencia, no tiene nada de común con la verdadera virtud de continencia y de castidad. La tendencia es un hecho que el hombre debe reconocer e incluso afirmar en cuanto es fuente de energía natural, que, de otro modo, corre el riesgo de dar origen a disturbios psíquicos. La reacción instintiva llamada “excitación sexual” es una reacción neuro-vegetativa, luego hasta un cierto punto independiente de la voluntad; la no comprensión de este simple hecho es con frecuencia la causa de graves neurosis sexuales, en las que el hombre es víctima de un conflicto entre dos tendencias ambivalentes que es incapaz de poner de acuerdo. Una gran parte de las neurosis sexuales es debida a las irregularidades de las relaciones conyugales, de las que hemos hablado en el párrafo precedente.

Las neurosis sexuales tienen un desarrollo y unos síntomas somáticos análogos a los de otras neurosis (dolores de cabeza, insomnio o perturbación del ritmo del sueño, vértigos, irritabilidad, estados ansiosos, etc.). Por otra parte, la reacción neurótica depende de los rasgos característicos del hombre: en algunos, se transforma en reacción hipocondríaca (más frecuente en los hombres), en otros, en reacción histérica o neurasténica. Las obsesiones, ligadas con mucha frecuencia en el enfermo a una falsa concepción de la tendencia, son un síntoma particularmente frecuente de las neurosis sexuales. En los hombres, éstas están vinculadas a veces al problema de la “potencia”, es decir, de la facultad de realizar el acto sexual. La impotencia orgánica es un fenómeno más bien raro (puede ser, por ejemplo, la consecuencia de un traumatismo), pero una impotencia parcial o total es con mucha frecuencia de origen psíquico. El sentimiento de humillación viene ordinariamente a agravar el estado neurótico del enfermo.

La tendencia sexual puede llegar a ser la fuente de disturbios neuróticos cuando es prematuramente despertada y, luego, mal moderada. Las aberraciones de la tendencia (“anomalías”) que resultan de ello son, entre otras, el onamismo y el homosexualismo. Es preciso hacer una distinción entre onanismo pasajero que los niños practican a veces y el onanismo hecho costumbre, que suele ir acompañado del temor a las relaciones normales con una persona de sexo diferente. Sus síntomas son, entre otros: una susceptibilidad exagerada, un complejo de inferioridad a base del sentimiento de culpabilidad, y ciertos disturbios de orden somático. Los mismos médicos son del parecer de que el tratamiento del onanismo, como de toda otra forma de masturbación, es menos de su competencia que de la de los educadores. Que se mantenga la práctica de la masturbación en el niño es muchas veces la secuela de falsos métodos de educación. Se comete a veces el error de “hablar demasiado &l mal”, lo cual da resultados contrarios a los que se desean; en vez de apartarla, se llama demasiado la atención del niño sobre la importancia de la tendencia sexual y de los problemas del sexus (y ésa es seguramente la vía que lleva a los complejos). Lo que conviene, en cambio, es dirigir intensamente la atención del individuo (joven o viejo) hacia Otros valores, y, merced a un modo de vida higiénico, a los ejercicios físicos y a los deportes, despertar en su organismo necesidades sanas y sanas satisfacciones.

Las recomendaciones generales relativas al tratamiento de los disturbios psíquicos causados por los desórdenes son las siguientes:

 

a) eliminar en el enfermo el sentimiento de que la tendencia sexual es un mal y reemplazarlo por la convicción de que las reacciones sexuales son absolutamente naturales y no tienen, por sí mismas, ningún valor moral, que no son moralmente ni buenas ni malas;



 

b) liberar al enfermo de la convicción de que esas reacciones son determinadas, potentes, independientes de la voluntad y que jamás pueden dominarse, y convencerle de que la tendencia sexual es tan moral como las otras tendencias y que no se le debe dar una importancia particular;

 

c) quitar de encima del enfermo la atmósfera de misterio, de extrañeza, de una especie de fatalidad que rodea para él a los problemas del sexo y reducirlo a éstos al rango de reacciones simples, comprensibles y normales (a este efecto, habrá que darle los conocimientos elementales del dominio de la fisiología del sexo, etc.);



 

d) establecer una clara jerarquía de los valores, en la que la tendencia sexual estaría subordinada a un fin superior; hacer conocer al sujeto la necesidad de una elección espontánea, libre de constricción y de determinación;

 

e) algunas veces será necesario recurrir a las medicinas, sobre todo a las que tonifican, porque los disturbios sexuales de origen psíquico se desarrollan más fácilmente en un organismo debilitado. Se han de atender particular- mente los disturbios de la pubertad y del ciclo menstrual de la mujer. Los datos somáticos y fisiológicos (cambios hormonales) aportan en esto indicaciones de gran valor.



 

Estas recomendaciones son casi siempre aplicables en el tratamiento de las enfermedades sexuales cuya mayor parte tienen un origen psíquico (cuando no un carácter psíquico); se trata, pues, de comenzar por eliminar la causa del mal, para poder tratarlo en seguida. Así ha de ser cuando se trata del onanismo e incluso del homosexualismo. Los sexólogos son generalmente de parecer que el homosexualismo congenital no existe. Se trataría más bien de una aberración adquirida a consecuencia de ciertas influencias que proceden de los que inmediatamente le rodean. El sentimiento de culpabilidad y de anomalía es entonces algunas veces compensado por la convicción de una pretendida superioridad de esta clase de experiencias sexuales, pero, a las veces, en cambio, da origen a un complejo de inferioridad frente a aquellos que son “capaces” de tener relaciones normales con una persona de sexo diferente. Añadamos que el homosexualismo en los hombres es debido algunas veces a la convicción, inculcada por una educación errónea, de que todo lo que se refiere a la mujer es impuro y que ella misma es la personificación del pecado; de ahí resulta esta inversión de reacción fácil de comprender y el interés por las personas del mismo sexo. El homosexualismo en las mujeres es menos frecuente. En esto es todavía la psicoterapia el método principal de tratamiento; apela a la buena fe del enfermo y tiende en primer lugar a quitarle la convicción de que su mal es incurable. Sacándole de su medio (al contrario de las mujeres, los hombres homosexuales forman grupos especiales), el médico o el educador procura inculcarle la convicción, conforme con la verdad, de que la tendencia sexual en todo hombre, luego también en él, puede igualmente subordinarse a la voluntad.

La psicoterapéutica de las neurosis sexuales difiere de la educación sexual, porque no se dirige a las personas normales y sanas, sino a aquellas solamente que padecen una anomalía o una enfermedad sexual. Por esto, sus métodos tienen un carácter más especializado que los que sirven para una educación sexual corriente. Las personas atacadas por una de las enfermedades de que acabamos de hablar son menos aptas que las otras para experimentar “el amor y la responsabilidad” y la psicoterapéutica tiende a restituirles esta facultad. Un análisis profundizado de los métodos de la psicoterapéutica demuestra que su objetivo es sobre todo liberar al enfermo de la opresiva convicción de que la fuerza de la tendencia es determinante y de hacerle tomar conciencia del hecho de que todo hombre posee la facultad de la autodeterminación frente a ella y de sus impulsiones. Ahí está precisamente el punto de partida de toda moral sexual. Así, la psicoterapéutica y la sexología médica se dirigen a las energías espirituales del hombre, tratan de inculcarle ciertas ideas y ciertas actitudes, por consiguiente, a readquirir su “interioridad” para poder dirigir luego su conducta “exterior”. La verdad sobre la tendencia desempeña un papel capital en la formación de esta “interioridad”. El método psicoterapéutico parte del principio de que sólo el hombre que tiene una idea correcta del objeto de su acción puede actuar correctamente, es decir, de una manera buena y verdadera a la vez.

Este objeto, como nos lo ha enseñado esta obra, es no solamente la tendencia sexual, sino también la persona ligada a esta fuerza de la naturaleza; he ahí por qué toda educación sexual, incluso la que toma la forma de terapéutica, no puede limitarse al aspecto biológico de la tendencia sexual, sino que debe situarse al nivel de la persona con la que está ligado el problema del amor y responsabilidad. Parece asimismo, en último análisis, que no caben aquí otros medicamentos ni otros medios pedagógicos. Un conocimiento profundizado de los procesos bio-psicológicos es muy importante y muy útil, pero insuficiente; la educación y la terapéutica sexuales no podrán alcanzar su fin más que cuando sepan ver objetivamente la persona y su vocación natural (y sobrenatural) que es el amor.


Notas

[1] El autor se vale para apoyar su reflexión sobre las relaciones entre personas del verbo polaco “uzywac” que tiene los dos sentidos que traducen, respectivamente, los verbos franceses “user” y “jouir”. Mas para dar plenamente su análisis semántico y filosófico, se ha de traducir o por “user” admitiendo que este verbo significa por una parte usar en el sentido estricto (servirse de) y, por otra, gozar (experimentar un placer, un gozo), o por “gozar” admitiendo que este segundo verbo significa desde luego gozar en el sentido estricto (experimentar un placer, un gozo) y además usar (servirse de). El traductor (francés) ha optado por esta segunda solución sin encontrarla, con todo, enteramente satisfactoria. (N. del T. F.)

[2] No es más que su primer aspecto. Los otros se caracterizarán posteriormente.

[3] Este epíteto—como el término “ciencia”—se emplea en su sentido más amplio, que permite referirlo al conocimiento filosófico, ético en este caso.

[4] En francés en el original.

[5] El sentido de este término se encuentra explicado más adelante.

[6] No se ha de confundir el estado de espíritu de los esposos que, practicando la continencia periódica (de la que se hablará más adelante), tiene relaciones sexuales en un período de infecundidad de la mujer porque no han de dar entonces—por una razón objetiva y aceptable— la vida a un nuevo hombre y, efectivamente, no la quieren en ese preciso momento, con la repulsa total de la procreación de que se tratará en el texto. El “método” de continencia periódica será discutido más abajo.

[7] Esta constatación no se refiere, entiéndase bien, a la práctica de la continencia periódica, si de otra parte es moralmente buena puesto que satisface a las condiciones que precisaremos más adelante.



[8] “Yo no quiero tener hijos.”

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