Juan pablo II amor y responsabilidad estudio de moral sexual



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Esta verdad elemental, a saber que, contrariamente a lo que sucede con todos los Otros objetos de acción que no son personas, el hombre no puede ser un medio de acción, es, pues, una expresión del orden moral natural. Gracias a ella, adquiere el hombre las características personalísticas exigidas por el orden de la naturaleza, que comporta igualmente seres-personas. Será conveniente añadir aquí que, hacia el final del siglo XVIII, Manuel Kant formuló este principio elemental del orden moral en el imperativo: “Obra de tal suerte que tú no trates nunca a la persona de otro simplemente como un medio, sino siempre, al mismo tiempo, como el fin de tu acción.” A la luz de estas consideraciones, el principio personalista ordena: “Cada vez que en tu conducta una persona es el objeto de tu acción, no olvides que no has de tratarla solamente como un medio, como un instrumento, sino que ten en cuenta del hecho de que ella misma tiene, o por lo menos debería tener, su propio fin.” Así formulado, este principio se encuentra a la base de toda libertad bien entendida, y sobre todo de la libertad de conciencia.

 

3. Amar, opuesto a «usar»



 

Todas nuestras anteriores consideraciones respecto a la primera significación de la palabra “gozar” no nos han dado más que una solución negativa del problema de la actitud de cara a la persona: no se puede usar de ella, porque el papel de instrumento ciego o de medio que sirve para fines que otro sujeto se propone alcanzar es contrario a su naturaleza.

Al buscar una solución positiva del mismo problema, vemos dibujarse—o sólo bosquejarse con nitidez—el amor como la única antítesis de la utilización de la persona en cuanto medio o instrumento de nuestra propia acción, porque sabemos que está permitido tender a que otra persona quiera el mismo bien que nosotros. Es evidente que es indispensable que ella conozca el fin nuestro, que ella lo reconozca como un bien y que lo adopte. Entonces entre esa persona y yo se crea un vínculo particular que nos une: el vínculo del bien y, por tanto, del fin común. Esta vinculación no se limita al hecho de que dos seres tienden juntamente a un bien común, sino que une igualmente “desde el interior” a las personas actuantes, y así es como constituye el núcleo de todo amor[2] En todo caso no puede imaginarse un amor entre dos personas sin ese bien común que les liga y que será al mismo tiempo el fin que ambas habrán escogido a la par. Esta elección consciente, hecha conjuntamente por dos personas distintas, las coloca en un pie de igualdad y por lo mismo excluye que una de ellas trate de someterse a la otra. Por el contrario, ambas a dos (cabe que haya más de dos personas ligadas por un fin común) estarán igualmente y en la misma media subordinadas a ese bien. Considerando al hombre, percibimos en él una necesidad elemental de lo bueno, un impulso natural y una tendencia al bien, pero ello no prueba todavía que sea capaz de amar. En los animales observamos manifestaciones de un instinto análogo. Pero el mero instinto por sí solo no prueba que tengan la facultad de amar. En el hombre, en cambio, esta facultad existe, ligada al libre arbitrio. Lo que la determina es el hecho de que el hombre está dispuesto a buscar el bien conscientemente, de acuerdo con otros hombres, y de que está pronto a subordinarse a este bien teniendo consideración a los demás. Sólo las personas participan en el amor.

Sin embargo no lo encuentran ya listo y preparado en sí mismas. A lo primero es un principio, o una idea, a la cual los hombres han de conformarse para liberar su conducta de todo carácter utilitario, “consumidor” de las demás personas. Volvamos otra vez a los ejemplos que pusimos arriba. En la relación patrono-empleado, el segundo corre el peligro de ser tratado solamente como un medio; diversas organizaciones defectuosas del trabajo lo atestiguan. Pero si el patrono y el empleado establecen sus relaciones de modo que sea bien patente el bien común al a que ambos sirven, entonces el peligro de tratar a la persona de una manera incompatible con su naturaleza disminuirá y tenderá a desaparecer. Porque el amor eliminará poco a poco en ellos la actitud puramente utilitarista, “consumidora” respecto a las personas. Hemos simplificado en extremos este ejemplo, no mirando más que lo esencial del problema. Lo mismo sucederá en el segundo, a saber en el de la relación de jefe a soldado. Si, a la base de sus relaciones, hay una actitud de amor (claro que no se trata del sentimiento), fundada en la búsqueda por parte de los dos del bien común, en el caso la defensa o la seguridad de la Patria, entonces, simplemente porque los dos desean la misma cosa, no se podrá decir que el soldado no es para su jefe más que un medio o un instrumento ciego.

Transportemos lo que estábamos diciendo a la relación hombre-mujer, que constituye la trama de la moral sexual. En eso igualmente, y en eso mismo sobre todo, sólo el amor puede excluir la utilización de una persona por otra. El amor, como ya se ha dicho, está condicionado por la relación común de las personas respecto del mismo bien que escogen y al que entrambas se someten. El matrimonio es el terreno predilecto de ese principio, porque en el matrimonio dos personas, el hombre y la mujer, se ligan de tal manera que se hacen “un solo cuerpo”, según la expresión del Génesis, “un solo sujeto de la vida sexual”. ¿Cómo evitar que una de ellas no se haga para la otra—la mujer para el hombre, el hombre para la mujer—un objeto del que se sirve para llegar a sus propios fines? Para conseguirlo, es preciso que entrambas tengan un fin común. En el matrimonio, será la procreación, la descendencia, la familia, y, al mismo tiempo, la creciente madurez en las relaciones de dos personas en todos los planos de la comunidad conyugal.

Todos estos fines objetivos del matrimonio abren en principio el camino al amor y en principio también excluyen la posibilidad de tratar a la persona como un medio y como un objeto. Mas para poder realizar el amor en el cuadro de sus fines, es preciso meditar detalladamente el principio mismo que elimina la posibilidad de considerar una persona como un objeto. La mera indicación de la finalidad objetiva del matrimonio no da una solución adecuada del problema.

En efecto, parece cierto que el terreno sexual ofrece, más que otros, ocasiones de servirse—aunque sea inconscientemente—de la persona como de un objeto. No olvidemos que los problemas de la moral sexual rebasan a los de la moral conyugal y se extienden a muchas cuestiones - de la vida común, hasta de la coexistencia de los hombres y de las mujeres. Ahora bien, en esta vida, o en esta coexistencia, todos deben sin cesar perseguir, consciente y responsablemente este bien fundamental de cada uno y de todos que es la realización de la “humanidad”, dicho de otra manera, del valor de la persona humana. Al considerar integralmente la relación mujer-hombre sin limitarla al matrimonio, vemos al amor de que tratamos identificarse con una disposición particular a someterse al bien que constituye la “humanidad”, o más exactamente el valor de la persona humana. Esta subordinación es, por lo demás, indispensable en el matrimonio cuyos fines objetivos no pueden ser alcanzados más que sobre la base de este principio dictado por el reconocimiento del valor de la persona dentro de todo su contexto sexual. Este crea problemas específicos tanto en moral como en la ciencia (la ética), no menos por lo que se refiere al matrimonio como por lo que atañe a muchas otras formas de relaciones o de coexistencia entre personas de sexo contrario.

 

4. Segunda significación de la palabra «gozar»



 

Para abarcar el conjunto de problemas semejantes, nos es preciso todavía analizar la segunda significación que tiene con frecuencia la palabra “gozar”. Nuestra reflexión y nuestros actos voluntarios, es decir, lo que determina la estructura objetiva de la acción humana, van acompañados por diversos elementos o estados emocionales, afectivos. Preceden éstos a la acción, la acompañan o bien se manifiestan a la conciencia del hombre cuando la acción ya ha terminado. Siendo fenómenos particulares, penetran, con todo, la estructura objetiva de los actos humanos a veces con mucha fuerza e insistencia. El acto objetivo en sí mismo habría sido con frecuencia descolorido y casi imperceptible para la conciencia humana, si los estados emocionales afectivos, creados por los acontecimientos vividos y diversamente sentidos, no lo hubiesen acentuado y puesto de relieve. Además, estos elementos o estados tienen ordinariamente un influjo sobre aquello que determina la estructura objetiva de los actos humanos.

De momento no analizaremos este problema por menudo, porque tendremos ocasión de tornar sobre él frecuentemente. Nos limitaremos, pues, a llamar la atención sobre la cuestión siguiente: los elementos y los estados emocionales afectivos, que revisten tan gran importancia en la vida interior del hombre, tienen siempre una coloración positiva o negativa, dicho de otra manera, una carga interior positiva o negativa. La carga positiva, es el placer, la carga negativa, la pena. Según el carácter de la experiencia emocional afectiva a la que va unido, el placer toma diversas formas o matices y viene a ser o bien saciedad sensual, o satisfacción afectiva, o grande y profundo deleite. La pena depende también del carácter de la emoción afectiva que la ha provocado y se manifiesta bajo diversas formas matizadas y variadas, tales como, por ejemplo, la contrariedad sensual, la insatisfacción afectiva o, en fin, una profunda tristeza.

Conviene subrayar que estas emociones afectivas adquieren una riqueza, una diversidad y una intensidad del todo particulares desde el momento que nuestro comportamiento tiene por objeto una persona de sexo opuesto. Tales emociones le confieren entonces como un carácter específico y una nitidez extraordinaria. Este es en particular el caso de las relaciones sexuales entre el hombre y la mujer. He aquí por qué es en ese terreno donde la significación de la palabra “gozar” se nos manifiesta más claramente. “Gozar” de eso quiere decir “experimentar un placer, ese placer que, bajo diversas formas, está ligado a la acción y a su objeto”. Ahora bien, en las relaciones entre el hombre y la mujer, y en sus relaciones sexuales, el objeto es siempre una persona. Es también la persona la que se convierte en la fuente esencial del placer multiforme y de la voluptuosidad.

Se comprende fácilmente que una persona sea para otra Precisamente fuente de sensaciones con carga emocional afectiva particular, porque para el hombre otro hombre debe ser un objeto igual de acción, un “copartícipe”. Esta igualdad del sujeto y del objeto funda las emociones afectivas así como sus “cargas” positivas de placer o negativas de pena. Sin embargo, no se ha de creer que sea éste un placer únicamente sensual que entra en juego. Semejante suposición equivaldría a subestimar el valor natural de las relaciones que guardan siempre su carácter humano, el carácter de relaciones entre dos personas. Aun el amor puramente “físico”, dada la naturaleza de los compartícipes, no deja de ser un fenómeno de este género. Por esta misma razón, no se puede, propiamente hablando, comparar la vida sexual de los animales a la de los hombres, por mucho que sea evidente que existe en los animales y que es la fuente de la procreación, de la conservación, por tanto, y de la prolongación de la especie. Con todo, en los animales, la vida sexual se sitúa al nivel de la naturaleza y del instinto que le está afincado, mientras en los hombres se coloca al nivel de la persona y de la moral. La moral sexual resulta del hecho de que las personas tienen conciencia no sólo de la finalidad de la vida sexual, sino también de su propia personalidad. A esta conciencia permanece ligado igualmente el problema moral del deleite en cuanto antítesis del amor.

Hemos ya bosquejado este problema al hablar del significado de la palabra “gozar”. Su segunda significación tiene, por lo que toca a la moral, parigual importancia. En efecto, gracias a la razón que posee, el hombre puede no sólo distinguir entre el placer y el dolor, sino también separarlos en cierta manera y tratarlos como fines distintos de su acción. Sus actos se ponen entonces bajo el ángulo de solo el placer que quiere experimentar, o de sola la pena que quiere evitar. Si los actos que se refieren a la persona de sexo opuesto se realizan únicamente, o por lo menos principalmente, bajo este ángulo, la persona viene a ser entonces para el sujeto agente nada más que un medio. Como se ve, la segunda significación de la palabra “gozar” constituye un caso particular de la primera. Tales actos son frecuentes en el comportamiento del hombre-persona. En cambio, no se producen en la vida sexual de los animales, natural e instintiva, que miran únicamente a lo que es el fin de su tendencia sexual: la procreación, la conservación de la especie. A este nivel, el placer sexual—evidentemente sólo el animal—no puede ser un fin aparte. Diferentemente es en el hombre. Aquí vemos claramente cómo la personalidad y la inteligencia engendran la moral. Esta es objetiva y subjetivamente personalista, porque lo que entra en juego es la actitud correcta respecto de la persona, en el contexto del placer, incluso. en la voluptuosidad.

Una persona (de sexo contrario) no puede ser para otra solamente un medio que sirve para alcanzar el fin del placer o de la voluptuosidad sexual. La convicción de que el hombre es una persona nos fuerza a aceptar la subordinación del deleite al amor. Entendemos el deleite no solamente en la primera acepción de la palabra, objetiva y más amplia, sino también en la segunda significación, más restringida y más bien subjetiva. En efecto, el placer es, por su naturaleza, subjetivo: sólo gracias al amor puede ser interiormente ordenado e izado al nivel de la persona. El amor excluye asimismo al “deleite” en el segundo sentido de la palabra. Por ello la moral, si ha de desempeñar su tarea en el terreno de la moralidad sexual, ha de distinguir con precisión, entre los muchos y diversos comportamientos, lo mismo que entre los estados vividos correspondientes, el amor y el placer, sean cuales fueren las apariencias de amor que el placer presente. Para ahondar más y mejor en esta cuestión del punto de vista de la ética—sistema científico[3] que encuentra además su confirmación en la moral que le corresponde—, es necesario proceder mientras tanto a una crítica del utilitarismo.

 

5. Crítica del utilitarismo



 

De este modo podremos, a base de las consideraciones precedentes, esbozar una crítica del utilitarismo en cuanto concepción teórica de la moral y en cuanto programa práctico de conducta.

Retornaremos con frecuencia a esta crítica, porque el utilitarismo es uno de los rasgos característicos del espíritu del hombre contemporáneo y de su actitud frente a la vida. No se puede atribuir este espíritu y esta actitud únicamente al hombre moderno: en todos los tiempos el utilitarismo ha constituido una corriente que la vida de los individuos y la de las sociedades tienen tendencia a seguir. Sin embargo, el utilitarismo moderno es consciente, sus principios filosóficos son formulados y científicamente definidos.

Su nombre proviene del verbo latino “uti” (“utilizar”, “usar”, “aprovecharse de”) y del adjetivo “utilis” (“útil”). Conforme con su etimología, el utilitarismo pone el acento en la utilidad de la acción. Ahora bien, lo que da placer y excluye la pena es útil, porque el placer es el factor esencial de la felicidad humana. Ser feliz, según los principios del utilitarismo, es llevar una vida agradable. Sabemos que el placer puede adoptar diferentes formas, que en el placer hay matices. Con todo poco importa la cosa, aun cuando, de este hecho, se puedan considerar algunos placeres como espirituales, y, por lo mismo, más elevados, y otros, v. gr., los placeres sensuales, carnales, materiales, como inferiores. Para un utilitarista, lo que cuenta no es nada más que el placer en cuanto tal, porque su manera de considerar al hombre no le permite descubrir en él su evidente complejidad: la materia y el espíritu, dos elementos que constituyen un solo ser-persona, que debe toda su especificidad a su alma espiritual. Para un utilitarista, el hombre es un sujeto dotado de la facultad de pensar y de la sensibilidad. Esta le hace desear el placer y rehusar la pena. La facultad de pensar, es decir, la razón, se le ha dado para que dirija su acción de manera que le asegure el máximum posible de placer y el mínimum posible de pena. Este principio, el utilitarista lo considera como la primera norma de la moral humana, añadiendo que debería aplicarse no sólo individualmente, egoístamente, sino también en el grupo, en la sociedad humana. En su formulación final, el principio de la utilidad (principium utilitatis) exige, por consiguiente, el máximum de placer y el mínimum de pena para el mayor número de hombres.

A primera vista este principio parece tan justo como atractivo. Hasta parece dificultoso el imaginar que la gente pueda buscar en su vida individual o social más bien la pena que el placer. Pero un análisis más profundo no tardará en revelar la endeblez y el carácter superficial de esa manera de pensar y de esta norma de acción. Su defecto principal consiste en el reconocimiento del placer como el único, y al mismo tiempo el mayor bien, al que debe subordinarse el comportamiento individual y social del hombre. Y con todo—podremos constatarlo más adelante—el placer no es el único bien, ni menos el fin esencial de la acción humana. Por su misma esencia, no pasa de ser algo marginal, accesorio, que puede presentarse en el curso y con ocasión de la acción. Por consiguiente, organizar la acción solamente con miras al placer es contrario a la estructura de los actos humanos. Yo puedo querer o hacer algo con lo cual esté ligado el placer, y puedo yo también no querer ni hacer algo con lo cual esté ligado la pena. Yo puedo incluso querer o no querer, hacer o no hacer, con miras a este placer o a esta pena. Todo esto es de verdad así. Pero yo no puedo considerar este placer (por oposición a la pena) como la única norma de mi acción, como el criterio de mi juicio sobre la bondad o malicia de mis actos o de los de otra persona. No estamos nosotros así al aire sin saber que lo que es verdaderamente bueno, lo que me ordena la moral y mi conciencia, está muchas veces ligado precisamente con alguna pena y exige que renunciemos a un placer. Pero ni esta pena ni este placer a los que se renuncia, constituyen algún fin último del comportamiento racional. Además, ese fin no es determinable a priori. El placer y la pena están siempre vinculados a un acto concreto, no se puede evaluarlos previamente, todavía menos planificarlos o—como querrían los utilitaristas—calcularlos. El placer es, en una cierta medida, imperceptible.

Podrían indicarse muchos puntos oscuros y muchos malentendidos que trae consigo el utilitarismo tanto en su formulación teórica como en su aplicación práctica. Pero vamos a dejarlos de lado, para no concentrar nuestra atención más que en una sola cuestión, aquella que ha levantado el adversario convencido del utilitarismo, Manuel Kant. Ya lo hemos mencionado a Kant al hablar del imperativo moral. Asienta él el principio de que la persona no ha de ser nunca el medio, sino siempre además el fin de nuestra acción. Esta exigencia pone en plena luz uno -de los puntos más febles del utilitarismo: si el placer es el único bien y el único fin del hombre, si constituye igualmente la única base de la norma moral de su conducta, entonces en semejante conducta todo debería ser fatalmente considerado como medio que sirve para alcanzar ese bien y ese fin. Por consiguiente, la persona humana también, la mía lo mismo que la de otro. Si admito los principios del utilitarismo, yo me considero a mí mismo a un mismo tiempo como un sujeto que quiere experimentar en el. plano emotivo y afectivo lo más posible de sensaciones y de experiencias positivas, y como un objeto del que se puede servir para provocarlas. Y así vengo a considerar inevitablemente de la misma manera a toda otra persona, que viene a ser para mí un medio que sirve para obtener el máximum de placer.

Concebidos así, el espíritu y la actitud utilitaristas habrán de pesar inevitablemente sobre los diversos dominios de la vida y de. las relaciones humanas, pero el terreno sexual es el más amenazado. De hecho, los principios utilitaristas son peligrosos porque no se ve cómo estable , a partir de ellos, las relaciones y la coexistencia de las personas de diferente sexo en el plano del verdadero amor, ni cómo liberarlas, gracias al amor, tanto de la actitud de placer (en ambos sentidos de la palabra) como del peligro de considerar la persona como un medio. El utilitarismo parece ser el programa de un egoísmo consecuente, desde el cual no se puede pasar a un altruismo auténtico. En efecto, el principio: máximum de placer (de “felicidad”) para el mayor número de personas importa una profunda contradicción interna. El placer, por se misma esencia, no es más que un bien actual y no concierne más que a un sujeto dado, no es un bien subjetivo. Mientras este bien esté considerado como la única base de la norma moral, no cabe tratar de pasar más allá de los límites de lo que no es bueno más que para mí.

No podemos completar esta actitud más que con un altruismo aparente. En efecto, si, al admitir el principio de que el placer es el único bien, me preocupo del máximum de placer igualmente para otra persona—y no solamente para mí mismo, lo cual no dejaría de ser un egoísmo indiscutible—, entonces no aprecio yo el placer del otro más que a través de mi propio placer, porque me es grato ver que el otro lo experimenta. Mas si eso ya no me da placer, o bien no resulta ya de mi “cálculo de la felicidad” (término adoptado con mucha frecuencia por los utilitaristas), no me siento yo ligado ya por el placer del otro, que ya no es un bien y puede incluso pasar a ser un mal. Siguiendo los principios del utilitarismo, yo tendría entonces que eliminar el placer del otro, porque ningún placer está vinculado a él para mí, o, a lo más, se me hará indiferente, y ya no me preocuparé más de él. Bien se ve cómo, partiendo de los principios utilitaristas, la actitud subjetiva de entender el bien (bien = placer) lleva derechamente —talvez hasta inconscientemente— al egoísmo. La única salida de este egoísmo inevitable es el reconocer, fuera del bien puramente subjetivo, es decir, fuera del placer, el bien objetivo, el cual, también él, puede unir las personas, tomando entonces el carácter de bien común. Este es el verdadero fundamento del amor, y las personas que lo escogen mancomunadamente, se le someten al mismo tiempo. Gracias a esto, se vinculan con un verdadero, con un objetivo lazo de amor que les permite liberarse del subjetivismo y del inevitable egoísmo que le subsigue. El amor es comunión de personas.

A semejante fórmula, un utilitarista consecuente puede oponer (y está forzado a hacerlo) solamente una armonía de egoísmos, armonía dudosa, porque—como lo hemos visto-—por su misma esencia, el egoísmo no tiene salida. ¿Pueden armonizarse diferentes egoísmos? ¿Se puede, por ejemplo, en el terreno sexual, armonizar el de la mujer y el del hombre? Sin duda alguna puede esto hacerse, según el principio “máximum de placer para cada una de las dos personas”, pero la aplicación de este principio no nos hará salir jamás del círculo vicioso de los egoísmos. Estos continuarán siendo en esta armonía lo que eran anteriormente, salvo que el egoísmo masculino y el egoísmo femenino vengan a ser útiles y provechosos el uno para el otro. En el mismo instante en que termina el provecho común y la común utilidad, no queda nada de esta armonía. El amor no es entonces nada ya en las personas, y nada ya entre ellas; ya no es una realidad objetiva, porque carece de ese bien objetivo sin el cual no existe el amor. Concebido así, “el amor” es una fusión de egoísmos combinados de manera que no se manifiesten mutuamente desagradables, contrarios al placer común. La conclusión inevitable de semejante concepción es que el amor no es más que una apariencia que conviene guardar cuidadosamente para no descubrir lo que se esconde realmente detrás de ella: el egoísmo más avaricioso, el que incita a la explotación del otro para sí mismo, para su “máximum de placer” propio. Y la persona es entonces y no cesa de ser un medio, tal como Kant lo ha observado justamente en su crítica del utilitarismo.



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