Juan pablo II amor y responsabilidad estudio de moral sexual



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La ternura no es solamente una aptitud para la simpatía de la que acabamos de hablar, una sensibilidad para con los estados del alma del otro. La trae consigo sin que por ello constituya su esencia, que consiste en una tendencia a hacer suyos los estados de alma de otro. Esta tendencia se manifiesta al exterior, porque se siente la necesidad de señalarle al otro “yo” que uno se toma a pechos lo que el otro está viviendo, sus estados interiores, a fin de que este otro sienta que uno se los comparte y los vive también. La ternura nace, por tanto, de la comprensión del estado de alma de otro (e, indirectamente, de su situación exterior también, porque es la que lo condiciona), y tiende a comunicarle cuán íntimamente le está unido en aquello. Ahora bien, lo está uno a consecuencia de un compromiso afectivo; el análisis hecho en el capítulo precedente ha demostrado que la afectividad nos hace capaces de sentirnos junto a aquel otro: el sentimiento por su naturaleza acerca a los hombres. Así es como nace la necesidad de comunicar al Otro nuestra proximidad interior, y por esto la ternura se exterioriza por diversos actos que la reflejan: el gesto de estrechar al otro contra sí, de abrazarle o simplemente de cogerle por el brazo (lo cual puede ser también una forma de ayuda que se le presta, gesto que tanto difiere del que se realiza cuando se anda con el otro “cogidos del brazo”), ciertas formas de beso. Estas manifestaciones diversas de ternura tienen todas el mismo fin y una significación interior común. Que uno las acepte de grado no demuestra reciprocidad, sino que indica simplemente que no se tiene ninguna repugnancia afectiva respecto a aquella persona que exterioriza así su ternura. La ternura es una actitud afectiva interior y no se limita a las manifestaciones externas, que pueden ser puramente convencionales. Al contrario, es siempre individual, interior e íntima, rehuye las miradas, por lo menos hasta cierto punto, es púdica. No puede manifestarse libremente más que respecto de aquellos que la comprenden y la sienten.

Conviene distinguir netamente entre la ternura y sus diversas manifestaciones exteriores de una parte, y, de otra, las diferentes formas de la satisfacción de la sensualidad. Sus fuentes y sus fines son absolutamente desemejantes. La sensualidad está por naturaleza orientada hacia el cuerpo en cuanto objeto posible de placer sexual, y tiende a saciar esa necesidad de goce por los medios naturales; se llama a esto “satisfacción de necesidades sexuales”. La ternura, por el contrario, proviene de la afectividad y, en el caso que nos interesa, de esta reacción ante el ser humano de sexo diferente, que la caracteriza. No expresa la concupiscencia sino más bien la benevolencia y abnegado afecto. Evidentemente, hay en ella una cierta necesidad de satisfacer a la afectividad, pero tiene un carácter radicalmente diferente de la necesidad de satisfacer a la sensualidad. La afectividad está orientada hacia el hombre y no hacia el cuerpo y el sexo; no se trata para ella de gozar sino de sentirse cerca.

Todo esto merece subrayarse. La ternura, en su orientación interior y en sus manifestaciones exteriores, se distingue de la sensualidad y del goce sensual, de suerte que no se les puede ni asimilar ni identificar. Los actos tanto internos como externos que son su fuente en la ternura no pueden ser calificados (moralmente) de la misma manera que los actos que tienen por origen la sensualidad y la voluntad de deleite sexual. Por el contrario, la ternura puede ser completamente desinteresada, sobre todo cuando marca la atención dirigida a la persona y a su situación interior. Este desinterés desaparece, si las manifestaciones diversas de ternura sirven para satisfacer sobre todo nuestras propias necesidades de afectividad. Con todo, esta satisfacción puede no ser sin valor en la medida en que permite sentir la proximidad del otro, sobre todo cuando las dos partes sienten la necesidad. Un cierto utilitarismo entra en el amor humano sin que por eso lo destruya, corno el análisis general del amor lo ha demostrado en ciertos casos. Siendo como es el hombre un bien limitado, su desinterés lo es también.

Existe, pues, un problema de educación de la ternura contenido en el de la educación del amor en el hombre y en la mujer, y. por consiguiente, entre ellos. Forma parte de la problemática de la continencia. En efecto, la ternura ha de rodearse de una cierta vigilancia: hay que vigilar para que estas diversas manifestaciones no tomen otra significación y no vengan a ser medios de satisfacer a la sensualidad y a las necesidades sexuales. Así que no puede prescindirse de un verdadero dominio de sí, que aquí viene a ser el índice de la sutileza y de la delicadeza interior de la actitud para con la persona de sexo diferente. Mientras que la sensualidad incita al placer y que el hombre dominado por ella no ve ni siquiera que puede haber en ello otro sentido y Otro estilo de relaciones entre el hombre y la mujer, la ternura revela, de alguna manera, este sentido y este estilo, vigilando en seguida para que no se pierdan.

¿Puede hablarse de un derecho a la ternura, por el que hay que entender, de un lado, el derecho a aceptar la ternura y, de Otro, el de manifestarla? Hablamos intencionadamente de “derecho” y no de deber también en el segundo caso, aunque esté claro que a veces existe igualmente un deber de ternura para con otro. Así, pues, todos aquellos que tienen particularmente necesidad de ternura, tienen derecho a ella: los débiles, los enfermos, los que padecen física o moralmente. Parece que los niños, para quienes la ternura es un medio natural de manifestar el amor (no solamente para ellos, por otra parte) tienen un derecho particular al cariño. Es, por consiguiente, más necesario aplicar a estas manifestaciones, sobre todo exteriores, una sola y única medida, la del amor de la persona. Hay, en efecto, el peligro de excitar el egoísmo por una ternura exagerada que contribuye a ello -en la medida en que sirve para satisfacer sobre todo nuestra propia afectividad, sin tener en cuenta la necesidad objetiva y el bien del otro. Por esto el verdadero amor humano, el amor de la persona y el amor entre personas, ha de reunir’ en sí dos elementos: la ternura y una cierta firmeza. En otro caso, se convertirá en enternecimiento y debilidad. No se ha de olvidar que el amor humano es también una lucha, lucha por el hombre y por su bien.

La ternura ganará en calidad si va acompañada de firmeza e intransigencia. Una ternura demasiado fácil, y sobre todo la sensiblería, no inspiran confianza, todo lo contrario, despiertan la sospecha de que el hombre busca en esas tiernas manifestaciones un medio de satisfacer a su propia afectividad, incluso a su sensualidad y a su deseo de goce. Por esto no están moralmente justificadas más que las formas de ternura que corresponden plenamente al amor de la persona, a todo aquello que verdaderamente liga a los hombres entre sí. Por consiguiente, está claro que la ternura no tiene razón de ser sino en el amor. Fuera de él, no tenemos el derecho ni de manifestarla, ni de aceptarla, y sus manifestaciones externas quedan en el vacío.

Lo que acabamos de decir se aplica particularmente al amor entre el hombre y la mujer. Hay que exigir en esto más que en otras cosas que las diversas formas de ternura correspondan realmente al verdadero amor de personas. Se ha de tener en cuenta el hecho de que el amor del hombre y de la mujer se desarrolla en una amplia medida plagiando de la sensualidad y de la afectividad las cuales, ambas a dos, exigen satisfacerse. Por esta razón, ciertas formas de ternura pueden apartarse del amor de la persona y acercarse al egoísmo de los sentidos o de los sentimientos. Además, las manifestaciones exteriores de cariño pueden crear las apariencias del amor. El seductor busca cómo ser cariñoso, como la coqueta trata de excitar los sentidos, y, con todo, uno y otra carecen del verdadero amor de la persona. Prescindiendo del “juego del amor”, flirt o romance, conviene llamar la atención sobre el hecho de que en todo amor entre el hombre y la mujer, hasta en el que es verdadero y honesto, el aspecto subjetivo aventaja al aspecto objetivo.. Los diversos elementos de su estructura psicológica germinan más pronto que su esencia moral, la cual madura lentamente y por etapas. La edad y el temperamento son en esto un factor importante. En los jóvenes, la divergencia de estos dos procesos interiores es en general mayor que en las personas de más edad. En los seres dotados de un temperamento vivo y explosivo, los sanguíneos por ejemplo, el sentimiento de amor estalla con fuerza, impetuosamente, mientras que la virtud, para estar formada y cultivada, necesita mucho mayor esfuerzo interior.

Por consiguiente, para acordar al hombre y a la mujer el derecho a la ternura (tanto de sentirla como de manifestarla), hay que apelar a un grado más elevado de responsabilidad. Existe una tendencia sin duda alguna, sobre todo en ciertos hombres, a ensanchar estos derechos, a aprovecharse demasiado pronto, cuando la afectividad y la sensualidad se despiertan, pero cuando todavía el aspecto objetivo del amor y la unión de las personas no están presentes. Semejante ternura prematura en las relaciones entre el hombre y la mujer destruye muchas veces el amor, o por lo menos impide que se constituya en amor verdadero y objetivo. No vamos a hablar ahora de las diversas formas de familiaridad que pertenecen a otro orden de hechos en las relaciones entre el hombre y la mujer. La familiaridad es una forma de placer sexual; puede ser también una manifestación de grosería o, más sencillamente, una falta de tacto. Por lo que hace a nosotros, no se trata aquí sino de la ternura o cariño. Es imposible formarla y desarrollarla, de manera que no impida el amor, antes le sirva, sin la intervención de la templanza, de la castidad y de la continencia. En efecto, hay peligro en experimentar el amor superficialmente y en “usarlo” al mismo tiempo, en usar esta “materia” de la que está formado en el hombre y la mujer. En este caso, ni el hombre ni la mujer podrán alcanzar el bien esencial ni el aspecto objetivo del amor, sino que se quedarán en las manifestaciones puramente subjetivas, sin extraer de ellas más que un placer inmediato. Semejante amor, en vez de comenzar siempre de nuevo y de crecer se interrumpe continuamente y acaba. Añadamos que hay muchas cosas que dependen aquí de la educación de la ternura, de la responsabilidad por sus manifestaciones.

Subrayemos una vez más que la ternura es un elemento importante del amor, porque no se puede negar esta verdad, que el amor está en gran parte fundado sobre los sentimientos, esta materia que la afectividad natural ha de suministrar continuamente a fin de que el aspecto objetivo del amor esté orgánicamente unido a su aspecto subjetivo. Se trata aquí no tanto de esos primeros transportes de la afectividad, que, vinculados a la feminidad o a la masculinidad, realzan, de alguna manera, artificialmente, el valor de la persona amada, cuanto de una participación permanente de los sentimientos, de su compromiso duradero en el amor. Son ésos los que acercan a la mujer y al hombre y crean una atmósfera interior de armonía y de mutua comprensión. Teniendo ese fondo, la ternura es natural, verdadera, auténtica. Hace falta mucha ternura en el matrimonio, en esa vida común en la que no solamente un cuerpo tiene necesidad del otro cuerpo, sino, sobre todo, un ser humano del otro ser humano. Ahí es donde tiene un gran papel que jugar. Estrechamente ligada a un verdadero amor de la persona, desinteresada, puede salvar al amor de los diversos peligros debidos al egoísmo de los sentidos o a la actitud de placer. La ternura es el arte de “sentir” el hombre todo entero, toda su persona, todos los movimientos de su alma, por escondidos que se supongan, pensando siempre en su verdadero bien.

Esta ternura es la que la mujer espera del hombre. Tiene ella particularmente derecho a esa ternura en el matrimonio, en el que ella se da al hombre, en el que ella vive esos momentos y esos períodos tan difíciles y tan importantes de su existencia que son el embarazo, el parto y todo lo que con eso se relaciona. Su vida afectiva es en general más rica que la del hombre, y, por consiguiente, su necesidad de ternura y cariño es mayor. El hombre también lo necesita, pero no en la misma medida y bajo otra forma. En ambos, la ternura crea la convicción de que no están solos y de que su vida es compartida por el otro. Semejante convicción les es una grande ayuda y refuerza la conciencia que tienen de su unión.

A pesar de todo, puede parecer extraño que consideraciones sobre la ternura formen parte de un capítulo consagrado a los problemas de la continencia. Y, con todo, éste es su lugar. En efecto, no puede haber verdadera ternura sin una verdadera continencia que tiene su origen en la voluntad siempre dispuesta a amar y a triunfar de la actitud de placer que la sensualidad y la concupiscencia tratan de imponer. Sin la continencia, las energías naturales de la sensualidad y las de la afectividad atraídas a su órbita, llegarían a ser únicamente “materia” para el egoísmo de los sentidos, eventualmente para el de los sentimientos. Hay que decirlo netamente. Por otra parte la vida nos lo enseña a cada momento. El creyente ve en ello el misterio del pecado original cuyas consecuencias parecen gravar particularmente en el terreno del sexo y amenazan a la persona, bien el más importante del universo creado. En cierto sentido, este peligro acecha al amor; efectivamente, los mismos materiales pueden servir para edificar el verdadero amor, unión de personas, y el amor aparente que no es más que un velo que disimula la actitud interior de goce y el egoísmo contrario al verdadero amor. Aquí es donde la continencia, que libera de esta actitud y de este egoísmo y, por eso mismo, forma indirectamente el amor, juega el papel más importante y, finalmente, positivo. No se puede construir el amor del hombre y de la mujer más que por vía de algún sacrificio de sí mismo y por vía de renunciamiento. Encontramos su formulación en el Evangelio. Se expresa por estas palabras de Cristo: “Quien quiera venir en pos de Mí, que se niegue a sí mismo...” El Evangelio nos enseña la continencia en cuanto manifestación del amor.

 

CAPITULO CUARTO



 

JUSTICIA PARA CON EL CREADOR

 

I. El matrimonio



 

1. La monogamia y la indisolubilidad

 

Las anteriores consideraciones nos llevan lógicamente a admitir la monogamia y la indisolubilidad del matrimonio. La norma personalista que hemos formulado y explicado en el primer capítulo es juntamente el fundamento y el origen de este principio. Puesto que una persona no puede ser nunca objeto de goce para otra, sino solamente objeto (o más exactamente co-sujeto) de amor, la unión del hombre y de la mujer necesita un encuadramiento adecuado en el que las relaciones sexuales estén plenamente realizadas, pero de manera que garanticen a un mismo tiempo una unión duradera de las personas. Sabemos que semejante unión se llama matrimonio. Los intentos de encontrar para este problema del matrimonio una solución fuera de la estricta monogamia (que subentiende indisolubilidad) son contrarios a la norma personalista y no responden a sus exigencias, porque admiten que una persona pueda ser, para otra, objeto de placer, peligro que amenaza sobre todo a la mujer. Tal sucede en ambos casos de poligamia (gr. “poly”—mucho, y “gamos”—”matrimonio”): la poliginia (la unión de un hombre con muchas mujeres) y la poliandria (la unión de una mujer con muchos hombres).



Aquí consideramos el problema del matrimonio sobre todo bajo el lado del principio que recomienda amar a la persona (norma personalista), es decir, del principio que prescribe tratar a la persona de una manera que corresponda a su ser. Únicamente la monogamia y la indisolubilidad del matrimonio se acuerdan con este principio; y le son contrarias las dos formas de poligamia y el matrimonio disoluble. En efecto, en todos esos casos, la persona resulta puesta en la situación de un objeto de goce, al servicio de otra persona. El matrimonio disoluble es únicamente (o, en todo caso, desde luego) una institución que permite la realización del goce sexual del hombre y de la mujer, pero no la unión duradera de las personas basada en la afirmación recíproca de su valor. De hecho, la unión que tiene por base esta afirmación no puede ser más que durable, ha de durar mientras las personas continúan en recíprocas relaciones. No se trata aquí de su duración espiritual, porque está fuera del tiempo, sino de su duración en el cuerpo, la cual no acaba sino con la muerte.

¿Por qué es necesario que esta unión sea durable? Porque el matrimonio es no solamente una unión espiritual, sino también material y terrestre de las personas. Tal como lo dijo Cristo a los Saduceos (Mt 22, 23-30) que le preguntaban qué sería del matrimonio al resucitar los cuerpos (lo cual es artículo de fe), aquellos que vivirán de nuevo en sus cuerpos (espirituales), no tomaran mujer ni marido. El matrimonio está ligado estrechamente a la existencia material y terrestre del hombre. Así es como se explica su disolución natural por la muerte de uno de los cónyuges. El otro queda libre entonces y puede contraer un nuevo matrimonio. El derecho llama a esto bigamia sucesiva, que se ha de distinguir de la bigamia simultánea denominada en el lenguaje corriente simplemente bigamia, matrimonio nuevo mientras vive todavía el cónyuge de la primera unión. Aunque las nuevas nupcias tras la muerte de uno de los cónyuges estén justificadas y admitidas, el hecho de guardar la viudez es digno de los mayores elogios, porque la unión con la persona desaparecida está mucho mejor expresada. El valor de la persona no es algo efímero, y la unión espiritual puede y debería perdurar hasta cuando ha cesado ya la de los cuerpos. En el Evangelio, y sobre todo en las epístolas de San Pablo, podemos leer en repetidas ocasiones el elogio de la viudez y de la estricta monogamia.

En toda la enseñanza de Cristo, el problema de la monogamia y de la indisolubilidad del matrimonio se resuelve de una manera categórica y definitiva. Jesús pensaba en el matrimonio establecido por el Creador, estrictamente monogámico (Gen 1, 27 y 2, 24) e indisoluble (“Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre”), y a ese matrimonio se refería siempre, porque en la tradición de sus oyentes, los Israelitas, permanecía vivo el recuerdo de la poligamia de los patriarcas, de los grandes jefes del pueblo y de los reyes (por ejemplo, David y Salomón), así como del escrito de repudio de Moisés, quien admitía en determinadas condiciones la disolución de un matrimonio legalmente celebrado. Ahora bien, Cristo se oponía categóricamente a estas tradiciones que habían subsistido en las costumbres, al recordar cuál era la idea primitiva del Creador cuando instituyó el matrimonio (“... pero al principio no fue así”). Esta idea del matrimonio monogámico, nacida en la mente y en la voluntad de Dios, ha sido alterada también por el pueblo elegido. Frecuentemente se pretende justificar la poligamia de los patriarcas por el deseo de tener una descendencia numerosa; de modo que la procreación, fin objetivo del matrimonio, justificaría la poligamia de la que encontramos ejemplos en el Antiguo Testamento, y, por analogía, debería consiguientemente justificarla dondequiera que la poligamia se adoptase para obtener el mismo fin. Pero las Sagradas Escrituras suministran asimismo numerosas pruebas de que la poligamia da al hombre la ocasión de considerar a la mujer como una fuente de deleites sensuales, un objeto de goce, lo que da por resultado una degradación de la mujer y un rebajamiento del nivel moral del hombre; basta recordar la historia del rey Salomón.

La supresión de la poligamia y el restablecimiento de la monogamia y de la indisolubilidad del matrimonio están lo más estrechamente ligados al mandamiento del amor, que a todo lo largo de nuestro libro hemos asimilado a la norma personalista. Puesto que las relaciones y la coexistencia de las personas de sexo opuesto han de responder a las exigencias de esta norma, es menester que estén de acuerdo con el principio de la monogamia y de la indisolubilidad, que pone en buena luz al mismo tiempo numerosos detalles de la coexistencia del hombre y de la mujer en general. (El mandamiento del amor, tal como está formulado en el Evangelio, es más que la norma personalista: comprende también el principio fundamental del orden sobrenatural, de la relación sobrenatural entre Dios y los hombres. No obstante, la norma personalista entra ciertamente a formar parte de él, constituye el contenido natural del mandamiento del amor, que nosotros estamos en condiciones de aprehenderlo con  nuestra sola razón, sin el recurso a la fe. Añadamos que esta norma es también la condición indispensable al hombre para que pueda comprender y poner en práctica el contenido integral, esencialmente sobrenatural, del mandamiento.)

La poligamia es contraria a las exigencias de la norma personalista, como lo es la disolución de un matrimonio legalmente contraído (divorcio), el cual, las más de las veces, conduce a la poligamia. Si un hombre ha poseído a una mujer en cuanto esposa, gracias al matrimonio legal, y si, al cabo de un cierto tiempo, la deja para unirse con otra, demuestra con eso mismo que su esposa no representaba para él nada más que valores sexuales. Los dos hechos van a la par: considerar a la persona de sexo opuesto como un objeto que no trae consigo sino valores sexuales y ver en el matrimonio, en vez de una institución que debe servir para la unión de dos personas, una institución que no tiene otro objetivo que los valores sexuales.

Aun en los casos en que esta disolución acompañada de la bigamia intervenga algún tiempo después del comienzo del matrimonio, moralmente tiene un efecto retroactivo, actúa más acá y más allá del tiempo. En el caso que examinamos no es solamente en el momento del divorcio o de la bigamia cuando la mujer viene a ser para el hombre ese objeto que no representa nada más que valores sexuales, y el matrimonio pasa a ser una institución que sirve para aprovecharse de ellos, la mujer no ha sido nunca otra cosa para ese hombre ni el matrimonio tampoco. Puesto que él admite el divorcio y la bigamia, para él la mujer estaba en la situación de objeto de placer y el matrimonio no tenía otro significado que el de una institución de goce sexual: es mis todavía, ese hombre no ve, en general, en el matrimonio ningún otro sentido. Evidentemente, lo mismo se puede decir de una mujer que se comportase de una manera parecida con respecto a un hombre.

El hombre, por lo mismo que es un ser capaz de pensar conceptualmente, puede seguir los principios generales. Por consiguiente, la verdadera esencia y el verdadero valor de los hechos anteriores se le muestran a la luz de los hechos posteriores. Así, en el caso que nos in teresa, a la luz de la ruptura (aunque fuese al cabo de muchos años) de un matrimonio legalmente contraído y consumado, ruptura acompañada de bigamia simultánea, aparece que lo que ligaba a este hombre y a esta mujer y pasaba a sus ojos por amor, no era verdadero amor de las personas, no tenía la fuerza de una unión de personas, ni el aspecto objetivo del amor. Lo que les ligaba podía tener una rica sustancia subjetiva y estar fundado en un florecimiento y expansión de su afectividad y de su sensualidad, pero no había madurado suficientemente para poder alcanzar el valor objetivo de una unión de las personas. Y puede incluso ser que su unión jamás haya estado orientada en esa dirección. (Sabemos, en efecto, que el matrimonio ha de madurar sin cesar para que alcance el valor de una unión de personas: por eso es tan importante dirigirlo en este sentido.)

A la luz de estos principios, es decir, de la norma personalista, ha de admitirse que, en el caso en que la vida común de los cónyuges llega a ser imposible por razones realmente graves (especialmente a causa de la infidelidad conyugal) no existe más que una posibilidad de separación: el alejamiento de los esposos sin disolución del matrimonio. Evidentemente, desde el punto d vista de la esencia del matrimonio, que ha de ser una unión duradera del hombre y de la mujer, la separación es también un mal, pero es un mal necesario. Sin embargo, no se opone a la norma personalista: ninguna de las personas (la mujer es la más amenazada) está, en principio, puesta en la situación de objeto de placer. Pero sí que lo estaría, si la persona que ha pertenecido conyugalmente a otra pudiese ser abandonada por ésta en caso de separarse para unirse maritalmente con una tercera. Con todo, si los esposos no hacen por renunciar a las relaciones conyugales y a la comunidad conyugal y familiar, sin unirse por el matrimonio con otras personas, el orden personalista no ha sido vulnerado. La persona no queda relegada al rango de objeto de placer y el matrimonio conserva su carácter de institución al servicio de una unión de personas, y no solamente de sus relaciones sexuales.



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