Juan pablo II amor y responsabilidad estudio de moral sexual



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El desarrollo de la pudicicia en el joven o en el hombre presenta generalmente un proceso diferente. El hombre no tiene que temer la sensualidad de la mujer, tanto como ella teme la de él. En cambio, siente interiormente su propia sensualidad, lo cual es para él una fuente de vergüenza. Los valores sexuales están para él ligados más estrechamente al cuerpo y al sexo en cuanto objetos posibles de placer y así vienen a ser fuente de vergüenza. Tiene, por tanto, vergüenza desde luego de sentir de esta manera los valores sexuales de la mujer. Tiene también vergüenza de los valores sexuales de su propio cuerpo. Esto es tal vez una consecuencia de aquello: tiene vergüenza de su propio cuerpo, porque tiene vergüenza de la manera como reacciona ante el cuerpo de la mujer. Evidentemente, tiene vergüenza de su cuerpo también de una manera que podría decirse inmanente si designamos a la otra como relativa. El pudor es no solamente una respuesta a una reacción sensual y sexual ante el cuerpo en cuanto objeto posible de placer, una contra- reacción, sino también y sobre todo una necesidad interior de impedir que la mujer reaccione ante el cuerpo del hombre de una manera incompatible con el valor del hombre en cuanto persona. De ahí es de donde nace la pudicicia, dicho de otra manera, una disposición constante para evitar lo que es impúdico.

Aquí aparece la profunda vinculación entre el fenómeno del pudor y la naturaleza de la persona. Esta es dueña de sí misma; nadie, excepto Dios Creador, puede tener sobre ella derecho alguno de propiedad. Se pertenece, tiene el derecho de autodeterminación, por lo que nadie puede atentar contra su independencia. Nadie puede hacerse dueño de ella en propiedad, a menos de que consienta ella misma dándose por amor. Esta inalienabilidad objetiva de la persona y su inviolabilidad hallan su expresión precisamente en el fenómeno del pudor sexual, que no es más que un reflejo natural de la esencia de la persona. Por un lado, necesita de la vida interior de la persona, único terreno en que puede aparecer, y por otro, logramos ver profundizando con nuestro análisis del mismo ser de la persona, que constituye su base natural. Sólo la persona puede tener vergüenza, porque sólo ella, por su naturaleza, puede ser objeto de placer (en las dos acepciones de este término). El pudor sexual es, en cierta medida, una revelación del carácter supra-utilitario de la persona, tanto del hombre como de la mujer.

Así es como se ve que toda la moral sexual se funda en la interpretación correcta del pudor sexual. Para comprenderlo tal como es, no basta la descripción del fenómeno, aunque sea tan penetrante como la de los fenomenólogos; es indispensable su interpretación metafísica. De ahí que la moral sexual pueda encontrar en la experiencia del pudor un punto de partida experimental. De hecho, todas nuestras reflexiones precedentes, sobre todo las del primer capítulo, pueden deducirse fácilmente del pudor como mero hecho experimental. En nuestra interpretación de este hecho, tomamos en consideración la verdad entera sobre la persona, es decir, que tratarnos de definir el ser. Sólo así es como el pudor sexual puede explicarse definitivamente. La persona se encuentra en el centro, y constituye, al mismo tiempo, su base. Aun cuando los valores sexuales sean el objeto directo del pudor, su objeto indirecto es la persona y la actitud adoptada para con ella por la otra persona. Trátase de excluir una actitud—más bien pasiva en la mujer y más bien activa en el hombre—respecto de la persona, actitud incompatible con el carácter supra-utilitario y la “personalidad” de su ser. Al aparecer el peligro de semejante actitud precisamente ante los valores sexuales inherentes a la persona, el pudor se manifiesta como una tendencia a disimularlos. Es ésta una tendencia natural y espontánea: gracias a este ejemplo vemos que el orden moral está estrechamente ligado al orden óntico. La moral sexual tiene sus raíces en las leyes de la naturaleza.

Pero esta tendencia espontánea, que observamos en el hombre y en la mujer, a encubrir los valores sexuales y la vida sexual, tiene también otro sentido más profundo. No se trata solamente de evitar la reacción de la persona del sexo opuesto, ni tampoco su propia reacción análoga. Porque, a la par con esta huida ante una reacción limitada a los valores sexuales va el deseo de provocar el amor, reacción frente al valor de la persona en el otro y de vivirlo él mismo. El primero es tal vez más aparente en la mujer, el segundo en el hombre, aunque no debe tomarse esto demasiado a la letra. La mujer tiende a ser objeto del amor para poder amar. El hombre quiere amar para llegar a ser objeto del amor. En ambos casos, el pudor sexual no es una huida frente al amor, al contrario, es un medio de llegar hasta él. La necesidad espontánea de encubrir los valores sexuales es una manera natural de permitir que se descubran los valores de la misma persona. El valor de la persona está estrechamente ligado a su inviolabilidad, por el hecho de ser ella más que un objeto de placer. El pudor sexual es un movimiento de defensa instintivo que protege este estado de cosas, luego, también el valor de la persona. Pero es que no se trata solamente de protegerlo. Se trata de revelar este valor, y precisamente en relación con los valores sexuales que le están ligados en la persona. El pudor no revela el valor de la persona de una manera abstracta, como un valor teórico que no puede ser aprehendido más que por la razón: al contrario, lo muestra de una manera viva y concreta, ligada a los valores del sexo, aunque superior a éstos a un mismo tiempo. De ahí el sentimiento de la inviolabilidad que se traduce en la mujer por el “No me toques, aunque sea por un deseo interior”, y en el hombre por el “Yo no puedo tocarla, aunque sea por un deseo interior; ella no puede ser un objeto de placer”. Este temor del “contacto”, característico de las personas que verdaderamente se aman, es una expresión indirecta de la afirmación del valor de la misma persona, y ya sabemos que es el elemento constitutivo del amor en sentido propio, es decir, moral, de la palabra.

Hay también una vergüenza natural del amor físico igualmente, y no sin razón a propósito de él se habla de intimidad. El hombre y la mujer en el momento del coito evitan la mirada de los demás, y toda persona moralmente sana juzgada sumamente indecente no evitarla. Podría decirse que hay como una divergencia entre la importancia objetiva del acto y esta vergüenza que lo rodea en la conciencia de los hombres (y que no tiene nada que ver con la gazmoñería, o afectación—hemos hablado de ello en el primer capítulo—). Esta vergüenza es justa, porque hay razones profundas para esconder a las miradas de terceros las manifestaciones del amor entre el hombre y la mujer, y sobre todo las de su comercio carnal. El amor es una unión de personas que lleva consigo su unión física en las relaciones sexuales. Estas constituyen un placer sexual común, en el que el hombre y la mujer reaccionan recíprocamente ante sus valores sexuales. Este acto sexual puede estar esencialmente ligado al amor. Entonces encuentra en él su razón y su justificación objetiva, por donde se llega a vencer la vergüenza en aquellos que lo realizan. Volveremos a esto más adelante.

Pero estas dos personas son las únicas que tienen conciencia de esta razón y de esta justificación, únicamente para ellas este su amor es un asunto de “interioridad” de almas y no tan sólo de cuerpos. Para todo aquel que es extraño al acto, no hay sino las manifestaciones externas de él, mientras que la unión de las personas, esencia objetiva del amor, no le es perceptible. Se comprende, pues, que el pudor, que tiende a encubrir los valores sexuales para proteger el valor de la persona, tienda igualmente a disimular el acto sexual para proteger el valor del amor. Es, por lo tanto, un pudor no sólo relativo, sino también inmanente.

La vida sexual está constituida por hechos que exigen siempre una cierta discreción. El hombre, en general, tiene vergüenza de lo que sucede en él y que no es un acto consciente de su voluntad; por ejemplo, se avergüenza de sus maneras pasionales de comportarse, explosiones de cólera o accesos de miedo, y mucho más de ciertos procesos fisiológicos que tienen lugar en circunstancias determinadas e independientemente de su voluntad, cuya acción se limita a provocar o a admitir tales circunstancias. Encontramos en esto una confirmación del carácter espiritual de la interioridad de la persona, que ve un cierto “mal” en todo aquello que no es enteramente interior, racional, espiritual. Como este “mal” tiene una parte muy amplia en la vida sexual, bien se ve la necesidad de encubrir el amor, en la medida en que llega ya al cuerpo y al sexo.

 

7. La ley de la absorción de la vergüenza por el amor



 

Visto desde fuera, el amor, en su aspecto físico, es inseparable de la vergüenza. Con todo, entre las personas que se aman, se produce un fenómeno característico que llamaremos “absorción de la vergüenza por el amor”. La vergüenza es absorbida por el amor, de manera que el hombre y la mujer dejan de sentirla en sus relaciones sexuales. Este proceso tiene una enorme importancia desde el punto de vista de la moral sexual, aporta una indicación que se puede utilizar en moral. No se la puede comprender sin haber entendido bien la relación exacta que existe en el ser humano y en el amor entre el valor de la persona humana y los valores sexuales.

Al analizar el fenómeno del pudor sexual, hemos constatado que se trata de un hecho que tiene una profunda significación personalista. Por esto el pudor no tiene razón de ser más que en el mundo de las personas. Este hecho tiene, por lo demás, un doble aspecto: por un lado, fuga, tendencia a esconder los valores sexuales a fin de que no oculten el valor de la persona misma; por otro, el deseo de despertar el amor y de experimentarlo. De este modo el pudor prepara, en cierta manera, el camino al amor.

Que el amor absorbe la vergüenza sexual no quiere decir que la destruye, sino todo lo contrario: fortifica el sentimiento de pudor, porque no se realiza plenamente más que con el respeto más profundo de él. La palabra “absorción” significa únicamente que el amor utiliza los elementos del pudor sexual y especialmente la conciencia de la justa proporción entre el valor de la persona y los valores del sexo, proporción que el pudor revela al hombre y a la mujer como natural y espontáneamente sentida. Si no se atiende a esto, la conciencia de esta proporción puede desaparecer en perjuicio de las personas y de su amor.

¿En qué consiste, pues, la absorción de la vergüenza por el amor y cómo se explica? Téngase presente que el pudor constituye como una defensa natural de la persona, protegiéndola contra el peligro de descender o de ser rechazada al rango de objeto de placer sexual. Tal como lo hemos subrayado varias veces, ello sería contrario a la naturaleza misma de la persona. No es menester que la persona acepte ser tratada como objeto de placer, ni que ella rebaje a otra hasta ese papel. En ambos casos, el pudor, al encubrir tanto los actos de amor, el acto carnal en particular, como el cuerpo, se opone a ello. Y por esto es por lo que el pudor abre naturalmente el camino al amor.

Lo que es esencial en el amor es la afirmación del valor de la persona; basándose en esta afirmación, la voluntad del sujeto que ama tiende al verdadero bien de la persona amada, a su bien integral y absoluto que se identifica con la felicidad. Esta orientación de la voluntad se opone a toda tendencia al placer. Amar y considerar la persona amada como objeto de placer se excluyen mutuamente. La vergüenza, forma de defensa contra semejante actitud, desaparece, por consiguiente, en el amor, porque en él pierde su razón de ser objetiva. Pero no cede ella más que en la medida en que la persona amada ama también ella y—lo que importa más—está dispuesta a darse por amor. Hay que recordar aquí las conclusiones a que hemos llegado en el curso de nuestro análisis del amor matrimonial. La ley de la absorción de la vergüenza por el amor nos explica psicológicamente todo el problema de la castidad, o—más exactamente—de la pudicicia conyugal. Es un hecho que las relaciones sexuales de los esposos no son simplemente una forma de impudor que se hace legal gracias al acto del matrimonio, sino que, al contrario, son conformes a las exigencias interiores del pudor (a menos que los mismos esposos no lo hagan impúdico por su manera de realizarlos).

Considerado el problema en su conjunto (a lo cual nos ha preparado el análisis integral del amor hecho en el capítulo precedente), nos vemos obligados a constatar que sólo el amor verdadero, es decir, el que posee plenamente su esencia moral, es capaz de absorber la vergüenza. Y ello se comprende, ya que la vergüenza es una manifestación de la tendencia a encubrir los valores sexuales para que éstos no oculten el valor de la persona. Esta ha de predominar y la afirmación de su valor ha de penetrar toda la vida sexual.

Si ésa es la actitud de aquellos que se aman, ya no tienen razón alguna para avergonzarse de su vida sexual, puesto que no tienen ya por qué temer que esa vida oculte los valores de sus personas, ni atente a su inalienabilidad e inviolabilidad. Aun en los casos en que la sensualidad reacciona de la manera que le es propia al cuerpo como ante un objeto de goce, la voluntad permanece orientada por el amor hacia el verdadero bien de la persona y no hacia el placer, lo que no excluye, con todo, las relaciones conyugales, es decir, ni el placer sexual común. La necesidad del pudor ha sido interiormente absorbido por el amor profundo de la persona, ya no es necesario disimular interior ni exteriormente la actitud de goce respecto de la persona amada desde el momento que dicha actitud se encuentra comprendida en el amor de la voluntad. La afirmación del valor de la persona penetra todas las reacciones sensuales y afectivas que tienen relación con los valores sexuales, hasta tal punto que la voluntad ya no está amenazada de una orientación hacia el goce, incompatible con la actitud que debe guardarse respecto a la persona. Por el contrario, esta orientación influye en la voluntad, de modo que el valor de la persona es aprehendida no sólo de una manera abstracta, sino también profundamente experimentada. En ese momento, el amor alcanza su plenitud psicológica y la absorción de la vergüenza se realiza del todo de una manera admisible. La mujer y el hombre pueden constituir “una sola carne”, según las palabras del Génesis (2, 24), con las que el Creador ha definido la esencia del matrimonio, y esta unidad no será en manera alguna una forma de impudor, sino más bien la realización más completa de la unión de las personas que se deriva de un amor matrimonial recíproco. El problema de la procreación le está estrechamente ligado, pero lo trataremos en el capítulo IV.

Sin embargo, conviene sopuntar el peligro ligado a este fenómeno característico de absorción de la vergüenza por el amor. El pudor está profundamente enraizado en el ser mismo de la persona. He aquí por qué ha sido preciso recurrir a la metafísica de la persona para explicar su esencia. Pero existe el peligro de tratar demasiado superficialmente tanto la vergüenza como el fenómeno de la absorción, que no se realiza cumplida y normalmente más que por el amor. Sabemos que, subjetivamente, la vergüenza es un sentimiento negativo que se parece un poco al temor. Porque la vergüenza es el temor ligado a los valores sexuales. Desaparece en cuanto nace la convicción de que esos valores ya no provocan únicamente el “deseo sexual”. Se desdibuja asimismo a medida que aparece el amor, que la concupiscencia viene acompañada de una actitud afectiva. El sentimiento de amor tiene, por consiguiente, el poder de absorber el de la vergüenza, de liberar de vergüenza la conciencia del sujeto. Este proceso emotivo-afectivo está en el origen de la opinión, con la que tropezamos con frecuencia, según la cual el sentimiento (de amor) da al hombre y a la mujer el derecho a la unión física y a las relaciones sexuales.

Esta opinión es falsa, porque el mero hecho de experimentar el sentimiento de amor, aunque sea recíproco, está lejos de equivaler al verdadero amor de voluntad. Este implica, en efecto, una elección recíproca de las personas fundada en una profunda afirmación de su valor y tendente a su unión duradera en el matrimonio, con una actitud, al mismo tiempo, clara y definida respecto al problema de la procreación. El amor de las personas posee un aspecto netamente objetivo, y es menester que lo posea. En cuanto emoción afectiva, no tiene muchas veces más que un carácter subjetivo y es inmaduro desde el punto de vista moral. Hemos dicho y repetido varias veces que, en este terreno, no se ha de confundir utilización de materiales y creación, ni identificar amor y aventura erótica.

De ahí se sigue que la absorción de la vergüenza por el amor tiene bastante más que una significación emotivo- afectiva. De hecho, no basta que la vergüenza haya sido eliminada por cualquier “amor”, porque esto es precisamente opuesto a lo esencial del pudor sexual bien comprendido. Muy al contrario, hay siempre, en las uniones eróticas, una forma de impudor. El impudor se aprovecha de estas uniones eróticas para hacerse legitimar. La facilidad con que el sentimiento de vergüenza se borra ante el primer estado erótico emotivo-afectivo, es la negación misma de la vergüenza y del pudor. La verdadera vergüenza difícilmente cede (gracias a lo cual, no nos deja nunca finalmente en una situación impúdica). No puede ser absorbida más que por un amor verdadero, por aquel que, juntamente afirma el valor de la persona y busca con todas sus fuerzas el bien más completo de su objeto. Esta vergüenza es una fuerza real y moral de la persona. Pero, como corre el peligro de disminuir por ciertas influencias, así por razones interiores (hay personas menos púdicas por naturaleza que otras) como por externas (diferencias de opinión, de estilo de vida y de comportamiento reciproco de las mujeres y de los hombres de diferentes medios y en diferentes épocas), es indispensable la educación del pudor sexual, estrechamente ligada con la educación del amor, precisamente porque un auténtico pudor exige, según la ley de su absorción, un amor verdadero y aceptable.

 

8. El problema del impudor



 

A la luz de cuanto acabamos de decir a propósito del pudor sexual y de la absorción de la vergüenza por el amor, trataremos ahora de examinar el problema del impudor. La misma palabra indica ya de por sí la negación o la falta de pudor, lo que, prácticamente, viene a ser lo mismo. Tenemos a veces ocasión de observar en las personas de uno u otro sexo diversas maneras de ser y de comportarse, situaciones que reputamos como impúdicas, al constatar que no guardan las exigencias del pudor, que están en pugna con sus normas. Una cierta relatividad de la definición de lo impúdico se explica por las diferencias en las disposiciones interiores de unos y otros, así como por la mayor o menor sensibilidad sensual o el nivel de cultura moral del individuo, incluso su “Weltanschauung”. Esta relatividad se explica también, como lo hemos ya dicho, por las diferencias de las condiciones exteriores: clima, costumbres, hábitos, etc.

Pero esta relatividad de apreciación de las diversas manifestaciones de las relaciones sexuales no prueba de ninguna manera que el mismo impudor sea relativo, que no haya en nuestro comportamiento elementos que sentencian de una manera permanente, aunque diversos condicionamientos internos y externos impongan a diversos hombres o a medios sociales diversos nociones diversas acerca de lo púdico y de lo impúdico. Por nuestra parte, no tenernos ahora la intención de registrar esas divergencias, sino por el contrario poner en evidencia los elementos comunes.

El pudor es la tendencia, del todo particular del ser humano, a esconder sus valores sexuales en la medida en que serían capaces de encubrir el valor de la persona. Es un movimiento de defensa de la persona que no quiere ser un objeto de placer, ni en el acto, ni siquiera en la intención, sino que quiere, por el contrario, ser objeto del amor. Pudiendo venir a ser objeto de placer precisamente a causa de sus valores sexuales, la persona trata de disimularlos. Con todo, no los disimula más que en parte, porque, queriendo ser objeto de amor, ha de dejarlos visibles en la medida en que éste lo necesita para nacer y para existir. Con esta forma de pudor, que podría llamarse “pudor del cuerpo”, porque los valores sexuales están exteriormente ligados sobre todo al cuerpo, va a la par otra forma, que hemos llamado “pudor de los actos de amor” y que es una tendencia a esconder las reacciones por las cuales se manifiesta la actitud de goce respecto del cuerpo y del sexo. Esta tendencia tiene su origen en el hecho de que el cuerpo y el sexo pertenecen a la persona, la cual no puede ser objeto de placer. Sólo el amor es capaz de absorber verdaderamente tanto la una como la otra forma de pudor.

El impudor destruye todo este orden. Analógicamente a la distinción del pudor del cuerpo y del de los actos de amor, se pueden distinguir dos formas análogas de impudor. Definiremos como impudor del cuerpo la manera de ser o de comportarse de una persona concreta, cuando ésta pone en primer plano los valores del sexo, de suerte que no oculten éstos el valor esencial de la persona. Consiguientemente, la persona misma se encuentra en la situación de un objeto de placer (sobre todo en la segunda acepción del término), la de un ser del que se puede uno servir sin amarlo. El impudor de los actos de amor es la negativa que opone una persona a la tendencia natural de su interioridad a tener vergüenza de esas reacciones y actos en que la otra persona aparece únicamente en cuanto objeto de placer.

Esta vergüenza interior de los actos de amor no tiene nada que ver con la pudibundez o afectación de pudor, que consiste en la disimulación de las verdaderas intenciones sexuales. Una persona pudibunda, y que al mismo tiempo se deja llevar por el deseo de goce, se esfuerza en crear las apariencias de desinterés o falta de interés por lo sexual, llega hasta a condenar todas las manifestaciones sexuales, aun las más naturales, y todo aquello que dice relación al sexo. Con bastante frecuencia, por otra parte, semejante actitud no es pudibundez, es decir, una forma de hipocresía, sino simplemente una cierta prevención o una convicción de que todo lo que se refiere al sexo no puede ser más que objeto de goce, que el sexo no puede por menos que ofrecer ocasiones de placer, pero jamás abre camino al amor. Esta opinión está teñida de maniqueísmo y está en desacuerdo con la manera de ver los problemas del cuerpo y del sexo que encontramos en el Génesis, y sobre todo en el Evangelio. El verdadero pudor de los actos de amor no se identifica jamás con la pudibundez, sino que es una sana reacción contra toda actitud que lleve a la persona al rango de un objeto de placer. Contra semejante actitud respecto de la persona—en este caso la mujer—, protestó Cristo cuando pronunció las palabras que hemos citado más arriba: “Quienquiera que mira a una mujer para desearla...” (Mt 5, 28). Se trata aquí, como se ve, de un acto interior. La pudibundez está ligada con frecuencia, incluso generalmente, al impudor de las intenciones. Es, por lo demás, distinta del impudor de los actos de amor. Hemos hablado ya de la relatividad de los juicios sobre lo impúdico, sobre todo cuando se trata de un hecho exterior, que pertenece a la manera de ser o de conducirse. Un problema diferente se pone cuando se trata de considerar como impúdico un acto interior, por ejemplo la manera de pensar o la de experimentar los valores del sexo y de reaccionar ante ellos. En esto no hay correlación estricta entre los individuos, aun viviendo en la misma época y en la misma sociedad Las opiniones de las mujeres especialmente difieren de las de los hombres y viceversa. De hecho, una mujer no considera como impúdico tal o cual manera de vestir (“impudor del cuerpo”), mientras que determinado hombre, incluso muchos hombres, la encontrarán indecente. E inversamente, un hombre puede ser, en su fuero interno, impúdico respecto de una o de muchas mujeres (“impudor de los actos de amor”), a pesar de que ninguna de ellas lo haya provocado con su conducta o con una manera de ser impúdica, por ejemplo, por su manera de vestirse, de bailar, etc.



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