Juan pablo II amor y responsabilidad estudio de moral sexual



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Se trata de no confundir el subjetivismo y el aspecto subjetivo del amor. Este pertenece a la naturaleza misma del amor. El subjetivismo, al contrario, es una deformación de la esencia del amor, que consiste en una hipertrofia del elemento subjetivo que absorbe parcial o totalmente el valor objetivo del amor. Se puede definir su forma elemental como subjetivismo del sentimiento. Los sentimientos juegan un papel muy importante en la formación del aspecto subjetivo del amor, que no existe sin el afecto, y sería absurdo desear, a la manera de los estoicos y de Kant, que el amor fuera a-sentimental. Pero de otra parte, no se puede excluir la subjetividad del sentimiento. Cabe hablar, por consiguiente, de un cierto “peligro del sentimiento”. En el curso del análisis del atractivo (capítulo II, segunda parte) hemos subrayado que el sentimiento tenía una influencia sobre la experiencia de la verdad. El hombre, ser racional, tiene una necesidad natural de conocer la verdad y de seguirla; se trata aquí de la verdad objetiva de la acción, núcleo de la moral humana. Ahora bien, el sentimiento desvía nuestra mirada de la verdad, por así decirlo; la desvía de los elementos objetivos de la actividad, del objeto de la acción y del acto mismo, y lo dirige hacia los elementos subjetivos, hacia lo que ha sido vivido por nosotros. A causa del sentimiento, la conciencia humana es absorbida sobre todo por la autenticidad subjetiva de lo vivido. Y esto es verdadero, es decir, auténtico, en la medida en que está impregnado de un verdadero sentimiento.

Esto trae consigo dos consecuencias. Desde luego una desintegración, porque el estado afectivo domina todos los hechos objetivos y sobre todo los principios a que ellos están sometidos, él es el que sobresale. Por otra parte, el valor del sentimiento reemplaza a los principios objetivos y viene a ser criterio del valor de los actos: éstos son buenos si son “auténticos”, es decir, impregnados de un sentimiento “verdadero”. Pero el sentimiento no es verdadero en sí mismo más que subjetivamente y, aun siendo verdadero, no puede referirse a un acto que, objetivamente, no es bueno. Por esto el subjetivismo del sentimiento abre amplia entrada en el amor entre el hombre y la mujer, a tos diversos actos internos y externos, actos eróticos en desacuerdo con la esencia objetiva del amor. Su autenticidad, en el sentido que acabamos de describir, debería legitimarlos. Pero no lo llega a conseguir. Aun en el supuesto de que los sentimientos que acompañan a la concupiscencia del cuerpo y su satisfacción sean sentimientos verdaderos, los actos que acompañan no son todos buenos sin más ni más.

Un paso más y se pasa del subjetivismo del sentimiento al de los valores. El camino es tan fácil que no se acierta a evitarlo una vez que se ha metido uno en él El amor en sí mismo está orientado hacia los valores objetivos, como lo es el valor de la persona que se afirma en el amor recíproco, o el de la unión de las personas a la que lleva el amor. Tales son también los valores hacia los cuales se dirigen la sensualidad y la afectividad en sus relaciones naturales: el valor del cuerpo en cuanto posible objeto de goce, y el valor del ser humano de sexo diferente, ligados a la feminidad o a la masculinidad. El subjetivismo de los valores consiste en considerar todos los valores objetivos como elementos que sirven únicamente para dar placer o voluptuosidad a diversos grados. El placer llega a ser el único valor y la base de toda apreciación. De donde resulta una confusión en la orientación de lo vivido y de lo actuado, con lo cual finalmente se pierden no solamente la esencia del amor, sino también el carácter erótico de lo vivido. Porque hasta la sensualidad y la afectividad suministran materia al amor, reaccionando de una manera natural ante los valores correspondientes de la persona. El subjetivismo de los valores equivale, con todo, a una orientación hacia el solo goce, éste viene a ser el objetivo mientras que todo el resto—la persona, su cuerpo, su feminidad o su masculinidad—no es más que un medio.

Bajo esta forma, la subjetividad destruye, por consiguiente, la esencia misma del amor y no ve el valor integral de los estados eróticos (así, por lo demás, como del “amor” mismo) sino en el placer. Tales estados dan al hombre y a la mujer un placer y una voluptuosidad intensas que constituyen la única razón de ser tal como, indirectamente, la del amor mismo. De hecho, el hedonismo teórico y práctico es el resultado final del subjetivismo en el amor. Entonces no solamente tales o tales Otros estados, sino también el placer que les acompaña, dominan el conjunto de los hechos y sobre todo de los principios, que deciden del amor verdadero. El placer viene a ser el supremo y absoluto valor al que todo debe estar subordinado, porque él es el que constituye el criterio interno de los actos humanos. Esto recuerda las opiniones utilitaristas criticadas en el primer capítulo. El peligro del sentimiento nos aparece así con mayor evidencia todavía, porque los sentimientos gravitan naturalmente hacia el placer, que para ellos es un bien como la pena es un mal del que huyen. A lo inmediato, tienden, por tanto, a afirmarse en cuanto que la única y esencial sustancia del amor (subjetivismo de los sentimientos), pero, no siendo dirigidos, orientan indirectamente el sujeto hacia la búsqueda del placer y de la voluptuosidad. Entonces se juzga y se aprecia el amor en función del placer que nos produce.

De estas formas de subjetividad, y sobre todo de la segunda, nace el egoísmo. El subjetivismo y el egoísmo se oponen al amor, primeramente, porque este último tiene una orientación objetiva hacia la persona y hacia su bien, y, en segundo lugar, porque tiene una orientación altruista hacia otro ser humano, mientras que aquéllos no ponen la mira más que en el sujeto y sus estados, no se preocupan más que de su “autenticidad” y de la afirmación subjetiva del amor en el sentimiento mismo. El egoísmo se concentra únicamente en el “yo” del sujeto y busca la manera de realizar su propio bien sin preocuparse del de los otros. El egoísmo excluye al amor, porque excluye el ien común y la reciprocidad, fundada en la tendencia hacia éste. Poniendo delante su propio “yo” y concentrando la atención exclusivamente en su propio bien—lo cual es característico del egoísmo—-no se puede evitar una exagerada orientación hacia el sujeto.

El “yo” considerado como sujeto se hace egoísta, cuando cesa de ver correctamente su puesto objetivo entre los otros seres, así como las relaciones e interdependencias que le ligan a ellos. Pero es sobre todo el subjetivismo de los valores lo que de hecho (de facto) se identifica con el egoísmo. Siendo el placer el único valor que cuenta en la actitud mutua del hombre y de la mujer, no podrá jamás haber cuestión entre ellos ni de reciprocidad, ni de unión de las personas. La orientación hacia el placer, su único objetivo, retendrá a cada uno de ellos dentro de los estrictos límites de su propio “yo”. No habrá, pues, reciprocidad, sino un “bilateralismo”: las relaciones entre dos personas de sexo diferente dan una suma de goces que es preciso intensificar de manera que cada una obtenga el máximum. El egoísmo excluye al amor, pero admite los cálculos y el compromiso; aun cuando no haya nada de amor, un arreglo bilateral entre los egoísmos es posible.

Sí, pero no puede haber cuestión de un “yo común” que nace cuando una persona desea el bien de la otra como el suyo propio y encuentra el suyo en el de la otra. No se puede desear el placer de esta manera, porque es un bien puramente subjetivo, no trans-subjetivo, ni siquiera inter-subjetivo. Se puede desear así todo lo más el placer del otro “aparte” o “a condición” del suyo propio. El subjetivismo de los valores, es decir, una orientación hacia el goce considerado como el único objetivo de las relaciones y de la vida común del hombre y de la mujer, es, por tanto, por definición egoísmo. Ello resulta de la naturaleza misma del placer. Con todo, no se ha de considerar el placer como un mal—es en sí mismo un bien—, sino que conviene recalcar el mal moral que late en la orientación de la voluntad hacia solo el placer. Semejante orientación es no solamente subjetiva, sino también egoísta.

Se distingue a veces el egoísmo de los sentidos y el egoísmo de los sentimientos. Esta distinción está fundada en la diferencia que hay entre la sensualidad y la afectividad, dos centros diferentes de reacciones ante los valores sexuales. Con todo, estos dos egoísmos tienen en su origen sentimientos: en el primer caso, un sentimiento “físico” ligado a la satisfacción de la sensualidad, en el segundo, un sentimiento “psíquico”, más sutil y que acompaña a las reacciones de la afectividad. El sentimiento intensamente vivido o un estado afectivo durable facilitan la orientación del ser hacia su propio “yo”; el placer, que es un bien de ese “yo” ligado al sentimiento, aparece al mismo tiempo.

El egoísmo de los sentidos se asocia estrechamente al subjetivismo de los valores. El sujeto tiende al placer inmediato que dan los estados eróticos ligados al cuerpo y al sexo; la persona es entonces tratada simplemente como un objeto. Esta forma de egoísmo es bastante clara. El egoísmo de los sentimientos, en cambio, se presta más fácilmente a confusión. En efecto, se asocia ante todo al subjetivismo del sentimiento, que no atribuye el primer puesto al placer, sino al afecto, condición indispensable de la autenticidad de lo vivido. El egoísmo del sentimiento es, por lo tanto, más bien una búsqueda del “yo” que una búsqueda del placer. Pero éste constituye para él, aun así, un fin: la orientación hacia el placer determina el egoísmo. Se trata, en efecto, del placer vivido o experimentado. Cuando el sentimiento pasa a ser un objetivo únicamente en razón de este placer, la persona hacia la cual se dirige, .o que es su fuente, no es de nuevo más que un objeto que da la ocasión de satisfacer las necesidades afectivas del “yo”. El egoísmo de los sentimientos, que se transforma frecuentemente en una especie de juego (“se juega con los sentimientos de otro”), es una alteración del amor no menos profunda que la que se debe al egoísmo de los sentidos, con la sola diferencia de que éste tiene un aspecto de egoísmo más acentuado, mientras que aquél puede disimularse bajo apariencias de amor. Añadamos que el egoísmo de los sentimientos puede contribuir no menos que el egoísmo de los sentidos, aunque de una manera diferente, a la impureza de las relaciones entre el hombre y la mujer.

Al principio de nuestras consideraciones, hemos hecho la distinción entre el subjetivismo y la subjetividad. El amor, siendo como es un hecho subjetivo e inter-subjetivo, tiene siempre, por tanto, un aspecto subjetivo particular. Pero de todos modos conviene protegerle contra una desviación subjetiva que trae consigo u disgregación y desarrolla las diversas formas del egoísmo. Por esto, cada una de las dos personas comprometidas en el amor, sin dejar de cultivar su aspecto subjetivo, debería esforzarse en alcanzar la mayor objetividad. Lo cual no es fácil, pero este esfuerzo es indispensable para asegurar al amor su existencia.

 

4. La estructura del pecado



 

El análisis de la concupiscencia del cuerpo, y más aún del subjetivismo y del egoísmo, nos permitirán comprender la expresión “amor culpable”. Es una expresión corriente e incluso justa en su sentido más inmediato. Oculta, con todo, una paradoja. En efecto, el amor es sinónimo del bien mientras que el pecado significa un mal moral. ¿Puede, por consiguiente, haber un “amor” que no solamente no sea moralmente bueno, sino, al contrario, que sea “culpable”, es decir, que comprenda elementos del mal moral? ¿Cómo puede ser, entonces, amor? Hemos constatado que la sensibilidad y la afectividad dan materia al amor, dicho de otra manera que crean en la interioridad de la persona, y entre las personas, hechos y situaciones favorables para el amor, pero que no son amor. Lo llegan a ser gracias a la integración, porque se encuentran elevados al nivel de las personas cuyo valor es recíprocamente afirmado. Sin ello, estos hechos psicológicos nacidos en la sensualidad (o en la afectividad) podrían fácilmente hacerse materia de pecado. Se trata de entender bien el cómo. Por esto vamos a proceder al examen de la estructura del pecado.

Como lo hemos constatado más arriba, la concupiscencia del cuerpo no está ligada solamente a una posibilidad natural de orientación hacia los valores que los sentidos indican en el terreno sexual. Es una inclinación permanente a considerar la persona de sexo opuesto, en razón de los valores del sexo, únicamente como un objeto de posible placer. La concupiscencia del cuerpo significa, por tanto, una disposición latente para intervertir el orden objetivo de los valores. En efecto, la manera justa de considerar y de desear la persona es hacerlo desde el ángulo de su valor. Esto no quiere decir a-sexualidad o insensibilidad ante los valores del cuerpo y del sexo, que deben, por el contrario, ser integrados en el amor de la persona en el sentido propio del término. El deseo carnal se dirige hacia la persona como hacia un objeto posible de goce a causa de los valores de su cuerpo y de su sexo (cuando el cuerpo, elemento de la persona, debería también él ser el objeto del amor). De ahí la distinción entre el amor del cuerpo y el amor carnal.

Así que la concupiscencia del cuerpo es un terreno en el que se oponen dos actitudes respecto de la persona de sexo diferente. El objeto de la lucha es el cuerpo. A causa de sus valores sexuales, despierta el deseo de placer, mientras que debería hacer nacer el amor en razón del valor de la persona. La concupiscencia del cuerpo significa una disposición permanente para solo el goce, mientras que el deber del hombre es el de amar. Por esto hay que enunciar con cierta reserva la opinión que hemos formulado en el curso de este análisis del amor, a saber, que la sensualidad y la afectividad dan materia para el amor. Es así en la medida solamente en que sus reacciones no son absorbidas por el deseo carnal, sino por el amor verdadero de la persona. No es esto fácil, sobre todo cuando se trata de las reacciones de la sensualidad. Porque, ya lo hemos bien constatado, estas reacciones son espontáneas y van en la misma dirección que la concupiscencia del cuerpo que frecuentemente manifiestan. La sensualidad es la facultad de reaccionar ante los valores sexuales del cuerpo, objeto posible de placer; el deseo carnal es tendencia permanente de concupiscencia, provocada por la reacción de la sensualidad.

Hay que recalcar que, desde el punto de vista de la estructura del pecado—proseguimos nuestro análisis del “amor culpable”—ni la sensualidad, ni el deseo carnal, solos, no lo son. La teología católica no ve en la concupiscencia del cuerpo más que una “tea” del pecado. Es difícil no admitir que una disposición permanente para desear el cuerpo de la persona de sexo opuesto como objeto de deleite sea un germen de pecado, siendo así que nuestra actitud respecto de la persona debería ser supra-utilitaria (como indica el verdadero sentido de la palabra “amar”). Asimismo, la teología, fundándose en la Revelación, considera la concupiscencia del cuerpo como una consecuencia del pecado original. Esta disposición permanente para adoptar, a causa de los valores sexuales del cuerpo, una actitud inadecuada respecto de la persona, no puede ser sin razón. La ausencia de razón conduciría fatalmente al pesimismo, como todo mal incomprensible. La verdad sobre el pecado original explica ese mal fundamental y universal que nos impide amar simple y espontáneamente, transformando el amor de la persona en deseo de goce. Así, el hombre no puede fiarse con toda seguridad de las reacciones de la sensualidad (ni tampoco de la afectividad que está ligada a la sensualidad en la vida psíquica, gracias a su fuente común), no puede tenerlas por amor que él ha de desprender de ellas. Una cierta pena resulta de ello, porque el hombre desearía seguir aquí sus reacciones espontáneas y encontrar en ellas un amor con todas sus piezas.

La sensualidad, ni siquiera la concupiscencia del cuerpo, no son un pecado en sí mismas, porque no puede ser pecado más que un acto voluntario, consciente y consentido. Por más que el acto voluntario sea siempre interior, el pecado puede encontrarse incluso en las acciones tanto interiores como exteriores, siendo como es la voluntad, tanto para las unas como para las otras, el punto de partida y el punto de apoyo. Por consiguiente, la mera reacción de la sensualidad o el ímpetu del deseo carnal que pudiera haber provocado y que tiene lugar “aparte” o fuera de la voluntad, no pueden ser pecados en sí mismos. Pero hay que tener en cuenta el hecho de que la concupiscencia del cuerpo posee en todo hombre normal su propio dinamismo que se manifiesta en las reacciones de la sensualidad. Ya dijimos que tienen éstas una orientación definida. Los valores sexuales del cuerpo vienen a ser no solamente objeto de interés, sino, con bastante facilidad, objeto de deseo sensual. Es el apetito concupiscible (según la terminología de Santo Tomás) y no la voluntad el que es la fuente de semejante deseo actual. En el deseo sensual, por el contrario, aparece una tendencia a convertirse en querer, acto de la voluntad. El límite entre el actual deseo sensual y el querer es, con todo, distinto. La concupiscencia del cuerpo no se encamina en seguida hacia un papel activo de la voluntad, llamando aquello hacia lo cual se dirige el deseo sensual actual, sino que se contenta con su actitud pasiva de consentimiento.

Aquí comienza el pecado. Por esto la concupiscencia del cuerpo, que intenta continuamente arrastrar a la voluntad a franquear el límite ese, ha sido con justo título llamada “tea del pecado”. Desde el momento en que la voluntad consiente, en que empieza a querer lo que está pasando en la sensualidad y a aceptar el deseo carnal, el hombre comienza a actuar él mismo, interiormente desde luego—por ser la voluntad la fuente inmediata de los actos internos—, exteriormente en seguida. Sus actos poseen un valor moral, son buenos o malos y, en este último caso, se les llama pecados.

En la práctica, surge aquí un problema bastante difícil para algunas personas, el del límite del pecado. Objetivamente, está trazado por el acto voluntario, por el consentimiento libre y consciente de la voluntad. Pero hay personas, con todo, que lo distinguen difícilmente. La concupiscencia del cuerpo por poseer en el hombre su propio dinamismo por el cual tiende a convertirse en querer, acto de la voluntad, pone en peligro, cuando falta el discernimiento necesario, de considerar como un acto voluntario lo que no es todavía más que un aviso de la sensualidad y de la concupiscencia del cuerpo. Gracias a. ese dinamismo, la reacción de la sensualidad sigue su curso, incluso en el caso en que la voluntad no solamente no consiente, sino que se opone. Un acto de voluntad dirigido contra el despertar de la sensualidad no tiene en general un efecto inmediato. De ordinario, la reacción de la sensualidad prosigue hasta el fin dentro de su propia esfera psíquica, es decir, dentro de la -esfera sensual, a pesar de que, en la esfera volitiva, haya encontrado neta oposición. Nadie puede exigirse a sí mismo que las reacciones de la sensualidad no se manifiesten en él ni que cedan desde que la voluntad rehúsa el consentir, incluso opone su repulsa. Esto es importante para la práctica de la virtud de la continencia. “No querer” es diferente de “no sentir”, “no experimentar”.

Por esto, analizando la estructura del pecado, conviene no atribuir demasiada importancia a la sensualidad y a la concupiscencia del cuerpo. La mera reacción espontánea de la sensualidad, el mero reflejo de la concupiscencia, no son un pecado y no lo serán más que si la voluntad interviene. La voluntad conduce al pecado cuando está mal orientada, cuando se deja guiar por una falsa concepción del amor. En esto consiste la tentación, que abre el camino al “amor culpable”. La tentación no es solamente un “error de pensamiento”, porque un error involuntario no entraña el pecado. Si yo estoy convencido de que “A” es un bien y si yo realizo “A”, yo obro bien aunque en realidad “A” sea un mal (a menos de que continúe siendo responsable, por otra parte, del juicio erróneo de mi conciencia). La tentación, en cambio, implica la conciencia de que “A” es un mal, conciencia falsificada por la sugestión: “A” es, a pesar de todo, un bien. La ocasión de este falseamiento de la conciencia en las relaciones entre personas de sexo diferente viene dada por la subjetividad bajo todas sus formas.

La subjetividad del sentimiento facilita la sugestión de que es bueno lo que está ligado con un verdadero sentimiento, con un sentimiento auténtico. Entonces surge la tentación de reducir el amor a solos los estados emotivos subjetivos. El “amor” sigue entonces al sentimiento como su única sustancia y su solo criterio. Ni la afirmación del valor de la persona, ni la tendencia a realizar su verdadero bien, entran en cuenta para una voluntad orientada subjetivamente hacia solo el sentimiento. El pecado nace entonces del hecho de que el hombre rehúsa subordinar el sentimiento a la persona y al amor, y de que, en cambio, le subordina al sentimiento. El “amor culpable” muchas veces está lleno de sentimientos que reemplazan a todo lo demás. Evidentemente su culpabilidad no se debe al hecho de estar lleno de sentimientos, ni siquiera a los sentimientos mismos, sino al hecho de que la voluntad los pone por encima de la persona, de que los sentimientos suprimen las leyes y los principios objetivos que han de gobernar la unión de las personas. La autenticidad de lo vivido se convierte muchas veces en el enemigo de la verdad en la conducta.

El subjetivismo de los valores nos propone otra sugestión: es bueno lo que es agradable. La tentación del placer y de la voluptuosidad reemplaza entonces a la visión de una verdadera felicidad. Así sucede cuando la voluntad no está orientada sino a la búsqueda del placer. Todavía en este caso, la tentación no es solamente un “error de pensamiento” (“yo creía que era un placer durable y no fue más que un gusto pasajero”), sino que resulta de la actitud de la voluntad que quiere el deleite que desean los sentidos. Entonces es cuando el amor se reduce con más facilidad a la satisfacción de la concupiscencia del cuerpo. Esta no es un pecado, como no lo es su despertar espontáneo. Lo que sí que lo es, es el compromiso consciente de la voluntad impulsada por la concupiscencia del cuerpo en desacuerdo con la verdad objetiva. Evidentemente, la voluntad puede momentáneamente ceder a la concupiscencia: el hombre comete entonces lo que se llama el “pecado de debilidad”. Pero no cede más que en la medida en que ve el bien en el deleite, y esta visión oculta todo lo demás, especialmente el valor de la persona y el valor de la verdadera unión de las personas en el amor.

La sugestión: “Es bueno lo que es agradable” conduce a una grave alteración de la voluntad cuando se pone como único principio de acción, lo que equivale a una permanente incapacidad de amar la persona, por falta de voluntad. El amor en cuanto virtud ha sido en este caso eliminado de la voluntad y reemplazado por la orientación hacia el mero deleite sensual y sexual. La voluntad ha perdido todo contacto con el valor de la persona, se nutre entonces de la negación del amor y no opone ninguna resistencia a la concupiscencia del cuerpo.

Cuando la voluntad se orienta así, la concupiscencia del cuerpo, esa “tea del pecado”, se despliega libremente, porque no encuentra ningún obstáculo en la afirmación del valor de la persona, ni en la tendencia al verdadero bien de ésta. El placer hace retroceder entonces al amor, puesto que el mal moral consiste en considerar la persona como un objeto de placer.

Con todo, los meros estados eróticos no muestran —por lo menos inmediatamente—esta orientación hacia el placer. Con todas sus fuerzas intentan guardar el sabor del amor. De ahí el abandono de toda reflexión que, al introducir una necesidad absoluta de objetivar los valores, desenmascararía el aspecto culpable del amor. Ahí es donde aparece el mal del subjetivismo en la actitud de la • voluntad: constituye no solamente un error de pensamiento, sino que falsea también la orientación de la acción. Fijos en la objetividad, el hombre y la mujer no podrán definir más que con exactitud lo que existe entre ellos. Una orientación subjetiva de la voluntad, por lo mismo que está centrada exageradamente en el sujeto, no solamente hace imposible la realización de un amor verdadero, sino que hace creer sin razón que el estado subjetivo de saturación afectiva es ya un amor admisible, que este estado es el todo en el amor. Esta orientación hacia el sujeto está de ordinario acompañada de una orientación hacia el “yo”. El subjetivismo es con frecuencia una fuente de egoísmo, pero—egoísmo de los sentidos—es vivido generalmente en amor y se le llama así, como si una forma de goce pudiese ser el amor.



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