Juan pablo II amor y responsabilidad estudio de moral sexual



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Cardenal KAROL WOJTYLA

JUAN PABLO II
AMOR Y RESPONSABILIDAD

ESTUDIO DE MORAL SEXUAL
Prefacio de

HENRI DE LUBAC

 
Contenidos

PREFACIO


CAPÍTULO PRIMERO

LA PERSONA Y LA TENDENCIA SEXUAL

I. Análisis de la palabra «gozar»

1. La persona, objeto y sujeto de la acción

2. Primera significación de la palabra «gozar»

3. Amar, opuesto a «usar»

4. Segunda significación de la palabra «gozar»

5. Crítica del utilitarismo

6. El mandamiento del amor y la norma personalista

II. Interpretación de la tendencia sexual

7. ¿Instinto o impulsión?

8. La tendencia sexual, propiedad del individuo

9. La tendencia sexual y la existencia

10. Interpretación religiosa

11. Interpretación rigorista

12. La libido y el neomaltusianismo

13. Observaciones finales
CAPITULO SEGUNDO

LA PERSONA Y EL AMOR

I. Análisis general del amor

1. La palabra «amor»

2. El atractivo y la toma de conciencia de los valores

3. Dos formas de amor: la concupiscencia y la benevolencia

4. El problema de la reciprocidad

5. De la simpatía a la amistad

6. El amor matrimonial

II. Análisis psicológico del amor

7. La percepción y la emoción

8. Análisis de la sensualidad

9. La afectividad y el amor afectivo

10. El problema de la integración del amor

III Análisis moral del amor

11. La experiencia vivida y la virtud

12. La afirmación del valor de la persona

13 La pertenencia recíproca de las personas

14. La elección y la responsabilidad

15. El compromiso de la libertad

16. El problema de la educación del amor

CAPITULO TERCERO

LA PERSONA Y LA CASTIDAD

I. Rehabilitación de la castidad

1. La castidad y el resentimiento

2. La concupiscencia carnal

3. Subjetivismo y egoísmo

4. La estructura del pecado

5. El verdadero sentido de la castidad

II. Metafísica del pudor

6. El fenómeno del pudor sexual y su interpretación

7. La ley de la absorción de la vergüenza por el amor

8. El problema del impudor

III. Problemas de la continencia

9. El dominio de sí y la objetivación

10. Ternura y sensualidad

CAPITULO CUARTO

JUSTICIA PARA CON EL CREADOR

I. El matrimonio

1. La monogamia y la indisolubilidad

2. El valor de la institución

3. Procreación, paternidad y maternidad

4. La continencia periódica, método e interpretación

II. La vocación

5. El concepto de justicia para con el Creador

6. La virginidad mística y la virginidad física

7. El problema de la vocación

8. La paternidad y la maternidad


ANEXO

LA SEXOLOGÍA Y LA MORAL

Revisión complementaria

1. Introducción

2. El sexo

3. La tendencia sexual

4. Problemas del matrimonio y de las relaciones conyugales

5. El problema de la regulación de los nacimientos

6. La psicoterapéutica sexual y moral

 


PREFACIO

 

No es lo normal que un simple sacerdote, al que, por añadidura, ninguna particular amplitud recomienda, prologue el libro de un miembro del cuerpo episcopal. Sería ello inmodesto, por lo menos, sin duda alguna, si no se tratase de presentar al público de lengua francesa la traducción de una obra aparecida ya en otra lengua (la polaca), y cuyo mérito no necesita recomendación ante aquellos que ya la conocen. Con todo, habríamos dudado mucho en trazar estas pocas líneas, de no habérnoslo rogado con tanta insistencia S. Ex. misma Mons. Karol Wojtyla y tan directamente. Así, pues, ya que había que obedecerle, no podemos negar que nos alegramos de que se nos haya ofrecido de este modo la ocasión de rendir públicamente homenaje a uno de los que han trabajado en la actual obra conciliar. Porque, desde hace algún tiempo, tenemos la oportunidad de contemplar de cerca—y semejante espectáculo nos es una fuente de inagotable aliento— el cristiano vigor junto con la clarividencia con que se dedica al examen de las importantes cuestiones que están todavía estudiándose.



El punto de que trata la presente obra es precisamente uno de los más importantes y de los más discutidos. Sobre los problemas que se refieren al amor, a la castidad, al matrimonio, a la procreación, a la familia, se ha escrito mucho en estos últimos años. No creemos ofender a nadie al asegurar que raramente se ha hecho con mucho cuidado en el análisis y con mucho rigor intelectual; con parigual preocupación por integrar estos problemas y sus aspectos, tan diversos, en una visión de con junto de la realidad humana. Sucesivamente la psicología, la metafísica y la moral aportan en este libro su contribución. Los datos biológicos y médicos son cuidadosamente tratados en un capítulo aparte. Las descripciones más finas, en verdad deliciosas, alternan con la más vigorosa dialéctica. El papel y el valor de la sexualidad están aquí plenamente reconocidos, y tanto más cuanto que nunca se separa del sujeto al que afecta y que es responsable de ella. De este modo, la eminente dignidad del hombre, tal como la iglesia de Cristo la promueve y la defiende, está admirablemente puesta de relieve.

El autor, no obstante, no se dirige únicamente a los creyentes; por lo menos no apela inmediatamente a su fe. No toma pie de las enseñanzas bíblicas, sino que arranca de las vías de la argumentación racional. Así, por ejemplo, nada dice de la mística paulina. Sin pagarse excesivamente de las actuales modas de lenguaje, ha asimilado lo mejor de la moderna reflexión, especialmente de la fenomenología, y sabe sacar partido tanto de la filosofía de Aristóteles como—aún más—de la de Santo Tomás de Aquino para hacer resaltar más el personalismo latente.

Un libro como éste, es de lo más a propósito para mostrar que la tradición, la más clásica, ofrece incomparablemente más recursos a la inteligencia, en éste como en otros terrenos, que una cierta actitud crítica, hoy día demasiado extendida, puede procurar. No habrá, en todo caso, nadie que, después de haber leído este libro, pueda ya dedicarse a esas fáciles diatribas, a esas caricaturas folletinescas contra las tesis tradicionales, que deshonran incluso a algunas de nuestras publicaciones católicas. Nadie podrá ya, para desembarazarse de ello, reducir a un orden biológico, modelado al gusto del individuo, lo que es en realidad el orden mismo de la existencia, sometido a las normas personalistas.

La doctrina expuesta por el arzobispo de Cracovia, podrá parecer austera. Con todo, es la de un hombre que se preocupa del hombre; así como la de un pastor de almas que no ignora ni las debilidades de la naturaleza humana, ni los medios de gracia que vienen en su ayuda. Es la de un realista tanto como la de un hombre de fe. No pretende resolver las cuestiones valiéndose tan sólo de algunos principios que aplica a toda la variedad de los innumerables casos especiales. No cabe duda de que sería imposible prever la aplicación espontánea que harían aquellos pueblos que nunca han sido alcanzados por la Buena Nueva o que se han hecho insensibles a ella. Por esto mismo, sin duda, es muy posible que las mil voces de la publicidad entonen pocos himnos en su loor. Es posible también que sea juzgada como demasiado dura por algunos estudiosos, incluso clérigos. Sin embargo, no nos .cabe duda de que, por el contrario, convencerá plenamente a los espíritus serios, deseosos de fundamentar las relaciones de los cónyuges en una antropología completa, coherente y hondamente trabajada. Tampoco nos cabe duda de que será acogida gozosamente por muchos hogares cristianos, dichosos de encontrar en esta doctrina las justificaciones racionales y las aclaraciones de aquello que su buena salud moral y el instinto del Espíritu se lo habían ya hecho comprender en lo hondo de su corazón.

Si el aggiornamento conciliar, propuesto por Juan XXIII y tenazmente proseguido por Paulo VI, ha de ser a base, necesariamente, de una renovación interior según el espíritu evangélico, la obra de Mons. Karol Wojtyla habrá de contribuir a ello grandemente. Sirve para disipar algunas ilusiones que lo pondrían en peligro. En efecto, entre tantos signos que mantienen hoy día nuestra esperanza, los hay también algunos otros que suscitan inquietud. El Padre Santo aludía a ellos el mes pasado, al decir: “Todo aquel que viese en el Concilio un relajamiento de los internos compromisos de la iglesia para con su fe, su tradición, su ascesis, su caridad, su espíritu de sacrificio y su adhesión a la Palabra y a la Cruz de Cristo, o tal vez una indulgente concesión a la frágil y versátil mentalidad relativista de un mundo sin principios y sin fin trascendente, o una especie de cristianismo más cómodo y menos exigente, este tal estaría en un error.” Contra uno de esos errores de interpretación es contra el que nos pone en guardia Mons. Wojtyla. Y lo hace de una manera enteramente positiva, sin entrar en ninguna controversia, con la simple exposición de una doctrina largamente madurada. Dará alientos a muchos Al revés de lo que sucedería fatalmente si los hombres de iglesia se dejasen arrastrar, so color de apertura al mundo, a las facilidades de un cristianismo tibio y a los abandonos propios de una moral sin dignidad, nos mete por el camino que ha de hacer nuestra fe más “contagiosa”. Esta obra es capaz de hacer reflexionar seriamente y de guiar a las almas rectas hacia la luz del Evangelio.

 HENRI DE LUBAC SJ


 

CAPÍTULO PRIMERO

 

LA PERSONA Y LA TENDENCIA SEXUAL



I. Análisis de la palabra «gozar»

 

1. La persona, objeto y sujeto de la acción



 

El mundo en que vivimos se compone de gran número de objetos. “Objeto” es aquí sinónimo de “ser”. El significado, con todo, no es exactamente el mismo, porque, propiamente hablando, “objeto” designa lo que queda en relación con un sujeto. Pero el sujeto es igualmente un ser, ser que existe y que actúa de una manera o de otra. Puede, por tanto, decirse que el mundo en que vivimos se compone de un gran número de sujetos. Incluso estaría mejor hablar antes de sujetos que de objetos.

Si hemos invertido ese orden, ha sido a fin de subrayar desde el principio el carácter objetivo y, por tanto, realista de este libro. Porque, de comenzar por el sujeto, y en particular por ese sujeto que es el hombre, cabría el peligro de considerar todo lo que se encuentra fuera de él, es decir, el mundo de los objetos, de una manera puramente subjetiva, a saber en cuanto ese mundo penetra en la conciencia y se fija en ella. Es preciso, pues, desde el principio, caer bien en la cuenta del hecho de que todo sujeto es al mismo tiempo ser objetivo, de que es objetivamente ,algo o alguien.

El hombre es objetivamente “alguien” y en ello reside lo que le distingue de los otros seres del mundo visible, los cuales, objetivamente, no son nunca nada más que “algo”. Esta distinción simple, elemental, revela todo el abismo que separa el mundo de las personas del de las cosas. El mundo objetivo en el que vivimos está compuesto de personas y de cosas. Consideramos como cosa un ser que carece no sólo de razón, sino también de vida; una cosa es un objeto inanimado. Se nos haría difícil llamar cosa a un animal o a una planta. No obstante, no nos atreveríamos a hablar de persona animal. Se dice, en cambio, “individuo animal”, entendiendo con ello simplemente “individuo de una especie animal determinada” Y esta definición nos basta. Pero no basta definir al hombre como individuo de la especie homo (ni siquiera homo sapiens). El término “persona” se ha escogido para subrayar que el hombre no se deja encerrar en la noción “individuo de la especie”, que hay en él algo más, una plenitud y una perfección de ser particulares, que no se pueden expresar más que empleando la palabra “persona”.

La justificación más sencilla y más evidente de este hecho está en que el hombre es un ser racional, que posee la razón, cuya presencia no se puede constatar en ningún otro ser visible, porque en ninguno de ellos encontramos ni traza de pensamiento conceptual. De ahí proviene la definición bien conocida de Boecio, según la cual la persona es individuo de naturaleza racional (individua substantia rationalis naturae). Esto es lo que en el conjunto del mundo de los seres objetivos, distingue la “persona” y constituye su particularidad.

Del hecho de que la persona es un individuo de naturaleza racional, es .decir, un individuo en el que la razón forma parte de la naturaleza, es ella en el mundo de los seres, al mismo tiempo, un sujeto único en su género, enteramente diverso de lo que son, por ejemplo, los animales, seres relativamente los más próximos al hombre por su constitución física, sobre todo algunos de ellos. En términos metafóricos, podríamos decir que la persona, en cuanto sujeto, se distingue de los animales, aun de los más perfectos, por su interioridad, en la que se concentra una vida que le es propia, su vida interior. No cabe decir lo mismo de los animales, aunque sus organismos estén sometidos a procesos bio-fisiológicos parecidos, y ligados a una constitución más o menos aproximada a la de los hombres. Esta constitución permite una vida sensorial más o menos rica, cuyas funciones sobrepasan en mucho la vida vegetativa elemental de las plantas y se asemejan, a veces a punto de inducir a error, a las funciones particulares del hombre, a saber el conocimiento y el deseo o, en términos generales, la tendencia.

En el hombre, el conocimiento y el deseo adquieren un carácter espiritual y contribuyen de este modo a la formación de una verdadera vida interior, fenómeno inexistente en los animales. La vida interior es la vida espiritual. Se concentra alrededor de lo verdadero y de lo bueno. Muchos problemas forman parte de esa vida, de los que los dos siguientes parecen los más importantes:

“Cuál es la causa primera de todo?” y “Cómo ser bueno y llegar a la plenitud del bien?”

El primero importa más bien el conocimiento, el segundo el deseo, o más exactamente la tendencia. Por lo demás, estas dos funciones parecen ser más que funciones. Son más bien orientaciones naturales de todo ser humano. Es significativo que sea precisamente gracias a su interioridad y a su vida espiritual cómo el hombre no sólo constituye una persona, sino que al mismo tiempo pertenezca al mundo “exterior” y que forme parte de él de una manera que le es propia. La persona es precisamente un objetivo tal que, en cuanto sujeto definido, comunica estrechamente con el mundo (exterior) y se introduce en él radicalmente gracias a su interioridad y a su vida espiritual. Es necesario añadir que así comunica, no sólo con el mundo visible, sino también con el invisible, y sobre todo con Dios. Ello es otro síntoma de especificidad de la persona en el mundo visible.

La comunicación de la persona con el mundo objetivo, con la realidad, no es solamente física, como es el caso en todo ser natural, ni tampoco únicamente sensitiva como en los animales. En cuanto es sujeto definido netamente, la persona humana comunica con los otros seres por el intermedio de su interioridad, mientras que el contacto físico, del que ella es igualmente capaz (puesto que posee un cuerpo y, en una cierta medida, ella “es cuerpo”), y el contacto sensible, a la manera de los animales, no son sus medios propios de comunicación con el mundo. Por cierto, que la conexión de la persona humana con el mundo se inicia en el plano físico y sensorial, pero no toma la forma particular del hombre mis que en la esfera de la vida interior. Es aquí donde se delinea un rasgo especifico para la persona: el hombre no sólo percibe los elementos del mundo exterior y reacciona frente a ellas de una manera espontánea o, si se quiere, maquinal, sino que en toda su actitud de cara al mundo, a la realidad, tiende a afirmarse a sí mismo, a afirmar su propio “yo”—y ha de actuar (Le este modo, porque lo exige la naturaleza de su ser. El hombre tiene una naturaleza radicalmente distinta de la de los animales. Su naturaleza comprende la facultad de autodeterminación basada en la reflexión, y que se manifiesta en el hecho de que el hombre, al actuar, elige lo que quiere hacer. Se llama esta facultad el libre arbitrio.

Del hecho de que el hombre, en cuanto persona, está dotado de libre arbitrio, se sigue que es también dueño de sí mismo. ¿No dice el adagio latino que la persona es sui juris? Otra propiedad se deduce: la persona es alteri incommunicabilis, sirviéndonos del latín de los filósofos, es incomunicable, inalienable. No tratamos aquí de subrayar que la persona es siempre un ser único, que no tiene su equivalente, porque esto se puede afirmar de cualquier otro ser: animal, planta o piedra. El hecho de que la persona sea incomunicable e inalienable está en relación estrecha con su interioridad, su autodeterminación, su libre arbitrio. No hay nadie que pueda querer en lugar mío. No hay nadie que pueda reemplazar mi acto voluntario por el suyo. Sucede a veces que alguno desea fervientemente que yo desee lo que él quiere; entonces aparece como nunca esa frontera infranqueable entre él y yo, frontera determinada precisamente por el libre arbitrio. Yo puedo no querer lo que otro desea que yo quiera, y en esto es en lo que soy incommunicabilis. Yo soy y yo he de ser independiente en mis actos. Sobre este principio descansa toda la coexistencia humana; la educación y la cultura se reducen a este principio.

El hombre, en efecto, no es solamente el sujeto de acción; algunas veces viene a ser igualmente el objeto. A cada momento nos encontramos en presencia de actos que tienen a otro por objeto. En este libro que trata de la moral sexual, habremos de enfrentarnos con actos de este género. En las relaciones entre personas de distinto sexo, y sobre todo en la vida sexual, la mujer es constantemente el objeto de algunos actos del hombre, y el hombre objeto de actos análogos de la mujer. Por ello ha sido preciso examinar, siquiera brevemente, quién es el que actúa, es decir, el sujeto de la acción, y quién es aquel al que se dirige la actividad, es decir, el objeto de la acción. Ya sabemos que entrambos, el sujeto lo mismo que el objeto, son personas. Conviene ahora analizar cuidadosamente los principios a que se ha de conformar la acción de una persona cuando toma a otra por objeto.

 

2.Primera significación de la palabra «gozar»



 

Por esto resulta necesario analizar a fondo la palabra “gozar”[1]. Esta designa una cierta forma objetiva de acción. Gozar es usar; dicho de otra manera, servirse de un objeto de acción como de un medio de alcanzar el fin a que tiende el sujeto actuante. El fin de la acción es siempre aquel en cuya consideración actuamos. El fin implica asimismo la existencia de medios (que son los objetos sobre los cuales concentramos nuestra acción a fin de llegar al fin que nos proponemos alcanzar). El medio está, por tanto, subordinado al fin, y, al mismo tiempo, en cierta medida, al agente. No puede ser de otra manera, porque el que actúa se sirve de los medios para conseguir su fin. La expresión misma “servirse” sugiere que la relación existente entre el. medio y el sujeto agente es el de subordinación, casi de “servidumbre”: el medio sirve al fin y al sujeto.

Ahora bien, parece incontestable que esta relación puede y debe existir entre la persona humana y las diversas cosas que no son más que individuos de una especie. En sus actividades, el hombre se sirve del mundo creado, explota sus riquezas para llegar a fines que él mismo se asigna, porque él solo los comprende. Considérase justa esta actitud del hombre frente al mundo exterior inanimado, cuyas riquezas tienen tanta importancia para la economía, o frente a la naturaleza viviente, cuyas energías y valores él se apropia. Solamente se exige que la persona humana racional no destruya ni despilfarre las riquezas naturales y que use de ellas con tal moderación que, por un lado, no frene el desarrollo personal del hombre y, por otro, garantice la coexistencia justa y pacífica de las sociedades humanas. En especial, cuando se .trata de su actitud frente a los animales, estos seres dotados de sensibilidad y capaces de sufrir, se exige al hombre que no les haga daño y que no les torture físicamente al utilizarlos.

Todos esos principios son sencillos y fáciles de comprender para todo hombre normal. El problema se pone cuando se trata de aplicarlos a las relaciones interhumanas. ¿Tenemos derecho a tratar la persona como un medio y utilizarla como tal? Es muy vasto semejante problema y se extiende a muchos terrenos de la vida y de las relaciones humanas. Tomemos, por ejemplo, la organización del trabajo en fábricas, o bien la relación de jefe a soldado en el ejército, o, en fin, en la familia, la actitud de los padres con respecto a su hijo. ¿No se sirve el patrono del obrero, es decir, de una persona para obtener los fines que él mismo se ha asignado? ¿No se vale un jefe de sus soldados, de sus subordinados, para realizar objetivos militares que él se ha prefijado y que muchas veces él solo se los sabe? Los padres, que sólo ellos saben los fines a que tiende la educación de sus hijos, ¿no los tratan a éstos, hasta cierto punto, como medios, puesto que los hijos no alcanzan a comprender esos fines y no tienden a ellos con plena conciencia? Y, con todo, tanto el obrero como el soldado son adultos, personas “mayores”, y no se puede negar que el niño, aun antes de nacer, posee una personalidad en el sentido ontológico más objetivo, aunque no adquirirá más que gradualmente muchos de los rasgos determinantes de su personalidad psicológica y moral.

Este mismo problema se nos presentará cuando trataremos de analizar las relaciones entre el hombre y la mujer, que constituye toda la trama de las consideraciones de moral sexual; iremos dándonos progresivamente cuenta de ello en el recorrido de las diversas etapas de nuestro análisis. En las relaciones sexuales, ¿no es la mujer un medio de que se sirve el hombre para conseguir sus fines, fines que se buscan en la vida sexual? Igualmente, por lo que se refiere a la mujer, ¿el hombre no es un medio que le permite alcanzar los suyos?

Limitémonos, de momento, a estas dos cuestiones que Suscitan un importante problema moral. No un problema psicológico, sino precisamente moral, porque la persona no puede ser para otra más que un medio. La naturaleza misma, lo que ella es, lo excluye. En su interioridad descubrimos su doble carácter de sujeto que juntamente piensa y puede determinarse por sí mismo. Toda persona es; por consiguiente, por su misma naturaleza, capaz de definir sus propios fines. Al tratarla únicamente como un medio se comete un atentado contra su misma esencia, contra lo que constituye su derecho natural. Es evidente que es necesario exigir de la persona, en cuanto individuo racional, que sus fines sean verdaderamente buenos, porque tender hacia lo malo es contrario a la naturaleza racional de la persona. Este es el sentido de la educación y, de un modo general, de la educación recíproca de los hombres. Se trata aquí precisamente de buscar fines verdaderos, es decir, verdaderos bienes que serán los fines de la acción, así como de encontrar e indicar los caminos que conducen a ellos.

Pero en esta actividad educadora, sobre todo cuándo se trata de hijos jóvenes, no está jamás permitido tratar a la persona como un medio. Este principio tiene un alcance absolutamente universal. Nadie tiene derecho a servirse de una persona, de usar de ella como de un medio, ni siquiera Dios su creador. De parte de Dios es, por lo demás, enteramente imposible, porque, al dotar a la persona de una naturaleza racional y libre, le ha conferido el poder de asignarse ella misma los fines de su acción, excluyendo con esto toda posibilidad de reducirla a no ser más que un instrumento ciego que sirve para los fines de otro. Por consiguiente, cuando Dios tiene la intención de dirigir al hombre hacia ciertos fines, primero se los hace conocer para que pueda hacérselos suyos y tender hacia ellos libremente. En esto descansa, como en otros puntos, lo más profundo de la lógica de la Revelación: Dios permite al hombre que conozca el fin sobrenatural, pero deja a su voluntad la decisión de tender hacia él, de escogerlo. Es que, por ello; .Dios no salva al hombre sin su libre participación.



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