Juan manuel martín-moreno



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Catálogo: SANLUIS
SANLUIS -> Los antepasados de Jesús
SANLUIS -> La idea psicológica del hombre viktor e. Frankl rialp, Madrid 1984, 220 pp. Prólogo
SANLUIS -> Más allá de la mente
SANLUIS -> Historia de la filosofía medieval
SANLUIS -> Órbita de alucinacióN
SANLUIS -> Rodolfo mondolfo
SANLUIS -> El dedo del mono y otros cuentos
SANLUIS -> Isaac Asimov Viaje Alucinante II. Destino Cerebro
SANLUIS -> Héroes y herejes a partir del renacimiento
SANLUIS -> La incógnita del hombre

Prólogo a «Volverás a Alabarlo»
Hace 23 años publicaron las entonces Ediciones Paulinas mi libro «Alabaré a mi Señor», y después de cinco ediciones se agotó hace ya mucho tiempo. Muchas personas me pidieron que volviera a hacer una edición del libro, y hasta ahora iba dando largas al tema porque tenía otros proyectos siempre entre manos.

Finalmente fueron las propias Ediciones San Pablo las que se ofrecieron a sacar esta nueva edición. Me pareció interesante no limitarme simplemente a reimprimir el libro, sino hacer una edición ampliada añadiendo otros textos y reflexiones sobre la alabanza que he ido recopilando a lo largo de estos veinte años. Me pareció sugerente cambiar el nombre de esta edición y titular el libro «Volverás a alabarlo». El título está tomado del salmo 42 en el que el salmista se dice a sí mismo: « ¿Por qué estás afligida, alma mía? ¿Por qué te inquietas? Espera en Dios, que volverás a alabarlo» (Sal 42,12).

Veintidós años no pasan de vacío por la vida de una persona, ni por la mía, ni por la de mis lectores. Al ponerme manos a la obra, mi principal inquietud era comprobar si seguía siendo actual para mí lo que escribí hace tantos años. Con gozo he comprobado que, a pesar de los cambios que se han ido produciendo en mí y en mi entorno, sigo creyendo profundamente en todo cuanto escribí en su momento.

El libro Alabaré a mi Señor recogía los primeros años de mi experiencia en la Renovación carismática. La bendición principal que recibí en ella fue aprender a alabar a Dios. Hoy día ya no estoy tan activo en la Renovación carismática, sin embargo todo cuanto aprendí allí sobre la alabanza sigue formando parte de mi paisaje espiritual. En ningún momento he renegado de lo que viví en tantos años de presencia muy activa y comprometida en los grupos y comunidades de la Renovación.

En el año 1997 la revista Sal Terrae me pidió un artículo sobre la Renovación para un número dedicado a los nuevos movimientos laicales.1 Por entonces me encontraba en Jerusalén donde viví ocho años como profesor en el Instituto Bíblico Pontificio. Quise dar un tono testimonial a aquel artículo, y describí la renovación carismática al hilo de la historia de mi propia experiencia, describiendo las distintas etapas de este camino.

Quisiera terminar este prólogo con una larga cita del final de este artículo. Me preguntaba allí qué me quedaba después de tantos años, y esta es la respuesta que me confirma en que el libro de Alabaré a mi Señor sigue siendo plenamente válido en mi vida de ahora, y espero también que en la vida de los lectores de entonces y de otros nuevos lectores.

« ¿Qué me queda? Ante todo, una gran hambre y sed de Dios. Un convencimiento de que Dios puede hacer al hombre completamente feliz. Después de haber vivido en oración los momentos más plenos y gozosos de mi vida, no tengo ningún miedo a la muerte, sino que entiendo ese deseo intenso que tenía Pablo de «ser desatado» y estar con Cristo. Confieso que mi oración de ahora ha vuelto a perder el color. Es muy gris. Pero sé lo que es una vida en color, y la deseo y la añoro más que ninguna otra cosa en el mundo, aunque no sé si el Señor volverá a darme ya en esta vida otra etapa como aquella de mis primeros años en la «Renovación Carismática».

¿Qué me queda? Amigos maravillosos que he tenido a lo largo de estos años. Hoy aquí, en Jerusalén, apenas tengo ocasión de tratarlos. Pero el quererlos y sentirme querido por ellos me hace sentir que mi corazón está vivo. He experimentado cómo la amistad que se basa en el amor mutuo por Jesús, y en una andadura común por los caminos del Espíritu, es la amistad más fuerte, más tierna y más capaz de superar decepciones y conflictos. Cuando tengo ocasión de reencontrarme con estos amigos, inmediatamente sintonizamos de nuevo en el Espíritu, como si no hubiésemos estado separados tanto tiempo.

¿Qué me queda? Una manera de predicar y de escribir distinta. Mi contacto con la renovación me hizo abandonar un estilo teórico, inte­lectual, frío y abstracto, para predicar y escribir ahora de un modo directo y personal. Como puede verse en el presente artículo, cuando hablo de Dios me mojo y me desnudo, quizás excesivamente, delante de los demás. No podría hacerlo de otra manera.

¿Qué me queda? Una manera pastoral nueva de relacionarme con las personas, hecha de más escucha y oración. Mantengo la costumbre carismática de orar en voz alta por las personas que vienen a consul­tarme, y de imponer las manos en el curso de la oración, y de buscar siempre para ellos una palabra en la Biblia que pueda responder a su situación. Con muchísima frecuencia he podido comprobar que lo que más ha impactado a mis visitantes no han sido los consejos que les di, sino el ratito de oración que hice por ellos y el texto bíblico que compartí con ellos como una palabra profética venida de Dios [...]

¿Qué me queda? Un gusto por la oración comunitaria y por el canto. La oración comunitaria nunca me aburre, y gozo cantando sobre todo los salmos, con la costumbre de repetir muchas veces ese eslogan, que casualmente es el que caracteriza a la Compañía de Jesús, fundada ad maiorem Deí gloriam: ¡Gloria al Señor! »
Madrid, 12 de octubre de 2005,

Fiesta de Nª Sª del Pilar,



mi 65º cumpleaños y el 30º aniversario de mi bautismo en el Espíritu.

Introducción a «Alabaré a mi Señor»
En la Semana Santa de 1975 me encontraba en Lima y tuve ocasión de asistir a los votos de un amigo que había sido compañero mío en la Misión del Marañón. Hizo sus votos durante la Vigilia Pas­cual al aire libre en un patio de la Casa del Novi­ciado. Me encontré muy a gusto, porque se tra­taba de un amigo muy querido y de una noche muy especial, pero a mitad de la celebración noté que faltaba algo. Era la noche de Pascua y en toda la Eucaristía no se pronunció ni una vez la palabra «Aleluya». El tono de las intervenciones era muy intelectual. Se hicieron consideracio­nes sublimes sobre el misterio de la Pascua. Pero todo se quedaba en un plano muy teórico, sin ex­presividad, sin vida. Parecía más una mesa re­donda que una celebración o una fiesta.

Al día siguiente se celebraba una importante final de fútbol entre Perú y Brasil. Ganó el equipo peruano y aquella noche todo Lima fue una fiesta. Interminables caravanas de coches invadieron las calles de la ciudad hacien­do sonar sus cláxones. Las camionetas eran abor­dadas por bandas de jóvenes que enarbolaban sus camisas, dando gritos de alegría. La gente bailaba de júbilo por la calle. Me vi sorprendido con el coche en un atasco espectacular y tuve mucho tiempo para reflexionar sobre lo que estaba viendo.

Hubo un momento –lo recuerdo con nitidez- en que me acordé de la Vigilia Pascual de la no­che anterior, y no pude por menos que comparar. Hoy se festeja la victoria de un equipo y ayer nosotros festejábamos la victoria de Cristo. ¡Qué celebraciones tan diferentes! ¿Por qué anoche no éramos capaces de cantar, de saltar, de festejar? Algo muy extraño pasa con nuestra Liturgia. Den­tro de mí hubo una especie de añoranza, deseo no muy bien formulado, de que un día nuestras igle­sias vibrasen como aquellas calles de Lima.

Si hubiese estudiado las obras de los Santos Padres me habría enterado ya entonces de que esta añoranza mía era una realidad viva en las iglesias cristianas de los primeros siglos. En la iglesia de Hipona, en tiempos de Agustín, un joven llamado Paulus fue curado de una enfer­medad y se presentó ante toda la asamblea re­unida para la Pascua. Cuenta Agustín que «todos rompieron en una plegaria de acción de gracias a Dios. La Iglesia entera resonó con el clamor del júbilo. En la iglesia repleta se levantaban por todas partes gritos de alegría. ¡Gracias a Dios! ¡Gloria a Dios!, y todos se unían y gritaban por todas partes...».

Al día siguiente una hermana de Paulus se curó también de su enfermedad y se repitió el mismo «tumulto de alegría». «Hubo tal admiración en hombres y mujeres, que parecía que nunca iban a terminar las exclamaciones y las lagrimas... Gritaban las alabanzas de Dios sin palabras, pero con un ruido que nuestros oídos no podían casi soportar»2.

A los pocos meses de aquella Pascua mis de­seos se iban a cumplir. En el mes de octubre de aquel mismo año, en una barriada mísera de Lima, el «pueblo joven» de Comas, tuve el privilegio de encontrarme en una Eucaristía como la que había soñado y presentido, como la que describía Agustín en el texto citado anteriormente.

Era mi primer contacto con la renovación carismática. He de confesar que desde el primer momento me sentí muy a gusto. Veía hecho rea­lidad aquello que durante años había soñado in­conscientemente. Y aquella noche había en mí un «cántico nuevo» al acostarme y se iniciaba una nueva etapa maravillosa en mi camino con el Señor.

Hoy hace ya cinco años desde aquel encuentro y la alabanza ha ido transformando mi vida. Des­de aquellos aspectos más externos y festivos ha ido calando hondo hasta empapar el corazón. He aprendido a dar gracias tanto por lo que a mí me parece bueno como por lo que a mi me parece menos bueno. He abandonado la mirada crítica y nega­tiva para mirar el mundo con una mirada llena de benevolencia, suave, compasiva, que detecta limitaciones pero se queda deslumbrada por el brillo de la bondad y del amor que resplandecen en todas partes.

He comprendido también que la fuente más honda de donde brota la alabanza es la comuni­dad. En ella aprendemos a alabar a Dios. A ella acudimos día tras día para perdernos en su ora­ción, para abandonarnos en la alabanza de los hermanos. Hoy me siento más que nunca miem­bro de un pueblo, «el pueblo que el Señor se ha formado para cantar sus alabanzas» (1Pe 2,9), y he sentido como vocación especial el contribuir un poco a edificar la Iglesia consiguiendo que «en su templo haya un grito unánime: ¡Gloria!» (Sal 28,9).

1.- Las raíces bíblicas de la alabanza: el grito de guerra
Cada vez que en los salmos aparece la palabra «aclamar» o «aclamación» nos encontramos con uno de los estilos de oración más típicamente bíblicos. Es la oración a Dios en la que se reco­noce su grandeza, el poder de su majestad y su obra de salvación.

En el hebreo original de los salmos aparece el verbo «rua'» (alabar) y el sustantivo «teru'ah» (alabanza). Según algunos filólogos, la raíz de es­tas dos palabras significa «hendir los tímpanos con un gran ruido». La alabanza de Dios desde el principio está unida en su misma raíz etimológica con la idea de estrépito, ruido.

Pero antes de aparecer en los salmos, el ori­gen de esta alabanza clamorosa está en el campa­mento militar. La primera vez que aparece en la Biblia esta palabra es en el contexto guerrero de las campañas israelitas por la conquista de Canaán. Propiamente la aclamación era el grito de guerra que lanzaba el ejército formado en orden de batalla contra el enemigo. Recordemos en las películas de indios los gritos que éstos profieren antes de lanzarse al ataque. Tienen dos efectos principales: amedrentar al enemigo e infundir áni­mo y valor en las propias filas.

Antes de iniciarse el combate se invoca el nom­bre del Señor sobre todo el ejército. Esta invo­cación no es una súplica temblorosa de alguien que duda del resultado de la batalla. Es una ala­banza resonante. En ella se reconoce la presen­cia del Señor de los ejércitos, del Dios de las vic­torias. Se agradece por anticipado la victoria, ala­bando la fuerza y el poder de Dios en el campa­mento.

Esta aclamación o «clamoreo», de la que nos habla incesantemente la Biblia, debió tener su ritual propio que era necesario aprender. Una es­pecie de rito para iniciados que constituye al pue­blo en pueblo de alabanza. «Dichoso el pueblo que conoce el grito de aclamación» (Sal 89,15). No sabemos con exactitud el ritual de este grito. Sólo sabemos que era un clamor muy fuerte de todo el pueblo, acompañado por el sonido de las trompetas, unas trompetas especiales que se usaban para esta ocasión («trompetas de clamo­reo», Núm 31,6), que eran llevadas por los sacer­dotes.

Quizá el episodio más dramático en que se nos describe este grito de guerra es la toma de Jericó (Jos 6,5). El pueblo en formación de batalla de­lante de las murallas prorrumpe en un gran clamoreo con el sonido de las trompetas, y las mu­rallas de Jericó caen ante el poder de la alabanza. Tocan primero las dos trompetas de plata de que nos habla Núm 10,2 y el pueblo responde a este sonido lanzando un gran griterío (teru'ah).

El principal efecto que se atribuye a este grito de alabanza es la liberación del pueblo oprimido. «Cuando ya en vuestra tierra partáis para el com­bate contra un enemigo que os oprime, tocaréis las trompetas a clamoreo, así se acordará yhwh, vuestro Dios, de vosotros, y seréis liberados de vuestros enemigos» (Núm 10,9).

Como decíamos, La teru'ah no es una petición, ni un ruego, sino una aclamación gozosa y espe­ranzada que enardece los ánimos del pueblo y pone en fuga al enemigo. No es difícil hacer la transposición de este grito de guerra de los hebreos a la alabanza del cristiano en sus luchas interiores en que «no luchamos contra la carne y la sangre, sino contra los poderes infernales» (Ef 6,12).

Aun desde un punto de vista psicológico es muy grande el efecto que puede producir en el momento de la batalla el grito de seguridad y con­fianza proferido por un ejército. Para este efecto psicológico el grito tiene que ser fuerte; no el grito de un pueblo que pide ayuda, sino el grito de un pueblo que está seguro de obtener la vic­toria. El grito que no expresa un mero deseo, una duda, sino la seguridad y la certeza más ro­tunda de la próxima victoria. Ningún enemigo va a huir ante un grito vacilante, indeciso, débil. Nin­gún ejército se va a enardecer por un grito de duda; la duda hará más bien cundir el pánico y la inseguridad en las propias filas.

A un nivel más sencillo, a los que tienen que atravesar algún lugar oscuro, o entrar en un lugar que inspira temor, se les suele aconsejar que lo hagan cantando en voz alta. Y este remedio tan simple funciona con solo escuchar nuestra propia voz

En agosto de 2003 me invitaron a predicar en la Asamblea nacional de la Renovación carismática portuguesa reunida en Fátima. La asamblea se tenía en un inmenso auditorio abarrotado por miles de personas. Les propuse esta dinámica de la teru’ah durante una sesión de sanación. Nos retiramos todos del escenario y el ministerio de la música preparó sus instrumentos. Les pedía que imaginasen en el escenario vacío todos los enemigos que aparecen en sus pesadillas, los hábitos que les esclavizan, los rencores, los reproches, las enfermedades. Debían imaginarlos como un poderoso ejército acampado en su contra. Y les sugerí que se preparasen para dar un fuerte grito aclamando la victoria del Resucitado. Me sentía muy inseguro, porque no sabía cómo iba a reaccionar aquel auditorio tan grande, y temía quedar en ridículo si la gente no entraba en la dinámica.

Pero empecé dominando mis temores, y me lancé. Al grito de un, dos tres, les invité a dar el grito de guerra. Me quedé conmocionado ante la respuesta. Nunca había escuchado un griterío semejante, acompañado con todos los instrumentos, con tambores, con palmas. Duraba, duraba y duraba. Fueron más de diez minutos interminables. La gente que en ese momento se encontraba fuera del auditorio por los pasillos, al oír el griterío, corrieron a la sala a ver lo que pasaba, y conforme entraban se sentían inmediatamente afectados por aquella energía desbordante.

Luego pudimos escuchar muchos testimonios muy bonitos de personas que en aquel momento se sintieron liberados de sus miedos, de sus enfermedades, de sus obsesiones, de sus desánimos. Me alegré mucho de haber tenido el valor de proponer aquella dinámica de oración. Luego la he propuesto alguna otra vez con grupos no tan numerosos, y siempre he experimentado el mismo poder de la alabanza.

En referencia a la lucha interior del cristiano es enormemente valiosa esta espirituali­dad del grito de guerra. Especialmente en la lucha con­tra todo tipo de opresiones interiores, de obsesiones, tristezas, desánimos, cuando el poder de los ene­migos se nos figura irresistible (cf. Núm 13,28), y los problemas semejan a «gigantes ante quienes nos sentimos como saltamontes» (Núm 13,33).

También puede dar mucho fruto una relectura de las guerras de Israel aplicada a las batallas sociales en las que se ve comprometido el cristiano. El Reino de los cielos sigue padeciendo violen­cia y solamente los violentos consiguen alcanzarlo (Mt 11,12). Ante el poder del enemigo en las es­tructuras sociales de pecado, las mafias del tráfico de drogas, las multinacionales de la pornografía, el capitalismo exacerbado, las injusticias sociales, el pasotismo y el terrorismo como respuestas, los regímenes opresores de América Latina, la des­integración de la familia, la globalización neoliberal, ante tanto poder del mal en nuestra vida, hay momentos en que el corazón se siente desfallecer. Es en esta situación cuando en lugar de mirarnos a nosotros mismos, a nuestra debilidad o a la fuerza de las dificulta­des, hay que dirigir la mirada a Dios y comenzar a aclamarle con grandes voces por su bondad, su misericordia y su poder.

Ha sucedido muchas veces en grupos de ora­ción que uno llega al cabo de una jornada dura de trabajo. En la oficina ha habido más nervios que de costumbre, o en la escuela los chavales han estado más alborotados, o las factu­ras sin pagar se han almacenado en el despacho, o los disgustos familiares amenazan hundir el propio matrimonio, o hemos descubierto en la vida de los hijos algunos síntomas que nos intran­quilizan, o la fuerza de la tentación nos ha arras­trado a alguna caída que nos deprime. Al lle­gar a la oración uno va absorto en los propios problemas y se encuentra incapaz de pensar en otra cosa que no sean las propias dificultades. Es en este momento cuando muchos han experi­mentado el poder de la alabanza para desbloquearse.

Lo único que hay que hacer es volver la vista a Dios y, en lugar de poner los ojos en nosotros mismos, poner los ojos en él. Cuando sentimos vértigo al contemplar un abismo que se abre bajo nuestros pies, nos aconsejan mirar hacia el cielo, en lugar de mirar al abismo. Y esta actitud es el principio de la alabanza: «A ti levanto mis ojos, a ti que habitas en el cielo» (Sal 123,1).

Condición indispensable para este tipo de ala­banza es dejar al comienzo de nuestra oración los propios problemas. Algo así como los musul­manes dejan sus babuchas a la puerta de la mez­quita y se descalzan para entrar en oración. Empiezo abandonando a la puerta los pro­blemas que me acosan, y así entro en la presencia del Dios de bondad para contemplar su rostro.

Por eso es normal que en los grupos de ora­ción de la Renovación carismática la oración de petición se deje para el final, y se comience siempre por la alabanza. Esta práctica corresponde a una sana psicología. Normalmente ante la presencia del mal en nuestra vida nos cerramos sobre él, nos obse­sionamos con él. Si en una pared blanca hay una mancha y ponemos el ojo pegado a ella, todo lo vemos negro. Pero si nos alejamos un poco y to­mamos una cierta perspectiva, veremos mejor la realidad. Y la realidad no es una inmensa man­cha negra, sino una gran pared blanca con una pequeña mancha negra.

Dicen que hace más ruido un árbol que se troncha que todo un bosque que crece. Muchas veces nuestros oídos quedan aturdidos por el ruido del árbol que se ha tronchado, y no somos ya capaces de percibir ese murmullo de todo un bosque que está creciendo.

Durante mis años de vida en Jerusalén en pleno proceso de Oslo, había días muy tristes al ver cómo el proceso de paz se iba a pique. Eran días de crispación y pesimismo y yo tenía que luchar para no dejarme atrapar por esa obsesión negativa que creaba cada día la lectura de los periódicos. ¿Cómo seguir viviendo en alabanza? Había que saber llorar como Jesús, porque son dichosos los que lloran en el tiempo presente. Pero la política no es todo en la vida. Es sólo una dimensión. No hay que escuchar solo el árbol que se troncha, sino el bosque que crece.

Todos los días me repetía: «Hoy han nacido muchos niños, se han enamorado muchos jóvenes, se han compuesto nuevas canciones, se han escrito nuevos libros, madres de familia han cocinado platos exquisitos para sus hijos. Hombres, mujeres, se están entregando en hospitales, leproserías, asilos. Peregrinos recorren lugares santos. Pecadores se convierten. Personas experimentan a Dios de forma nueva y se sienten llamados por él a nuevos compromisos. Hoy se han hecho nuevos descubrimientos en medicina, en bioquímica. Hoy un astrónomo ha descubierto una nueva estrella».

Así conseguí vencer la tentación de crisparme en la lectura del periódico, fijándome sólo en el fracaso del proceso de paz y pensando que el resto de las noticias no era importante.

Bloquearse en la realidad negativa solo lleva a la frustración y al pesimismo. No puedo permitir que mi mirada se bloquee en las tinieblas. Dice el hermano Roger Schutz: «Una planta que no se orienta hacia la luz, se marchita. Un cristiano que se niega a mirar la luz, e incluso quiere ver únicamente sombras, se orienta hacia una muerte lenta, no puede crecer y edificarse en Cristo».

Efectivamente hay que fijarse en cómo las plantas giran y se contorsionan buscando la luz. El que se queda hipnotizado mirando las sombras, no puede crecer. Nunca dejes de mirar la luz que hay a tu alrededor. «Dios que dijo: ‘De las tinieblas brille la luz’, es el que ha hecho brillar su luz en nuestros corazones» (2Cor 4,6).

Esto es precisamente lo que hacemos en la ala­banza. Nos distanciamos de nuestros problemas, to­mamos perspectiva, miramos primero la belleza de la realidad global que nos rodea y la belleza de Dios. «El es nuestra hermosura» (Is 60,19). Lue­go, después ya podremos enfocar ese problema concreto a la luz de la realidad global y tratar de analizarlo y presentarlo ante Dios en la ora­ción. Por eso en cualquier oración de intercesión, antes de pedir por lo que falta hay que empezar dando gracias por lo que ya se tiene, valorando toda la bondad global escondida a nuestros ojos.

¡Cuántas veces hemos experimentado que al terminar la alabanza y salir a enfrentarnos con nuestros problemas, ellos solos han desaparecido, como las sombras ante la luz! «Serán como nada y perecerán los que te buscaban querella. Los buscarás y no los encontrarás a los que dispu­taban contigo. Serán como nada y nulidad los que te hacen guerra» (Is 41,11-12). En palabras de Martín Lutero King: «El miedo llamó a la puerta. La fe salió a abrir. No había nadie».

No siempre desaparecerán los problemas, pero sí desaparecerá esa mirada negativa que los agiganta fuera de toda proporción, y nos empequeñece a nosotros haciéndonos sentir como saltamontes impotentes (cf. Núm 13,33).


2.- Vivir en la verdad
Ante lo dicho en el capítulo anterior alguno podría pensar que todo es sugestión. La alabanza sería ponerse unas gafas color de rosa para ver toda la realidad engañosamente embellecida. Si fuera así, la alabanza sería una droga, una evasión, un analgésico, que nos proporcionaría en los ratos de oración alivio a los dolores, un parén­tesis en el sufrimiento, pero en ningún caso una solución eficaz a esos problemas.

Nada más lejos de la verdad. Precisamente la alabanza es vivir en la verdad. Es tratar de ser consecuentes con la fe que profesan nuestros la­bios. Es hacer llegar hasta el nivel de la sensibi­lidad el credo de nuestra fe. Aplicar a los proble­mas de cada día la gran verdad: «Creo en Dios Padre Todopoderoso... Creo que Jesús resucitó al tercer día.» En definitiva creo en el triunfo final del bien sobre el mal. Creo que Cristo ha triunfado sobre los enemigos.

Lanzar el grito de aclamación es reconocer por anticipado la victoria de Cristo sobre cualquier circunstancia concreta; es hacer un profundo acto de fe que no se instala sobre las apariencias en­gañosas, ni sobre los sentimientos cambiables, ni sobre los estados de ánimo, sino sobre la verdad de la fe.

Alabar a Dios en medio de las dificultades no es sugestionarse; es más bien desugestionarse, liberarse de una sugestión engañosa. Pen­semos en Por un proceso hipnótico mediante el cual puedo llegar a conseguir que una per­sona se sugestione de que hace mucho frío, aun­que la temperatura ambiental sea de 30°.

¿Qué es sugestión? Experimentar una temperatura dis­tinta de la que en realidad marca el termómetro; una falta de objetividad, de verdad. Puede ser que me encuentre a una persona en mitad de agosto tiritando porque está suges­tionada de que hace mucho frío. Si trato de con­vencerle de que hace mucho calor, no le estoy su­gestionando, sino que más bien le estoy desugestionando, le estoy quitando la sugestión engañosa de que hace frío.

Volvamos al caso que nos ocupa. ¿Cuál es la verdad y cuál es la sugestión? ¿Me estoy suges­tionando cuando en la alabanza reconozco el poder y la victoria de Dios sobre mis dificultades? Más bien ¿no será la sugestión el sentir miedo, el descorazonarme, el dejarme vencer por la depre­sión?

¿Qué es la alabanza? ¿Soñar despierto en un paraíso maravilloso, pero falso? ¿No será más bien lo contrario: despertar de una horrible pe­sadilla?

Los salmos describen maravillosamente esta si­tuación espiritual del temor ante las dificultades que tantas veces experimentamos. «Las aguas me llegan hasta el cuello. Me hundo en el cieno del abismo, sin poder hacer pie. He llegado hasta el fondo de las aguas y las olas me anegan. Estoy exhausto de gritar, arde mi garganta, mis ojos se consumen de esperar a mi Dios» (Sal 69,1-4). «Estoy sin fuerzas, mis huesos están desmoro­nados» (Sal 6,3). «Mis culpas sobrepasan mi ca­beza, como un peso harto grave para mí. Mis llagas son hedor y putridez [...] Encorvado, abatido totalmente, sombrío ando todo el día [...] Me tra­quetea el corazón, las fuerzas me abandonan y la luz misma de mis ojos me falta» (Sal 38,5-7.11). «Mi alma de males está llena, y mi vida está al borde del abismo [...] Cerrado estoy y sin salida, mis ojos se consumen por la pena» (Sal 88,9). «Me has echado en lo profundo de la fosa, en las tinieblas, en los abismos» (Sal 88,7).

Con estas muestras basta para describir una situación interior que muchas veces habremos sen­tido. Maravillosamente los salmos han ido des­cribiendo muchos de los componentes psicológicos de este cuadro: No hacer pie (inseguridad, in­estabilidad); ahogo (agobio por la dificultad para respirar, angustia); debilidad (falta de fuerzas y energía, sensación general de desfallecimiento); estar abrumado (sensación de peso excesivo so­bre las espaldas que nos hace encorvarnos); oscuridad (la luz misma de los ojos nos falta); des­moronamiento (sensación de derrumbamiento in­terior, de deterioro progresivo, de decadencia); culpabilidad (rechazo propio, asco de uno mismo, hedor); miedo ante el futuro que llega a reflejarse en el mismo cuerpo (traqueteo, rodillas vacilan­tes); y por encima de todo la sensación de estar «cerrado y sin salida», no ver ni el más pequeño agujero por donde encontrar la escapatoria.

En situaciones como estas la alabanza a Dios puede producir una liberación interior. Hay que reconocer que todos esos sentimientos no son la verdad de mi vida, que son una pesadilla. Tengo que despertar, para oír la voz cercana del Padre que ahuyenta todos los fantas­mas, la luz del sol que pone en fuga todas las tinieblas de la noche. Alabar a Dios no es soñar en un paraíso artificial, es despertar a la realidad tras una mala pesadilla.

Peter Berger nos habla de esta experiencia de la pesadilla como una de las maneras de llegar a la fe en un orden trascendente.

«El niño ate­rrorizado ante el incipiente caos llama a su ma­dre, invocada como sacerdotisa del orden pro­tector. Ella cogerá al niño en sus brazos, lo acu­nará con el eterno gesto de la Magna Mater que se convierte en nuestra Madonna. Se acercará a una lámpara que rodeará la escena con su brillo cálido de tranquilizadora luz. Hablará o le can­tará al niño y sus frases serán invariablemente las mismas: 'No tengas miedo, todo está en orden, todo está bien'. Si la operación resulta, el niño se tranquilizará, recuperará la confianza en la rea­lidad y volverá a dormir».

Pues bien, de esta pe­queña viñeta de validez universal, Berger busca un argumento para probar que la realidad última es orden, es amor y no terror, luz y no oscuridad. La madre no miente al niño, no le sugestiona, sino que le hace recuperar la confian­za en el ser. «El papel paterno no descansa en una mentira piadosa. Por el contrario, constituye un testimonio de la más profunda verdad de la situación real del hombre»3.

Esto que expone en su propio lenguaje el gran sociólogo es lo mismo que la Biblia trata de ex­presar en su lenguaje religioso. La alabanza a Dios ejerce la función de «recuperar la confianza en el ser» y de volvernos a fundar en la verdad del orden trascendente. No es la sugestión, sino «la verdad, la que nos libera» (Jn 8,32).

El principal atributo que Jesús aplica a Sata­nás es el de ser «mentiroso y padre de la men­tira» (Jn 8,44). Su primera actividad para lograr nuestra ruina es precisamente sugerir, insinuar dentro del corazón una mentira. ¿Qué son los complejos sino mentiras? Falsas apreciaciones, en­gaños sobre nosotros mismos, falsos enfoques y análisis de la realidad, visiones negativas y des­tructivas de uno mismo, falsa conciencia de que «yo no estoy bien o tú no estás bien», imágenes distorsionadas de un Dios rencoroso o indiferente... Con estas mentiras se va tejiendo la tela de araña que nos va atrapando y nos deja «cerra­dos y sin salida». Sólo la verdad nos libera con la alabanza del poder, la bondad y el amor de Dios.

Una señora de nuestro grupo de oración reci­bió, mientras estaba en el grupo, la noticia de que su hermano había muerto en un accidente de automóvil. Escuchemos cómo ella misma nos relata su experiencia.

«Acudí al grupo de oración como todos los viernes. La sala donde estábamos esta­ba repleta. Los días largos de finales de ju­nio permitían la entrada de la luz del sol a la hora última de la tarde. Se respiraba alegría, ambiente de fiesta.

Imagino que la alegría de los hermanos que habían asistido a la asamblea de Irlan­da contribuía a ello. Comenzó la oración.

Una fuerte corriente impulsaba al grupo a la alabanza, como si el Espíritu hiciera brotar en cada corazón un torrente incon­tenible.

Mientras escribo esto me recuerdo a mí misma. Incluso el sitio donde estaba senta­da. Un sentimiento indefinido iba apoderán­dose de mi ser, a medida que me iba adentrando en la oración. Me sentía sin saber por qué abrumada por la presencia del do­lor en el mundo. Quería orar desde ahí pero me encontraba incapacitada para unirme al grupo y conjugar la alabanza con el sufri­miento.

Y cuando la comunidad entonó el Alaba­ré, me fue imposible pronunciar una sola palabra de aquel canto. Así, muda, perma­necí el resto del tiempo. Fue al terminar la oración cuando recibí el aviso urgente de mi casa de que regre­sara, porque mis hermanos habían tenido un accidente de coche.

En el hospital confirmamos la noticia de la muerte de mi hermano. Dejaba cinco ni­ños y una familia feliz, rota. Pasé la noche al lado de mi cuñada malherida. Había que ocultarle que mi hermano había muerto, por prescripción facultativa. Y es verdaderamen­te espantoso sufrir, sin poder dar rienda suel­ta al dolor que te ahoga.

Mi cuñada tenía muchas heridas en la cara, que le abrasaban. Alguien a mi lado dijo: '¡Abanícale!', y sacó de su bolso un papel para que yo lo hiciera. Me dejó sola. Lo desdoblé lentamente. Estaba escrito y contenía la letra de un canto. Era el Ala­baré.

Lo leí desde el principio al final, y mien­tras lo hacía, me di cuenta de que estaba alabando al Señor desde el sufrimiento más profundo.

Cerca de mí en aquella misma sala de urgencias, las enfermeras corrían de un lado a otro...; un enfermo moría a pocos me­tros.

Yo, sin apartar los ojos de aquel papel, seguía leyendo: Alabaré a mi Señor».

Vemos que esta palabra bastó para devolverle la confianza en el ser. La alabanza había abierto un camino en una situación «cerrada y sin sa­lida». Pero es precisamente en esos momentos cuando la alabanza resulta más difícil y más penosa. Fá­cilmente cedemos a la tentación de lamentarnos, de tener pena por nosotros mismos, de un cierto placer masoquista en regodearnos de nuestro pro­pio abatimiento. Y no hay nada en el fondo tan destructivo como esta autocomplacencia en lo im­posible de una situación.

Entonces es preciso empezar, aunque sólo sea tímidamente, a alabar al Señor por su presencia en medio de esa situación. Violentar los labios para que comiencen a musitar una alabanza, aun­que en un principio el corazón no la sienta, aun­que pueda parecer una hipocresía. La alabanza a Dios se encuentra encerrada, como las aguas apresadas por un gran dique. Pero bastan unas pequeñas rajas en el dique para que empiece a filtrarse el agua, esas pequeñas filtraciones van erosionando la piedra y agrandando el boquete, hasta que la presa se rompe y las aguas se preci­pitan. Igualmente, si empezamos a dejar filtrar gota a gota la alabanza represada en nuestro interior, poco a poco se irá liberando hasta que llegue a romper las barreras y a desbordarse en nosotros.

Y aun en esas circunstancias en que la ala­banza parece como una fuente seca, hay que con­solarse pensando en que la situación es pasajera. Recuerdo un universitario de mi grupo de ora­ción, que en medio de una situación difícil se consolaba repitiendo: «Alabaré a mi Señor», así, en futuro. Aunque ahora no lo puedo alabar, sé que volveré a alabarlo pronto. Es el mismo senti­miento del salmo que da título a esta segunda versión de nuestro libro: «Espera en Dios que volverás a alabarlo, salud de mi rostro y Dios mío» (Sal 42,12).

El salmo 42 recoge perfectamente esta situa­ción a la que nos referimos. El autor se siente «acosado», «sombrío», «oprimido», «desfalleci­do», «agitado», «ane­gado», «quebrantado», «llo­roso». No sabe dar respuesta a los que se ríen de él preguntándole: « ¿Dónde está tu Dios? ». ¡Cuántas veces no encontramos respuesta a esta pregunta! ¿Habrá sido todo una fantasía? ¿Serán todo imaginaciones? ¿Dónde está tu Dios?

En ese momento uno recuerda con nostalgia los momentos felices del pasado, las liturgias de fiesta, las grandes asambleas carismáticas, «cuan­do marchaba a la casa de Dios entre los gritos de júbilo y alabanza, entre el gentío festivo» (Sal 42,5). ¿Habrá sido todo aquello un sueño maravilloso, pero falso? Y la única respuesta nos dice: « ¿Por qué estas afligida, alma mía, y te inquietas dentro de mí? Espera en Dios que volverás a alabarlo».

Dice a este respecto Etty Hillesum, una judía gaseada por los nazis, que tuvo un intenso encuentro con Dios durante todo su calvario personal y el de su pueblo:

«Los peores sufrimientos del hombre son aquellos de los que tiene miedo. Porque el gran obstáculo es siempre la representación, no la realidad. La realidad la asumimos con todo el sufrimiento y todas las dificultades que la acompañan, nos hacemos cargo de ella, nos la cargamos a la espalda, y llevándola es como crece nuestra resistencia. Pero la representación del sufrimiento, -que no es el sufrimiento porque éste es fecundo y puede hacer nuestra vida preciosa-, hay que romperla. Y rompiendo estas representaciones que aprisionan la vida detrás de sus rejas, liberamos en nosotros mismos la vida real con todas sus fuerzas y nos volvemos capaces de soportar el sufrimiento real, tanto en nuestra propia vida como en la de la humanidad».4

En realidad, cuando todo ha pasado, ¡cuántas veces experimentamos que los temores que nos asaltaban no eran reales! La mayor parte de nues­tras preocupaciones son por el futuro, por cosas que no sabemos si sucederán o no. ¡Cuántas veces hemos sufrido anticipadamente por algo que des­pués no ha llegado a realizarse! Esos males fu­turos que tememos, pero que todavía no existen, no deberían tener ningún derecho a enturbiar nuestro pre­sente.

Otras muchas de las co­sas que ahora nos intranquilizan –culpabilida­des, reproches estériles– pertenecen a un pasado que ha dejado de existir. El budismo Zen enseña que la fuente de la felicidad es vivir el aquí y el ahora, vivirlos intensamente, dejando a un lado el pasado y el futuro. Este es el mismo pensa­miento de Jesús: vivir el Hoy de Dios, buscar el pan de hoy sin preocuparnos por el de ma­ñana. «Bástale a cada día su propia malicia» (Mt 6,34).

Ninguna situación puede ser tan opresiva que impida nuestra alabanza o bloquee nuestra libe­ración interior. Veamos a Pablo y Silas en Filipos. Tras sus trabajos de predicación han sido arrojados en la cárcel, después de haber sido azo­tados. Sus espaldas son una pura llaga. En lugar de encontrar cama blanda y ropa limpia, son arro­jados sobre las piedras enmohecidas del calabozo. Sus llagas se rozan en las piedras, sus pies están en el cepo y ¿qué sucede? Podríamos esperar que aquella noche hubiese sido un continuo ala­rido de dolor, un «ay» permanente. Pues no; los Hechos nos cuentan que los presos llegaron a la medianoche cantando (cf. He 16,25). Probablemente se trata de esos cantos en lenguas de los que nos hablan la carta a los Colosenses y a los Efesios, y que la Biblia de Jerusalén llama «improvisaciones carismáticas sugeridas por el Espíritu durante las asambleas litúrgicas».5

Ante esta alabanza, «se produjo un terremoto tan fuerte, que los mismos cimientos de la cárcel se conmovieron». La tierra tiembla, como ya tembló en 1Sam 4,5, cuando los israelitas entonaban la teru'ah o aclamación de Dios ante el ejército enemigo. «Cuando el arca del Señor llegó al campamento, todos los israelitas lanzaron un gran clamor que hizo retumbar la tierra». Como ya vimos, en la Biblia a esta teru'ah o clamoreo, se le atribuye como fruto la liberación frente al enemigo que oprime. «Cuando ya en vuestra tierra partáis para el combate contra un enemigo que os oprime, tocaréis las trompetas a clamoreo, así se acordará el Señor Dios de vosotros y seréis liberados de vuestros enemigos» (Núm 10,9).6

También en el pequeño Pentecostés lucano de Hch 4,31, el terremoto es respuesta a la plegaria. El contexto es el mismo. Los apóstoles estaban siendo amenazados, y todos a una «alzaron su voz a Dios» (Hch 4,24). «Acabada su oración retembló el lugar donde estaban reunidos y todos quedaron llenos del Espíritu Santo y predicaban la palabra de Dios con valentía» (Hch 4,31). Para experimentar la fuerza de Dios en nuestro grito de alabanza hace falta haber expe­rimentado primero la propia debilidad. Es el ejército de los débiles el que aclama «la victo­ria de nuestro Dios». « ¡Gracias sean dadas a Dios que nos da la victoria por nuestro Señor Jesu­cristo!» (1Cor 15,57). Ante la potencia del ad­versario, «clamaron mis humildes y ellos temie­ron, alzaron su voz éstos y aquellos se dieron a la fuga» (Jdt 16,11).



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