José Mª Rodríguez Olaizola Ignacio de Loyola, nunca solo



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José Mª Rodríguez Olaizola

Ignacio de Loyola, nunca solo
Ignacio de Loyola es un hombre activo, batallador, frágil y fuerte al mismo tiempo, tenaz; con un carácter arrullador, capaz de movilizar a otros; atento a su mundo, práctico, conocedor de las personas y buscador infatigable de Dios. Es un peregrino que nunca está solo. Un hombre que, en su incansable actividad, no deja de estar sostenido por la presencia de un Dios que llena su horizonte.

La vida de Ignacio sigue invitando hoy a pensar en la propia vida: sus búsquedas nos hablan de iconos y de ídolos, de los proyectos en los que uno encuentra sentido y de las huellas que quiere dejar; de la fe que se tiene y en la que se crece; de los nombres que atraviesan nuestra historia; de las flaquezas y las fortalezas, del amor eficaz y del amor gratuito.

José María Rodríguez Olaizola (Oviedo, 1970) es jesuita y sociólogo. Actualmente trabaja en la pastoral universitaria en Valladolid y es miembro del consejo de redacción de la revista Sal Terrae.

ÍNDICE

Carta-presentación

Prólogo

1. La herida

El hijo pequeño de la casa de Loyola

El camino eclesiástico

El camino cortesano

El camino militar

2. El «mejor» santo del mundo

La cura


La convalecencia

Los primeros pasos

Aparece el peregrino. Montserrat

El santo, el dedo, la luna y Dios



3. Cuando habla Dios

La vida en Manresa

La noche oscura de Íñigo

Hay que dejar hacer a Dios

Como un maestro de escuela con un niño

De visiones y otras rarezas. Cuando habla el mísrico

De nuevo en marcha

4. Peregrino

Preparativos

En camino

Roma


Venecia

Últimos pasos Jerusalén



5. Incertidumbres hispanas

Desandar el camino

Barcelona. Latines, compañeros y penitencias

Alcalá de Henares. Tiempo de sospechas

Salamanca

La voluntad de Dios, mi voluntad, la libertad y otras circunstancias



6. París, estudios y compañeros

Vida de estudiante

Busca compañeros

«Amigos en el Señor». La amistad y sus honduras

Montmartre. El fin de una etapa

7. Tiempo de espera viva

Vuelta a casa. Azpeitia

De nuevo en camino

Venecia. Un año solo. Los ejercicios espirituales

Reencuentro veneciano

Hospitales. Cuando se tocan las llagas de este mundo

Sacerdotes y apóstoles

8. La Compañía de Jesús

Hacia Roma

Roma

Y ahora, ¿qué? Deliberaciones romanas



Ignacio, General de la Compañía de Jesús

Servir o no servir. He ahí la cuestión



9. Desde una habitación romana

Echando a andar

Años de crecimiento. Entre grandes cambios e historias pequeñas

La nostalgia de otra vida

En la brecha hasta el final

El fin del peregrinaje



Epílogo agradecido. Quinientos años después

Carta-presentación

Querido José Mari: No sé quién es más atrevido, si rú escribiendo hoy una biografía de Ignacio de Loyola, o yo presentándola. Sin duda tú. Gustoso sumo mi atrevimiento al tuyo.

Confesarte que, cuando me enviaste el primer original de este libro, mi primera reacción fue: «Pero, ¿dónde se ha metido este muchacho?». Luego me fui metiendo yo. Hasta el final. Me metiste tú, tu manera de narrar. Lo que contabas, detalle más, detalle menos, me lo sabía. Pero lo nuevo de este libro no es la erudición, sino el arte de contar la historia recreándola, filmándola contigo dentro, como de hoy mismo.

Con lo cual me has probado que la historia es inagotable, si uno se mete en ella y la tecrea. Has entendido muy bien lo del «como si presente me hallase» de Ignacio de Loyola (Ejercicios espirituales, 114). La que tú cuentas no es la historia de Pedro de Ribadeneira o la de Diego Laínez, que estuvieron físicamente presentes en muchas cosas, ni tampoco la de García Villoslada hoy. ni la de Dalmases, o la de André Ravier o la de Tellechea... Y curiosamente no excluye a ninguna ni estorba a ninguna.

Es simplemente tuya. Y esto la hace auténtica desde el título, que es el punto de mira escogido por ti para contemplar a Ignacio.

Efectivamente, Ignacio nunca vivió solo. Ni cuando sonaba otros mundos ni, mucho menos, cuando Dios Je abrió al suyo.

Y, como soñada o vivida por ti, o las dos cosas juntas, me gusta que confieses que esta historia te ha hecho bien. Como te volverá a hacer bien si un día, por ejemplo a los 80 años, la reescribes, porque re lo pide el cuerpo, de tanto como en esos años seguirás conociendo a Ignacio.

Y otra conclusión a la que me has llevado: Ignacio de Loyola es de hoy, precisamente leyéndolo desde hoy. Anda por nuestras calles, en nuestros medios de comunicación social, en nuestra Iglesia, en nuestra política, en nuestro arte, en nuestra ciencia, en nuestro deporte... Es todo, menos un santo para una hornacina y unas velas. Se le entiende mejor metiéndolo en nuestro mundo, como tú haces.

Total, que me has enseñado muchas cosas sobre alguien a quien creía conocer. No es la tuya una biografía científica. Tampoco fue eso lo que te pidieron. Pero, contando la historia de ayer y de otro, como de hoy y tuya, te ha salido una historia verdadera.

¡Enhorabuena!

IGNACIO IGLESIAS, S.J. Valladolid, 31 de julio de 2006 festividad de san Ignacio

Prólogo

¿Un nuevo libro sobre Ignacio de Loyola? ¿Otra semblanza? ¿Pero no está ya todo dicho sobre el fundador de los jesuitas? ¿Otra vuelta de cuerea, machacona y reiterativa, sobre las andanzas del «peregrino»? ¿La enésima relectura de las cavilaciones del autor de los Ejercicios espirituales en el confuso y apasionante siglo XVI? He de confesar que estas, y otras preguntas del mismo cariz se convierten en una muralla sólida que parece clavarse en cierra ante mí al pensar en acometer este empeño. «¿Para qué?», me susurra, sensato y lúcido, mi yo más pragmático. «Sugiere otro nombre, otro autor, algún especialista que lo escriba», me aconseja., certero, mi sentido común. «Lánzate», me dice, atolondrado, mi yo más impulsivo, el que a veces me conduce en La dirección más acercada y otras me precipita de cabeza al abismo. «Discierne», te dice, bienintencionado, mi yo más jesuítico, aun sabiendo que no conviene abusar de esos términos. Y así me encuentro, reflexivo y dubitativo, especulando sobre la conveniencia o inconveniencia de adentrarme en una nueva aproximación a Ignacio.

Si estás leyendo estas páginas es señal de que me he lanzado, y tal vez a este prólogo siga un libro, de mejor o peor calidad (tú lo tendrás que juzgar), sobre san Ignacio de Loyola. Por ahora, comparte conmigo las reticencias, las abundantes objeciones que me provocan fatiga sólo de pensaren escribirlo.

La cuestión principal es esta: ¿No está ya todo dicho? Desde codas las perspectivas y puntos de vista imaginables, la vida, obra y pensamiento de Ignacio han sido objeto de innumerables estudios. Desde la ferviente alabanza y desde el odio febril. Desde su autobiografía y la inmediatez de las décadas posteriores a su muerte hasta estos inicios del siglo XXI, que siguen viendo aproximaciones al peregrino de Loyola. Una y otra vez se ha vuelto sobre su figura desde las inquietudes de distintas ¿pocas (y ello comprende enfoques tan peculiares como el análisis de su liderazgo para ejecutivos agresivos de nuestros tiempos). Hay sesudos estudios históricos, ensayos sobre su psicología, tesis innumerables que profundizan en la relación de Ignacio con su época, congresos para estudiar sus escritos, monografías sobre aspectos de su personalidad y su obra, artículos de prestigiosos pensadores que analizan pormenorizadamente la significación del peregrino. Y si se trata de intentar sintetizar todo esto en una obra sugerente que permita aproximarse con fluidez y hondura a la persona, creo que esa síntesis, abundante y literaria, ya la hizo Ignacio Tellechea, bajo el encabezado de Ignacio de Loyola, solo y a pie, con tal sensibilidad y rigor a partes iguales que durante décadas seguirá siendo una obra de referencia.

Ante tal abundancia documental uno ha de preguntarse, con honestidad, para qué (o cómo) volver sobre la figura de Ignacio. Evidentemente no se trata ahora de hacer un trabajo enciclopédico de erudición ignaciana, dedicando arduos esfuerzos a releer «todo» lo escrito y entresacar párrafos en un orden que pretenda ser original. O uno es un verdadero sabio -n o es el caso—, o se corre el peligro de terminar haciendo un impecable trabajo de cortar y pegar, en el que lo más digno sería la bibliografía consultada (y, en consecuencia, recomendada). Tampoco puedo pretender un planteamiento muy especializado. Esto por dos razones. En primer lugar, no creo ser especialista en ninguna de las áreas que permitirían dicho enfoque (historia, psicología, filología, espiritualidad ignaciana...). En segundo lugar, una semblanza -que es de lo que aquí se trata- tiene que evitar el excesivo énfasis en una dimensión si quiere contribuir a un acercamiento comprehensivo a la persona presentada.

Hasta aquí todo me conduce, irrevocablemente, al «no». Solucionaría la papeleta con una amable carta a la editorial, la sugerencia de algunos nombres alternativos y la tranquilidad de no tener que afrontar este reto. Sin embargo, hay también motivos para intentarlo.

Evidentemente, como cualquier jesuita, me siento heredero de Ignacio de Loyola, y creo que hoy sigue siendo significativo para nuestro mundo. No soy un apologeta del santo, del que valoro muchas cosas, pero también puedo criticar algunas otras. De hecho, irme encariñando con él ha sido un proceso gradual y sobrio, y conozco gente que manifiesta por Ignacio una devoción mucho más filial y emotiva que la que yo puedo expresar. Honradamente soy de los que en el noviciado me sentía muy conmovido al conocer a una figura como san Francisco de Asís, libre, radical, pobre y sencillo; o san Francisco Javier, apasionado, misionero, afectivo e infatigable. En cambio, no me emocionaba tanto imaginarme a san Ignacio redactando cartas y constituciones desde su cuarto en el centro de Roma, por más que el maestro de novicios tratase de hacerme descubrir la hondura del hombre detrás de los datos. Sólo durante mis años de formación como jesuita he podido ir descubriendo a un personaje complejo, carismático, sugerente a ratos y exasperante en otros, pero en todo caso fascinante. Un hombre cuya historia es toda una escuela. Una figura que es interesante por lo que transmite, que desborda con mucho su vida. Y un hombre que hoy tiene una sorprendente actualidad.

Me seduce, entonces, la idea de presentar a Ignacio desde una mirada contemporánea. Me parece posible tratar de desplegar su vida desde la sensibilidad de alguien que se pregunta de qué manera la figura del santo puede iluminar las vidas de quienes nos acercamos a él. Resulta un reto intentar presentar a Ignacio a la gente de hoy; a personas inquietas, deseosas de compartir un tiempo con este peregrino, cuyos pasos resuenan aún en los caminos de medio mundo, en los pasos de tantos hombres y mujeres herederos de su espiritualidad, es decir, su forma de descubrir a Dios y su proyecto aquí y ahora. Porque al final de esto se trata con Ignacio. Es, siempre, un personaje que remite al Dios a quien toda su vida está orientada. Y un personaje que nos enseña una forma inquieta y fecunda de estar en el mundo hoy.

Así que decido intentarlo. Por delante se extiende un camino complejo, al tiempo emocionante y aterrador. Hay tantas posibilidades de no llegar a buen puerto que me encomiendo al propio Ignacio antes de zambullirme en este mar. Y, si algún día, en forma de libro, estas páginas llegan a tus manos, entonces lee con benevolencia, sabiendo que sólo quiere ser un medio para acercarte al peregrino {y con él a Dios en este mundo).

1. La herida

Por el camino avanza, despacio, un grupo de hombres. Dos de ellos sujetan con dificultad una camilla. La fatiga se hace sentir. La lluvia es compañera intermitente, y el barro hace pesada la marcha. En la camilla, tumbado y mal envuelto en una manta yace un hombre. Murmura palabras inconexas que parecen situarle de nuevo en las murallas de Pamplona. «¡Vamos! ¡Muramos con dignidad! ¡Demostremos a los franceses cómo lucha un verdadero soldado!». Por unos instantes parece volver al fragor de la batalla, a la pasión del enfrentamiento, hasta que una sombra cruza su rostro mientras se ve caer por enésima vez. Luego se sume en un silencio febril, mientras sus labios parecen recitar una plegaria, tal vez pidiéndole a Dios que acabe con todo de una vez.

En las ocasiones en que el dolor remite y puede pensar con más sentido, le asaltan sucesivamente la ira, el dolor, el orgullo y la sensación de humillación. No era esta la forma en que se imaginó que regresaría al caserío de Loyola. ¿Qué ha sido de sus esperanzas de volver triunfante? ¿Dónde quedan sus sueños de gloria? ¿Es este el caballero en que había de convertirse? ¿Qué le queda, al fin? Un sollozo pugna por abrirse camino en su interior, pero su orgullo es lo único que le queda, y antes prefiere tragarse las lágrimas que dejar que alguno de los que le, nunca solo llevan en este triste regreso vea cómo se hunde definitivamente. Aprieta las mandíbulas, y se concentra en el dolor de su pierna destrozada.

Así avanza Íñigo de Loyola, camino del hogar familiar, de la casa torre que, en el valle de Azpeitia, le vio nacer hace casi 30 años. Nos encontramos en 1521. El hombre que vuelve a casa ha fracasado. No es mejor ni peor que otros muchos. Tal vez en esta época, como todas las épocas, no basta la mejor de las voluntades si no acompaña la suerte, si eres hijo segundón, si tu protector cae en desgracia, si luchas en el bando perdedor, si los sueños son demasiado altos para la realidad que te ha tocado... Todo esto le ha ocurrido a Íñigo en los quince años transcurridos desde que saliera de Loyola.



El hijo pequeño de la casa de Loyola

Íñigo creció en un hogar donde la madre estaba ausente -doña Marina de Licona murió poco después de nacer él, en 1491- y donde seguramente el padre, don Beltrán Yáñez de Loyola, hombre de su época, excitaría a sus hijos con sueños de gloria y triunfo. Era esa voz paterna, ruda y masculina, poderosa y enérgica, la que se escuchaba en la casa torre, en ese hogar huérfano de madre, contando historias de sus antepasados, de conquistas y hazañas, de caídas y nuevos surgimientos.

De su infancia, ¿qué podemos imaginar? Sabemos que a la muerte de doña Marina habrá que llevar al niño a la cercana casa del herrero, para que sea la mujer de este, María Garín, la que lo críe en los primeros años de vida. ¿Y después? ¿Cómo serán esos primeros años de vida? Un tiempo para los juegos y las primeras lecciones; un constante aprendizaje, en contacto con la naturaleza, en ese valle enmarcado por el poderoso monte Itzarraitz y el río Urola; un hogar ruidoso, poblado con las voces, gritos, risas y peleas de unos hermanos mayores igualmente llenos de optimismo y sueños. La progresiva adquisición del orgullo de un nombre, de una tradición, de unos ancestros heroicos y de una historia compartida.

¿Qué podía esperar el hijo pequeño de una familia noble, pero no exageradamente rica? Ciertamente no podía Íñigo pensar en el señorío de Loyola, que iría sin duda a parar a uno de sus hermanos mayores. De los nueve hijos legítimos del matrimonio (por no hablar de los hijos ilegítimos de don Beltrán), sólo el heredero del señorío tenía el futuro asegurado. Cuando el mayor, Juan, murió luchando contra los franceses por el reino de Nápoles en 1596, el siguiente, Martín García, se convirtió en heredero. Efectivamente, a la muerte de don Beltrán, en 1507, será Martín el nuevo señor de Loyola. Para las tres hijas había que concertar casamientos convenientes. Los varones restantes, Beltrán, Ochoa, Pero e Íñigo, tendrían que labrarse un porvenir en el mundo eclesiástico, en el militar o en el cortesano. Esos tres caminos los emprenderá Íñigo. Y en los tres fracasará antes de retornar a Loyola, herido y fatigado, en 1521.



El camino eclesiástico

En realidad no podemos decir que íñigo emprendiese este camino. En todo caso otros lo emprendieron por él. Ni siquiera sabríamos que, desde su infancia, Íñigo era -al menos en teoría— eclesiástico si no fuese por sus andanzas menos virtuosas. Parece que a los hermanos menores de la casa de Loyola, Pero e Íñigo, se les encaminó a la vida clerical. No es extraño. Era una opción bastante frecuente para los hijos menores de las casas nobles. Ello suponía el acceso a algún puesto más o menos estable y una vida asegurada. Era costumbre en estos siglos encaminar desde la más tierna infancia a los muchachos por esta vía. De hecho, Pero siguió este camino y terminó siendo rector de la iglesia de Azpeitia en 1518. Sin embargo pocos pasos (o ninguno) debió dar Íñigo en esta dirección. La única fuente por la que conocemos el dato son las actas de un juicio de 1515 en el que ambos hermanos, Pero e Íñigo, apelan a su condición clerical para salir bien parados por alguna ofensa en la que, parece, tenían todas las de perder. De Íñigo se dice entonces que nadie le ha visto nunca vestir ni vivir como clérigo, y que ni siquiera estaba tonsurado. Sin embargo su apelación le servirá para lograr una absolución. Parece que el balance de su itinerario clerical antes de 1521 se reduce al uso a conveniencia del título para solucionar un problema. Ciertamente, no parece esa primera incursión en el mundo eclesiástico un indicio de vocación personal y honda.

Esto no quiere decir, ni mucho menos, que no fuese desde joven un hombre religioso y piadoso. Lo sería, seguramente, como tantos en su época. Con una fe apasionada y una piedad tradicional. Con una devoción perfectamente compatible con el espíritu guerrero y galante de la época. Con un cristianismo que bebía de imágenes y cuadros, de Cristos y Vírgenes, de misales ricamente ornamentados, de bulas y títulos, de misas y novenas, en una Iglesia omnipresente, dinámica y contradictoria, necesitada de una reforma urgente y una hondura distinta. Pero esto no preocupa, en esa etapa juvenil, al muchacho, interesado en otros campos de batalla.

El camino cortesano

Parece, en cambio, que se adentró con paso firme en los otros dos caminos, el militar y el cortesano. No es sorprendente. En una familia noble, con un apellido que hacer valer, el acceso a las cortes castellanas y el trato con los personajes más encumbrados eran considerados un derecho y una oportunidad a partes iguales. Y es precisamente ese acceso lo que se le posibilita a Íñigo cuando don Juan Velázquez de Cuéllar, un poderoso castellano emparentado con los Licona —la familia de la madre de Ignacio— ofrece a don Beltrán educar a uno de sus hijos en su castillo de Arévato como si fuese un hijo propio. Íñigo será el escogido. En un hogar donde ya había doce hijos (seis varones y seis mujeres), el vástago de Loyola sería tratado como uno más de la familia.

No tenía mucho que perder al dejar por primera vez el hogar, en 1506. Siendo su hermano Martín el heredero del título y la fortuna familiar, Íñigo tenía que trazar su propio camino. Entonces se iba cargado de ilusiones, de energía, con sueños de grandeza bullendo en su cabeza. Se veía triunfando en las cortes, conquistando damas y títulos; se veía ganando honra y riquezas que harían palidecer de envidia a señores y vasallos; se soñaba al lado de reyes, al mando de ejércitos, y escuchaba su nombre cantado en poemas y gestas. Sin duda son sueños naturales en un adolescente que siente que tiene todo al alcance de la mano: el vigor y apostura de la juventud, la nobleza del nombre, la seguridad de quien nunca se ha estrellado...

El mundo cortesano era, sin duda, mucho más atractivo que la vía clerical. En el nuevo Estado que va surgiendo bajo la mano firme de Fernando el Católico un muchacho puede soñar con llegar alto si juega bien sus cartas. Juan Velázquez de Cuéllar, mayordomo de la reina Isabel y Contador mayor de Castilla era un hombre poderoso y rico, y gozaba de la confianza del rey. Su esposa, María de Velasco, fue durante un tiempo gran amiga de doña Germana de Foix, la segunda mujer del rey. Su casa se convierte para Ignacio en la puerta por la que sale del cerrado valle de Loyola y entra en el ancho mundo, vertiginoso y vibrante, de la Europa renacentista.

El refinamiento y el lujo de un palacio real son muy superiores a la comodidad de la casa familiar en Loyola. Se acostumbra el joven Íñigo a vivir entre tapices y alhajas, imágenes y joyas, vajillas de plata, sábanas de Holanda, etiqueta cortesana y sirvientes siempre prestos a atender a los señores.

Allí se forma como cortesano y como soldado. Con otros compañeros, como los hijos de Velázquez de Cuéllar, o Alonso de Montalvo, paje como él y amigo querido en estos años de descubrimientos y maduración, aprende las artes militares y se prepara para ocupar puestos administrativos. Se acostumbra al lenguaje cortés y diplomático. Se forma en retórica, poética y música. Adquiere una delicada caligrafía que le servirá siempre, también cuando, décadas después, escriba, infatigable, cartas que habrán de llegar a cada rincón del mundo. Aprende en estos años a cabalgar y a manejar armas para la caza y para la lucha.

En Arévalo transcurren su adolescencia y primera juventud. Poco sabemos de él en esta etapa. Posiblemente Ignacio habló con cierto detalle de ella al narrar su autobiografía, muchos años después, al Padre Cámara. Pero todo lo referente al período anterior a su conversión ha quedado reducido a una línea, dicen las crónicas que por mandato de san Francisco de Borja, tercer General de los jesuitas, que no estaba muy conforme con que el mundo conociese la parte menos piadosa de la vida del fundador. Esa solitaria línea («Hasta los veintiséis años de edad fue un hombre dado a las vanidades del mundo») abre la puerta a las especulaciones... ¿Qué podemos imaginar? Pues amoríos primeros, sueños de gloria y poder, episodios violentos, competencia entre iguales para alcanzar visibilidad y aprecio. De hecho, es en 1515 cuando tanto Íñigo como su hermano Pero son juzgados, en Azpeitia, por un delito serio que no conocemos, y se libran alegando la inmunidad clerical. Se va perfilando ante nosotros un joven impulsivo, vital, enérgico y dispuesto a jugar bien sus bazas, una y otra vez.

¿Qué ideales llenarían su corazón y su cabeza? ¿Los de la caballería, con su exaltado orgullo y su mundo de hazañas y honores? ¿Los discursos humanistas que comienzan a provocar a los pensadores de la época? ¿Los relatos aventureros, con noticias, aún vagas, de tierras lejanas recién descubiertas y lugares exóticos colmados de riquezas? Es muy posible que una mezcla de todo esto vaya llenando la cabeza del joven al tiempo que crece, vive, ama, lucha, ríe y sueña.

Allá transcurren los años, entre torneos y banquetes, entre lecciones y acontecimientos. De vez en cuando la corte viene a Arévalo. Otras veces es la familia la que se desplaza a Burgos o a Sevilla, a Valladolid o a Toledo, siguiendo al rey. Tal vez de lejos ve Ignacio a personajes encumbrados en su época: al rey Fernando «el Católico», a su segunda mujer, doña Germana de Foix, a Juana, la reina loca, encerrada en Tordesillas o a su hija, la hermosa infanta Catalina; todas ellas son presencias que hacen que el muchacho se sienta importante, poderoso, fuerte, ambicioso y capaz...

Sin embargo este período cortesano terminará peor de lo esperado. Nada hacía presagiar, en los primeros años felices de Íñigo en Arévalo, que su protector, el poderoso Velázquez de Cuéllar, caería en desgracia. Y, a pesar de todo, así fue. En los primeros años de reinado de Carlos I, el joven monarca, ignorante de las tradiciones castellanas, quiso imponer algunas medidas chocantes. Entre ellas convertir a Germana de Foix, la viuda de su abuelo, en señora de Arévalo. La oposición de Velázquez de Cuéllar a la medida, contraria a los antiguos privilegios reales de la villa, que no se debía desvincular de la corona, le lleva a perder, en 1516, el favor del monarca y su posición en la corte. Morirá en agosto de 1517, gastado y fracasado.

El camino cortesano parece, de momento, complicarse para Ignacio. Y si es un camino tan fugaz, tan efímero y volátil, donde hoy eres señor y mañana no eres nadie, tal vez no merezca la pena seguir labrándose un futuro en él. Si un hombre honrado y noble, como don Juan, puede perder el favor de los reyes por permanecer fiel a lo que cree justo y legítimo frente a decisiones caprichosas de los monarcas, y con ello se desmorona lo que ha construido en toda una vida, ¿no es este un camino demasiado arbitrario? ¿Merece la pena seguir peleando por un puesto, un nombramiento, un lugar en la corte? Algo semejante debe impulsar a Íñigo para inclinarse, en este momento, por la vía militar. O tal vez no le quedó otro remedio. Sin valedor, sin influencias suficientes, sin haber tenido aún tiempo para demostrar su capacidad, veía cerrarse ante sí las puertas de la administración del Reino.

Sin embargo el tropiezo no resulta tan trágico. Entre las últimas disposiciones de su protector está recomendar a Íñigo al duque de Nájera para que lo acoja como parte de su Casa. No parece mal arreglo para el joven, que con veinticinco años de edad, y pasado el tiempo de preparación, necesita ejercitar lo aprendido y avanzar, con paso firme, en el mundo.




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