Ix jornadas de Jóvenes Investigadores Instituto de Investigaciones Gino Germani



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IX Jornadas de Jóvenes Investigadores

Instituto de Investigaciones Gino Germani

1, 2 y 3 de Noviembre de 2017

Francisco Fernández

Facultad de Ciencias Sociales - Universidad de Buenos Aires

franceszardeconfin@gmail.com

Estudiante de grado

Eje 4: Tecnologías digitales y producciones estético culturales, consumos, política, cultura y comunicación.

Título: Scrolleando Recuerdos.

Palabras Claves: Memoria, Tecnología, Subjetividad Digital



INTRODUCCIÓN

El presente trabajo se enmarca dentro de los análisis para la tesina de grado Reconfiguraciones de las memorias en el marco de las transformaciones de las tecnologías digitales de la carrera de Ciencias de la Comunicación Social de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires. Llevado adelante bajo la tutoría de Alejandro Kaufman y la co-tutoría de Gonzalo F. Zubia, este proyecto tiene como eje el análisis crítico de las reconfiguraciones que produce el uso masivo de tecnologías digitales en las memorias personales.

La investigación en curso propone estudiar el vínculo entre los dispositivos digitales y su impacto en la transformación de las matrices cognitivas de las memorias desde un análisis socio-cultural a partir de un corpus de ejemplos específicos sobre los efectos que producen el desarrollo tecnológico digital y su contraste con los mundos distópicos imaginados por productos culturales.

La indagación aborda problemáticas entorno a las memorias colectivas y cómo éstas son cristalizadas digitalmente en una secuencia lineal factible de ser revisitada de forma secuencial con un simple scroll (desplazamiento de los contenidos que conforman una ventana mostrada en una aplicación informática). Esta reconfiguración de la memoria se denota en múltiples procesos y narrativas tecnológicas contemporáneas: desde el funcionamiento de Google hasta los recuerdos de un día como hoy de Facebook; desde Black Mirror, con la memoria grabada en una semilla (The Entire History of You) -Amstrong y Welsh, 2011-, y la posibilidad de retorno a los recuerdos felices en un loop informático (Be Right Back), -Brooker y Harris, 2013-, hasta las nubes de almacenamiento de información y el big data nos permitirán la reflexión.

Estos ejemplos señalan que se han producido cambios en nuestra forma de hacer memoria, por eso, intentaremos rastrear el impacto que las tecnologías informáticas tienen sobre el ejercicio mnemónico.
DESARROLLO  

La praxis del mundo nos impone constantemente afirmaciones, aseveraciones fundamentadas en el hacer que tienen en última instancia una justificación taxativa: es así. Desde la década del setenta hemos presenciado avances tecnológicos que se han presentado sucesivamente uno tras de otro a partir de un cambio que aún se discute si catalogar o no como una tercera revolución industrial. Mientras esta conceptualización se debate, miles de artefactos tecnológicos invaden las calles y la conectividad crece uniendo cada vez a más personas, que en su experiencia de uso práctico, producen muchos es así, como aquel que reza: todo está en Internet.

Así como se distingue en la Argentina que los nacidos en democracia no vivieron la experiencia de un gobierno dictatorial, lo cual en los años 80’ movilizó a gran parte de la sociedad a un consenso para la restauración de un orden democrático; debemos distinguir este momento de transición donde generaciones que conocieron la vida sin Internet conviven con los llamados nativos digitales (Prensky, 2011), nuevas generaciones que no conocieron otro mundo que éste atravesado por la hiper-conectividad, la banda ancha y el wi-fi, esos niños que Michel Serres apoda cariñosamente pulgarcitos, por el hiper-desarrollo que genera en esos dedos la manipulación de dispositivos digitales a una edad cada vez más temprana:

“Estos niños viven, pues, en lo virtual. Las ciencias cognitivas muestran que el uso de la Red, la lectura o la escritura de mensajes con los pulgares, la consulta en Wikipedia o Facebook no estimulan las mismas neuronas ni las mismas zonas corticales que el uso del libro, de la tiza o del cuaderno. Pueden manipular varias informaciones a la vez. No conocen ni integran, ni sintetizan como nosotros, sus ascendientes. Ya no tienen la misma cabeza” (2013: 21).

En mayor o menor medida Internet  reconfiguró la vida de millones de personas alrededor del mundo, sin embargo, aceptando que la reflexión siempre va por detrás de los acontecimientos y no delante, no podemos dejar de analizar críticamente estos hechos y preguntarnos por los efectos que normalizaciones, como la de la vida en red, tienen o tendrán sobre nosotros. Problematizar la relación entre la memoria y las actuales tecnologías digitales, consistirá en extraer de la cotidianidad, esas pequeñas reconfiguraciones que cada vez más rápido y casi en silencio nos transforman todos los días.   

Los grandes genocidios del último siglo obligaron a los pensadores de las ciencias sociales a trabajar la memoria como un objeto que reclamaba una perspectiva atada a un fuerte compromiso político con el futuro de la humanidad. El nazismo, el fascismo y el franquismo en Europa, tanto como a nivel local, la última dictadura militar y sus primas hermanas latinoamericanas resultaron experiencias de quiebre que pusieron a las sociedades en el deber de ejercer su memoria, con el fin de no olvidar las atrocidades a las que puede llegar una sociedad cuando se organiza bajo la bandera del odio.

El estudio de la memoria desde la historia o desde la psicología es fundamental, pero desde el campo de la comunicación social que abarca la ancha avenida del medio entre la psicología y la sociología, entre el individuo y la sociedad, debemos trabajar para trazar nuestra propia línea tomando elementos de ambas disciplinas, aun corriendo el riesgo de no profundizar demasiado en ninguna de ellas.

Los problemas que se abordan en esta ponencia no son novedosos, sino más bien, antiguos, pero lo que ha cambiado no es el problema sino el contexto y el contexto ha cambiado al hombre, porque si como se dice usualmente, el hombre es el hombre y sus circunstancias, es porque este cambia con su entorno en la misma medida en que su entorno lo cambia. Los medios moldean la vida cotidiana de las personas y es una falacia creer que las plataformas solo facilitan actividades en red, plataformas y prácticas sociales se constituyen mutuamente (Van Dijck, 2016: 21).

El siglo XXI, bajo el signo epocal que se ha dado en llamar posmodernidad, nos señala nuevas formas de dominación más profundas, modos de ejercer violencia mucho más solapados que los aplicados en el pasado por totalitarismos brutales, y estructuras de poder cada vez más complejas y descentralizadas sostenidas por nuevos discursos que apelan a la felicidad, la alegría y el bien común. El problema de la memoria presenta la particularidad de haber sido tomado por asalto a punta de best sellers, por las neurociencias, que lo abordan desde una concepción médica para analizar los procesos cerebrales a partir de su constitución fisiológica. El segundo tópico de nuestro problema, la tecnología digital, goza desde su nacimiento de la hegemonía interpretativa del paradigma científico-técnico positivista, su creador y gran realizador que tiene hoy como su principal exponente al empresario-emprendedor, el nerd visionario de Silicon Valley, primero encarnado en Bill Gates, luego en Steve Jobs, y actualmente en Mark Zuckerberg.

Este paradigma ha tomado una forma muy concreta en los últimos años y ha echado raíces en todo el mundo. El ensayista y filósofo francés Eric Sadin, que reflexiona acerca de la subjetividad digital, ha llamado a esta ideología en una entrevista reciente la silicolonización del mundo:  

“Silicon Valley encarna el insolente triunfo industrial de nuestro tiempo. Rebosa de grupos que dominan la industria de lo numérico y que acumulan cifras de negocios que hacen soñar a los emprendedores del mundo entero. Todas las regiones del globo buscan, de aquí en adelante, duplicar su núcleo actual del negocio, ya sea en la economía de datos o de plataformas. Desde hace un tiempo Silicon Valley no remite ya solamente a un territorio, ha generado un espíritu que pasa a colonizar el mundo, impulsado por numerosos misioneros: industriales, universidades, think tanks. y por una clase política que alienta la construcción de "valleys" sobre los cinco continentes, bajo la forma de ecosistemas numéricos y de incubadores de start-ups. Lo que llamo la "siliconización del mundo" es la convicción de que ese modelo representa el horizonte insuperable de nuestro tiempo y que, por añadidura, encarnaría una forma luminosa del capitalismo.” (Paéz, 2017).

La silicolonización del mundo no solo sería un género nuevo de capitalismo que plantea la autoexplotación bajo la forma del emprendedorismo, sino que es más bien un nuevo modelo civilizatorio fundado en la mercantilización integral de la vida y la automatización de un creciente número de sectores de la sociedad. Estas reconfiguraciones del capitalismo son un engranaje central a la hora de pensar nuestro tema. El desafío, para el campo de las ciencias sociales es pensar los viejos problemas bajo las particularidades de este tiempo, intentar atravesarle algunas agujas a una madeja de hilo tan enmarañada, que quizás cambie de forma antes de que podamos desenredarla.  



El recuerdo y el olvido: un problema entre la vida y la muerte.

En 2012, una niña de 15 años murió atropellada por el metro de Berlín en circunstancias poco claras (Bleiker, 2017 y Valero, 2017). Ese mismo año, los padres comenzaron acciones legales contra Facebook demandando obtener acceso a los mensajes de la cuenta de su hija en la red social para dilucidar si había tomado la decisión de quitarse la vida a causa de sufrir cyberbullyng. En primera instancia, la justicia alemana hizo lugar a la moción de los padres que afirmaban ser los herederos naturales del legado digital de la pequeña, en sintonía con lo previsto en la legislación para bienes analógicos como la correspondencia. Tiempo después, la red social apeló el fallo argumentando que brindar el acceso de los padres a los mensajes de la cuenta violaba la intimidad de los terceros que hubieran podido entablar conversaciones con su hija. El Tribunal Federal Administrativo de Berlín falló a favor de la compañía, desatando una polémica acerca del derecho a la confidencialidad y la herencia.  

Si estamos etiquetados en una publicación de otro usuario, este puede disponer de ella tanto como nosotros y compartirla sin necesidad de nuestra autorización, ya que en definitiva es su recuerdo también. La tecnología viene a terciar en esta relación de dos, erigiéndose como propietaria del recuerdo por ser la encargada de almacenarlo, y cuando decimos la tecnología, debemos leer: las compañías que se encuentran detrás de su desarrollo, las cuales se insertan en un régimen capitalista de producción y circulación de contenidos que implica una lógica específica de creación de productos y ganancias. Facebook bien podría decidir dar acceso a los recuerdos luego de reproducir en pantalla un breve comercial si esto le permitiera maximizar beneficios sin perder usuarios. Un recuerdo almacenado en los servidores de una compañía de Silicon Valley, podría convertirse en un producto digital para nuestro consumo y allí aparecería la paradoja de tener que pagar para acceder a algo nuestro que depositamos fuera, una hexo-memoria compuesta de producciones textuales y audiovisuales.  

Eric Sadin advierte en esta mediación tecnológica algo más profundo que una posible estrategia de venta o capitalización económica de un momento de atención, advierte un vínculo umbilical con las prótesis digitales que crece cada vez más:

“Esta dimensión, que no cesa de consolidarse, es particularmente flagrante en la reciente estrategia de Facebook, que busca capitalizar la creciente interferencia entre vida orgánica y tempo digital: ‘Facebook ha presentado un reciente servicio bautizado Timeline’. ‘Es la historia de sus vidas -explica Mark Zuckerberg-; Timeline es una nueva manera de expresar quienes son ustedes.’ Se trata de una página similar a un blog que agrupa al mismo tiempo imágenes, mensajes y aplicaciones en orden cronológico inverso, año tras año. Esta suerte de friso tecnológico permite mostrar un condensado completo de la vida, y podrá suplantar a la larga el ‘perfil’ habitual del internauta.” (2017: 95).

Con el fin de ser conservada, la memoria debió ser exteriorizada a través de diferentes tecnologías ajenas al cuerpo humano. La concepción lineal del tiempo y la construcción de las subjetividades actuales que poseemos, han sido moldeadas durante siglos por tecnologías sustancialmente distintas a las que hoy forman y modelan a nuestras generaciones. Nos encontramos ante transformaciones derivadas de una nueva formación tecnológica, de un nuevo entorno, que se vuelve más complejo al ser atravesado por técnicas específicas, como el marketing, la publicidad, o biopolíticas, orientadas a la manipulación y el condicionamiento de la conciencia y la actitud social. A pesar de esto, ciertos problemas estructurales de la exteriorización de la memoria aún siguen operando, como el ordenamiento cronológico de los recuerdos según el calendario gregoriano, sobre el cual reposa la noción de Timeline, el cual es una conceptualización artificial de la memoria que no se corresponde con la forma natural del recuerdo el cual se nos presenta siempre confuso, parcial, reelaborado por el tiempo y en permanente reconstrucción a partir de las condiciones del presente.

La vida y la muerte no pueden pensarse por separado, la memoria y el olvido, tampoco. El olvido es necesario y suele ser concebido como pérdida, la llegada de la muerte funciona como un mecanismo igualador, un volver a foja cero. Una vida que se extingue pone fin a ciertos conflictos al tiempo que abre otros como la lucha por un legado, por la preservación de lo que deja aquello que físicamente ya no está. Es allí cuando los que viven, deben decidir entre recordar u olvidar. La metáfora del olvido como muerte, suele empañar el hecho de que en la naturaleza, la muerte es necesaria para el desarrollo de nuevas vidas y a la inversa, la metáfora del recuerdo como vida, suele ignorar que hay cosas que es mejor olvidar para poder vivir. Dos caras de la misma moneda que pueden advertirse en la lógica de la venganza, donde el recuerdo es violencia y rencor y el olvido es paz y perdón.

La exteriorización de la memoria

En el Fedro de Platón, otro de estos problemas analógicos que se han trasladado al mundo digital aparece tematizado con el mito de Theuth, donde Sócrates relata a Fedro el encuentro entre Theuth, Dios que descubrió la escritura, y Thamus, Rey de Egipto. La narración cuenta que Theuth apareció ante Thamus para ofrecerle la escritura como un don para los egipcios diciendo: Este conocimiento, oh rey, hará más sabios a los egipcios y más memoriosos, pues se ha inventado como un fármaco de la memoria y la sabiduría (2008, 274 e). Pero Thamus poco convencido de las virtudes del arte que el Dios le ofrecía, respondió:

“Tú, precisamente, padre que eres de las letras, por apego a ellas, les atribuyes poderes contrarios a los que tienen. Porque es olvido lo que producirán en las almas de quienes las aprendan, al descuidar la memoria, ya que fiándose de lo escrito, llegarán al recuerdo desde fuera, a través de caracteres ajenos, no desde dentro, desde ellos mismos y por sí mismos’” (Ibid, 275 a).

¿Es nuestro recuerdo digitalizado más fiel que nuestro recuerdo mental e intangible? ¿Nos conduce a un empobrecimiento paulatino de la memoria? La fotografía, el audio y el video de alta fidelidad parecen decirnos que nunca estuvimos tan cerca de almacenar nuestros recuerdos fuera de nosotros con tanta precisión como ahora. Los avances tecnológicos han logrado mejorar técnicamente la experiencia de trasmisión y conservación de la memoria, permitiéndonos almacenar más y mejor las huellas del pasado, a partir de la difusión y popularización de sus productos a una velocidad mucho mayor que nuestra capacidad reflexiva acerca de las consecuencias que esto podría tener sobre nuestros procesos cognitivos.

En el primer capítulo de la segunda temporada de la serie televisiva Black Mirror, titulado Be right back y traducido como enseguida vuelvo -Brooker y Harris, 2013- Martha (Hayley Atwell) pierde a su novio Ash (Domhall Gleeson) en un accidente de tránsito. Durante el duelo, ella recurre a un software que es capaz de intercambiar mensajes en nombre de Ash utilizando toda la información de él disponible en la red. Los mensajes instantáneos se vuelven insuficientes entonces el software le ofrece cargar videos de Ash con el fin de reproducir su voz y sus inflexiones para generar conversaciones a partir de la imitación de la voz. En una fase superior, el servicio se le ofrece un producto en fase de desarrollo: un cuerpo artificial de Ash que le hace compañía y la satisface sexualmente.

Sin embargo, Martha no logra encariñarse totalmente con el producto que intenta reemplazar a Ash, él es demasiado complaciente y no se resiste al intento de ser arrojado a un precipicio. Aun así, para sorpresa del espectador, ella lo conserva en un ático para que su hija juegue con él en algunas ocasiones. No sabemos por qué, pero probablemente ve en ello una forma de que su hija conozca al padre ya que este es el recuerdo más fiel de él que le puede brindar. ¿Serían estas formas actuales de llegar al recuerdo por fuera de nosotros mismos como lo plantea Platón? Si nos relacionamos con un organismo antropobiológico (o cyborg), no dejamos de ser nosotros mismos, nuestro adentro, relacionado con ese afuera que interactúa con nosotros, un otro.

El capítulo plantea una distopía en la cual un cuerpo humano es cien por ciento creado artificialmente y como un Frankenstein toma vida a partir de ser alimentado con algoritmos, algo en lo que algunas compañías empiezan a incursionar; sin ir tan lejos, cada vez más tecnologías pasan a formar parte del interior de nuestro cuerpo, empezando por las múltiples prótesis ya populares, marcapasos, stents cardíacos, válvulas y clavos como los ejemplos más ostensibles hasta los diversos chips subcutáneos que empiezan a utilizarse para portar la historia clínica (1 de Junio de 2017, Telám) o para reemplazar a las distintas tarjetas de la vida cotidiana (Brooks, 2017).


Así, las diferencias interior/exterior, humano/tecnología corren permanentemente una frontera que se ha tornado difusa arrinconando a la subjetividad hasta dejarla casi como un último bastión de lo humano. Es por el choque de sus subjetividades que Martha se da cuenta que su cyborg no puede reemplazar a Ash; porque ella espera que al momento de arrojarlo al vacío él se resista y pida clemencia, eso habría hecho Ash, y en su lugar su cyborg no opone resistencia a morir si eso es lo que hace feliz a Martha. Cuando ella muestra fastidio ante la indolencia del cyborg, este empieza a pedir por su vida, pero es tarde, ella ya advirtió que él solo quiere complacerla, que siempre se someterá a su voluntad y hará lo que ella quiera, en términos hegelianos es un esclavo, y la docilidad del esclavo siempre es repugnante para su amo.
El arconte moderno y su ley.

Jacques Derrida (1997) se ocupó tempranamente de una problemática que con la digitalización creciente de la información se ha vuelto central: el archivo, un término sobre el cual advirtió una carencia de conceptualización. Nuestra sociedad se ha vuelto un conglomerado de archivadores seriales. Somos escribas y archiveros, poseemos en nuestros ordenadores más y mejores medios para procesar y guardar información que cualquier convento del medioevo y sin ir más lejos, quizás más que cualquier empresa industrial de principios del siglo pasado.

Martin Hilbert, Doctor en Ciencias Sociales, fue el primer investigador en estimar cuánta información hay en la web. En una entrevista con la revista The Clinic, (Hopenhayn, 2017) afirmó que hasta hace dos años había en la web 5 zettabytes de información. Un zettabyte es igual a 1021 bytes, por lo que si se pusieran todas las imágenes en texto a la manera de código de programación, 5 zettabytes equivaldrían a 4.500 pilas de libros que empiezan en la tierra y llegan hasta el sol. Este número se duplica exponencialmente cada dos años y medio, por lo cual Hilbert calcula que en la actualidad la cantidad de información ronda los 10 zettabytes.

La problemática del archivo tiene grandes implicancias éticas, sobre todo si este se vuelve instrumento para avalar verdades en materia jurídica, científica o política. El archivo como institución fue primero monopolizado por la Iglesia, luego por los Estados a través del poder judicial, museos, bibliotecas, o archivos generales, y hoy va camino a ser monopolizado por las empresas privadas en forma de big data, segmentado en bases de datos, susceptibles de ser compradas o vendidas al mejor postor.  

Paul Ricoeur, también enfrentó la problemática del archivo pero desde los usos que se le confería en la construcción del discurso histórico. Con una posición prudente, se refería a la relación archivo-memoria viva (mneme) de la siguiente manera:

“Al mismo tiempo, todo alegato a favor del archivo permanecerá en suspenso en la medida en que no sabemos, y quizá nunca sabremos, si el paso del testimonio oral al testimonio escrito, al documento de archivo, es, en cuanto a su utilidad o sus inconvenientes para la memoria viva, remedio o veneno –pharmakon-…” (2010: 218)  

Esta prudencia se funda en la certeza de que el archivo es una parte crucial de la construcción de la verdad histórica, pero también se sostiene en el desconocimiento de cómo la memoria externa (hypomneme) opera sobre la memoria natural (mneme). Ricoeur se preocupó por descifrar los cambios semánticos y simbólicos que trae aparejado el pasaje de lo que podríamos llamar lisa y llanamente, la vida, es decir, el devenir humano, a la historia narrada, escrita. Para los futuros investigadores que se animen a retomar esta línea los interrogantes serán más complejos, ya que hoy esta vida está narrada en forma de código, almacenada en servidores ubicados en California y expuesta en pantallas como texto, audio e imagen en miles de millones de pantallas alrededor del mundo.

Derrida en cambio, abordando el problema desde el psicoanálisis, afirmaba con todas las letras, desde el título de su obra, que sufrimos un Mal de Archivo y encontraba en el abordaje que plantea Ricoeur el problema, del historiador que se resiste a ser psicoanalista tanto como se resiste a no serlo. El mismo problema que sufre el comunicólogo si quiere tratar de cerrar la brecha entre las nociones de individuo y sociedad a la hora de abordar un análisis que implique la memoria y el olvido. Derrida, siendo más psicoanalista que historiador, puede sostener su posición desde los conceptos del psicoanálisis y traspolarlos al campo social así, uno de los postulados que este enfoque le permite es el de afirmar que el archivo posee una estructura espectral (1997: 92), ni presente ni ausente, siendo solo una huella capaz de ser recibida y resignificada por miradas que jamás podríamos cruzar con la nuestra.

Estas dos vías de análisis nos llaman a un debate que nos muestra amplias posibilidades de abordaje para nuestro tema. Sería difícil desplegarlo en estas páginas pero por el momento debemos conformarnos con señalarlo. En la actualidad, estas dos vías no pueden obviar el big data como piedra angular de una arquitectura que podría llegar a erigirse como sostén de nuestra memoria personal y social en un mediano plazo, por eso, reparemos en un pequeño esquema que nos traza Derrida sobre el archivo y que, por parecer demasiado obvio, puede pasar desapercibido.

En la antigua Grecia, los arcontes eran aquellos ciudadanos que poseían poder político y reconocimiento público como autoridad, hecho que los hacía guardianes de documentos oficiales y los convertía por transición en sus legítimos intérpretes (1997: 10). El arconte, poseía los documentos en su archivo, los ordenaba y los clasificaba según su propio sistema (consignación) el cual le daba legitimidad para interpretarlos y potestad para pronunciarse sobre ellos, ¿quiénes son entonces los arcontes de hoy? Todo parece indicar que un jugador monopólico de Internet, que se ha puesto como objetivo ordenar toda la información del mundo, como ha hecho Google (Cassin, 2008: 12), asoma como la figura más visible en esta dirección.



Trasparencia y Opacidad.  

Si todo lo que volcamos constantemente a la red queda registrado en servidores que no nos pertenecen, y las leyes no nos amparan para hacer reclamos sobre esa información que estamos dejando, a veces sin saberlo, en manos de grandes compañías y Estados para que la utilicen discrecionalmente sin rendir cuentas, ¿Quién tiene una voz autorizada para hablar de nuestro pasado además de nosotros cuando nos volvemos personas públicas en constante exposición? ¿De quién es nuestro recuerdo?

En otro buen ejercicio de especulación acerca de a dónde nos pueden conducir estos nuevos modos de vida que se han inaugurado en la última década, la serie Black Mirror en el episodio 3 de la primera temporada, llamado The Entire History of You, (Toda tu historia) -Amstrong y Welsh, 2011- narra una realidad distópica donde todos llevan implantado detrás de su oreja un grano. Este dispositivo registra la totalidad de lo que ven, almacenándolo para tenerlo siempre a disposición y compartirlo con los demás.

Cualquier similitud con las Google Glass parece una coincidencia, pero las principales Facebook, Snapchat, Google y Microsoft acaban de anunciar su apuesta por la realidad aumentada para lo cual sería indispensable reemplazar el teléfono por gafas que puedan portar cómodamente una cámara que lo registre todo (Tynan, 2017). En este episodio de la serie, el protagonista, Liam Foxwell (Toby Kebell) sospecha de una infidelidad de su esposa Ffion (Jodie Whittaker) y confirma sus temores a partir de obligarla a compartir con él los recuerdos del encuentro donde ella le fue infiel con otro hombre, recuerdo que deseaba conservar en secreto.   

A diferencia de redes como Facebook o Twitter donde los usuarios introducen información voluntariamente, Google, obtiene su información a través de cookies, un archivo pequeño que sus servidores envían al disco duro de cada usuario para registrar sus preferencias y trazar un perfil de las actividades que desarrolla en la web. Para el periodista Gerarld Reischl, está es una especie de política de aprovechar la puerta abierta, ya que la compañía se escuda en la necesidad de instalar cookies para mejorar la experiencia del usuario:  

“El truco de Google es, por sí mismo, muy banal. Consiste en aplicar la máxima de ‘dar y recibir’ con un equilibrio que la propia empresa se encarga de administrar. Google ofrece gratuitamente la función de búsqueda, amén de otros programas, y a cambio recoge información sin pedirla realmente. Servicios gratuitos a cambio de tu esfera privada.”  (2009: 34).

Esta afirmación no implica adherir a la teoría conspirativa de que Google o el gobierno de los Estados Unidos esté espiando a cada uno de nosotros las 24 horas del día, pero debemos advertir que Internet es una tecnología de vigilancia que ofrece la posibilidad de realizar un seguimiento exhaustivo del usuario promedio. Google es el claro ejemplo de una empresa multinacional privada, que ha hecho su capital a partir de acaparar información de usuarios, la cual convirtió en su principal activo, y como todos sus activos, es susceptible de correr la suerte que los directivos de la compañía determinen.  

El ejemplo de Google también muestra que para la compañía no es importante saber qué es lo que los usuarios hacemos en Internet, sino tener a disponibilidad  nuestra información, stockearse de ella, hasta el momento en que como toda mercancía, se vuelva de alguna forma capitalizable política o económicamente. Para el caso, señalemos el ejemplo de las relaciones entre Google y China cuando este gobierno puso como condición, que se quitaran imágenes sobre las protestas de Tiananmén en los resultados de búsqueda para que la empresa norteamericana operara en el país,

También tomó relevancia la decisión de Google de entregar a las autoridades israelíes la dirección IP de un bloguero anónimo que había denunciado a políticos locales (Reischl: 67). Las posibilidades de uso del big data aún no han desarrollado todo su potencial, pero ya muestran una faceta preocupante en el plano de la vigilancia política. Recientemente, también ha tenido difusión un estudio de científicos británicos que, sirviéndose de datos públicos de la web, trazaron un perfil geográfico para determinar la verdadera identidad del artista Banksy, conocido tanto por la ácida crítica política de su obra, como por su invulnerable anonimato (La Nación, 2016).

El filósofo surcoreano Byung-Chul Han (2015) ha llamado a este fenómeno de archivación moderno protocolización general de la vida. Todo lo que hacemos en la web queda registrado y es convertido en huellas a partir de las cuales se pueden trazar recorridos, tendencias, rutinas y perfiles de consumo. Millones de datos por segundo que volcamos a la red a través de nuestros dispositivos permiten a los grandes recolectores de datos, como Google, Facebook, o Acxiom, obtener más información sobre nosotros de la que podría tener cualquier servicio secreto del mundo, dice Han:

“Cada click que hago queda almacenado. Cada paso que doy puede rastrearse hacia atrás. En todas partes dejamos huellas digitales. Nuestra vida digital se reproduce exactamente en la red. La posibilidad de una protocolización total de la vida suplanta enteramente la confianza por el control. En lugar del Big Brother aparecen los big data (grandes datos). La protocolización total, sin lagunas, de la vida, consuma la sociedad de la transparencia.” (2015: 100)

En el neoliberalismo imperante, la tercerización de actividades clave del Estado, desdibuja los límites entre este y las empresas privadas, sobre todo en lo referido al big data, donde son los privados y no el Estado los que cuentan con el know-how del servicio, lo que lleva a que en materia de información se recurra a una vigilancia permanente ejercida de manera conjunta. Han enfatiza que las sociedades de control descritas por Foucault a partir del panóptico de Bentham, han migrado a un panóptico digital, donde todos vigilan a todos en todo momento delegando la vigilancia y el control en los individuos. Así como bajo la lógica del emprendedor, el explotador se convierte al mismo tiempo en el explotado, a partir de los dispositivos digitales el vigilador es el vigilado en la promesa de la seguridad.

Estas nuevas manifestaciones de la explotación del ser humano, donde se le expropia plusvalía, incluso, cuando goza de un entretenimiento en su tiempo libre, distendido compartiendo contenido de su cotidianeidad en las redes sociales, cierra la era de la biopolítica e inaugura una etapa de psicopolítica digital (Han, 2015: 106), de la cual todavía no podemos avizorar las consecuencias que tendrá en la esfera social pero nos habilita preguntas claves ¿puede nuestra memoria ser explotada económicamente por las grandes empresas de tecnología? ¿Estamos yendo hacia una exteriorización digital de la memoria que terminará separándonos de nuestros propios recuerdos?

CONCLUSIONES

La lógica de funcionamiento de las nuevas plataformas digitales poseen estrategias marcadas para recolectar datos personales y es a partir de ellos que muchas sostienen sus negocios, pero eso, parece ser lo de menos. Estas estrategias y lógicas de mercado que se mueven alrededor de este nuevo comoditie están transformando profundamente nuestra subjetividad, nuestros modos de acceder a nuestros recuerdos, nuestra sociabilidad, nuestro relacionamiento.

En medio de estos cambios, buscamos sentidos tratamos de asimilar y resignificar las nuevas prácticas que se nos presentan como la amistad por Facebook, la búsqueda de pareja a través de aplicaciones, o la búsqueda de respuestas en Google. Pero un gran escollo sale al paso cuando una nueva cultura de la positividad nos refriega todo el tiempo por las redes, que debemos ser felices y nada más, aunque sabemos que la vida, no es solo felicidad (sea lo que esto sea) sino que es también negatividad, dolor.

Nuestra memoria retiene a estos dos estados. Hechos desagradables, sucesos traumáticos y experiencias dolorosas conviven en la constitución de nuestras subjetividades con la risa, la diversión, los buenos momentos y los lindos recuerdos, pero la sociedad positiva insiste en que nos quedemos solo con estos, y olvidemos los primeros. Sin embargo, aun si se realizara esta utopía y solo recordáramos las cosas buenas el tedio y el dolor podrían aparecer por otro lado, por la añoranza de la naturaleza, por la saturación de la hiperconectividad o por nuevas formas de dolor, que ya parecen aflorar con lo digital, en la ansiedad y la desesperación de los que sufren que les claven el visto.

Internet con sus plataformas y nuevos dispositivos ya está aquí. Hemos cruzado un umbral tecnológico del cual no hay retorno y muy probablemente estas nuevas tecnologías transformen nuestra subjetividad al punto de que dependamos de ellas para acceder a nuestras sensaciones y recuerdos. La forma de lo humano en lo que respecta a la subjetividad y a la ideología humanista empieza a emprender un fuerte cambio, como el que emprendió durante el siglo pasado sobre el cuerpo. Mientras los avances en prótesis corporales ya pisan sobre seguro, las prótesis mentales empiezan a caminar y lo hacen muy rápido y no será de extrañar que el paradigma imperante de la tecnología como suplemento frente a las falencias humanas, se acerque como Theuth a ofrecernos nuevos pharmakones para los males de nuestra conciencia.

Cada vez mediatizamos más nuestra vida y la frontera entre vida real y vida digital se borra, ambas se fusionan porque las dos son la vida real, pero, así como nos comportamos de cierta manera en casa y de cierta manera en público; nos comportamos de cierta manera en la red y de cierta manera en la calle.

El espacio virtual es hoy una mise-en-scène constante donde los milennials y los adultos jóvenes, hijos de la televisión, la fotografía y el cine, manejan con maestría el diseño de las personalidades digitales que actúan en esa puesta. El diseño de sí mismo, saber qué y cómo mostrarse, construir los planos, las poses, el encuadre, el manejo de la edición para que nada indeseable se vea en la narración, se torna una responsabilidad estética de la que uno debe hacerse cargo al exponerla ante los demás. Eso tiene fuertes implicancias en la constitución de una subjetividad siempre cambiante a la que se le exige constante adaptación a lo aceptado socialmente.

Con la frontera difuminada entre la vida real biológica y la vida digital en el espacio virtual, se vuelve difícil separar la experiencia de su registro, lo producido de lo consumido. En este contexto, las grandes empresas capitalizan la subjetividad a través del big data y nuestra memoria, procesada como algoritmo y cruzada en una base de datos, se vuelve un importante elemento de predicción del comportamiento que parece encaminarse a la expansión del control social en un estadio complementario de la biopolítica que tendrá por finalidad regir los recorridos de la mente, la psicopolítica digital.

El paradigma de la comunicación masiva gira a la personalización y la hipersegmentación publicitaria, para la cual, nuestra memoria es un capital fundamental. Cada uno de nosotros puede ser monitoreado las 24 horas del día y dejar constancia si le gustó la comida de un restaurant, los zapatos de una tienda, o un programa de tv. Este registro del comportamiento, una memoria convertida en dato duro en sí o no, en me gusta o no me gusta se vuelve la clave. Las empresas pueden ofrecerle a cada comprador el producto que quiere, los medios darle a cada espectador solo las noticias que le agradan, y la política ofrecer un candidato a medida de todos los ciudadanos.
Las formas de este emergente paradigma de control social ya empiezan a experimentarse, ensayan a prueba y error y la memoria será un campo clave, por ser el vértice que une el pasado con el futuro.

 

 



 

 

 



 

 

BIBLIOGRAFÍA



  • Cassin, Barbara (2008). Googleame: La segunda misión de los Estados Unidos. Fondo de Cultura Económica: Biblioteca Nacional, Buenos Aires.

  • Derrida, Jacques (1997) Mal de Archivo. Una impresión freudiana. Editorial Trotta, Madrid.

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  • Platón (2008). Fedro, Editorial Gredos, Barcelona.

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