Iterapia existenciali



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ITERAPIA EXISTENCIALI

REVISTA SEM TERRA Brasil (Revista del Movimiento de Los Sin Tierra)

Por Silvia Adoue y Marco Fernandes


(Traducción del portugués)
Alfredo Moffatt es autor de obras como “Psicoterapia del oprimido” (Editorial Cortez - 1981), “Terapia de Crisis” (Editorial Cortez - 1982) y “En caso de angustia rompa la tapa” (Bs. As. Astralib - 2003). Fue discípulo de Pichón Riviere (ver recuadro), uno de los principales responsables de la formación de la Psicología Social argentina.

Él estuvo muchas veces en Brasil, en los años 70’, dando seminarios en universidades y haciendo experiencias de psicodrama en comunidades pobres, llegando a trabajar en colaboración con Paulo Freire. Moffatt habló para la revista SEM TERRA sobre su experiencia y su producción teórica como psicoterapeuta desarrolladas en décadas, principalmente entre las clases populares.


Enrique Pichón Riviere (1907- 1977) promovió una síntesis entre el psicoanálisis y el marxismo, creando la Psicología Social argentina. En “Psicología de la vida cotidiana” (Martin Fontes - 1998) escrito junto con Ana Quiroga, sostiene que la visión del mundo y las prácticas de los seres humanos están directamente relacionadas con las maneras en que su existencia material se produce y reproduce. Un cortador de caña de Pernambuco, un ingeniero de producción de Volkswagen y un empresario poderoso forman parte de un mismo pueblo, por ejemplo, sus emociones con respecto al significado que le dan a la salud, a la muerte, al sexo, a la familia y al tiempo. “La Psicología Social que postulamos, tiene como objeto el estudio del desenvolvimiento y transformación de una realidad dialéctica entre la formación social y la fantasía inconsciente del sujeto, sostenida sobre en relación con sus necesidades”.

Sem Terra _ ¿Cuáles de las innovaciones de la Psicología Social de Pichón Riviere están relacionadas con el psicoanálisis?

Alfredo Moffatt _ Pichón Riviere hizo una operación que era imprescindible para el pensamiento psicoanalítico del momento actual: “Llevar el diván a la calle”. No sólo para considerar el contexto social sino también para incluir la grupalidad. La relación del paciente sólo con el psicoanalista lleva a la sumisión.

El psicoanálisis fue adecuado en una época de represión de la sexualidad. Además este es un modelo muy ligado a la familia tradicional pequeño- burguesa y machista. Donde la mujer era un sujeto de segunda categoría que siente envidia por el pene. Cuándo, en realidad, es el hombre el que tendría que envidiar el útero de la mujer que permite concebir un hijo!. Pero la represión sexual ya no existe más como a principios del XX. Hoy el sexo no es más un problema central. Para nosotros importa más el problema del tiempo, de un “proyecto de futuro”.

Pensemos en Freud, él pasó del siglo XIX al siglo XX. Él vivió 40 años en la misma calle!. Las mudanzas eran muy lentas en aquella época. El tiempo no era un problema. Eso se altera después de dos guerras mundiales, que destruirían todo ese mundo “ordenado y feliz”, ese mundo de certezas. Entonces, en Europa surge el pensamiento Existencialista.

Hoy nos interesa, sobre todo, el problema del “proyecto de vida”, o la falta de un proyecto de vida, la incertidumbre de que es lo que vendrá. América Latina vive una brutal injusticia social que margina, te deja afuera del sistema. Fuera del trabajo y por lo tanto fuera del tiempo, fuera de un proyecto de vida.

Porque el desempleo interrumpe el proyecto de futuro, porque el desempleado no sólo no tiene posibilidad de reinserción laboral y no sólo pierde su sustento, pierde la hora, pierde su rol, pierde la mitad de su identidad, porque Freud decía que: ser sano era poder amar y trabajar. Ahora imaginen los millones de jóvenes hoy, que ni siquiera tienen acceso a su primer trabajo, que eso, a su vez, les daría la posibilidad de tener una compañera/o, tener un hijo. Enfrentan un vacío existencial insoportable. Por lo tanto aparece la violencia, el alcoholismo, las drogas.

Por esos motivos era necesario un cambio de paradigma. Pichón Riviere comenzó ese cambio pero faltó un mirar más existencial.


ST _ ¿Cuál sería ese cambio de paradigma que usted propone?

AM _ El ser humano es en realidad una “historia”. Su identidad es una “historia”. No es un “aparato psíquico”. Ese es un modelo muy mecanicista. Freud hizo lo que podía hacer para aquella época. Eso explica que 100 años después se siga con un modelo así, porque la teoría terapéutica se convirtió en religión. Cuando una teoría terapéutica traspasa su momento histórico inevitablemente se transforma en religión. Actualmente es un ritual: el paciente entra, da la mano, se recuesta en el diván; esto significa que abandona el cuerpo, y el psicoanalista, como si tuviese visión de rayos X, les lee el inconsciente.

Nosotros necesitamos tener “pistas” de la infancia sólo para poder armar un proyecto de vida. El psicoanálisis no tiene concepción de futuro. Es apenas el pasado, solo con la palabra y solo con el individuo. Nosotros hacemos “tres aperturas” cambiando estos tres puntos: de “individuo a grupo”, de la “palabra al cuerpo” y del “pasado al futuro” para poder cambiar. El grupo ayuda en el cambio sobre la vida.

Por otro lado, una persona hablando del pasado es lo que le conviene al sistema. Esto es obvio, por que no hay cambio. La persona adolece porque no puede enfrentar el futuro y no porque no entiende su pasado.

El cambio del paradigma parte por invertir la pregunta. No preguntar por la locura, la locura no existe, existe la salud. El frío no existe, el frío es la falta de calor. La muerte no existe, la muerte es la falta de vida. Un loco es aquel que no aprendió la salud. Por ejemplo: un melancólico (depresivo) es aquel que no aprendió a decir adiós, quedó agarrado al pasado.

El tiempo es lo que la gente produce y el YO existe en el “no-tiempo”. Vos no podés preguntarme “ ¿Qué es el tiempo?”. Por que sería equivalente a preguntarle a un pez ¿qué es el agua?. Y él respondería: “Agua... ¿qué agua?”. Ahí, cuando el pez es retirado del agua, él la percibe, (risas). Y uno también, cuando es retirado el tiempo surge el brote psicótico: ¡Ah, el tiempo!. En un brote psicótico se ve en forma aguda el sentimiento de soledad y de paralización del tiempo. Estamos solos y aislados. No existe nada, no existe el tiempo, existe la sensación de lo que pasó y la sensación de lo que va a pasar. Existe el recuerdo de lo sucedido y la expectativa de lo que va a suceder.


ST _ En su libro “Psicoterapia del Oprimido, de 1974, usted estudió el fenómeno de algunas sectas de curanderos, comunidades evangélicas, etc. Llamó a estas “Psicoterapias Populares”. ¿Qué aprendió usted analizando este fenómeno?

AM _ Hay un gran agujero que genera angustia con relación a la muerte y en el caso de las clases populares es agravado por la falta de condiciones mínimas de existencia. Por eso existen las religiones, para tapar los agujeros, que son: la iglesia católica, la evangélica, las sectas, etc. No importa que las religiones sean falsas pero si importa que el agujero es verdadero. Entonces es preciso que haya religiones. Si no hay asistencia médica, busco un curandero, que me cura por medio de la sugestión. Como las histéricas de Freud...

Nuestro pueblo siempre utilizó de nuestras propias psicoterapias. El psicoanálisis, por ejemplo, no funciona para las clases populares, no porque no se puedan pagar por las consultas, fundamentalmente porque la mayoría absoluta de los psicoanalistas – que son de clase media para arriba – tienen que curar a partir de una visión del mundo y del universo simbólico de su clase. Y sus concepciones (de sexo, de muerte, amor y familia) son muy diferentes de las concepciones que organizan la realidad para nuestro pueblo. Y son esas concepciones, ese universo simbólico, que operan en las “Psicoterapias Populares”. Eso es lo que yo pude constatar frecuentando algunas de esas iglesias, comunidades, sectas, etc. y analizándolas.

Con esto no quiero decir que parte de la estructura teórica del psicoanálisis sea inútil. Por el contrario: solamente a través de una re interpretación de técnicas analíticas, a partir de la cultura popular, podemos rescatar, a lo mejor, las técnicas psicoterapéuticas.

Por otro lado, las “psicoterapias populares” también están llenas de aspectos regresivos. Por ejemplo: en general, hay un endiosamiento de figuras que “curan”, ya sea un “mano santa”, o un curandero, o un pastor; funcionan más como una terapia de apoyo, sin resolver lo que está pasando, no a fondo, como imagen- paciente”, y pasan rápidamente a una visión de esperanza. En suma, se trata casi siempre de una transformación no a nivel personal, meramente adaptativa al sistema, pero nunca en una situación de toma de conciencia de su situación de clase, del origen real de sus problemas, que son las brutales condiciones de vida.


ST _ Partiendo de esas consideraciones, nace la propuesta de la “Peña Carlos Gardel”, que usted describe en el libro, ¿no?. ¿Cómo fue la experiencia de una terapia “alternativa” a partir de la Peña en el Hospicio de Buenos Aires, o el Borda en los años 70’? (Peña es un evento que reúne muchas prácticas festivas populares en Argentina)

AM _ Comenzó despacito, con un churrasco. Después con un tocadiscos. Y ellos ya tenían hecho un enganche para la luz. Porque todo era clandestino. En el fondo del Borda (hospicio). Era subversivo. Era como “Sierra Maestra”. Y yo estaba alucinado con esa imagen. Entonces, los sábados era la fiesta. Los chorizos eran donados por un frigorífico. Robaban leña de la cocina durante la semana. En tres meses ya hacíamos “Asambleas Comunitarias” en donde todos decidíamos que íbamos a hacer o cómo lo íbamos a hacer.

Decorábamos el ambiente a la sombra de un árbol, formábamos grupos que eran rondas de mateada, grupos de danza, de pintura, entre otros. Había actividades simultáneas, para que pudiesen elegir o hacer de acuerdo a como estaba el estado de su espíritu: los que estaban más melancólicos, se juntaban para tomar mate. Aquellos más eufóricos, bailaban... Se formaron grupos de “cooperativas de trabajo”, que hacían algunas artesanías para vender en la semana y ganar un poco de plata. E hicieron la Plaza del Borda: veinte psicóticos transformados en albañiles.

Hacíamos viajes fuera del hospicio. Fuimos para una manifestación masiva (en la época del presidente Héctor Cámpora, en 1973), en donde estaban los compañeros guerrilleros. Y nosotros con una pancarta que decía: “Hospital Neuropsiquiátrico Borda. Presente”. Y los jóvenes, “guerrilleros feroces” nos preguntaban: “Che, ¿son tranquilos?” (risas). Restituíamos la civilidad. Hicimos un mástil grande y subíamos la bandera. En las fiestas patrias tocábamos el himno, izábamos la bandera y declarábamos: “territorio liberado”. Y por ahí los psiquiatras no pasaban, iban por el costado. Por que ahí, cada vez que pasabas tenías que demostrar si eras sano o loco.

No recibíamos nada. Usábamos nuestro tiempo libre.

Nada de eso era reconocido por el hospital. Era aceptado porque la universidad y la prensa lo apoyaban. Era aceptado porque la universidad y los medios apoyaban. Cuando vinieron los militares, salimos quince días antes y nos escondimos, porque éramos considerados comunistas, perversos, los peores. Y.. Peronistas. Imposible ser popular sin ser peronista.

Fue una aventura bellísima: mucho amor. Y había una fuerza del mismo grupo que trasmitía y recibía mucho contacto: eran compañeros “de adentro” y compañeros “de afuera”. Inclusive, compañeros “de adentro” que podían salir se transformaban en parte del equipo. Eso que se producía con amor era esperanza de futuro, que da salud.


ST _ Esa experiencia con los internos del Borda generó otras experiencias para personas que no estaban internadas, cómo el Bancadero, ¿no? ¿O, qué es el Bancadero?

AM _ El “Bancadero” tiene 25 años. Atendió a 40 mil pacientes y los psicólogos nunca recibieron nada. Es un trabajo solidario. Cuando terminó la dictadura comenzamos con el “Bancadero”. “Bancar”, sería en castellano algo así como “asegurar las puntas” (apuntalar). Un espacio solidario en donde compartir la angustia. Rueda de mateada, psicodrama. Llegamos a una casa destruida, sin profesionales, sin dinero, sin permiso... entrené unos 40 asistentes en cuatro meses en “Primeros Auxilios Psicológicos”. Primero con técnicas de contención, sólo hablando, sin cualquier movilización. Después acrecentamos el psicodrama. Arreglamos la casa de 15 cuartos con los “pacientes”, en una autogestión comunitaria. Después de trabajar, los que venían neuróticos, hacíamos una ronda para decir lo que habíamos sentido. Entonces, un depresivo, que se considera la persona más inútil del mundo, movía los ladrillos, arreglaba el piso, colocaba un caño y decía: “¡Hoy conseguí hacer esto!”. Y se curaban por medio de la reparación. A parte, veníamos de la “noche negra” de la dictadura. Era como una primavera.

El “Bancadero” era: “Curaos los unos a los otros”. Ahí eran 300 asistidos por semana, 70 asistentes. Una institución marginal, nunca tuve licencia de la Secretaria de Salud Pública. Hacíamos verdaderos carnavales de 300 pacientes, donde se incorporaban los terapeutas, bailando. Pero cuando volvían las rondas de mateada se restituían los roles. Para que no halla caos es preciso mucha organización.



ST _ ¿ Cuál es la contribución que la Psicología Social puede aportar para la transformación de la sociedad, para la construcción social? Para la construcción del socialismo.

AM _ Una vez, en una marcha, un compañero del pueblo, peronista, me dice: “¡Somos feos… pero somos muchos!”. Y eso es verdad, por eso las cosas se van a concretar. ¿Ustedes saben cuantos eran “feos” aquellos que tomaron el Palacio de las Tullerías (en 1871, en la comuna de París)? ¿O los que tomaron el Palacio de Invierno (en 1917 en Rusia)?

La cosa es que el pueblo hace los movimientos y nosotros, como psicólogos, podemos utilizar algunas herramientas y métodos sobre como tomar mejor el Palacio de Las Tullerías...

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