Individualismo anárquico y civismo solidario



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Individualismo anárquico y civismo solidario:

apuntes de ecología social venezolana.

 

Axel Capriles M.



“Sepa usted que Juan Crisóstomo Payara no acata sino las leyes que él mismo se haya impuesto”.

Rómulo Gallegos

Cantaclaro.1

 

En psicología primitiva dos entidades separadas pueden constituir un único ser. Es lo que el antropólogo francés Levy-Bruhl denominó ley de participación. Ésta remite a un nivel de operación mental (presente en todos nosotros) donde ocurre una participación íntima entre las personas, los grupos, los objetos y los elementos inmateriales. Las personas no realizan una distinción tajante entre ellas y los demás seres de su entorno, sus familiares, los miembros de su clan, y mantienen un conexión íntima con las instituciones sociales y la naturaleza. A pesar de que existe una clara conciencia personal, no podemos inferir la noción de individuo tal como lo concebimos hoy en Occidente. Los límites de la individualidad son diferentes, imprecisos, difusos. Si bien la ley de participación no puede ser entendida como una ley filogenética referida a la historia y evolución de la conciencia, sino como una descripción de los niveles del psiquismo en el hombre y la mujer actuales, no podemos dejar de afirmar que el principal logro del hombre moderno occidental fue la creación del individuo. Pero el surgimiento de la individualidad no está exento de contradicciones y conflictos. ¿Hasta qué punto la afirmación del individuo libre, autónomo e independiente, implica la atomización social y el descuido de la vida pública y comunitaria? El presente ensayo intentará señalar algunos de los problemas surgidos de la extrapolación del individualismo, es decir, el individualismo anárquico centrado en los deseos personales y los derechos individuales sin tomar en cuenta las obligaciones y deberes ciudadanos.



En 1991 comencé la construcción de una atractiva torre de oficinas en El Rosal, sector de Caracas que se había convertido en el centro empresarial de la ciudad. Era mi primera obra de envergadura. A pesar de la rapidez con que habíamos ejecutado el proyecto y los muros colados de los sótanos, apenas la estructura salió a nivel de calle, la obra comenzó a perder ritmo hasta que el retraso exasperante de la albañilería me obligó a reconsiderar todo el modelo gerencial. Hasta ese momento, habíamos utilizado las más avanzadas técnicas de planificación y gerencia de construcción, control de inventarios, Pert CPM, un ágil diseño de equipo de ingeniería e inspección. La estructura estaba siendo construida por mi empresa directamente, con maquinaria y personal propio, mientras que la albañilería y los servicios los habíamos contratado con dos reconocidas firmas de construcción. Después de muchas consultas y conversaciones con constructores más experimentados, nos dimos cuenta de que lo mejor que podíamos hacer para terminar a tiempo la torre era despedir a todo el personal a sueldo y volverlo a enganchar como contratistas independientes. Con las empresas que habíamos sub-contratado logramos un finiquito y un acuerdo para incorporar a sus maestros, albañiles, plomeros y electricistas a título personal, de manera independiente.

Una pregunta obvia comenzó a rondar mi cabeza: ¿por qué una misma persona se esfuerza y rinde más como contratista independiente que como empleado de una firma empresarial, a pesar de que sus ingresos y tiempo de trabajo son más o menos los mismos y hasta, en ciertos casos, inferiores? Ello sin contar la seguridad social. A partir de allí comencé una investigación incidental haciéndole a todos los contratistas de nuestras obras una misma pregunta: ¿qué prefiere, trabajar como contratista independiente o como empleado en una empresa con todos los beneficios sociales de ley? Adicionalmente indagué en el por qué de su elección. A pesar de la gran variedad de respuestas que las preguntas abiertas de esa índole suelen producir, el 37,21% de los encuestados respondió que se desempeñaban como contratistas independientes porque preferían “trabajar por su cuenta”. Tan sólo un 23,26% respondió que lo hacían porque ganaban más, mientras que aproximadamente el 18,60% expresó que esa era la forma como se trabajaba en construcción.2

Los resultados observados en la industria de la construcción parecen ser similares a los de la población trabajadora en general. Son la expresión de un rasgo de carácter anclado en lo más profundo de nuestra complexión histórico cultural. Un estudio sociológico sobre los valores sociales y aspiraciones de los venezolanos destaca que una de las principales “cosas por las que vale la pena esforzarse” es la independencia laboral, tener su propio negocio, trabajar por su cuenta, sin jefes, sin horarios, con normas y programación propia, sin nadie que los mande. Como señalan González y Phelan, autores de la investigación:

“En relación a la cultura de trabajo, nos encontramos en esta clase con un buen número de individuos que declararon que lo que más les gusta de un trabajo es desarrollarlo con independencia, por ello el 70% de los que componen la clase desean ser dueños, alegando que de esta forma estaría más tranquilos, no tendrían horarios ni quien los mande. Se observa aquí más claramente el componente individualista al que hicimos referencia anteriormente.” 3

Otras investigaciones sobre la economía informal en Venezuela apuntan en la misma dirección. Un trabajo sobre la microempresa como alternativa económica señala que la mayoría de los microempresarios entrevistados comenzaron su proyecto motivados por el deseo de independizarse. Preguntados ¿por qué usted se hizo microempresario?, el 50% de los entrevistados apoyados por el Centro al Servicio de la Acción Popular (CESAP) y el 37% de los financiados por la Fundación Eugenio Mendoza, respondieron que lo habían hecho para ser independientes, mientras que sólo el 25% de ambos grupos argumentó haber estado motivado por un bajo nivel de ingresos4. El móvil principal para crear una microempresa y trabajar en el área informal de la economía había sido, pues, la necesidad de sentirse independientes, el deseo de no tener jefe, de manejar su tiempo y su vida a su antojo, de no tener nada ni nadie por encima de ellos, de no estar obligados a seguir normas ni tener que conformarse a las reglas de otros. Es decir, buena parte de las microempresas de la economía informal venezolana debían su origen, no a un motivo económico sino psicológico. Una variante más amplia de la proposición de Hernando de Soto5, en el Perú, quien entendió la economía informal como una reacción ante la excesiva regulación del Estado en las actividades económicas de los individuos que lleva a las empresas y a las personas a evadir los controles oficiales, a desempeñarse independientemente al margen de la ley. Es el libre desempeño de la iniciativa privada.

Yo entiendo el afán de independencia como un valor, como un rasgo central del igualitarismo social, de la democracia y del espíritu de la modernidad. Sin embargo, basta vivir unos días en el tráfago capitalino de la ciudad de Caracas, basta recorrer a pie las calles del centro urbano repleta de buhoneros, para descubrir que en nuestra economía informal hay algo más que simple necesidad económica o deseo de independencia, hay un acendrado anarquismo que pasa los límites del individualismo para moverse en el espacio del arquetipo del “alzao”. La vida venezolana nos asoma a una complejidad social que no puede ser constreñida por modelos económicos o políticos que pierden de vista la intervención de factores anímicos, históricos y culturales. La hipótesis que pretendo defender en este ensayo es que el individualismo anárquico es uno de los dominantes de la personalidad modal o el carácter social del venezolano, la personificación de un valor de la cultura subjetiva con que percibimos e interpretamos el ambiente social.

Si algo ha sido reiteradamente mencionado como un rasgo distintivo de nuestra idiosincrasia es el intenso y particular afán de independencia. Pero más que el impulso libertario, en nada diferente del de otras sociedades y naciones, lo que nos marca de manera peculiar es el absolutismo personal, la insumisión rebelde, el marcado individualismo convertido en personalismo a ultranza, donde siempre predomina la voluntad de no estar sometido a nada ni a nadie. Como señala Carmelo Salvatierra, “todos los protagonistas de la barbarie, en la novelística galleguiana, y los protagonistas de la mayor parte de la narrativa de otros escritores venezolanos, son personajes que no reconocen más ley que la que ellos se quieran imponer, es decir, la de su propio yo. Son rabiosa y categóricamente, autócratas”6. Para Gallegos, el enfrentamiento entre la civilización y la barbarie pasa necesariamente por la lidia con el ser indómito que llevamos dentro, amalgama de ideas y representaciones de nuestra naturaleza ancestral. Así verá Gallegos la lucha interna por el dominio de la civilización: “Pero al fin la ciudad conquistó el alma cimarrona de Santos Luzardo...los hábitos intelectuales habían barrido de su espíritu las tendencias hacia la vida libre y bárbara del hato;7” una conquista que debía reforzarse constantemente para “reprimir los impulsos de su sangre hacia las violencias ejecutorias de los Luzardo, que habían sido, todos, hombres fieros sin más ley que la de la bravura armada”8.

La tradición oral venezolana, depósito cultural de la memoria colectiva, es una importante fuente para el estudio del individualismo anárquico. Dos de sus personajes, Pedro Rimales y Tío Conejo, son personificaciones de una estructura básica del carácter, imágenes arquetipales de nuestro inconsciente colectivo. Los cuentos de Pedro Rimales, pícaro, aventurero, malicioso y egoista, giran siempre en torno a la transgresión y la ruptura con las normas generales y los valores establecidos. En el cuento Las dos mitades de Pedro Rimales, nuestro héroe es tan anárquico que hasta en el infierno arma el caos, apagando la candela de todas las calderas con cruces, hasta el punto que el Diablo prefiere enviarlo al cielo donde San Pedro tampoco lo deja entrar. Pedro Rimales se desentiende de los códigos que rigen la sociedad, es él y nadie más. Es la máxima expresión del individualismo, un sujeto que viola todas las normas existentes, que se burla de los demás, que rompe con los valores del grupo e impone, siempre, sus propias normas y conducta. El Pedro Rimales venezolano es heredero de Pedro de Urdemalas, personaje picaresco de la tradición oral española sobre el cual Miguel de Cervantes escribió una comedia. La literatura picaresca aporta el respaldo psicohistórico a esa particular figuración de la anarquía individualista. El pícaro es un individuo golpeado por la vida que se mueve solo en la sociedad sin importarle las normas y valores colectivos, sin proyectos definidos, evadiendo responsabilidades y aprovechando cualquier oportunidad para vivir mejor su presente. Son seres despreocupados que prefieren el beneficio rápido al trabajo hacendoso, individuos ingeniosos que desprecian la vida ordenada. Tío Conejo, otra imagen arquetipal de la viveza y de la astucia, cuyos cuentos marcaron la infancia de generaciones de venezolanos, es un héroe que lucha por la supervivencia frente al poder, el dominio y la fuerza del orden dominante, pero en esa lucha despliega un acendrado individualismo. En última instancia, para Tío Conejo, como para tantas otras personificaciones del arquetipo del pícaro, lo único que realmente cuenta es su propia salvación y bienestar, la satisfacción de su deseo personal. Tío Conejo no se enfrenta al sistema, pero tampoco se somete a él. Siempre encuentra formas astutas para salirse con la suya.

La historia política venezolana es testigo de la fascinación colectiva con la figura del “alzao”, el insurgente, el rebelde, aquel que se levanta y parte con un piquete para luego volver y dar un golpe de estado. Si el inicio de la conquista de Venezuela es una historia de deserciones, desacatos y alzamientos continuos (pensemos en las expediciones de los gobernadores de los Welser), las rebeliones, levantamientos y revueltas del siglo XIX marcaron un estilo de acción política que perduraría en la mitología romántica del “buen revolucionario”. El ejercicio del poder en Venezuela se ha visto complicado y entorpecido por la dificultad de encontrar cierto orden jerárquico. Testigo de ello fue la difícil consolidación del ascendiente de Simón Bolívar por encima del resto de los próceres de la independencia. Rodeado de oficiales díscolos y altivos, acostumbrados al propio mando sin tener que dar cuenta a nadie, Bolívar tuvo grandes dificultades para hacer reconocer su jefatura. José Francisco Bermúdez, Manuel Piar o Santiago Mariño, no podían aceptar fácilmente tener que someterse a un igual, tan jefe o libertador como ellos mismos.

De todas la imágenes culturales que expresan nuestro carácter social, el “alzao” es la más nuestra, la que más vivimos en el cotidiano. Es el tipo que actúa por su cuenta, sin acatar normativa alguna, el hombre que se colea porque le da la gana o cree tener razón, el “echao pa l´ ante”, el audaz, el altanero que no resiste estar supeditado a reglas y normas abstractas por encima de él. El “alzao” es el deslinde grueso de un modo de existir, el esbozo de una peculiar forma de sentir e interpretar el mundo, una imagen colectiva inserta tanto en la máxima colonial: “se obedece pero no se cumple”, como en la libérrima, agradable y refrescante informalidad. La despreciativa altivez del individuo anárquico que no acepta ni se somete a normas tiene muchas caras. Y ese ser que no concibe formas jerárquicas que lo contengan, esa personalidad autónoma y desprendida, es tanto el actor de los infinitos alzamientos militares del siglo pasado, el burócrata que produjo el caos de la deuda pública de 1982 o el conductor moderno que irrespeta las señales de tránsito, como el amigo cercano que, con refrescante chispa y alegría, nos hace reír con el cuento de cómo saltó los obstáculos y las reglas para obtener lo que él quería.

El estudio del individualismo anárquico tiene particular importancia a la hora de analizar el problema de la pobreza y los obstáculos para el desarrollo económico en Venezuela. Las investigaciones sobre los factores culturales de la pobreza indican que hay un conjunto de creencias, valores y actitudes que están estrechamente ligados al proceso de modernización de la sociedad. La manera en que los seres humanos evalúan su entorno, sus preferencias valorativas, conforman un determinante cultural que sirve para distinguir las sociedades tradicionales de las sociedades modernas. En este sentido, hay dos dicotomías de modos de evaluación que interesan particularmente para nuestro tema. Estas son: particularismo-universalismo y orientación hacia sí - orientación hacia la colectividad. Si el universalismo implica una acción con base en reglas, normas y principios abstractos o generales, el particularismo es una orientación de la conducta hacia las lealtades individuales. De la misma forma, la orientación hacia sí señala una acción con base en los intereses y necesidades personales, alejada de las metas de la colectividad y los otros seres humanos. Las sociedades que han alcanzado niveles de modernización cultural se caracterizan por el reconocimiento del valor de lo colectivo y el sentido de sometimiento a normas generales que nivelan a todos los ciudadanos. También la producción de riqueza parece estar asociada a la valoración de los intereses comunitarios y corporativos en el contexto público y a una organización social a base de principios y normas universales. Nuestra posición pareciera no ser muy esperanzadora. El Proyecto Pobreza de la Universidad Católica Andrés Bello de Caracas señala que el 86,20 % de la muestra manifiesta un modo valorativo tradicional 9. Como señala Mikel de Viana:

“la modernización de la cultura venezolana es fundamental para el mantenimiento y la sostenibilidad de condiciones sociales en las que la pobreza material ha sido razonablemente superada. Pero hay un conjunto de condiciones mínimas de modernidad: ... c. El establecimiento de una ética universalista. d. El establecimiento de sistemas de normas abstractas que constituyan las reglas del juego de los espacios públicos (derecho, mercado, etc.)”10

Al igual que los vocablos “liberal” y “conservador”, las palabras “individualismo” y “colectivismo” se prestan a confusión. Los términos individuo, individual e individualismo, provienen del latin individuus, que significa indivisible, inseparable, e individuum, que significa átomo. Como palabra del francés medieval, comenzó a utilizarse en el siglo XVII, popularizándose su uso en los siglos subsiguientes. Según Jacob Burckhardt, hasta el Renacimiento no hubo en la humanidad una conciencia clara y persistente de individualidad. “El hombre se reconocía a sí mismo sólo como raza, pueblo, partido, corporación, familia u otra forma cualquiera de lo general. Es en Italia donde por vez primera se desvanece en el aire este velo...se yergue, con pleno poder, lo subjetivo: el hombre se convierte en individuo espiritual y como tal se reconoce”18. Hoy, los conceptos de individualismo y colectivismo están referidos, principalmente, al efecto de los grupos propios y ajenos en la orientación de la conducta de las personas. Los grupos propios, que en inglés se denominan “in-groups” , tienden a ser los grupos primarios, como la familia o el clan, marcados por la mutua identificación, la solidaridad, la exclusividad, los sentimientos de lealtad y devoción. La identificación de las personas con el “in-group” puede ser tan intensa que fuera de él se sienten aislados, inseguros o incompetentes. Estudios realizados mediante escalas y cuestionarios sometidos a análisis factorial han identificado los principales vectores sobre los que se mueven las diferentes tendencias: la distancia emocional de la familia y los amigos, el nivel de autoestima y seguridad en sí mismo, el sentido de competencia, la lealtad, el conformismo, las obligaciones para con el grupo de referencia, las reglas de reciprocidad. Se consideran colectivistas aquella sociedades donde los grupos propios tienen un gran peso en la determinación de la conducta personal. Los actores sociales mantienen un sentido de mutua identificación con los miembros de su grupo y la participación en este último despierta sentimientos de pertenencia, solidaridad y devoción. Para el colectivista, el grupo cercano está en el centro del campo psicológico, mientras que para el individualista es el sentido del yo, el individuo, el centro de su campo mental. Sean grupos primarios como la familia, las amistades o los grupos de trabajo; sean grupos secundarios como los partidos políticos o las asociaciones nacionales, siempre será el grupo el que tendrá un mayor peso en la delimitación de la vida de las personas en las sociedades colectivistas.

Se considera individualista una sociedad donde las personas tienen pocos compromisos con los grupos. Hay una mayor independencia del campo humano que los rodea. Los individuos pertenecen a muchos y diferentes grupos pero los lazos que los unen a ellos son bastante débiles. Las exigencias y requerimientos de estos grupos sobre las personas son muy pequeños, en comparación con las exigencias formuladas por las colectividades. En las sociedades individualistas no hay normas claras de los grupos primarios que determinen la conducta. No hay reglas de familia, clan, grupo étnico, amistad o asociación que sean lo suficientemente fuertes y extensivas como para normar la amplitud de la conducta del individuo. Y donde no hay normas claras de los "in-groups", normas abstractas y generales del "out-group" tienen que ser creadas. En las sociedades individualistas predomina el imperio de las leyes, las regulaciones, las normas y las instituciones impersonales. La ética colectivista, por el contrario, es un principio de organización social basado en las relaciones interpersonales, la reciprocidad, el corporativismo y las reglas de obligación mutua. Pervive un sistema de responsabilidad y ayuda mutua entre los familiares, amigos, correligionarios, miembros de grupos étnicos, clubes políticos, cuyo desacato conlleva a pérdida de prestigio. Es el particularismo por contraste con el universalismo.

Para el profesor Harry Triandis de la Universidad de Illinois, uno de los principales estudiosos de este tema, la riqueza y el desarrollo económico están positivamente correlacionados con el individualismo tal como existe en la sociedad europea y norteamericana. Entre las sociedades colectivistas Triandis incluye los árabes, los hindúes, los chinos, los latinoamericanos e hispanos y, por supuesto, toda la gama de las llamadas sociedades tradicionales13. Pero esta particular forma de concebir el individualismo y el colectivismo no está exento de discusión. ¿Es individualista la persona que rige su conducta por normas impersonales y colectivas, mientras que es colectivista quien moldea su conducta con base en su voluntad personal y en las pautas de su propio grupo? Estos conceptos parecen derivados de un etnocentrismo sajón y su aplicación a otras tierras desemboca en simplificación reductiva. ¿Por qué hemos de denominar colectivista a quien rechaza las leyes abstractas y generales, las normas colectivas, por lealtad a un grupo familiar, el cual es, al fin y al cabo, menos colectivo en el sentido estricto del término, ya que abarca un número menor de personas? Para nosotros, la palabra colectivista está mucho más ligada a las sociedades del hemisferio norte donde todas las personas hacen colas y obedecen ciegamente, en masa, las normas colectivas, donde los individuos concurren a un anónimo mercado y siguen obedientemente las disposiciones y reglamentos generales, en beneficio de una informe mayoría. El latinoamericano, por el contrario, piensa más en sí mismo, en su hermano o su amigo, que en el colectivo, es la persona que busca primero el provecho individual y familiar evadiendo la norma, esperando siempre un acceso a la excepción personal, a la relación individualizada que lo liberará de la obligación de hacer lo que hacen todos. Nuestro individualismo es cualitativamente diferente de los otros tipos de conductas incluidas bajo el mismo concepto por los analistas sajones. Es un individualismo anárquico.

En un ensayo sobre el espíritu castellano, esa casta “de individualidad bien perfilada” y de almas voluntariosas, Miguel de Unamuno nos dice:

“Al plantarse en sociedad cada una de estas almas frente a las otras, prodújose un verdadero anarquismo igualitario, y a la par anhelo por dar a la comunidad la firme unidad de cada miembro, un verdadero anarquismo absolutista, un mundo de átomos indivisibles e impenetrables en lucha dentro de una férrea caja, lucha de presión externa con interna tensión.”15

Mientras que para la tradición europea y el pensamiento del hemisferio norte el individualismo evoca la poca ingerencia del Estado, la libre empresa, la libre concurrencia, el "laissez faire", el libre cambio, la diferenciación de ocupaciones, la elección libre de las labores, la independencia de los grupos primarios y el respeto a los derechos civiles a través de la supremacía de las normas generales que prevalecen sobre cualquier interés grupal, el individualismo hispano y latinoamericano apunta a la insumisión rebelde, el rechazo a la ley, la autocracia personal. Como escribía ya Pedro Fernández de Navarrete a principios del siglo XVII: “Ha enseñado la experiencia que en España dura poquísimo tiempo la observancia de pragmáticas y leyes reformatorias, porque cualquier hombre particular hace pundonor de contravenirlas, juzgando por acto positivo de nobleza el no sujetarse a leyes”. Por eso Américo Castro prefiere hablar de un “absolutismo de la persona” en lugar de un pretendido individualismo, de separatismo y potencial voluntarioso, el yo soy yo por ser yo.. “No sigamos llamando individualismo al rebelde y confiado apartamiento; más bien convendría enfocar como “absolutismo personal” esa extraña y a veces espléndida manera de existir”16.

La solicitud de Américo Castro es, tan sólo, un cambio nominal que en nada disfraza la realidad. El individualismo anárquico que nos ocupa afinca los componentes disfuncionales del individualismo y destaca las características negativas con que éste ha sido inevitablemente asociado: escasa ciudadanía, ausencia de preocupación comunitaria, atomización, encierro privado, desafío de lo público, rechazo a cualquier orden impuesto desde afuera, consideración exclusiva de la propia supervivencia. Es, en fin, una faceta del individualismo que interpreta la autonomía e independencia del individuo como ausencia de normas y es incapaz de considerar la conveniencia de la cooperación y la utilidad de la sujeción de las personas a la ley.

Carlos Siso expone una interesante teoría sobre el desarrollo de lo que el llama “individualismo insociable” en Venezuela. Hasta el siglo XV el espíritu empresarial había prosperado en España, tanto o más que en los países de Europa donde se iniciaba el capitalismo. Sevilla, por ejemplo, tenía unos 16.000 talleres de manufactura reconocidos por su gran calidad. Ese progreso material había sido garantizado por el reconocimiento de los Fueros municipales de las ciudades, fuente de iniciativa individual. El comunero español era un hombre tremendamente individualista que sin la protección del Estado, movido por su iniciativa particular y el deseo de procurarse un beneficio personal, con el motor de su audacia, esfuerzo y ambición triunfaba solo en la vida produciendo riqueza y bienestar. Cuando la casa de los Habsburgo acabó con los Fueros de las comunidades castellanas y la autonomía de las municipalidades, cuando el comunero vio empobrecida la industria y limitado el comercio por los decretos del emperador Carlos V, el impulso individual se convirtió en iniciativa desorganizada, en aislamiento, hasta convertirse en “individualismo insociable”, caracterizado por su falta de solidaridad social y su desinterés por cooperar con la comunidad. Estos rasgos se intensificaron al trasladarse al Nuevo Continente. “En la Península las fuerzas espirituales de la acción colectiva, coordinadas, le constreñían a cooperar en la acción social; mientras que en América, autónomo, en la condición de amo, lleno de sí mismo, en una sociedad en formación, se palpó más el rasgo resaltante de su psicología y se hizo notar la falta espontánea de su aporte en la obra de solidaridad común”17.

El voluntarismo español, al mantenerse alejado de la autoridad colonial y de la autoridad religiosa, al permanecer aislado en medio de los desiertos, las inundaciones, las selvas y las distancias enormes, al tener que luchar sin referencia alguna para la supervivencia, se hizo extremo. El mestizaje dejó igualmente su huella. A diferencia de otras culturas americanas, como la mexicana o la peruana con culturas indígenas con complejos sistemas de organización social, los españoles encontraron en Venezuela pequeños grupos indígenas poco integrados. Los Caribes, caracterizados por su nomadismo guerrero, y las diversas etnias diseminadas en las grandes extensiones estaban conformadas por pequeñas hordas que vivían de manera aislada, sin mando unificado y escasos mecanismo de conformidad social. Para Siso, el individualismo español, al ser coartado por las medidas represivas de la Casa de Austria, al no haber sido educado para la producción, la excelencia y el logro, se convirtió en un individualismo intransigente que al romper marras en las extensiones infinitas del Nuevo Continente, al mezclarse con razas que acentuaban la tendencia, cercado por la desconfianza y la autodefensa, aislado por la naturaleza, degeneró en “sentimiento egoísta proclive a la anarquía”, en falta de solidaridad entre los miembros de la comunidad.

No podemos negar el aporte del individualismo al desarrollo y riqueza de las naciones modernas. La negativa a concebir el orden social a partir del individuo, las críticas al egoísmo y a la envidia asociados al individualismo ingenuo, han sido superadas por el vuelco de la economía política hacia un individualismo metodológico no reduccionista mucho más complejo. Hoy es posible pensar en un orden social ajeno a la existencia o presencia de una voluntad así como la concepción moderna de grupo es limitada sin el individuo competitivo. Numerosas investigaciones y estudios vinculan la modernidad y el desarrollo económico con el individualismo y la ética universalista, en contraste con el nivel de logro alcanzado por las sociedades tradicionales y su orientación particularista o colectivista. Más allá de los clásicos estudios históricos sobre Europa y Asia, existen hoy investigaciones empíricas de alcance intermedio en muy diversos continentes. Ejemplo de ello es el trabajo de Francis Adu-Febiri, en Ghana, quien ha estudiado el efecto de la ética colectivista en la baja acumulación de capital de la industria turística, en particular el sector hotelero.17

Para comprender los efectos perversos del individualismo anárquico en Venezuela, sin embargo, vale la pena recordar los inicios del uso de la palabra “individualismo” tal como empezó a extenderse en la Europa del siglo XVIII y XIX donde se resaltaba su vinculación con el egoismo.

El primer uso encontrado de la palabra “individualista” se atribuye a Joseph de Maistre, crítico conservador de la democracia revolucionaria que, según su criterio, había producido la fragmentación de las doctrinas y de la sociedad15 . Era parte del temor reaccionario y conservador a la Revolución francesa. Frente a la idea tradicional de concebir la integración de la sociedad como una cadena que mantenía unidos todos los eslabones y estratos, desde el nivel más bajo hasta el rey, se pensó que la democracia rompía la cadena, aislando cada eslabón individual. Alexis de Tocqueville, fascinado y asombrado por cierta característica psicológica de los países democráticos comienza a usar la extraña palabra “individualismo” (Los editores de La Democracia en América en inglés la señalan como “una nueva palabra que no fue acuñada por Alexis de Tocqueville, pero que fue definida y desarrollada por él”20). Al respecto nos dice Tocqueville:

“El individualismo es una expresión reciente que surge de una nueva idea. Nuestros padres sólo conocieron el egoismo... El individualismo es un sentimiento reflexivo y apacible que dispone a cada ciudadano a aislarse de la masa de aquellos semejantes a él y a retirarse a un lado con su familia y sus amigos, de forma tal que después de haber creado una pequeña sociedad para su propio uso, él voluntariamente abandona la sociedad más amplia a su propio destino.” 21

A pesar de la curiosidad de Tocqueville por el nuevo rasgo de carácter de los norteamericanos, su relación lejana con el egoísmo no podía dejar de preocuparlo hasta concebirlo como un error de juicio originado en “los vicios del corazón”. Mientras que en las sociedades europeas los seres humanos estaban atados a algo más allá de ellos mismos, “dispuestos a olvidarse de sí mismos”, el individualismo amenazaba con confinar a cada ser en la “soledad de su propio corazón”, a hacer de la indiferencia hacia los asuntos sociales un virtud pública. Tal vez éste sea el centro del problema del individualismo anárquico, un atomismo social extremo que hace inviable el civismo solidario. El individualismo, es cierto, fue un capital fabuloso para el surgimiento del capitalismo, para la obtención de riquezas y logros materiales al inicio de la Revolución Industrial, pero, como demostró la incorporación tardía de muchas otras naciones de sureste asiático a la economía de mercado, el sentido del deber y la obligación colectiva demostraron ser un añadido humano indispensable para el desarrollo humano integral de los pueblos. El enfoque de grupo, el consenso, el trabajo de equipo, el sacrificio del individuo a favor del colectivo, se convirtieron en influyentes modelos complementarios que influyeron substancialmente los enfoques gerenciales mucho más individualistas de Occidente.



El caso venezolano se nos hace particularmente complejo porque en él encontramos la presencia sincrónica de modos de valoración contrastantes, una desordenada mezcla de la ética colectivista (tan importante para el estudio de la corrupción administrativa, por ejemplo) con un modo de existir individualista centrado en el valor absoluto del ser y no del hacer. Los problemas de desarrollo social y económico venezolano no obedecen a un supuesto colectivismo tradicional o falta de individualismo sino, todo lo contrario, al exceso individualista, al acendrado voluntarismo, a la primacía absoluta de la persona, al “no me da la gana” del alzao. El crecimiento de la economía informal en Venezuela, que ocupa más del 55% de la fuerza de trabajo, no puede pasar desapercibida como manifestación de un problema económico. Es una realidad psicológica. Sabemos que las microempresas de la economía informal difícilmente podrán llegar a los niveles de productividad y bajos costos de las organizaciones insertas en economías de escala. También sabemos que el funcionamiento de las grandes metrópolis depende de un cierto orden y respeto de las normas de convivencia social. No es por azar que la anecdótica frase de Francisco de Miranda antes de ser embarcado como prisionero tras la caída de Puerto Cabello ha sido tan citada y repetida en la conversación informal venezolana. El habla habitual de los seres humanos dice algo sobre ellos mismos. Para justificar su fracaso Miranda dijo, supuestamente: “bochinche, bochinche, a éstos hombres lo único que les gusta es el bochinche”. El desdén por el orden, el rechazo, la rebeldía e insumisión frente a cualquier norma colectiva son, ciertamente, expresión de bochinche, nada cercano al sacrificio y al trabajo metódico requerido para acumular capital y producir el crecimiento económico sostenido indispensable para comenzar a salir de los abrumantes niveles de pobreza que hoy sacuden los fundamentos de nuestro orden social. El peculiar anarquismo criollo, el valor de un vivir donde mi provecho es el valor principal, la afirmación de la relación personal e individualizada por encima de toda ordenanza, el hosco rechazo a la autoridad y a las reglas, hacen de cada actor social un rector de su propia vida ajeno al civismo solidario y al bienestar colectivo. Estamos frente a una agenda de educación ciudadana que pueda acompañar los grandes lineamientos de política capaz de transformar la Venezuela del siglo XXI.

1 GALLEGOS, Rómulo. Cantaclaro. Editorial Panapo, Caracas, 2000. Pag. 123.

2 La investigación fue desarrollada desde el año 1991 hasta el año 1998 principalmente en tres obras civiles de construcción de edificaciones: Torre Dozsa, en el Rosal, Residencias Palafito del Mar, en Caraballeda y Residencias Dictis, en Playa Grande, Galpón 42-A de la Urbanización Industrial La Cumaca de Paracotos, además de diversas obras de menor envergadura. La muestra fue no probabilística, incidental y autogenerada y estuvo constituida por 43 personas: 11 carpinteros, 21 albañiles, 6 plomeros, 5 electricistas. Las respuestas de diversa índole, muchas veces insertas en una larga conversación, fueron ordenas y aglutinadas en un número limitado de categorías. Las principales respuestas fueron las siguientes (o similares pero con la misma implicación):

Prefiero trabajar por mi cuenta 16

Así es como se acostumbra (como contratista) 8

Se gana más: 10

El trabajo no es constante : 3

No se consigue empleo fijo: 4



Otras: 2

3 GONZÁLEZ TÉLLEZ, Silverio y PHELAN, Mauricio. ¿Qué quieren los venezolanos? Cuadernos de Investigación Social. Fondo Editorial Acta Científica y Consorcio de Ediciones Capriles, C.A. Caracas, 1992. P. 29.

4 CASTRO DUQUE, Nancy Leonor. Microempresas: una alternativa económica y social en la Venezuela de hoy (Caso de estudio: Centro al Servicio de la Acción Popular (CESAP) y Fundación “Eugenio Mendoza”. Área Metropolitana de Caracas, Año 1995). Tesis para optar al título de Doctor en Ciencias Económicas. Universidad Santa María, Dirección General de Postrado, Doctorado en Ciencias Económicas, Caracas, 1995. Pag. 222, 223 y 265.

5 SOTO de, Hernando. El otro sendero. La revolución informal. Editorial Oveja Negra, Bogotá, 1987.

6 SALVATIERRA, Carmelo. Dimensión humana de la novela contemporánea. Libertad y determinismo en los protagonistas de la novela contemporánea. Ministerio de Educación. Departamento de publicaciones. Caracas, 1970, Vol. I, Pag. 128.

7 GALLEGOS, Rómulo. Doña Bárbara. Publicación de Petróleos de Venezuela y sus empresas filiales. Caracas, 1984, Pp. 34-35.

8 GALLEGOS, Rómulo. Doña Bárbara. Tomado de Salvatierra, Carmelo, Op. cit. Tomo 2. Pag. 132.

9 Documentos del proyecto pobreza. Universidad Católica Andrés Bello. Asociación civil para la promoción de estudios sociales. Vol. I y II. Caracas 201.

10 VIANA de, s.j., Mikel. “La ficción de modernidad”, en Un Mal Posible de Superar, resúmenes de los documentos del proyecto pobreza. Universidad Católica Andrés Bello, Caracas, 2001, P. 84.

18 BURCKHARDT, Jacob. La cultura del Renacimiento en Italia. Biblioteca Edaf , Madrid, 1982, P.105.

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20 TOCQUEVILLE DE, Alexis. Democracy in America. The University of Chicago Press, Chicago, 2000. Nota de los editores y traductores: Harvey C. Mansfield y Delba Winthrop, P. 482.

21 TOCQUEVILLE, Op. cit. P. 482.


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