Indice I. IntroduccióN



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3.2.1.Enfoque general

Al igual que en el trabajo que se desarrolla en prevención primaria, en secundaria hemos de partir también de un planteamiento positivo, puesto que de no hacerlo así, la crudeza de la realidad y la escasez -muy a menudo de recursos- puede conllevar la adopción de una postura derrotista en la intervención.


El trabajo ha de enfocarse desde un modelo integral, en el que se reconozcan factores de vulnerabilidad, de riesgo y de protección, no como elementos causales sino como elementos que interactúan para constituir una realidad individual y única que posibilite una serie de recursos.
Se trabaja en un marco ecológico del desarrollo en el que los diferentes sistemas de relación configuran la realidad del niño y todos ellos han de ser correctamente evaluados. En este sentido, los estudios prueban que uno de los factores clave en la recuperación de un niño víctima de abuso sexual intrafamiliar es la actitud del otro padre. El trabajo terapéutico depende en gran parte de si el otro progenitor cree y apoya al menor o si, por el contrario, se pone de parte de la pareja, acusando de mentir al niño.
3.2.2.Detección
Como ya se ha mencionado repetidamente, el abordaje de un problema como el abuso sexual ha de ser integral. Por ello, a la hora de detectar los casos, los profesionales no han de fijarse sólo en las “familias en riesgo” o en aquellos factores que pueden llevar a hacer sospechar, sino en la interelación de los factores de protección y de riesgo entre sí, haciendo una evaluación individualizada y, a ser posible, multidisciplinar.
Los profesionales que trabajan en los ámbitos de más fácil detección (educación, salud o servicios sociales, entre otros) han de tener información sobre:


  • Las características y dinámicas de relación entre un abusador y su víctima. No solamente es clave para detectar un abuso la conducta de niño, sino también la del supuesto abusador. Es necesario conocer las posibles “caras” que puede presentar un abusador.




  • Los factores de riesgo y de protección.




  • Los indicadores físicos y conductuales que han de hacer sospechar sobre un posible abuso sexual.

 Los efectos a corto y largo plazo que una vivencia de abuso sexual tiene en el desarrollo evolutivo del niño. Este asunto ya ha sido estudiado previamente.



3.2.2.1. Indicadores del abuso sexual infantil
La detección de un caso de abuso sexual se puede hacer a través de tres fuentes:


  • Indicadores históricos. Se extraen de lo que el niño o la niña cuente sobre lo ocurrido. En este punto se abordan temas como el modo en el que se ha de realizar una entrevista con un niño víctima de abuso sexual o cuestiones referentes a la fiabilidad del testimonio, que se verán más adelante en el apartado de denuncia.




  • Indicadores físicos.




  • Indicadores comportamentales. De entre ellos, cabe destacar la sexualización traumática, la transmisión intergeneracional, los menores agresores sexuales, la impotencia y sentimientos de abandono y la estigmatización social. Se ha de recordar igualmente que hay niños que pueden permanecer asintomáticos aunque estén viviendo un abuso sexual.


Una de las problemáticas más graves en el tema del abuso sexual infantil consiste en que los indicadores que muestra el niño o la niña víctima de abuso no conforman un cuadro unificado y diferenciado sino que también están presentes en otros cuadros psicopatológicos de la infancia.
Por eso, es fundamental conocerlos para establecer un diagnóstico diferencial y evaluarlos de forma global. Se pretende realizar una detección sensata, ni alarmista ni temerosa. Además, también es importante diferenciar entre los indicadores y las consecuencias del abuso sexual infantil: los primeros constituyen los indicios, las segundas son fruto del abuso. Por ejemplo, la eneuresis en un niño puede ser un indicador de abuso y, al mismo tiempo, una consecuencia de éste, no debiéndose confundir los dos niveles de análisis.

1. INDICADORES FÍSICOS




  • Son traumas físicos:

 Dificultad para caminar o sentarse.



  • Lesiones, desgarros, magulladuras en los órganos sexuales.

 Irritación del área anogenital.

 Infecciones en zonas genitales y urinarias.

 Enfermedades venéreas.

 Presencia del esperma.

 Embarazo.

 Dificultades manifiestas en la defecación.

 Eneuresis o ecopresis.

2. INDICADORES COMPORTAMENTALES




  • Sexuales:




  • Conductas sexuales impropias de la edad: masturbación compulsiva, caricias bucogenitales, conductas sexualmente seductoras, agresiones sexuales a otros niños más pequeños o iguales.14

  • Conocimientos sexuales impropios de su edad.

  • Afirmaciones sexuales claras e inapropiadas.

  • No sexuales:




  • Desórdenes funcionales: problemas de sueño, eneuresis y ecopresis, desórdenes del apetito (anorexia o bulimia), estreñimiento mantenido.

  • Problemas emocionales: depresión, ansiedad, aislamiento, fantasías excesivas, conductas regresivas, falta de control emocional, fobias repetidas y variadas, problemas psicosomáticos o labilidad afectiva, culpa o vergüenza extremas.

  • Problemas conductuales: agresiones, fugas, conductas delictivas, consumo excesivo de alcohol y drogas, conductas autodestructivas o intentos de suicidio.

  • Problemas en el desarrollo cognitivo: retrasos en el habla, problemas de atención, fracaso escolar, retraimiento, disminución del rendimiento, retrasos del crecimiento no orgánicos, accidentes frecuentes, psicomotricidad lenta o hiperactividad.

Algunos de los síntomas más frecuentes, según la edad de la víctima, pueden ser:




  • En edad preescolar: somatizaciones, regresiones y sexualización de la conducta.




  • Entre los 6 y los 12 años: baja autoestima, problemas escolares, trastornos del sueño, reacciones psicosomáticas, dolor abdominal.




  • En adolescentes: baja autoestima, fugas de casa, depresión, embarazo, automutilaciones, agresividad y aislamiento.




  • En adultos: negación del abuso durante años. La emergencia del recuerdo puede venir con el primer embarazo, acompañado de cambios fuertes de carácter, ideas suicidas o sentimientos de rabia y venganza respecto al agresor. También puede suceder que el recuerdo se mantenga reprimido hasta que el hijo tenga la edad que tenía la víctima cuando sufrió el abuso o que la víctima se convierta en agresor.



          1. Guía didáctica Ep, No badis! ¡Eh, no te despistes!



                1. 3.2.2.2.Dificultades en la detección


A la hora de afrontar un problema como el abuso sexual infantil, nos encontramos con una serie de barreras que van más allá del fenómeno en sí y, que al mismo tiempo, lo constituyen: los miedos de la sociedad ante este tema, que generan actitudes defensivas, de rechazo y ocultamiento. La vergüenza y la imposibilidad de comprender que algo así suceda conllevan un aislamiento aún mayor de los niños y niñas víctimas de abuso sexual infantil, a quienes se les deja a menudo solos ante el problema.


Podríamos decir que las actitudes sociales defensivas más frecuentes son negar o ocultar el problema, dudar de la veracidad del relato del niño o niña, considerarlo una fantasía de éste, minimizar o vanalizar sus consecuencias, alarmarse y afrontar de modo catastrofista las consecuencias de la comunicación del hecho. Por parte de los profesionales son habituales el silencio profesional, caracterizado por la falta de detección, y la inhibición en la comunicación y denuncia.
Estas actitudes se basan en una serie de miedos sociales y de creencias falsas sobre el abuso sexual infantil. A continuación, se enumeran las principales:


  1. Características del abusador


Es importante resaltar las características del abusador, puesto que las falsas creencias socialmente extendidas defienden un concepto erróneo de cómo son los “abusadores” sexuales, sobre la base de una única tipología que en realidad no existe.
Las personas que abusan sexualmente suelen ser personas manipuladoras, integradas socialmente, que desarrollan a menudo habilidades interpersonales importantes, y que suelen tener una gran capacidad de persuasión.
Tan importante como dejar claro que no hay una única categoría de abusadores sexuales ni una única motivación que guíe su conducta, como se vio previamente, resulta entender que -con este tipo de población- es fundamental no dejarse engañar por las apariencias.
La actitud del supuesto abusador cuando se da la revelación es un dato fundamental a la hora de evaluar la veracidad de la sospecha. Una actitud colaboradora y que busca anteponer el bien del menor, aunque eso suponga separarse del niño, puede ser un buen índice, al contrario que una negativa a cooperar con el profesional. Por supuesto, cualquier criterio general se queda corto a la hora de una evaluación pormenorizada e individualizada.
Hay algunos aspectos que debemos recordar respecto al abusador:


  • Los abusadores sexuales suelen tener una vida sexual normal. Existen abusadores sexuales heterosexuales, homosexuales y pedófilos, aunque la proporción de éstos últimos es mínima.




  • Uno de los fenómenos que sí se mantienen es que cuando las víctimas elegidas son niños pequeños no existe una opción sexual clara, pero cuando aquéllas son mayores de nueve años, suele haber ya una preferencia sexual establecida.




  • Es importante recordar que ser pedófilo no significa ser un abusador. Un pedófilo puede ser alguien que alimenta fantasías en las que se ve abusando sexualmente de niños, pero que no comete realmente estos abusos. Muchos pedófilos constituyen -eso sí- un peligro potencial para los niños, debido a que consumen pornografía infantil, que supone a su vez el abuso de menores para su producción.




  • Una persona que abusa sexualmente de niños es un delincuente.




  • Los abusadores sexuales son personas con apariencia de normalidad, incluso son seductores en apariencia.




  • El abusador se esforzará por crear oportunidades de acceso a los niños. Por supuesto, no se pretende sugerir que todo aquel que tenga acceso a los niños sea un abusador, sino que una persona que quiera abusar sexualmente de niños se esforzará por encontrar un método para tener acceso a ellos, por ejemplo, una profesión que implique un contacto diario con ellos o intentará convertirse en ese vecino encantador que nunca tiene problema en hacerse cargo de los menores a la salida del colegio, en el barrio o llevárselos de excursión. Cuando esté con niños, muchas veces tratará de alejar a los demás adultos del entorno. Es importante establecer unos criterios claros de selección para todas las personas que trabajen con niños y niñas, en los que se priorice la formación y se les proporcione un apoyo y un asesoramiento continuado en su labor.




  • Muchos abusadores operan con un grupo de niños, estableciendo relaciones diferenciales con ellos. Llegan incluso a utilizar a unos niños para captar a otras víctimas. La característica que hace de estos adultos unos seductores es que saben identificarse con los niños, saben cómo hablarles y cómo escucharles. Su condición de adulto y autoridad son elementos de seducción fundamentales y la elección que realiza de su víctima- entre niños que sufren abandono o negligencia emocional o física o con algún tipo de característica que les hace vulnerables a su seducción- hacen ésta aún más fácil.




  • El abusador sexual miente constantemente, tiene conciencia clara de tener que ocultar su delito y manipulará a sus víctimas para que también mantengan el secreto.

 Ser un abusador sexual no significa ser estúpido. De hecho, en muchos casos, los abusadores investigados eran personas inteligentes, con estudios, habilidades sociales y una posición social y económica sólida.


Aunque ya se ha desarrollado el modelo explicativo de Finkelhor (ver apartado de definición del abuso sexual infantil: el abuso como un abuso de poder) es importante recordar que para llegar a abusar de un niño se requiere el cumplimiento de los siguientes aspectos:


  • Independientemente de tener o no una orientación sexual hacia los niños, deseo de tener relaciones sexuales con ellos.




  • Existencia de pensamientos conducentes al abuso.




  • Existencia de fantasías masturbatorias.




  • Existencia de factores inhibidores internos y su superación.




  • Existencia de factores desencadenantes de la conducta.




  • Excusas para cometer el abuso. Distorsiones cognitivas.




  • Planificación de objetivos y método, acicalarse, prepararse de alguna forma.

Con la relación de los anteriores puntos, se pretende indicar que el abuso no es casual, sino que es un comportamiento que va generándose y que requiere una planificación del acto.


2. Negación de la sexualidad infantil.
Durante los últimos años, la sociedad española ha llevado a cabo un esfuerzo importante para romper el tabú sobre la sexualidad, esfuerzo que ha dado sus frutos, aunque a menudo se ha encauzado no a un diálogo profesional y social con conocimiento y sensatez, sino a la parte más anecdótica o más morbosa de la sexualidad. Aunque quede mucho camino por andar para romper el tabú, al menos se habla de la sexualidad, y las personas tienen oportunidad y más libertad para vivir sus opciones sexuales y expresar sus necesidades y dificultades.
Sin embargo, la sociedad sigue negando la existencia de una sexualidad infantil15. En el desarrollo evolutivo hay una fase concreta en la que los niños recurren a pautas autofílicas y autoestimulativas sexuales: masturbación, tocamientos y exploraciones de sí mismos y con otros niños. Estas prácticas que son absolutamente normales y buenas para el desarrollo del niño a muchos padres les causa incomodidad y les asustan. Al mismo tiempo, resulta difícil aceptar palabras como placer, erotismo o masturbación aplicadas a un niño o niña. Tanto en esta primera etapa como, por supuesto, en la pubertad y la adolescencia, y no sólo en ellas, la sexualidad forma parte del individuo desde su nacimiento y le proporciona sensaciones y vivencias que ha de poder integrar en su individualidad.
Sólo si enfrentamos nuestros propios miedos, cultural y educativamente arraigados sobre este tema, podremos enfrentar la realidad de un abuso sexual, y lo que esta vivencia puede suponer para su desarrollo. Si la sexualidad infantil no existe ¿cómo va a existir una persona que quiera tener relaciones sexuales con niños?, ¿y cómo se va a dar el abuso? Es importante romper el silencio que provoca el recelo.
3. Prevalencia del mito de “la familia feliz”.
Es importante ser conscientes de que la sociedad, que basa su funcionamiento y su crecimiento en la institución de la familia, tiene la necesidad de creer que los pilares que la sostienen-y la familia es el fundamental- son sólidos, estables y válidos. Por eso, todos queremos creer que las familias son “normales”, y que la amenaza -de existir- está fuera, constituyendo la familia una defensa real y eficaz contra ella.
Pero no es así. La violencia intrafamiliar es una realidad; la soledad y el abandono o la incomprensión, también. Evidentemente, debemos rescatar el hecho de que la mayoría de las familias constituyen núcleos afectivos, más o menos positivos, pero válidos para sus componentes. Sin embargo, debemos entender que la familia es una realidad multiforme que no responde a nuestros deseos sino a la realidad del ser humano y a sus limitaciones.
Asimismo, se debe ser consciente de que las personas no son diferentes fuera y dentro de casa. Si somos violentos fuera, lo podemos ser dentro. Si somos una sociedad violenta es porque las personas que la constituimos lo somos y la familia también. Incluso, a menudo, somos capaces de mantener la compostura fuera y perder los papeles dentro de casa.
4. Negación del incesto.

Forma parte de los estereotipos sociales el fenómeno de la “familia feliz”, de ahí el hecho de negar la posibilidad del incesto. Si socialmente ya cuesta entender que pueda haber una persona que se sienta atraída sexualmente por los niños y que no tiene necesariamente que ser un enfermo ni estar “loco”, cuando se trata de un abuso sexual intrafamiliar, mucho más.

La prohibición de relaciones sexuales intrafamiliares ha sido un límite autoimpuesto por la mayoría de las culturas del mundo, en concreto las relaciones sexuales entre padres e hijos. Ello tiene una explicación no sólo biológica, sino social y psicológica, aunque el incesto ha existido desde que el hombre es hombre. Lo único que ha cambiado es que cada día se sabe más sobre él.


Es importante vencer esta resistencia social, para que los casos sean detectados y denunciados y para que los niños y niñas sean conscientes de que hay cosas que no tienen por qué permitir. Las cosas de las que no se habla, parece que no existen y el incesto es una realidad desgraciadamente extendida. Recordemos que el 90 por cien de los abusos sexuales a niños y niñas se realizan dentro de la familia o por alguien cercano a ella.
5. Evitación y negación como mecanismos de defensa.
Ante vivencias como el abuso sexual infantil y, sobre todo, en los casos de abuso sexual intrafamiliar, las personas involucradas tienden de un modo defensivo a no creerlas, a evitar hablar de ellas, para hacer como que no existen. Todos querríamos creer que, ante la revelación, los padres no abusadores van a apoyar al niño, pero no suele ser así. La verdad y lo que eso implica es tan fuerte para ellos que prefieren no atender las señales que les llegan del niño (evitación) y dudar o negar la veracidad de su historia después (negación). No es que sean malos padres ni que no quieran a sus hijos, ni mucho menos. Hay vivencias y verdades que nos superan, por ello nos servimos de estos mecanismos de defensa para enfrentar aquello con lo que no podemos convivir, aunque con ello nos perjudiquemos a nosotros o a quienes dependen de nuestra reacción, en este caso, a los niños y niñas.
6. El papel de los profesionales.

De uno u otro modo, los profesionales implicados en la protección a la infancia deben saber que la realización de su tarea obliga a:


  • Incrementar el conocimiento de los generalistas. No es suficiente que existan una serie de expertos en el tema del abuso sexual infantil. Es necesario que los profesionales de los ámbitos implicados en la detección del abuso (educación, prevención primaria, sanidad o servicios sociales) tengan un conocimiento sobre la realidad del abuso sexual infantil. No basta con investigar, se han de constituir puentes entre los que desarrollan esta labor y los que han de aplicarla, incrementando su formación y su implicación personal.

Respetar el secreto profesional y el anonimato. La notificación de un abuso es una condición necesaria para intervenir con ese niño, además de una obligación legal y profesional para los profesionales involucrados. Aunque el secreto profesional plantea un conflicto claro a algunos de los profesionales implicados, sobre todo en los casos en los que el trabajo se realiza con el agresor sexual, el interés superior del niño ha de prevalecer y así está recogido en los códigos deontológicos correspondientes.


Evitar que recaiga en los profesionales toda la responsabilidad en la protección de la infancia. Una prevención y detección realmente eficaces del problema precisan de la involucración directa de todos nosotros, como en tantas otras cosas. A los profesionales se les pide que detecten, prevengan, traten y solucionen una realidad que les supera a menudo. Es fundamental que:


  • Se les proporcione estrategias y formación continuada.

  • Se posibilite su trabajo en equipo multidisciplinar.

  • Se favorezca el apoyo social a la credibilidad y a la fiabilidad de su trabajo.

  • Se les proporcione estrategias de control de estrés y posibilidades reales de descanso. El abuso sexual es un tema complejo, en el que si se trabaja sin apoyo mucho tiempo se puede perder la perspectiva.




  • Realizar una evaluación global de la legislación relativa al menor. Aunque este aspecto se ha tratado en el capítulo referido a consideraciones legales, es importante incidir en varios puntos:




  • La necesidad del conocimiento de la legislación relativa al tema.

  • La necesidad de la armonización de esa legislación, así como de la adecuación de ésta al interés superior del niño, por encima del interés del agresor.

  • La necesidad de crear infraestructuras que agilicen los procedimientos judiciales (por ejemplo, protocolos únicos de actuación) y que eviten la revictimización secundaria del niño víctima de abuso sexual.

Imponer la obligatoriedad del tratamiento a agresores. Una de las demandas claras es la necesidad de proporcionar tratamiento terapéutico a los agresores sexuales, sean o no menores de edad. Aunque por ley no se les pueda obligar, debería establecerse una figura que lo permitiera, cuando una persona es condenada por determinados delitos. De otro modo, lo único que garantizamos es su reincidencia dentro y fuera de la cárcel. No hay otra posibilidad para garantizar la reinserción de estas personas en la sociedad. Se ha de posibilitar lo que se supone que el derecho penal persigue, es decir, la rehabilitación.


3.2.3. Los “grupos de riesgo”
Todo niño se encuentra en situación de riesgo de convertirse en víctima de abuso sexual infantil, independientemente de su origen o características. Sin embargo, las posibilidades aumentan en el caso de pertenecer a un grupo de riesgo.
Los programas de prevención secundaria intentan desarrollar un trabajo más específico con los llamados “grupos de riesgo” identificados previamente por las investigaciones de campo, que dan respuesta y atienden las necesidades específicas de estos colectivos.
Sin embargo, todo niño está en riesgo de sufrir abuso sexual. Es importante mantener en perspectiva un modelo integral en el que se otorgue tanta importancia a los factores de riesgo como a los de protección, puesto que son éstos los que pueden constituirse como base de un trabajo eficaz con el niño, su familia y la comunidad. Los llamados “grupos de riesgo” no son sino poblaciones con factores de riesgo añadidos, es decir, colectivos que están en un “mayor riesgo”.
Hemos de ser conscientes también de las dificultades metodológicas existentes para estudiar a toda la población en condiciones de igualdad, para valorar la incidencia real del abuso en los distintos colectivos, puesto que además influye mucho la posibilidad de acceso real a los recursos y a los profesionales. Por ejemplo, en las familias de clase media la detección y revelación es más difícil por lo que el riesgo de revictimización es mayor. Es importante recalcar que no existe un prototipo de familia “abusadora”.
Es necesario diseñar programas de prevención que atiendan las características diferenciales de los grupos de riesgo identificados, sin estigmatizarlos y ofreciéndoles herramientas preventivas.

A continuación, se presentan algunos “GRUPOS DE RIESGO” que han sido detectados en las investigaciones desarrolladas hasta ahora:




  • Niños institucionalizados. Son niños y niñas que por su problemática social, familiar y afectiva pueden tener una serie de carencias en su desarrollo que, unidas a la falta de un medio protector, hacen que el riesgo de sufrir agresiones o daños en su desarrollo sea importante. Asimismo, las instituciones, aunque tienen un objetivo protector, funcionan de modo que el niño debe pasar por varios cuidadores al día y ello hace más difícil su vinculación. En el caso de que el abusador sea un educador, la revelación de lo que ocurre es muy complicada, además de verse obligado a convivir con él.




  • Niños con discapacidad física, sensorial o psíquica. Dicha discapacidad supone una fuente de estrés para los padres. Además, constituye un motivo de aislamiento social de la familia y un desajuste entre las expectativas de los progenitores y la realidad del niño o niña, de la cual aquellos generalmente desconocen sus características diferenciales y sus necesidades evolutivas. Esta distorsión daña a menudo las relaciones afectivas entre padres e hijos. Los estudios han probado que aquellos niños con formas de discapacidad más leves tienen más probabilidad de sufrir abuso, y que el abuso más común es la negligencia o el abandono (el 98 por cien de los casos se señala en algunos estudios asociados a otro tipo de malos tratos). En el abuso sexual, la mayor parte de los casos son perpetrados por personas del entorno cercano o familiar del niño, y éstas prácticas permanecen a lo largo de la vida, no desaparecen cuando el menor se hace mayor. Existen varios motivos que hacen que esta población sea de riesgo:




  • Por las dificultades de comunicación que puedan o no tener según su grado o tipo de discapacidad y la falta de un lenguaje apropiado para comunicarlo en algunos casos. Por ejemplo, las investigaciones demuestran que, en muchas escuelas, no se les enseña en el lenguaje de signos o en el braille las señales correspondientes a los órganos sexuales cuando los niños son pequeños. Si no conocen el lenguaje necesario para la revelación del abuso, nunca podrán hacerla. Además, aunque tengan un nivel alto de lenguaje, pueden presentar problemas para manejar la distancia social y los afectos, por lo que el abusador puede acusarlos de intentos de seducción.

  • Porque se les educa para obedecer al adulto y someterse a sus indicaciones. Aunque se intente fomentar su autonomía lo máximo posible, muchos de estos niños dependen de los cuidados de los adultos y difícilmente van a enfrentarse a ellos para denunciar lo que está ocurriendo. Algunos niños requieren atención de uno o varios adultos para poder desenvolverse y, a menudo, no tienen ni siquiera consciencia de anormalidad en lo que viven a diario. Además, los perpetradores los perciben como personas menos poderosas, vulnerables e incapaces de revelar el abuso y acusarlos, aumentando su sensación de impunidad.

  • Su falta de conocimiento sobre la sexualidad y las relaciones personales, unido a la ausencia de oportunidades sociales, al aislamiento y a su mayor tendencia a dar y recibir afecto, generan situaciones ambivalentes para ellos que pueden derivar en formas de abuso sexual.

  • La mayor parte de los programas de prevención están diseñados pensando en niños y niñas sin discapacidad. Es importante darse cuenta de que los contenidos y los mensajes que en estos programas se dan a los menores no son válidos cuando se trata de niños con discapacidad, puesto que no responden a sus necesidades. Los profesionales que trabajan con estas poblaciones tienen la experiencia y los conocimientos suficientes como para adaptar los contenidos de prevención a las necesidades de los niños y niñas con los que trabajan.

(…)Mensaje 1: No te vayas con extraños



Este mensaje no tiene mucho sentido, toda vez que la mayor parte del abuso sexual infantil es intrafamiliar. Pero para niños y niñas pequeños y discapacitados es todavía más inapropiado, ya que conocen a gente nueva todos los días. Casi todo el mundo es un extraño. Los niños y niñas con discapacidades están a cargo de grupos de personas muy numerosos, que cambian regularmente. Los niños y niñas con dificultades de aprendizaje también presentan problemas a la hora de entender quién es un extraño. En un programa se necesitaron diez sesiones antes de que los niños y niñas comprendieran el concepto de “extraño”.
Mensaje 2: No, vete, dilo

En la práctica, es difícil que un niño actúe así. En primer lugar, a los niños y niñas se les enseña que obedezcan a los mayores. Ese es el núcleo fundamental de su aprendizaje, especialmente en el caso de niños y niñas discapacitados. Por lo tanto, es extraordinariamente difícil que un niño diga “no”. Algunos niños y niñas pueden además tener dificultades de comunicación e incluso pueden carecer del vocabulario que les permita decir que no.
El “vete” es también difícil puesto que muchos niños y niñas pueden no saber encontrar un lugar seguro y además un adulto puede impedírselo. Finalmente, las investigaciones muestran que la mayor parte de los adultos no cree a los niños y niñas cuando éstos revelan que son víctimas de abuso. Por otro lado, los niños y niñas discapacitados no suelen tener el vocabulario necesario para hablar del tema.
Mensaje 3:Tu cuerpo es sólo tuyo

Los niños y niñas pequeños reciben constantemente el cuidado íntimo de los adultos. Esto también ocurre en el caso de niños y niñas discapacitados, los cuáles son aseados, bañados, etc. frecuentemente por extraños. La frontera entre “mi” cuerpo y el cuerpo “de otro” es muy difícil de establecer para los niños y niñas, debido al fácil acceso que los adultos tienen al cuerpo de los pequeños.
Hay muchas cosas que ni el más brillante de los niños y niñas es capaz de hacer para evitar el abuso. La mayor parte de la responsabilidad es nuestra.
Textos extraídos de la ponencia de Merry Cross.

Seminario sobre Prevención del Abuso Sexual en el Ambito Educativo

Helsingor, Dinamarca, Sept. 2000


  • Niños y niñas en situación de pobreza. Cuando hablamos de pobreza nos referimos a carencias materiales y afectivas, es decir, a todas las condiciones que pueden venir asociadas a la falta de medios económicos, como pueden ser:




  • El vivir en la calle.

  • El estar solos por el trabajo de los padres o por su intento de ganarse la vida.

  • La falta de acceso a los recursos sociales.

  • Un ambiente de prostitución que puede generar una situación de riesgo para la explotación sexual infantil.

  • La falta de protección.

  • El vivir comunalmente en viviendas reducidas con otros adultos o familias.

  • La droga y el alcoholismo de muchos padres, etc.




  • Niños y niñas hijos de mujeres jóvenes. Nos referimos, al igual que en el caso anterior, a las condiciones que pueden o suelen venir asociadas a esta situación:




  • Embarazo no deseado.

  • Madres adolescentes.

  • Falta de recursos económicos o de red de apoyo psicosocial.

  • Carencias psicoeducativas.




  • Niñas en familias donde ya ha habido casos de abuso sexual anteriores.




  • Niños que por sus características personales son potenciales víctimas: sumisos, introvertidos, callados y aislados. El aislamiento familiar y la falta de redes sociales de apoyo, formales e informales, es una condición de riesgo.

Niños y niñas en familias disarmónicas. El concepto de “disarmonía familiar”, como ya se reseñó anteriormente, merece mención aparte, puesto que es una noción que todos los profesionales manejan y que responde a una realidad multiforme a la que se enfrentan a diario.


Disarmonía familiar
Lo primero que se ha hecho es sustituir la expresión “familia desestructurada”, toda vez que es necesario romper el mito de ésta como asociada a unas circunstancias sociales y económicas determinadas. A menudo, no se trata de que la familia en cuestión no tenga estructura, sino de que tiene una estructura diferente a la considerada “normalizada”, que tampoco existe como tal.

Uno de los cambios sociales más importantes ocurridos en los últimos años tienen que ver con esta afirmación. En efecto, ya no existe un prototipo de familia, ni una única realidad que constituya un núcleo familiar. Es importante que los conceptos utilizados respondan a la realidad social con la que se trabaja y, por ello, se propone como alternativa el término “disarmonía familiar”. Hablamos de disarmonía familiar cuando nos referimos a un núcleo familiar que, independientemente de cómo esté constituido, cumple los siguientes requisitos:




  • No satisface las necesidades del niño en su desarrollo.

  • No garantiza el ejercicio de las funciones parentales. Se habla de funciones parentales, no de paternidad biológica.

  • Tiene una red de apoyo social débil.

  • Se presentan fenómenos de violencia en la pareja o de alcoholismo, drogadicción o trastornos psiquiátricos en los padres,

  • Se presentan formas de maltrato psicológico bajo la apariencia de una familia normalizada.

En definitiva, no se trata tanto de cómo esté formada la familia sino de si está o no integrada en una red social y en una comunidad, si tiene recursos sociales, psicológicos y afectivos para garantizar una estabilidad al niño en su desarrollo y una posibilidad de vinculación afectiva real y de si le proporciona los estímulos adecuados para ese desarrollo. La permanencia afectiva es clave para el niño, sobre todo en algunos periodos de su desarrollo.


Asimismo, es importante recordar que para los niños ser testigos de un maltrato familiar (situación que muchos autores consideran ya de por sí un modo de maltrato psicológico al niño) es un factor de riesgo para sufrirlo ellos mismos.




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