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Harold Rosenberg. “La caída de París”

En La tradición de lo nuevo, Monte Ávila Editores, Caracas, 1969 [1959]. Trad. Celso Fasio. p. 211 -222


CUARTA PARTE

“REBAÑO DE CEREBROS INDEPENDIENTES”


Capítulo XV

La caída de París1
EL ESTILO DE HOY
El laboratorio del siglo XX se ha cerrado. Admitamos, sin embargo, que el puño amenazante del Soldado no interrumpió la creación de nuevos milagros. Durante más de una década existió una continua deflación de esa exuberancia intelectual que derramó sobre la tierra las aguas el cubismo, el futurismo, el vorticismo, y más tarde el dadaísmo, el ballet ruso, el surrealismo. Hasta el día de la ocupación, París era la Tierra Santa de su época, la única. No sólo por su genio afirmativo sino tal vez por lo contrario, es decir por su pasividad, que le permitió ser poseída por los creadores de otros países: por Picasso y Juan Gris, españoles; por Modigliani, Boccioni y Severini, italianos; por Brancusi, rumano; por Joyce, irlandés; por Mondrian, dinamarqués; por Lipchitz, polaco lituano; por Archipenko, Kandinsky, Diaghilev, Larionov, rusos; por Calder, Piund, Gertrude Stein, Man Ray, norteamericanos; por Kupka, checoslovaco; por Lehmbruck y Max Ernst, alemanes; por Wyndham Lewis y T.E Hulme, ingleses…por todos los artistas, los estudiantes, los refugiados.
La hospitalidad de este Klondike cultural debe ser entendida como el resultado de un tenso equilibrio de fuerzas históricas, que impidió que ninguna clase en particular pudiera imponer a la ciudad sus propias formas y objetivos restringidos. En ella la vida parecía siempre en tensión hacia una nueva cualidad. Puesto que debía ser el signo de lo que vendría, cada gesto nuevo tomaba inmediatamente insospechada importancia. Durante el siglo XX París ha sido para los artistas lo que había sido Norteamérica para los colonos en el siglo XIX. Aquí el mundo indicaba un camino hasta la puerta del invento no de ratoneras sino de perspectivas. Así París se convirtió en el único sitio donde se realizaba y maduraba el intercambio donde era posible agitar los hallazgos modernos tales como la psicología vienesa, la escultura africana, las novelas policíacas norteamericanas, la música rusa, el neocatolicismo, la técnica alemana, la desesperación italiana.
París representaba la Internacional de la cultura. A ello contribuía en cierta medida la fisonomía propia de la ciudad, el grato regalo de sus cafés sobre las veredas, de sus calles por las noches, de los avisos comerciales, los uniformes de los carteros, el argot, las porteras chismosas. Pero a pesar de este color local, el arte del siglo XIX que se gestó en París no fue parisiense; en muchos aspectos convenía más a New York o a Shangai que a esa ciudad con parques y callejuelas del siglo pasado. El movimiento generado en París demostró claramente y para siempre. Que es posible la existencia de algo similar a la cultura internacional. Además, que esa cultura tiene un estilo definido: el estilo Moderno.
Toda una época de la historia del arte se plasmó sin tomar en consideración los valores nacionales. La significación de este hecho sólo puede apreciarse con claridad. Diez años atrás, nadie habría cuestionado la posibilidad de una comunicación por encima de las naciones, ni tampoco la presencia de elementos supranacionales aun en las formas artísticas más nacionales. En la actualidad, sin embargo, se oyen por doquier “llamados a la cordura”, cuya función es alinear al arte en las cocinas de campañas del chauvinismo. Y para realizar ese propósito atacan los valores y aun la realidad del modernismo y del “estilo de París”. Sólo se considera fuente de inspiración la vida nacional. Pero el estilo Moderno en la literatura, la pintura, la arquitectura, el drama y el diseño, sigue siendo a pesar de los gobiernos y la propaganda patriótica, una prueba concluyente de que la comunión creadora que barre con todas las fronteras no está fuera del alcance de nuestro tiempo.
En todos sus actos el hombre contemporáneo parece una criatura limitada. Sin embargo hay momentos en los que parece dar un salto hacia lo prodigioso por sendas más variadas y sinceras que las de las generaciones del pasado. En la “Escuela de París”, que no pertenece a ninguna nación, sino que se rige por el movimiento y el tiempo del mundo, el pensamiento del Siglo XX se proyectó en posibilidades cuya realización demandará a la humanidad el esfuerzo de muchos siglos de desarrollo social. Sintiéndose libres en esa antigua e insondable metrópolis del folklore nacional, de la política nacional, de las carreras nacionales, separados de la familia y de los gustos colectivos; el individuo aislado, desnudo, aunque amparado siempre por la vitalidad de otros proscriptos con los cuales no era necesario tener relaciones permanentes, podía experimentar con todos los elementos sanos o monstruosos que lleva dentro de sí el hombre actual: con el puro intelecto que goza de la tensión de una línea perfectamente equilibrada, con el trance brutal de un acto inmotivado, con el estremecimiento del espíritu y la memoria provocados por colores puros, con la jerga callejera y con los clásicos, con la esencia fantásticas y la lírica absoluta de los sueños paranoicos.
Como una de las características de lo Moderno fue a menudo la inhumanidad, los hombres contemporáneos pudieron interpretarse a sí mismos siguiendo sus pautas. Como París era la antítesis de lo nacional en el terreno artístico, el arte de todos los países cobró vuelo a través de París. Ninguna manifestación nacional perdió en ella su integridad, por el contrario, los artistas de las diversas regiones, renovados por ese medio magnánimo, descubrieron en las profundidades de sí mismos los elementos más vivos, en las comunidades de las cuales provenían. En París, la lengua norteamericana halló la medida de su poesía y su elocuencia. La crítica surgida en ella logró una apreciación del arte y la música folklórica norteamericana, de la técnica de dibujos animados de Griffiths, de los diseños de interiores en Nueva Inglaterra y de las antiguas máquinas yanquis; de las pinturas con arena hechas por los navajos, de los paisaje suburbanos de Chicago y del Barrio del Este. Las ideas nacidas de este centro de Europa y del mundo pudieron a un oriundo de ST. Louis, T.S Eliot, a deplorar con acentos europeos la desaparición de una cultura europea centralizada y una retórica moderna con la cual atacó al Modernismo.
En realidad, el París Moderno no representaba todas las exigencias de la vida actual, como tampoco el “Internacionalismo” significaba la unión de gentes de diferentes países. El Modernismo era una imagen mental invertida, con todas las características transitorias y la libertad que requieren las cosas imaginadas. El sueño de vivir el presente y el sueño de la ciudadanía universal que descansan no en un triunfo real sino en la voluntad de adentrarse en la nada cuanto sea necesario para desentrañar lo que está muerto en la realidad. Una negación de la negación.
Tal vez el dislocamiento de la cultura occidental que produjo dicho estilo haya sido muy grave, dando lugar a cierto “izquierdismo” en el campo del pensamiento, un excesivo desafío de los poderes del pasado. La ciencia y la filosofía atravesaron los límites nacionales en siglos anteriores, las ideas abstractas demostraron que podían descender del cielo en cualquier lugar y en cualquier tiempo; pero la vida misma, las costumbres, el modo de hablar, de actuar, de componer las imágenes, de planear el futuro, estuvieron siempre marcados por la gravitación de la comunidad, donde la presencia de los muertos es infatigable…
Entonces, súbitamente, en el transcurso de casi una sola generación, todo lo que estaba enterrado salió a la luz. La perspectiva de lo inmediato había sido establecida, o quizás una perspectiva múltiple, en la cual el tiempo no se alzó ya como una lápida ni floreció como un árbol, sino que levantó una lluvia de prodigios a gusto del espectador.
El impulso hacia la vida libre, en una sociedad que con cada año lo enreda más en la trama de las acciones sistemáticas, llevó al individuo demasiado lejos.
De tal modo el Modernismo no se trasformó en un movimiento histórico progresivo, que trataba de sepultar más profundamente a los muertos, sino en un nuevo sentimiento de eternidad y de la vida eterna. Las culturas de la jungla, de las cavernas, de las tierras heladas del norte, la de Egipto, la de Grecia, la de la antigua China, la de la Europa medieval, la cultura industrial de los norteamericanos, todas hicieron lo mismo.
Extraña visión de la eternidad que consiste en hojas del tiempo espacio arrancadas de la historia como los naipes del mazo, constantemente barajadas, ordenadas, desparramadas, vueltas a agrupar, alisadas, volteadas, esparcidas según el juego y arrojadas luego al piso. Un absoluto de lo relativo, recreado por las composiciones con recortes de periódicos, pelo de caballo, láminas antiguas, nalgas de nativos de los Mares del Sur, petroglifos, formas arbitrarias que sugiere la embriaguez del momento.
Entonces el Modernismo de París, descansando en la firme suposición de que la historia podía ser controlada enteramente por el pensamiento, produjo un Tiempo Fuera del Tiempo, y la “Internacional” de París un lugar fuera del espacio. Y este fue el mayor esfuerzo que hizo la humanidad para liberarse de su propio pasado.
El arte moderno fue una serie de explosiones individuales que rasgaron las capas de inercia comunal acumuladas durante siglos. Según dijo uno de sus poetas
El monumento más bello que pueda levantarse

La más sorprendente de las estatuas

La más perfecta y audaz de las columnas

El arco que es como el mismo prisma de la lluvia

No valen lo que el espléndido y caótico montón

Que se produce fácilmente con una iglesia y dinamita.2
Pero debemos señalar que otros procesos menos espectaculares que los realizados en los talleres de París han aflojado lentamente los arrecifes culturales del pasado. París puede considerarse un sinónimo del Modernismo en el sentido de que representaba un estilo y un tempo particular de nuestra conciencia. Pero es un error creer que esa ciudad es también importante si consideramos al modernismo en un sentido más amplio, es decir como el movimiento iniciado en 1789. Esta dimensión más amplia y fundamental no pertenece sólo a París. Abarca por igual a los Estados Unidos, a Sudamérica, a la China revolucionaria e industrial, al Japón, a Rusia, a toda Europa, todos los lugares del mundo alcanzados por la civilización contemporánea. A pesar de la caída de París, la labor social, económica y cultural que define la época moderna, sigue desarrollándose en todas partes. Tampoco el estilo desapareció con la eliminación de su capital; apartado del dominio del arte, reaparece hoy en las nuevas técnicas militares y de propaganda. Si existe una ruptura entre nuestras vidas y el modo de vida que existía antes de 1789, la decadencia general del París de los últimos 150 años no implica una ruptura de similar magnitud con el futuro. El mundo toma su forma de lo moderno, con conciencia o sin ella.
La forma intelectual de la derrota
La Internacional de la cultura tenía una capital: París. En la década del veinte la Internacional del movimiento político tenía también una capital: Moscú. Es una ironía trágica de nuestra época que esos centros mundiales no se unieran hasta la firma del pacto Franco-Soviético, cuando ambos estaban ya muertos. Entonces los dos cadáveres se abrazaron ridículamente, con gran desconfianza y bajo el signo provinciano de sus lemas recíprocamente excluyentes: EN DEFENSA DE LA URSS Y FRANCIA PARA LOS FRANCESES.
Los intelectuales acudieron en uniforme de gala (los intelectuales “proletarios” por supuesto), con sus rosetas rojas y sus afectadas sonrisas, a la boda de esos dos espectros del radicalismo. Y se ofrecieron ansiosamente como padrinos de su vástago terrestre, el Frente Popular. Desde entonces fue desventurado rememorar el pasado de la cultura internacional y del socialismo internacional.
Pero fue durante los Procesos de Moscú que observamos con sorpresa y alarma que aquí ¡en Norteamérica! se concentró la mayor oposición a esa farsa criminal.
Durante cien años los poetas y los artistas de París se alzaron como un insulto personal contra el sadismo organizado, las mentiras y el mal gusto del Estado, la Iglesia, la Academia. Dondequiera que apareciese la malignidad del gobierno era desenmascarada rápidamente con lúcidas burlas, versos encendidos, gritos de “Yo acuso”. En la orilla izquierda, también el poder era sospechoso, ninguno pensaba que teníamos derecho al juego limpio, que un hombre que logró ser emperador, obispo, mariscal de campo o poeta nacional.
Louis Aragón que pronto iba a transformarse en el líder de la Liga de Escritores Norteamericanos3, escribía aún en 1928: “El hombre que quiere permanecer en la cima de los acontecimiento: definición del payaso”.
Hubo muy pocas protestas por la recepción que se hizo en la ciudad de los comuneros, y de Rimbaud, Courbet, Zola, de la estúpida manifestación policial de Moscú, con su grotesco llamado a los simples de todo el mundo, ese asalto masivo de los sacerdotes anónimos de la maquinaria estatal sobre los oradores, los teóricos, los escritores, los revolucionarios; esa parodia de proeza histórica es más sórdida que mil monumentos públicos.
Algunos hombres valerosos –Gide, Breton, Víctor Serge y otros- hicieron lo posible por rescatar la tradición del espíritu crítico de Francia. ¿Pero qué “necesidad apremiante” había paralizado la conciencia de París, símbolo del no conformismo?
Esa necesidad era el Antifascismo.
Iba a emprenderse una lucha en el parlamento, en las calles, en las escuelas, en las fábricas, en las urnas, en los diarios, en las fuerzas armadas, contra un sistema que no sólo condena a la humanidad por los pecados que cometiera en el pasado sino que la obliga a repetirlos una y otra vez: el sistema de Hitler.
Las desaparecidas Internacionales de la cultura y de la política entraron en lucha con miembros disconformes. Al igual que todos los organismos que han perdido poder, procuraron algunas “ideas prácticas” que les garantizaran el resultado deseado sin sufrir pérdidas internas.
La izquierda francesa, llevando los brazales proporcionados por Moscú, adoptó un estilo convencional, sentenciosos, cobarde y moralmente relajado, en nombre del deber social y de la “Defensa de la Cultura”. Se formaron fáciles Frentes en los cuales los participantes estaban obligados a abandonar de su poder de acción, y quizás el deseo de hacer esa renuncia fuera la principal razón de sus coaliciones.
La unidad antifascista se trasformó en un todo; programas, sentimientos, espíritu, verdad, ya nada valieron.
Por supuesto, lo “práctico” no sirve para cuestiones más vastas ni es práctico en los tiempos de crisis.
Para el “hombre práctico” el pensamiento es un objeto de experimentación. Algunos hombres gozan con Hegel, Shakespeare, Bach, Cézanne, con los análisis científicos y la exactitud histórica, otros prefieren los cuentos de misterio. Sólo se trata de saber de qué modo utiliza uno su tiempo libre; para la “acción” esas diferencias no tienen importancia. Molotov, con su escandalosa frase “El fascismo es un objeto de experimentación”, formuló simplemente la actitud que todos sus iguales tenían frente a todas las ideas.
Para defender a París, fueron restaurados hombres y lemas desacreditados. Los comunistas se adueñaron de las Marsellesa y los antiguos poetas surrealistas aclamaron a Romain Rolland.
En este ambiente, la investigación no fue ya solo una cuestión de gusto, sino de mal gusto. Otro golpe del radicalismo fascista y se transformaría en traición.
Mientras tanto, las fórmulas modernas perfeccionadas tanto en París como en Moscú en el momento de su inspiración y descartadas luego, fueron abrazadas ansiosamente por los alemanes y adaptadas a sus propios objetivos. En ese país, la política se tornó un arte “puro” (es decir, inhumano), independiente de todo aquello que no fueran las leyes de su medio. La crítica central de esta “vanguardia” política era, al igual que la de los primeros movimientos artísticos del París, la debilidad, la miseria, la incoherencia y la intoxicación del hombre moderno. Contra esta técnica avanzada, que en sí mismo nada tiene que ver con el cambio revolucionario, el París comprometido con el Frente Popular carecía de sostén.
Alemania fue el único país de Europa donde el pensamiento continuó en el plano del análisis extremista moderno. Thomas Mann relata que vio allí un movimiento que representaba las “mismas fuerzas oscuras” que había animado a los expresionistas y a otros experimentadores modernistas. (Mann, el simbolista, confundiendo el arte y la acción, no repara en la tremenda diferencia material entre retrato cubista de una mujer hecho por Picasso y un torso femenino cortado en pedazos por un asesino “cubista”).
En los alemanes bohemios la negación espiritual se fortaleció con el método científico que se fundaba en las técnicas de sujeción empleadas en todos los estados clasistas modernos. Con una habilidad cada vez más perfeccionada se pusieron a prueba los efectos de la violencia en todas las esferas de la vida. El modernismo artístico fue suprimido con el objeto de sellar el secreto del espíritu del tirano. El exterminio de los rojos y de los socialdemócratas se realizó usando el medio primitivo del fuego del Reichstag, el aniquilamiento de los judíos fue una acción de canallesca rutina, la tortura de los obispos protestantes pudo llevarse a cabo después de un ataque especialmente preparado, para el silenciamiento de los católicos se efectuaron distintos golpes. Se inventaron nuevas provocaciones, con la prolijidad de las escuelas de posguerra de París, para medir la resistencia de la víctima. Se le dieron drogas tranquilizantes que permitían al analista observar su voluntad y coraje y el amor a la tradición, para reclutar amigos en la lucha, los “extremistas” alemanes pretendieron durante meses de guerra naval, haber llegado a un acuerdo para luchar con las armas del enemigo, preparándose todo ese tiempo para aniquilarlo por sorpresa.

Así la conducción alemana, con su feroz energía concentrada, con su seguridad y desvergüenza que sólo pudo producir la filosofía, se apoderó del espíritu de la moderna cultura industrial abandonada por los talleres y cafés políticos de París. La aniquilación de los valores moderados de la clase media se volvió un hecho físico.


¿Y los “defensores de la cultura”? Al sonar el gong de Hitler, cesaron, como respondiendo a una señal, las últimas vibraciones del arte, la literatura, la ciencia, la política. Durante seis años no se oyó ni una sola idea nueva. Impregnados por el ataque de Europa Central, espíritus antes independientes se refugian en instituciones para humillados. Nacen enfermizo nuevos mundos: utopías nacionalistas stalinistas, católicas ciudades de Dios, Luna Parks del crédito social –y rápidamente son rechazados. No hay imaginación que pueda vérselas con el presente y el futuro. Nadie desarrolló un nuevo núcleo de resistencia. Las viejas farsas reaparecen, las viejas banderas se traen del sótano, y las bendiciones de la Iglesia, la Familia, y los Clásicos se amontonan junto a Línea Maignot del statu quo, que se desmorona.
Cuando por fin la crisis está madura, una rápida fuerza explosiva4 solo encuentra en su camino una pila de decomposed scrapings.
La Academia no logró detener el arte moderno, y el fascismo no habría de ser detenido con clisés.
En las aventuras políticas y militares del fascismo, el misticismo moderno, soñando con un poder absoluto para reestructurar la vida de acuerdo a cualquier esquema de su elección, se somete al juicio. Contra este experimento se opone, no al conservadorismo sino otras formas de conciencia contemporánea, otro modernismo.
Nadie puede predecir el centro de esta nueva fase. Porque no es por su propio genio solamente que se levanta una capital de la cultura. Corrientes que fluyen por el mundo levantaron a París por sobre la región que la circunda y la dejaron suspendida como una isla mágica. Y su declinación tampoco se debió a una debilidad interna –ya sea la “sensualidad” o la “molicie” como declaran sus antiguos amigos y actuales enemigos- sino a un reflujo general. Durante una década, el conjunto de la civilización se ha ido hundiendo, colocando lentamente sobre el suelo de Francia. Hasta que su restauración como capital de una nación fue completada por los tanques alemanes.



1 Este capítulo sobre el fin del internacionalismo cultural que en un tiempo se concertó en París, que a su vez era símbolo del mismo, aparición en el Partisan Review en 1940 y se reproduce aquí sin revisión, como antecedente de los capítulo sobre la reciente historia del movimiento intelectual norteamericano, que le siguen.

2 Louis Aragón

3 La Liga fue una de las numerosas organizaciones del Frente Popular contra el fascismo.

4 En enero de 1941, André Moriza, ex director del Ministerio de Información francés, en un artículo que explica el colapso, escribió: “…Después del 10 de mayo tanto las líneas francesas como las inglesas fueron “hechas pedazos”, literalmente, por un ejército cuyo estado mayor estaba libre todos los dogmas tradicionales y cuyos métodos causaron sorpresa y un impacto irresistible”.

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