Ibiza (31 de julio – 25 de agosto de 1966) E. M. Cioran



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Cioran,%20Émile%20Michel%20(1911.1995) -> Desgarradura (Ecartèlement, 1983)
content -> Friedrich Nietzche de mi vida
content -> Nietzsche en castellano Póstumos Filósofos y filosofía
content -> Miguel de Unamuno
content -> Ortega y gasset

CUADERNO

DE TALAMANCA

Ibiza



(31 de julio – 25 de agosto de 1966)


E. M. Cioran



Texto seleccionado y presentado por


Verena von der Hieden-Rynsch

Traducción y prólogo de
Manuel Arranz

PRE-TEXTOS

La reproducción total o parcial de este libro, no autorizada por los editores viola derechos reservados. Cualquier utilización debe ser previamente solicitada.

Primera edición: septiembre de 2002

Diseño cubierta: Pre-textos (S. G. E.)


Título de la edición en lengua francesa:

Cahier de Talamanca
© traducción y prólogo: Manuel Arranz

© Selección del texto y prefacio:


Verena von der Hieden-Rynsch

© Editions Gallimard, 2000

© de la presente edición:

PRE-TEXTOS, 2002

Luis Santángel, 10

46005 Valencia
IMPRESO EN ESPAÑA / PRINTED IN SPAIN

ISBN: 84-8191-486-X

DEPÓSITO LEGAL: V-3053-2002
GUADA IMPRESIONES – TEL 961 519 060 – MONTCABRER 26 – 46960 ALDAIA (VALENCIA)

PRÓLOGO
CIORAN Y LA ESPAÑA DEL DESENGAÑO

“No seas y podrás más que todo lo que es”



Fray Juan de los Ángeles

Diálogos de la conquista del reino de Dios.

“El hombre es tanto más hombre, esto es, tanto más divino, cuanto más capacidad para el sufrimiento, o mejor dicho, para la congoja, tiene”



Miguel de Unamuno

Del sentimiento trágico de la vida

Cioran amaba España. Cualquier lector asiduo de sus obras sabe esto; incluso en aquéllas en que no habla para nada de España o de temas españoles, el misticismo, la beatería, la decadencia, el honor, la melancolía, su amor por España es siempre patente, siempre manifiesto. Cioran tenía un carácter español, un temperamento español. Amaba España como los viajeros ingleses del siglo XIX, o como los noventayochistas también la amaban, es decir, apasionadamente, irracionalmente. La amaban por sus vicios, por sus defectos, tan puros los unos como los otros, por su orgullo, por su fe, porque su decadencia no recordaba su esplendor sino que era ella misma una esplendorosa decadencia. “Nada de lo español me es ajeno” dejó dicho, y no sería difícil reunir una nutrida antología con sus citas sobre España y lo español. Savater, a quien le cabe el mérito de haber sido el primero en introducir a Cioran en España, allá por los años setenta, escribió en una ocasión: “De todos los países de Europa, el predilecto de Cioran, su obsesión, su límite y su infierno, es España. Leyéndole, se hace necesario que tal cosa como España exista. En mística y en blasfemias, en fanatismo, en sangre, ímpetu y desesperanza, en azar y fatalismo, tenemos las raíces más largas y más hondas: hemos llevado a su límite la experiencia de vivir, hemos transgredido los límites... Nuestro castigo es aleccionador”. No es la España de hoy, naturalmente, la que amaba Cioran. En la época en que él se enamoraba de España, los españoles habían sufrido una decepción, un desengaño (¡qué temas tan españoles!, como lo sublime y el ridículo, los dos extremos de lo español según Cioran; y no hay que olvidar que el español sólo reside en los extremos). España había perdido su encanto para ellos, y los temas que citábamos antes, el misticismo, la beatería, la decadencia, el honor, o no les decían nada o les recordaban algo que preferían olvidar. Pero la memoria, como decía Unamuno, no es precisamente consoladora, no es una facultad que se ejerza a voluntad o conveniencia. Hoy tal vez ya no podría escribir la frase: “Todos los españoles que he conocido estaban un poco locos, pero su locura era real, no era fingida ni literaria”.

El caso de Cioran es un caso único de individualismo en filosofía, bastante español, por cierto. Cioran no construye ningún sistema filosófico, ni tampoco lo deconstruye. Un filósofo así es un filósofo sin discípulos ni maestros. Él mismo es a un tiempo discípulo y maestro de sí mismo. Y con razón Cioran temía más a los discípulos, a los seguidores, que a los detractores, pues son aquellos los que primero corrompen un pensamiento. Y cuando se trata de un pensamiento sobre la corrupción, y por añadidura de un pensamiento corrupto, los malentendidos se multiplican. Aunque quizás decir que el pensamiento de Cioran es un pensamiento asistemático no sea más que repetir un tópico y un error redundante, pues tal vez no haya pensamiento más obsesivamente sistemático que el suyo. No hay nada que Cioran no pase por el cedazo de la duda, del escepticismo, de la sospecha. Ninguna creencia, ninguna idea, ninguna convicción están a salvo. Cioran, para decirlo de una forma cartesiana, no duda por sistema sino que duda del sistema mismo. “Nunca he comprendido que se pueda dudar por método”, escribió en sus Cuadernos. O dicho con mayor propiedad, no duda, está convencido de la falsedad, de la vacuidad, del sinsentido; pero también de que no hay nada fuera de él, de que no hay recambio posible, de que todas las alternativas son la misma alternativa vista bajo diferentes luces. Si hay un destino, “palabra selecta en la terminología de los vencidos”, ése sería el destino.

A Cioran se le ha tachado (término éste justísimo en su caso) de nihilista, escéptico, pesimista, místico o cínico. Evidentemente no es ninguna de esas cosas, pero sólo en el sentido de que podría serlas todas, incluso en ocasiones, todas a la vez. Anti-filósofo, como él mismo se definió en alguna ocasión, su obra, sin lugar a tudas una de las más lúcidas del siglo XX, ocupa un lugar de excepción. Una obra al margen de la filosofía, como él fue un hombre al margen de la sociedad, pero sin renunciar ni a la una ni a la otra y manteniendo con ambas extrañas relaciones, extrañas complicidades. Quien consideraba las definiciones como la tumba de las cosas, difícilmente iba a permitirse encajar en ninguna.

El místico es el hombre en el que ha prendido el sentimiento de la muerte, sentimiento que para Cioran es el único criterio que divide tajantemente a los hombres en dos clases irreconciliables entre sí. Todas las demás divisiones y clasificaciones son intercambiables, es decir, un día el hombre puede estar en una determinada clase y al día siguiente pasar a otra, incluso a la clase contraria y seguir siendo el mismo hombre: sus determinaciones no le cambian sustancialmente, digamos que se aclimata a la nueva situación. Pero el hombre que sabe que debe morir y vive sabiéndolo, pues el otro aunque también lo sabe vive como si no lo supiera, vive una vida diferente, una vida que transmuta paradójicamente la obsesión por la muerte por la obsesión por la vida. Y esta pasión extremada por la vida, esta voluptuosidad frenética, es la esencia misma del misticismo. Tengo el “sentimiento místico de mi indignidad y de mi decadencia”, escribió, también en sus Cuadernos. El místico no puede vivir en el mundo, sabe que la “realidad es una creación de nuestros excesos, de nuestras desmesuras y de nuestros desarreglos”, pero tampoco puede vivir fuera de él. ¿Vive entonces al margen, en los márgenes del mundo? Podría ser; así vivió en cierto modo Cioran, en un estado de contemplación de la existencia, entre la decepción y el desengaño. Pues el hombre nos decepciona, sus empresas, sus deseos, incluso sus sufrimientos, son siempre limitados, absurdos, o ridículos; pero es la humanidad la que nos desengaña, ya que no tiene finalidad alguna. Cuando se produce el desengaño, ese sentimiento singular que nada tiene que ver con su plural, los desengaños, y ni siquiera con la suma de todos ellos, si el desengaño ha sido sincero, se asiste al espectáculo de la propia vida. “Y lo más inmediato es sentir y amar mi propia miseria, mi congoja, compadecerme de mí mismo, tenerme a mí mismo amor. Y esta compasión, cuando es viva y superabundante, se vierte de mí a los demás, y del exceso de mi compasión propia, compadezco a mis prójimos. La miseria propia es tanta, que la compasión que hacia mí mismo me despierta se me desborda de pronto, revelándome la miseria universal”1. Pero el desengaño también es fruto de la pasión y no de la ciencia, de la razón, como podría presumirse. La ciencia y la razón engañan, incluso cuando dicen la verdad, tal vez sobre todo cuando dicen la verdad, pero no desengañan nunca. El desengañado no es un descreído, ni tampoco un incrédulo, sino alguien que cree en la nada, y en consecuencia en lo imposible. “La pasión es como el dolor, y como el dolor, crea su objeto. Es más fácil al fuego hallar combustible que al combustible fuego”, escribía Unamuno.

El desengaño, al que sólo está expuesto el hombre que ha esperado algo, es decir, el hombre que ha tenido esperanza, y la esperanza en el fondo no es más que un anhelo de fe, tiene sólo dos vías, dos soluciones: el misticismo o el nihilismo. Y Cioran, que entre el amor que es sufrimiento, que es dolor y sustancia de la vida, y la dicha que es un estado de satisfacción y conformidad con la existencia, había elegido, o había sido elegido por el amor, no tiene más salida que por las alturas, es decir, el misticismo. ¿Un místico nihilista? Bien pudiera ser en su caso, acostumbrado a moverse entre las contradicciones más afiladas. Y la contradicción entre el deseo y el pensamiento era tal vez la que más le atormentaba. Por otra parte, nadie ha hablado con más desprecio del amor que Cioran. Imposibilidad suprema, compendio y resumen de todas las imposibilidades; pero recordemos que sólo lo imposible le despertaba algún interés, que sólo las tareas imposibles le eran dignas de admiración.

El desengaño a su vez destila la amargura, un sentimiento noble para Cioran, tal vez el único que se reconoce, pues la pereza, el hastío, no son sentimientos, son sus virtudes y, por encima de todas las virtudes, la virtud máxima por excelencia: la indiferencia. Para Cioran la indiferencia es una virtud virtuosa, si es que puede hablarse así, o un vicio virtuoso, “más noble que todas las virtudes”, como la duda y la pereza que para Cioran no son más que un catálogo de patologías. La indiferencia es lo único que nos preserva del fanatismo, “tara capital”, causa de todos los males del hombre. Pero se trata sobre todo de la indiferencia hacia la razón, pues la pasión no deja indiferente nunca a C. En realidad, aunque él no lo diga con estas palabras, él prefiere llamarla enfermedad, la pasión es lo que sostiene su escritura y viceversa. “Tengo la pasión de la indiferencia”.
*
Entre el 24 de julio y el 28 de agosto Cioran no escribe nada en sus Cuadernos (presumiblemente dejados en París). La primera anotación de ese 28 de agosto de 1966 dice escuetamente: “Vuelta de Ibiza: sólo soy capaz de una forma de valor: el valor de desesperar. (¡Siempre lo mismo!)”. el 19 de noviembre de ese mismo año (1966) escribe: “Tendré que decidirme de una vez a escribir La noche de Talamanca, proyecto que he abandonado vergonzosamente. El 5 de septiembre había escrito: “Un atardecer en Ibiza, solo frente al mar, experimenté de una forma aguda el sentimiento del absurdo del honor o, si se prefiere, de la honorabilidad”. El Cuaderno de Talamanca está formado por las notas que tomara Cioran el verano de 1966 en Talamanca, un pequeño pueblecito de Ibiza. “Es el testimonio de una crisis” nos dice su editora Verena von der Heyden-Rynsch, pero es que la obra toda de Cioran es el testimonio de una crisis como nos demuestran el resto de sus libros. No es fácil de digerir el conocimiento sin esperanza.

Hay autores sobre los que se puede escribir, incluso cuando su obra es prácticamente ilegible, son la mayoría, y otros, en cambio, una minoría, a los que se les puede leer pero no se puede escribir nada seguro de ellos. Cioran es uno de estos autores. No se trata sólo de que hayan dicho la última palabra sobre su obra, es que su obra niega, refuta, fulmina cualquier comentario que se haga sobre ella, uno escribe por ejemplo: el pensamiento de Cioran es la más radical refutación del racionalismo consolador de la filosofía. Y un buen día releyéndole se topa con un “Yo lo que soy en el fondo es un racionalista”. Y si corrige la frase, tacha racionalismo y lo sustituye por irracionalismo, días después puede toparse con la frase: “Debo a mi irracionalismo mis raros momentos de lucidez”. Y lo más turbador de todo es que te das cuenta de que él no se contradice mientras que tú sí. Que no es que haya ejercido ese derecho, inalienable al parecer, a la contradicción, sino que en su caso lo ha considerado un deber.

El hombre considera que tiene derecho a contradecirse, a afirmar y negar las mismas cosas alternativamente según su conveniencia o su capricho, o simplemente su memoria, y a pesar de ello sigue teniendo a la razón en un pedestal y reverenciando a la verdad. Tal vez porque la razón ha inventado la contradicción y no haya nada más contradictorio que la verdad. Sus pasiones son impermeables a sus convicciones porque ni las unas ni las otras son sinceras, no son más que deseos y opiniones, y en la mayoría de los casos ni siquiera propios. Y a esa conciencia de que nada nos pertenece es a lo que no puede resignarse el hombre. Dicho de otro modo: el hombre puede resignarse a todo menos a la nada. Y la resignación es una forma de creencia como la creencia es una forma de resignación. Naturalmente, creer en nada es un contrasentido.

Sólo prospera, sólo fructifica, lo que se hace a medias. Las medias verdades son más digeribles por el hombre que la verdad desnuda, que suele serle indigesta. Un exceso de pureza, de perfección, siempre tiene algo de repulsivo, de falso, de hipócrita. El pensamiento, cuando se obstina en llegar al fondo de las cosas, se aniquila. Nos falta el aire en las profundidades y en las cumbres es demasiado puro. “Ir demasiado lejos es dar infaliblemente una prueba de mal gusto” dice Cioran, pero ir hasta el final significa perecer: la nada no tolera encontrarse consigo misma. Una nada enfrentada a nada, pensamiento absurdo donde los haya (“una nada trabajando en nada” Hegel), como un pensamiento enfrentado al pensamiento. El lenguaje sirve para pensar, pensar sobre el lenguaje es una perversión. Una doble perversión, como lo son todas cuando lo que se pervierte es la función originaria, a la vez del pensamiento y del lenguaje.

“ ‘Sentí un funeral en mi cerebro’ —cita Cioran de su querida Emily Dickinson—. Yo podría añadir como Mademoiselle de Lespinasse: ‘En todos los instantes de mi vida’. Perpetuos funerales del espíritu”
Manuel Arranz
PREFACIO

Cioran tenía tres patrias: la de su infancia, Rumania; la de su lengua, Francia; y la de su alma, España. Con una lucidez devastadora digna de aquel Siglo de las Luces que tanto amó, sin embargo, permaneció siempre muy cerca del país en que los éxtasis místicos y la noción del “desengaño” embriagaron su juventud: España. Una pasión que, desde su primer libro, En las cimas de la desesperación, hasta sus últimos ensayos.

“Uno tras otro, he ido adorando y odiando numerosos pueblos; jamás se me ocurrió renegar del español que me hubiera gustado ser...” escribe Cioran en los Silogismos de amargura. España representa para él, nos confiesa, “la emoción en estado puro”; pero son sobre todo las relaciones de España con Dios lo que apasiona a este hijo de clérigo: “Rusia y España: dos naciones preñadas de Dios. Otros países se conforman con un conocimiento de él, pero no le llevan en su interior”. Entre los místicos españoles que lee y estudia con frecuencia, la que más le atrae es Teresa de Ávila, en la que encentra ese “ardor único de España” y las tan deliciosas “impurezas de la santidad femenina” ya que ella osa “llevar la indiscreción de su sexo hasta el mismo cielo” (Breviario de podredumbre). Pero junto a esta “aventura vertical” que representa la mística, hay otra clave para la comprensión del alma española que seduce a Cioran: el “desengaño”, ese correlato barroco, rico en paradojas, de la “decepción” del siglo XVIII francés. Durante una entrevista con un periodista español en 1983, Cioran confesaba: “Lo que me atrae, es el aspecto no europeo de España, una forma de melancolía permanente. (...) Esta melancolía es una especie de aburrimiento refinado, el sentimiento de un exilio irrevocable”. Fue en Valladolid, en la Casa de Cervantes, donde Cioran tuvo la revelación de esta miseria nacional. “Una vieja, de apariencia vulgar, estaba contemplando el retrato de Felipe III: “Un loco”, dije yo. Se vuelve hacia mí: “Con él comenzó nuestra decadencia”. De modo que, pensé, la decadencia es en España un concepto corriente, nacional, un cliché, un lema oficial.” (La tentación de existir.)

El cariño que sentía Cioran por este país, reforzado en sus numerosos viajes, particularmente a Toledo, una de sus ciudades preferidas, era también literario. Del sentimiento trágico de la vida, de Miguel de Unamuno, fue durante mucho tiempo uno de sus libros de cabecera. Y cuando, en 1958, dirigió por un corto espacio de tiempo una colección de ensayos en Plon, uno de los primeros libros que publicó fue El espectador de Ortega y Gasset, “el faro y el guía de toda una generación”. En fin, como resultado de un encuentro, en el Café del Flore, con la filósofa y poeta María Zambrano, “hija espiritual” de Ortega y Gasset, de la que nos ha dejado un conmovedor retrato en Ejercicios de admiración, y una larga conversación con ella sobre la Utopía y la Edad de Oro, Cioran escribiría en 1960, Historia y utopía.

La mística y el “desengaño” constituyen también el leitmotiv del Cuaderno de Talamanca, lo mismo que la pasión por la música. Este Cuaderno fue escrito durante el verano de 1966 en Talamanca, pueblo que se encuentra en la isla de Ibiza. Es el testimonio de una crisis, crisis de tal intensidad que los Cuadernos posteriores se refieren a ella como la Noche de Talamanca.

Verena Von Der Heyden-Rynsch



CUADERNO DE TALAMANCA

Ibiza, 31 de julio de 1966. Esta noche, sobre las 3, completamente despierto. Imposible seguir más tiempo en la cama. He ido a pasear por la orilla del mar, acompañado de los más sombríos pensamientos. ¿Y si me arrojara desde lo alto del acantilado? He venido hasta aquí por el sol, y yo no puedo soportar el sol. Todo el mundo está moreno, pero yo seguiré blanco, pálido. Mientras me entregaba a toda suerte de reflexiones amargas, contemplaba los pinos, las rocas, las olas “visitadas” por la luna, y de repente me di cuenta de hasta qué punto estaba yo ligado a este hermoso y maldito universo.

En el Evangelio según Tomás, Jesús, al que preguntan dónde se puede encontrar la salvación, responde: “En cualquier parte donde no haya mujer”. —Respuesta agnóstica donde las haya.

Ibiza, 1 de agosto. El año pasado, F. Me había prestado su tocadiscos y había escuchado un disco que me encantó. Era un tango español, la cosa más desgarradora que existe. De vuelta a París, intenté recordar el ritmo y la melodía. Imposible. Un año después, vuelvo a encontrarme en la misma casa. Al día siguiente de mi llegada, durante la siesta, tengo un sueño en el cual escucho un tango. Al despertarme, había vuelto a encontrar mi tango.

Ibiza. Duermo por término medio, siesta incluida, de 9 a 10 horas al día. Llevo tal retraso en materia de sueño, que me haría falta dormir el doble a fin de recuperar el tiempo perdido en insomnios.
En el orden del espíritu, cualquier producción hecha sin necesidad es un pecado contra el espíritu. El escritor como tal se encuentra en pecado mortal.

Todo principio de una idea coincide con un sufrimiento, preferentemente secreto.

Ya no escribo, porque de momento, no siento la necesidad de escribir, de decir, y porque si bien tengo todos los defectos, no tengo el de ser escritor.

He mentido en mi vida tanto o tal vez más que cualquiera; pero creo haber sido sincero en mis “escritos” —estoy incluso seguro de ello.

Creo, como el agnóstico Basílides, que la humanidad debe volver a sus límites naturales retornando a una ignorancia universal, auténtica señal de redención.

Es necesario que el hombre supere el conocimiento, que renuncie a la aventura del conocimiento.

Esto es lo que dicen los Philosophoumena sobre la redención en el sistema de Basílides: “Cuando todo se haya cumplido definitivamente, cuando todas las simientes confundidas hayan sido arrancadas y devueltas a su lugar de origen, Dios extenderá una ignorancia absoluta sobre el mundo entero, a fin de que todos los seres que lo componen permanezcan en los límites de su naturaleza y no deseen nada ajeno o mejor; pues en los mundos inferiores, no se encontrará ni mención ni conocimiento de lo que hay en los mundos superiores, a fin de que las almas no puedan desear aquello que no pueden poseer y que ese deseo no se convierta para ellas en fuente de tormentos; ya que eso sería la causa de su perdición” (VII, 27)

Cuándo recuperarán las personas su primitiva ignorancia.

Redención: por el conocimiento, por la superación del conocimiento.

El Remordimiento de nuevo; mi esterilidad experimentada como un pecado cuya gravedad percibo todavía más bajo este sol universal de Ibiza.

Un francés le hace la siguiente pregunta a un delegado sindical sueco: “¿Qué puede pedir todavía un obrero en Suecia? Lo tiene todo, no puede desear ya nada más”. El delegado responde: “Sí, puede pedir un segundo cuarto de baño”.

Lucifer había sido adoptado por Dios: su orgullo creció tanto que acabó por rebelarse; según los cátaros, Jesús también había sido adoptado; este nuevo Lucifer “incapaz de caída” debía, humillándose, rebajarse a la condición humana, corregir los siniestros efectos de la primera adopción.

Mi visión del mundo no hubiera sido diferente si hubiese vivido en un país cálido. Hubiera sido únicamente menos virulenta, porque la mayoría de mis males tienen por origen el frío (reumatismo, rinitis, catarro).

En Ibiza, la diferencia entre las estaciones es mínima. El invierno no es más que un ligero recrudecimiento del otoño.

Ahora bien, he observado que el cambio de las estaciones actúa en mí en profundidad, que altera mi ser mismo. Cada estación me convierte en una persona distinta; la primavera me hace pensar en el suicidio, lo mismo que el verano. Al ser tan bruscas las variaciones de temperatura en el norte, vivir allí es para mí un suplicio que se agrava con la edad. Mi sueño de siempre: vivir en un país con un mínimo de clima, me doy cuenta de que no lo realizaré jamás.

P.-S. Sólo una cosa bajo este cielo habría adquirido una dimensión insospechada: mi melancolía; hubiera absorbido la parte afectada de mis otras anomalías, de manera que lo que hubiera ganado por un lado lo habría perdido con creces por el otro.

(Bajo un cielo análogo a éste vivió Leopardi)

6 de agosto. He tenido un sueño interminable: se trataba de una guerra nuclear entre América y China. Jamás estando despierto habría yo podido concebir semejante visión ni detalles más espantosos, más magníficos: un esplendor infernal. Todo el futuro se estaba desarrollando allí, en mi cabeza. Los antiguos tenían razón al atribuir un valor profético a los sueños: todos nuestros miedos secretos se proyectan en ellos, todos nuestros miedos clarividentes.

Toda revolución caduca, puesto que se hace con ideas caducas, con residuos ideológicos. El socialismo fascinaba a los espíritus del siglo pasado; se realizó en el momento en que, por su contenido abstracto, ya había sido superado. El hombre de acción, y particularmente el revolucionario, siempre va retrasado por lo que se refiere al progreso del espíritu.

El coche, el avión y el transistor: con la llegada de esta trinidad puede datarse la desaparición de los últimos vestigios del Paraíso terrenal.

Todo hombre que toca un motor demuestra con ello que es un réprobo.

¿Qué diferencia hay entre ser leído por mil, diez mil o cien mil, entre tener un lector o todos los lectores de los cinco continentes?

Tengo en común con el Diablo el mal humor, eterno fundamento de la ansiedad. Como él, soy bilioso por decreto divino...

Una inglesa, apasionada por Talleyrand. Hemos pasado la tarde intentando traducir al inglés sus palabras. Tarea prácticamente imposible. Sería necesario saber perfectamente todos los idiomas y sobre todo repensar cada palabra hasta encontrar el equivalente exacto.

La inglesa en cuestión, una joven de 25 (?) años, tal vez incluso más joven, había leído la biografía de Duff Cooper: resultad, se convirtió en una adicta de Talleyrand. Está enamorada de su cinismo. ¿Perversidad o voluntad de independencia? ¿Vicio o instrumento de emancipación?

“Disparos sobre una idea”, como dice Benjamín Constant del ingenio. Efectivamente, el ingenio mata la idea, el problema, la pregunta. Es la costumbre más nefasta que se pueda adquirir. Hay un automatismo del ingenio del que hay que huir como de la peste y del que es necesario curarse si uno llega a contraerlo. El ingenio es una debilidad, sobre todo cuando es premeditado, quiero decir, explotado.

8 de agosto. Me he levantado hacia las 4 de la madrugada y he ido a pasear por la orilla del mar. Me he sentado sobre una roca a esperar que se hiciera de día. Cuando empezó a clarear, la luz no venía de arriba, sino de las rocas de los alrededores, como si estuviera oculta tras ellas y esperara la mañana para salir. Esta transfiguración de la materia, tan bella, tan irreal, hizo que olvidara las amargas reflexiones con las que suelen iniciarse todos mis insomnios.

En los paisajes que amamos, nuestras debilidades toman otro cariz. Aquí, el insomnio no es un mal, sino únicamente una cierta imposibilidad.

La endura, el suicidio por inanición entre los cátaros; si se dejaban morir de hambre era para precipitar la liberación del alma cautiva por la materia.

“Mi pasión por aquello que yo creía que eran descubrimientos me ha hecho descuidar las reglas elementales de la prudencia; y puesto que no me he privado de las satisfacciones habituales de los inventores, es bastante justo que experimente también los desengaños” Hume (?)


El mismo combate de siempre para dormir. Hoy, hangover. He venido hasta aquí para comprobar algo que ya sabía antes de partir, que de hecho siempre he sabido, a saber: que no puedo soportar el sol, que me hace daño, que es incluso enemigo de mi sueño.

A mi vuelta tendré que elegir entre escribir en ensayo sobre la ansiedad o el de la redención, dos proyectos entre los que me debato desde hace meses.

Estando como estoy todo el año de vacaciones, cuando llegan las vacaciones propiamente dicha, se hace todavía más realidad el vacío en el que vivo: el de ahora es un vacío en segundo grado, un vacío del que uno es consciente en todo momento, el vacío oficial de mi existencia.

Sueño. Erwin Reisner me escribe: “Aunque tengo 76 años, me he wahnsinning verliebt de una joven de treinta años, con la que pienso casarme pronto, después de divorciarme de mi mujer, con la que he vivido cincuenta años. Iré a París con mi joven esposa”. Viene. Hace que ella aprenda francés para poder trabajar. Yo le doy clases. Él la contempla con un aire arrobado, etc., etc. Ni siquiera un momento, en ese sueño que, al despertar me ha parecido interminable, tan largo como la noche, me ha venido a la mente la idea de que Reisner estaba muerto. Nos sucede a menudo, cuando soñamos que corregimos errores, que nos decimos: “Esto es imposible”, pero el error fundamental, el error que nos hace tomar a un muerto por un vivo, no llegamos nunca a repararlo.

(En ese caso, salvo en algunos detalles, la historia que mi sueño a prestado a Resiner es exactamente la de E. I; es curiosa la substitución. ¿Por qué ese camuflaje?)

En huir de mis responsabilidades, he puesto todo mi ingenio.

Compatriotas a los que no había visto desde hacía veinticinco años, o a los que veía por primera vez, he observado con qué insistencia se refieren al “Destino” cada vez que se trata de algo importante para ellos y para el país, es decir, cada vez que se trata de sus fracasos. De manera que para ellos no ha cambiado nada porque nada podía cambiar. Esta continuidad en el fracaso, que es el gran patrimonio de mi país, hace que me sienta unido a él a pesar de todo: sería ridículo renegar de los orígenes de los que me siento tan próximo y a los que he profesado una fidelidad tanto más encarnizada cuanto que era inconsciente.



Borges. — un hacedor, un Paulhan logrado. Todos sus puntos de partida son literarios, peor aún: librescos. Estaba hecho para tener éxito en Francia, donde gusta por encima de todo el procedimiento, el truco, lo falso. Borges o la astucia universal.

“El hombre que suspenderá su juicio sobre todsa las cosas, no ha nacido todavía”, se dice en un texto sobre Hume.

...Me gustaría ser ese hombre, ese caso imposible, ese no-nacido.

La idea del eterno retorno no es en Nietzsche más que una chifladura y en el mejor de los casos una inspiración; y es una pura aberración por parte de Heidegger querer ver en ella el pensamiento central de Nietzsche.



10 de agosto. Griposo. Me he pasado todo el día en la cama. Han vuelto las viejas obsesiones, el sentimiento de que para mí nada es posible. Vaya donde vaya, mis males me acompañan. Ése es el regalo capital de mi existencia. Se diría incluso que mis males me preceden, que despejan el terreno a fin de que pueda ser desdichado sin dificultad, sin obstáculos. Si se me transportara al Paraíso, el fenómeno se repetiría ineluctablemente.

Durante toda la tarde he estado pensando en Keats en Roma. Por mucho que cambie de paisaje, no puedo cambiar de destino. Y, mala señal para mí, todavía no he conseguido resignarme al mío a pesar de todos mis esfuerzos en ese sentido, y de todas mis teorías al respecto. Me desasosiega y me exaspera, me arranca continuas lamentaciones, como si fuera posible tener otro o modificar sus circunstancias. Sufrir tranquilamente es un secreto que aspiro en vano a poseer y sin el cual los temperamentos como el mío están condenados al infierno.

Cuando un filósofo habla del lenguaje no lo leo: cuando es un escritor, tiro su libro. En Francia, puede decirse que todo hombre que escribe está fascinado y paralizado por este problema. No es lo que pensáis sobre el lenguaje lo que me interesa, sino el uso que hacéis de él, vuestro lenguaje propio —el instrumento y no la reflexión sobre el instrumento.

No hay angustia sin razón, quiero decir que la crisis que estáis atravesando ahora, de la que no veis los motivos, es la consecuencia de estados muy determinados que hubieran justificado la angustia en aquel momento, pero que, extrañamente, no la provocaron; más tarde se provoca a sí misma y os desconcierta porque no llegáis a comprender su origen.

(Todo esto es verdad y no es verdad)

No he conocido ningún goce que no haya tenido que expiar de una manera u otra.

(He expiado todo goce, he pagado por todo placer. Estoy en paz con la Suerte, he ajustado todas mis cuentas con Dios)

Por mucho que cambie de lugar —por mucho que cambiara el mundo—, me vuelvo a encontrar siempre conmigo mismo, con el mismo yo.

Escuchar el viento dispensa de la poesía, es poesía.

Si se quiere comprender todo, hay que comprender también al verdugo. E incluso perdonarle. La indignación —no cabe duda— es un estado no-filosófico.

Es en los paisajes demasiado hermosos en los que uno siente con más fuerza toda su podredumbre y lamenta el cadáver que arrastra consigo.

11 de agosto. Insomnio implacable. He salido a las 3 a pasear. Este clima decididamente no es para mí; los baños de mar me enervan. Esta isla, que he amado tanto, no es mi “tipo”.

Esta noche, para consolarme por no poder dormir, me he dicho que si el sueño me hubiera sido concedido como a los demás, no podría estar contemplando estos árboles contra el cielo con las olas al fondo, ni percibir de una manera tan aguda el sentimiento de mi disparidad con los demás seres, de mi soledad total en medio de ellos.

He pensado también que mi drama provenía de mi aspiración a vivir como todo el mundo y de mi incapacidad, de mi imposibilidad más bien de conseguirlo. Cuando se tienen los nervios, el estómago, el hígado jodidos, y fácilmente podría alargar la lista, uno no sale de su agujero donde se encuentra a salvo del sol, del viento, del mar, cosas todas funestas si quiero gozar de ellas. Y eso es desgraciadamente lo que he intentado hacer, con mi incorregible empecinamiento.

Mi primer pensamiento al saltar de la cama en mitad de la noche fue ir a arrojarme al mar desde lo alto del acantilado. —Pero la noche era perfecta y sin tacha; sencillamente la noche me ha colmado.

Ibiza me da tan poco resultado como Valdemosa a Chopin.

Con unos nervios como los míos no se debe dejar el norte. El calor pone a flor de piel todas mis debilidades.

Un chico de once años, durante una cena.

El pan está duro. ¿No tenéis mantequilla? No me gustan las nueces. ¿Dónde está el vinagre? El queso está bueno, etc., etc.

El chico, olvidé decirlo, era inglés.

Sólo los niños y los locos saben no mentir.

A mitad de cada noche, se abre ante mí un agujero.

Un albañil de Ibiza cuenta que hace diez años, antes de la invasión de los turistas, los habitantes eran amables, afables, os invitaban (a) comer en sus casas, dejaban la puerta abierta día y noche; ahora, la cierran con llave, se han vuelto egoístas, apenas os dirigen la palabra, se han hecho hoscos y suspicaces y comen mejor. Pero que vivan mejor, que sean más felices, eso no es seguro. Antes, ganaban poco, pero tampoco tenían necesidades; hoy día tienen muchas y tienen que satisfacerlas. Por eso trabajan más que antes, se cansan, se agotan, pero, lo mismo que los turistas, no pueden estarse quietos. El silencio ha desaparecido de la isla: noche y día se escucha el estrépito de los aviones que la cruzan de parte a parte, éste es el precio que los indígenas pagan por el privilegio que han obtenido de poder comer hasta hartarse.

Los estragos de la “civilización” son tan evidentes que da vergüenza seguir señalándolos.

Un crítico inglés habla con mucha razón de las staccato sentences de Joyce. Es ese estilo entrecortado, esas frases discontinuas, puestas unas a continuación de otras, como si se tratara de una demostración, lo que me hace tan penosa su lectura.



14 de agosto. Esta noche, he estado muy atento al canto del gallo. Era tan sincero, tan lleno de entusiasmo, que me cuesta imaginar que no se dirija a nadie, que cante para él solo. Tiene claramente algo que comunicar, aunque su registro sea siempre el mismo y no parezca cambiar de fórmula. ¡Es igual! Tanta convicción debe corresponder a alguna realidad y traducir algún mensaje. No puedo creer que se trate de un simple ejercicio.

Es el Antiguo de entre los Antiguos, esta expresión del Zohar es lo mejor que se ha dicho nunca sobre Dios.

La cábala es de una sutileza irritante; especie de esoterismo en el que es difícil creer.

Lo que se busca en la mística es la profundidad, y no el abuso de especulación: esa proliferación de misterios, esa atmósfera irrespirable de trastienda, hace a la mística judía interesante, pero impracticable, extraña, lejana.

Mareo, palabra “vulgar” para designar un acceso de melancolía



14 de agosto. Hace un momento, mientras subía camino de casa, he escuchado una canció popular en la radio, y la nostalgia que se desprendía de ella, o que yo veía en ella, me ha llevado al borde de las lágrimas. En España, la nostalgia está como en su casa, toda la vida está aquí atravesada por una corriente subterránea de penas y gritos desgarradores, de lamentos cantarines y melodiosos llantos. En Europa, ya sólo se puede encontrar tanta nostalgia cotidiana en Hungría.

“He hecho un retrato de él de tal manera que pueda encontrar fácilmente su cuerpo el día del Juicio Final.” (Lichtenberg)

La noche pasada, sueño como de costumbre. Por miedo a no poder volver a dormir, he apartado de mi rápidamente toda veleidad de pensamiento, todo principio de idea. Pues la idea formulada, la idea neta, es el peor enemigo del sueño.

Todas las religiones han concedido una importancia desmesurada al hombre: por eso han gozado de tan gran crédito. Según el Zohar: “En el momento en que tiene lugar la concepción, el Santo, cuyo nombre sea bendito, envía aquí abajo una forma a semejanza del hombre con la impronta de su sello divino. Esta forma asiste a la unión carnal, y si el ojo pudiera ver lo que en ese momento sucede, percibiría por encima de su cabeza una imagen muy parecida a un rostro humano, y esta imagen es el modelo a partir del que somos procreados. En tanto que no ha descendido entre nosotros, enviada por el Señor, y que no se ha quedado encima de nuestra cabeza, la procreación no tiene lugar; pues está escrito: Y Dios creó al hombre a su imagen. Y ella es la primera en recibirnos a nuestra llegada al mundo; ella es la que se desarrolla con nosotros a medida que crecemos y es con ella con quien abandonamos la tierra”. Zohar apud (palabra ilegible)

¿Qué sentido puede tener la idea de la redención?

Tratar de leer el libro de Philip Mainländer: Die Philosophie der Erlösung.

Meditar sobre cualquier cosa, excepto sobre el lenguaje.

No puedo concentrarme en nada, todo me aburre, todo me invita a la dispersión. Como contrapartida, me intereso en multitud de cosas pero en ninguna hasta el final, salvo quizás en el aburrimiento.

Soy un obseso disipado, que derrocha y pulveriza sus obsesiones.

Hubiera podido ser un gran curioso de lo incurable.

Puesto que no sabemos cuánto tiempo nos queda todavía por vivir, el deber para consigo mismo exige q no acometamos más que lo que interese profundamente a nuestro ser. Nada de investigaciones, sino investigarse a sí mismo ante todo. ¡Qué nos importan los demás! Sus problemas, en el supuesto de que puedan resolverse los problemas de los demás, sólo podemos resolverlos para nosotros.

Por lo demás, aquí abajo no hay nada decidido ya que nadie intenta saber dónde se encuentra por relación a sí mismo.



16 de agosto. Noche atroz. Este clima no me sienta bien. Baños de mar, vientos, calor, todo contribuye a reavivar mis males, a fustigarlos, a recordárselos a mi conciencia. He salido a pasear, sobre las 5, por la orilla del acantilado. Y una vez más el encanto de este paisaje ha surtido efecto. ¡Qué suerte sufrir en semejante marco! Nuestros sufrimientos necesitan compensaciones, y no hay nada más triste que soportarlas en un decorado cualquiera.

Si pudiéramos experimentar una voluptuosidad secreta cada vez que no se hace ningún caso de nosotros, tendríamos la llave de la felicidad.

Después de una noche en blanco, aquí estoy, confinado en mi casa, temiendo afrontar el sol, esperando que llegue la noche para poder hacer un poco de ejercicio. ¡Haber venido hasta aquí para un resultado tan lamentable!

Tumbado, cierro los ojos. Al momento veo un abismo que se abre vertiginosamente, como un pozo interminable que profundizara buscando un agua inencontrable, que se cavara a sí mismo con una velocidad alucinante. Y yo arrastrado en ese movimiento, en ese abismo pariéndose indefinidamente, a sí mismo. Eso es lo que significa abismarse, es decir, identificarse con el principio mismo de manifestación y de generación del abismo mismo.

Ganamos en conciencia lo que perdemos en existencia.

Lo que en nuestros males nos hacen perder en materia de ser, lo ganamos en conciencia. El vacío que nuestras debilidades suscitan en nuestro ser es llenado por la presencia de la conciencia, ¿qué digo?, ese vacío es la conciencia misma.

No deberíamos cambiar de clima sino quedarnos en el que nos conviene, a riesgo de aburrirnos. ¿De qué nos sirve lo pintoresco si hay que pagarlo con el sueño? (¿De qué nos sirve lo pintoresco si perdemos el sueño?)

Sólo me reconozco cierta firmeza en el estilo. Y aun así, es producto del trabajo, no del temperamento. Pues no hay nadie por naturaleza más débil, más evidentemente desprotegido que yo.

Chéjov es el gran especialista de las “pequeñas ironías de la vida”. Lo tragicómico es sin duda el modo más adecuado para traducir la esencia de lo cotidiano. Pero, literalmente, lo tragicómico es de una dificultad extrema, pues tiene que ver con detalles cuya dosificación exige un instinto y un tacto certeros.

La función de la Palabra en las cosmogonías. Dios habla y las cosas se hacen. Ésta es una visión literaria del universo, que sólo el hombre podía concebir. Nos gustaría conocer las divagaciones cosmogónicas de una criatura muda.

Esos momentos en los que se tienen unas ganas terribles de estar solo, porque estamos seguros de que, cara a cara con nosotros mismos, seremos capaces de encontrar y de expresar cosas extrañas, únicas, inauditas; y a continuación la decepción, tan grande como la esperanza, cuando uno se encuentra solo por fin y no sale nada de esa soledad tan esperada.

Todo lo que en mí es auténtico proviene de la timidez de mi juventud. Le debo ser quien soy, en el buen sentido de la palabra. Sin la timidez, yo no sería estrictamente nada y no podría conocer respiro en la vergüenza de mí mismo. ¡Todo lo que de joven pude sufrir a causa de mi timidez! Y ahora, todos aquellos sufrimientos me redimen a mis propios ojos.

(El otro día recordé un momento capital y particularmente doloroso de mi adolescencia; yo amaba en secreto a una muchacha de Sibiu, Cela Schian, que debía de tener quince años; yo tenía dieciséis. Por nada del mundo me hubiera atrevido a dirigirle la palabra; mi familia conocía a la suya; hubiera podido encontrar ocasiones de acercarme a ella. Pero eso superaba mis fuerzas. Durante dos años, estuve viviendo atormentado. Un día, en los alrededores de Sibiu, en pleno bosque, donde me encontraba con mi hermano, veo a esta muchacha con un compañero del colegio, el más antipático de todos. Aquello fue para mi un golpe casi insoportable. Incluso hoy día me duele. A partir de aquel momento, decidí que había que acabar de una vez, que era indigno de mí encajar la “traición”. Empecé a distanciarme de la muchacha, a despreciarla, y finalmente a odiarla. Recuerdo un momento en que al pasar la “pareja”, yo estaba leyendo a Shakespeare. Daría cualquier cosa por recordar qué obra. Imposible recordarlo. Pero aquel instante decidió mi “carrera”, decidió mi porvenir. Siguieron años de completa soledad. Y finalmente me convertí en aquel que debía convertirme.)

Quizás lo mejor sea no explicarse, no dar uno mismo la clave de su ser, la fórmula de su destino. Que la busquen los otros —si creen que vale la pena buscarla.

Prometo que, una vez de vuelta en París, escribiré cada día al menos una página sobre cualquier cosa, aunque sólo sea para mantener mi espíritu en estado de alerta.

En las relaciones entre las personas sólo hay una cosa que es un crimen, el crimen de indiscreción. Insistir en cualquier cosa es mala señal. ¡Qué falta de delicadeza en la profundidad!

Toda voluntad demasiado tensa es factor de tragedia.

Lo que al escepticismo le parece más condenable es la voluntad. Por eso no se encuentra un héroe trágico escéptico. Y, sin embargo, hay una nota de tragedia en un escepticismo llevado demasiado lejos.

Era obstinado hasta en la duda.

18 de agosto. Cuando el desasosiego comienza a apuntar, mejor dicho, cuando recomienza, la impresión que produce es que nada lo podrá detener, y que va a haber que sufrirlo hasta el final y que ese final está fuera del mundo.

Que esta ínfima duración que se nos ha concedido se desarrolle y se agote, y que luego no se vuelva a hablar más de ella.



19 de agosto. Esta noche he estado pensando en dos compañeros del instituto, hijos de campesinos, extremadamente pobres: uno de ellos llegó a ser cura de pueblo y el otro siguió la carrera de militar. ¿Vivirían todavía? No lo sé. Lo que ha hecho que piense en ellos es una cosa inexplicable que ya en el instituto me había llamado la atención: los dos lo sabían todo sin necesidad de estudiar. Eran igualmente buenos en todas las materias, comprendían rápidamente todos los pormenores de las ciencias y recordaban perfectamente todos los detalles insignificantes que los profesores contaban. Estaban no menos dotados para los idiomas, a pesar de que ni uno ni otro tuviesen el menor talento literario. Tenían el don del saber: todo aquello que podía ser aprendido, ellos lo aprendían sin ningún esfuerzo. Yo, que sólo tenía aptitudes para las divagaciones literarias, los envidiaba. Al pensar en ellos, uno se sentiría inclinado a desenterrar la teoría de la reminiscencia: se diría que recordaban todo lo que ya sabían, puesto que nada les costaba el menor esfuerzo. Napoleón, que libró sesenta batallas, dijo que en la última no había aprendido nada que no supiera ya en la primera sobre el arte de la guerra. Mis compañeros estaban en ese mismo caso... El primer día que entraron en clase, recién llegados de su pueblo, ya sabían todo lo que hay que saber, es decir, que no había más que recordarles lo que llevaban en ellos; pero lo que es aprender, en el sentido positivo de la palabra, no, a eso ellos no se hubiesen rebajado nunca.

Hacer dos días de viaje para huir de París y volverse a encontrar con radio, transistor, etc., con todo lo que aborrecía al partir.

Si hay algo por lo que me distingo es por mi capacidad, realmente ilimitada, de cansarme de todo.

La “alegría de vivir” ha desaparecido con la llegada del ruido. El mundo debería haberse acabado hace cincuenta años; o mejor aún, hace cincuenta siglos.

Aquí es como en La montaña mágica; se está fuera del tiempo, como Hans Castorp. Los días idénticos, el sol inevitable, producen una sensación de identidad, de monotonía feliz, en que la conciencia del devenir se volatiliza. Nada susceptible de transcurrir: sempiterna caída de la luz en sí misma, transcurso inmóvil del día.

Borges cita sin ninguna referencia (ni fecha, ni lugar, ni nada) el título de un libro de Fechner: Vergleichende Anatomie der Engel. Evidentemente, no lo ha leído, ni siquiera lo ha visto. Tendré que comprobarlo al llegar a París. ¿El autor será el mismo psicólogo que citan los manuales? Me parece improbable. Pero nunca se sabe. Podría ser que en su vida hubiera habido varias etapas.

Borges dice con razón que Pascal se interesa menos en Dios que en refutar los argumentos de aquellos que le niegan.

En el fondo, Pascal tenía temperamento de polemista. Toda su obra es un ataque más o menos disfrazado (Ésta es la razón por la que me gusta tanto)



20 de agosto. Sueño fúnebre. Una mujer (¿qué mujer?) acababa de morir. Se la metía en el ataúd. Mi madre (¡Dios mío!) ayudaba; con unas tijeras cortaba una enorme aleta de pescado...

En los sueños no se ve el sol; en contrapartida, abundan los muertos, sobre todo sus cabezas. ¿Por qué esta injusticia o esta aberración?

Tener genio significa poder digerir las influencias hasta perder toda huella de ellas.

Política: “reprimir” nuestros ascos, impedir que desborden, hacer un gueto del alma.

(He vivido demasiado como parásito de mis ascos)

Frase de una niña inglesa de ocho años, al ver una estrella fugaz: “No me gustaría estar cerca de una estrella fugaz”.

No puedo imaginar todavía con claridad qué giro deberá tomar mi ensayo sobre la redención. (Tendré que leer a Mailänder, releer a E.Von Hartmann y volverme a sumergir en los agnósticos.)

22 de agosto. R. B., el crítico de moda, con su cabeza de carnero; acabo de recordar sin razón alguna la carta que me envió como respuesta a mi prefacio sobre Maistre. “no he leído nada de usted...” Pensaba que era un tipo más modesto. No hay nada peor que el orgullo disimulado bajo una jeta [cabeza] bovina. No se afecta franqueza —una franqueza muy próxima a la impertinencia— más que con aquellas personas que uno considera inferiores. Cualquier otra franqueza —en las relaciones literarias— no se puede distinguir de la grosería o de la provocación. Nadie tiene derecho a decir a un autor lo que piensa realmente de su obra: a menos que se le admire. ¿Pero a cuántos autores puede uno admirar?

Las personas en las que pensamos de repente, sin razón aparente, son aquellas que nos han halagado o humillado en alguna época de nuestra vida. Son las únicas de las que nos acordamos muchos años después, incluso cuando han desaparecido totalmente de nuestro horizonte.

Angustia inesperada ante la idea de dejar Talamanca. A decir verdad, París y angustia para mí es lo mismo. No habría que ir nunca a aquellos lugares donde la felicidad parece todavía concebible.

(Con toda objetividad, debo reconocer que habría tenido este acceso independientemente de la inminencia de la partida. A decir verdad, la idea de partir no ha hecho más que dar un contenido concreto a una desolación vacía. De hecho, bien pudiera ser que la angustia no fuera más que una desolación en busca de un pretexto que la justifique.)

La ansiedad se presenta como una angustia devaluada. De hecho, es más virulenta que la angustia; pero no se da los aires que se da ésta. Es más modesta, pero también más terrible, pues puede presentarse en cualquier momento, mientras que la angustia, más pretenciosa, sólo se manifiesta en las grandes ocasiones.

Por desgracia este lugar es demasiado hermoso como para que se lo pueda dejar sin que ello nos produzca un desgarramiento.

El peligro de vivir en un mundo demasiado hermoso. La desagregación “moral” cuando uno abandona la carrera, y ya no tiene rivales, porque se vive fuera de los valores corrientes. El yo se disuelve en el Paraíso o en todo aquello que se le parezca.

Tal vez fue para salvarse por lo que Adán hizo lo que hizo. Temía su ruina por la felicidad.

Hay ideas que sólo tienen algún peso si uno tiene el buen gusto de no profundizar en ellas; en cuanto se quiere desarrollarlas, explicarlas, darles un fundamento, se desmoronan y dejan al descubierto su nada.

23 de agosto. X —extasiado ante su filosofía, se imagina que pensar es admirarse.

Nunca acabaré de descubrir defectos en aquellos que creía conocer a fondo.

La pasión literaria está para él por encima de cualquier cosa. X —que es incapaz de pagaros una caña [cerveza], qué digo, de pagársela a él mismo—, está dispuesto a gastar una considerable suma para publicar una novela en una editorial prácticamente desconocida y fraudulenta. ¡Y todo sólo por ver su nombre en la cubierta de un libro! Pues no es tan ingenuo como para esperar tener éxito. ¡Pero nunca se sabe! Sin una fuerte dosis de ilusión, ¿cómo iba a aceptar separarse de su dinero?

(Todo esto es pura maldad. Debería más bien compadecer a quien es capaz de semejantes debilidades, en lugar de burlarme de él. Habría que revelar las debilidades de los demás con un tono de compasión, siempre. Compasión, única cosa de la que nunca se tiene bastante.)

Dentro de dos días volveré a estar en París —para volver a segregar angustia...

El horror al futuro sólo se cura en estas islas donde el tiempo se ha detenido, donde sólo existe el presente, si es que siquiera existe.

Lo que distingue a un pensador de un escritor es que el pensador sólo coge la pluma cuando tiene algo que decir.

(Acabo de formular un deseo más que una constatación.)

Las personas de derechas me desagradan por la derecha, y las de izquierdas por la izquierda. De hecho, para un hombre de derechas yo soy de izquierdas, y para un hombre de izquierdas, de derechas.

Era de un trato lo más agradable: carecía de convicciones

Los negros en América, los judíos en todas partes, son personas con una susceptibilidad tal que habría que tener el genio diplomático de un Talleyrand para saber cómo dirigirse a ellos sin ofenderles.

Debería “elaborarse” una fórmula-tipo que cada cual pudiera decir en la hora de su muerte: “Me ha llegado la hora” o “Yo también debo morir”. La primera es demasiado vulgar, la segunda demasiado orgullosa.

Todo lo que no va directamente a la esencia de las cosas es periodismo. Siento horror a hinchar algo, y me horrorizan quienes se complacen en ello. Una forma de decir la dificultad en que me encuentro para leer y escribir cualquier cosa.

Lo que me asusta de la idea de volver de vacaciones es la perspectiva de encontrar en el correo algún sobre con la esquela de algún amigo o de un pariente. He observado que los amigos se mueren durante las vacaciones de verano.



24 de agosto. Talamanca. Ir una última vez a contemplar el molino al atardecer. Nadie en los alrededores. Silencio. El cielo y el mar. Ibiza enfrente. He murmurado en voz baja algunas lamentaciones húngaras que parecen armonizar con todos los paisajes.

Vivir lejos del Mediterráneo es un error. ¿Cómo he podido durante tanto tiempo sacrificarme al prejuicio del norte? Todas mis desgracias, digamos más bien decepciones, vienen de aquí.



Siempre he sentido veneración por lo que me faltaba. Mi pasión por Alemania. Siempre he desconfiado de aquellos que se me parecen. Me gusta la ingenuidad, la fuerza, las gilipolleces [tonterías], la amabilidad; y detesto la febrilidad, la duplicidad, la versatilidad, etc., defectos, todos ellos, que comprendo desde dentro.

E.M.Cioran
Índice

PRÓLOGO

CIORAN Y LA ESPAÑA DEL DESENGAÑO, por Manuel Arranz


PREFACIO, por Verena von der Heyden-Rynsch
CUADERNO DE TALAMANCA

Esta edición de



CUADERNO DE TALAMANCA

de E.M.Cioran,

se terminó de imprimir

el día 10 de septiembre de 2002


y de mecanografiar en Word el 14 de mayo de 2003...

...¡QUE TE APROVECHE!



1 Miguel de Unamuno. Del sentimiento trágico de la vida. 9ª ed., Madrid: Espasa Calpe, 1999, pág. 224. Al parecer, durante un tiempo, una de las lecturas predilectas de Cioran.

 El periodista español es J. L. Almira. La entrevista, publicada originalmente en el diario El País del 13 de noviembre de 1983 con el título “los detalles mínimos y las pasiones desencadenadas”, está recogida en el libo de entrevistas de Cioran Conversaciones (Tusquets 1996), donde también puede leerse una entrevista con la autora, Verena von der Hieden-Rynsch, amiga y traductora al alemán de Cioran, a quien se debe también la antología de sus Cuadernos póstumos (Tusquets 1977). El Cuaderno de Talamanca no se encuentra ni en esa antología, ni en los Cuadernos completos publicados por Gallimard en 1995; aunque algunos de los temas y recuerdos de Cioran vuelven a aparecer, con años de distancia, hacia atrás o hacia delante, y casi con idéntica notación. (N. del T)




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