Hoy comienza una nueva manera de ver las cosas



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Etico:
Porque cada vez que viene a consultarme alguien al que mi ojo clínico cree catalogar en pocos minutos como “paciente problema”, al sospechar que no logrará más que otra frustración en más o menos breve tiempo, siento que de alguna forma yo seré cómplice de esa frustración. El está lleno de anhelos y yo pretendiendo ayudarlo, de todo corazón y poniendo en la empresa todo lo que en estos años he aprendido, toda la paciencia con que Dios me ha dotado (que es mucha, juro que es mucha, mis pacientes son testigos), intuyo que no podremos encontrar una solución definitiva.
¿No estamos perdiendo el tiempo ambos?
Pero para él es peor, porque aparte de su ilusión está invirtiendo dinero en el intento, dinero que si los resultados son negativos viene uno a advertir que podría haber sido utilizado para algo más productivo, o por lo menos para cosas no tan decepcionantes. Y no acaba de meterse en mi cabeza que sea del todo ético percibir dinero por un trabajo que, de antemano, sospecho que no ha de solucionar el problema por el que vino a buscar mi consejo.

Intelectual:
Porque a pesar de mi mucha o poca inteligencia y de las sí muchas oportunidades que he tenido para aprender a utilizarla en estas situaciones (me refiero a la enorme cantidad de “pacientes problema” que han venido a pedir mi auxilio) no consigo arribar a la solución final del conflicto que perturba a tantos (en realidad no debiera sentirme tan contrariado, al fin en todo el mundo nadie ha encontrado aún esa solución, y como van las cosas...).
Mas no se sienta usted mal, siga leyendo, no está todo dicho. (no viene mucho al caso, pero tengo necesidad de contarle que he caído en la conclusión que las personas brillantes no son “las inteligentes”, sino aquellas que saben aprovechar al máximo la mucha o poca inteligencia con la que están dotados. El éxito en la vida de los humanos surge de una ecuación: inteligencia multiplicada por la capacidad de saber utilizarla. Si se es muy dotado y se tiene poca capacidad de saber usar las dotes, se ha de tener menos éxito que el que alcanzan aquellos que tienen poca inteligencia pero gran capacidad para saber aprovecharla al máximo.)
La situación es extremadamente compleja, difícil, pero no imposible de solucionar. Ya lo verá, mas lamento anticiparle que todo ha de depender exclusivamente de usted.

A fines de octubre de 1998, concurrió a mi consulta un hombre muy gordo, joven y, según la charla preliminar, una persona, que aparte de muy culta y extremadamente inteligente, mostraba, a mi modesto juicio, todos los francos indicios de saber utilizar óptimamente la inteligencia que Dios le dio.


La charla comenzó distendida, y como él también al igual que la muchacha de la que le hablaba en la sexta Hipótesis, era el último paciente de la noche, teníamos por delante todo el tiempo del mundo para enlazarnos en cualquier tema.


Desde que nació el concepto “pacientes problema”, en mi interior surgió un eufemismo calificatorio, una idea casi obsesiva que siempre quería apartar de mi mente: la de los “gordos intratables”.

Era obsesiva porque estaba seguro de que si alguna vez me animara a decírselo a alguien a quien mi buen sentido tipificara como tal, mi conflicto ético–intelectual comenzaría a resolverse.


Obviamente presuponía que no se lo podría decir a cualquier paciente, no a cualquiera puede uno decirle: –Usted es un gordo intratable... Nadie puede hacer nada por usted... Yo no puedo hacer nada por usted.

El receptor, por lo menos el de la primera vez que intentara semejante comentario, debería ser una persona muy especial: joven, con capacidad de diálogo (y por eso con la aptitud de escuchar), y, por sobre todo, que demostrara tener un sentido común, un pragmatismo tal como para soportar semejante opinión sin salir disparado del consultorio.


La persona que tenía enfrente, esa, para mi, memorable noche, mi ojo clínico me lo decía, reunía todas las condiciones como para afrontar la experiencia con esperanzas.
Ese era el día, ese era el paciente, ese era el momento de liberar mi conciencia de aquel formidable conflicto.

Y se lo dije.

Después de una amena charla sobre los pormenores de nuestras identidades, después de un silencio en donde un cúmulo de ideas llenaron mi cerebro, haciéndome sentir como aquel que por primera vez va a zambullirse en las aguas de un mar helado y no se decide a dar el salto, se lo dije.
No recuerdo textualmente las palabras que usé, nótese que estaba obnubilado por el temor a semejante actitud, pero ahora me suena que fueron más o menos así:
–Es usted un gordo intratable... Yo no puedo hacer nada para ayudarlo... Nadie puede hacer nada...
Me sentí exactamente igual que si me hubiese arrojado a aquel mar helado: ya estaba en el agua, ahora había que sobrevivir a la situación.

A este comentario se sucedió otro silencio que para mi duró horas, pero que en realidad fue de no más de algunos segundos.


Su expresión distendida del principio cambió, se acomodó en la silla, hizo mohines (todo eso mientras yo me preguntaba –¡Por Dios, ¿qué hice?!–).

A partir de ese momento se suscitó una charla que duró un poco más de dos horas. Siempre me lamenté de no contar con algún aparatejo que me hubiese posibilitado grabar esa conversación. Creo que es irrepetible.


Todo giraba en torno al hecho de que yo no me resignaba simplemente a ponerle un mote, una calificación, a los pacientes de su tipo. Que tampoco me resignaba a que entre los miles de pacientes “intratables” que en todos estos años habían concurrido a consultarme, no hubiese ni siquiera uno que hubiese podido llegar a la meta que soñaba (o, por lo menos, acercarse a ella). Y le aseguro, querido lector, que he ensayado todas las tácticas imaginables (por lo menos todas las que yo pudiese haber imaginado).
Intenté todo tipo de abordaje dialéctico. Ideé docenas de parábolas y metáforas para tratar que cada uno me entendiera mejor
Pero no había resultados.
La única solución que veía posible era la de una vez por todas poner sobre la mesa el nudo del intríngulis, la piedra angular de sus anteriores, actuales y futuros fracasos: enfrentarlo a la verdad. Era una actitud heroica, pero cruel y turbadora. No imaginaba otra forma mejor que involucrar al paciente en la búsqueda y el hallazgo de una solución para él. Que deje de sentir de una buena vez que simplemente todo lo que necesita es que algún médico le enseñe la fórmula mágica para alimentarse, y se pase la vida buscando a quien pueda ofrecerle esa fórmula. Que ni remotamente crea que la encontrará viniendo a mi consulta.
Que algo más debíamos hacer. Que entre él y yo debíamos planear una estrategia para solucionar el problema que le había motivado a pedir mi auxilio, y que si al fin lo lográbamos habríamos hallado el modo de ayudar a miles como él.
Se me ocurrió, y se lo comenté, que como primera medida debería escuchar mi vieja “teoría de los dos capitanes”, que dice más o menos así:

“Cuando el mar se encuentra en calma chicha, el barco puede ser piloteado, sin ningún inconveniente, por el último de los polizones. Pero si la nave se enfrenta con un violento temporal y tiene dos capitanes: se hunde”.

Esta parábola que uso muy a menudo para muchas circunstancias de mi vida, de la de los que me rodean, y de las de mis pacientes, surtió un agradable efecto.


El planteo era simple:
–“Imagine que está usted no en un consultorio médico, sino en el puente de un barco cuyo destino es transportarlo al país de los delgados. Sabiendo que la travesía estará signada por terribles temporales, si uno de los dos no toma el mando absoluto, si el navío es conducido por ambos con el mismo grado de autoridad, jamás llegaremos a puerto: o nos hundiremos o deberemos emprender el regreso mucho antes de arribar a la meta.”–

La idea era que si no se sometía a un verticalismo absoluto no arribaríamos jamás a un final feliz.


Yo dirigiría la nave y él no sería más que un subordinado que acataría todas mis indicaciones sin siquiera opinar (salvo que yo pidiera su opinión). Actitud muy tiránica, lo reconozco, pero la única que creía podría funcionar en estos tan complejos casos.

Sería yo el que decidiera si los logros alcanzados en cada control fuesen correctos o no.


El no debería preguntarme –¿Cuánto bajé?–, sino –¿Cómo voy?–. Si yo le contestara –¡Va usted muy bien!– él debería aceptar mi opinión. Como también debería aceptarla si le comentara que va muy mal, aunque él pensara lo contrario. Por ejemplo: si bajase mucho en poco tiempo yo le diría que la cosa no está bien (por aquello de la “crisis de identidad”, cosa de la que también hablamos), y él, a pesar de ponerse contento por creer que está logrando rápidamente lo que se había propuesto, aceptaría mi opinión, y mi recomendación de ingerir algún tipo de alimento extra que frenara su veloz “adelgazamiento” con el objeto de evitarle entrar en crisis.

Le comenté mi parecer sobre el erróneo e improductivo uso del lenguaje: él “vino a adelgazar”, y yo le expliqué que esa meta significaba para él una utopía (usando esa palabra en la más negativa de las acepciones).


Adelgazar, transformarse en delgado a partir de semejante gordura, era una meta tan lejana que, estaba seguro, podía jurárselo, después de unos meses, pensando que aún faltaría tantísimo tiempo para conseguirla, le haría desistir del intento (tal como le comentaba más arriba ha ocurrido con los otros de igual condición).

Mi planteo fue que usáramos el otro término: desengordar. La estrategia era introducirlo en una primera etapa de “desengorde”. Luego de lograda, comenzar una especie de “período de mantenimiento” que duraría el tiempo necesario como para que se adaptara a las nueva personalidad que le devolvía el espejo. (Todo el mundo tiene dos personalidades: las que todos advierten en uno, y la que uno piensa de sí mismo. Si uno le pregunta a Juan sobre la personalidad de Luís, Juan comentará que es simpático, alegre, gran amigo, fiel esposo, celoso padre, no muy alto y gordo.


Si se le preguntara a Luís sobre su personalidad, invariablemente contestaría: “soy” gordo, creo que alegre, fiel esposo...
Cuando uno inquiere a alguien sobre la personalidad de otro, la descripción siempre comienza por el contenido y termina con el “envase”.
Cuando se le pregunta a un gordo sobre su personalidad invariablemente comenzará describiendo el envase, y recién después hablará del contenido -muchas veces su autovaloración termina luego de describir el envase-.
Esa actitud es absolutamente lógica. Uno tiene la más acabada conciencia de sí mismo a través de la imagen. Y la imagen que le devuelven el espejo y las vidrieras a cada momento, es la de un señor gordo...que internamente es buen amigo, celoso padre...)

Luego de su adaptación, iniciar otro período igual al anterior (desengordar otro poco y volver al mantenimiento para otra nueva adaptación). Y así sucesivamente hasta lograr la meta anhelada por ambos.
Le advertí que todo el proceso no podría durar menos de cinco años. Y lo aceptó.
Me contó de sus fracasos anteriores.
Le puse en evidencia que él tan solo conocía profundamente a un solo gordo (él mismo), pero que yo sabía de las intimidades de miles. Le aconsejé que aprovechara mi experiencia, que “se dejara llevar”. Y también aceptó.
El pacto se cerró cuando me dijo:
–De acuerdo, ...usted sabe de esto mucho más que yo, ...haré lo que me diga, ...me dejaré llevar. Será usted quien capitanee esta nave.

Temí durante toda la semana que ya no regresara. Mi temor era lógico, jamás le había pintado a ninguno de mis pacientes su realidad en forma tan descarnada, máxime que todo fue dicho en la primera consulta y tan solo algunos pocos momentos después de conocernos. Pero el jueves siguiente estaba allí, a la hora en que habíamos acordado.


–¿Cómo voy?–, me preguntó después de realizar los controles de rutina: estaba cumpliendo con lo pactado.
Siguió concurriendo a todas las citas puntualmente. Todo marchaba muy bien. Nos hicimos amigos.

Pero al sexto mes, sin aviso previo, dejó de venir. Como no era su costumbre ese tipo de ausencia, me alarmé y le pedí a mi secretaria que le llamase por teléfono. La excusa que esgrimió era totalmente comprensible y hasta disculpaba el que ni siquiera nos hubiese comunicado su imposibilidad de concurrir: había enfermado de parotiditis que le había contagiado uno de sus hijos. Cuando el médico que lo trataba le diera el alta, retornaría a las consultas.


Pero no vino más.
Muchos meses después me habló pidiendo un nuevo turno. Me puso muy feliz su decisión de retomar el tratamiento. Pero tampoco concurrió esa vez, y no nos hemos vuelto a ver.

Durante más o menos seis meses había concurrido con la frecuencia acordada (es muy raro que un paciente de su condición permanezca cuidándose correctamente durante tanto tiempo, máxime cuando los logros alcanzados eran tan notorios, según lo conversamos algunas páginas atrás).


Como por esos tiempos creía que la estrategia estaba dando resultados, me entusiasmé y comencé a utilizarla con otros de características similares, aunque no me animé a hacerlo con más de ocho o nueve de ellos.

Tarde o temprano todos dejaron de venir.


Algunos retornaron varios meses después; las excusas que me daban por haber abandonado el primer intento a veces eran valederas, y otras veces muy peregrinas. Pero siempre, también, volvieron a claudicar.
Siempre siguieron el mismo paradójico patrón: desaparecían más rápidamente cuanto con más velocidad desengordaban. Pero lo más malo fue que nadie, por más que lo hubiese prometido, dejó de actuar como “el otro capitán”. Siempre opinaban a favor o en contra de lo que iban logrando, y peor, actuaban en consecuencia según ellos lo decidían. Ninguno se subordinó totalmente a mis directivas por más laxas y alentadoras que estas fuesen (a pesar de haber hecho, con todos, aparentemente sólidos pactos).

Lo único positivo es que de todos los que pude averiguar, ninguno se embarcó después en “otro intento diferente”, y menos con nada que pudiese tildarse de “mágico”.


Algo he conseguido: quizá ya no desengorden más, pero tengo fe (quiero tener fe) que ya nadie los podrá estafar con alguna “propuesta milagrosa”. Seguramente en todos ellos quedo la idea, cosa que de ser cierta me haría muy feliz, de hacer las cosas bien o no hacer nada...hasta que decidan intentar otra vez lo que ahora, seguramente, consideran que es lo correcto.

Quizá usted se identifique con este tipo tan especial de gordos.


Si lo hace, seguramente no ha de sentirse muy bien a estas alturas.
Tal vez se pregunte cuál es el espíritu que encierra el escribir todas estas cosas.
Cuando algunas veces cavilaba cobre cómo darle forma a esta hipótesis, mi pensamiento dejaba de funcionar, automáticamente, cada vez que pretendía imaginar cómo darle fin.
Es voz popular que no es difícil montar a un tigre, lo realmente peligroso es apearse de él. Me siento como si estuviera en los lomos de la fiera y que ha llegado el momento de bajarme, cosa que en realidad me atemoriza.

Lo haré dándole algunos consejos y poniendo en claro algunas cosas.



Si está usted muy gordo y lo ha estado por mucho tiempo, si nunca ha conseguido más que frustraciones cada vez que ha querido cambiar su condición. Si se siente íntimamente desilusionado, sin esperanzas de encontrar alguna solución:
* Como primera medida trate ya de no engordar más, de no seguir aumentando su gordura.
* Convénzase que en realidad, como le explicaba en la octava Hipótesis, no es tan malo estar gordo.
* Mejore su modo de alimentarse. (Se lo explicaré en la decimoquinta Hipótesis.)
* Si alguna vez siente la imperiosa necesidad de consumir algo engordante porque en su vida ha aparecido un nuevo conflicto, o porque se ha agravado alguno preexistente, consúmalo sin culpas, pero antes de hacerlo tómese unos minutos para razonar: –“En qué me beneficia engordar un poco más”–. Si no encuentra la respuesta, luego de comer lo que le apetecía, tómese otros minutos (esta vez un poco más de tiempo) para volver a razonar: “¿Qué gano haciendo todo lo posible para aumentar mi ‘conflicto eclipsante’, si el nuevo, o el agravamiento del anterior, por más que esté eclipsado sigue existiendo.”
* Cambie ahora su manera de referirse al problema. Habrá notado que siempre que usé el verboser lo puse entre comillas (“soy” gordo). También recordará que pedí perdón por abusar de los encomillados y que más adelante le explicaría el por qué de ese abuso.
Ahora es el momento de comunicarle el motivo por el cual destaqué siempre esa palabra.
Todos usamos el verbo ser cuando nos referimos a cosas que tienen que ver con la identidad: “soy médico”, “soy argentino”, “soy padre”...Lo usamos cuando la condición que explicitamos con él es permanente (siempre seré médico, argentino y padre, por ejemplo).
El verbo estar, al que nunca encomillé, lo utilizamos para lo que es transitorio, para lo que dejará, tarde o temprano, de suceder: “estoy cansado”, “estoy confundido”, “estoy alegre”. Esas expresiones tienen en nuestra mente un concepto implícito de transitoriedad.
En Medicina, igual que en el lenguaje cotidiano, usamos “ser” para cuando algún trastorno de la salud, o algún conflicto, acompañará para siempre a quien lo padezca: “es insuficiente cardíaco”, “es hipertenso”, “es celíaco”... Y el “estar” para cuando sabemos que el problema que aqueja a alguien, forzosamente ha de ser transitorio, pasajero: “está deprimido”, “está resfriado”, “está contracturado”...
Nadie dice “soy engripado”, como tampoco “estoy diabético”. Todos saben que la gripe ha de pasar; y que la diabetes quedará para siempre, aunque se la domine, se la estabilice, aunque las cifras de glucosa en sangre se logren mantener acotadas toda la vida. El portador de ese padecimiento dice “soy diabético” porque en realidad lo es y lo será por siempre, es ahora, de alguna forma, parte de su identidad.
Los gordos, curiosamente, usan los verbos al revés. “Soy gordo”, dicen, como si estuviesen resignados a la perpetuidad de su estado. Y cuando logran adelgazar: “estoy delgado”, porque en su interior, inconscientemente, están seguros de que el logro obtenido, irremediablemente para su pesar, ha de ser transitorio (intuyen de alguna forma que más adelante volverán a “ser gordos”).
Cambie ya mismo su modo de expresarse. No diga nunca más –“soy gordo”–, califíquese con el“estoy”. Si se equivoca en la charla, corríjase inmediatamente:
–Soy gordo... ¡No!, quiero decir: estoy gordo–. Esta tan simple actitud, cuando se hace hábito, suele producir muy interesantes beneficios.
* No busque soluciones mágicas. Si no se hace uso del sentido común nada resulta, y “resultar”, en estos casos, significa únicamente perpetuar los logros alcanzados. Entonces:
* Métase en la cabeza que lo que usted “necesita” no es adelgazar, sino no volver a engordar nunca más después de haber adelgazado (o, aunque más no sea, después de haber desengordado).
* No se deje engañar por las publicidades que muy hábilmente realizadas se basan, tan solo, en la rapidez de los resultados de algún método. ¿Qué pretende?, ¿Entrar en una furibunda crisis de identidad, no soportarla, volver a engordar y embarcarse en otra torturante frustración? (Ya vimos que el proceso de adelgazamiento tiene tiempos máximos de progreso que nadie puede acelerar con métodos lógicos, racionales, exceptuando el aumento del gasto energético, con ejercicios o caminatas.)
* Si alguna vez concurre a algún médico que le inspire confianza, cuya propuesta le atrae por lo lógica, por el sentido común que muestra, “déjese llevar”, no pretenda ser un segundo capitán. No llegará a puerto si decide cogobernar la travesía.
* Si se siente identificado como alguien que utiliza su gordura como un “conflicto eclipsante”, no trate de resolver usted solo su incapacidad de adaptarse a los conflictos del segundo tipo. Pida ayuda a alguien especializado, un psicólogo por ejemplo, planteándole su problema así, simple y llanamente: “No sé adaptarme a vivir con los conflictos de mi vida cuyas causas desencadenantes no pueden ser eliminadas. Quiero que me diga si puede usted ayudarme, entrenarme, para que pueda adaptarme a convivir con ellos y así resolverlos”. 
* Jamás se compare con otras personas de su entorno. Así como no es para nada gratificante y consolador que su hermano esté más gordo que usted, no ha de ser peyorativo que su amiga esté más delgada (en realidad “menos gorda”), o que quizá sea delgada.
* Si decide cuidar su alimentación NO SE LO CUENTE A NADIE. Por lo menos a las personas que pueda evitar contárselo, no se lo diga.
* Esto va a parecerle muy absurdo: TRATE DE DISIMULAR LOS LOGROS QUE VA OBTENIENDO, usando ropas que le ajusten, por ejemplo. Eso evitará comentarios como –¡Qué delgada estas...!– que aunque resulten muy halagadores, no son más que formidables puntapiés a su inconsciente. Porque a estas alturas ya se habrá convencido que es él, su inconsciente, el verdadero dueño de su grasa.
La mayoría de las veces en que un gordo acude en busca de ayuda a algún profesional, no es porque su inconsciente “lo envía”, sino porque, simplemente, “lo deja ir”, él sabe que lo que logre no ha de durarle mucho. Contra “semejante enemigo” es que hay que luchar. Perdóneseme la crudeza de todos estos comentarios, pero no estoy exponiendo más que la evidencia. Es la verdad, usted sabe que es la verdad.....y la verdad muchas veces es cruel (por eso el éxito del engaño).
* El más importante de los consejos: JAMAS TOME NINGUN MEDICAMENTO QUE TENGA POR OBJETO QUITAR EL HAMBRE. En la próxima entrega le contaré algo con respecto a las anfetaminas (esos son los medicamentos que producen tan deleznable efecto) que seguramente hará, eso espero, que jamás decida consumirlas, ni le permita a nadie que ame que lo haga. Y si ya las ha consumido habrá de espantarlo. Pero, qué quiere que yo haga: sabemos que cruel es a menudo la verdad... 
* Y el último: siga leyendo, por favor no abandone aquí este blog. Vuelvo a pedirle: téngame paciencia, vuelvo a asegurarle: verá como al final nos hacemos amigos.

¿Se ha dado cuenta que hay muchas cosas que puede hacer usted por usted?

Siempre le digo a mis pacientes que estoy de acuerdo conque la gordura es mala, pero que estoy convencido de que lo malo de ella no está en sí misma, sino en que obliga a quienes la llevan a someterse a torturantes tratamientos, la mayoría de los cuales son mucho más nefastos que la propia gordura; y que ninguno ha de tener un resultado feliz si previamente no está preparado para el cambio.

(en donde entenderá, con amargura, quizá el porqué de sus fracasos, o quizá por qué la meta siempre se hace aparentemente inalcanzable -aunque ostensiblemente “al detenerse” su gordura sea indiscutible-. Mas no ha de sentirse culpable, recuerde que en estos menesteres “la culpa” está absolutamente prohibida)



Duodécima Hipótesis
LOS NEFASTOS ANOREXIGENOS

–Quitar el hambre..... ¡Esa es la solución!–, dijeron hace mucho tiempo los médicos que dedicaban su saber a “combatir la obesidad”.


Claro, pensaban que los gordos lo estaban porque comían mucho, como vimos en la quinta Hipótesis, y como a los que concurrían a pedir su ayuda para “sanar” se les daba simplemente la recomendación de comer poco y ellos no podían cumplir con semejante prescripción por más empeño que pusiesen en el intento al no poder soportar el hambre durante el largo tiempo que durase el tratamiento, se llegó a la conclusión que el único modo de arribar a buen destino era buscar alguna forma para que dejaran de sufrirla.

Y se idearon muchas cosas.


A esos artilugios se los denominó anorexígenos. ‘Anorexia’ es palabra derivada del griego y quiere decir, literalmente, “falta de hambre” (pero se la usa solamente para definir la falta de hambre en las situaciones en que sería lógico sentir esa sensación). ‘Geno’ también deriva del griego y quiere decir “yo engendro”. Se denomina “anorexígeno”, pues, a cualquier elemento que quite el hambre,sin que sea alimento normal (los alimentos normales, si son suficientes, también quitan el hambre, pero a nadie se le ocurriría llamar “anorexígeno” a dos suculentos platos de paella).
Más adelante se usaron técnicas quirúrgicas para “ayudarlos a adelgazar”, y últimamente se han puesto de moda los “disuasivos”, aunque las técnicas quirúrgicas, por estos días, son “lo último de lo último”.
Comenzaremos a explicar el funcionamiento de cada sistema dejando para el final a las anfetaminas, ya que gracias a la observación metódica de los que las han consumido, creo haber descubierto una nueva acción indeseable de ellas (aunque como la expresión “indeseable” se torna algo exigua para este caso, a mis pacientes les parece mejor reemplazarla por las palabras “terrible” o “espantosa”. Ya se verá que, desgraciadamente, no están equivocados).




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