Hoy comienza una nueva manera de ver las cosas


“EL CONFLICTO ECLIPSANTE”



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“EL CONFLICTO ECLIPSANTE”, ésa era la cuestión.

El panorama se abrió como un abanico.


Allí está el secreto de todo, y durante más de veinte años no nos habíamos dado cuenta.
A partir de ese momento comencé a entender muchas otras cosas: ¡en cuántos conflictos nos “metemos” los humanos, pensando que de ellos podremos salir cuando nuestra voluntad lo disponga, para así opacar los sufrimientos que nos producen aquellos por los que no podemos hacer nada para resolver!...(Una paciente, también de apenas veinte años, me dijo hace unos días y con total seguridad, después de hablar de todo esto: –No ha de haber en el mundo alguien que no tenga algún conflicto eclipsante– ¿Se da usted cuenta que tengo razón cuando digo que muchos de mis pacientes son muy inteligentes?).

Muchos de los gordos que me consultan (la inmensa mayoría) se “meten” en la gordura, sin quererlo, por supuesto, con el objeto subterráneo de buscar un conflicto para, inconscientemente, disolver, enmascarar, diluir, minimizar, a todos los demás.


A partir de transformarse en gordos discriminados, rechazados, minusvalorados (autominusvalorados), las demás penas del alma pasan a un segundo, a un tercer, plano: –El problema es que “soy” gordo– piensan todos ellos.
Pero ¿qué pasa si el nivel de la suma de todos los otros conflictos aumenta?. Todos lo saben; los gordos lo saben. Cada vez que algo, repentinamente, deja de funcionar, o comienza a funcionar mal, sienten una irresistible compulsión por comer.
“Angustia oral”, se le llama. (O se le llamaba. En realidad hace mucho tiempo que no escucho esa tonta expresión.)
–Cuando me siento angustiado, contrariado, desasosegado, enojado, con nuevas incertidumbres...me da hambre–
–¿De comer carne asada?– les pregunto malintencionadamente.
–No, eso no–
–¿Quizá un trozo de queso y fiambres?–
–¡No, no!– me responden siempre.
–¿Qué, entonces?–
–...No sé...pan, facturas, chocolate, helados...–
–Cosas que engordan, ¿no?–
–...Y...sí...–
–Entonces, ¿qué le da...Ganas de comer o necesidad de engordar un poco más?–, les pregunto en un tono efectista.
–.....................................................................–

Eso les da en realidad: ”necesidad de engordar”. Necesitan elevar el nivel de conflicto eclipsante.


Si la suma de todos los anteriores era siete, y con el ocho de su gordura lo camuflaban, ahora que esta nueva contradicción los subió, digamos, a ocho punto treinta, necesitan elevar el eclipse a más de ocho con cincuenta, para que todo, otra vez, vuelva a ser anulado por el conflicto que, ahora alimentado por la culpa de haber ingerido cosas que lo agravan, llegue a esa calificación.

Todos los conflictos pueden ser resueltos en mayor o menor medida.


A todos ellos los podríamos dividir en dos grupos. Se me ha ocurrido que para que la idea que pretendo transmitirle sea más inteligible (y para que podamos, yo mismo, mis pacientes y lectores, asimilarla mejor), denominarlos así:


* Conflictos del primer tipo, y

* Conflictos del segundo tipo. 

Los del primer tipo son aquellos cuya causa desencadenante puede ser eliminada. Y si eliminamos la causa que produce un conflicto, este queda automáticamente resuelto. (“Muerto el perro se acabó la rabia”, decían nuestros abuelos, y vale como un simple y rápido ejemplo.)


Los del segundo tipo son los que la causa que los ha producido no puede ser eliminada –cualquiera sea el motivo de esa imposibilidad– (Un duelo podría ser uno de ellos. La aparición de una enfermedad crónica como la diabetes, podría ser otro).

Todos sabemos que hay solo dos maneras de resolver un conflicto*.




*N del A: El lector advertirá una desagradable redundancia en el uso de la palabra conflicto. Podría haber usado algún sinónimo para hacer menos fatigosa la lectura: dificultad, apuro, apremio, contrariedad, enojo, tropiezo, problema, complejidad, peligro, aprieto, trance, ahogo, brete, embrollo...y hay más, pero he decidido usar tan solo “conflicto”. La reiteración del término es poco elegante, pero totalmente intencional. 

1.– Eliminar la causa que lo produce. 
Es la manera ideal, la más deseable. Si uno elimina la causa que lo produce, el conflicto desaparece. (Esto, obviamente, solo puede conseguirse con los del primer tipo.) Mas si la causa que lo desencadenó no puede ser erradicada, hay otro camino:
2.– Adaptarse a vivir con el conflicto. 
Si uno se adapta a vivir con un conflicto cuya causa original no puede ser eliminada, el mismo deja de ser tal... Se resuelve.
Allí está el secreto.

Los obesos tienen una, quizá, congénita incapacidad para (o a lo largo de su vida no han aprendido cómo, o ni siquiera se atreven a intentar) adaptarse a convivir con los conflictos del segundo tipo.


Ellos, ante los del primer tipo no se ven en problemas. Cuando a un conflicto se lo puede resolver eliminando la causa que lo origina, lo hacen como cualquier otra persona. Pero cuando esa no es la forma posible, su dificultad para adaptarse a vivir con ellos es tal que se ven en la imperiosa, inconsciente y subterránea necesidad de eclipsarlos (engordando, o haciendo algo por agravar la gordura preexistente, por ejemplo).

Esta última reflexión me ha aclarado muchas cosas oscuras que había observado, desde hace años, en una gran cantidad de pacientes obesos.


Me refiero a aquellos que se mostraban tremendamente exitosos en sus actividades laborales o intelectuales (profesionales, trabajadores, empresarios, artistas...).
Cuando con el correr de las consultas nos íbamos adentrando en los vericuetos de la vida privada, extracurricular, de cada uno, notaba, en la inmensa mayoría, que las cosas en general no estaban demasiado bien. (En la mayoría de ellos, en realidad, estaban muy mal.)
No entendía como podían ser tan brillantes en algunos aspectos de sus vidas, y tan opacos en otros.
Ahora creo que comprendo un poco mejor todo.
El éxito en sus actividades laborales o artísticas se construye y refuerza a partir de resolver conflictos para los cuales se han entrenado o tienen condiciones innatas para lograrlo. En las profesiones, en los trabajos, en las empresas, en el arte...la inmensa mayoría de los conflictos son del primer tipo, por eso la educación, el entrenamiento o las dotes naturales de cada cual, les hace sencillo el eliminar, con decisiones acertadas, las causas que los producen.
En el resto de la vida de cada uno, en la cotidianeidad familiar, en todo lo que es absolutamente personal y extralaboral, la mayoría de los conflictos son del segundo tipo, por lo que, como hemos dicho antes, para resolverlos deben adaptarse a convivir con ellos. Y es su incapacidad de adaptación a los mismos lo que los obliga a utilizar el mecanismo del eclipse como casi el único recurso que les permite desempañar, aunque más no sea un poco, su felicidad.

Existe algo más que todo el mundo cree saber: la gordura es la promotora de un sinnúmero de afecciones que de ella derivan: diabetes; aumento de las cifras de colesterol y triglicéridos, y descenso de las del bienhechor HDL colesterol en el torrente sanguíneo; aumento de los valores de la presión arterial... Como consecuencia de todo lo anterior: mayor incidencia de aterosclerosis, problemas cardiovasculares. Etc. etc. etc…

Pero nada de esto es cierto, (Ya argumentaré esta afirmación más adelante.)
Y como todo gordo “sabe” aquello, cuando ante un compulsivo ataque por consumir cosas que engordan; o ante el abandono de una dieta adelgazante que, al parecer “estaba dando resultados”; o ante la inopia, ante el –No hago nada por mi gordura–, el nivel de conflicto aumenta los grados que cada cual quiera imaginar. Por lo que, en consecuencia, todos los otros preexistentes, o los nuevos que aparezcan, o el agravamiento de alguno anterior, descienden a un plano tan bajo, que su mente directamente los desecha. Están tan eclipsados por el conflicto dominante...(“–¿Qué estoy haciendo de mi vida?. Con la diabetes que tengo, con mi hipertensión y con lo que aumenté de peso en la última semana y acabo de comerme semejante porción de postre helado...–) están tan eclipsados, decía, que no tienen tiempo de pensar en ellos. Y si no dedican tiempo a meditarlos, descubren que les duelen mucho menos.


Nota a los psicólogos y psiquiatras: 
Pido, humildemente, perdón por la irreverencia de introducirme en un campo que es de su absoluta competencia. Perdón por exponer esta hipótesis en un idioma tan llano; por el poco, nulo o, tal vez, pésimo uso de la terminología de vuestros conocimientos, mas me he animado a hacerlo porque en las largas charlas que sobre estos temas
he tenido con algunos de mis pacientes que, casualmente, son psicólogos y psiquiatras, los noté, siempre, muy interesados en mi exposición de estas ideas, lo que me ha dado el coraje necesario como para exponerlas aquí.
Algunos me han hablado de la “negación” de los conflictos. A mi me gusta más pensar en la “dilución” de ellos.
Sin ser nadie en esta rama del arte de curar, creo que si lo fuera (realmente me gustaría ser experto en la materia) trataría de enfocar mi terapia en adiestrar al gordo, que por su gordura me consultare, para que aprenda a adaptarse a vivir con los conflictos existenciales cuyas causas originarias él no puede modificar, sabiendo de antemano que si no lo conseguimos, el problema que lo trajo a mi consulta no tendrá ninguna solución.

Cuando me senté a redactar esta hipótesis, el trabajo aparentaba ser casi imposible.
Desplegar lo que para mí es un formidable cúmulo de ideas, en forma inteligible y convincente, me obligó a reescribirlo, de cabo a rabo, cuatro veces, y muchas más ir haciendo correcciones que, descubría en cada relectura, se me hacían imprescindibles.
Cuando después de tanto trajinar llego a esta parte del capítulo, se me plantea un problema aún mayor (una verdadera tormenta intelectual, le comentaba una noche a un grupo de amigos): ¿Qué pensará un obeso al llegar a este punto de la lectura con respecto a la posibilidad de eliminar el problema que le indujo a leer este blog? 

Es harto probable que se sienta muy mal a estas alturas –yo me sentiría así, soy absolutamente consciente de eso, si tuviese su problema–.


PERO NO DESESPERE.
Es seguro que vamos a encontrar o a imaginar algunas actitudes productivas que hagan que su fe vuelva a hacer acto de presencia.
Siga leyendo, aún no está todo dicho.

Es también muy seguro que algunos de mis colegas, o de otros profesionales que se dedican al abordaje de estos temas, se sientan contrariados con el mensaje, o no estén de acuerdo con él.


Si así fuera, les ruego encarecidamente (si realmente tienen legítima vocación por llegar, alguna vez, a la resolución de tan espinoso y universal conflicto) me lo comuniquen, lo discutiremos, intercambiaremos ideas.
A todos los lectores que tengan inquietudes, también les ofrezco me las comuniquen. Trataré, según el tiempo me lo permita, de evacuar sus dudas, o incorporar sus razonamientos, de aceptar sus réplicas o, Dios lo quiera, establecer una nueva amistad.
Les pido por favor que utilicen la cuota de escepticismo que Dios les ha dado en su formación, para estar de acuerdo conmigo en, por lo menos una cosa: aceptar que las cosas como van no van.

(la actitud del paciente que acude al médico siempre está matizada -aunque en su mayor parte inconscientemente- de disgusto y miedo, su más profundo deseo es recibir consuelo y ayuda, más que curación, y su fe y esperanzas estarán dirigidas hacia una manifestación mágica de estas mercedes.


Nunca crean ustedes que estos elementos puedan estar totalmente ausentes, por mucho que los disimule la educación, la razón o una aparente franqueza. –Wilfred Trotter-)

Séptima Hipótesis
EL ORDEN POR EL TERROR

Los seres humanos somos animales gregarios: debemos convivir con otros de la misma especie para poder desarrollar a pleno todas nuestras capacidades.


Esa condición nos ha obligado, desde siempre, a compartir grupos más o menos numerosos. Y el vivir en comunidades desarrolló la necesidad de imponer el orden imprescindible como para que la vida de cada uno transcurra pacíficamente, o con la menor cantidad de sobresaltos posibles. Vamos, para que uno se sienta reconfortado de vivir en sociedad.
Las leyes y reglamentos que cada grupo se impone por convención, son el arma más antigua que el hombre ideó para que la gregariedad sea factible o, en el último de los extremos, tolerable. Para extraer de aquella condición la mayor cantidad de beneficios posibles.
El orden es el elemento fundamental para que cualquier conjunto humano pueda coexistir en cualquier espacio físico con felicidad.

La vida nos ha enseñado que hay, por lo menos, cinco maneras de mantener dicho orden.


Podrían denominarse como sigue:

1.– El orden por la cultura.
Es el que nos permite cierta convivencia en base a pautas morales adquiridas en el transcurrir de nuestra existencia.
Con los ejemplos podrían llenarse varios tomos, pero tan solo uno o dos nos darán la idea.
* El no hacer algo que ofenda a los otros, usando para ello el egoísta
argumento de que lo hacemos porque nos da placer.
* El ser corteses con los demás para que su convivencia con nosotros les sea agradable.

2.– El orden por el estímulo.
También los ejemplos de este segundo tipo podrían llenar varios libros, pero solo uno será suficiente para que usted comprenda a qué me refiero.
* El premiar a alguien que haya realizado una labor correcta, sabiendo él, de antemano, que si procede correctamente será recompensado.

3.– El orden por la persuasión.
Es el que se consigue convenciendo a alguien sobre los beneficios que han de traerle a él, o a quienes le rodean, el mantener algún tipo de orden en determinado aspecto de sus vidas.

4.– El orden por el temor.
Es el orden que en general imponen las leyes y reglamentos: si actúo de mala forma recibiré un castigo a causa de mi mala actuación.
Muchas veces en una madrugada fría y lluviosa, cuando tenemos gran prisa por llegar a casa, nos enfrentamos, en una desolada calle de nuestro barrio, con un semáforo en rojo que nos ha de detener algunos “interminables” segundos. A pesar de que advertimos que si lo traspasamos nada malo ha de ocurrir ya que somos los únicos que a esas horas estamos transitando, el temor a que un inspector agazapado detrás de un árbol, por ejemplo, advierta nuestra falta y nos imponga una dolorosa multa, nos obliga a respetar la señal resignadamente (si es que nuestra cultura no nos alcanza para hacernos desistir de la idea de transgredir). Sentimos el temor de que al quebrantar las reglas una pena monetaria nos haga sufrir, por lo que “preferimos” acatar la ley que dice: “Ante un semáforo en rojo detenerse hasta que, trocando a verde, nos permita el paso”

5.– El orden por el terror.
Esta es, sin dudas, la forma más odiosa de mantenerlo.
Usted imaginará muchos ejemplos, pero tan solo uno aclarará perfectamente el concepto.
Cuando el Imperio Romano formó sus ejércitos, sus tropas se nutrieron de una inmensa mayoría de reclutas con capacidades culturales prácticamente nulas.
El verticalismo en su estructura era (y sigue siéndolo en los ejércitos modernos) la única forma posible de mantener el orden y llevar a la victoria en las luchas para las cuales se les preparaba.
Mas, ¿cómo podría conseguirse, de gente tan basta, la obediencia necesaria para el éxito en la empresa?
Seguramente no por la persuasión, y menos aún por la cultura. El temor no era suficiente. E insuficiente era, también, el estímulo.
Entonces los Generales apelaron al único modo posible: el terror.
Imaginemos a una legión practicando para marchar ordenadamente.
Todos moviendo las piernas al unísono. Comenzando la marcha con la pierna izquierda y siguiendo la cadencia: derecha–izquierda–derecha...
Trate de imaginar el desorden ocasionado en los movimientos, por una muchedumbre provista de una cultura tan poco evolucionada (la inmensa mayoría ni siquiera sabía qué era derecho y qué izquierdo).
¿Qué hacían, entonces, los Generales para solucionar tan formidable problema?, pues simplemente usaban el orden por el terror.
–“¡¡A quien equivoque el paso se le decapitará!!”–
Y cuando habían decapitado a cuatro o cinco, delante de todos, con juicios más que sumarísimos, los restantes componentes de la escuadra, aterrorizados por la posibilidad de una segura y cruel muerte ante el más mínimo error, marchaban tan sincronizadamente como si lo hubiesen hecho desde su primera infancia.
La pena de muerte que en muchos países aun se utiliza, no es más que un desesperado intento de mantener cierto orden: –el que asesinare será, a su vez, asesinado–. No ha dado ningún resultado, según muestran las más diversas estadísticas, pero a pesar de lo ilógico, cruel e inhumano, se seguirá utilizando en muchos lugares del planeta que, a pesar de todo, muestran un altísimo grado de intelectualidad.

La Medicina es la más humana de todas las ciencias.


Su cometido es el aliviar los sufrimientos de nuestros congéneres.
A nadie se le ocurriría utilizar la doctrina del orden por el terror en una ciencia que ha sido creada para asegurar el bienestar del hombre a partir del amor, la entrega, la comprensión y la compasión, pero, aunque parezca increíble, el orden por el terror es de uso cotidiano.
Y es en los “tratamientos de la gordura” en donde se ve más patentizado:
–Si no adelgaza ha de transformarse en diabético, hipertenso, aterosclerótico...
Seguramente ha de quedar ciego y, en el mejor de los casos, hemipléjico, si es que la fortuna no lo premia con una muerte súbita– es la infame reconvención que escuchan de la inmensa mayoría de los médicos a quienes consultan (o de aquellos que dan consejos por radio, televisión o en la prensa amarillísima). Es así: “la escuchan de boca de los médicos a los cuales han concurrido a pedir consuelo y ayuda”.
Y el gordo que alguna vez ha consumido anfetaminas, que quizá le prescribió el mismo que hoy pretende aterrorizarlo (o el obeso que necesita de su gordura para, inconscientemente, diluir el cúmulo de conflictos del segundo tipo que empañan su vida, y al que nadie ha intentado enseñar cómo adaptarse a vivir con ellos para resolverlos), el gordo, decía, tampoco puede adelgazar, pero ahora es más que un gordo: se ha transformado en un gordo muerto de miedo.

Están utilizando el ORDEN POR EL TERROR, y en medicina ése es el peor de los pecados, la peor de las transgresiones.




“La actitud del paciente que acude al médico siempre está matizada, aunque en su mayor parte inconscientemente, de disgusto y miedo, y su más profundo deseo es recibir consuelo y ayuda, más que curación.....”

Qué consuelo y ayuda pretenden estar dándole al que amenazan por mantenerse en su, piensan ellos, “porfiada” idea de seguir con su gordura.

Los gordos reclaman: –¡Ayúdeme a poner orden en mi vida!, ¡Quiero ordenar mi salud!–, y esos médicos, ilusos, pretenden usar el terror para lograr el orden,

No mi querido lector, no han de ser esos los métodos.


Estamos moral y éticamente obligados a utilizar el orden por la persuasión, por el estímulo...por la cultura. Esa es la médula de la buena praxis.
El paciente gordo tiene que salir de la consulta soñando, entusiasmado, con los beneficios que podría lograr si adelgazara. O, en el peor de los casos, convencido (totalmente convencido, quiero decir) que si su inconsciente, su otro yo, no puede hacer nada por aliviarlo, NADA MUY MALO LE VA A OCURRIR (salvo que alguna vez decida consultar a algún profesional que pretenda encaminar su destino utilizando el orden por el terror).

En la próxima hipótesis redondearemos la idea de todo esto.

(en donde verá un palmario ejemplo del uso del orden por el terror)

Octava Hipótesis
LA GORDURA NO PRODUCE TODAS LAS ENFERMEDADES DE LAS QUE SE LE CULPA

En la sexta Hipótesis le comentaba que todo el mundo “sabe” que la gordura es la causa de un sinnúmero de padecimientos que se generan a partir de ella. Y en la Hipótesis pasada, que ese “conocimiento” es utilizado por muchos colegas para aterrorizar a sus pacientes gordos creyendo, cándidamente, que de esa forma, que con esa estratagema, se logrará más éxito que dejando todo en las exclusivas manos de “la fuerza de voluntad” de cada uno de sus consultantes.

Espero haberlo convencido de lo perjudicial que es para el espíritu del gordo esa actitud, cuando, la inmensa mayoría de las veces, no se consigue más que transformarlo en un gordo muerto de miedo.

Lo peor de todo es que casi ninguna de las “terroríficas” consecuencias que se atribuyen a la gordura es cierta.

Exceptuando a los problemas estrictamente mecánicos originados en el necesario sobreesfuerzo de transportar todo el tiempo el exceso de peso de la adiposis: problemas osteoarticulares (artrosis, artritis, deformaciones de los ejes fisiológicos en la estructura de los miembros inferiores y columna vertebral, fundamentalmente.), venosos (várices y hemorroides: agrandamiento patológico de los diámetros de las venas a causa de la dificultad que el acúmulo de grasas que se encuentra, fundamentalmente, dentro de la cavidad abdominal, crea al retorno venoso de la mitad inferior del cuerpo al presionar la vena cava inferior que es la que, al fin, colecta la sangre transportada por todas las venas de la región, y la vuelca al corazón, por lo que se entorpece la circulación de todo el sistema, con aumento subsecuente de la presión intravenosa y su final agrandamiento a causa de ese aumento de presión en forma constante.), o al simple hecho de llevar encima una capa exageradamente gruesa de grasa de depósito, como la “apnea del sueño” (ataques pasajeros de insuficiencia de la regulación automática de la respiración mientras se duerme), o el llamado “síndrome de Pickwick” (somnolencia producida al estarse quieto y distraído a causa de la menor ventilación producida por una respiración automática entorpecida por el peso de la capa de grasa que se encuentra debajo de la piel que rodea la capa torácica, lo que disminuye el contenido de oxígeno en la sangre y el consecuente y pasajero deterioro de la función cerebral que regula la vigilia). Toda la otra extensa lista de patologías asociadas a poseer una capa de tejido graso más voluminosa que lo habitual NO ES CIERTA. 

Todo el discurso que inculpa a las grasas extras de semejante lista de males, se debe a una errónea interpretación de los datos estadísticos, a una forma equivocada de interpretar la Evidencia.


Es real que las personas gordas sufran más frecuentemente de todo lo que a la gordura se atribuye (diabetes, dislipidemias, hipertensión...). En una población de gordos, realmente, hay más diabéticos e hipertensos, por ejemplo, que en una de delgados. También el aumento patológico de los valores de las grasas que circulan en la sangre, se ve más en los primeros que en los segundos. Pero, a ciencia cierta, nada tiene que ver en estos fenómenos el mayor o menor grosor del tejido graso de cada uno. 

Los gordos son más proclives que el resto a padecer todo ese tipo de cosas, pero no por la gordura que portan, sino POR LOS ALIMENTOS QUE DEBEN CONSUMIR PARA PROCURARSE O MANTENER ESA GORDURA. 

Este concepto es muy importante, pero podría decirse de él que no es más que un razonamiento especulativo. Mas ya se verá que no lo es para nada.

Todos, absolutamente todos los gordos lo están porque comen mal (invariablemente se alimentan muy mal).


Muchos de los delgados lo son por varias razones, incluso porque algunos de ellos comen bien.
Para explicar mejor esto último digamos que hay, cuanto menos, cuatro tipos de delgados:



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