Historia de la Psicología



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Observamos en este cuadro la clara impronta haeckeliana del trabajo de Baldwin, que parte de una correspondencia entre desarrollo ontogenético y evolución de las especies. Sin embargo, observaremos en el siguiente apartado que a la vez postula una serie de modificaciones al esquema recapitulador, modificaciones que rompen la rigidez misma del esquema y que promueven la aparición de nuevos problemas

Por último, pasamos al cuarto apartado (Variaciones en la Ontogénesis). Tal como el título indica, Baldwin releva ciertas modificaciones que deben darse al esquema recapitulador, a partir del miramiento por las variaciones que se verifican en la ontogénesis del individuo. Es decir, el desarrollo de la conciencia individual ya no es para Baldwin simple repetición de su filogénesis. La primera de las modificaciones proviene del hecho de que a través del hábito, la acomodación, la selección y la herencia de ciertas conductas se producen abreviaciones orgánicas. En este sentido, existen fases o épocas necesarias para el desarrollo de los antepasados que llegan a ser inútiles y son descartadas en sus descendientes. Baldwin pone el ejemplo de la pérdida de la vista por lesión cortical en el perro y en el hombre. En el primero, ante la lesión cortical, centros evolutivamente inferiores al centro lesionado, que cumplían una función visual para los ancestros del individuo, pueden asumir las funciones correspondientes al centro lesionado. En el hombre, ante la misma lesión, esos centros no pueden tomar a su cargo la función perdida. Baldwin explica este hecho proponiendo que en el hombre esos centros filogenéticamente anteriores nunca cumplieron, en el desarrollo del individuo, una función visual, dado que fueron empleados para el ejercicio de funciones más recientemente adquiridas por la especie. En este sentido, puede afirmarse que se da una violación a la teoría de la recapitulación, dado que en virtud de este tipo de abreviaciones, no todas las fases de la filogénesis son repetidas en el desarrollo ontogenético. Baldwin deja planteada la importancia de esta modificación de la tesis de la recapitulación. Si estas abreviaciones que se producen en el desarrollo ontogenético dependen de que los centros cerebrales empleados originalmente para determinadas funciones fueron progresivamente empleados, por vía del hábito y de la acomodación, para otros usos, entonces podrá promoverse la aparición de nuevas abreviaciones a partir del ejercicio de determinados hábitos.

La segunda modificación proviene del miramiento hacia una serie de fuentes de variación dadas tanto en el período prenatal como en el postnatal de desarrollo del individuo. Nos centraremos aquí en las segundas, es decir, en aquellas que nos conducen a la consideración del problema de la infancia. En este punto, Baldwin se alinea con los desarrollos de Fiske, que partía de la constatación de la prematuración observada en el desarrollo ontogenético de los animales “superiores” para proponer a la infancia como producto y como factor de evolución. Baldwin sostiene una tesis similar, en la que propone que “El período extra-uterino de la infancia es al período intra-uterino (…), lo que la extensión de la ontogénesis es a la extensión de la filogénesis”. Esto es, cuanto mayor sea la filogénesis de un organismo, mayor será también su período de desarrollo extra-uterino.

En su infancia, el individuo se encuentra sometido a múltiples relaciones con el medio. La educación y la vida social del infante se elevan a posibles fuentes de variación para el individuo. La infancia es entendida, de este modo, como producto y también factor de evolución. En contraposición a una perspectiva puramente naturalista, se plantea aquí el problema de las relaciones complejas entre naturaleza y cultura, a partir de la importancia que estas tesis otorgan, en el límite, al aprendizaje. Si con Haeckel pudimos señalar que la ontogénesis individual aparecía completamente predeterminada por su filogénesis, podemos observar en las tesis de estos autores el quiebre de su esquema recapitulador, a partir del miramiento por la indeterminación creciente a la que el individuo es expuesto en cuanto posee una infancia.


10. Darwinismo social y eugenesia

Es posible señalar cuando menos dos núcleos teóricos que, provenientes del evolucionismo, tendrán, en la segunda parte del siglo XIX, una importancia considerable en el desarrollo de las ciencias del hombre:

> el modelo funcional de la relación organismo-medio; y

> los desarrollos que enfatizan el papel de la herencia.

1) Respecto a este último núcleo, es necesario destacar, en el desarrollo de la psicología, la centralidad que adquiere el tema de la herencia, en términos de una modificación y una extensión de su programa de investigación respecto, por ejemplo, a la psicología experimental alemana. Incluir el factor herencia implica un recurso a los ascendientes del sujeto investigado y ésta perspectiva implica, necesariamente, una indagación que va más allá de la consideración exclusiva de los rasgos o el desempeño individual. Por otro lado, en la segunda mitad del siglo XIX y en el campo de la psicopatología, la herencia y la teoría de la degeneración llegarán a ocupar un lugar central en la consideración etiológica de las enfermedades mentales. En efecto, dicha teoría otorgaba un papel privilegiado a la indagación de la herencia mórbida, transmitida de padres a hijos.

2) El papel de la herencia se pone en juego también en la consideración, propia de cierta psicología finisecular, de los problemas de la raza y la nación. Y si la psicología gana aquí una posición central, es debido a que las razas, más allá de las condiciones físicas y morfológicas que las definen, son caracterizadas también por las diferencias psicológicas que se les atribuyen. Como veremos, la cuestión de la raza configurará un tema fundamental, en la medida en que será pensada como el constituyente biológico y natural de las naciones. De ésta manera, ni el individuo, ni la familia, ni la nación, ni, en última instancia, la humanidad, escaparían a las leyes implacables de la herencia. Es en este punto que hace su aparición una nueva disciplina: la eugenesia, la cual se presenta como una tecnología de intervención que permitiría, tanto evitar la degradación de la especie, como contribuir a su perfeccionamiento.

La eugenesia, formulada por Francis Galton en 1865, constituyó, al mismo tiempo:

> un estudio de los métodos adecuados para llevar adelante una mejora de la raza humana por medio del control de la reproducción; y

> una tecnología de intervención social.

Esta disciplina, de gran impacto en los comienzos de la psicología, proclama la necesidad de administrar los efectos de la herencia para lograr el perfeccionamiento de la especie, o de las sociedades.

Hombre de una formación múltiple, F. Galton escribió en 1869 El genio hereditario, libro en el que se propone investigar el ascendiente hereditario de una serie de personalidades inglesas. Dos supuestos fundamentales estructuran ésta investigación:

a) que la inteligencia constituye el factor principal por el que una persona llega a destacarse en un campo determinado;

b) que la inteligencia es hereditaria.

Para demostrar sus tesis realiza un estudio comparativo de unos 1000 casos, para ver si es posible encontrar en las familias estudiadas, las correlaciones que demuestren la heredabilidad de las capacidades intelectuales. Resulta importante señalar que, para corroborar sus tesis, Galton desarrolló procedimientos estadísticos que fueron luego incorporados al arsenal de recursos que contribuyeron al desarrollo de los test mentales. En este sentido interesa destacar cómo creencias erróneas, y aún fuertemente prejuiciosas, pueden no obstante asociarse a resultados validos desde el punto de vista de una lógica científica.

Ahora bien, como hemos dicho, la investigación de Galton, orientada a dilucidar las leyes de la herencia aplicadas a las capacidades intelectuales, tenía por objetivo último favorecer el progreso intelectual y moral de la sociedad. Para entender el sentido de ésta investigación, es necesario tener presente la preocupación creciente, entre los sectores intelectuales y políticos de la sociedad inglesa de fines del siglo XIX, por el crecimiento de los sectores más desfavorecidos y marginados, y la supuesta amenaza, que esto traería aparejado: un descenso significativo de la inteligencia media de la sociedad. De allí la necesidad de fomentar las conductas reproductivas de aquellos que poseían las mejores condiciones intelectuales y morales, limitando, al mismo tiempo, la descendencia de quienes estuviesen menos dotados de aquellas capacidades juzgadas como positivas. Desde este punto de vista, las políticas eugenésicas han sido clasificadas conceptualmente en dos categorías:

a) La eugenesia negativa, cuyo objetivo era impedir las conductas reproductivas de quienes eran considerados “menos aptos”. La intervención para lograr el cumplimiento de este objetivo no fue, al comienzo, necesariamente coactiva, como llegó a serlo en algunos estados de los Estados Unidos y en países europeos hasta la segunda guerra mundial. En Inglaterra, en la época de Galton, la modalidad de intervención se basaba sobre todo en una tarea de difusión de métodos de control voluntarios de la natalidad en los sectores más desfavorecidos.

b) La eugenesia positiva, fomentaba uniones reproductivas favorables para el perfeccionamiento de la especie mediante la asociación y la selección mutua. Galton, quien era un liberal, proponía mayormente la acción privada a través de sociedades eugenésicas que exigían una estricta selección de sus miembros -según criterios variables que podían ir desde los intelectuales hasta los raciales y morales- y la acción persuasiva y educativa.

Las iniciativas eugenésicas provenientes de la propia sociedad fueron escasas en Europa y Estados Unidos. Finalmente va a prevalecer la intervención del Estado, a través de las leyes eugenésicas, que no surgen en Inglaterra ni en los países católicos de Europa (Francia, Italia) sino en algunos estados de los Estados Unidos y van a tener una expresión brutal y despiadada en la Alemania nazi.

Es importante destacar que el objetivo eugenésico requería contar con herramientas adecuadas para el propósito de medir y seleccionar, es decir, detectar de un modo “objetivo” a los sujetos más dotados y separar a los menos dotados. En ese sentido, como se vio en el punto 5 (el modelo experimental de Galton), el objetivo eugenésico promovió el desarrollo de los procedimientos de medición y evaluación psicológica y Francis Galton forma parte de la historia de la psicología, como fundador de la psicología diferencial y creador de procedimientos estadísticos que están en la base de la psicometría.
11 Foucault: biopolítica y biopoder

En el primer volumen de Historia de la sexualidad (La voluntad de saber) [H.S] de Michel Foucault, hacen su aparición dos nociones estrechamente vinculadas. La primera de ellas ya ha sido mencionada es la hipótesis represiva (ver el punto 6,“La historia de la sexualidad: M. Foucault”). La segunda es la que nos ocupará en éste apartado: la noción de biopoder.

La cuestión del biopoder, desarrollada por Michel Foucault en el capítulo final de La voluntad de saber y en la última clase del curso Defender la sociedad (Ver la Guía de Lecturas de la Unidad II), debe ser leída, por una parte, en relación directa con los temas y problemas que plantea el evolucionismo y sus derivaciones (teoría de la degeneración, eugenesia) y el surgimiento de los modernos racismos biológico y de Estado. Por otra parte, debe destacarse su vinculación con una genealogía de las ideas y las prácticas sobre la sexualidad, tal como han sido expuestas en la sección III del presente Módulo.

1) Frente a la perspectiva sostenida por la “hipótesis represiva”, que considera que el poder es un mero instrumento represivo cuya función sería obstaculizar o distorsionar la verdad, Foucault despliega una interpretación alternativa de las relaciones entre poder, sexo y verdad, en el curso de la cual introduce el tema de la biopolítica y del biopoder. Éste último se constituiría como poder sobre la vida (por ejemplo las políticas de sexualidad), pero también como poder sobre la muerte (el racismo moderno). Se trataría, en última instancia, de la estatización de la vida, considerada en términos biológicos.

2) La biopolítica, por su parte, designaría aquello que “hace entrar a la vida y sus mecanismos en el dominio de los cálculos explícitos y convierte al poder-saber en un agente de transformación de la vida humana” (HS, p. 172). En su Vocabulario de Michel Foucault, Edgardo Castro sintetiza claramente: “Hay que entender por «biopolítica» la manera en que, a partir del siglo XVIII, se buscó racionalizar los problemas planteados a la práctica gubernamental por los fenómenos propios de un conjunto de vivientes en cuanto población: salud, higiene, natalidad, longevidad, raza”.(Ver E. Castro, El vocabulario de Michel Foucault. Bernal, UNQ, 2004). Según Foucault, el “derecho de espada”, es decir, el poder del soberano sobre la vida y muerte de sus súbditos, habría comenzado a ser desplazado, hacia el siglo XVII y XVIII, por un poder que se ejerce positivamente sobre la vida, que procura administrarla, mantenerla y multiplicarla y despliega sobre ella controles y regulaciones. De esta manera, el derecho soberano de hacer morir o dejar vivir habría sido sucedido por un poder de hacer vivir y dejar morir.

3) Este poder sobre la vida, se afirmó sobre dos tecnologías que reconocieron un desarrollo autónomo:

a) La primera de ellas, desde el siglo XVII, constituyó una anatomo-política del cuerpo humano que, asegurada por los mecanismos disciplinarios, tomó al cuerpo individual como objeto a ser manipulado, con el objetivo de lograr un aumento de la docilidad y de la utilidad de los individuos.

b) La otra tecnología sobre la que se desarrolló el poder sobre la vida hizo su aparición hacia mediados del siglo XVIII. Se trata en este caso de una biopolítica de la población, asegurada por toda una serie de intervenciones y controles reguladores. Ésta tecnología se centró en el cuerpo como sustento de procesos biológicos, esto es, el cuerpo-especie: “la proliferación, los nacimientos y la mortalidad, el nivel de salud, la duración de la vida y la longevidad, con todas las condiciones que puedan hacerlos variar” (HS, p.168).

Las disciplinas del cuerpo y la regulación de las poblaciones constituyeron entonces los dos grandes polos en torno a los que el poder sobre la vida se organizó, dando inicio a lo que Foucault denomina “la era del biopoder”.

4) Foucault afirma que el biopoder fue un elemento vital para el desarrollo del capitalismo, en la medida en que el mismo requería la inserción de cuerpos dóciles y útiles en el aparato productivo, y el aumento de “las fuerzas, las aptitudes y la vida en general”. Mientras que los aparatos de Estado afianzaron el mantenimiento de las relaciones de producción, la anátomo y la biopolítica, presentes en todos los niveles del cuerpo social (la familia, el ejército, el taller, la escuela, la medicina, la policía, etc), “actuaron en el terreno de los procesos económicos, de su desarrollo, de las fuerzas involucradas en ellos y que los sostienen”. Actuaron también como factores de segregación y jerarquización sociales que garantizaron “relaciones de dominación y efectos de hegemonía; el ajuste entre la acumulación de los hombres y la del capital” (HS, pp.170,171). En resumen, el siglo XVIII hace entrar a los fenómenos de la vida de la especie humana en el orden del saber y del poder, esto es, en el campo de las técnicas políticas, las que emprenden la tarea de controlar y modificar los procesos vitales (condiciones de existencia, probabilidades de vida, salud individual y colectiva, etc.).

5) Una de las principales consecuencias del desarrollo del biopoder es la importancia que adquiere la norma frente al sistema jurídico de la ley. El biopoder, en tanto tiene como objeto el cuidado y la administración de la vida, requiere mecanismos continuos y reguladores; debe calificar, medir, jerarquizar, en este sentido realiza distribuciones en torno a una norma. De modo que el efecto histórico del desarrollo de ésta tecnología de poder centrada en la vida es el establecimiento de una sociedad normalizadora.

6) En éste contexto es posible comprender la importancia que llega a adquirir la sexualidad en el juego político. Matriz de las disciplinas y principio de las regulaciones, la sexualidad se convierte en el siglo XIX, en tema de operaciones políticas, de campañas de moralización y de responsabilización, se la representa como signo de la fuerza y el vigor biológico de una sociedad. En efecto, por un lado, la sexualidad entra en la órbita del poder disciplinario, en tanto conducta corporal individual. En este sentido, las campañas, que desde fines del siglo XVIII, se dirigen a padres y a educadores, a fin de concientizarlos sobre la necesidad de controlar la masturbación en los niños, es un claro ejemplo del control disciplinario de la sexualidad. Por otro lado, por sus consecuencias procreadoras, la sexualidad corresponde a procesos biológicos que afectan a la población.

7) Para Foucault, este lugar privilegiado que adquiere la sexualidad, permite dar cuenta, en primer lugar, de la importancia que adquiere el saber médico a partir del siglo XIX, y los efectos de poder que induce en tanto “técnica política de intervención”. En segundo lugar, permite comprender la entronización, en la segunda mitad del siglo XIX, de la teoría de la degeneración como “núcleo del saber médico sobre la locura y la anormalidad”.

En efecto, si la sexualidad ha llegado a convertirse en blanco de intervenciones y objeto de control y regulación, es por los efectos patológicos que se supone puede inducir, cuando es irregular e indisciplinada, en el plano del cuerpo individual y en el de la población. El ejercicio indisciplinado de la sexualidad sometería a los individuos a temibles enfermedades que podrían desembocar en la parálisis, la locura y la muerte; y, más grave aún, por la vía de la herencia, reducirían a su descendencia a la degradación y la degeneración. “Foco de enfermedades individuales” y “núcleo de la degeneración”, la sexualidad representa “el punto de articulación de lo disciplinario y lo regularizador, del cuerpo y la población” (Defender la sociedad [D.S.], p. 228).

En este contexto cobran importancia aquellos cuatro grandes conjuntos estratégicos a lo largo de los cuales se desplegaron políticas del sexo. Cada uno de ellos fue una manera de ajustar las técnicas disciplinarias con los procedimientos reguladores: “de una manera general, en la unión del «cuerpo» y la «población», el sexo se convirtió en blanco central para un poder organizado alrededor de la administración de la vida y no de la amenaza de muerte”.

En las sociedades occidentales modernas, continúa Foucault, los mecanismos de poder se orientan al cuerpo, a lo que hace proliferar la vida, a lo que refuerza la especie y su vigor: “Salud, progenitura, raza, porvenir de la especie, vitalidad del cuerpo social, el poder habla de la sexualidad y a la sexualidad” (HS, p.178). La posibilidad de intervenir para modificar las conductas sexuales de la población llego a ser considerada, entonces, como un elemento indispensable para la defensa social y la lucha contra la degeneración. También en la utopía sostenida por los eugenistas de una mejora de la especie humana a partir de una gestión de la sexualidad y la reproducción, la nueva idea de raza mantiene la presunción de una sexualidad controlable.

8) El racismo moderno, estatal y biologizante, sugiere Foucault, se conforma en éste punto:

“toda una política de población, de la familia, del matrimonio, de la educación, de la jerarquización social y de la propiedad, y una larga serie de intervenciones permanentes a nivel del cuerpo, las conductas, la salud y la vida cotidiana recibieron […] su justificación de la preocupación mítica por proteger la pureza de la sangre y llevar la raza al triunfo”. (HS, p.181).

En una sociedad de normalización, donde prevalece una tecnología de poder que tiene por objetivo la preservación y administración de la vida; en un Estado que funciona según la modalidad del biopoder, el racismo es lo que hace aceptable el ejercicio del derecho soberano de matar, esto es, la eliminación del enemigo, entendido ahora como “peligro biológico” para la población. El racismo estatal moderno, se vincula, entonces, con el funcionamiento de un Estado que, para poder ejercer plenamente su poder soberano, debe recurrir a la noción de eliminación y purificación de razas. El racismo cumpliría así, para Foucault, dos funciones: a) Por una parte, introduce una brecha de tipo biológica en una población, un corte entre “lo que debe vivir y lo que debe morir […] la aparición de las razas, su distinción, su jerarquía, la calificación de algunas como buenas y otras, al contrario, como inferiores […] va a ser una manera de fragmentar el campo de lo biológico que el poder toma a su cargo” (D.S., p. 230).

b) En segundo lugar, permite legitimar y justificar la destrucción del otro de una manera que no se oponga al ejercicio del biopoder. El exterminio del otro, del inferior, del anormal, del degenerado, “la muerte de la mala raza”, fortalece, y hace más sana y más pura la raza propia.

De éste modo puede entenderse el estrecho vínculo que para Foucault se teje entre el evolucionismo y el discurso del poder, en la segunda mitad del siglo XIX:

“el evolucionismo, entendido en un sentido amplio –es decir, no tanto la teoría misma de Darwin como el conjunto, el paquete de sus nociones (como jerarquía de las especies en el árbol común de la evolución, lucha por la vida entre las especies, selección que elimina a los menos adaptados)- se convirtió […] en una manera de pensar las relaciones de colonización, la necesidad de las guerras, la criminalidad, los fenómenos de la locura y la enfermedad mental, la historia de las sociedades con sus diferentes clases, etcétera. En otras palabras, cada vez que hubo enfrentamiento, crimen, lucha, riesgo de muerte, existió la obligación literal de pensarlos en la forma del evolucionismo.” (D.S.: 232)








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