Historia de la filosofia 1


La ética: el utilitarismo hedonista



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La ética: el utilitarismo hedonista

  1. El principio de utilidad


El proyecto de Bentham era en principio político, el de la legislación: la exploración y los fundamentos teóricos de un sistema perfecto de leyes y gobierno. Para esto necesitaba una medida de perfección o de valor; y esa medida fue el principio de utilidad, conocido también como el principio de mayor felicidad.

Este principio establece que todo acto humano, norma o institución, deben ser juzgados según la utilidad que tienen, esto es, según el placer o el sufrimiento que producen en las personas.

A partir de este simple criterio se proponía formalizar el análisis de las cuestiones políticas, sociales y económicas, sobre la base de medir la utilidad de cada acción o decisión. Así se fundamentaría una nueva ética, basada en el goce de la vida y no en el sacrificio ni el sufrimiento.

En el capítulo primero de la Introducción a los principios de la moral y la legislación, Bentham constata:

"La naturaleza ha colocado a la especie humana bajo el gobierno de dos maestros soberanos, el dolor y el placer. Tan solo ellos han de señalar lo que hemos de hacer, y también determinar lo que haremos. De un lado, el criterio de lo correcto [right] y de lo incorrecto [wrong]; de otro, la cadena de causas y efectos”

La teoría de Bentham parte de una concepción hedonista del ser humano, fruto, aparentemente, de la observación de su conducta: la persona actúa buscando el placer y huyendo del dolor. Las palabras “correcto”, “incorrecto”, “deber”, “obligación”, únicamente tienen sentido en relación con este hecho, de cualquier otra manera son simples quimeras. Las acciones son consideradas correctas o incorrectas en la medida que proporcionan bienestar, ventajas, bien, felicidad: es entonces cuando se dice que estas acciones tienen utilidad. Por eso acaba este capítulo afirmando:

"el principio de utilidad reconoce esa sujeción y la da por supuesta como fundamento del presente sistema, cuyo objetivo es edificar la fábrica de la felicidad con las manos de la razón y de la ley".

La meta de Bentham es producir felicidad, bienestar. Los medios son "la razón y la ley": la ley correcta producirá felicidad, y la ley correcta es la que está de acuerdo con la razón. Lo cual concuerda con el principio de utilidad.

Bentham por "utilidad" entiende:"esa propiedad que tiene cualquier objeto por la cual tiende a producir beneficio, ventaja, placer, bien, o felicidad [...] o [...] a prevenir la ocurrencia de daño, dolor, mal o infelicidad".

La corrección de las acciones depende de su utilidad; y la utilidad es medida por las consecuencias que las acciones tienden a producir. De toda esa variedad de términos que describen las consecuencias, los más importantes para Bentham son el placer y el dolor. Porqué piensa que éstos son términos claros, fáciles de entender, que pueden, por tanto, dar un sentido preciso a los otros. Así el bien es para Bentham la maximización del placer y la minimización del dolor.

Partiendo de la caracterización de la naturaleza humana y de la noción de utilidad Bentham deriva el principio del utilitarismo en su versión más clásica: el único fin correcto y adecuado de toda acción humana es la mayor felicidad para todos aquellos cuyos intereses estén en juego.

El objetivo de aumentar la felicidad, es un objetivo práctico; y Bentham presentó muchas propuestas puramente prácticas, como los coches de línea entre Londres y Edimburgo, o un canal en Panamá, o la congelación de los guisantes. Pero la más famosa e importante de estas singulares propuestas prácticas, fue la de una prisión a la que llamó el "panóptico". Iba a ser circular a fin de que los guardianes, sentados en el centro pudieran observar a los prisioneros.

      1. Hedonismo sensualista y cálculo eudemonista


Bentham da del bien y del mal una definición hedonista, en términos de placer y dolor, que él consideraba como sensaciones. Así pues, el fin de la acción individual y colectiva debe ser la búsqueda del máximo placer y del mínimo dolor. Se rechaza, por lo tanto, el ascetismo en todas sus formas porque desde el punto de vista utilitarista no hay ninguna razón para infligir o soportar sufrimientos, cualesquiera que éstos sean, salvo si es un medio para llegar a la felicidad o para evitar una pena mayor.

Si las acciones son buenas o malas en la medida en que aumentan o disminuyen el placer y el sufrimiento, el conocimiento del bien y del mal depende de la posibilidad de valorar estas sensaciones cuantitativamente. Así concibe la ética como una aritmética de los placeres, una ética inductiva (lo bueno se conoce a través de la experiencia, por sus consecuencias) y no intuitiva.

Con el fin de elegir lo que es bueno, es necesario establecer un cálculo de placeres y dolores3 (cálculo eudemonista), en el que éstos han de ser juzgados según los criterios de intensidad, duración, certidumbre o incertidumbre, proximidad o alejamiento, fecundidad, pureza y alcance (número de personas afectadas).

    1. La política: hedonismo social

      1. El principio del interés y el principio de felicidad


La política de Bentham sigue la línea marcada por su ética. Por lo tanto, su primer principio será el principio del interés: “El hombre se rige siempre por sus propios intereses, los cuales se manifiestan en la busca del placer y en le evitación del dolor”.

Ahora bien, como la búsqueda del placer por parte del individuo puede entrar en conflicto con la misma búsqueda por parte de otros individuos es necesario que el aumento del placer y la evitación del dolor no se confinen al reino individual, sino que rijan en toda la sociedad. Así el principio de felicidad debe pues asegurar la mayor cantidad posible de ésta última para la mayor cantidad posible de individuos.

Así como cada individuo busca maximizar su grado de felicidad, la comunidad o sociedad ha de regirse por aquella política que proporcione un mayor grado de felicidad o placer a sus miembros. Para Bentham los intereses de la comunidad no son diferentes de los intereses de los ciudadanos pues el interés de la comunidad es “la suma de los intereses de los diferentes miembros que la componen”.

Aquí cobra también sentido el cálculo eudemonista que permita tomar decisiones sociales y políticas considerando meramente la cantidad de felicidad general a que podrían dar lugar las diferentes acciones políticas posibles. Se trataría de calcular la utilidad de las diferentes alternativas y quedarse con aquella que tuviera una utilidad mayor4.

Este cálculo, según Bentham, se ha de hacer tomando como modelo el de las ciencias positivas. Para que la utilidad sea cuantificable se habrán de establecer unos criterios de medición. Así, se habrán de comparar los diferentes tipos de placeres que se pueden experimentar homogeneizándolos de acuerdo con unas medidas y asignándoles un valor numérico determinado.

Resumiendo, en su teoría general del gobierno Bentham parte de la constatación psicológica de que la gente tiende a actuar según sus propios intereses, (que son de nuevo entendidos en términos de placer y dolor, y las gentes concebidas como individualidades que buscan el placer y evitan el dolor) Dado este conocimiento de la psicología del pueblo, el legislador debe ordenar su sistema de leyes de manera tal que la gente, persiguiendo únicamente sus propios intereses, se vea de hecho conducida a hacer lo que se proyecta que haga, que consiste en promocionar el interés general (o la mayor felicidad para todos).


      1. Utilidad y fines secundarios


Aunque toda justificación provenga de la utilidad, esto no significa que Bentham no admita fines secundarios, es decir, cosas o medidas que, de promoverse, tenderían normalmente a incrementar la utilidad. Y a este respecto establece cuatro fines intermedios que un correcto sistema de leyes y de gobierno deberían promover: subsistencia, abundancia, seguridad e igualdad. Los cuatro se ordenan en dos parejas, de manera que la subsistencia (el asegurar a la gente sus medios de vida) tiene prioridad sobre la abundancia; y el asegurar las expectativas de los ciudadanos la tiene sobre la igualdad. El argumento utilitario justificativo de esta relación de prioridad se apoya en la tesis psicológica de que la privación del primer miembro de cada par causa más dolor que la del último.
      1. Igualdad y principio de la utilidad marginal decreciente


En la base de la promoción de la igualdad defendida por Bentham también hay supuestos psicológicos. Afirma que, en general, iguales incrementos de un bien no producen iguales incrementos de utilidad. Es decir, que hay una utilidad marginal decreciente. Por tanto, en general, la provisión de un bien particular proporcionará más utilidad a quienes antes tenían menos que a los que ya tenían más; y de ahí la tendencia general hacia la provisión de bienes entre los más necesitados, es decir, hacia la igualdad.
      1. Evolución de sus ideas políticas


La explicación general de la ley y el uso del principio de utilidad como medio para aportar razones para sus particulares códigos legales, es una constante en la vida de Bentham. Sin embargo, sus ideas sobre el sistema político particular que diera origen a estas leyes pasaron por un proceso de desarrollo. Al principio pensó Bentham que sólo necesitaba apelar a los gobiernos ilustrados para que éstos llevaran a efecto aquellas medidas tan obviamente beneficiosas. Cuando se percató de que no sucedía así (o que le bloqueaban sus propias propuestas, como la del panóptico), se convirtió en defensor de la democracia. No sólo había que cambiar la ley, sino también el sistema de gobierno. Y de acuerdo con ello tomó parte activa en el movimiento por la ampliación del sufragio parlamentario, que finalmente se hizo efectivo en el año en que él murió (aunque Bentham propugnaba algo más radical: la fórmula: "un hombre, un voto" y que la votación fuese secreta).

En cualquier caso, estas propuestas democráticas estaban mucho más de acuerdo con sus teorías generales. Si, según su teoría psicológica, todo el mundo actúa guiado por sus propios intereses, igualmente harán los gobiernos y los gobernantes. Había que prescindir de la figura, clásica en el siglo XVIII, del legislador benevolente y semidivino. En los dictadores (ilustrados, o no), en los reyes y en las oligarquías no se puede confiar. El fin apropiado de un gobierno, convertido en popular eslogan por Bentham como "la mayor felicidad para el mayor número", sólo se halla a salvo en las manos de ese mayor número. Si se le otorga el poder político a la totalidad del pueblo, éste, con sólo seguir sus propios intereses, promoverá lo que también es el fin apropiado. Tal y como sucede en el sistema legal correcto, así también coincidirán la acción real con la apropiada en un sistema político o gubernamental que sea correcto.

Sin embargo, aunque las metas de Bentham eran las mismas que las de muchos movimientos de su tiempo a favor del cambio, sus fundamentos no eran los mismos. Bentham no sólo se alineaba con los que meramente luchaban por la reforma del sufragio en Inglaterra, sino que apoyaba también las revoluciones americana y francesa. Ahora bien, la justificación contemporánea de esas revoluciones se expresaba principalmente en términos de derechos naturales. Pero, de acuerdo con su propio sistema, Bentham se opuso al uso de los derechos naturales y criticó, por tanto, la justificación retórica de una y otra revolución.

      1. Sobre el origen y la legitimación de las leyes


La ley no es expresión de unos derechos naturales ni encuentra su legitimación en un contrato original (contrato social), en el cual la gente aceptó, supuestamente, atenerse a las normas presentes. Más bien al contrario, la ley es la expresión de la voluntad del legislador y encuentra su legitimación en la felicidad general que proporciona a la comunidad.

Veamos a continuación cómo razona estas ideas en contraposición de los planteamientos utilizados por algunos contemporáneos suyos ideólogos de la revolución francesa y americana.


        1. Crítica al derecho natural o iusnaturalismo


Bentham afirma que la experiencia nos demuestra que no es verdad que los seres humanos nazcan iguales y libres. Piensa que un "derecho natural" es una "contradicción en los términos", un "sinsentido", una entidad ficticia. La comparación de un derecho natural con un derecho legal revela su diferencia. Uno y otro pueden ser analizados en términos de sus correspondientes deberes. Bentham analiza un deber legal en términos de la ley (o de la amenaza de castigo) que crea ese deber. Y no hay una ley que se corresponda con esos supuestos deberes naturales. De ahí que mantenga que los derechos naturales son justamente derechos imaginarios, en contraste con los derechos reales que son los producidos por el sistema legal actualmente existente. Dicho con sus propias palabras: "de leyes reales surgen derechos reales [...] de leyes imaginarias surgen derechos imaginarios". Los llamados derechos del hombre no son realmente otra cosa que "falsos derechos".

La tesis de Bentham es que el lenguaje, que aparentemente describe lo que los derechos son, en realidad, no hace más que sugerir lo que los derechos deberían ser. O sea, que, en lugar de citar derechos existentes, la “Declaración francesa de los Derechos del Hombre y del Ciudadano” está dando las razones de porqué deberían existir tales derechos. Bentham en su obra “Falacias Políticas” señala: "una razón para desear que un cierto derecho sea establecido, no es ese derecho; desear no es aportar, el hambre no es pan". Así, suponer que tales derechos existen realmente es un sinsentido. Y aún peor es suponer que podemos estar seguros de que han sido hallados los derechos corrientes para todo el tiempo. Bentham es un promotor de la experimentación: debemos mantenernos siempre alerta en el examen de la utilidad que producen los sistemas particulares de derechos. Por lo tanto, constituye un error adicional el pensar que cualesquiera derechos puedan ser inalterables (irrebatibles, imprescriptibles). Bentham resume así su crítica: "los derechos naturales son un simple sinsentido; los derechos naturales e imprescriptibles, un sinsentido retórico, un sinsentido que marcha sobre zancos".


        1. Crítica a la teoría del contrato social


Los derechos naturales constituyeron una de las pretendidas respuestas a la cuestión de la fuente de la obediencia al Estado y a las condiciones para legitimar la Revolución. Otra respuesta, popular también en los tiempos de Bentham, fue la del contrato original o social. Este artificio, que fundamenta la obediencia en el acuerdo, fue ridiculizado por Bentham en su “Fragmento sobre el gobierno”. La justificación de la obediencia al gobierno se apoya, según él, en la utilidad, es decir, en el cálculo que asegure que "los probables daños de la obediencia sean menores que los probables daños de la resistencia".

La teoría del contrato no sirve aquí, a juicio de Bentham, porque, al igual que sucede con los derechos, todos los contratos reales son contratos legales. De ahí que, al ser producidos por la ley y el gobierno, no puedan ser, por tanto, usados los contratos para aducir una fundamentación de la ley y del gobierno. Incluso aunque se supusiera que su fuerza no es la de un contrato en regla, sino tan solo la de una promesa o de un acuerdo, tampoco nos servirían de ayuda para suministrar una justificación. Porque, según Bentham, aunque alguien, gobierno o pueblo, mantuviera sus acuerdos, éstos tendrían nuevamente que ser sometidos al cálculo de utilidad.
        1. Ley común versus ley estatutaria: consecuencialismo


Tanto a ética como la política de Bentham son consecuencialistas. Para justificar la acción correcta dirige su mirada a los futuros estados de cosas actuales y posibles, no a lo que ha sucedido en el pasado. Por ejemplo, el castigo5 no es una retribución por una acción pasada, sino la prevención de daños futuros; la obediencia al Estado no está fundada en una pasada promesa, sino en la prevención de futuros males. Éste es para Bentham el modelo adecuado y, ciertamente, el único posible, de pensar correctamente sobre tales materias. Ello explica su radical actitud con respecto a la reforma de la ley. La ley que él encontró era la ley común, hecha por jueces, basada en el pasado y en la costumbre. Venía de la historia. En su lugar quiso implantar una ley estatutaria, hecha por el parlamento democrático y basada en la razón. Una ley cuyas razones serían independientes de la historia y estarían formuladas en términos de beneficio futuro.
  1. El liberalismo utilitarista: John Stuart Mill (1806- 1873)

    1. Introducción

      1. Datos biográficos


Nació en Londres el 20 de mayo de 1806 y era el mayor en una familia de nueve hermanos. Su padre James Mill, considerado un precursor del utilitarismo, era de origen escocés y fue economista, filósofo y discípulo de Bentham y Ricardo. Como su amigo Bentham, y siguiendo al ilustrado Helvetius, pensaba que todo lo que pudiera ser una persona se debía a la educación y se propuso demostrarlo con su hijo, al que convirtió en una especie de “máquina de razonar”, imponiéndole una disciplina atroz.

Así, su educación hasta la adolescencia estuvo a cargo de su padre quien le sometió a un rígido programa de estudio. Se pasaban el día en el despacho paterno, el niño estudiando a su lado y con la licencia de preguntar cuantas cosas no comprendiese. John Stuart nos cuenta en su Autobiografía cómo se desarrolló su educación primaria y secundaria bajo la supervisión y la dirección paterna: empezó a estudiar griego a los tres años y latín a los siete, edad a la que leyó seis diálogos de Platón, aunque afirma que no comprendió bien el Teeteto; al mismo tiempo, aprendía aritmética y una gran cantidad de historia. Pocas veces se le consentía la lectura de libros de entretenimiento, como Robinson Crusoe, del que dice que le deleitó toda la infancia. Después de los ocho años John no sólo tenía que aprender sino que enseñar también a sus hermanos menores. En esa época se dedicaba ya a la lectura de la Ilíada y la Odisea, de tragedias de Esquilo, Sófocles y Eurípides, de los mejores autores latinos, de una gran cantidad de historia y del estudio minucioso del gobierno romano. Antes de los doce años llegó a dominar el algebra, la geometría, el cálculo diferencial y algunas otras ramas de las matemáticas superiores. Su mayor entretenimiento por entonces era leer libros donde se relataban ejercicios de ciencia experimental. A los doce años comenzó a estudiar lógica. Leyó todo lo que Aristóteles había escrito sobre el tema, a varios escolásticos y a Hobbes. Todo ello con un único profesor, su padre, y en contacto con los eminentes amigos de éste, como era J.Bentham. En las horas de descanso paseaba con su padre y discutían.

Al cumplir los catorce años se juzgó que el muchacho había llegado al momento de ver algo del mundo y se le envió al extranjero durante dos años. A su regreso comenzaría sus estudios superiores fuera de casa, científicos en Francia y jurídicos en Inglaterra.

En apariencia, Mill era la demostración del éxito del programa de educación urdido por su padre y por Bentham. La estricta instrucción que había desarrollado su inteligencia colosalmente también le había educado en el menosprecio de las emociones. Probablemente esto y el cansancio intelectual le costaron una crisis tremendamente grave a los veinte años (1826-1828) que narra detalladamente en su Autobiografía. La depresión sacudió su vida de máquina de razonar andante para abrirle a una comprensión más cualitativa de la realidad. Comprendió entonces el valor del sentimiento y de la poesía de manera que su utilitarismo se hizo más amplio que el de Bentham (puramente cuantitativo).

La reacción y el rechazo ante la rigidez de su formación le llevan a reformular los principios del utilitarismo de forma que, manteniendo la alta consideración de la democracia, del respeto y de la igualdad, ahora introduce la positiva consideración de la diversidad, la espontaneidad, la imaginación y el valor irreductible de la singularidad humana. Paralelamente, critica el ahogo de las minorías por la opinión mayoritaria y denuncia la uniformidad, la opresión de la autoridad, o el peso de la costumbre y de los convencionalismos; también defiende el derecho a la crítica libre.

En 1823 entró a trabajar en la East India Company llegando a ser uno de sus principales directivos en 1856. Cuando la Compañía se disolvió en 1858 obtuvo una confortable pensión vitalicia que le permitió establecerse cerca de Avignon, pasando sólo una parte del año en Gran Bretaña.

En 1830 se enamoró de Harriet Taylor, con una pasión exaltada. Pero él era un hombre respetable y ella una mujer casada; de manera que, aunque mantuvieran unas relaciones básicamente intelectuales, que todo el mundo conocía, la pareja esperó a la muerte del marido para poder casarse, finalmente, en 1851. Hay una gran diversidad de opiniones sobre el papel que Harriet jugó en la obra de Mill. Sus contemporáneos no la tenían en gran estima ni como persona, ni intelectualmente, pero Mill la consideraba su fuente de inspiración y, ciertamente, de ella surge una gran parte de la reflexión socialista de Mill. Cuando ella murió en 1858 la hizo enterrar en Avignon y él se instaló en una casita en Saint Véran desde donde podía ver el cementerio.

Durante tres años (1865-68) fue miembro de la Cámara de los Comunes de Inglaterra, desde donde presentó, entre otras, una propuesta a favor del sufragio femenino que fue derrotada.

Desde 1868 permaneció en Saint Véran dedicado a la lectura, la escritura y la botánica. Allí falleció el 7 de mayo de 1873. Fue enterrado en Avignon junto a su esposa.

      1. Obras


Escribió libros científicos, filosóficos y de economía que fueron decisivos en la evolución y desarrollo de todas esas disciplinas.

Expuso su teoría ética por primera vez en un libro dedicado a la filosofía de la ciencia denominado Sistema de la Lógica demostrativa e inductiva (1834) cuyo libro VI, capítulo XII y último, se titulaba Sobre la lógica de la práctica o del arte, incluyendo la moralidad y la prudencia.

Impresionado por la miseria obrera se separa de las tesis de Ricardo y se acerca al socialismo utópico en su obra Principios de economía-política (1848).

Expone las tesis centrales de su filosofía política en su obra Sobre la libertad (1859) y los principios éticos de su filosofía utilitarista en su obra El Utilitarismo (1861).

Otras obras son: Consideraciones sobre el gobierno representativo (1861); Comte y el positivismo (1865); Sobre la esclavitud de las mujeres (1869), que le ha hecho ganar un lugar de honor dentro del feminismo moderno; su Autobiografía (1873); La utilidad de la religión (1874); y su obra póstuma Capítulos sobre el socialismo (1879).

      1. Influencias


Mill se considera representante filosófico-científico del empirismo inglés y del liberalismo político.

Se opondrá tanto a las concepciones ascéticas del puritanismo inglés (estamos en la época victoriana) como a la aceptación resignada y pesimista de las duras condiciones sociales en las que vivía el proletariado durante la revolución industrial.

Sus influencias son:



  1. El empirismo de Hume y el asociacionismo psicológico de su padre.

  2. El utilitarismo de su padre, James Mill y de Jeremy Bentham, de quien pronto superaría la estrecha concepción del liberalismo-mercantilista orientándose hacia un liberalismo-emancipatorio cercano al socialismo. Al final de su vida Stuart Mill estuvo cada vez más cerca del llamado socialismo utópico6.

  3. La teoría de la sociedad industrial de Saint-Simon.

  4. Su intención como pensador y político era la de reformar el mundo y hacer mejor la Humanidad, en la línea progresista abierta por el positivismo de Augusto Comte.

  5. La idea de una irresistible marcha de la historia hacia la democracia y el riesgo de tiranía de la mayoría proviene de Alexis de Tocqueville.
    1. La ética: eudemonismo social

      1. Utilitarismo cualitativo versus utilitarismo cuantitativo


J. S. Mill se atribuye el mérito de haber sabido presentar una forma más elaborada y humanizada de utilitarismo.

  1. La definición de utilitarismo

Si atendemos a cómo lo define en su obra El Utilitarismo (1861) se podría pensar que su teoría no se aparta demasiado de la de Bentham:

“El credo que acepta como fundamento la moral de la utilidad, o el principio de la mayor felicidad, mantiene que las acciones son correctas en la medida que tienden a promover la felicidad, e incorrectas en la medida que tienden a producir aquello que es contrario a la felicidad. Por felicidad se entiende el placer y la ausencia de dolor; por infelicidad el dolor y la falta de placer”

John Stuart Mill: El Utilitarismo. Madrid: Alianza, 1997

Como en Bentham su utilitarismo convierte a la utilidad (entendida como felicidad o bienestar) en el único criterio de felicidad. Y por “felicidad” se entiende el placer y la ausencia de dolor, mientras que la “infelicidad” es el dolor y la privación del placer.



  1. Como definir “la mayor felicidad para el mayor número

También Mill pone el énfasis en la noción de bien común y la identifica con la obtención efectiva de aquella suma más alta posible de satisfacción y de felicidad para el mayor número de personas.

Se trata de orientar la acción a lograr “la mayor felicidad para el mayor número”. Pero: ¿Cómo definir la “felicidad del mayor número”? En este punto las teorías de Mill y de Bentham divergen:



  1. Para Bentham la felicidad está vinculada a la cantidad de placer. Es, pues, una concepción aritmética, agregativa.

  2. Para Mill lo importante es la calidad de los placeres, donde los placeres del espíritu son más importantes que los del cuerpo. Es preferible ser “un Sócrates insatisfecho” antes que un cerdo satisfecho.

  1. Fundamento antropológico de la jerarquía de placeres

Mill trata de conservar la ética hedonista de Bentham pero sustrayéndola al reproche que se le había formulado de ser “una moral de cerdos”.

Hablamos de la felicidad humana y los seres humanos son seres que, además de las facultades inferiores que comparten con los animales, se caracterizan por tener unas facultades superiores específicas. La felicidad del ser humano es inseparable del ejercicio de estas facultades superiores: la inteligencia, la sensibilidad moral y la sensibilidad estética. El ejercicio de éstas reporta a la persona un placer diferente y superior del que le reporta el ejercicio de las facultades inferiores:

“Es enteramente compatible con el principio de utilidad reconocer el hecho de que algunas clases de placer son más deseables y más valiosas que otras”

John Stuart Mill: El Utilitarismo. Madrid: Alianza, 1997

Se establece así una jerarquía de placeres que sitúa las satisfacciones intelectuales, el altruismo y los placeres emocionales por encima de los más vulgares. Y que permite que en los placeres no sólo podemos hablar de cantidad (más o menos cantidad, intensidad o duración) sino también, y sobretodo, de calidad.

Esta es la forma en cómo trata de responder a aquél reproche: estableciendo una distinción entre los placeres bajos y los placeres nobles, entre los placeres del cuerpo y los que satisfacen el sentido moral y la inteligencia, entre la simple satisfacción y la felicidad.

Es cierto que algunos seres humanos “buscan los placeres fáciles de los sentidos en detrimento de su salud, aunque ellos sepan que la salud es un bien mayor”. Pero, según Mill, es evidente la superioridad de los placeres del intelecto por encima de los placeres de la sensación. Él siempre se opuso a todo malentendido del utilitarismo ligado únicamente a los placeres “bajos”:

“Más vale ser un hombre insatisfecho que no un cerdo satisfecho, más vale ser Sócrates insatisfecho que no un imbécil insatisfecho”

John Stuart Mill: El Utilitarismo. Madrid: Alianza, 1997

De igual manera que un sabio no deseará volverse ignorante un ser humano no querrá descender a la categoría de animal.


  1. Felicidad y satisfacción

Ligado a la anterior distinción Mill establece que la felicidad no equivale a la mera satisfacción, ni tampoco es “un estado de euforia y de éxtasis constante”:

  1. La felicidad: supone un disfrute solidario. Sólo se puede llegar a ser plenamente feliz cuando se vive rodeado de gente que también lo es.

  2. La satisfacción: es el disfrute puramente personal, es “no moral”. Consiste en el simple “estar bien” que no es todavía “vivir bien”; pertenece a individuos que todavía no han alcanzado la autonomía moral. Se puede estar satisfecho en la desgracia y sin embargo no ser feliz.

Los elementos principales de una vida feliz son la tranquilidad y la emoción cuando se complementan equilibradamente entre ellas. Por el contrario, los factores principales de infelicidad son el egoísmo y la “ausencia de una cultura intelectual”.

  1. Justificación de la superioridad de unos placeres sobre otros: empirismo

Pero, ¿cómo sabemos que efectivamente un placer es superior a otro? Nos basamos en la experiencia de los más competentes:

“De entre dos placeres, si uno de ellos es preferido de una manera clara por todos o casi todos aquellos que han tenido la experiencia de ambos, independientemente de cualquier sentimiento de obligación moral de preferirlo, este será el placer más deseable”



John Stuart Mill: El Utilitarismo .Madrid: Alianza, 1997

Quien determina la cualidad de los placeres y nos puede orientar sobre cuáles son los superiores es la gente competente que los ha experimentado. Su juicio es especialmente valioso porque ha conocido diversos modos de existencia y está acostumbrada a la reflexión y la autoobservación. No veremos a un sabio aceptar convertirse en ignorante, o a un ser inteligente en un imbécil. De acuerdo con esto, la experiencia de estos jueces competentes demuestra que el placer de leer poesía es diferente y superior al placer de jugar a las cartas.

  1. Consecuencialismo

Para Mill sólo mediante el análisis de sus consecuencias podemos saber si una acción es buena o deseable. Si entre dos principios morales queremos saber cuál es el mejor, hay que tener en cuenta tanto la cantidad como la calidad de sus consecuencias.
      1. Utilitarismo individualista versus utilitarismo universalista


Para Mill lo bueno es siempre lo cualitativamente deseable y pero a la vez lo socialmente útil.

  1. El individuo o la comunidad como horizonte en la búsqueda de la felicidad

Otra diferencia básica entre Mill y Bentham se halla en qué se prioriza en la búsqueda de la felicidad, si el individuo o la comunidad:

  1. Bentham (utilitarismo individualista) considera que la felicidad del individuo se identifica con los intereses de la humanidad. Ir contra la satisfacción de un deseo individual es ir contra la humanidad de la que ese individuo forma parte porque toda satisfacción ha de ser considerada imparcialmente como dotada del mismo valor.

  2. Para Mill (utilitarismo universalista), en cambio, dado el estado actual de nuestras sociedades, debe distinguirse entre la satisfacción puramente privada y el bien público. Ciertamente debe trabajarse para reducir la diferencia entre ambos, pero entre tanto, el sacrificio de un individuo por el bien público debe considerarse la virtud más alta.

De esta manera, maximizar la suma total de felicidad o de placer, considerando imparcialmente los intereses de todos aquellos que están concernidos por un acto en concreto, es el objetivo de cualquier decisión que un utilitarista consideraría justa. En todo caso hay que dejar claro que ningún sacrificio personal tiene valor por sí mismo, sino en la medida en que aumenta la suma total de felicidad.

El utilitarismo no supone que cada uno haya de buscar su propia felicidad, sino que cada uno ha de buscar la felicidad de todos. No hay, pues, dos finalidades, una comunitaria (que sería el objeto de la legislación) y otra particular, propia del individuo privado, que sería el bienestar individual, sino tan solo una.

La felicidad de los individuos, de cada uno, depende de la de los demás. En la medida en que logro la felicidad de los demás consigo también la propia, de manera que para un individuo resulta útil lograr la felicidad del conjunto en el que se encuentra inmerso.

  1. Hedonismo, egoísmo y bien colectivo

Lo útil, lo bueno y lo placentero se identifican. El utilitarismo está emparentado con el hedonismo epicúreo, pero mientras que aquél busca el placer individual el utilitarismo persigue el bienestar colectivo, bajo la idea de que del bienestar colectivo es del que se puede derivar el individual7. El utilitarista piensa que el individuo es fundamentalmente egoísta, pero intenta hacerle ver que la mejor dirección que puede tomar su búsqueda de lo que le es útil para alcanzar la felicidad, individualmente, pasa por alcanzar el bienestar de los que le rodean; supeditando el bienestar individual al logro del bienestar colectivo. Lo útil para el ser humano, como ser social, es la mejora de la sociedad. De ahí que la mejora de la sociedad sea el camino que debe emprender quien sea egoísta y busque lo que le resulta más útil y placentero, es decir, lo que le pueda aportar la felicidad. La tesis de fondo es que yo no puedo ser realmente feliz si no lo son también todos los que me rodean8.

  • De todas formas, como lo bueno o malo no depende de los motivos de la acción, sino de sus consecuencias, poco importa para los utilitaristas que se obre por egoísmo o altruismo, siempre que el resultado sea socialmente beneficioso para la mayoría.

Buscar el hedonismo universal es lo mejor que puede hacer si queremos procurarnos una felicidad profunda y duradera, más allá de la mera satisfacción momentánea de deseos particulares y superficiales, pues la felicidad sólo será duradera en un mundo donde sea mayoritaria. Los lemas de la Ilustración francesa resuenan continuamente en la ética de Mill, libertad, igualdad y fraternidad, ninguno de esos conceptos sociales puede realizarse en solitario.

  1. Universalismo

Para poder valorar un criterio o una regla como efectivamente moral debe ser de valor universal, debe procederse a una valoración imparcial de los intereses afectados por un determinado criterio y las consecuencias derivadas de su aplicación han de incrementar la felicidad (bienestar) general.

La felicidad y la utilidad no se encuentran, pues, en la consecución del cualquier tipo de felicidad o de placer sino del que mayor universalidad pueda tener, imparcialmente considerado.

El criterio utilitarista de buscar el máximo bienestar del mayor número de individuos, la felicidad general (General Happiness) es el criterio y el fin de la moralidad. Mill apela al sentido común de los seres humanos para que sea tenido como principio y guía de la acción.



  1. Pragmatismo: la utilidad (bien) de una cosa o acción viene determinada por el uso que se haga de ella.

Buscar lo útil consiste en ser práctico, valorar las cosas de manera distinta según el uso que se haga de ellas. Un cuchillo en sí mismo no es ni bueno ni malo, resultará bueno si le sirve al conjunto de los individuos para cortar pan o tallar madera y malo si lo utilizan para matarse. Por tanto, lo malo es lo inútil para conseguir la felicidad y lo bueno es lo útil para lograrla. No es correcto decir que un cuchillo puede ser útil para matar, ya que el utilitarista, reserva el calificativo de útil, tan sólo para aquello que, manejado de determinada manera, proporciona bienestar al mayor número.

El utilitarismo obliga a repetir constantemente los juicios éticos, que serán relativos al uso que se haga de las cosas, es decir, a las prácticas o conductas que se desarrollen con ellas. La religión o la energía atómica no son ni buenas ni malas, no puede establecerse para siempre la bondad o maldad de algo, sino que depende, en cada caso, de los resultados prácticos.

Resultará, las más de las veces, que el utilitarista calificará a las cosas, vinculadas siempre a conductas, de buenas si resultan beneficiosas y malas si resultan perjudiciales; resultando algunas de ellas buenas y malas a un mismo tiempo, al depender de la utilización que se haga de ellas. Así, la energía atómica es buena (útil, benéfica) en la medida en que proporciona iluminación a las grandes ciudades y mala (perjudicial) en la medida en que permite fabricar bombas atómicas o verter residuos radiactivos al mar.


      1. La individualidad como uno de los elementos del bienestar


  1. Utilitarismo y dignidad humana.

Para Mill, la fundamentación del utilitarismo es la dignidad humana. La felicidad implica, como primera condición, la dignidad o autorespeto (selfrespect). Para que los seres humanos podamos ser felices es imprescindible que haya:

  1. Autodesarrollo. Es decir, “capacidad de crecer”, capacidad de conocer y, por lo tanto, de modificar nuestras opiniones.

  2. Individualidad. Si la presión de la sociedad (y especialmente de la clase media) sobre los individuos es muy fuerte, nos encontraremos ante una coacción y, por lo tanto, no puede haber libertad.

Estos dos elementos forman la dignidad humana, sin la cual no puede haber felicidad. La parte más valiosa de la felicidad es, precisamente, el sentido de la propia dignidad.

  1. La individualidad como uno de los elementos del bienestar

Como dice el título del capítulo III de Sobre la libertad, la individualidad es uno de los elementos del bienestar. Una individualidad vigorosa e inconformista movida por la imparcialidad en sus juicios y por la racionalidad lógica en el pensamiento, es más útil a la sociedad que una personalidad sumisa. Un mundo de seres pasivos y satisfechos en su obediencia no puede ser un mundo feliz, porque para Mill, la felicidad es una función de la diversidad. Incluso cuando alguien oprime a otro (en el caso del machismo, por ejemplo) de hecho se degrada a sí mismo, porque se acostumbra a vivir en un mundo de sumisiones meramente bovinas y se pierde la ganancia intelectual que significa la diversidad.

La individualidad que Mill propugna ha de tener su contrapeso en la lealtad a la norma como regla de juego aceptada por todos.


      1. De los límites de la autoridad de la sociedad sobre el individuo


Mill se queja de lo “pesado del yugo de la opinión” en la Inglaterra victoriana. En una democracia puede la mayoría ejercer una tiranía sobre las minorías, por lo que la cuestión de la libertad individual es fundamental.

Su concepción de la libertad le hace entender que no puede exigir que los demás dejen de expresar su disgusto ante determinadas conductas siempre que no impongan su opinión por la fuerza.
        1. Los dos principios de la libertad


Como todos los liberales John Stuart Mill pretende delimitar claramente un dominio en el que los individuos puedan “hacer lo que quieran”, un dominio en el que la sociedad no emplee la coacción, ni a través de leyes, ni de forma más sutil a través de la opinión pública.

Desde un punto de vista teórico, la cuestión de la libertad consiste en encontrar la mejor línea de demarcación para promover “la felicidad de todos”. Para poder establecer esta frontera, Mill recurre a dos principios que se aplican uno después del otro:



  1. El “principio de la libertad individual”. Identifica un ámbito extenso de acciones en las que el individuo “tiene todo el derecho” de hacer lo que quiere (o lo que no quiere, que vendría a ser lo mismo). Así, por ejemplo, la sociedad no tendría derecho a prohibir el consumo de alcohol para uso privado.

  2. El “principio de las circunstancias específicas de cada caso”. Determina, dentro de las circunstancias en que la sociedad tiene el derecho a coaccionar, campos específicos de actividad en los que es mejor no actuar porque se consigue mejor la finalidad propia de este tipo de actividad dejando hacer libremente a los individuos, antes que no obligándolos. Este sería, por ejemplo, el campo de la economía: el Estado podría actuar en él, y quizás en algún caso lo ha de hacer, pero si no lo hace las cosas van mejor.
        1. El principio de la libertad individual


  1. La concepción de la libertad en John Stuart Mill.

Mill define la libertad como la esfera de nuestra existencia que abarca las acciones que no repercuten nocivamente sobre otros.

Sobre este tipo de acciones, la libertad de los individuos ha de ser absoluta. En Sobre la libertad afirma:

“Por lo que hace a él [el ser humano] su independencia es, de derecho, absoluta. Sobre él mismo, sobre su cuerpo y su espíritu, el individuo es soberano. Por lo tanto, la libertad humana (de conciencia, de expresión, de asociación,…) es integral e incondicional; ningún Estado puede limitarla ni poner ninguna traba legítima. Tampoco la opinión pública – ni la mayoría- puede impedir la libre iniciativa individual.”

John Stuart Mill: Sobre la libertad. Madrid: Edad, 2004

Esto no significa que la libertad no tenga límites, sino que la sociedad no tiene nada que decir sobre las decisiones particulares de los individuos mientras no afecte a la vida de los otros ciudadanos.

Tenemos pues que, para Mill, la libertad se convierte en el espacio de la propia individualidad (privacity), expresamente reivindicada.

Se le ha criticado que es una definición muy estrecha y que casi no deja lugar para la libertad -en la medida que difícilmente habrá ninguna acción que no repercuta sobre los demás-. Ahora bien, incluso para que haya esta libertad "privada", es preciso que se den una serie de condiciones sociales9 y específicamente un régimen de libertades públicas (de pensamiento, de asociación, de prensa...). La existencia de la libertad social o civil es la garantía de que la sociedad y el Estado respetarán la separación entre la esfera pública y la esfera privada.


  1. Ámbitos de la esfera individual en los que la libertad es fundamental.

Según Mill la esfera individual, que determina aquellos ámbitos en los que la libertad es fundamental, incluye:

“el dominio interno de la conciencia [...] la libertad de expresar y publicar las opiniones [...], la libertad de nuestros gustos y la determinación de nuestros propios fines [...] [y] la libertad de asociación entre individuos”.

John Stuart Mill: Sobre la libertad. Madrid: Edad, 2004


  1. Límites al principio de la libertad individual.

En el capítulo IV de Sobre la libertad (“De los límites de la autoridad de la sociedad sobre el individuo”), Mill analiza con sumo cuidado las legítimas formas de presión social sobre los individuos en materia de lo que atañe a su persona o concierne a los demás.

  1. «Principio del daño»: la sociedad sólo puede limitar la libertad de una persona si ésta amenaza con hacer daño a otra. La única razón legítima que puede tener una comunidad para usar la fuerza contra alguno de sus miembros es impedir que haga daño a otros individuos, pero en este caso, el problema corresponde al ámbito jurídico.

"El único propósito por el cual puede ser ejercido con pleno derecho el poder sobre cualquier miembro de una comunidad civilizada, contra la voluntad de éste, es el de prevenir el daño a otros. Su propio bien, sea físico o moral, no es justificación suficiente"

John Stuart Mill: Sobre la libertad. Madrid: Edad, 2004

Por lo tanto el individuo no tiene porqué dar cuenta a la sociedad de sus actos mientras éstos no afecten a nadie más que a sí mismo. Como es obvio si este principio se plantea así aparecen serios problemas: tal vez resulte difícil encontrar un acto cuyas consecuencias sólo me afecten a mí mismo (incluso el hecho de vestir de una u otra manera puede afectar a la gente con la que me encuentro, o a mis amigos). Para evitar esta crítica, no está de más observar cómo usa Mill, y en general el utilitarismo, la palabra “intereses”. El “principio del daño” se aplica porque resulta útil cuando se produce efectivamente -o podría producirse con gran seguridad - algún mal “a los intereses de otra persona”: es obvio que mis intereses no quedan perturbados si algún individuo va vestido de un horrible color verde o si predica el amor libre, aunque ni lo uno ni lo otro me gusten en absoluto.

En consonancia con esta misma filosofía tenemos que nadie debe ser defendido contra sí mismo. Como dice en Sobre la libertad:

"coaccionar un individuo por su propio bien, físico o moral, no constituye una justificación suficiente (...) Pueden existir razones para hacerle reproches, razonar sobre ello, persuadirle o suplicarle; pero no para coaccionarlo, ni para hacerle daño”

John Stuart Mill: Sobre la libertad. Madrid: Edad, 2004



Por lo tanto, la sociedad no puede legislar sobre la vida privada. Más bien al contrario, la libertad es el derecho a la no-interferencia del Estado (a través de las leyes) y la sociedad (a través de la presión de la opinión pública).

  1. El principio de libertad individual, sin embargo, tan solo es válido para las sociedades que Mill denomina "civilizadas"; es decir, las que toman la libre discusión como medio de mejora. No se aplicaría, pues, a los estadios de la sociedad en que la libre discusión sólo inflama las pasiones y conduce al desorden o a la guerra civil. Y por último,

  2. No todos los individuos pueden gozar de total libertad: los niños no han de ser libres, por ejemplo, para decidir si quieren, o no, aprender a leer y lo mismo podría decirse de algunas deficiencias psíquicas.

  1. Ventajas.

La libertad individual permite aumentar la felicitad de los individuos, hace posible experimentar tipos de vida más placenteros, protege la diversidad contra toda opresión al evitar que interfieran a la vida privada de los individuos el Estado o la opinión pública que pretenda imponer sus creencias o costumbres vulgares.

  1. Observaciones finales.

Hemos de tener en cuenta que:

  1. El sistema de la libertad individual no está basado en la indiferencia, en la mera tolerancia de las creencias y las formas de vida de los demás, sino en las firmes convicciones éticas de cada uno, unidas al respeto legal de la esfera de cada individuo.

  2. La libertad se entiende como un instrumento al servicio de la felicidad. La cuestión de la libertad debe ser entendida en el contexto de la efectividad y de la utilidad de la libertad para la felicidad. La libertad es instrumentalmente valiosa, pero no “intrínsecamente” valiosa: lo intrínsecamente valioso es la felicidad. Sería un error considerar que Mill habla de la libertad natural cuando su criterio implica que los humanos participan de una sociedad política, la única que en definitiva puede evaluar las consecuencias de la libertad como criterio.

  3. La defensa de la libertad individual implica la defensa de la libertad colectiva. La defensa de la libertad individual resulta indispensable para lograr una sociedad libre. La libertad no entra aquí en contradicción con la solidaridad compartida, también el grado de la individual depende de la general y viceversa, equilibrándose y limitándose ambas. Los individuos al defender su libertad individual, cosa que no pueden hacer sin defender también la de los demás, participan en la creación de la libertad colectiva. La defensa de una libertad individualista es un fraude no sólo a la comunidad, sino un fraude que comete también hacia sí mismo el propio individuo, que se condena al aislamiento y la incomunicación, condenando a la sociedad a la violencia.
        1. El principio de las circunstancias específicas de cada caso


Hace referencia a la jurisdicción de la sociedad, que tiene derecho a intervenir y sancionar cuando las cosas no funcionan. Por ejemplo, la forma como los padres educan o alimentan los hijos es cosa suya; pero, llegados a un cierto extremo, no constituye un problema particular de los padres, sino que el Estado puede intervenir, cuando se va más allá de la libertad individual y se entra en la jurisdicción de la sociedad. Es por eso, por ejemplo, que no atenta a la libertad que los gobiernos establezcan un control sanitario sobre los alimentos.

Esta distinción es especialmente pertinente hoy, en el debate entre liberalismo y neoliberalismo. Para Mill, el comercio es una actividad social. Por lo tanto, desde el punto de vista de los principios, pertenece al ámbito que puede ser regulado. Si la actividad comercial, como regla general, ha de ser "libre", eso no significa que sea un derecho natural, sino que depende de las circunstancias específicas.

En el contexto de un Estado mínimo, que garantice efectivamente el acceso de todos al mercado en igualdad de condiciones, el Estado no ha de intervenir en la actividad económica. En determinadas circunstancias, sin embargo, el Estado ha de intervenir en la economía para preservar el libre juego de la competencia y los derechos de los consumidores: el Estado tiene el deber de hacer todo lo que es susceptible de aumentar la felicidad general.

      1. La libertad del individuo de perseguir sus propias metas en su dominio privado


En este ámbito de aplicación de la libertad encontramos nuevamente el liberalismo de Mill asentado sobre una base utilitarista, apela a "la utilidad en su sentido más amplio, fundada en los permanentes intereses del ser humano como ser progresivo".

Mill pretende salvaguardar la libertad que tiene el individuo de perseguir sus propias metas en su dominio privado apoyándose en dos razones:



  • permite a los individuos desarrollar su propio potencial a su propio aire; y

  • al liberar los talentos genera creatividad y dinamismo, y así establece las condiciones previas del progreso intelectual y moral.

Así la libertad se convierte en la capacidad para poder desarrollar un carácter vivo, espontáneo, multilateral, sin temores, libre y, a la vez, racional y dirigido por uno mismo. En definitiva, John Stuart Mill, que conocía suficientemente bien el utilitarismo primitivo de su padre y de Bentham, quiso salvar siempre el aspecto creador de la personalidad y el derecho a la diferencia.

Es útil aquello que ayuda a crecer y desarrollarse al ser humano como creador de diversidad: no lo que le convierte en una máquina de sumar y restar placeres.

Su objetivo principal es el cambio progresivo de la sociedad a través de la acción de los individuos libres. La capacidad de cambiar el propio carácter es una prefiguración o un modelo del cambio global. Si yo puedo cambiar como humano, entonces toda sociedad, la suma de los seres humanos, también lo puede hacer.


      1. La libertad de pensamiento y discusión


También de acuerdo con la tradición liberal el segundo capítulo de Sobre la libertad (“De la libertad de pensamiento y discusión”) afirma que no es aceptable que una sociedad silencie una opinión:

“Si la opinión es verdadera se priva [a la raza humana] de la oportunidad de cambiar el error por la verdad; y si es errónea, pierden lo que es un beneficio no menos importante: la más clara percepción y la impresión más viva de la verdad, producida por su colisión con el error”.

John Stuart Mill: Sobre la libertad. Madrid: Edaf. 2004

La conducta racional sólo es posible si el ser humano es capaz de rectificar sus equivocaciones por la discusión y por la experiencia. E incluso si todas las opiniones son verdaderas:

“¿Quién puede computar lo que el mundo pierde en la multitud de inteligencias prometedoras unidas a caracteres tímidos, las cuales no osan seguir caminos mentales audaces, vigorosos e independientes, por temor a caer en algo que pudiera ser considerado irreligioso o inmoral?”.

John Stuart Mill: Sobre la libertad. Madrid: Edaf. 2004

Mill llega más lejos, defiende la verdad por sí misma. Rechaza una postura muy difundida entre quienes se consideran superiores a la gran masa. Son muchos los que buscan poner trabas a la discusión pública porque sostienen que determinadas doctrinas, incluso si son falsas, resultan útiles porque disciplinan y encauzan los peores instintos de la humanidad y consideran una temeridad ponerlas en cuestión.

“Hay, se alega, ciertas creencias tan útiles por no decir indispensables, al bienestar, que el Gobierno está tan obligado a mantenerlas como a proteger cualquiera de los otros intereses de la sociedad”.

John Stuart Mill: Sobre la libertad. Madrid: Edaf. 2004

Muy al contrario, propone Mill que

“la verdad de una opinión es parte de su utilidad. Cuando pretendemos saber si es o no deseable que una proposición sea creída, ¿cómo es posible excluir la consideración de si es o no verdadera? [...] ninguna creencia que no sea verdadera puede ser útil”.

John Stuart Mill: Sobre la libertad. Madrid: Edaf. 2004


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