Helena H. Okomski Ángeles Substancias Intermedias



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A todos aquellos hombres y mujeres que piensan y obran convencidos de que el Bien, es el único camino posible.

PROLOGO


La soledad es un equívoco que proviene de nuestra propensión al narcisismo, a la autocompasión y a la vio­lencia, la soledad es una excusa para escapar de la reali­dad y no enfrentarnos, de ese modo, a nuestros deberes y derechos, la soledad es una ficción aterrorizante que ha sido manipulada en contra de la inocencia del hombre por su propia sombra; debes saber, que en el resquicio de tal dualidad se filtra una luz resplandeciente: tu Santo Ángel Guardián, porque como dijera San Agustín: "Todo lo que existe en este mundo está sobre la responsabilidad de un Ángel".


CAPÍTULO I

SOBRE LOS SENTIDOS Y LA MATERIA
''Cada frase que pronuncio no puede considerarse una afirmación sino una pregunta".

NielsBóhr (1885- 1962), físico y Premio Nobel de Física


A) PARTIENDO DE LO SUBJETIVO

El hombre, tal cual nos muestra la experiencia, jamás percibe la realidad completamente o por entero; se de­duce, entonces, que si su mundo sensorial es tan limita­do, así será su mundo perceptivo. El hombre puede ver, oír, gustar, oler y tocar limitadamente. Los límites son bas­tantes precisos y con muy pocas variaciones entre los in­dividuos que conforman la especie humana, o sea que en cuanto al aspecto y la forma externa del mundo, nuestra percepción no es tan correcta como imaginamos.

Nuestro espacio puede estar en este momento —y seguro que lo está— lleno de sonidos que no somos ca­paces de percibir; podrían ser, según nuestra humana in­terpretación: voces, melodías, gritos, pasos, golpes o risas o quién sabe qué, pero si estos sonidos no vibran dentro de nuestra capacidad de audición, no serán percibidos.

Las tres cualidades que definen físicamente a un soni­do son: tono o altura, volumen o intensidad y timbre

Por cuanto se refiere al tono, su magnitud se ve con­dicionada por la frecuencia de las vibraciones del cuerpo emisor. El intervalo de frecuencias perceptible por el oído humano en forma de sonido armónico, notas musicales, por ejemplo, presenta un límite aproximado inferior de 20 Hz (hercios)1 por segundo, y uno superior de 20.000 Hz (hercios), por segundo. Por debajo de los 20 Hz por segundo, el sonido se convierte en ruido o rumor y si se­guimos bajando el límite de la sensación, el mismo se ha­ría imperceptible, y se denomina infrasonido; por encima de los 20.000 Hz por segundo, se pasa al ámbito de los ultrasonidos, imperceptibles también para el hombre; con todo esto, quiero expresar que, por debajo de y por enci­ma de los límites de percepción del oído humano, exis­ten sonidos, lo que no existe es nuestra capacidad de captarlos. Se sabe que otros animales presentan un límite superior que sobrepasa en gran medida al del ser huma­no y que son capaces de oír y responder a tales sonidos; por ejemplo, los insectos perciben ultrasonidos hasta de 80.000 Hz por segundo, y los murciélagos, con su sistema de "radar biológico", emiten para orientarse, ultrasonidos que son percibidos por ellos de nuevo al reflejarse en los objetos.

Respecto de los sonidos que no somos capaces de captar con nuestros oídos, además de los precedentes, existe uno que fue descubierto en forma casual por una antena de radio de dos científicos, Roberto Wilson y Amo Penzias, y es nada más ni nada menos que una débil señal de radio que se interpreta como un verdadero "fósil de la explosión originaria que dio inicio hace 15.000 millones de años a la expansión universal, o sea que el origen de esa señal es: ¡la propia creación del universo!



¿Qué sucede con el olfato?

En el ser humano, el olfato prácticamente carece de importancia y es suplido por otros recursos fisiológicos. Pertenecemos al grupo de animales microsmáticos. No sucede lo mismo, por ej., con el perro, que pertenece al grupo de los animales macrosmáticos y cuya capacidad olfatoria está muy desarrollada ¡Cuántos olores pasarán desapercibidos ante nuestras narices! Me atrevería a afir­mar: casi todos.



¿Qué sucede con la vista?

Si hay un sentido engañoso es el de la vista. No existe percepción más dudosa, ni más discutible.

El filósofo y maestro P. Ouspensky, afirma al respecto en su libro Tertium Organum, Bs. As., Editorial Kier, 1987. págs. 90 y 91: "Jamás podemos ver siquiera un trocito del mundo externo como es, vale decir, tal como sabemos que es. Nunca podemos ver un escritorio o un armario simultá­neamente desde todos los lados, lo mismo que dentro. Nuestro ojo deforma el mundo externo de cierto modo que permite, al mirar alrededor, determinar la posición de los objetos en relación con nosotros, pero nos es im­posible mirar el mundo desde otro punto de vista que no sea el nuestro, y nunca podemos tener una visión correc­ta de él, una visión que no esté deformada por lo que ven nuestros ojos.

Relieve y perspectiva, éstas son las deformaciones de los objetos por parte de nuestro ojo. Son una ilusión óptica, un engaño visual".

Sobre la base de lo que vemos no solamente debe­mos interpretar qué es realmente, sino que para deducir­lo debemos efectuar correcciones que se realizan por medio del razonamiento y de la formación de conceptos.

Sin la capacidad de corregir lo que el ojo ve, contem­plaríamos un mundo distinto al que conocemos, segui­ríamos pensando, por ej., que el Sol sale en el Este y muere en el Oeste, cuando el Sol no sale ni se pone en ningún lado, el Sol sigue en el mismo sitio donde apareció hace aproximadamente 15.000 millones de años; aunque aun hoy se siga expresando este fenómeno natural como an­taño fue observado. Hasta Newton, el mundo científico pensaba que los cuerpos caían debido a que tenían peso y que tal fenómeno únicamente estaba alterado por la resistencia del aire y por el empuje de Arquímedes; ade­más se agregaba a tal concepto el sentido común popular que, cuanto más pesados, más rápidamente caían; la vis­ta y el oído así lo garantizaban y no había por qué dudarlo2.

En 1687, Newton3 en Philosophiae naturalis principia mathematica, escribió, además de los tres principios funda­mentales de la dinámica, otra corrección, la ley de la gravitación universal, de la que se desprendió el concepto de fuerza de la gravedad. El peso de un cuerpo fue, a partir de Newton, la fuerza que actúa como resultante de la fuerza de gravedad, sobre las moléculas de un cuerpo. La fuerza de gravedad no se ve; lo que observamos es la consecuencia del accionar de la misma sobre los objetos, incluyéndonos a nosotros.

Pero no solamente depende de las correcciones efec­tuadas para que los objetos sean procesados por nuestro cerebro, sino también de las limitaciones que el ojo posee como órgano sensorial.

El ojo humano puede captar objetos de ciertas dimen­siones; un objeto de medio milímetro es casi impercepti­ble, un objeto de un micrón es invisible a los ojos; los objetos demasiado grandes tampoco podrán ser capta­dos por nuestros ojos, sólo por partes, y si mide varios kilómetros, se harán también invisibles, pues no podría­mos aprehenderlo en su totalidad y perderían sentido.

Con respecto a las ondas lumínicas, el ojo humano es capaz de ver la radiación luminosa que va desde los 4.000 Á a los 7.000 Á4 de longitud de onda, por debajo, se en­cuentran las ondas ultravioletas y por encima, las ondas infrarrojas. Estas ondas luminosas son invisibles al ojo humano, y mientras nosotros seguimos empecinados y creyendo solamente en lo que vemos, la luz ultravioleta es capaz de producir mutaciones en el ADN5 (ácido desoxirribonucleico) de las células que los absorbe selectiva­mente.

Esto se observa más claramente en las bacterias traspa­rentes a la luz, con la excepción de las radiaciones ultraviole­tas, absorbidas por sus nucleoproteínas, produciéndoles, según la dosis, una gran acumulación de mutaciones o la muerte por una alteración grave e irreversible de su ma­terial genético.



Conclusiones

1. Nuestros sentidos son extremadamente limitados.

2. El mundo que captamos es una pequeñísima fracción de la realidad.

3. Esa pequeñísima fracción de la realidad que apre­hendemos está sujeta a error, pues está sometida a exce­sivas correcciones.


B) PARTIENDO DE LO OBJETIVO

Hasta ahora hemos hablado de la capacidad sensorial del hombre y sus limitaciones. ¿Y los objetos?

Los objetos, según la física, están compuestos de ma­teria, y aquí nos introducimos en un laberinto, ¿qué es la materia? ¿Usted lector, ha visto alguna vez la materia?

No creo que haya un concepto más abstracto y con el cual estemos tan profundamente interrelacionados como el de la materia, pero aparentemente tan concreto, tan palpable, tan indiscutible.

Seguramente me está contestando: ¿cómo no voy a ver la materia?, veo este libro, la silla donde estoy senta­do, el piso, el techo.

Lamentablemente debo contestarle que lo que Usted ve y palpa no es materia, es silla, es libro, piso y techo. En realidad, vemos objetos, vemos fenómenos, pero no ve­mos la materia en sí, en una forma separada de la sustan­cia de la que está hecha o en lo que consiste una cosa dada, y una sustancia dada no es materia, es celulosa, madera, cemento, yeso, etc.

Siguiendo con esta idea, el camino nos lleva a Aristó­teles y a su Metafísica Vil, 1029a 20, para quien la mate­ria no es una cierta especie de cosa, cuando afirmó. "Entiendo por materia lo que por sí misma no es algo" lo que quiere expresarnos que la misma es un término relativo a otra cosa, que es la forma, pues si es diferente la forma, será diferente la materia, porque la forma es el qué de la cosa, la forma es la que le da a lo indeterminado (materia), su determinación. La forma, entonces, es lo determinante, lo que le da carácter a la cosa, lo que de­termina que la madera sea el piso donde apoyo mis pies, o que la madera sea esta mesa donde descansa el libro; la forma es la que le imprime a la materia informe e indeter­minada lo que en cada caso es.

Si la materia es indeterminada, significa que no está delimitada; aplicado este término a las matemáticas se tra­duce en un sistema de ecuaciones que contiene infinitas soluciones; del mismo modo, la materia como contenido puede traducirse al intelecto y a través de la forma, en infinitas posibilidades, porque la materia es la pura ex­tensión completamente vacía de cualquier cosa material, un espacio geométrico vacuo que se arma en el intelecto humano a través de un trabajo dinámico entre materia-sustrato y la forma, y cuyo producto es totalmente inesta­ble, pues puede predominar la materia-sustrato sobre la forma o viceversa. Para entendernos mejor, tomemos como ejemplo la obra de un orfebre que ha finalizado una pulsera de oro; aquí predomina la forma sobre la materia-sustrato-oro, pero si por cualquier motivo se de­rritiera, la forma-pulsera se iría desvaneciendo y volvería al estado dominante materia-sustrato-oro.

Si seguimos el hilo conductor de esta idea, podríamos suponer que en la naturaleza, existirían un sinnúmero de posibilidades, producto de cambios permanentes, de un constante fluir que se manifiesta en avances y en retroce­sos, tal cual una película a la cual podríamos avanzar y retroceder, en cámara lenta, normal o rápida y de acuer­do con las causas: desde la materia vacua, geométrica y en constante movimiento, como el universo giratorio y pertinaz que se crea y se deglute a sí mismo, hacia las que se están organizando y, en las cuales, se vislumbrará la protoforma de una forma, que podría ser programada o espontánea; luego otras, cuyo producto es la conjunción de la protoforma (emisor) y el intelecto, el cual incorpora la forma como tal (receptor) y finalmente, el producto que deviene de la unión entre el intelecto de la protoforma y que define su forma a través del intelecto del receptor (es el caso de las sustancias intermedias).
materia vacua que se crea y se deglute a sí misma><>
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Para ahondar en la comprensión de las sustancias intermedias —término, este último, que hemos creado para ex­plicar la realidad ángel—, recurriremos a Aristóteles, quien introdujo dos conceptos fundamentales: potencia y acto.

La potencia es la materia considerada no como algo estático sino como fuerza activa, que cambia y se trans­forma en sus posibilidades; siguiendo con el ejemplo an­terior, diremos al respecto, que el oro es una pulsera, pero no porque lo sea de hecho, sino porque lo es como posi­bilidad —recordemos que las posibilidades son infinitas— y por último, el oro es oro en acto; el acto es la forma dinámicamente considerada, realizada en perfección, pues lo es en sí misma.



Acto como realidad. Potencia como posibilidad

La sustancia intermedia ángel no es algo estático, es una fuerza activa. Más adelante trataremos de explicar de qué está conformada su materia —sustrato—, la cual cam­bia y se transforma de acuerdo con sus posibilidades y también la sustancia intermedia ángel es ángel en acto, realizado en su perfección, porque lo es en sí mismo, como el bronce lo fue antes de ser la estatuilla que adorna mi escritorio, o lo fue el plomo antes de ser el soldadito des­colorido que duerme en el estante y sueña con volver a pelear sus interminables batallas.

Dos mil años después de la muerte de Aristóteles, en Hombre, Ciencia y Tecnología de la Enciclopedia Británi­ca (Barcelona. Ediciones Océano Éxito. S.A., 1986, pág. 1929) se define la materia como "a todo aquello que en la naturaleza está dotado de masa ponderal y de inercia y que no puede ser creado ni destruido".

Sabemos que los componentes de lo que llamamos materia son las moléculas, los átomos, los electrones, pro­tones y neutrones, y que ellos unidos forman algo que conocemos como materia, y a la que me es más fácil lla­mar sustancia; y sigue diciendo la Enciclopedia consulta­da que "el problema de la constitución de la materia, como actualmente se plantea, es de fundamental impor­tancia e intenta reducir a unidades las diversas aparien­cias de los fenómenos naturales macroscópicos y determinar el campo de validez y el verdadero significa­do de las leyes que lo rigen', a lo que debo agregar: No solamente de los fenómenos naturales macroscópicos, sino de los microscópicos ya identificados, y de aquellos que intuimos existentes, y que de alguna manera, son parte de nuestra vida y de nuestro entendimiento.

Douglas Fawcett, en su artículo Idealismo y el Proble­ma de ¡a Naturaleza (1910), dijo respecto de la materia:
"Lo sabemos todo acerca de ella, por la muy buena razón de que la hemos inventado la Materia es una creación concebida por nosotros, un mero modo de pen­sar acerca de los objetos sensibles, un sustituto mental de complejos hechos concretos pero inmanejables''.
Este sustituto mental de complejos hechos concretos Fawcett lo define como inmanejables, lo que quiere decir concretamente, que se nos escapan de las manos. Para que esto no ocurra, pues una de las cosas que molesta a la naturaleza humana es que no podamos controlar el mundo que nos rodea, hemos inventado una enorme caja con prolijos casilleros y, en cada uno de ellos, hemos co­locado a nuestra conveniencia, todos los fenómenos y aspectos de la naturaleza que no incomodan a nuestra temerosa conciencia; el resto, lo que no puede ser defini­do como "material", o sea lo "inmaterial", lo que no tiene forma, simplemente porque nuestros sentidos y nuestro intelecto no están capacitados para identificarlos, o en el caso de las sustancias intermedias, llámense ángeles, gno­mos o duendes, en cuyo caso la visualización depende, no solamente de nuestros intelectos, sino también de los de ellos, es negado. Y lo que es negado, si bien pue­de ser objeto de estudio, será investigado con una fuerte creencia a priori, que se quiera o no, influirá en los resul­tados de la misma, pues si bien no pueden crearse pensa­mientos sobre una base carente de ideas, una estructura de personalidad absolutamente aferrada a sus propias es­peculaciones, difícilmente podrá abrirse con una buena disposición a la investigación de la naturaleza en la que estamos inmersos.

P. Ouspensky. Tertium Organum. Bs As., Editorial Kier. 1987. pág. 31

Desde el momento en que la ciencia define como materia a todo aquello que puede determinarse mediante instrumentos de medida, nos damos cuenta de que nues­tras creaciones son simples, fútiles e insuficientes ante la diversidad de las cosas creadas por Dios, y que el conocimiento captado por los sentidos es también insuficiente, como lo son las especulaciones filosóficas; por supuesto que no subestimo los esfuerzos de quienes trataron y tra­tan de comprender, por diversos medios, los fenómenos del mundo y del universo, al contrario, loados sean por su valentía de pensar lo impensado, de construir lo in-construible y de tratar de retener la arena entre sus de­dos, aunque sea por unos segundos.

Es la materia, en conclusión, una abstracción intangi­ble, como las fantasías, las alucinaciones y los sueños, pues no podemos como a aquellas, verlas, tocarlas o captarlas, de algún modo, separadamente de las cosas.

¿Pero qué es sustancia?

Ser, esencia, naturaleza de las cosas. El modo de ser fundamental es el ser en sí, la sustancia o substancia, lo que Aristóteles llama ousía primera.

Tiene las siguientes características:

No es algo simple.

Es un compuesto o concreto —synolon—.

Es aquello que sólo puede ser sujeto y nunca predi­cado en una proposición.

Es la combinación de la materia en cuanto a sustra­to sobre la cual los sentidos y el intelecto o el inte­lecto por introspección le dan forma, pues la forma es el qué de la cosa, y a la cual Aristóteles llama sustancia segunda.

Está sometida a generación y corrupción.

Existen sus partes separadamente de modo absoluto (recuerden que la materia no puede ser creada ni destruida).

Rene Descartes, mil seiscientos años después, define en Los principios de la filosofía, I Parte, a la substancia o sustancia como "una cosa que existe de tal manera que no necesita de ninguna otra cosa para existir"6.

La palabra substancia deriva del latín sub stare, que significa debajo. La substancia es lo que está debajo de algo, y ese algo son los accidentes (colores, tamaño, mo­vimiento...). Estos accidentes se apoyan y sostienen gracias a la substancia que existe por sí misma y en sí misma, ya que es permanente y es inmutable, bastándose a sí misma y sosteniéndose a sí misma. Tal es el caso del alma, donde se apoyan los accidentes: nuestro cuerpo físico en su totalidad con sus atributos, funciones y características propias al género y a la especie. Los ángeles son substan­cias que, aplicando el razonamiento de Descartes, "son unas cosas que existen de tal manera que no necesitan de ninguna otra cosa para existir".

Por último quisiera plasmar aquí una inquietud, por ahora, sin resolución alguna.

Cuando observo, por ejemplo, un caracol, ese ser cas­carudo y blando a la vez, que va tanteando lentamente lo que lo rodea con sus graciosas antenas, pienso: ¿qué sen­tirá?, y deduzco que aun cuando comparte nuestro pla­neta Tierra, nunca va a enterarse de nuestra presencia ni que es parte de la naturaleza que aquí se manifiesta. Está ajeno. Si su vida cesara por nuestra intervención —un pisotón, un veneno eficiente, o por el deseo de incorpo­rarlo a nuestra dieta— jamás se enteraría de la causa de su muerte; el destino, su destino, era ese, y nada más.

Está ajeno, sí, porque no está dotado para enterarse de nada más que de aquello que asegure su subsistencia y la de su especie, y me pregunto: ¿en qué medida el hombre vive ajeno a la verdadera causa de las cosas, por el mismo moti­vo que el caracol jamás se enterará de nuestra existencia?

Hemos analizado, hasta ahora, cuan dificultosa es la tarea del hombre para aprehender la naturaleza donde está inmerso; por supuesto que tantas dificultades no nos invalidan para seguir explorando, ya que según El Predi­cador: “nunca se sacia el ojo de ver y el oído de oír"; aunque, muchas veces, lo hagamos a tientas, a través de los sinuosos, resbaladizos y oscuros corredores que nos han de llevar a la VERDAD y la mayoría de las veces, regresemos desilusionados y confundidos, vale la pena intentarlo.

Estas páginas tienen esa intención: tantear en un mun­do desconocido donde la razón teme aventurarse, pero la voluntad y el amor se animan. Son los ángeles, hoy, el motivo de nuestra búsqueda. Mañana, serán otras las sus­tancias intermedias que nos animaremos a estudiar.

Quiera nuestra razón e intuición iluminarse para lo­grar abrir algunas puertas y orientar a otros que deseen seguir investigando.







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