Hacia una catequesis inculturada



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PONENCIAS


PRIMER TEMA



JESUCRISTO,

CENTRO DEL MENSAJE,

ES EL MODELO DE

CATEQUESIS INCULTURADA

Jesucristo, centro del mensaje

es el modelo de la

Catequesis inculturada
Pbro. Wolfgang Grüen, SDB

Belo Horizonte, Brasil
1. UBICACION DEL TEMA
A lo largo de los 500 años de presencia cristiana, tres tipos básicos de catequesis católica han sido establecidos en nuestro continente.


  1. Una catequesis oficial de tipo tridentino, clericalista, distante de la cultura y de los intereses inmediatos de la gran mayoría de los fieles. Valora sobre todo el catecismo.




  1. El pueblo siente necesidad de cultivar su fe de forma menos intelectual, más práctica y hogareña. Su catequesis es informal, con serias carencias; «de subsistencia». Pero actúa en profundidad, por lo menos en cuanto está sustentada por un medio‑ambiente propicio, un «espacio hermenéutico».




  1. Principalmente a partir de Medellín (1968), después de siglos de desencuentros entre un catecismo distante y una precaria catequesis de subsistencia, muchas comunidades adoptaron una catequesis eclesial, de integración entre las formulaciones de fe y vida, de empeño conjunto por parte de laicos y clero. Su énfasis está en el compromiso comunitario con la justicia, alimentado por la Biblia y por la celebración. Del catecismo de la doctrina cristiana, estas comunidades han pasado a la catequesis en la vida cristiana. Puebla (1979) llevó adelante el proceso acentuando la solidaridad preferencial con la causa de los pobres. Finalmente, Santo Domingo (1992), centró su atención a una exigencia ya presente en la reflexión anterior, pero cuyo impacto aún no se sentía: la inculturación del Evangelio.

La alegría de este proceso no ha de llevarnos a olvidar los riesgos que la acompañan. La perspectiva de Medellín, que continúa siendo de la mayor actualidad, posee el peligro de tornarse teoría de catequetas, poco asimilada y asumida en las bases. La opción de Puebla por los pobres puede degenerar en un “Mantra” ¿Y Santo Domingo? La preparación fue muy participativa, la realización hasta podríamos decir que buena, dadas las circunstancias. ¿Cómo será la acogida? Es a respeto de esto que aquí nos reunimos.


Nuestro primer tema quiere hacer eco a la profesión de fe de los obispos en Santo Domingo: Cristo ayer y hoy; El continúa siendo de la mayor actualidad para la catequesis que América Latina y el Caribe necesita y desea.
2. JESUS CATEQUISTA
Premisa
Hubiera sido sencillo y para mí, particularmente gratificante, organizar este tema a partir de Jesús, el buen judío que, como tal, hablaba y actuaba plenamente dentro de la cultura de Israel. Encuentro dos problemas en este enfoque. Primero: estaríamos hablando no de inculturación y sí de endoculturación; sería reafirmar lo obvio. Segundo problema, más serio: la sociedad judía de la Palestina del siglo I no era monocultural como a veces se supone. Había un «todo cultural» vivido de modo fuertemente fragmentado. En esa situación, encubrir la diversidad sólo interesa a quien hace de su propia cultura hegemónica la cultura tout‑court.
El todo cultural de los judíos palestinenses
La Cuenca del Mediterráneo
La Palestina del siglo I pertenece a la importante macro‑región cultural que es la Cuenca del Mediterráneo. Un análisis serio del posicionamiento de Jesús frente a la realidad cultural de su pueblo ha de tener, por tanto, en cuenta, valiosos estudios de antropología sociocultural de esa macro‑región, hoy ya disponibles .
La Cuenca del Mediterráneo es área de fuertes contrastes físicos, económicos, sociales; especial atención merecen las ciudades y el proceso de urbanización. El Mediterráneo es una unidad ecológica, y un campo de interacción, comercio, conquista. La antropología cultural ha identificado y analizado especialmente el sistema de honra/vergüenza, en cuan­to fenómeno social; así como los sistemas del apadrinamiento por parte de intermediarios del poder, y del esclavismo sistemas que juntos caracterizan sociedades autoritarias, con jerarquía social altamente compartimentada. El apadrinamiento se manifiesta también en el área religiosa, con mediadores y juegos de influencia actuando en una cadena jerárquica de apadrinamiento que pasa gradualmente del ámbito terrenal para el celestial, sin solución de continuidad. En este escenario, el mundo mediterráneo ve surgir variados movimientos religiosos, a veces de «competencia misionera y propaganda», o a la vez de protesta, como después veremos.
«Palestina»
La complejidad de esta pequeña región empieza por el nombre. Los judíos hablaban de «Tierra de Israel». Los griegos y romanos la llamaron de Palestina (= Tierra de los Filisteos); pues eran los filisteos establecidos en la franja litoral de Gaza que básicamente mantenían contacto marítimo con otros pueblos.
En el siglo I la «Palestina» comprendía un territorio estrictamente judaico, la Judea; otro en buena parte rejudaizado, la Galilea; y la Samaria, de los samaritanos, con tradiciones propias. En el tiempo del ministerio público de Jesús, Judea y Galilea eran dos realidades políticas distintas. Judea era, desde el año 6, parte de la provincia romana de Siria, gobernada por un «praefectus». Mientras Galilea continuaba, al menos oficialmente, con administración propia, y así se quedó hasta el año 44, cuando también ella fue sujeta a un «procurador» romano.
Las sociedades palestinenses de esa época son clasificadas como tradicionales, o pre‑modernas. Vale decir: su poder político es ejercido por el Estado; la base de la sociedad es la familia, que es patriarcal; la economía es básicamente rural, lo que también es una de las razones de su tendencia al orden fijo, reproducción de lo que siempre fue tradición. La religión propicia el sostenimiento ideológico de la organización social, constituyéndose en garante de sumisión al orden establecido; tradicionalmente, sin embargo, este papel de la religión fue denunciado y combatido por otras fuerzas del judaísmo, como después veremos.
“Galilea”
La nación de Jesús era Galilea, el «Distrito» (de los gentiles). Con cerca de 4000 Km2, era la región más fértil, predominantemente agrícola. Tenía por capital a Séforis. Con sus 30 mil habitantes, era una ciudad respetable: además de los acostumbrados servicios públicos, contaba con banco, archivos y un teatro con capacidad para 3 a 4 mil espectadores. Séforis fue conquistada por Roma en el año 63 a.C. En el año 4, cuando Jesús tenía cerca de 11 años, fue el centro de la rebelión contra Roma; el ejército romano destruyó la ciudad y redujo sus habitantes a la esclavitud. Fue reconstruida, y los habitantes desistieron de hacer revueltas hasta el año 66. Por el año 20 la capital fue transferida para la recién‑fundada Tiberíades. Fuera de estas dos ciudades, la Baja Galilea era zona rural.
Ahora bien, «la estructura jerárquica general de las sociedades mediterráneas siempre ha estado basada en la ciudades». Era una especie de sistema solar: una ciudad grande atraía en su radio de influencia a algunas ciudades más pe­queñas; alrededor de cada ciudad pequeña gravitaban villas; la villa tenía a su alrededor un conjunto de aldeas.
Es en este sistema de relaciones geopolíticas que hemos de situar a Nazaret, la aldea en que Jesús pasó la infancia y juventud; donde se endoculturó. En la baja Galilea la ciudad mayor era Beisán. En su radio de influencia estaban Séforis y Tiberíades. Nazaret, de la tribu de Zabulón, era una aldea agrícola, satélite de Séforis, de la cual distaba unos 5 Km. al SE.
La pequeña distancia entre ciudades, villas y aldeas era una de las características de la Baja Galilea, una de las regiones más densamente pobladas del Imperio Romano. Este fenómeno tenía como consecuencia la continuidad cultural entre ciudad y campo y, paralelamente, gran influencia de la urbanización. Ciertamente Jesús fue muchas veces a Séforis durante su infancia y juventud. Sin embargo, el Nuevo Testamento ni siquiera menciona esta ciudad. ¿Por qué? ¿Por ostracismo? Había sí, cercanía física y cultural entre Séforis y las aldeas vecinas. Pero tanto Séforis como más tarde Tiberíades se dejaron fascinar por la cultura helenística, mientras que las aldeas, naturalmente conservadoras, miraban con malos ojos el entreguismo de las ciudades. A pesar de esto Douglas Edwards no ve «ruptura cultural» y sí antagonismo político entre ellas. Una cosa es cierta: Jesús y sus discípulos no eran personas “aldeanas”; al contrario, tenían mucha ex­periencia social. Veamos esto de cerca.
La sociedad judía
A semejanza de lo que acontece en toda Cuenca del Mediterráneo, esta sociedad está profunda y estructuralmente dividida. Se trata de una estratificación compleja, de contornos no siempre nítidos.
Hay una clase de poderosos y ricos: gobierno civil y religioso, funcionariado de altos escalones; grandes comerciantes y dueños de tierras. La gran mayoría de la población constituye la masa de los sin "voz" y de los pobres. En escala descendente: campesinos, artesanos, los que ejercen profesiones sospechosas y sucias; los excluidos. En rigor, no hay una clase media. Hay sí, situaciones intermedias: en términos de poder, «los miembros más bajos de una clase superior pueden estar muy por debajo de los miembros más altos de una inferior».
Pobres y excluidos
Jesús se puso del lado de los sin “voz”. De ahí una importante consecuencia metodológica: más que sobre los grupos hegemónicos, nuestra atención ha de volverse sobre los excluidos de la sociedad palestinense. Nos interesa mucho saber quiénes eran, cómo sobrevivían, cómo reaccionaban, qué resonancia tenían en la sociedad. A partir de ellos y de su causa es que hemos de ocuparnos también de la clase dominante. En esta perspectiva global, también la figura de Jesús quedará más clara. Veamos, en dos palabras, quiénes eran los sin “voz” en Galilea.
1. Los campesinos. Constituían la gran mayoría de la población. Cargaban con el peso del sostenimiento de las élites con su trabajo y sus impuestos.
2. Los artesanos. En la cultura agrícola, eran en general, campesinos que perdieron sus bienes, ganaban menos y tenían menos seguridad social.
3. Los miembros de profesiones sospechosas y «sucias». Gente que en la sociedad no gozaba de un mínimo de «honra»: publicanos, cobradores de impuestos, especuladores; muchas veces los pastores; prostitutas, y otros.
4. Los rechazados y “sobrantes”. Pequeños infractores, mendigos, trabajadores ambulantes, peones, en fin, todos aquellos que no aportan ganancia alguna para la clase dominante, y que simplemente son ignorados por ella.
Una familia podía pasar de un grupo social a otro, pero quedándose siempre dentro de esta amplia clase de oprimidos. En realidad, estas categorías tenían en común ciertas preocupaciones constantes: la sobrevivencia, el acceso a un mínimo de respeto, el futuro de los hijos.
Elites religiosas
La otra vertiente del espectro social es, en realidad, otro mundo. Vamos dejar de lado los hombres de gobierno, el alto funcionario, los «grandes hacendados» y los grandes del comercio y de las finanzas, para restringirnos a grupos de élite más directamente ligados a la religión.
Este sector del poder está marcado por la mal disfrazada tensión entre la aristocracia sacerdotal y los liderazgos laicos. Escenario principal de esta tensión es Jerusalén, capital religiosa de todos los judíos y aún de los galileos.
Los sacerdotes, ya desde el inicio de la monarquía, casi un mileno antes, estaban bien instalados en la administración del templo y del culto. Revestidos del poder de Dios, se presentaban como los iluminados por El para indicar los caminos a seguir por el pueblo; en primeros defensores de la santidad, de la pureza ritual y por eso mismo, de la salud física; en guardianes y mediadores de los escritos sagrados. Por todo esto, se juzgaban «los elegidos dentro del pueblo elegido», separados de los laicos por voluntad divina. En el tiempo de Jesús, la aristocracia sacerdotal constituía un grupo religioso de gran prestigio, la facción de los saduceos.
El otro polo hegemónico, frente a los sacerdotes y saduceos, estaba constituido por la aristocracia religiosa laica, principalmente por los fariseos. Desafortunadamente, estamos acostumbrados a ver casi solo la caricatura de los fariseos. Sí, entre ellos había también defectos serios; pero ¿dónde no los hay? Piadosos y atentos, practicaban y recomendaban la escrupulosa observancia de la Torá; de esta forma, procura­ban en cierto modo tornar accesible a todos los judíos la pureza ritual de los sacerdotes. Estaban los moderados (escuela de Hilel) y los intransigentes (de Shamai). Los fariseos eran procurados por el pueblo: consolaban, aconsejaban, enseñaban. Poco a poco conseguirán arrebatar a los sacerdotes el monopolio de las Escrituras, garantizando para sí una considerable parcela de la estima popular.
En general ligados a los fariseos, y en posición destacada entre ellos, estaban los escribas. Eran considerados los «doctores de la Torá», biblistas; sabios, guías del pueblo, responsables del servicio religioso en las sinagogas; catequistas oficiales. Así como el sacerdote encaraba toda la realidad a partir del templo, fariseos y escribas tenían como referencial de la santidad, y por tanto de la vida, el conocimiento de la Torá.
Fariseos y escribas fueron beneméritos bajo numerosos aspectos. Y, sin embargo, detrás de todo el aparato religioso que custodiaban celosamente, es necesario averiguar qué intereses profundos estaban en juego. En el fondo tanto los sacerdotes como los fariseos y escribas, independiente de buenas intenciones subjetivas, estaban encerrados en su mundo; interesados no en el cambio estructural de su sociedad injusta sino en hacerla soportable.
Salta a la vista en qué medida las preocupaciones de las categorías hegemónicas estaban distantes de la vida sufriente del pueblo. Por un lado hambre, desempleo, enfermedad, impuestos, dignidad; del otro, búsqueda de prestigio y de poder. Evidentemente, esta búsqueda no era explícita en estos términos: se discutía la Torá y el cómo observarla mejor, en las más diversas circunstancias de la vida. Cuanto más astucias aparecían, mejor: más se valoraban los entendidos en las Escrituras. De este modo, la Torá pasó a ser la piedra de toque del prestigio, la clave en la lucha de los laicos por el poder. Ante esta diferencia irritante entre grupos hegemónicos y pueblo, se hace relativamente irrelevante la distinción, tanto en Galilea como en Judea, entre judíos exclusivistas (xenofóbicos) e inclusivistas (hoy diríamos ecuménicos, integrados), distinción de la que no nos ocupa­remos aquí.



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