Hacia una catequesis inculturada


II Semana Latinoamericana de Catequesis



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II Semana Latinoamericana de Catequesis



+ Javier Lozano Barragán

Obispo de Zacatecas

Presidente del DECAT
En nombre del CELAM y en especial de su Departamento de Catequesis sean todos ustedes bienvenidos a esta II Semana Latinoamericana de Catequesis; proyecto desde tanto tiempo atisbado y que gracias a Dios ahora podemos realizar.
Así como la I Semana Latinoamericana de Catequesis tuvo como objetivo poner en la práctica en el ramo de la Catequesis lo que los Obispos acordaron en la III Conferencia general del Episcopado latinoamericano tenido en la ciudad de Puebla, México, así también ahora, en continuidad con aquella I Semana, ésta desea incorporar a la Catequesis latinoamericana lo que nuestros Obispos han enseñado en la IV Conferencia general del Episcopado latinoamericano tenida hace un poco más de dos años en la ciudad de Santo Domingo, República Dominicana. Tener el término de llegada claro, ayuda grandemente al desarrollo de nuestra Semana; así, les ruego sean tan amables de permitirme antes que todo señalar distintamente cuál es el objetivo de nuestra II Semana Latinoamericana de Catequesis:
Esta Segunda semana latinoamericana de Catequesis, como realización del programa central del DECAT en su presente período de labores, tiene como objetivo proponer orientaciones y sugerencias sobre la inculturación del Catecismo de la Iglesia católica, para ser presentadas al CELAM.
El CELAM, Presidencia y DECAT en conjunto, asumirán a su criterio dichas proposiciones y sugerencias.
En el momento oportuno, como un servicio que el CELAM ofrecerá a las Conferencias Episcopales del Continente, según su propia naturaleza de servicio a las mismas, presentará a dichas Conferencias estas proposiciones y sugerencias para que los Obispos latinoamericanos, mediante sus Departamentos o Comisiones Episcopales de Catequesis, se ayuden en la prestación del servicio adecuado de formación permanente de catequetas y catequistas.
Serán cuatro los temas centrales de nuestra semana: Jesucristo, centro de la catequesis; Memoria histórica de la catequesis; Catequesis inculturada para la nueva evangelización; y promoción humana y catequesis. Estos temas se desarrollarán de acuerdo a las dinámicas que serán explicadas posteriormente.
Como un marco y a la vez como una introducción, su servidor tratará de elaborar una reflexión sobre qué sea la inculturación en sí, y algunos rasgos sobre su aplicación al Catecismo de la Iglesia católica de acuerdo a la doctrina que encontramos en documentos recientes del Magisterio, en especial en las Conclusiones de Santo Domingo y en la Encíclica “Redemptoris Missio”.
1. LA INCULTURACION
1. ¿QUE ES LA INCULTURACION?
En la “Catechesi Tradendae” se habla de la inculturación como de un “hermoso neologismo (que) expresa muy bien uno de los componentes del gran misterio de la encarnación ... (y en cuanto a la catequesis se afirma:) de la catequesis ... podemos decir que está llamada a llevar la fuerza del evangelio al corazón de la cultura y de las culturas .... para ello, la catequesis procurará conocer estas culturas y sus componentes esenciales; aprenderá sus expresiones más significativas, respetará sus valores y riquezas propias ...”
En el Documento de Puebla se dijo: “La fidelidad al hombre latinoamericano exige de la catequesis que penetre, asuma y purifique los valores de su cultura. Por lo tanto, que se empeñe en el uso y adaptación del lenguaje catequístico. En consecuencia. La catequesis debe iluminar con la Palabra de Dios las situaciones humanas y los acontecimientos de la vida para hacer descubrir en ellos la presencia o la ausencia de Dios”.
En “Familiaris Consortio” se nos dice: “está en conformidad con la Tradición constante de la Iglesia el aceptar de las culturas de los pueblos todo aquello que está en condiciones de expresar mejor las inagotables riquezas de Cristo ...., teniendo presente el doble principio de compatibilidad con el Evangelio de las varias culturas a asumir y de la comunión con la Iglesia universal. Es mediante la inculturación como se camina hacia la reconstrucción plena de la alianza, con la sabiduría de Dios que es Cristo mismo ...”.
Pastores dabo Vobis” nos habla de la teología de la inculturación y de sus principios: “Estos principios se relacionan con el misterio de la Encarnación del Verbo de Dios y con la Antropología cristiana e iluminan el sentido auténtico de la inculturación; ésta, ante las culturas más dispares y a veces contrapuestas, presente en las distintas partes del mundo, quiere ser una obediencia al mandato de Cristo de predicar el Evangelio a todas las gentes, hasta los últimos confines de la tierra. Esta obediencia no significa sincretismo, ni simple adaptación del mensaje evangélico, sino que el evangelio penetra vitalmente las culturas, se encarna en ellas, superando sus elementos culturales incompatibles con la fe y con la vida cristiana, y elevando sus valores al misterio de la salvación que proviene de Cristo”.
Las Conclusiones de Santo Domingo nos dicen “Jesucristo se inserta en el corazón de la humanidad e invita a todas las culturas a dejarse llenar por su Espíritu hacia la plenitud, llenando en ellas lo que es bueno y purificando lo que se encuentra marcado por el pecado..., es un imperativo del seguimiento de Jesús y necesaria para restaurar el rostro desfigurado del mundo”; “Los catecismos son subsidios muy importantes para la catequesis; son a la vez camino y fruto de un proceso de inculturación de la fe”; los catequistas por su parte, “serán instrumentos especialmente eficaces de la inculturación del Evangelio”. Posteriormente, nos dirá citando al Papa Juan Pablo II (Discurso al Consejo internacional de Catequesis, 26, 9, 92), que la inculturación es “centro, medio y objetivo de la nueva Evangelización”. Dice también como la inculturación debe hacerse a la luz de los tres grandes misterios de la salvación: Encarnación, Pascua y Pentecostés, profundiza en el carácter cristiano de los auténticos valores y concluye cómo la inculturación hace la comunidad eclesial, y es propia de la Iglesia particular.
Prosigue diciendo Santo Domingo que la inculturación es un “proceso conducido desde el Evangelio hasta el interior de cada pueblo y comunidad con la mediación del lenguaje y de los símbolos comprensibles y apropiados a juicio de la Iglesia”, que “abarca el anuncio, la asimilación y la reexpresión de la fe”; que “la educación cristiana ..., es la inculturación del Evangelio en la propia cultura”, que los compromisos en el campo educativo se resumen “en la línea pastoral de la Inculturación”
Redemptoris Missi” toma la descripción de inculturación que había elaborado “Catechesi Tradendae” y dice que 1a inculturación significa una íntima transformación de los auténticos valores culturales, mediante su integración en el cristianismo y la radicación del cristianismo en las diversas culturas”. La inculturación se realiza bajo la guía del Espíritu Santo; los discursos de San Pablo en Listra y Atenas (Act. 14, 11‑17; 17, 22‑31), ofrecen un ejemplo de inculturación del Evangelio14 (N° 25).
La inculturación consiste en una transformación. Esta transformación es transformación del núcleo del valor cultural existente. Este núcleo se transforma, esto es, pasa de ser lo que es, de la forma que tiene, a otra forma distinta. Esta nueva forma es el Cristianismo.
Este proceso de transformación es algo muy central y profundo, toca, decíamos, al núcleo del valor. Esta nuclearidad la describe “Redemptoris Missio” diciendo que es una transformación íntima, que se realiza mediante la integración del Cristianismo a los valores culturales, y que es una radicación del Cristianismo en las diversas culturas.
Redemptoris Missio” desglosa lo anterior en cinco puntos que ven a la preparación, principios, finalidad, actores y problemas de la inculturación. Al hablar de la preparación habla del ansia de espiritualidad de la cultura actual, de la espera cultural del Evangelio y de las Semillas del Verbo; como principios o criterios para saber de la legitimidad de la inculturación, “Redemptoris Missio” sitúa dos: compatibilidad con el Evangelio y Comunión con toda la Iglesia; la finalidad de la inculturación la sitúa en el crecimiento del Reino de Dios mediante la continuación de la encarnación del Verbo, y el fortalecimiento de la comunidad católica; para “Redemptoris Missio” los actores de la inculturación son también dos, el Espíritu Santo y el Pueblo de Dios, y el Pueblo de Dios según su propia diversidad, fieles en general, constructores de la sociedad pluralista en el ramo de la cultura, peritos, y en especial, pastores; advierte que la inculturación es lenta y gradual; como problemas de la inculturación “Redemptoris Missio” se refiere en especial a tres: el secularismo, el aislamiento cultural y la ahistoricidad en tratar el Mensaje evangélico.
Podemos decir que "Redemptoris Missio” sintetiza, profundiza y culmina lo que dice el Magisterio sobre la inculturación. Su estructura conducirá la reflexión que intento en seguida, sin descuidar la riqueza de los demás documentos a que nos hemos referido.
1.1 La inculturación en sí
La inculturación es el coeficiente teológico que precisa el sentido de la continuación de la encarnación del Verbo de Dios. Hablar de la prolongación de la encarnación en sentido unívoco nos haría caer en una cierta especie de Panteísmo. En cambio al hablar de la inculturación se expresa con mayor propiedad el sentido de la economía de la encarnación del Verbo en cuanto que fija y marca con este hecho maravilloso irrepetible toda la salvación que Cristo aporta.
¿Cómo se realiza esta analogía de la encarnación del Verbo en toda la realidad humana salvífica? La respuesta es: mediante la inculturación. Y la inculturación se centra en lo más profundamente humano para desde allí realizar la completa cristificación.
1.2 El núcleo del valor y la inculturación
Lo más profundamente humano es el valor. El valor se entiende aquí como la razón objetiva y subjetiva por la cual algo se entiende como bueno. Desde la bondad se construye el hombre. Es el inicio de la humanización en todos los sentidos y direcciones. Como el hombre es un dinamismo proyectado, un dinamismo comprendido y querido y así desarrollado, la comprensión y la volición de su propio proyecto constituye la parte subjetiva de su realización, en cambio, la realidad de cualidades conocidas que lo construyen constituyen la parte objetiva de su realización. La realidad de las cualidades, así como su comprensión y volición como buenas, esto es, como convenientes a sí mismo, constituyen las dos partes del valor, la parte objetiva y la parte subjetiva. La delimitación entre ambas partes no es del todo nítida, ya que las realidades subjetivas que constituyen la misma comprensión y volición son también cualidades objetivas que significan su propia realización.
Si nos preguntamos por lo más profundo e íntimo en el valor, nos encontramos con el criterio por el cual sabemos que tal o cual realidad es buena o mala, esto es, que nos construye o nos destruye. Este criterio como tal no es solamente una especie de árbitro frío y exacto sino que es juicio de bondad, eficacia de decisión y fuerza de decisión en la construcción. Este criterio es la transparencia consciente que hermana al sujeto y al objeto en sus relaciones vitales de demanda y oferta de satisfactores en todos los campos de la existencia. Por esto el valor siempre es valor cultural, pues siempre se encamina al cultivo del hombre.
1.3 La transformación del valor
La inculturación es una transformación, esto es por la inculturación la forma del valor cultural se cambia en Cristo.
Esto es, tanto la demanda humana subjetiva como la oferta de lo que está fuera del sujeto y da la satisfacción buscada, son relacionalmente Cristo. Son la participación mística de Cristo; forman el Cuerpo de Cristo total. Había una forma, algo por lo cual este valor era tal, objetiva y subjetivamente, y sin lo cual no podía ser más valor; y esta forma, como criterio último, eficaz, lógico y óntico de cultura, ahora se cambia en una fuerza profunda personal y divina que constituye el corazón real de toda auténtica cultura y esta fuerza personal es el Cristo total.
Esta transformación íntima no adultera el auténtico valor sino lo perfecciona en grado máximo. Es la ley de la Encarnación del Verbo: la naturaleza humana no viene destruida por su asunción por la naturaleza divina del Verbo, sino según el principio de Calcedonia, es perfeccionada en grado máximo en su misma humanidad y dentro de su misma categoría. Así, cuando acontece la inculturación, la cultura cuyos valores auténticos son transformados por su integración al Cristianismo y su radicación en ella del Evangelio, no se destruye en ninguna manera, ni siquiera podemos hablar de que es algo ya específicamente distinto, sino que es la misma cultura, pero llevada a sus máximas expresiones.
Esta transformación es íntima, pues se ubica en el centro del valor al que hemos aludido.
Es una transformación integradora pues la cultura resultante tendrá ya el calificativo de cristiana, sin excluir por ello que otra cultura pueda ser asumida en esta misma forma por el Cristianismo.
Esta transformación llega a la raíz de la cultura, se “radica” en ella, dándole toda la apertura, esto es, el Cristianismo actúa como raíz virtualmente plural de las diversas culturas inculturadas, los frutos que dará esta raíz no deberán ser unívocos, uniformes, sino que se tratará de la raíz de un árbol que dará toda clase de frutos según la propia y específica variedad de las diferentes culturas como desarrollo de la infinita virtualidad ejemplar del Verbo de Dios.
1.4 Inculturación y fundación, de la Iglesia
Desde este punto de partida podemos entender cómo la inculturación es una forma profunda de expresar la misma fundación de la Iglesia. Esto es, la inculturación es la voz de Dios que convoca a la salvación mediante la incorporación del hombre real, con todo lo que él hace, como este hombre y como esta colectividad, con su ser y su cultura, como individuo y como pueblo, a la muerte y resurrección de Jesucristo. Y esta convocación es la Iglesia.
Se realiza a los diversos niveles conocidos: al nivel del Padre que nos llama en su Hijo por la encarnación del Verbo; al nivel del Espíritu Santo que nos hace comprender esta llamada; madre de la Iglesia, que con su carne nos hace la llamada al darle humanidad al Verbo; al nivel del desdoblamiento de la misión del Hijo y del Espíritu en “los Doce” dentro de su apostolado episcopal por la “Parádosis” viva jerárquica; al nivel del ejercicio del sacerdocio universal de los fieles. Iglesia equivale así a inculturación como fundación del criterio Cristo y como realización del mismo.
1.5 Divinización de la cultura
Desde la Iglesia entendida como inculturación, esto es como Cristo colocado en el centro de la cultura y en el centro a su vez del valor, es obvio que la cultura trascienda los simples niveles humanos y se coloque en niveles divinos al estilo de Cristo.
Esto es, así como el Verbo al encarnarse no destruyó la naturaleza humana sino que la sublimó el máximo, así también en la cultura que se engendra desde la inculturación, la humanización de la naturaleza que realiza toda cultura, se seguirá realizando, pero ahora con una fuerza y dinamismo total, para llevarla a su ápice; pero no sólo, no se trata de que la cultura solamente alcance el máximo de realización de sus virtualidades, sino que trascenderá sus propios límites, pues será un hacerse del hijo adoptivo de dios desde la fuerza del mismo Verbo de Dios. Y así, rozando las fronteras del misterio, hablaremos con una verdadera analogía de participación, de la cultura inculturada como divinización de la naturaleza, ya que Cristo ha sido constituido centro del universo.
2. ASPECTOS DE LA INCULTURACION
Inculturación histórica redentora. Hay una base para entender la inculturación y es la periodización de la historia de la salvación que nos da LG en su número 2: La Iglesia ha sido: 1. configurada en la creación; 2. preparada en la historia del pueblo de Israel en el Antiguo Testamento; 3. constituida en los tiempos definitivos; 4. manifestada por la efusión del Espíritu; y 5. que se consumará gloriosamente al final de los tiempos. Consecuentemente, la inculturación no tiene una perspectiva gnóstica, en el sentido de enunciado de ciertos valores comunes a la humanidad que en su realización traigan la salvación. La inculturación se entiende como inculturación redentora histórica de una cultura dominada por el pecado y necesitada de redención.
Sin este sentido último de la historia la perspectiva de la inculturación se pierde y se corre el riesgo de caer en errores, pensando en una inculturación como proyecto cultural histórico inmanente.
La inculturación exige la fe como aceptación muy difícil, esto es, como conversión; pues se trata de declararse impotentes para una auténtica realización cultural desde el plano meramente humano y necesitados en el núcleo de la misma existencia de la ayuda divina. Los antiguos problemas de Pelagianismo a la vez que de Luteranismo acechan a la inculturación y el principio de solución no puede ser otro que el equilibrio de la unión hipostática y de la posición católica con relación al pecado original, de la naturaleza humana herida pero no violada, de que sin la gracia no todo es pecado, pero que sin ella no se puede realizar el hombre en plenitud.
Con estos presupuestos podemos ahora intentar reflexionar sobre los aspectos de inculturación antes mencionados.
2.1 La preparación para la inculturación
En cuanto a la preparación para la inculturación. Esta preparación es algo más que la “potencia obediencial” de que hablaban los escolásticos, es la historia que está escrita dentro de la humanidad como configuración y preparación a Cristo. Esta configuración creacional no es una etapa simplemente pasada, sino que subyace en el río actual de la historia como parte constitutiva del mismo. Por esto se habla del deseo de espiritualidad dentro del ámbito ajenos a Cristo. Esa configuración avanzó en esta historia concreta en el pueblo de Israel en el Antiguo Testamento.
Por lo que respecta a las religiones no cristianas de otros pue­blos, éstas se inscriben dentro del plano de configuración creacional, y sólo por una analogía en la perspectiva de la preparación a Cristo, puesto que la historia es irrepetible y la elección del pueblo de Israel fue singular.
Dentro de la óptica creacional de configuración de la Iglesia, se comprende la espera total de Cristo en toda cultura a El ajena, y a1a vez las “Semillas del Verbo”. Es una la dirección total inserta en la creación que tiende desde siempre hacia su plena consumación en Cristo Señor del Universo. Esto quiere decir entre otras cosas que la inculturación no se puede frenar en la etapa creacional, sino que siempre debe tender a la culminación. Son virtualidades y una virtualidad es siempre etapa pasajera pues apunta a su realización, de lo contrario no fuere virtualidad sino actualidad.
Quiere decir también que no podemos hablar propiamente de semillas del Verbo al hablar de la piedad popular o religiosidad popular católica. Cuando la virtualidad ha alcanzado su actualidad deja de ser virtualidad. Lo que pudiéramos decir es que muchas veces la religiosidad popular católica no se encuentra lo suficientemente limpia y hay que purificarla, ya sea mediante la catequesis, si se trata de vicios causados por ignorancia religiosa, ya sea mediante su práctica correcta desterrando los inconvenientes de contaminaciones mágicas o fanáticas. Otra cosa es saber si determinada religiosidad popular es o no católica; para ello se necesitan tener criterios claros; cuando nos encontramos frente a religiosidades populares no católicas, en ellas sí podemos hablar de semillas del Verbo.
Esto nos lleva a considerar la posibilidad de que las etapas de la historia de la salvación tengan su aplicación “subjetiva” de acuerdo al ritmo de cada historia, ya sea de pueblos, ya de individuos. De esto se hablará más adelante.
2.2 Los principios de la inculturación
Cuando se habló de la inculturación se habló de la transformación de los auténticos valores culturales mediante su integración en el Cristianismo. Cuando se habla ahora de los dos criterios de compatibilidad y comunión, ambos son explicaciones de que sea un auténtico valor cultural; será aquel que es compatible y pueda entrar en comunión con los valores inculturados; podríamos en rigor decir que los dos principios mencionados se reducen a uno, esto es, a la compatibilidad; cuando un valor es compatible con el cristianismo es que puede entrar en comunión con los demás valores cristianos estén donde estén. Aquí se habla que puedan entrar en comunión con las culturas en las que se ha inculturado ya el Cristianismo; para el caso es lo mismo, lo básico es que entren o no en comunión con los valores inculturados, sea donde fuere. Un valor esencial al Cristianismo es la comunión, la comunión funda la catolicidad.
Si atendemos a los valores de las Iglesias locales, o más bien a la convocación local que por la Eucaristía y la Palabra de Dios y por la fuerza del Espíritu Santo hace el Obispo y reúne a los fieles en una Iglesia local; estamos en la inculturación distinta de toda la Ig1esia. Esta distinción es la catolicidad. Cada Iglesia local debe hacer una convocación inculturada, si no lo hace su convocación es deficiente.
Esta inculturación no se da una vez por todas, sino que va adecuándose a circunstancias tanto locales como temporales. De manera que la inculturación en la convocación novedosa de una Iglesia particular, que debe ser siempre progrediente, tiene su prueba de autenticidad en la compatibilidad con las demás Iglesias locales, que en último término obtiene de su coincidencia con el centro eucarístico primacial.
2.3 La finalidad de la Inculturación: crecimiento de la Iglesia
La finalidad de la inculturación es que la salvación universal se haga realidad. Hay ambientes culturales en los que Cristo no está como salvación, o bien, hay cambios en los ambientes anteriormente cristianos. Pero más todavía, no hay cultura plenamente inculturada, nos situamos dentro de la escatología de la Iglesia, cualquier cultura por más cristiana que se piense es inadecuadamente cristiana; Cristo será para nosotros siempre mayor hoy que ayer y mañana seguiremos sin poderlo abarcar, de manera que por lo que a Cristo respecta, siempre habrá aspectos que todavía no se habrán inculturado en las realizaciones eclesiales, sean las que fueren; y por lo que respecta a la cultura misma, como antes insinuábamos, es algo vivo, algo creciente, algo que está siempre en movimiento y que continuamente presenta el desafío de la inculturación.
La Iglesia no es uniformidad sino unidad, que significa coincidencia de distintos; por lo tanto, se exige una inculturación lo más adecuada posible para que todas las Iglesias locales definan vez más claramente su personalidad distinta, para que así se puedan donar unas a otras y al tenor de la donación trinitaria logren ir avanzando en la riqueza del milagro de la unidad católica.
2.4 Los actores de la inculturación
Si nos preguntamos por el autor de la inculturación nos debemos situar en el plano de la encarnación del Verbo; el primer actor es el Espíritu Santo que colma a la Santísima Virgen, quien concibe “por obra del Espíritu Santo”, primero con su corazón que con su cuerpo, al decir de San Agustín. También aquí, el que hace posible la inculturación es el Amor Espíritu Santo. La inculturación no es imposición, es fruto de la libertad humana que se abre al Amor Espíritu Santo Quien hace que el hombre de tal manera acepte a Cristo que no sea ya el hombre, sino Cristo Quien mora en él, al decir de San Pablo, y en lo más íntimo de sí y de su obra, en lo más íntimo de la cultura, se encuentre Cristo.
Así como María quedó llena del Espíritu Santo y dio a luz a Jesús de Nazareth, así ahora el Espíritu se derrama sobre el pueblo de Dios, y es el pueblo de Dios quien engendra por obra del Espíritu Santo nuevamente a Cristo en el corazón de su propia cultura. Y el pueblo lo engendra según su naturaleza y funciones. Todo mundo colabora para que Cristo se encuentre en el corazón de la cultura y en la expresión de la misma. La primera acción es la conversión. Desde la conversión se encuentra cada quien en la esfera más íntima de su valor, se cambia el criterio y se acepta el valor fundante de la vida, se cambia el corazón y a partir de allí todo se entiende y se quiere. Vendrán a continuación las expresiones y estructuras en todos los ámbitos humanos. Todo ello será inculturado en Cristo el Señor.
Desde la naturaleza de la colaboración a la inculturación vendrá la funcionalidad y la armonía de la misma. En la funcionalidad cada quien tendrá su puesto, el perito, el constructor de la sociedad pluralista, el que viaja de una Iglesia local a otra y especialmente el Pastor. La inculturación tiene su origen eclesial en el Pastor, pues es quien convoca la Iglesia desde la Eucaristía. Por eso es que siendo su autor auténtico es el maestro de la misma y su juez. De aquí el papel del Obispo y de las Conferencias episcopales. El discernimiento significa que el Obispo por la Eucaristía y la Sagrada Escritura y por el Espíritu Santo, identifica o no a Cristo en tal o cual proposición de inculturación de tal o cual valor cultural, y juzga de su expresión y realización estructural. No es un nuevo episcopal, sino solamente contemplar al Obispo desde la inculturación, como la fuente instrumental de la Iglesia.
La cultura equivale a la vida. Individualmente se construye durante toda ella, con el ritmo de la misma. Si ahora se habla de la cultura de un pueblo, ésta se construye con el ritmo del pueblo. Se puede y debe impulsar una mejor culturización, pero no se debe forzar. Los pueblos llevan su ritmo, aunque sea verdad que hay épocas en que corren y épocas en que parecen aletargados. Nuestra época parece ser de gran velocidad; la inculturación debe ajustarse al caminar del pueblo y no a los deseos de sólo algunos de sus miembros.
2.5 Los problemas de la inculturación: secularismo, aislamiento, ahistoricidad
El Secularismo es el eco de la queja del inicio del Evangelio de San Juan: “vino a los suyos y los suyos no lo recibieron”. Es la cerrazón del hombre hacia Dios: del hombre y de la cultura con la que el hombre se construye. El fenómeno del Secularismo en ambientes anteriormente cristianos consiste en que en ellos ha evolucionado la cultura con nuevos valores, nuevas expresiones y estructuras y en esta novedad no ha entrado Cristo; o porque no ha sido convocada la cultura en el núcleo mismo de sus nuevos valores, o porque siendo así convocada no ha querido escuchar. Es lo que “Redemptoris Missio” citando a Pablo VI califica del drama de la época: la ruptura entre Cristianismo y Cultura.
En cuanto al Aislamiento cultura es una reacción. Anteriormente se pudo dar la carencia de inculturación en cuanto que en nombre del Cristianismo se imponía a culturas no occidentales la cultura occidental como tal. Para que esto no vuelva a suceder, algunos teólogos piensan que hay que cerrarse por completo a toda la cultura ajena a lo específico de la propia; más aun, se juzga toda la expresión y estructuración cultural cristiana actual, como fruto de una mera cultura particular, la de Occidente, de manera que cada pueblo no occidental, especialmente los que ahora apenas se evangelizan, tiene que encontrar una novedad total en sus expresiones y estructuraciones; sin conexión con el pasado cristiano de otras latitudes.
El error de esta pretendida inculturación consiste en romper la comunión. Cada cultura es ella misma; pero crece en la medida de su donación; sin una mutua donación entre culturas, la cultura se esteriliza y muere. Lo mismo podemos decir de cada inculturación, sólo se da en la comunión católica, sin la mutua comunicación y convergencia de distintas inculturaciones en la unidad eclesial que se finque en el primado pontificio, la iglesia local languidece, se destruye y muere.
Lo anterior por supuesto que no exime a la cultura occidental de que tenga siempre presente no caer en la tentación del pecado de soberbia queriendo medir su superioridad respecto a los demás pueblos, por su dinero y por su técnica. Este pecado también cae dentro del pecado cultural del aislamiento, que en este caso es tanto más grave cuanto se trata de un aislamiento activo, esto es, que trata de imponer, por diversas maneras y métodos, sus propias inculturaciones a todo mundo; estas culturas, especialmente las del primer mundo, con mucha frecuencia sólo saben exportar y ni siquiera piensan en la posibilidad seria de recibir algo de otras Iglesias locales.
La Ahistoricidad es algo que mencionábamos anteriormente como “Gnosticismos”. Se piensa en Cristo no como el misterio insondable que supera todo, sino como una racionalización expresada en una doctrina inmanente a la medida de quien la formula, y que expresa valores de tipo universal como liberación, justicia, amor y paz, verdad y bondad omnipresentes, etc. La historia de Jesús de Nazareth suena, como decía San Pablo: a escándalo para los judíos y locura para los gentiles. La inculturación la piensan sólo como una filosofía universal, una especie de imperativo categórico que todo mundo acepte para realizar así la unidad del género humano. Es el absurdo de pretender una inculturación cristiana sin que Cristo histórico Dios y hombre, sea lo más íntimo al valor fundante cultural. Estas vaguedades a las que se busca un asentimiento universal pretenderían el aplauso de todos y a lo sumo revivirían un deísmo ya superado, pero estarían en los antípodas de la auténtica inculturación.
II. PISTAS GENERALES PARA LA
INCULTURACION DEL CATECISMO
DE LA IGLESIA CATOLICA
Trataremos ahora de aplicar la reflexión general anterior sobre la inculturación a algunos rasgos del Catecismo de la Iglesia católica, como un inicio de lo que iremos desarrollando durante toda la Semana de Catequesis.
1. Punto de partida para la inculturación del Catecismo de la Iglesia Católica
La expresión humana de la Palabra de Dios es obvio que para ser comprendida por el hombre deba ser expresada en su lenguaje, y para ser expresada así necesita entrar dentro del universo simbólico cultural de este hombre concreto; de lo contrario no entiende nada y la palabra es inútil. Este entrar dentro del universo simbólico cultural del hombre es ya un inculturar de la palabra de Dios.
Sabemos que el Catecismo de la Iglesia católica es la expresión de la Palabra de Dios que formula auténticamente el Magisterio. ordinario de la Iglesia. No puede formularla de una manera acultural, sino que cualquier formulación que haga ya es una formulación inculturada. Es así improcedente pensar en el Catecismo de la Iglesia católica como una especie de esqueleto sin ninguna carne que lo inculture y que ahora haya que encarnar inicialmente en cualquier cultura en la que desee expresarse.
En efecto, el Catecismo de la Iglesia católica es ya una inculturación del Mensaje en algo que pudiéramos describir como una expresión católica de la cultura. Es una expresión que quiso tomar una especie de común denominador de las expresiones humanas que se le han dado a la Palabra de Dios al correr de su historia. Así ha tomado expresiones escriturísticas, patrísticas, litúrgicas, de los santos, de los maestros de espiritualidad, etc. y además, al haber sido redactado por obispos representantes de todo el mundo católico y que al hacerlo tomaron en cuenta las indicaciones o “modos” que se les enviaban de toda la Iglesia esta expresión cultural de la Palabra de Dios se hacía más católica, se extendía a una expresión más universal de la cultura de la humanidad.
De manera que no podemos hablar de inculturar del Catecismo de la Iglesia católica empezando de cero. Ha recorrido caminos avanzados, pero que ahora tenemos que especificar más, pues la inculturación avanza con el ritmo de la cultura, tenemos además que encontrar lo específico de nuestras culturas particulares para darle expresión más afinada.
2. Apertura a la inculturación del Catecismo de la Iglesia Católica
Puesto que el Catecismo de la Iglesia católica debe expresar la raíz de la cultura, por ser esta raíz, debemos encontrar en él una apertura para recibir todas las inculturaciones posibles. La preparación de la inculturación significa en último término que el mundo ha sido hecho a imagen de Dios y que en su profundidad está basado en la Verdad y el Amor divino. Así, como huella o como imagen, toda cultura tiene rasgos divinos y como tales son expresiones privilegiadas del Mensaje.
Cuando el Catecismo de la Iglesia católica entra en determinada cultura, no es ajena a ella, sino que desarrolla estas virtualidades y las expresa de la mejor manera posible por su culminación en la dicción máxima de la Verdad y el Amor que es Cristo. La inculturación del Catecismo no es así algo meramente optativo, sino que es la exigencia de las culturas de culminar en la encarnación del Verbo.
Cuando se trata de culturas ya antes evangelizadas, esto es culturas en las que ya previamente se ha expresado la palabra de Dios, la inculturación es mucho más fácil, pues podrá en muchos casos seguir las líneas anteriormente marcadas. Cuando se trata de aspectos totalmente nuevos, deberán ser nuevas las expresiones y también se encontrarán caminos accesibles si se recurre a la proporcionalidad viendo como antaño se llevó a cabo la inculturación.
Es el caso de la religiosidad popular que en lo íntimo es la inculturación de la fe en los más hondos valores culturales del pueblo; sus expresiones ayudarán mucho a una verdadera inculturación del Catecismo de la Iglesia católica en nuestros pueblos latinoamericanos.
3. Compatibilidad y comunión, principios para la inculturación del Catecismo de la Iglesia Católica
Es evidente que una expresión y vivencia pretendida del Catecismo de la Iglesia católica que no sea compatible con su integralidad, no es auténtica inculturación de dicho Catecismo. Por otra parte, debemos de prestar atención a no querer singularizarnos demasiado al pretender llevar a cabo la inculturación, de manera que no podamos aceptar fórmulas de otras culturas. Recordemos que la inculturación auténtica debe ser fruto de la catolicidad, de la manera que procede mediante un dar y recibir. No hay ninguna cultura que sea perfecta y que sus expresiones sean lo máximo; todas entran dentro del proceso de la escatología de la Iglesia. Así incluso se entiende el dogma cuando hablamos de su evolución, y el concierto católico se lleva a cabo cuando a imitación de la Santísima Trinidad, las culturas afirman su identidad en una recíproca donación y recepción.
Buscamos expresiones específicas de nuestras culturas, las queremos compartir con las de otras latitudes, y queremos también recibir las que se están continuamente elaborando en otras partes. Lo mismo valga en cuanto al tiempo: queremos responder con la expresión catequética a los tiempos actuales. Es cierto que pudo incluso haber expresiones no muy felices, y otras que se han ligado a situaciones ya superadas, pero estamos dentro de una historia y los valores crecen siguiendo siendo los mismos.
4. Autores de la inculturación del Catecismo de la Iglesia Católica desde el Espíritu Santo
El principal actor es el Espíritu Santo, la inculturación del Catecismo de la Iglesia católica debe ser fruto del amor del Espíritu, y así ésta no deberá proceder mediante ninguna imposición. Debe ser consecuencia de la apertura amorosa que hace que el hombre por el Espíritu de tal manera acepte a Cristo expresado en el Catecismo de la Iglesia católica que no sea ya el hombre sino Cristo quien mora en lo más profundo del valor de su cultura manifestada en esta inculturación.
La inculturación debe ser así fruto de todo el pueblo de Dios, quien por obra del Espíritu Santo engendra nuevamente a Cristo en la formulación del Catecismo de la Iglesia católica. Consecuentemente en esta inculturación cada quien tendrá su puesto, el catequeta que con su ciencia busca los mejores caminos para la inculturación, el catequista que desde su práctica sugiere las mejores formas, el liturgo que desde el símbolo sagrado induce nuevas inculturaciones, el teólogo, quien desde una mayor comprensión del Mensaje da luces para expresarlo más adecuadamente, el antropólogo que da pautas válidas para comprender mejor al destinatario de la catequesis, el psicólogo, el sociólogo, etc.; sin embargo hay que resaltar que la inculturación del Catecismo de la Iglesia católica no deberá ser obra sólo de especialistas, es todo el pueblo de Dios que colabora; el especialista deberá ser un lector de la experiencia y expresión del pueblo de Dios en su totalidad, aquí entra con fuerza lo dicho a propósito de la religiosidad popular; sin olvidar la función discernidora auténtica del Obispo en su Iglesia particular y la del Colegio apostólico unido en el Primado para la Iglesia universal, y la del Primado mismo.
5. Problemas del secularismo, el aislamiento y la ahistoricidad, para la inculturación del Catecismo de la Iglesia Católica
Para una inculturación adecuada en nuestro medio hay que tener en cuenta los nuevos símbolos de la cultura actual, en especial en el ramo de los medios de comunicación social. No se trata solamente de medios didácticos, sino de la simbólica general de comprensión y comunicación‑comunión de nuestra gente. Muchos de estos signos están ayunos de cristianismo y desde esta carencia es como son comprensibles para nuestra gente. Al hablar en “lenguaje religioso”, mucha gente no entiende o no le interesa lo que decimos. No sólo en cuanto a la expresión en sí, sino también respecto al estilo que se emplea. Estos símbolos tantas veces secularizados nos hablan de lo simbolizado, de lo significado que también es secularizado, y así de los valores actuales que son exactamente los que constituyen el campo más adecuado de la inculturación del Catecismo de la Iglesia católica.
El problema del aislamiento cultural está ya tratado. En cuanto al de la ahistoricidad es algo que se debe tener muy en cuenta al tratar de la inculturación del Catecismo de la Iglesia católica, en efecto, no se trata sólo de una racionalización doctrinal de una ética universal que insista en especial en la formulación valores que hoy son muy queridos en nuestras latitudes, v.gr. liberación, justicia, amor, paz, comprensión, respeto a las etnias, ecología, etc., una filosofía universal, una especie de Esperanto ético para que lo hable y lo entienda todo hombre moderno. La inculturación debe ir dirigida solamente hacia una finalidad: proponer a Jesús de Nazareth como el particular‑universal decisivo de la historia. Esto es, la historia concreta de Jesús de Nazareth es el único parámetro válido para cualquier cultura, para cualquier hombre de cualquier raza, estirpe o nación, así sea proveniente de una sociedad de máxima, tecnificación, o bien de la más atrasada cultura en parámetros científicos. No se trata de que en la inculturación del Catecismo de la Iglesia católica el criterio sea la antropología cultural, sino que el Catecismo de la Iglesia católica entre en la cultura y se haga raíz de la misma de manera que la historia de Jesús de Nazareth, Dios y hombre verdadero sea esa raíz cultural de la que hablábamos que sea capaces de dar tantos frutos culturales distintos cuantas culturas encuentre a su paso. Es el catecismo el criterio y no la antropología o la teoría social o cultural. De lo contrario se caería en una ideología que, ignorante del Dogma, reduciría el pretendido lugar privilegiado de la Sagrada Escritura en la Catequesis, a una erudición arqueológica de curiosidades bíblicas reducibles a la ideología que se pretenda justificar.
El Catecismo de la Iglesia católica se sitúa como criterio cultural y desde él florecen diversas expresiones de acuerdo a las diversas culturas que inculturan todo su sistema de valores. Así, las verdades expresadas y vividas se vuelven comunicación, comunión cultural; la Catequesis inculturada hace la comunidad, hace que la fe en verdad se vuelva cultura.
6. Finalidad de la inculturación del Catecismo de la Iglesia Católica
Resolviendo estos problemas, encontramos finalmente que la meta de la inculturación del Catecismo de la Iglesia católica es el crecimiento de la Iglesia que se realiza por la encarnación incesante del Mensaje en la cultura para edificar de una mejor manera la comunidad cristiana. Es hacer que la salvación universal se haga realidad en cada particularidad, que se dé un testimonio integral, aseverativo, atestativo y gozoso de la fe católica como algo vivo, creciente, siempre en movimiento y que continuamente enfrenta el desafío de la inculturación. Es así el Catecismo de la Iglesia católica un gran don que hemos recibido para seguir construyendo la única Iglesia de Cristo, para seguir redefiniendo la personalidad distinta de nuestras Iglesias particulares en su comunión universal.
Esta es, como decíamos en un principio, la razón de la Segunda Semana Latinoamericana de Catequesis, que esperamos sea del todo fructífera, y que los esfuerzos que aquí estamos haciendo sean todos ellos dirigidos para seguir ayudando a convocar la Iglesia del Señor desde lo más íntimo de nuestros valores latinoamericanos, mediante los subsidios que nos esforzamos en poner en las manos de nuestros hermanos obispos en las diferentes Conferencias Episcopales de nuestra gran patria latinoamericana para elaborar los propios catecismos diocesanos o nacionales.
Ciudad de Nuestra Señora de los Zacatecas, 24 de agosto de 1994.



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