Hacia una catequesis inculturada


NUEVAS CULTURAS PRESENTES EN LA ESCUELA



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NUEVAS CULTURAS PRESENTES EN LA ESCUELA

El siglo XX ha aportado a la escuela la interacción de la cultura local o tradicional transmitida por las familias, con dos culturas transnacionales: la científico‑técnica y humanista moderna y postmoderna, y la audiovisual de masas. La persistente escolarización ha hecho avanzar desde comienzos de siglo el influjo de la prensa, que llega a la escuela a través de manuales y periódicos, y desde fuera han irrumpido en la escena hacia 1920 el cine y la radio, hacia 1940 la grabación fonográfica perfeccionada en las audiocasetes, hacia 1960 la televisión complementada por las videograbaciones y desde 1980 el computador personal con la rápida expansión del software: programas y disketas.


Para ordenar el abanico de tareas nuevas, podemos reducir el cometido actual de la catequesis escolar a evangelizar cuatro culturas presentes en la escuela: 1) las culturas tradicionales de las familias de los alumnos, con su religiosidad; 2) la cultura científico‑ técnica y la mentalidad postmoderna con que ella se confronta al interior de los programas educativos oficiales que proponen junto a las ciencias y técnicas, el estudio de la filosofía, la literatura y el arte contemporáneo; 3) la cultura audiovisual de masas en que están cada vez más inmersos los alumnos, sus familias y los profesores; 4) la subcultura infantil, adolescencial y juvenil transmitida entre iguales o pares, que a veces se recubre de un blindaje burlón o desencantado frente a los esfuerzos de acercamiento de los representantes de una Iglesia que sienten distante.
La catequesis escolar suele evangelizar las culturas locales o tradicionales de las familias cuando atiende deliberadamente una población indígena, de color, de pobreza generalizada o de comodidad apática y arribista, aunque en muchos casos permanece inconsciente e insensible ante ellas.
La catequesis escolar evangeliza la cultura científico‑técnica y humanista moderna o postmoderna de los programas oficiales en los pocos casos documentados en que la catequesis se propone el diálogo interdisciplinario, para el cual no siempre la universidad prepara a los profesores de religión católica.
La catequesis escolar evangeliza la cultura audiovisual de masas cuando tiene objetivos y actividades para formar en la creatividad con los lenguajes audiovisuales y en el discernimiento crítico sobre la verdad, el bien y la coherencia o incoherencia con el Evangelio en los mensajes de la prensa, el cine, la radio y la televisión.

 

La catequesis escolar evangeliza la subcultura llamada juvenil cuando deja espacios y tiempos: 1) para el diálogo informal pero formativo y 2) para suscitar y acompañar la creatividad en la oración, las reflexiones sobre sus problemas y la solidaridad.



ALGUNAS CONCLUSIONES CATEQUETICAS

Una catequesis madura produce en el propio país sus programas y manuales.


La catequesis en ambientes étnicos o socioculturales dotados de clara identidad debe evitar ser instrumento de asimilación y promover más bien la integración, con el respeto de las diferencias legítimas.
Ante el porfiado desafío de la pobreza y los afanes por abrir las economías de nuestros países al mercado internacional, la catequesis necesita asumir en todos sus niveles los criterios sociales de la Iglesia, dejando libertad a los catequizandos en sus preferencias partidistas.
La enseñanza religiosa escolar requiere un respaldo en la legislación civil acorde con las mentalidades predominantes en cada país y época, por lo cual necesita flexibilidad en sus objetivos y contenidos.
La discrepancia inevitable de la fe católica con diversos sistemas de pensamiento produce conflictos que pueden llevar a los catequistas a la marginación, la cárcel, el exilio o el martirio, para lo cual es preciso formarlos evangélicamente.
Ante el pluralismo religioso ambiental, la catequesis debe educar evangélicamente el catolicismo popular, fortalecer la identidad católica, favorecer la colaboración ecuménica y preparar para el diálogo interconfesional.
La catequesis en la escuela debe evangelizar la cultura y religiosidad de las familias, entablar ante los alumnos diálogo interdisciplinario con los profesores de asignaturas, formar para el sentido creativo y crítico ante la cultura audiovisual de masas y mantener un diálogo cercano y formativo con la subcultura propia de los alumnos.
La Diócesis de La Vega,

República Dominica

Cuna de la

Catequesis Latinoamericana
Mons. Antonio Camilo González

Obispo de La Vega, R.D.
El 6 de Enero de 1494, en el segundo viaje de Cristóbal Colón al Nuevo Mundo, celebró el Padre Bernardo Boil la Primera Misa de América, en La Ysabela, Puerto Plata, Usta Hispaniola, hoy República Dominicana. Le acompañaron doce misioneros.

 

De allí partieron las primeras expediciones misioneras al interior de la isla, llegando hasta el Fuerte de la Concepción, donde el Primer Almirante Don Diego Colón había fundado, hace 500 años, una ciudad, con el nombre de La Concepción de La Vega; por el hermoso valle en que está enclavada.


Esta Villa de La Concepción fue, años después, sede de uno de los tres primeros obispados de América; creado por el Papa Ju­lio II, por la Bula Romanus Pintifex, el 8 de Agosto de 1511.
Los primeros Catequistas, empeñados en la evangelización de los naturales de estas tierras, fueron el religioso de San Jerónimo, Fray Ramón Pané y los franciscanos borgoñeses Fray Juan de la Duelle y Fray Juan Tissin.
Establecidos en los dominios del Cacique Guarionex, cerca del Fuerte de La Concepción, los religiosos comenzaron su labor misionera conviviendo con los indios. Aprendieron su lenguaje y estudiaron sus tradiciones, que dieron a conocer, en la obra de Fray Ramón Pané titulada “Relación acerca de las antigüedades de los indios”, preparada a base de la observación y gracias a la colaboración de Guaicabanuc: o Guaticagua, cacique indígena, que a decir de Pané "es el mejor de los indios, que después fue cristiano y se llamó Juan”.
Los primeros misioneros y catequistas, por camino diferente al de los conquistadores, se acercaron con respeto a la cultura de los nativos, estudiando sus creencias, examinando sus costumbres para darles a conocer el mensaje de Jesús e inculturar en ellos, los valores del Evangelio.
Después de dos años de preparación, fue bautizado el cacique Guaticagua, con 16 miembros de su familia, el 21 de Septiembre de 1496. En honor al Apóstol San Mateo, cuya fiesta se celebra ese día, Guaticagua al recibir las aguas bautismales, cambió su nombre por el de Juan Mateo.
El nuevo cristiano se inició en el apostolado acompañando a los misioneros en sus excursiones por la región y sirviéndoles de intérprete.
En el ataque del cacique Guarionex al fuerte de La Concepción, Juan Mateo sufrió muerte cruel, manteniendo siempre con firmeza la entereza de su fe, repetía: “Naboria daca” que significa “Yo soy siervo de Dios”, como escriben Fray Ramón Pané y Bartolomé de las Casas.
El relato de Pané da noticias de otros nativos que aprendían el catecismo y querían ser cristianos, entre ellos el cacique Mahubiatibire, quien “hace tres años continua con buena voluntad diciendo que quiere ser cristiano y que no quiere tomar más de una mujer, aunque suelen tener dos o tres y los principales diez, quince y veinte”.
En 1503 los franciscanos establecieron un Convento en La Concepción de La Vega, cuyas ruinas se conservan. En él se ocupaban de enseñar a los jóvenes la doctrina cristiana, leer y escribir en castellano y algo de latín, a los que reconocían ser más inteligentes.
También iniciaban a los jóvenes en las técnicas de agricultura, crianza de animales y diversos oficios.
En La Vega cantó su Primera Misa el Sacerdote Bartolomé de Las Casas, en 1510, y con ocasión llegó a La Vega el dominico Fray Pedro de Córdoba, superior de los religiosos de su Orden en la Isla.
Fray Pedro de Córdoba predicó en La Vega a españoles y nativos.
Al año siguiente en 1511, en la ciudad de Santo Domingo, comisionó a Fray Antón de Montesinos en su célebre Sermón de Adviento, en defensa de los indios.
Cuando el Papa Julio II en 1511 estableció las primeras diócesis, en Santo Domingo, La Vega y Puerto Rico, el Obispo de La Vega Pedro Suárez Dessa, fue el primero en llegar a la isla y establecer su catedral.
Durante 500 años La Vega ha mantenido su fervor evangelizador y su dinamismo catequístico.
En el Santuario Nacional de la Virgen de Las Mercedes estableció el Venerado Padre Francisco Fantino su célebre escuela, formadora de maestros, evangelizadores y catequistas, hasta hoy.
Mediante la catequesis, en La Vega, se han mantenido los valores de la familia, se han formado comunidades y han florecido las vocaciones sacerdotales y religiosas.

TERCER TEMA
UNA CATEQUESIS

INCULTURADA, PARA UNA

NUEVA EVANGELIZACIÓN
Nueva Evangelización y Catequesis
P. Roberto Viola, S.J.
Catequizar desde el

corazón de las culturas
PRIMERA PARTE: VISION GLOBAL
1. FE Y CULTURA
La Nueva Evangelización es una manera diferente de encarar la predicación del Evangelio de Jesús el Señor, «entregado por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación» (Romanos 4, 25).
Cuando Juan Pablo II lanzó este tema hizo un corto comentario explicando que la Nueva Evangelización era «nueva en su ardor, nueva en sus métodos y nueva en sus expresiones».
Nosotros nos vamos a detener fundamentalmente en «nueva en sus expresiones», o sea, vamos a atender a la inculturación. Es claro que las «nuevas expresiones» de la única Fe suponen nuevos métodos que se inventan cuando estamos animados de un nuevo ardor. También es cierto que esa capacidad de reexpresar la fe conforme a las diversas culturas, va a ser un criterio para evaluar los métodos que empleamos en el ministerio de la catequesis.
El esfuerzo por una inculturación de la fe supone distinguir entre Fe y cultura en el sentido siguiente: la fe siempre se expresa en una cultura, porque los seres humanos no tenemos otra manera de ser y de expresarnos que en la cultura a la cual pertenecemos.
La Fe se expresa en una cultura y siempre la trasciende
Dice Juan Pablo II: «Por medio de la. inculturación, la Iglesia encarna el Evangelio en las diversas culturas y, al mismo tiempo, introduce a los pueblos con sus culturas en su misma comunidad, transmite a las mismas sus propios valores, asumiendo lo que hay de bueno en ellas y renovándolas desde adentro (RMI 52).
La inculturación del Evangelio en las diversas culturas es una exigencia del carácter universal de la Iglesia. Su universalidad nada tiene que ver con una conquista y menos con una dominación. Tampoco nada tiene que ver con la universalidad de las transnacionales. Su universalidad debe ser siempre un servicio desinteresado a los seres humanos y a las culturas.
Convertirse en discípulo de Jesús no es convertirse a otra cultura.
Dice Santo Domingo: «Una meta de la evangelización inculturada será siempre la salvación y liberación integral de un determinado pueblo o grupo humano, que fortalezca su identidad y confíe en su futuro específico, contraponiéndose a los poderes de la muerte, adoptando las perspectivas de Jesucristo encarnado que salvó al hombre desde la debilidad, la pobreza y la cruz redentora. La 1glesia defiende los auténticos valores culturales de todos los pueblos, especialmente de los oprimidos, indefensos y marginales, ante la fuerza arrolladora de las estructuras de pecado manifiestas en la sociedad moderna» (Sto. Domingo 243).
Convertirse en discípulo de Jesús es revolucionar la propia cultura.
II. INCULTURACION Y MODESTIA
La inculturación presupone recuperar, en el caso de haberla perdido, aquella conciencia vívida que Dios es siempre más grande que nuestros pensamientos, «Deus semper maior». Expresión clásica en teología, Dios siempre más grande que nuestras representaciones. Esa conciencia de nuestras limitaciones, trae consigo la apertura de espíritu a otras representaciones, que tampoco serán perfectas.
«La Nueva Evangelización tiene como punto de partida la certeza de que en Cristo hay una «inescrutable riqueza» (Ef 3,8), que no agota ninguna cultura, ni ninguna época, y a la cual podemos acudir siempre los hombres para enriquecernos» (DSD 24).
Dios siempre más grande que nuestros pensamientos.
En el comienzo del tratado de la Trinidad de Hilario de Poitiers hay una reflexión muy curiosa y que justamente va en el sentido que venimos hablando. Dice: «Por los errores de los heréticos y blasfemos nos vemos obligados a hacer aquello que valdría más evitar, subir a grandes alturas, hablar de temas inefables, aventurarnos por caminos prohibidos... Y henos aquí forzados a recurrir a los débiles medios de nuestro lenguaje para decir lo indecible, somos llevados a cometer una falta por la falta de otros y por eso estarnos ahora expuestos al peligro de traducir en palabras humanas aquello que hubiese sido mejor guardar en el fondo de nuestro corazón» (La Trinité 1.2. Editions Péres dans la Foi, DDB, 1981).
Un pensamiento similar encontramos en el trato «De Catechizandis Rudibus» de San Agustín (1.2.).
« ... también a mí me pasa casi siempre que me desagrada lo que digo. Aspiro a otro lenguaje mejor del cual gozo en mi interior, antes de empezar a explicarlo con sonidos y palabras, y como resultan vanos mis esfuerzos, me entristezco de ver que no puede la lengua expresar lo que siente el corazón. Todo lo que yo entiendo quisiera que lo entendiese el que me escucha, y me duele de ver que no soy capaz de conseguirlo».
Esta modestia que responde a un reconocimiento de los límites del ser humano, no significa una vacilación en la Fe, como quien dice «les digo esto, pero miren que no estoy muy seguro de ello».
Cuando la fe entra en contacto con otras culturas no debe producirse un fenómeno de fagocitosis ya sea en el sentido que la Fe se diluya en la cultura o que la cultura pierda su identidad en beneficio de otra cultura que se auto‑denomina cristiana. Cuando se produce cualquiera de estas dos posibilidades no se puede hablar ni de evangelización ni de inculturación.
Lo opuesto al esfuerzo de Inculturación es la fagocitosis.
O sea que estamos frente a este dilema: toda expresión de Fe está encarnada en una cultura y por lo tanto no es universal, y sin embargo, la Fe está llamada a iluminar a todo ser humano «que viene a este mundo». Esta tensión entre particular y universal viene dada por el mismo misterio de la Encarnación.
III. LO UNIVERSAL Y LO PARTICULAR
Jesús de Galilea es un hombre particular que vivió en una cultura determinada en una época de la historia. Por eso se puede decir parafraseando la expresión de San Juan: «El Verbo se hizo judío». Sin embargo el Nuevo Testamento tiene expresiones que atañen a la universalidad: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios viviente» (Mt. 18, 15). «Dios lo hizo Señor y Cristo a ese Jesús que Ustedes han crucificado» (Hechos 2,26), «Jesús es el Cristo» (Hechos 18,15). La expresión «Jesucristo» es la fórmula abreviada de la expresión «Jesús es el Cristo».
El nombre de Cristo es un título dado a Jesús. Es el término de una confesión de Fe en Aquel que está presente hoy entre nosotros y que vendrá al final de los tiempos. Esta confesión expresa una esperanza para el futuro del ser humano y de la creación entera. La palabra «Cristo» expresa la dimensión universal de esa persona concreta que llamamos Jesús. Es la identidad personal del Jesús histórico y del Cristo viviente hoy entre nosotros.
La historia de la Cristología muestra a las claras que cuando el pensamiento se ha inclinado por «Cristo» sin tener en cuenta el Jesús de la historia, se cae en una gnosis y no hay una salvación para el ser humano concreto e histórico según aquello que «lo que no fue asumido no fue redimido». Cuando se ha acentuado al hombre Jesús olvidando al Cristo, se ha perdido el carácter universal del Cristo de nuestra Fe.
Esta tensión que el cristiano vive cuando quiere expresar su Fe, también la vive en su predicación y por ende en la catequesis. Desde una Fe expresada en una cultura, el predicador se abre a otra cultura para transmitir la misma Fe que tomará nuevas e insospechadas formas de expresión.
Una pareja trae un bebé al mundo. Al crecer ese hijo tomará su propio perfil. El predicador con su palabra siembra la Fe. Esta tomará su propio perfil (inculturación).
La universalidad de la Fe que vive el cristiano no lo saca de su marco histórico. Está sometido a lo concreto de su cultura, que lo lleva a determinadas expresiones teológicas y litúrgicas. La universalidad de la Fe te pide estar abierto a otras formas (para él quizá muy llamativas) de expresión. Algunas no podrá hacerlas propias. Tampoco es esa una exigencia de su fe.
El cristiano sabe que Dios es un misterio que supera todas nuestras imaginaciones. Se admirará frente a esas expresiones, pero no se escandalizará por no entenderlas. Como María, guardará todas esas cosas en su corazón. Al magisterio de la Iglesia le corresponde velar por la limpidez de la Fe. También diremos que cuanto más grande es la responsabilidad de un pastor, más grande debe ser su amplitud de miras, hija de la modestia y de la humildad. Deus semper maior.
La inculturación no es una moda pasajera, es una consecuencia de la universalidad de la Fe.
El camino de la inculturación no es una moda de nuestros días. Es una exigencia que trae aparejada a nuestra fe en Jesús que es Cristo. Es una exigencia que nos viene de la universalidad de la salvación traída por Jesús.
El catequista necesita abrir su mente para ir reconociendo el trabajo del Espíritu en esas culturas no evangelizadas. Nadie queda al margen de la entrañable misericordia de Dios. Por eso el anuncio del Señor nunca llega como algo completamente ajeno, sino que encuentra en ese trabajo del Espíritu al «cómplice secreto», al Maestro interior que va haciendo comprensible y familiar la Buena Nueva de Jesús muerto y resucitado.
La inculturación entendida como la estamos describiendo se convierte en un antídoto contra todo tipo de maniqueísmo: Dios de alguna manera está en todas las culturas y en todas las religiones. No hay los con Dios por un lado y los contra Dios por otro lado.
IV. LA ESPIRITUALIDAD QUE BROTA DE LA INCULTURACIÓN
Dentro de la dimensión «inculturación» hay implícita una espiritualidad propia del catequista, en el entendido que todo catequista está llamado a colaborar en esta tarea.
Junto a las culturas ajenas al cristianismo de larga tradición, están las culturas y subculturas que encuentra toda (o) catequista en su ministerio. La cultura de la pobreza, de la marginación, culturas rurales, urbanas, cultura de los jóvenes, de los medios de comunicación... Cada una de ellas posee sus valores, sus símbolos, su lenguaje, sus imágenes.
Quizá hasta hace poco estuvimos ciegos a esta dimensión y todo lo reducíamos a un problema de adaptación de lenguaje y de conversión a la Fe. La Nueva Evangelización nos invita a hacernos sensibles a esta realidad y a no dar por supuesto que tenemos la misma cultura porque hablamos el mismo idioma. La espiritualidad de la inculturación supone hacernos sensibles a esta realidad. Supone aprender a escuchar, a ver y a adaptar. Nos invita a vivir despiertos y a ser creativos.
La Inculturación nos invita a dejarnos enseñar y a ser creativos
El Mensaje del sínodo de los obispos africanos en los números 18 y 19, da una visión que podemos hacer nuestro:
«El campo de la Inculturación es amplio y el sínodo que ha insistido con fuerza sobre su dimensión espiritual al hablar de la importancia del testimonio, pide que no se pierda de vista ninguna de sus dimensiones: teológica, litúrgica, catequética, pastoral jurídica, política, antropológica y comunicativa. Toda la vida cristiana necesita ser inculturada. Una especial atención se debe poner a la inculturación litúrgica y sacramental, pues ella concierne a todo el pueblo quien ofrece su participación. Entre otras condiciones fundamentales ella tiene que ver con la traducción de la Biblia en cada una de las lenguas africanas y la promoción de una lectura personal y comunitaria en el contexto africano y en el espíritu de la Tradición».
«Muchos terrenos concretos han sido tratados para obtener una inculturación deseosa de tocar toda la vida: la veneración a los antecesores, la salud, la enfermedad y la sanación con nuestros medios tradicionales, el matrimonio, la viudez y otros aspectos» (19).
V. CAMINOS DE LA CATEQUESIS
En este siglo la catequesis ha recorrido un largo camino para llegar al tema de las culturas y al desafío de la inculturación. Su movimiento, por lo general, no ha sido pendular. Si así lo hubiese sido, no habría hecho camino. Quiero decir que cada etapa nueva no fue un renunciar a la anterior, sino ir llegando a síntesis más complejas y conformes con el mandato de Jesús: «Vayan y enseñen a todas las gentes».
En el siglo XX se puede hablar de diferentes acentuaciones de la catequesis. Así hablamos de una catequesis centrada sobre el misterio salvador de Jesús, el Kerigma. Más tarde vemos una catequesis que subraya lo antropológico-situacional. Luego aparece una predicación centrada sobre las grandes inquietudes socio-políticas. Al mismo tiempo se acentúa lo comunitario en este ministerio (tema de la semana latinoamericana de Quito: «la comunidad como fuente, lugar y meta de la catequesis»). Y finalmente hablamos de la catequesis inculturada o la catequesis en la Nueva Evangelización (DSD) 248, 249).
Sin embargo, esta mera enumeración puede llevar a una descripción lineal de la catequesis en nuestro siglo que no responde a la realidad. Creo que es más interesante considerar a la catequesis como un cuerpo vivo que va pasando por distintas etapas en un proceso de crecimiento de acuerdo a las diferentes tomas de conciencia que va haciendo el mundo latinoamericano. Dicho de otra manera, se trata de un crecimiento y no de una mera superposición de puntos de vista.
Si nuestra visión es la de una etapa sucediéndose a otra, como las modas del vestir, podríamos exclamar con el Cohelet: «el viento va hacia el sur y gira hacia el norte, va dando vueltas y vueltas y retorna sobre su curso ... No hay nada nuevo bajo el sol» (Eci.1,6).
Tratemos de visualizar esta historia como la historia de un crecimiento, en donde cada etapa está presente en la siguiente. La catequesis inculturada conserva la fuerza del Kerigma, el sentido del ser humano en situación y la urgencia proveniente de la dura realidad político‑social que clama por sociedades más humanas.
Quizá esta Segunda Semana, sea un buen momento para tomar conciencia que entre estas diversas coloraciones de la catequesis no hay opciones. Es un mal planteo proponer la catequesis kerigmática o la antropológica. En el momento actual del pensamiento catequético, se nos pide una forma privilegiada de creación, es decir, elaborar nuevas síntesis. Es propio de las síntesis no eliminar unos datos en beneficio de otros, sino organizarlos en beneficio de una catequesis más rica y fiel a «Dios, a la Iglesia y al ser humano».
VI. EL CATECISMO DE LA IGLESIA CATOLICA
Estamos en un momento de síntesis creativa.
En diciembre del 93, o sea pocas semanas después de la conferencia episcopal de Santo Domingo, Juan Pablo II lanzaba el «Catecismo de la Iglesia Católica». Por momentos pareció a algunos estudiosos que este documento se oponía a la tarea de inculturación señalada en importantes documentos de Juan Pablo II.
En realidad para evitar malos entendidos, la Santa Sede, a través de la «Comisión Editorial del Catecismo», enviaba un «dossier informativo», explicando la naturaleza y uso del Catecismo. Unas semanas más tarde, cuando ya aparece el texto, los números 11 y 12 explican el sentido del documento. Claramente se ve que no se trata de un movimiento opuesto a la inculturación. No es un texto de catecismo para las Iglesias particulares, sino un «punto de referencia» que ayuda en la tarea de elaboración de los catecismos nacionales o regionales inculturados.
No se trata que una línea catequística vaya por la inculturación y otra tome al catecismo de la Iglesia Católica como manual. Este es otro ejemplo para ver cómo distintos elementos necesitan integrarse en nuevas síntesis.
Es el desafío que nos propone esta semana de Caracas, cuando en su objetivo habla de «ofrecer recursos de inculturación del Mensaje Evangélico Integral, utilizando el Catecismo de la Iglesia Católica y las orientaciones del documento de Santo Domingo».



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