Hacia una catequesis inculturada


ANTE EL PLURALISMO RELIGIOSO



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ANTE EL PLURALISMO RELIGIOSO

Una consecuencia importante de la emancipación fue el ingreso de otras religiones a América, principalmente la masonería y el protestantismo, que suprimieron el monopolio del catolicismo y le disputan hasta hoy la hegemonía religiosa en la sociedad.


El ingreso del protestantismo norteamericano tuvo desde el comienzo ribetes agresivos. Un texto protestante de historia enseñaba en 1819 a los niños estadounidenses: P. ¿Se extendió la Reforma a Sudamérica? R. No. P. ¿Se implantó allí la religión papal? R. Sí, con toda su ignorancia, superstición, y continúa allí hasta hoy, con todos sus degradantes efectos en ese mundo austral. P. ¿A qué se pueden atribuir las diferen­cias de carácter entre Norte y Sudamérica? R. A la diferencia de carácter entre las religiones Papal y Protestante.
De los Estados Unidos de Norteamérica llegan misioneros enviados por el American Board, creado por congregacionalistas y presbiterianos en 1810; por la American Baptist Missionary Unión creada en 1814; por la Christian Mission in Many Lands creada en 1836 por los Hermanos de Plymouth. En 1816 surge la Sociedad Bíblica de Nueva York, cuya orientación amplia origina el Federal Council of Churches of Christ, a cual se integra la Iglesia Católica en el siglo XX. Se fundan los mormones en 1830, los Adventistas del Séptimo Día en 1845, los Testigos de Jehová en 1872, con exclusivismo característico de las sectas, y gran dedicación misionera. A fines del siglo XIX aparecen sociedades misioneras interdenominacionales que admiten miembros de cualquier iglesia protestante con tal de apoyar las misiones, y se presentan como Iglesia Evangélica Unida. En 1897 había en Estados Unidos 143 denominaciones y 156 organizaciones misioneras. Encuentran apoyo en el gobierno norteamericano y en los gobiernos latinoamericanos adversos a la Iglesia Católica. Ante la decisión de la Conferencia Mundial de Edimburgo en 1910, de llevar el Evangelio al mundo no cristiano aun con cooperación católica, los delegados norteamericanos fundan en 1913 el Comité de Cooperación para América Latina, con influjo de los fundamentalistas que rechazaban el llamado «evangelio social», y organizan su acción en congresos de 1916 en Panamá, de 1925 en Montevideo y de La Habana en 1929. La expulsión de misioneros de extremo Oriente por los comunistas en 1927, 1934 y 1949 volcó personal hacia América Latina, con gran coordinación y organización.
La catequesis se contentó en gran medida con la dimensión apologética de los catecismos españoles que circulaban desde la Contrarreforma: de Gaspar Astete (1576), de Jerónimo de Ripalda (1586) y sus derivados, como Menéndez Luarca (1787) y Juan Antonio de la Riva (1790 ). El obispo José Antonio de San Alberto recomendaba los catecismos de Astete y de Fleury. En Colombia se imprime en 1815 la Doctrina Cristiana de Gaspar Astete; dos años después el sínodo diocesano de Mérida de Maracaibo dispone uniformar las preguntas y respuestas de los catecismos «conformándose principalmente con el del Padre Astete»; en 1836 se publica el catecismo de Astete con los añadidos de Menéndez Luarca; en 1843 hay otra edición del mismo corregida por los profesores del seminario; en 1933 la conferencia episcopal aprueba el catecismo de Astete «arreglado de acuerdo con la pedagogía moderna», y en 1956 aprueba otra reforma del mismo, que se imprime en 1958. También circularon en el siglo XIX en Colombia el Catecismo Histórico de Fleury y otro de Ayme, canónigo de Arrás en Francia. En Lima se imprimió el Astete en 1856. El decano de Teología de la Universidad de Chile, José I.V. Eyzaguirre, en 1850 consideraba los textos de Astete y Ripalda muy convenientes para las escuelas elementales, pero de García Mazo se recibieron reclamos ese año de que era muy abstracto y difícil por el lenguaje en que explicaba la teodicea. El catecismo de Ripalda se memorizaba también en Cuba, según consta en una visita a la escuela de los betlemitas en Santiago de Cuba en 1816, y en una escuela primaria fundada por los jesuitas en 1862 en Santi Spíritus, donde se completaba con el compendio de Fleury. Todo esto era ajeno y extemporáneo.

MISION Y COLONIALISMO

Al afluir a América en el siglo XIX las congregaciones docentes expulsadas de Europa, continuaron lo que hacían en su tierra de origen. Muchos carecían de la formación misionológica que habría podido darles la Congregación de Propaganda Fide, que al menos desde las Instrucciones de 1659 había dado criterios de inculturaci6n a los misioneros: reprobar sólo las costumbres contrarias al Evangelio, pero estimar el país de destino y su tradiciones de todo género.


Por ejemplo al establecerse en 1836 en Montevideo los primeros escolapios, el plan de estudios de su colegio se propone enseñar «principalmente el santo temor de Dios, la discreta frecuencia de los sacramentos, y la Urbanidad indispensable a todo hombre que vive en sociedad». Incorpora geografía física y matemática, elementos de cronología, aritmética mercantil y teneduría de libros además del «edificio de la instrucción literaria», con latín, griego, francés e italiano, y una extraña asignatura de Mitología y ritos de los Romanos. No se percibe atención a lo autóctono.
Hubo congregaciones misioneras que llegaron a América por propia iniciativa, al conocerse en Europa el desafío del liberalismo y de la laicización, y el ideal de promover el desarrollo confirmó la validez de la escuela. En el siglo XIX eran franceses el 70% de los misioneros del mundo. Entre 1816 y 1880 se fundan en Francia congregaciones como los Oblatos de María Inmaculada, los Hermanos Maristas y los Marianistas, los Misioneros del Sagrado Corazón de Jesús de Issoudun, los Bethlemitas, los Oblatos de San Francisco de Sales de Annecy, los Misioneros de La Salette, los Sacerdotes del Sagrado Corazón de San Quintín, los Padres Blancos, los misioneros y religiosas de los Sagrados Corazones, los misioneros, Padres y Hermanos de la Santa Cruz, que en su mayoría cumplieron tareas educativas. La educación femenina en América se renovó con la llegada de las Hermanas del Sagrado Corazón, las Hermanas de la Unión del Sagrado Corazón, las Hijas de San José, las Hermanas de San José de Tarbes y las de Chambery, las Hermanas de Sión. Hubo también congregaciones que reorientaron sus objetivos hacia la misión universal como los jesuitas al restablecerse, los benedictinos, dominicos, Hermanos de las Escuelas Cristianas, franciscanos, capuchinos, lazaristas, sulpicianos, redentoristas, Hermanas de la Caridad. En Haití después del concordato de 1860 se permitió ingresar a los Hermanos de la Instrucción Cristiana, a las Hijas de la Sabiduría y a las Hermanas de San José de Cluny, que crearon escuelas normales.
El gobierno francés apoyó a los misioneros al percibir el prestigio nacional que aportaban. Después de la derrota de 1870 ante Prusia, los misioneros partían con ideales colonialistas que no cuestionaban, creando dependencia teológica y económica respecto de Europa, y una sensación de inferioridad de la Iglesia local respecto al catolicismo europeo. Demoraron en descubrir el riesgo de alienación cultural y de dependencia de la Iglesia respecto de usos pastorales extranjeros.
Por otra parte, en Brasil la burguesía rural, especialmente en las localidades con enclaves de inmigrantes europeos, optó por las congregaciones docentes extranjeras, porque esperaba de ellas una educación similar a la de su patria de origen.
En cambio, el párroco francés Emilio Vaisse hizo en Chile además de un Compendio del Catecismo Menor, un Catecismo antialcohólico en 1906 que tenía 5a. edición en 1944, porque respondía bien a un problema nacional.
Hubo colonialismo también en escuelas misionales creadas por la Iglesia local. La constitución Argentina de 1853 confiaba al Congreso colonizar los límites del territorio (sección 14), asegurar de las fronteras, mantener relaciones pacíficas con los indígenas y promover su conversión al catolicismo (sección 15). En 1872 el arzobispo Aneiros creó el Consejo para las Misiones de los Indios, que colaboró a esos fines políticos, como también las escuelas misionales fundadas por lazaristas y salesianos en regiones limítrofes, particularmente en la Patagonia.
EL POSITIVISMO Y EL PRAGMATISMO
El agotamiento a que condujeron las luchas de conservadores y liberales atrajo en la segunda mitad del siglo XIX hacia la filosofía positivista, que anteponía el orden a la libertad, con aparente fundamento en las ciencias naturales o positivas, de las cuales podía esperarse el progreso productivo. Le sucede el pragmatismo, con permanente tendencia a la corrupción moral.
Pío IX en el «Syllabus» de 1864 condena la filosofía educativa laicista que niega a la autoridad eclesiástica el derecho a intervenir en las escuelas públicas, y la define por su teoría: «Los católicos pueden aprobar aquella forma de educar a la juventud que prescinde de la fe católica y de la autoridad de la Iglesia y que mira sólo o por lo menos primariamente al conocimiento de las cosas naturales y a los fines de la vida social terrena».
El decano de Teología de la Universidad de Chile recuerda en su Memoria de 1873 que la Liga de la Enseñanza organizada en Bélgica en 1865, tuvo en Nápoles al abrirse el Concilio Vaticano I el 8.12.1869 una reunión con activa participación de la masonería, donde la delegación de París declaró: «Considerando que la idea de Dios es el origen y el apoyo de todo despotismo y de toda iniquidad, los librepensadores de París se comprometieron a trabajar en la abolición pronta y radical del catolicismo, y procurar su destrucción por todos los medios».

 

Desde 1856 el predominio del positivismo francés fue amplio en las clases más ilustradas del Brasil, agregándose desde 1870 el evolucionismo inglés, mientras el pueblo sencillo sincretizó el catolicismo con las religiones politeístas, lo cual contrasta con su oposición nacionalista al calvinismo duran­te la ocupación holandesa del norte brasileño. El obispo de Pará, Dom Antonio de Macedo Costa publica en 1876 su «Catecismo sobre a Iglesia católica, para uso do povo» que incluye una defensa de la fe, y el seglar Joaquín María de Lacerda en 1882 publica en Río de Janeiro su «Pequeña enciclopedia religiosa, contenido catecismo da doctrina cristina, resumo das provas da religiao, histórica sagrada para uso das escolas brasileiras». Al instaurarse la república en 1891, la Iglesia queda separada del Estado, pero en libertad. Entonces llegan congregaciones docentes, por lo cual se multiplican las escuelas primarias y secundarias católicas, y también protestantes y judías en menor medida, mientras la escuela estatal no tenía enseñanza religiosa ni mora.


En las escuelas primarias y secundarias de Chile, tanto estatales como privadas se agregó al catecismo y a la historia sagrada, la enseñanza de Fundamentos de la Fe, que procura enfrentar tanto el laicismo, el racionalismo y el positivismo como las religiones no católicas. Su objetivo fue «presentar las pruebas de la divinidad de la religión cristiana, y en seguida las que manifiestan que la Iglesia que la enseña, cual la fundó su divino autor, es la católica». Para este curso se escriben sucesivamente varios manuales, como el del Pbro. Lorenzo Robles (1858) del cual hay 3a. edición en 1897, y otros. El 26.8.1920 la Ley de Instrucción Pública en su art. 70 ordena enseñar en las escuelas normales dogma y Fundamentos de la Fe.
El Boletín de Instrucción Pública de 1865 informa sobre los textos de religión en uso en liceos estatales y escuelas normales, donde predominan los autores locales. Los cursos preparatorios de los seminarios de Santiago y de La Serena siguen el Catecismo Elemental de Astete, mientras el seminario de La Serena usa el del español García Mazo y el de Concepción el del Pbro. José Raimundo Cisternas (1853). El Catecismo de la Doctrina Cristiana del P. José Ignacio Benítez, O.P. (1835) del cual se conocen 15 ediciones hasta 1914, se usa en la Escuela Normal de Preceptores y en el Liceo de San Fernando. El Catecismo de la Doctrina Cristiana del Pbro. José Ramón Saavedra (1856) que tuvo una 15a. edición en 1893, se usa en el Instituto Nacional, en el Liceo de San Fernando, en los seminarios de Santiago y Concepción y en las escuelas normales masculina y femenina. La Historia Sagrada de Drioux se usa en la Escuela Normal de Preceptores y en los seminarios de Concepción y de La Serena; la de Duruy en el Instituto Nacional y en el Liceo de San Fernando; la del Pbro. Francisco de Paula Taforó Zamora (1849) se usa en ambas escuelas normales, mientras la Vida de Jesucristo de Domingo F. Sarmiento se usa en la Escuela de Práctica de la Escuela Normal de Preceptores. El Tratado de los Fundamentos de la Fe del Pbro. José Manuel Orrego (1848) se usa en el Instituto Nacional, en el Liceo de Talca, en la Escuela Normal de Preceptores y en el seminario de Santiago. En la Escuela Normal de Preceptoras dirigida por las Religiosas de¡ Sagrado Corazón, francesas, se usaba en 1863 para Fundamentos de la Fe el texto español de García Mazo. En el liceo de Concepción se enseña Catecismo, Historia Sagrada y Fundamentos de la fe con tex­tos de Fernando Blait.
En la enseñanza estatal «los maestros y los textos que recomiendan, transmiten principios opuestos al dogma, a la verdad religiosa, como sucede en diversos ramos: en literatura, por ejemplo, se niega la autenticidad del Pentateuco; la historia despierta simpatías por el pensamiento ateo y contrario al orden social; el derecho natural destruye el concepto de la autoridad divina, y establece la utilidad como fundamento de todo derecho; la historia natural deforma el conocimiento acerca del origen del hombre» León XIII declaró en su encíclica «Militantis Ecctesiae» de 1897 insuficiente la catequesis escolar, si el resto de la formación en la escuela no infunde sentimientos de piedad.
El I Concilio Plenario de América Latina en 1899 manda «procurar con todo empeño establecer escuelas católicas primarias, en que la doctrina religiosa ocupe el primer lugar en la educación y en la formación» (N° 676). Propone exponer en los colegios de segunda enseñanza la doctrina sobre fe y moral «atendiendo a su edad ya más madura y teniendo presentes los peligros y necesidades de nuestra época» (N° 689).
Más inculturadora fue su norma de «que en el término de cinco años, en cada república, o al menos en cada provincia eclesiástica, de común acuerdo de los obispos, se compile un solo catecismo, excluyendo todos los demás, juntamente con un breve sumario de las cosas más necesarias que tienen que saber los niños y los rudos» (N° 708). En Chile se adoptaron como catecismo nacional las traducciones que hizo Gaspar Bohle Sander, ordenado en la diócesis de Ancud, de los catecismos neoescolásticos de Joseph Deharbe, S.J., publicados medio siglo antes en Alemania. En Brasil los obispos en 1904 publicaron un catecismo elaborado desde 1901, adaptando el catecismo de Lombardía en sus niveles menor, mínimo y mayor, llamados l°, 2° y 3er. catecismo, que con ese respaldo oficial ha tenido numerosas ediciones: en 1988 el l° llevaba 130, el 2° en 1989 llevaba en 97, y un resumen para la primera comunión basado en ellos llevaba 45 en 1982.
En 1905 San Pío X en su encíclica «Acerbo Nimis» exige organizar la acción catequística en las familias, parroquias y escuelas y en 1917 el Código de Derecho Canónico declara: «Los niños católicos no deben asistir a las escuelas acatólicas, neutras o mixtas, es decir, que también están abiertas para los acatólicos» aunque deja al Ordinario la decisión sobre las circunstancias en que dicha asistencia se puede tolerar (can. 1374). En 1923 un motu proprio de Pío XI crea un Oficio Catequístico en la Sagrada Congregación del Concilio, que en 1929 ordenó a cada obispo crear un secretariado diocesano y en 1935 en el decreto «Provido Sane Consilio» da normas para la catequesis de adultos y niños, la formación de los catequistas, la supervisión de la catequesis y sugiere organizar en cada lugar la Cofradía de la Doctrina Cristiana. La encíclica «Divini lllius Magistri» de Pío XI en 1929 pide «que la educación y enseñanza toda, la organización toda de la es­cuela, es decir, maestros, métodos, libros, en lo que atañe a cualquier disciplina, de tal modo estén imbuidos y penetrados de espíritu cristiano, ....que la religión constituya no sólo el fun­damento, sino la cúspide de toda la educación» (Denz. 2220).
En una década clave hay en Chile un vaivén de normas estatales tal vez similar al de otros países. El Decreto 1029 de 11.4.1929 permite a los sacerdotes autorizados por el Ministerio de Educación dar gratuitamente clases de Religión en las escuelas. El Decreto Supremo 5291 del 22.11.1929 sobre la Enseñanza Religiosa incluye en el plan de educación de las escuelas primarias la enseñanza de Religión y Moral (art. 21). El Decreto Ley del Ministerio Educación Pública 6355 del 31.12.1929 autoriza a los seglares con idoneidad reconocida por la autoridad de la diócesis para enseñar gratuitamente religión y moral cristiana conforme a los programas vigentes, y establece que los padres o guardadores pueden eximir de la clase de religión a sus hijos o pupilos. El Decreto de Educación Pública 5523 del 26.12.1933 establece el examen de teoría y práctica pedagógica necesario a los seglares para enseñar religión. El Decreto del Ministerio de Educación Pública 6477 del 29.8.1934 aprueba el reglamento y programa del examen de pedagogía y metodología de la enseñanza de Religión. Frente a una derogación de esos decretos ordenada el 23.5.1939 por el gobierno radical recientemente elegido, la ley 6477 del 20.12.1939 incorpora el contenido de estos decretos anteriores y los precisa: la prueba escrita versará sobre tres temas: uno de pedagogía, otro sobre didáctica de la enseñanza de la religión y otro sobre la formación moral del niño; la materia para la clase práctica se sujetará al Decreto del Ministerio de educación 5794 del 10.12.1928.
En 1935 por primera vez la Escuela Normal Abelardo Núñez, del Estado, titula 17 maestras de religión. Las normas de la ley de 1939 siguen en general vigentes hasta hoy.
La Convención Nacional del Partido Radical en La Serena en junio de 1939 decide que «la enseñanza religiosa debe ser eliminada de los programas educacionales»; «no dar cabida a la enseñanza particular», y «confiscación de los bienes de las congregaciones o comunidades religiosas, con exclusión de los templos y elementos destinados al culto».




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