Gt-08. Desigualdad, vulnerabilidad y exclusión social socialización de la vulnerabilidad femenina



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GT-08. DESIGUALDAD, VULNERABILIDAD Y EXCLUSIÓN SOCIAL

Socialización de la vulnerabilidad femenina


Angélica Bautista López1

Universidad Autónoma Metropolitana

Campus Iztapalapa

MÉXICO
Gustavo Martínez Tejeda2

Universidad Pedagógica Nacional

MÉXICO

RESUMEN

En el presente trabajo se propone que la desigualdad de género se socializa en las familias. Fundamentalmente, la socialización es un proceso en virtud del cual el individuo aprende a adaptarse a las normas, imágenes y valores de su grupo (Giner, 1969). En estos grupos sociales las niñas se reconocen como mujeres, con una relación desigual frente a los hombres. Pero más allá de una visión del mundo desigual, estas niñas enfrentan un entorno social hostil cuando se trata de construirse un futuro. El contexto socioeconómico limita las posibilidades de desarrollo de niñas y niños, pero el contexto sociocultural de la pobreza integral es el que marca una segunda desigualdad, en este caso de género. Nos referimos refiero a la determinación de un rol del género femenino delimitado por el requerimiento funcional de reproducir la vida cotidiana. Se socializa a las niñas para la atención y el cuidado de una familia. Ésta, que es una opción de vida para la mujer sin menoscabo del desarrollo de un proyecto de vida propio, se convierte, dentro del contexto de la pobreza integral, en el único camino posible. En el proceso de la identidad social, la diferencia entre unas y otros, es indispensable. Siguiendo a Tajfel (1981), las características culturales aludidas son indispensables para la vida práctica. La identidad de lo femenino y de lo masculino dota de sentido a las prácticas socializadoras. Esto significa que en un entorno de exclusión y desigualdad, las normas y reglas de la vida cotidiana exacerban, al interior de las familias, las desigualdades de género, posibilitando que las niñas sean vulnerables a la seducción de hombres entrenados para enganchar mujeres jóvenes. El fenómeno de la trata de personas para el comercio sexual en México, se sustenta en una característica cultural de las poblaciones marginadas. Así, los sentidos cotidianos exacerban la desigualdad estructural, en una dimensión más fenoménica, que se aprecia irresoluble. En el análisis se propone una cotidianeidad alternativa, que apunta hacia la posibilidad de concretar las aspiraciones hacia la equidad, mediante una perspectiva que desvanezca las diferencias, bajo el establecimiento de metas supraordenadas (Sheriff, 1961), que en la vida práctica de las comunidades, lleve a las familias a la realización de tareas en las que todos los integrantes cuenten con un papel relevante, bajo la lógica de que la cooperación y las metas comunes sirven para atenuar el conflicto, pues estimulan a los miembros de grupos antagónicos a verse como miembros de un grupo más grande.


Palabras clave: Desigualdad social, socialización de la vulnerabilidad femenina, construcción de futiros posibles.

INTRODUCCIÓN

La desigualdad es un fenómeno social tan amplio que resulta demasiado complejo en su análisis, por lo que es necesario analizarlo en su concreción histórica y cultural. En el presente trabajo se exponen las conclusiones de cuatro investigaciones realizadas entre el 2000 y el 2012, con mujeres que viven situaciones carentes de recursos y oportunidades, en familias marginadas en México. El planteamiento es que existe, hoy en día, un tipo de socialización del “ser mujer” y del “ser hombre”, que les limita la posibilidad de construcción de futuros. Las entrevistas etnográficas realizadas a mujeres que ejercen la prostitución en la ciudad de México, muestra que existe, o - para decirlo apropiadamente- se constituye una vulnerabilidad femenina, en un entorno de socialización que lleva a las mujeres, de este tipo de familias, a ser susceptibles a situaciones de exclusión que acrecientan su marginación. En estos contextos de pobreza integral el género se socializa a partir de la división sexual del trabajo más primitiva. Las mujeres paren a los hijos y, por lo tanto, los cuidan: lo femenino es lo maternal, lo doméstico, en contraposición a lo masculino, que es lo público. La dicotomía masculino/femenino, con sus variantes culturales, establece estereotipos, las más de las veces rígidos, que condicionan los papeles y limitan las potencialidades humanas de las personas al estimular o reprimir los comportamientos en función de su adecuación al género (Lamas, 1997, pp. 114). De esta manera se socializa la desigualdad de género. Fundamentalmente, la socialización es un proceso en virtud del cual el individuo aprende a adaptarse a las normas, imágenes y valores de su grupo (Giner, 1969). En estos grupos sociales las niñas se reconocen como mujeres, con una relación desigual frente a los hombres. Pero más allá de una visión del mundo desigual, estas niñas enfrentan un entorno social hostil cuando se trata de construirse un futuro. El contexto socioeconómico limita las posibilidades de desarrollo de niñas y niños, pero el contexto sociocultural de la pobreza integral es el que marca una segunda desigualdad, en este caso de género. Nos referimos a la determinación de un rol del género femenino delimitado por el requerimiento funcional de reproducir la vida cotidiana. Se socializa a las niñas para la atención y el cuidado de una familia. Ésta, que es una opción de vida para la mujer sin menoscabo del desarrollo de un proyecto de vida propio, se convierte, dentro del contexto de la pobreza integral, en el único camino posible. En el proceso de la identidad social, la diferencia entre unas y otros, es indispensable. Siguiendo a Tajfel (1981), las características culturales aludidas son indispensables para la vida práctica. La identidad de lo femenino y de lo masculino dota de sentido a las prácticas socializadoras. Esto significa que en un entorno de exclusión y desigualdad, las normas y reglas de la vida cotidiana exacerban, al interior de las familias, las desigualdades de género, posibilitando que las niñas sean vulnerables a la seducción de hombres entrenados para enganchar mujeres jóvenes. El fenómeno de la trata de personas para el comercio sexual en México, se sustenta en una característica cultural de las poblaciones marginadas. Así, los sentidos cotidianos exacerban la desigualdad estructural, en una dimensión más fenoménica, que se aprecia irresoluble. En el análisis se propone una cotidianeidad alternativa, que apunta hacia la posibilidad de concretar las aspiraciones hacia la equidad, mediante una perspectiva que desvanezca las diferencias, bajo el establecimiento de metas supraordenadas (Sheriff, 1961), que en la vida práctica de las comunidades, lleve a las familias a la realización de tareas en las que todos los integrantes cuenten con un papel relevante, bajo la lógica de que la cooperación y las metas comunes sirven para atenuar el conflicto, pues estimulan a los miembros de grupos antagónicos a verse como miembros de un grupo más grande.

La vulnerabilidad femenina como expresión contemporánea de un conflicto social

Berger y Luckmann (1986) afirman que es en la socialización primaria donde se constituye un mundo de base para los seres humanos, en el que se establecen pautas de relación que son altamente valoradas por el grupo social en cuestión y que conforman la vida cotidiana. Se trata de una manera de ser y de hacer que es asumida como la única posible. De acuerdo con estos autores, es en la socialización secundaria donde esa única manera de vivir la vida se confronta con otras posibilidades. Así sucede, por ejemplo, en la adolescencia, cuando lo establecido se confronta con nuevas formas de vivir. En este proceso, interminable según los autores, el adolescente, y luego el adulto, se insertan en diferentes submundos, por lo que adquieren la flexibilidad necesaria para reconocer diferentes formas de vivir (Berger y Luckmann, 1972).

Sin embargo, el mundo de base socializado en esa fase primaria (hasta 10 años) es fundamental para propiciar u obstaculizar el tránsito hacia la vida adulta. Es en la socialización primaria donde se socializa lo que aquí denomino vulnerabilidad femenina. Se plantea la hipótesis de que en ciertos grupos sociales la imposición normativa de la vida familiar y de las prácticas culturales asociadas al ser mujer se socializan con gran rigidez. Así, se plantea que las niñas cuentan con una concepción de su ser y de su futuro fuertemente anclada en la idea del ser para otros, lo cual las hace sumamente susceptibles y vulnerables.

El fenómeno de interés se puede plantear como la expresión de un conflicto social no resuelto entre la búsqueda de la equidad como pretensión contemporánea y la imposición de una visión masculina de la vida dentro de las familias y en lo tocante a la socialización y crianza de las niñas. En México, sobre todo en el ámbito rural pero no sólo ahí, las familias educan a sus hijos e hijas de manera desigual. Esta es una realidad existente desde hace mucho tiempo; digamos que no es ninguna novedad. Sin embargo, es una realidad poco aceptada debido al creciente reconocimiento, en los últimos años, de la argumentación políticamente correcta que dicta la igualdad entre hombres y mujeres como única opción viable para vivir en sociedad. Esto genera una disputa cotidiana, en todos los grupos sociales.



Las formas culturales que se manifiestan en el comportamiento de los hombres y las mujeres en sociedad son, en realidad, construcciones sociales que muestran, entre otras cosas, la interacción de diversas instituciones, enmarcadas en cosmovisiones diversas. En ciertos contextos, las formas culturales del ser hombre y el ser mujer, en nuestra sociedad, muestran el peso de la normatividad y de la autoridad social. Durante la socialización del hombre y la mujer se aprecia la interacción de un amplio número de instituciones económicas, sociales, políticas y religiosas. Las instituciones económicas se hallan en la base de la socialización de lo que numerosos teóricos han denominado conciencia de clase. Las instituciones que se encargan de la reproducción y la sexualidad también actúan de manera similar, por lo que la institucionalización de la pareja y la familia muestra, en el actuar de las personas, la expresión de objetivaciones derivadas de este proceso. Tal es el caso de los ritos de iniciación sexual de los varones y las mujeres, claramente diferenciados. Sin embargo, estas instituciones no norman la vida de las personas de manera unívoca. De hecho, la socialización del ser mujer es un proceso complejo en el que se hacen presentes diversas instituciones. Por ejemplo, dentro de este planteamiento las mujeres urbanas jóvenes son menos vulnerables que las mujeres rurales jóvenes. La norma económico-sexual de la vida moderna urbana dicta la necesidad de postergar la elección de pareja y (o) la maternidad. Esto es posible porque en las sociedades modernas urbanas existen algunas opciones para estas mujeres. La familia y el entorno social en la vida urbana moderna reconocen la necesidad de que las niñas y jóvenes cuenten con algunas opciones para la vida adulta. Quizás no sean opciones de gran envergadura o de gran calado, y muy probablemente no sean las opciones más anheladas por la familia, pero se reconoce su importancia. Nos referimos a que las familias no aceptan (precisamente porque la desigualdad social y de género siguen presentes) la opción de que la niña o la joven construya su proyecto de vida propio. En la actualidad se sigue reconociendo que la opción primera y más valiosa de una joven se ubica en la formación de su propia familia. Sin embargo la demanda económica, en una sociedad en crisis, es una realidad que tarde o temprano alcanzará a las mujeres, razón por la cual las familias urbanas modernas reconocen la importancia de propiciar e impulsar alternativas laborales para sus hijas. Ésta no es la situación en el caso de las mujeres rurales jóvenes. El contexto económico-sexual del ámbito rural es otro. El trabajo femenino no remunerado ha sido y es muy importante en este contexto (GIMTRAP, 1999). Las alternativas para la vida futura de estas mujeres son inexistentes. La familia se convierte en una institución socializadora de un único trayecto para la vida adulta. Así, la razón por la cual interesa que la niña no acceda a la adultez es la opción pragmática del apoyo a la economía de la familia de base. Las mujeres realizan labores domésticas de importancia para la reproducción social (Heller, 1986), justamente en el espacio de la reproducción de la vida cotidiana. La salida de la casa familiar o casa paterna para hacerse cargo de otra casa se convierte en la única opción para estas jóvenes. De esta manera, la elección de pareja se erige en la elección del único futuro posible. Si bien en la actualidad podemos reconocer una forma del pensamiento social vinculada a la reflexión del género y de sus disputas que ubica la elección de pareja como uno de los elementos que conforman lo que se conoce como adolescencia y adultez, en la vida urbana existe un espacio relativamente amplio de experimentación para las jóvenes. El noviazgo como institución preparatoria para la vida adulta es un espacio y tiempo en crecimiento que se incorpora a la vida cotidiana en el proceso de construcción del futuro. Las jóvenes se preparan para la vida y tienen uno, dos o más novios. En el mundo rural, las chicas se preparan para la vida con la inicial búsqueda de un novio. En ambos contextos esa experiencia es, obviamente, muy distinta. Esta diferencia no se deriva del hecho mismo de vivir en una urbe o en un ámbito campirano; se trata de una diferencia largamente socializada en la familia.

A lo que hacemos referencia es a la interacción entre las instituciones sexuales y las económicas. Hoy día es común que se desarrollen formas diversas para postergar la gratificación, aunadas a la división sexual del trabajo tanto en el hogar como en los centros laborales. En ese contexto, el pensamiento social se expresa a través de complejas interacciones dentro del sistema social (De Lomnitz, 2003). Las razones para un cambio en las normas sociales que enmarcan el temperamento y la conducta sexuales son también complejas. Así, las personas manifiestan de diversas formas su mayor o menor conformidad a las mismas, por lo que no se trata de meras divisiones derivadas de lo que se reconoce como diferencias sexuales biológicas.

Sin embargo, el género ha servido y sirve para trazar fronteras entre lo permisible y lo no permisible. El planteamiento aquí es que la socialización en un contexto de pobreza integral3 en el que la familia, particularmente los padres, no cuentan con opciones de futuro para sus hijas, la visión del género es unívoca y centrada en la delimitación ideologizada de la diferenciación sexual biológica. Hablamos de una delimitación inherente a un tipo de vida cotidiana que tiene una gran variedad de funciones políticas, económicas y sociales. Se trata de una normatividad del género –femenino y masculino- que no se aprecia sólo en el discurso, pues también se transmite a través de otros símbolos no lingüísticos. Si bien es cierto que existe un lenguaje de género que influye en cómo se piensan o se dicen las cosas, también es un hecho que se han constituido formas narrativas que dan por sentada la necesaria presencia de un protagonista masculino en la vida de toda mujer. Esto se expresa en la literatura rosa así como en las telenovelas y en el cine, además de que constituye un tema común en las conversaciones entre mujeres, en las que se habla de encontrar a un príncipe azul.

Socialización de la vulnerabilidad femenina

Existe abundante evidencia de que en el pensamiento social está presente la idea de que la diferencia biológica (anatómica, bioquímica, etc.) es una diferencia sustantiva, que define el destino de las personas. Ésta es una idea ampliamente discutida y rebatida por teóricos de diverso signo, que se ha extendido al análisis social contemporáneo y está presente en la forma de pensar de las personas; se trata de un precepto impregnado de prejuicios muy enraizados en él. No constituye una manera de pensar generalizada, pero sí se manifiesta como una visión, presente en ciertos contextos culturales en zonas rurales.

Así, en los grupos sociales más marginados, existe una concepción de las mujeres que se enmarca en la desigualdad de base derivada de la diferenciación biológica. En este marco cultural no se reconoce que las mujeres son agentes con la misma importancia que los varones en la acción social y política; ése es un argumento propio de otros grupos sociales. En cambio, en los grupos sociales a los que hacemos referencia persiste un marco cultural de desigualdad de género que encamina los esfuerzos de socialización a la consolidación de roles de género muy estructurados. En el caso de las mujeres, la constante es su subordinación política como grupo (como género) a los hombres.

La concepción de los roles masculino y femenino en estos contextos culturales se remite a la asunción de la diferencia biológica entre los sexos, a través de la cual la subordinación femenina se naturaliza, esto es, se propone como natural e inevitable.

En los estudios de género se reconoce ampliamente que no es lo mismo sexo biológico que identidad asignada o a adquirida. De hecho, el contenido de lo femenino y lo masculino varía de cultura a cultura. La asignación del género es una construcción social. Se trata de una interpretación social de lo biológico. En realidad, el discurso sobre género plantea que su construcción se da en un proceso que va de la asignación del género en el momento del nacimiento y a través de la identificación de los genitales a la identidad de género, que se establece en el proceso inicial de socialización vinculado con la adquisición del lenguaje (entre los 2 y 3 años de edad), hasta llegar al papel o rol de género, en el que se introyectan las normas y prescripciones que delimitan el ser hombre o ser mujer en la sociedad y la cultura de que se trate.

Si bien el proceso es reconocible de cultura a cultura y de grupo social a grupo social, los contenidos del mismo presentan variantes de acuerdo con la cultura, la clase social, el grupo étnico, la época, etc. Aun con estas variantes, en los grupos sociales menos favorecidos todavía se socializa a las niñas de una manera desigual y deficitaria en comparación con la socialización de los niños. En estos contextos de pobreza integral, el género se socializa a partir de la división sexual del trabajo más primitiva. Las mujeres paren a los hijos y, por lo tanto, los cuidan: lo femenino es lo maternal, lo doméstico, en contraposición a lo masculino, que es lo público. La dicotomía masculino/femenino, con sus variantes culturales, establece estereotipos, las más de las veces rígidos, que condicionan los papeles y limitan las potencialidades humanas de las personas al estimular o reprimir los comportamientos en función de su adecuación al género (Lamas, 1997, pp. 114).

De esta manera se socializa la desigualdad de género. Fundamentalmente, la socialización es un proceso en virtud del cual el individuo aprende a adaptarse a las normas, imágenes y valores de su grupo (Giner, 1969). En estos grupos sociales las niñas se reconocen como mujeres, con una relación desigual frente a los hombres. Pero más allá de una visión del mundo desigual, estas niñas enfrentan un entorno social hostil cuando se trata de construirse un futuro. El contexto socioeconómico limita las posibilidades de desarrollo de niñas y niños, pero el contexto sociocultural de la pobreza integral es el que marca una segunda desigualdad, en este caso de género. Nos referimos a la determinación de un rol del género femenino delimitado por el requerimiento funcional de reproducir la vida cotidiana. Se socializa a las niñas para la atención y el cuidado de una familia. Ésta, que es una opción de vida para la mujer sin menoscabo del desarrollo de un proyecto de vida propio, se convierte, dentro del contexto de la pobreza integral, en el único camino posible.

Es cierto que la socialización como proceso psicosocial lleva a los seres humanos a optar por un camino en detrimento de otros. Como dicen Mussen, Conger y Kagan (1969), la socialización es el proceso que lleva a un individuo a reducir su expresión en la vida social, a unas cuantas opciones, pese a que en su nacimiento se podían haber vislumbrado muchas más posibilidades de desarrollo. No obstante, este proceso que encauza a las personas, puede, en ciertos contextos, ofrecer diversas alternativas e incluso puede ser cuestionado por el adulto. Aquí el planteamiento se ubica en la carencia de elementos para sostener dicho cuestionamiento y en la limitación de opciones para el desarrollo de la niña, la adolescente y la adulta (Bautista y Conde, 2006).

Como plantea Szasz (1997), existe una mayor desventaja femenina, en situaciones de pobreza, derivada de la posición que ocupan las mujeres en la división social del trabajo, la valoración diferencial de lo femenino y lo masculino y las normas sociales prevalecientes para el control de la sexualidad en la procreación. Nuestro planteamiento al respecto se refiere a una condición de pobreza más allá de la carencia económica. La conceptualización de la pobreza integral, se refiere, en este caso, a un contexto sociocultural marcado por la desigualdad social que se reproduce en el interior de las familias, cercando la vida futura de las mujeres.

Así, se alimenta una visión de lo femenino que dota de un marco cultural a la necesidad fundamental de alcanzar el estatus de mujer a partir de un hombre. Esa cosmovisión es vista aquí como vulnerabilidad femenina. Se trata de una visión, compartida por hombres y mujeres, que reconoce la ausencia de opciones para estas últimas; esta carencia se naturaliza y se incluye como parte integral de la identidad de género. Es la mujer que se vanagloria de su dependencia del varón. Esta situación hace a las mujeres vulnerables a múltiples riesgos de violencia. Esta vulnerabilidad femenina está presente también en la vida urbana, pero los riesgos son más graves en la vida rural.

La vulnerabilidad femenina, al naturalizarse y expresarse en la identidad de género, limita las posibilidades de trasgresión del orden establecido. La ausencia de futuros posibles, sin el predominio masculino, lleva a las mujeres a aceptar condiciones de rechazo, discriminación y violencia de todo tipo. Siguiendo a Szasz se puede afirmar que si las perspectivas de incorporación de las mujeres al desarrollo se plantean desde la escolarización y la inserción laboral, así como desde la promoción de cambios legislativos en favor de las mujeres, se está desconociendo la complejidad cultural de la subordinación de género, que excluye a las mujeres de la retribución económica y del ejercicio del poder, que mantiene el control masculino de la sexualidad y la procreación y que limita la autonomía, movilidad y actividad de las mujeres. En este caso se propone que la alternativa a esta desigualdad reside en reinterpretar, socialmente, los elementos simbólicos que atribuyen un significado inferior a las tareas femeninas y al trabajo realizado por las mujeres, en aras de superar la segregación genérica en los mercados laborales, la división sexual del trabajo en relación con el control de la sexualidad y la reproducción. (Szasz, 1999). El planteamiento del presente trabajo se centra en el reconocimiento de que esta tarea involucra a la familia. Acceder a este cambio requiere una visión diferente de la socialización de las niñas en las sociedades contemporáneas

Conclusiones

Reconocer la forma que en el terreno del género adquiere la desigualdad social supone aceptar una visión de lo femenino marcada por la construcción de una identidad de género en la cual lo que prevalece es la ausencia de opciones para desarrollar un proyecto de vida propio en el caso de las niñas. Esto implica una identidad de género vulnerable por su doble dimensión de exclusión. Más allá de ser para otros, la razón de ser de las mujeres se da únicamente a partir de otro. Esta forma de enfrentar la vida es deficitaria y carente. En el presente trabajo se ha propuesto que esta situación se reproduce en la socialización de las niñas, sobre todo en contextos de lo que aquí se ha denominado pobreza integral. Es un estilo de sociedad en el que las normas y prescripciones son naturalizadas de manera rígida por hombres y mujeres, quienes manejan un discurso conservador y lo objetivan en reglas sociales que limitan a las mujeres y las alejan de la escolarización y la formación para el trabajo. El resultado es claro: ser a partir de otro y enfrentar un contexto económico difícil pone en alto riesgo a estas mujeres, que son susceptibles de ser violentadas y excluidas.

Lo anterior implica que, más allá de desarrollar políticas públicas que acrecienten las opciones formativas de las mujeres, es imprescindible asumir otras concepciones del mundo familiar para propiciar, a largo plazo, que la utopía del presente, esto es la equidad, sea un elemento simbólico reconocible para hombres y mujeres y para padres e hijos. Esto implicaría que la dimensión de lo político se hiciera presente en dichos grupos sociales. Las mujeres que cuestionan sus opciones de futuro son, seguramente, mujeres que rechazan la vulnerabilidad femenina.

Bibliografía

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Tajfel, H. (1981). Human Groups and Social Categories. Cambridge University Press, Cambridge.



1 blal@xanum.uam.mx

2 gmtpsiupn@yahoo.com

3 Para el presente trabajo pobreza integral hace referencia a una pobreza que asume, además de las carencias económicas propias de la noción pobreza, carencias referidas a la noción de capital cultural (Farkas, G. 1996).


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