Friedrich Nietzsche



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Friedrich Nietzsche

Más allá del bien y del mal
Prólogo
Suponiendo que la verdad sea una mujer -, ¿cómo?, ¿no está justificada la sospecha de que todos los filósofos, en la medida en que han sido dogmáticos, han entendido poco de mujeres?, ¿de que la estremecedora seriedad, la torpe insis­tencia con que hasta ahora han solido acercarse a la verdad eran medios inhábiles e ineptos para conquistar los favores precisamente de una hembra? Lo cierto es que la verdad no se ha dejado conquistar: - y hoy toda especie de dogmática está ahí en pie, con una actitud de aflicción y desánimo. ¡Si es que en absoluto permanece en pie! Pues burlones hay que afirman que ha caído, que toda dogmática yace por el suelo, incluso que toda dogmática se encuentra en las últimas. Ha­blando en serio, hay buenas razones que abonan la esperanza de que todo dogmatizar en filosofía, aunque se haya presen­tado como algo muy solemne, muy definitivo y válido, acaso no haya sido más que una noble puerilidad y cosa de princi­piantes; y tal vez esté muy cercano el tiempo en que se com­prenderá cada vez más qué es lo que propiamente ha bastado para poner la primera piedra de esos sublimes e incondicionales edificios de filósofos que los dogmáticos han venido levantando hasta ahora, - una superstición popular cual­quiera procedente de una época inmemorial (como la su­perstición del alma, la cual, en cuanto superstición del suje­to y superstición del yo, aún hoy no ha dejado de causar daño), acaso un juego cualquiera de palabras, una seduc­ción de parte de la gramática o una temeraria generaliza­ción de hechos muy reducidos, muy personales, muy huma­nos, demasiado humanos. La filosofía de los dogmáticos ha sido, esperémoslo, tan sólo un hacer promesas durante mi­lenios: como lo fue, en una época aún más antigua, la astro­logía, en cuyo servicio es posible que se hayan invertido más trabajo, dinero, perspicacia, paciencia que los invertidos hasta ahora en favor de cualquiera de las verdaderas cien­cias: - a la astrología y a sus pretensiones «sobreterrenales» se debe en Asia y en Egipto el estilo grandioso de la arquitec­tura. Parece que todas las cosas grandes, para inscribirse en el corazón de la humanidad con sus exigencias eternas, tie­nen que vagar antes sobre la tierra cual monstruosas y tre­mebundas figuras grotescas: una de esas figuras grotescas fue la filosofía dogmática, por ejemplo la doctrina del Ve­danta en Asia y en Europa el platonismo. No seamos ingratos con ellas, aunque también tengamos que admitir que el peor, el más duradero y peligroso de todos los errores ha sido has­ta ahora un error de dogmáticos, a saber, la invención por Platón del espíritu puro y del bien en sí. Sin embargo, ahora que ese error ha sido superado, ahora que Europa respira aliviada de su pesadilla y que al menos le es lícito disfrutar de un mejor - sueño, somos nosotros, cuya tarea es el estar despiertos, los herederos de toda la fuerza que la lucha con­tra ese error ha desarrollado y hecho crecer. En todo caso, hablar del espíritu y del bien como lo hizo Platón significa­ría poner la verdad cabeza abajo y negar el perspectivismo, el cual es condición fundamental de toda vida; incluso, en cuanto médicos, nos es lícito preguntar: «¿De dónde proce­de esa enfermedad que aparece en la más bella planta de la Antigüedad, en Platón?, ¿es que la corrompió el malvado Só­crates?, ¿habría sido Sócrates, por lo tanto, el corruptor de la juventud?, ¿y habría merecido su cicuta?» - Pero la lucha contra Platón o, para decirlo de una manera más inteligible para el «pueblo», la lucha contra la opresión cristiano-ecle­siástica durante siglos -pues el cristianismo es platonismo para el «pueblo»- ha creado en Europa una magnífica ten­sión del espíritu, cual no la había habido antes en la tierra: con un arco tan tenso nosotros podemos tomar ahora como blanco las metas más lejanas. Es cierto que el hombre euro­peo siente esa tensión como una tortura; y ya por dos veces se ha hecho, con gran estilo, el intento de aflojar el arco, la primera, por el jesuitismo, y la segunda, por la ilustración democrática: - ¡a la cual le fue dado de hecho conseguir, con ayuda de la libertad de prensa y de la lectura de periódicos que el espíritu no se sintiese ya tan fácilmente a sí mismo como «tortura»! (Los alemanes inventaron la pólvora -¡to­dos mis respetos por ello!, pero volvieron a repararlo-, in­ventaron la prensa.) Mas nosotros, que no somos ni jesuitas, ni demócratas, y ni siquiera suficientemente alemanes; no­sotros los buenos europeos y espíritus libres, muy libres - ¡nosotros la tenemos todavía, tenemos la tortura toda del es­píritu y la entera tensión de su arco! Y acaso también la fle­cha, la tarea y, ¿quién sabe?, incluso el blanco...
Sils-Maria, Alta Engadina,

en junio de 1885


Sección primera

De los prejuicios de los filósofos


1
La voluntad de verdad, que todavía nos seducirá a correr más de un riesgo, esa famosa veracidad de la que todos los fi­lósofos han hablado hasta ahora con veneración: ¡qué pre­guntas nos ha propuesto ya esa voluntad de verdad! ¡Qué ex­trañas, perversas, problemáticas preguntas! Es una historia ya larga, - ¿y no parece, sin embargo, que apenas acaba de empezar? ¿Puede extrañar el que nosotros acabemos hacién­donos desconfiados, perdiendo la paciencia y dándonos la vuelta impacientes? ¿El que también nosotros, por nuestra parte, aprendamos de esa esfinge a preguntar? ¿Quién es propiamente el que aquí nos hace preguntas? ¿Qué cosa exis­tente en nosotros es lo que aspira propiamente a la «verdad»? - De hecho hemos estado detenidos durante largo tiempo ante la pregunta que interroga por la causa de ese querer, - hasta que hemos acabado deteniéndonos del todo ante una pregunta aún más radical. Hemos preguntado por el valor de esa voluntad. Suponiendo que nosotros queramos la verdad: ¿porqué no, más bien, la no-verdad? ¿Y la incertidumbre? ¿Y aun la ignorancia? - El problema del valor de la verdad se plantó delante de nosotros, - ¿o fuimos nosotros quienes nos plantamos delante del problema? ¿Quién de nosotros es aquí Edipo? ¿Quién Esfinge? Es éste, a lo que parece, un lu­gar donde se dan cita preguntas y signos de interrogación. - ¿Y se creería que a nosotros quiere parecernos, en última instancia, que el problema no ha sido planteado nunca hasta ahora, - que ha sido visto, afrontado, osado por vez primera por nosotros?.Pues en él hay un riesgo, y acaso no exista nin­guno mayor.

2
«¿Cómo podría una cosa surgir de su antítesis? ¿Por ejem­plo, la verdad, del error? ¿O la voluntad de verdad, de la vo­luntad de engaño? ¿O la acción desinteresada, del egoísmo? ¿O la pura y solar contemplación del sabio, de la concupis­cencia?. Semejante génesis es imposible; quien con ello sue­ña, un necio, incluso algo peor; las cosas de valor sumo es preciso que tengan otro origen, un origen propio, - ¡no son derivables de este mundo pasajero, seductor, engañador, mezquino, de esta confusión de delirio y deseo! Antes bien, en el seno del ser, en lo no pasajero, en el Dios oculto, en la "cosa en sí" - ¡ahí es donde tiene que estar su fundamento, y en ninguna otra parte!» - Este modo de juzgar constituye el prejuicio típico por el cual resultan reconocibles los metafí­sicos de todos los tiempos; esta especie de valoraciones se encuentra en el trasfondo de todos sus procedimientos lógi­cos; partiendo de este «creer» suyo se esfuerzan por obtener su «saber», algo que al final es bautizado solemnemente con el nombre de «la verdad». La creencia básica de los me­tafísicos es la creencia en las antítesis de los valores. Ni siquiera a los más previsores entre ellos se les ocurrió dudar ya aquí en el umbral, donde más necesario era hacerlo, sin em­bargo: aun cuando se habían jurado de omnibus dubitandum [dudar de todas las cosas]. Pues, en efecto, es lícito poner en duda, en primer término, que existan en absoluto antítesis, y, en segundo término, que esas populares valoraciones y antítesis de valores sobre las cuales han impreso los metafí­sicos su sello sean algo más que estimaciones superficiales, sean algo más que perspectivas provisionales y, además, aca­so, perspectivas tomadas desde un ángulo, de abajo arriba, perspectivas de rana, por así decirlo, para tomar prestada una expresión corriente entre los pintores. Pese a todo el va­lor que acaso corresponda a lo verdadero, a lo veraz, a lo de­sinteresado: sería posible que a la apariencia, a la voluntad de engaño, al egoísmo y a la concupiscencia hubiera que atribuirles un valor más elevado o más fundamental para toda vida. Sería incluso posible que lo que constituye el valor de aquellas cosas buenas y veneradas consistiese precisa­mente en el hecho de hallarse emparentadas, vinculadas, entreveradas de manera capciosa con estas cosas malas, apa­rentemente antitéticas, y quizá en ser idénticas esencialmen­te a ellas. ¡Quizá! - ¡Mas quién quiere preocuparse de tales peligrosos «quizás»!. Hay que aguardar para ello a la llega­da de un nuevo género de filósofos, de filósofos que tengan gustos e inclinaciones diferentes y opuestos a los tenidos hasta ahora, - filósofos del peligroso «quizá», en todos los sentidos de esta palabra. - Y hablando con toda seriedad: yo veo surgir en el horizonte a esos nuevos filósofos.

3
Tras haber dedicado suficiente tiempo a leer a los filósofos entre líneas y a mirarles las manos, yo me digo: tenemos que contar entre las actividades instintivas la parte más grande del pensar consciente, y ello incluso en el caso del pensar fi­losófico; tenemos que cambiar aquí de ideas, lo mismo que hemos cambiado de ideas en lo referente a la herencia y a lo «innato». Así como el acto del nacimiento no entra en consi­deración para nada en el curso anterior y ulterior de la he­rencia: así tampoco es la «consciencia», en ningún sentido decisivo, antitética de lo instintivo, - la mayor parte del pen­sar consciente de un filósofo está guiada de modo secreto por sus instintos y es forzada por éstos a discurrir por deter­minados carriles. También detrás de toda lógica y de su apa­rente soberanía de movimientos se encuentran valoraciones o, hablando con mayor claridad, exigencias fisiológicas orientadas a conservar una determinada especie de vida. Por ejemplo, que lo determinado es más valioso que lo inde­terminado, la apariencia, menos valiosa que la «verdad»: a pesar de toda su importancia regulativa para nosotros, se­mejantes estimaciones podrían ser, sin embargo, nada más que estimaciones superficiales, una determinada especie de niaiserie [bobería], quizá necesaria precisamente para con­servar seres tales como nosotros. Suponiendo, en efecto, que no sea precisamente el hombre la «medida de las cosas»...

4
La falsedad de un juicio no es para nosotros ya una objeción contra él; acaso sea en esto en lo que más extraño suene nuestro nuevo lenguaje. La cuestión está en saber hasta qué punto ese juicio favorece la vida, conserva la vida, conserva la especie, quizá incluso selecciona la especie; y nosotros es­tarnos inclinados por principio a afirmar que los juicios más falsos (de ellos forman parte los juicios sintéticos a priori) son los más imprescindibles para nosotros, que el hombre no podría vivir si no admitiese las ficciones lógicas, si no mi­diese la realidad con el metro del mundo puramente inven­tado de lo incondicionado, idéntico-a-sí-mismo, si no falsea­se permanentemente el mundo mediante el número, - que renunciar a los juicios falsos sería renunciar a la vida, negar la vida. Admitir que la no-verdad es condición de la vida: esto significa, desde luego, enfrentarse de modo peligroso a los sentimientos de valor habituales; y una filosofía que osa hacer esto se coloca, ya sólo con ello, más allá del bien y del mal.

5
Lo que nos incita a mirar a todos los filósofos con una mi­rada a medias desconfiada y a medias sarcástica no es el he­cho de darnos cuenta una y otra vez de que son muy inocentes - de que se equivocan y se extravían con mucha frecuencia y con gran facilidad, en suma, su infantilismo y su puerilidad, - sino el hecho de que no se comporten con suficiente ho­nestidad: siendo así que todos ellos levantan un ruido gran­de y virtuoso tan pronto como se toca, aunque sólo sea de le­jos, el problema de la veracidad. Todos ellos simulan haber descubierto y alcanzado sus opiniones propias mediante el autodesarrollo de una dialéctica fría, pura, divinamente despreocupada (a diferencia de los místicos de todo grado, que son más honestos que ellos y más torpes - los místicos hablan de «inspiración» -): siendo así que, en el fondo, es una tesis adoptada de antemano, una ocurrencia, una «ins­piración», casi siempre un deseo íntimo vuelto abstracto y pasado por la criba lo que ellos defienden con razones bus­cadas posteriormente: - todos ellos son abogados que no quieren llamarse así, y en la mayoría de los casos son incluso pícaros abogados de sus prejuicios, a los que bautizan con el nombre de «verdades», - y están muy lejos de la valentía de la conciencia que a sí misma se confiesa esto, precisamente esto, muy lejos del buen gusto de la valentía que da también a entender esto, bien para poner en guardia a un enemigo o amigo, bien por petulancia y por burlarse de sí misma. La tan tiesa como morigerada tartufería del viejo Kant, con la cual nos atrae hacia los tortuosos caminos de la dialéctica, los cuales encaminan o, más exactamente, descaminan ha­cia su «imperativo categórico» - esa comedia nos hace son­reír a nosotros, hombres malacostumbrados que encontra­mos no parca diversión en indagar las sutiles malicias de los viejos moralistas y predicadores de moral. Y no digamos aquel hocus-pocus [fórmula mágica] de forma matemática con el que Spinoza puso una como coraza de bronce a su fi­losofía y la enmascaró -en definitiva, «el amor a su sabidu­ría», interpretando esta palabra en su sentido correcto y jus­to-, a fin de intimidar así de antemano el valor del atacante que osase lanzar una mirada sobre esa invencible virgen y Palas Atenea: - ¡cuánta timidez y vulnerabilidad propias de­lata esa mascarada de un enfermo eremítico!

6
Poco a poco se me ha ido manifestando qué es lo que ha sido hasta ahora toda gran filosofía, a saber: la autoconfe­sión de su autor y una especie de memoires [memorias] no queridas y no advertidas; asimismo, que las intenciones morales (o inmorales) han constituido en toda filosofía el auténtico germen vital del que ha brotado siempre la planta entera. De hecho, para aclarar de qué modo han tenido lu­gar propiamente las afirmaciones metafísicas más remotas de un filósofo es bueno (e inteligente) comenzar siempre preguntándose: ¿a qué moral quiere esto (quiere él -) llegar? Yo no creo, por lo tanto, que un «instinto de conoci­miento» sea el padre de la filosofía, sino que, aquí como en otras partes, un instinto diferente se ha servido del conoci­miento (¡y del desconocimiento!) nada más que como de un instrumento. Pero quien examine los instintos fundamen­tales del hombre con el propósito de saber hasta qué punto precisamente ellos pueden haber actuado aquí como genios (o demonios o duendes -) inspiradores encontrará que to­dos ellos han hecho ya alguna vez filosofía, - y que a cada uno de ellos le gustaría mucho presentarse justo a sí mismo como finalidad última de la existencia y como legítimo se­ñor de todos los demás instintos. Pues todo instinto ambi­ciona dominar: y en cuanto tal intenta filosofar. - Desde luego: entre los doctos, entre los hombres auténticamente científicos acaso las cosas ocurran de otro modo -«mejor», si se quiere-, acaso haya allí realmente algo así como un ins­tinto cognoscitivo, un pequeño reloj independiente que, una vez que se le ha dado bien la cuerda, se pone a trabajar de firme, sin que ninguno de los demás instintos del hom­bre docto participe esencialmente en ello. Por esto los au­ténticos «intereses» del docto se encuentran de ordinario en otros lugares completamente distintos, por ejemplo en la familia, o en el salario, o en la política; y hasta casi resulta indiferente el que su pequeña máquina se aplique a este o a aquel sector de la ciencia, y el que el joven y «esperanzador» trabajador haga de sí mismo un buen filólogo, o un experto en hongos, o un químico: - lo que lo caracteriza no es que él llegue a ser esto o aquello. En el filósofo, por el contrario, nada, absolutamente nada es impersonal; y es especialmen­te su moral la que proporciona un decidido y decisivo testi­monio de quién es él - es decir, de en qué orden jerárquico se encuentran recíprocamente situados los instintos más íntimos de su naturaleza.

7
¡Qué malignos pueden ser los filósofos! Yo no conozco nada más venenoso que el chiste que Epicuro se permitió contra Platón y los platónicos: los llamó dionysiokolakes. Esta pala­bra, según su sentido literal, y en primer término, significa «aduladores de Dionisio», es decir, agentes del tirano y gen­tes serviles; pero, además, quiere decir «todos ellos son co­mediantes, en ellos no hay nada auténtico» (pues dionysoko­lax era una designación popular del comediante). Y en esto último consiste propiamente la malicia que Epicuro lanzó contra Platón: a Epicuro le molestaban los modales grandiosos, el ponerse uno a sí mismo en escena, cosa de que tanto entendían Platón y todos sus discípulos, - ¡y de la que no entendía Epicuro!, él, el viejo maestro de escuela de Samos que permaneció escondido en su jardincillo de Ate­nas y escribió trescientos libros, ¿quién sabe?, ¿acaso por ra­bia y por ambición contra Platón? - Fueron necesarios cien años para que Grecia se diese cuenta de quién había sido aquel dios del jardín, Epicuro. - ¿Se dio cuenta? -

8
En toda filosofía hay un punto en el que entra en escena la «convicción» del filósofo: o, para decirlo en el lenguaje de un antiguo mysterium:



adventavit asínus

pulcher et fortissimus

[ha llegado un asno

hermoso y muy fuerte].

9
¿Queréis vivir «según la naturaleza»?. ¡Oh nobles estoicos, qué embuste de palabras! Imaginaos un ser como la natura­leza, que es derrochadora sin medida, indiferente sin medi­da, que carece de intenciones y miramientos, de piedad y justicia, que es feraz y estéril e incierta al mismo tiempo, imaginaos la indiferencia misma como poder - ¿cómo po­dríais vivir vosotros según esa indiferencia? Vivir - ¿no es cabalmente un querer-ser-distinto de esa naturaleza? ¿Vivir no es evaluar, preferir, ser injusto, ser limitado, querer-ser­diferente? Y suponiendo que vuestro imperativo «vivir se­gún la naturaleza» signifique en el fondo lo mismo que «vi­vir según la vida» - ¿cómo podríais no vivir así? ¿Para qué convertir en un principio aquello que vosotros mismos sois y tenéis que ser? - En verdad, las cosas son completamente distintas: ¡mientras simuláis leer embelesados el canon de vuestra ley en la naturaleza, lo que queréis es algo opuesto, vosotros extraños comediantes y engañadores de vosotros mismos! Vuestro orgullo quiere prescribir e incorporar a la naturaleza, incluso a la naturaleza, vuestra moral, vuestro ideal, vosotros exigís que ella sea naturaleza «según la Es­toa» y quisierais hacer que toda existencia existiese tan sólo a imagen vuestra - ¡cual una gigantesca y eterna glorifica­ción y generalización del estoicismo! Pese a todo vuestro amor a la verdad, os coaccionáis a vosotros mismos, sin em­bargo, durante tanto tiempo, tan obstinadamente, con tal fi­jeza hipnótica, a ver la naturaleza de un modo falso, es decir, de un modo estoico, que ya no sois capaces de verla de otro modo, - y cierta soberbia abismal acaba infundiéndoos in­cluso la insensata esperanza de que, porque vosotros sepáis tiranizaros a vosotros mismos - estoicismo es tiranía de sí mismo -, también la naturaleza se deja tiranizar; ¿no es, en efecto, el estoico un fragmento de la naturaleza?... Pero ésta es una historia vieja, eterna: lo que en aquel tiempo ocurrió con los estoicos sigue ocurriendo hoy tan pronto como una filosofía comienza a creer en sí misma. Siempre crea el mun­do a su imagen, no puede actuar de otro modo; la filosofía es ese instinto tiránico mismo, la más espiritual voluntad de poder, de «crear el mundo», de ser causa prima [causa pri­mera].



10
El afán y la sutileza, yo diría incluso la astucia, con que hoy se afronta por todas partes en Europa el problema «del mun­do real y del mundo aparente», es algo que da que pensar y que incita a escuchar; y quien aquí no oiga en el trasfondo más que una «voluntad de verdad», y ninguna otra cosa, ése no goza ciertamente de oídos muy agudos. Tal vez en casos singulares y raros intervengan realmente aquí esa voluntad de verdad, cierto valor desenfrenado y aventurero, una am­bición metafísica de conservar el puesto perdido, ambición que en definitiva continúa prefiriendo siempre un puñado de «certeza» a toda una carreta de hermosas posibilidades; acaso existan incluso fanáticos puritanos de la conciencia que prefieren echarse a morir sobre una nada segura antes que sobre un algo incierto. Pero esto es nihilismo e indicio de un alma desesperada, mortalmente cansada: y ello aun­que los gestos de tal virtud puedan parecer muy valientes. En los pensadores más fuertes, más llenos de vida, todavía sedientos de vida, las cosas parecen ocurrir, sin embargo, de otro modo: al tomar partido contra la apariencia y pronun­ciar ya con soberbia la palabra «perspectivista», al conceder ala credibilidad de su propio cuerpo tan poco aprecio como a la credibilidad de la apariencia visible, la cual dice que «la tierra está quieta», y al dejar escaparse así de las manos, con buen humor al parecer, la posesión más segura (pues ¿en qué se cree ahora con más seguridad que en el cuerpo pro­pio?), ¿quién sabe si en el fondo no quieren reconquistar algo que en otro tiempo fue poseído con una seguridad ma­yor, algo perteneciente al viejo patrimonio de la fe de otro tiempo, acaso «el alma inmortal», acaso «el viejo dios», en suma, ideas sobre las cuales se podía vivir mejor, es decir, de un modo más vigoroso y jovial que sobre las «ideas moder­nas»? Hay en esto desconfianza frente a estas ideas moder­nas, hay falta de fe en todo lo que ha sido construido ayer y hoy; hay quizá, mezclado con lo anterior, un ligero disgusto y sarcasmo, que ya no soporta el bric-a-bric [baratillo] de conceptos de la más diversa procedencia, que es la figura con que hoy se presenta a sí mismo en el mercado el denomi­nado positivismo, hay una náusea propia del gusto más exi­gente frente a la policromía de feria y el aspecto harapiento de todos estos filosofastros de la realidad, en los cuales no hay nada nuevo y auténtico, excepto esa policromía. En esto se debe dar razón, a mi parecer, a esos actuales escépticos anti-realistas y microscopistas del conocimiento: su instin­to, que los lleva a alejarse de la realidad moderna, no está re­futado, - ¡qué nos importan a nosotros sus retrógrados ca­minos tortuosos! Lo esencial en ellos no es que quieran volver «atrás»: sino que quieran - alejarse. Un poco más de fuerza, de vuelo, de valor, de sentido artístico: y querrían ir más allá, - ¡y no hacia atrás! -

11
Me parece que la gente se esfuerza ahora en todas partes por apartar la mirada del auténtico influjo que Kant ha ejercido sobre la filosofía alemana y, en particular, por resbalar pru­dentemente sobre el valor que él se atribuyó a sí mismo. Kant estaba orgulloso, ante todo y en primer lugar, de su ta­bla de las categorías; con ella en las manos dijo: «Esto es lo más difícil que jamás pudo ser emprendido con vistas a la metafísica». - ¡Entiéndase bien, sin embargo, ese «pudo ser»!, él estaba orgulloso de haber descubierto en el hombre una facultad nueva, la facultad de los juicios sintéticos a priori. Aun suponiendo que en esto se haya engañado a sí mismo: sin embargo, el desarrollo y el rápido florecimiento de la filosofía alemana dependen de ese orgullo y de la emu­lación surgida entre todos los más jóvenes por descubrir en lo posible algo más orgulloso todavía -- ¡y, en todo caso, «nuevas facultades»! - Pero reflexionemos: ya es hora. ¿Cómo son posibles los juicios sintéticos a priori?, se pregun­tó Kant, - ¿y qué respondió propiamente? Por la facultad de una facultad: mas por desgracia él no lo dijo con esas seis pa­labras, sino de un modo tan detallado, tan venerable, y con tal derroche de profundidad y floritura alemanas que la gen­te pasó por alto la divertida niaiserie allemande [bobería ale­mana] que en tal respuesta se esconde. La gente estaba inclu­so fuera de sí a causa de esa nueva facultad, y el júbilo llegó a su cumbre cuando Kant descubrió también, además, una fa­cultad moral en el hombre: - pues entonces los alemanes eran todavía morales, y no, en absoluto, «políticos realis­tas». - Llegó la luna de miel de la filosofía alemana; todos los jóvenes teólogos del Seminario (Stift) de Tubinga salieron enseguida a registrar la maleza - todos buscaban «faculta­des». ¡Y qué cosas se encontraron - en aquella época inocen­te, rica, todavía juvenil del espíritu alemán, en la cual el ro­manticismo, hada maligna, tocaba su música, entonaba sus cantos, en aquella época en la que aún no se sabía mantener separados el «encontrar» y el «inventar»! Sobre todo, una facultad para lo «suprasensible»: Schelling la bautizó con el nombre de intuición intelectual y con ello satisfizo los de­seos más íntimos de sus alemanes, llenos en el fondo de anhelos piadosos. A todo este petulante y entusiasta movimien­to, que era juventud, por muy audazmente que se disfrazase con conceptos grisáceos y seniles, la mayor injusticia que se le puede hacer es tomarlo en serio, y, no digamos, el tratarlo acaso con indignación moral; en suma, la gente se hizo más vieja, - el sueño se disipó. Vino una época en que todo el mundo se restregaba la frente: todavía hoy continúa hacién­dolo. Se había soñado: ante todo y en primer lugar - el viejo Kant. «Por la facultad de una facultad» - había dicho o al menos querido decir él. Pero ¿es esto - una respuesta? ¿Una aclaración? ¿O no es más bien tan sólo una repetición de la pregunta? ¿Cómo hace dormir el opio? «Por la facultad de una facultad», a saber, por su virtus dormitiva [fuerza dor­mitiva] - responde aquel médico en Moliere,



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