Fraternidades de agustinos seculares



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39. Si Dios es el polo de imantación del corazón humano (Confesiones 1,1,1), la única petición que debe incluir la oración es Dios mismo. Y desde el diálogo con Dios, buscar su rastro en la historia, leer el acontecer diario con los ojos de quien cree, espera y ama. El criterio verificador de la vida cristiana es el amor. Amar a Dios y amar al hombre como Dios lo ama. “¿En qué debemos ejercitarnos mientras estemos en este mundo? En el amor fraterno. Tú puedes decirme que no ves a Dios; pero ¿puedes decirme que no ves a los hombres” (Tratado sobre la primera Carta de San Juan 5,7)

El discurso acerca de la oración es inseparable de la interioridad. No es posible oración sin interioridad y no es posible interioridad sin recogimiento, sin el silencio que nos libera del cerco ruidoso que nos envuelve y de nuestro propio mundo, a veces, turbulento.

Para que no alabe sólo la voz, sino también las obras (Cf. Comentarios a los Salmos 149,8), ya que Dios aplica el oído al corazón de quien le alaba (Cf. Comentarios a los Salmos 146, 1-3; Id. 118 s.5, 1; Id. 102,2) , el ser humano ha de vivir una actitud permanente de escucha. Dios es interlocutor del hombre. De modo que la oración se puede definir como diálogo que mueve a cambiar el corazón, las raíces de la propia vida. “En la oración tiene lugar una conversión del corazón a Dios, el cual siempre está dispuesto a ayudarnos, con tal de que nosotros estemos dispuestos a recibir su ayuda” (El Sermón de la Montaña 2,3,14).

40. Este carácter renovador de la oración cristiana es una de las ideas preferidas por san Agustín. “El hablar mucho en la oración es más propio de los gentiles que de los cristianos, pues se preocupan más de ejercitar la lengua que de limpiar el corazón” (El Sermón de la Montaña 2,3,12). Se entiende así que la oración no pueda reducirse a una experiencia externa, a una ráfaga emocional, sino que es un grito del corazón. “Nadie dudará que es vano el clamor que se eleva a Dios por los que oran si se ejecuta por el sonido de la voz corporal sin estar elevado el corazón a Dios” (Comentarios a los Salmos 118,29,1).

Cuando la vida no pasa por la oración, se enquistan las actitudes de las personas y se cierra el paso a las interpelaciones del Espíritu. La oración, entonces, no es una experiencia vivificante de conversión, sino un alboroto de palabras. “Para alabar a Cristo no seas alborotador con las voces y mudo con las obras” (Sermón 88,13,12).


EL CRISTO TOTAL, FUNDAMENTO DE UNIDAD Y SOLIDARIDAD

41. La vocación humana de comunión llega a su cima en la unión con Jesucristo y con toda la humanidad, que representa san Agustín en la imagen del Cristo total. El cuerpo humano como imagen de una comunidad, es de una gran fuerza plástica porque nadie ignora la interrelación de los miembros y funciones de su propio cuerpo. El texto paulino de 1 Corintios 12,12-27, le sirve de apoyo para su reflexión acerca del Cristo total.

No es que Cristo signifique la cabeza y nosotros los miembros, sino que Cristo es cabeza y miembros a la vez. “Jesucristo nuestro Señor, en cuanto varón perfecto e íntegro, es cabeza y es cuerpo. La cabeza es aquel hombre que nació de la Virgen María, padeció bajo Poncio Pilato, fue sepultado, resucitó, subió al cielo, está sentado a la derecha del Padre de donde esperamos que venga a juzgar a vivos y a muertos. Tal es la cabeza de la Iglesia (Ef 5,23). El cuerpo que corresponde a esta cabeza es la Iglesia, no la que está aquí, sino la que además de aquí se halla en todo el orbe de la tierra; ni tampoco la de este tiempo, sino la que desde el mismo Abel abarca a todos los que han de nacer y creer en Cristo hasta que llegue el final de los tiempos, el pueblo íntegro de los santos que pertenecen a la única ciudad. Ciudad que es el cuerpo de Cristo, cuerpo que tiene por Cabeza a Cristo mismo... Conozcamos, pues, al Cristo total e íntegro junto con la Iglesia; al único que nació de la Virgen María, la Cabeza de la Iglesia, es decir, el mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús (1 Tim 2,5) ” (Comentarios a los Salmos 90,2,1).



42. San Agustín lleva hasta el final las consecuencias de un Dios encarnado en Cristo. La polarización Dios-hombre no es cristiana. Hay que servir a Dios en el ser humano. “Cristo aún se halla necesitado aquí; todavía peregrina por este mundo, enferma y es encarcelado” (Comentarios a los Salmos 86,5). Esta visión agustiniana del Cristo total, tiene un incalculable valor teológico y humanizador y es la razón más honda de la solidaridad verdadera. En un mundo de agresiones continuas y de violencia sofisticada, tan difícil como la fe en Dios es la fe en el hombre.

Otra aplicación está relacionada con la configuración de la comunidad cristiana. Los pastores también forman parte del rebaño. Jesús desestabiliza el modelo vigente de autoridad e inaugura un diseño circular. Porque “de igual modo que llamamos cristianos a todos los ungidos por el místico crisma, así a todos les podemos llamar sacerdotes por ser miembros del único sacerdote. De ellos dice el apóstol Pedro: Linaje elegido, sacerdocio real” (La Ciudad de Dios 20,10).



43. Finalmente, la humanidad de Jesús que traspasa la barrera de su muerte y se prolonga y hace presente allí donde hay aliento humano. “No te quejes, y menos no murmures porque naciste en estos tiempos, en los que no puedes ver al Señor en el cuerpo. Lo puedes; pues Él dijo: lo que hagáis a uno de estos mis pequeños, a mí me lo hacéis” (Sermón 103,1,2).

Esta comprensión del Cristo total desemboca en una apuesta incondicional por el ser humano. Nadie queda excluido porque “Tú eres un solo hombre y tus prójimos son muchos; porque, en primer lugar, no debes entender al prójimo algo así como a un hermano tuyo, consanguíneo o pariente legal. Porque todo hombre es prójimo para todo hombre... No hay nada tan prójimo como un hombre y otro hombre” (Sermón sobre la disciplina cristiana 3,3). La misericordia y la compasión deben llegar hasta allí donde parece que el hombre ha tocado su fondo más bajo de pobreza: “Tú, juez cristiano, cumple el oficio de padre piadoso. Encolerízate contra la iniquidad de modo que no te olvides de la humanidad” (Carta 133,2).


LA IGLESIA

44. La prolongación histórica de Jesucristo es la Iglesia. No se puede comprender a Cristo sin la Iglesia y no se comprende a la Iglesia sin Jesucristo El paso de los siglos y las huellas de tantas manos humanas han oscurecido la imagen más limpia y más verdadera de la Iglesia. Sólo desde la fe en Jesucristo es comprensible la realidad de la Iglesia. Como expresión del Cristo total, la Iglesia se refiere a la cabeza y también a los miembros. Por eso, la Iglesia real que vemos y de la que formamos parte ahora, es una era donde abunda el trigo y la paja. “Muchas veces hemos dicho y lo repetiremos otras tantas, que la Iglesia tiene paja y trigo. Nadie pretenda retirar toda la paja hasta que llegue el tiempo de la bielda. Nadie abandone la era antes de la bielda por no querer tolerar a los pecadores... y cualquiera que de lejos observa la era, juzga que es sólo paja. Si no mira con más atención, si no alarga la mano, si no sopla, es decir, si no separa la paja del grano soplando, difícilmente llegará a percibir los granos” (Comentarios a los Salmos 25,2,5).

La Iglesia del cielo y la Iglesia de la tierra son una misma y única Iglesia. Mientras se construye en este mundo, es madre que acoge y no olvida sus entrañas de misericordia ante ninguna clase de pecado (Sermón 352,9), posada del caminante donde se cura al que está herido (Tratados sobre el Evangelio de San Juan 41,13).



45. La teología actual, en la línea de la teología antigua, insiste en el alma de la Iglesia, el Espíritu Santo. “Lo que es el alma respecto al cuerpo del hombre, eso es el Espíritu Santo respecto al Cuerpo de Cristo que es la Iglesia. El Espíritu Santo obra en la Iglesia lo mismo que el alma en todos los miembros de un único cuerpo” (Sermón 267,4). Esta forma de entender la Iglesia no excluye formas institucionales. Las convicciones de la fe no se podrían mantener sin un mínimo de institución, pero todos los aspectos organizativos deben ser constantemente vivificados por el poder del Espíritu. Es la interrelación carisma – institución. Esta doble mirada es absolutamente necesaria.

Muchos hombres y mujeres actuales, jóvenes particularmente, tropiezan con la Iglesia como si se tratara de una objeción para su fe. Nadie que se haya asomado a la historia de la Iglesia podrá decir que los tiempos agustinianos favorecían el amor a la Iglesia por la ejemplaridad de todos sus miembros. San Agustín, sin embargo, acepta y ama a la Iglesia de su tiempo. “Amemos al Señor Dios nuestro y amemos a la Iglesia. A Él como a Padre y a ella como a madre” (Comentarios a los Salmos 88,2,14). “Ama a la Iglesia, pues ella te ha engendrado a la vida eterna” (Sermón 344,2) Y “si amamos a la Iglesia, tenemos al Espíritu Santo” (Tratados sobre el Evangelio de San Juan 32,8). En el Cristo total no se pueden separar la Cabeza de los miembros. ”¡Permanece íntegro el cuerpo de Cristo en la cruz en manos de sus perseguidores, y está dividido el Cuerpo de la Iglesia en manos de los cristianos!” (Comentarios a los Salmos 33,2,7). “La Iglesia habla en Cristo y Cristo en la Iglesia; el cuerpo habla en la Cabeza y la Cabeza en el Cuerpo” (Comentarios a los Salmos 30,2,1,4).



46. La Iglesia de la historia es la Iglesia peregrina, la Iglesia que camina sobre la tierra aunque con la mirada y el corazón puestos en el Señor Jesús. Esta Iglesia se hace visible, principalmente, en la comunidad. La comunidad que comparte un solo corazón y una sola alma, es el rostro de la Iglesia.

Un modelo ejemplar de la Iglesia lo encontramos en el libro de los Hechos de los Apóstoles. Los seguidores de Jesús “tenían las cosas en común y se distribuía a cada uno según su necesidad” (Hechos 4,32.35). Todos se sentían unidos como hijos y hermanos en una misma familia. “Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones” (Hechos 2,42). Los saludos y despedidas de las cartas paulinas permiten entrever el clima de las comunidades primitivas. No cuentan las diferencias, todos participan (1 Corintios 14, 24.31) según el don que cada uno ha recibido (1 Corintios 14, 26).



47. La experiencia comunitaria es inseparable de la Iglesia. Comunidades de puertas abiertas que tienen su centro en Jesucristo, donde se vive la igualdad radical y pluriforme de los hijos de Dios, se comparte la fe en Jesús, se acoge la palabra de Dios, se testimonia el amor en gestos concretos de servicio. Estas comunidades son el rostro humano y visible de la Iglesia. La presencia de Jesucristo está asegurada: Allí “donde estuvieren dos o tres congregados, allí estoy Yo” (Mateo 18,20).

En la vida y el pensamiento de san Agustín, la comunidad ocupa un lugar preferente, es una de sus pasiones. El itinerario de la espiritualidad agustiniana es un itinerario en compañía de los hermanos. La meta final es el encuentro común con Dios. Mientras, se trabaja con los demás y para los demás en el mundo. Aquí se construye la Ciudad de Dios.


EL COMPROMISO CON EL MUNDO: LA JUSTICIA, LA PAZ Y LA SOLIDARIDAD

48. La acción social o la acción política, con toda su nobleza, no señalan el límite de lo que es esencial o característico de los laicos. San Agustín sugiere a todos los cristianos la utopía de La Ciudad de Dios. Un proyecto que es, al mismo tiempo, historia y escatología.

El cristiano debe conocer su ciudadanía. ”Debemos conocer Babilonia, en la que nos hallamos cautivos, y Jerusalén, por cuya vuelta hacia ella suspiramos” (Comentarios a los Salmos 64,1). Esta es una idea muy arraigada en la pedagogía de san Agustín, aunque hoy haya que pasar por alto los nombres de lugares geográficos. (Cf. Sermón 214,11; La catequesis de los principiantes 19,31; Comentario literal al Génesis 11,15, Comentarios a los Salmos 9,1,8). Los artífices de las dos ciudades son el egoísmo y el amor de Dios (Comentarios a los Salmos 64,2).

Los seres humanos y las ciudades, se definen por sus amores. “El amor de Dios construye la ciudad de Jerusalén y el amor del mundo la de Babilonia. Examínese cada uno a sí mismo para ver qué es lo que ama y sabrá de cuál de ellas es ciudadano” (Comentarios a los Salmos 64,2). Hay una oposición entre los dos amores que definen a las dos ciudades. “Estos dos amores, de los cuales uno es bueno y el otro malo, uno social y el otro privado, uno que mira por la utilidad común (...) y el otro que subordina lo común a lo propio por un deseo exaltado de dominio, uno fiel a Dios y el otro enemigo de Dios, uno tranquilo y el otro agitado, uno pacífico y el otro beligerante... sirven de distintivo para las dos ciudades en que está dividido el género humano” (Comentario literal al Génesis 11,15,20).

49. El concepto de Ciudad de Dios va, naturalmente, más allá de la organización de una ciudad humana. La Ciudad de Dios viene de Dios, camina en Dios y va hacia Dios. “Distribuimos en dos géneros a los hombres: uno, el de los que viven según el hombre; otro, el de los que viven según la voluntad de Dios. Místicamente las llamamos dos ciudades, es decir, dos sociedades o agrupaciones de hombres” (La Ciudad de Dios 15,1,1).

La Iglesia y la Ciudad de Dios no se identifican, pero san Agustín localiza esta ciudad en la Iglesia. “Sabemos que Sión es la ciudad de Dios. Sión se llama la ciudad de Jerusalén... Es, pues, manifiesto que Sión es la ciudad de Dios; ¿y qué es la ciudad de Dios sino la santa Iglesia?” (Comentarios a los Salmos 98,4). Por eso hablar de la Iglesia supone un aquí y un más allá, un hoy y un mañana último. Esta ciudad es construcción de Dios y construcción humana. Ciudad que se levanta en medio de un mundo de contrastes porque los infinitos rodeos de dos amores enfrentados revisten de dramatismo la historia humana.

La gran aspiración de la Ciudad de Dios es la unificación de los valores humanos y sociales, la recuperación por parte de la humanidad y de la naturaleza de su inagotable misterio, la afirmación de una presencia amorosa que nos envuelve y sostiene. En otras palabras, la formación del Cristo total, cabeza y miembros unidos en la fe y el amor, reconciliación del ser humano con Dios, consigo mismo y con el mundo, que es empeño presente y, a la vez, esperanza futura.

50. La utopía luminosa de la Ciudad de Dios, situada en un contexto secular, da pie a la teología política en su sentido más amplio y verdadero. Todo intento por crear un orden más justo y los sueños por crear una nueva sociedad, tropiezan con la fuerza del amor desordenado de quienes se sienten propietarios del mundo. De este círculo de indigencia no podemos salir por nuestras propias fuerzas. Tampoco es la solución una espiritualidad difusa, huidiza frente a los problemas de nuestra sociedad. Por eso el ser humano, en su deseo de libertad y de un futuro diferente, trasciende la dimensión de lo social y busca la salvación de Dios.

Desde la perspectiva de la Ciudad de Dios, la historia – por borrascosa que parezca – admite una lectura providente y la vida cristiana se convierte en una peregrinación popular con Cristo a la cabeza, en un compromiso con el mundo, en un camino de esperanza. “Y la esperanza no quedará confundida, pues el amor de Dios se ha derramado en nuestros corazones por virtud del Espíritu Santo, que nos ha sido dado” (Romanos 5,5).

La misión del cristiano en el mundo es sembrar la esperanza que no falla, construir la ciudad de Dios con la fuerza de su amor que habita en nosotros y que es la gracia del Espíritu. Sin ayuda, no podemos curar la enfermedad que nos impide ser nosotros mismos, cumplir con decisión opciones de justicia, y nos vuelve esclavos de nuestro egoísmo y de los mecanismos de un mundo inspirado por la mentira.

Para fortuna nuestra, sin embargo, Jesucristo, el médico divino, nos ha curado y continúa sanando nuestra enfermedad con su amor. No nos ha dejado huérfanos, nos ha dado “otro Consolador” que renueva con nosotros la faz de la tierra (Salmo 103) y es el verdadero fundamento de la nueva justicia y de la paz. Sin Él no podremos hacer nada, pero con Él podemos creer en el desarrollo de la ciudad de Dios aquí, desde ahora. “Que no habéis recibido el espíritu de siervos para recaer en el temor, antes habéis recibido el espíritu de adopción... somos hijos de Dios, y si hijos también herederos; herederos de Dios, coherederos de Cristo...” (Romanos 8,15-17). Fortalecidos por esta gracia, no somos sólo constructores de sueños y de utopías, sino de un Reino que no fracasa.



51. La lucha entre los dos amores que intentan levantar dos ciudades diferentes – el gran drama de la historia – se libra en el corazón humano. Es el complejo tema de la libertad ante la continua beligerancia entre deseos contrarios. Al ser la raíz de decisiones equivocadas, ven algunos la libertad bajo sospecha como origen de muchos males.

San Agustín, sin embargo, ve en la libertad un gran bien humano (Cf. El libre albedrío 1,15,31), es un don de Dios (Id. 3,18,52), y la define como la capacidad que tiene la voluntad de decidir porque es dueña de sí misma (Id. 3,3,8). Como los seres humanos estamos hechos para el bien, no somos igualmente libres al inclinarnos hacia el mal. La opción por el bien significa la auténtica libertad, mientras que la opción por el mal es frustración y esclavitud. “Toda servidumbre está llena de amargura. (...) No temáis la servidumbre del Señor.(...) Junto al Señor es libre la esclavitud. En donde no sirve la necesidad, sino la caridad, es libre la esclavitud” (Comentarios a los Salmos 99,7). Consecuentemente, en la vida bienaventurada se alcanzará la máxima libertad, aunque “no dejarán tampoco los bienaventurados de tener libre albedrío, por el hecho de no sentir el atractivo del pecado” (La Ciudad de Dios 22,30,3).

La reflexión de san Agustín acerca de la libertad nace de su propia experiencia. Se ve acosado por el mal que aparece disfrazado con vestidos atractivos. Por otra parte, siente la debilidad de su voluntad y la fragilidad de su libertad. Experimenta la contradicción entre la incapacidad para obrar el bien, que le empuja al desánimo, y la paz que produce cumplir la voluntad de Dios (Cf. Confesiones 13,9,10) porque coincide con nuestras aspiraciones más profundas. Es la armonía y unificación de la persona, cuando somos llevados por el amor (Confesiones 13,9,10).

52. En el escenario del mundo, obra de Dios y hogar del ser humano, son tres los imperativos cristianos – de marcado sello agustiniano – que pueden ser, a la vez, convocatoria común para todos los hombres de buena voluntad: la justicia, la solidaridad y la paz. Cuanto más se camina en la vida del Espíritu, más fuerte es la urgencia por transformar las realidades materiales desde el horizonte del Reino de Dios. No se puede confundir la desmundanización de la vida cristiana – la contraposición entre el Espíritu y todo lo que se opone a Dios (1 Corintios 2,12) – con su deshumanización. San Agustín siempre se sintió humano, uno de tantos (Sermón 232,2).

Participar de la condición humana es incompatible con desoír la llamada implorante de los pobres y de tantas personas que sufren los efectos de la guerra o el subdesarrollo. La lucha por la justicia, la paz y la solidaridad, pertenece a la misión evangelizadora de la Iglesia. De toda la Iglesia, sin señalar fronteras entre sus diversos miembros, porque es un único sujeto histórico y no son los laicos los únicos responsables del mundo.



53. Se habla de una cultura de la solidaridad, del diálogo y de la paz, como exigencias de la conciencia cristiana, pero son tímidas las intervenciones decididas en el campo de la política social. En tiempos de san Agustín, el obispo estaba en contacto directo con el hervidero de la calle porque a las funciones ministeriales se sumaba la de juez. ¿Dónde puede estar la singularidad agustiniana por la justicia? En su misma idea de la justicia que incluye la misericordia. ”No podemos ser perfectamente justos si somos negligentes en practicar la misericordia” (Sermón 144,4). “Que la verdad no aleje de ti la misericordia y que la misericordia no sea un obstáculo a la verdad” (Comentarios a los Salmos 88,1,25). O, de modo más claro, “cuando la justicia se aplica sin misericordia, siempre encuentra algo que condenar” (Comentarios a los Salmos 147,12). El realismo de san Agustín le lleva a decir: “El que se hace ‘demasiado justo’, debido a ese mismo ‘demasiado’, se hace injusto” (Tratados sobre el Evangelio de San Juan 95,2).

La justicia y la paz son amigas inseparables. “Obra justicia y tendrás la paz, para que así se besen la justicia y la paz. Si no amas la justicia, te faltará la paz. Estas dos virtudes: la paz y la justicia se aman y besan mutuamente, de tal modo, que quien obrase justicia, encontrará la paz que abraza a la justicia. Son don amigas. Tú tal vez quizá quieres tener una, y, sin embargo, no ejecutas la otra. Nadie hay que no anhele la paz, pero no todos obran la justicia” (Comentarios a los Salmos 84,12). Se quiebra la paz cuando se rompe la unidad. ”No aman la paz quienes dividen la unidad” (Comentarios a los Salmos 124,10). Para san Agustín, la paz es sinónimo de concordia y de orden. “La paz de todas las cosas es la tranquilidad del orden. Y el orden es la distribución de los seres iguales y diversos, asignándoles a cada uno su lugar” (La Ciudad de Dios 19,13,1).



54. La solidaridad es una dimensión fundamental del amor cristiano. No se puede ser insolidario y amar a Jesucristo. Esta es la motivación radical que da solidez al concepto agustiniano de la comunicación de bienes. San Agustín confiesa que el texto de Mt 25,31-46, le impresiona excepcionalmente. “Algunas veces he traído también a la memoria de vuestra santidad un texto de la Escritura que a mí, debo confesarlo, me impresiona profundamente y que todavía he de recordároslo con mayor frecuencia. Os ruego que reflexionéis sobre lo que dirá Jesucristo Nuestro Señor cuando venga al fin del mundo a juzgar, reúna en su presencia a todos los pueblos y divida a los hombres en dos grupos, poniendo uno a su derecha y otro a su izquierda. (...)

Mi exhortación, hermanos míos, sería ésta: dad del pan terreno y llamad a las puertas del Pan celeste. El Señor es ese pan. Yo soy – dijo – el pan de la vida (Jn 5,35). ¿Cómo te lo dará a ti que no lo ofreces al necesitado?... Aunque él es el Señor, el verdadero Señor y no necesita de nuestros bienes, para que pudiéramos hacer algo en su favor, se dignó sufrir hambre en los pobres: Tuve hambre – dijo – y me disteis de comer. Señor, ¿cuándo te vimos hambriento? Cuando lo hicisteis con uno de estos mis pequeños, conmigo lo hicisteis. Y a los otros: Cuando no lo hicisteis con uno de estos mis pequeños, tampoco conmigo lo hicisteis” (Sermón 389, 5-6).

55. Al hablar de la comunión de bienes, san Agustín se muestra radical hasta el punto de afirmar que “es una especie de robo el no dar al necesitado lo que sobra” (Sermón 206,2). La práctica del ayuno, antes que privación, es compartir. “Ante todo, acordaos de los pobres; de esta forma depositáis en el tesoro celeste aquello de que os priváis viviendo más sobriamente. Reciba Cristo hambriento lo que el cristiano recibe de menos al ayunar. La mortificación voluntaria, sirva de sustento para quien nada tiene. La escasez voluntaria del rico sea abundancia necesaria para el pobre” (Sermón 210,10,12) Nadie, por pobre que sea, puede sentirse exento de compartir sus bienes. “Nada has traído a este mundo, y por eso mismo nada podrás llevarte de él. Envía hacia arriba lo que has encontrado y no lo perderás. Dáselo a Cristo. Él quiso recibir aquí abajo. Dándoselo a Cristo, ¿vas a perderlo? (...) Cristo puso en venta el reino de los cielos y cifró su precio en un vaso de agua fría. Cuando es un pobre quien da limosna basta que dé un vaso de agua fría. Quien más tiene, más dé” (Sermón 39,6).
EL DIÁLOGO CON LA CREACIÓN

56. Dios, la naturaleza y la humanidad no son objeto de contemplación pasiva, sino que son otras tantas llamadas de comunión para el hombre. Aquí encaja la visión agustiniana de la ecología o relación con el medio ambiente. San Agustín se muestra, en los Comentarios a los Salmos principalmente, un gran observador de la naturaleza. Las referencias a la creación y a la agricultura se repiten. Son observaciones sutiles de quien capta la belleza de la realidad desde el conocimiento que tiene de sí mismo (Cf. El orden 1,2,3; Sermón 52,17).

La creación es un espectáculo grandioso de luz, de belleza y de armonía, que habla de Dios. (Cf. Sermón 241,2; Sermón 293,5). Obra de la Trinidad (Cf.Sermón 223 A, 3; Sermón 52,17) que no puede el hombre manejar arbitrariamente, y mucho menos destruir, como si fuera dueño plenipotenciario. El carácter de diálogo de las relaciones de la naturaleza y del trabajo humano, según san Agustín, no permite sean ajenas las cosas que nos rodean. Hay cosas que se deben disfrutar, otras que son para usar y, finalmente, las que se deben usar y gozar. “Es fácil ver que una cosa es usar y otra disfrutar. El usar va unido a la necesidad y el disfrutar a la alegría. Por tanto, para nuestro uso nos dio estas cosas temporales, y para nuestro disfrute se nos dio a sí mismo… Póngase en Él el disfrute del corazón… Con razón sólo Él basta” (Sermón 177, 8,9. Cf.; también, La doctrina cristiana 1, 3, 3-5; Id. 1,4,4).

No se trata de despreciar las cosas o renunciar a los valores de la tierra, sino de estimarlos en su precio justo. “Sean objeto de uso, según necesidad, mas no de amor; sean como posada de peregrino, no como propiedad del poseedor. Repara tus fuerzas y sigue adelante. Estás de viaje, (…) es necesario el alimento y el vestido. Bástenos lo suficiente para el viaje. ¿Por qué te cargas tanto? ¿Por qué llevas tanto peso para este breve camino, peso que no te ayuda a llegar a la meta, sino que más bien hace sentirte más agobiado una vez concluido el camino?” (Sermón 177,2-3).

57. Tradicionalmente, el mundo se ha entendido como una realidad negativa que ha dejado sin solar a los laicos. Este juicio condenatorio parte de una visión parcial – las hostilidades del mal, el príncipe de este mundo… – que ha provocado la tentación de reducir la confesión de la fe al ámbito del culto. El nuevo concepto de mundo – que abarca, también, la familia humana y el entorno de la creación – no admite un juicio condenatorio. Así entendido el mundo, es esencialmente bueno (Génesis, 1,31), hecho al gusto de Dios y dejado en nuestras manos para que lo transformemos y los disfrutemos. Existe siempre el riesgo de vernos apresados por la belleza y el gozo de la realidad o por su dolor y su contradicción inexplicable.

Que todos los seres creados son buenos, es la conclusión a que llega san Agustín tras un discurso filosófico: “Comprendí también que son buenas las cosas que se corrompen, las cuales no podrían corrromperse en caso de que fueran sumamente buenas. Tampoco podrían corromperse si no fuesen buenas. Si fueran sumamente buenas, serían incorruptibles. Si no fuesen buenas, no habría en ellas sujeto de corrupción. La corrupción deteriora, y no existe deterioro si no hay disminución del bien” (Confesiones 7,12,18).

La comprensión positiva del mundo deja atrás el cisma entre la materia y el espíritu y hace posible que la espiritualidad cristiana consiga la confluencia de los grandes ejes que conforman la vida cotidiana: las relaciones humanas, el trabajo, el compromiso político. El impacto de esta nueva mentalidad ha pasado a empapar los textos del magisterio más reciente. “El mundo - leemos en la Christifideles laici - se convierte en el ámbito y el medio de la vocación cristiana de los fieles laicos... De este modo, el ser y el actuar en el mundo son para los fieles laicos no sólo una realidad antropológica y sociológica, sino también, y específicamente, una realidad teológica y eclesial” (15).

En una espiritualidad secular, ser, estar, acoger el mundo, significa establecer una relación positiva de gratitud y de responsabilidad. Gratitud porque el mundo es nuestro hogar, lugar gozoso de la vida y lugar de santidad. Responsabilidad porque, para actuar en su transformación con la lucidez de la fe, puede ser necesaria, en ocasiones, una cierta distancia.


IV. AFIRMACIONES SOBRE LA ESPIRITUALIDAD AGUSTINIANA

Este apunte acerca del contenido e imperativos de la espiritualidad agustiniana, puede concluir con algunos recordatorios fundamentales:


4.1. EL PRIMADO DE JESUCRISTO EN LA ESPIRITUALIDAD AGUSTINIANA

(Cf. Confesiones, libro 7).



58. Cristo es el único y verdadero maestro (Cf. Sermón 134,1; El maestro 14,46), la Verdad que habita en el hombre interior (Comentarios a los Salmos 109,36) el Señor de la historia (Cf. La Ciudad de Dios 8), la patria hacia donde vamos (Cf. Sermón 92,3), el médico capaz de curar la enfermedad del pecado (Cf. Sermón 63 A, 2), alimento en la Palabra y la Eucaristía (Cf. Sermón 56,10; Sermón 227,1). De esta centralidad de la figura de Jesucristo, se deduce que las Fraternidades Agustinianas, alimentadas por la espiritualidad de san Agustín, no tienen otra finalidad que hacer en común el camino de seguimiento del Cristo del Evangelio.
4.2. EL ALMA DE LA ESPIRITUALIDAD AGUSTINIANA ES LA CARIDAD

59. De una vez por todas te voy a dar un breve precepto: ama y haz lo que quieras... de la raíz del amor sólo podrá salir el bien” (Tratado sobre la Primera Carta de San Juan 7,8). “Pensad siempre que se debe amar a Dios y al prójimo…Esto es lo que hay que pensar siempre, y meditar siempre, y recordar siempre, y practicar siempre, y cumplir siempre. El amor de Dios es lo primero que se manda, y el amor del prójimo lo primero que se debe practicar” (Tratados sobre el Evangelio de San Juan 17,8). Nos une a Cristo y se convierte en fuerte lazo de fraternidad: “Tu alma no es tuya propia, sino de todos tus hermanos; y las almas de ellos son tuyas; o mejor dicho, las almas de ellos y la tuya no son almas, sino la única alma de Cristo...” (Carta 243,4). La caridad nos introduce en un único amor, a Dios y al hermano, con tonalidades diferentes. De esta fuente del amor, nacen la justicia, la paz y la solidaridad verdaderas.
4.3. LA ESPIRITUALIDAD AGUSTINIANA SE NUTRE EN LA BIBLIA

60. La Palabra de Dios es punto de partida y es meta. La Escritura es el libro de la espiritualidad, el espejo que permite tomar conciencia de la propia realidad. Es “como una voz que habla todos los días” (Sermón 45,3). “Los estudiosos de la Sagrada Escritura recen para entenderla. Esta es la cosa más importante y más necesaria” (La doctrina cristiana 3,37,56). “¡Asombrosa profundidad la de tus Escrituras! . . Dios mío, es admirable su hondura. Da vértigo asomarse a esa profundidad. Es un vértigo de respeto y un temblor de amor” (Confesiones 12,14,17).

La Palabra de Dios, tan profunda como fascinante (Cf. Confesiones 12,14,17) es alimento espiritual y buena noticia proclamada que pone las bases del Reino de Dios en la historia. Lo que comunica Dios a través de la Palabra no es su misterio, sino que al revelarse ofrece su comunión y su vida.

En el proceso de la conversión de san Agustín se produce un encuentro con la Palabra de Dios que le va a descubrir una nueva forma de vivir. Después, particularmente como Obispo, la Escritura será palabra meditada y palabra pronunciada. Que entender el mensaje de la Biblia pueda resultar, a veces, difícil, no lo oculta san Agustín: “Nadie se sienta defraudado al ver que la página divina habla de forma oscura. Donde se te presenta manifiesta la voluntad de Dios, es decir, donde está clara, ámala. Ámala cuando te amonesta claramente. Pero es igual cuando se te manifiesta claramente que cuando se presenta de forma oscura. La misma es cuando está al sol que cuando está a la sombra” (Sermón 45,3).
4.4. LA ESPIRITUALIDAD AGUSTINIANA CONVOCA A LA CONVERSIÓN

61. No ignora la huella del pecado. Participamos de la miseria del mendigo (Cf. El orden 1,2,3), pero la fe, la esperanza y la caridad reconstruyen en el ser humano la imagen trinitaria de Dios. Una imagen imperfecta, pero imagen al fin (Cf. La Trinidad 10,12,19), que hace de la búsqueda de Dios una constante en la vida (Cf. Soliloquios 1,1-6; Confesiones 1,1,1; Confesiones 6,16,26...).

Esta condición frágil del ser humano se manifiesta en una lucha interior sin tregua y hace de la existencia humana un combate permanente, una conversión ininterrumpida. En el cambio del propio corazón arranca la transformación del mundo. No puede haber humanidad nueva si no hay, en primer lugar, hombres nuevos con la novedad del bautismo y de la vida según el Evangelio (Evangelii nuntiandi 18).

La evangelización tiene hoy como horizonte, en muchos ambientes, el mundo de la indiferencia ante lo religioso. Se rechaza el discurso religioso repetitivo y, en feliz expresión de san Agustín que podría aplicarse a la sociedad contemporánea, “todos quieren entender, pero no todos quieren creer” (Sermón 43,4).

Evangelizar no es dominar técnicas especiales de predicación ni ser un experto comunicador, sino anunciar “lo que hemos oído, visto, contemplado, palpado...” (1 Juan 1,1-2). Según sea la vida del evangelizador, será la luz de su mensaje (Cf. Tratados sobre el Evangelio de San Juan 19,12).


4.5. LA ESPIRITUALIDAD AGUSTINIANA PRIVILEGIA LA ORACIÓN

62. Para san Agustín, el bien supremo es la vida con Dios y de Dios (Carta 130,7,14). La vida feliz consiste en amar a Dios por sí mismo y a nosotros y al prójimo por Él (Id). Este vivir con Dios exige unos espacios y tiempos dedicados a la oración.

No se entiende una relación amorosa sin tiempos exclusivos para la relación con la persona amada. “Es necesario orar siempre” (Lucas 18,1). San Agustín ofrece una interpretación humana y razonable a las palabras de Cristo, que puede tener una especial incidencia en el ámbito laical por las inevitables ataduras de una actividad variada y compleja. Introduce la identificación entre oración y deseo. La oración es un diálogo del corazón que se identifica con el deseo o con el amor.

Orar siempre es desear, amar continuamente. “¿Acaso sin interrupción estamos de rodillas o postrados, o tenemos las manos levantadas para que nos mande orar sin interrupción? Si tal cosa se nos pide al decir que oremos así, creo que nosotros no podemos orar sin interrupción. Hay, pues, otra clase de oración interior que es el deseo... Si no quieres cortar tu oración, no interrumpas el deseo. Tu continuo deseo es la voz continua de tu alma. Callarás si dejares de amar. El frío de la caridad es el silencio del corazón y el fuego del amor, el clamor del corazón”. (Comentarios a los Salmos 37,14).

63. Toda la vida se puede convertir en continua alabanza a Dios: “Cuando acudes a la iglesia para cantar los himnos, tu voz pronuncia las alabanzas de Dios. Cantaste cuanto pudiste y te marchaste; pero cante tu alma las alabanzas a Dios. ¿Te hallas ocupado en negocios? Bendiga tu alma a Dios. ¿Comes? Oye lo que dice el Apóstol: Ya comáis, ya bebáis, haced todas las cosas para gloria de Dios. Me atrevo a decir: Cuando duermes, bendiga tu alma al Señor. No te despierte el pensamiento de la maldad; no te despierte la determinación de hurto; no te despierte, quizá, el convenio de la depravación” (Comentarios a los Salmos 102,2).

Nada más contrario al pensamiento agustiniano, sin embargo, que minusvalorar los tiempos abiertos a la relación explícita con Dios. Tiempos exclusivos de oración, largos, repetidos, hondos, y la vida entera para vivir la ecuación oración = deseo.


4.6. LA ESPIRITUALIDAD AGUSTINIANA ESTÁ AL SERVICIO DE LA EVANGELIZACIÓN

64. Si no reparto la Palabra de Dios, si me guardo el tesoro, me aterroriza el Evangelio” (Sermón 339,4). La interioridad y la reflexión disponen a recibir el alimento de la Palabra para después poder ofrecerlo. “Por la Iglesia que se me ha confiado, debo tener la más grande solicitud. Estoy al servicio de aquello que le pueda resultar útil; deseo no ser tanto su presidente como serle de provecho” (Carta 134,1).

La caridad, centro vital, teórico y práctico de la espiritualidad cristiana y, consecuentemente, de la espiritualidad agustiniana, tiene su traducción en la justicia y la solidaridad. De modo que la caridad va unida a una forma nueva de mirar la realidad y al compromiso de su transformación desde el plan de Dios. (Cf. La naturaleza y la gracia 69,83; Sermón 142,8,9).

La obra de la evangelización, deber fundamental del Pueblo de Dios (Cf. Concilio Vaticano II, Decreto Ad gentes, 35), es un claro imperativo agustiniano. La atención a la dimensión mística o de interioridad, desemboca en la acción evangelizadora, de acuerdo con los dones recibidos del Espíritu Santo. “No seáis sabios para vosotros solos, recibe el Espíritu. En ti debe haber una fuente, nunca un depósito; de donde se pueda dar algo, no donde se acumule (Sermón 101,6).
4.7. LA ESPIRITUALIDAD AGUSTINIANA TIENE UN MARCADO SENTIDO ECLESIAL

65. La Iglesia es el modelo del mundo nuevo renovado por Jesucristo. Desde Jesucristo, se entiende y se valora la Iglesia, que es su cuerpo (Cf. Sermón 267, 4). Ser Iglesia, sentir con la Iglesia, servir a la Iglesia es una nota básica de la espiritualidad agustiniana. “Esclavo soy de la Iglesia, máxime de sus miembros más débiles, sin que importe saber qué clase de miembro soy yo mismo” (El trabajo de los monjes 29,37). Se olvida, sin embargo, que la Iglesia universal se hace presente en la Iglesia particular o diócesis. Y si el anuncio del Evangelio y la Eucaristía son los dos pilares sobre los que se edifica la Iglesia particular, significa la participación en sus acciones evangelizadoras y la huida de centrarse más en intereses individuales o de grupo que en las “necesidades de la Madre Iglesia” (Carta 48,2-3).

Hablar de la Iglesia local es hablar de toda la comunidad diocesana cuyo signo visible de unidad es el Obispo. Unidad y colaboración con la jerarquía. Apertura y diálogo con otras comunidades dentro de una amplia pastoral de conjunto. Nunca entender la Fraternidad Agustiniana como una alternativa a la Iglesia local, sino como una célula viva de servicio, un fermento renovador, una presencia pública de la misma Iglesia.


V. ELEMENTOS BÁSICOS DE UNA FRATERNIDAD AGUSTINIANA SECULAR
5.1. VOCACIÓN CRISTIANA

66. Es la primera vocación. Antes de cualquier otro título, “somos cristianos, no petrinos” (Comentarios a los Salmos 44,23). De otro modo, primero somos cristianos, no agustinianos. Dios nos llama como hombres y mujeres en un mundo histórico determinado, para integrarnos comunitariamente en la Iglesia y realizar una misión que no es otra que la evangelización. “Nacida, por consiguiente, de la misión de Jesucristo, la Iglesia es, a su vez, enviada por Él. La Iglesia permanece en el mundo hasta que el Señor de la gloria vuelva al Padre. Permanece como un signo, opaco y luminoso al mismo tiempo, de una nueva presencia de Jesucristo, de su partida y de su permanencia. Ella lo prolonga y lo continúa. Ahora bien, es ante todo su misión y su condición de evangelizar lo que ella está llamada a continuar. Porque la comunidad de los cristianos no está nunca cerrada en sí misma” (Evangelii nuntiandi, 15).

Es una elección gratuita a formar el Pueblo de Dios. Elección inmerecida y, de algún modo, sorprendente, porque no somos los mejores ni los más capaces. Compartimos el desvalimiento y la fragilidad de todos los seres humanos. Nuestro título más preciado es el haber sido elegidos y, por el bautismo, “enraizados y edificados en Cristo” (Colosenses, 2,6-7). Como consecuencia de nuestro bautismo, nos sentimos atraídos por el Espíritu de amor que nos empuja a salir de nosotros mismos, a abrirnos a los hermanos, a servir en comunidad.



67. No se puede pensar en una forma agustiniana de vivir sin la referencia a la matriz bautismal y no se puede pensar en una vida cristiana que excluya la comunidad. En san Agustín se da la conjunción fe cristiana-comunidad, fe cristiana-Iglesia, peregrinos en el mundo, ciudadanos futuros de una patria “donde no se pierde al amigo ni se teme al enemigo”... donde nace porque nadie muere... donde no se tiene hambre ni se tiene sed, porque la saciedad es la inmortalidad y el alimento es la verdad” (Tratados sobre el Evangelio de San Juan 30,7).

La espiritualidad agustiniana nos convoca a ser hombres y mujeres del mundo en el corazón de la Iglesia y hombres y mujeres de la Iglesia en el corazón del mundo. Una Iglesia madre y hogar (Comentarios a los Salmos 85,14; Tratados sobre el Evangelio de San Juan 3,1; Sermón 57,2; Sermón 56,14; Sermón 192,2...) que “nunca olvida sus entrañas maternales” (Sermón 352,3,9). Iglesia que queremos experimentar como lugar de comunión y participación, y ser en ella el pueblo nuevo de las Bienaventuranzas. Sin otra seguridad que sabernos amados y llamados por Jesucristo, con corazón sencillo, contemplativos para descubrir el misterio y el mensaje de la vida, atentos a leer e interpretar los signos de los tiempos, constructores de paz, portadores de alegría y esperanza porque siempre es posible renacer.



68. Es responsabilidad de los laicos comprometerse con las realidades temporales para ponerlas al servicio de la instauración del Reino de Dios. El mundo es nuestro lugar de trabajo y el solar donde tenemos que construir el Reino. San Agustín nos dejó los planos de una ciudad, la Ciudad de Dios, levantada sobre los cimientos de la paz, la justicia, la cooperación. Nuestra fe no es un paréntesis, sino una presencia viva y operante de Dios en el escenario político, social y familiar donde nos movemos. Sabemos que para ser levadura de Evangelio, tenemos que ocupar nuestro lugar en el mundo, emplear una paciente pedagogía de misericordia y estar muy convencidos de que nadie cambia cuando se siente condenado, sino cuando se siente amado gratuitamente.
5. 2. VOCACIÓN COMUNITARIA

69. En un ambiente donde abundan las noticias que postulan el carácter privado e intimista de la fe, las comunidades cristianas de laicos, se presentan como un lugar para adelantar modelos alternativos de vida. Frente a una sociedad de relaciones funcionales y mercantiles, las comunidades cristianas constituyen una nueva sensibilidad y un modo diferente de relación humana.

El término comunidad ha dejado de ser patrimonio exclusivo del lenguaje religioso y aparece unido a proyectos tanto económicos como culturales. En muchos casos, con un notable olvido de las personas y no siempre con la mente puesta en el criterio agustiniano de anteponer los intereses comunes a los propios.

Hablar de comunidad no responde a una moda y tampoco se trata de una creación artificial. El ser humano se coloca, desde su nacimiento, en la pista hacia la socialización. La plenitud de nuestro ser consiste en amar. “El hombre es, en efecto, por su íntima naturaleza, un ser social, y no puede vivir ni desplegar sus cualidades sin relacionarse con los demás” (Constitución sobre la Iglesia en el mundo actual 1,13). De tal modo, que la comunidad responde a una de las aspiraciones humanas más honda y se convierte en tarea que abarca toda la vida. Lo mismo en el caso de la comunidad matrimonial que la comunidad laical. Es un camino, una conquista sólo alcanzada desde una clara conciencia de pertenencia y unas actitudes firmes de comprensión, de diálogo y de participación. Por eso, es un aprendizaje dinámico y creativo que nunca llega a su fin.

70. La comunidad no se construye más que a partir de las personas. “Nosotros, pues, todos los creyentes, no somos congregados a un tiempo, sino poco a poco, y cada uno en particular en una determinada ciudad y en un pueblo de Dios, pero también en cada uno de nosotros en particular acontecen estas cosas que están escritas y suceden en el pueblo. Así, pues, el pueblo se formó de particulares, pero no los particulares se constituyeron de un pueblo. ¿Por ventura un hombre procede de varios pueblos? El pueblo consta de cada uno de los hombres” (Comentarios a los Salmos 106,3). Esto quiere decir que la comunidad presupone que cada persona es ella misma y, desde su originalidad, vive un proyecto común.

Gracias a los individuos, la comunidad puede existir. La comunidad no surge de un programa maravilloso y tampoco de unas relaciones afectivas cordiales, sino del espíritu de comunión. “Somos llamados a la unión de corazones y hacia ella debemos dirigir todos nuestros esfuerzos” (Tratados sobre el Evangelio de San Juan 34,10).

Los aspectos humanos (particularmente los psicológicos), estructurales y organizativos, son importantes, pero sin olvidar que la gran razón para crear unos vínculos interpersonales agustinianos es, “tener una sola alma y un solo corazón orientados hacia Dios” (Regla 1,3). También el Vaticano II sugiere unos vínculos espirituales en la familia, “especie de Iglesia doméstica” (Lumen gentium 2,11), además de los lazos de la sangre.

71. No son suficientes los lazos de la amistad para garantizar la consistencia y estabilidad de la comunidad y tampoco podemos ignorar que la aceptación de los demás – ese darnos mutuamente permiso para ser como somos – y la comunicación con un cierto grado de profundidad, exigen un esfuerzo serio por parte de todos.

El laicado agustiniano no busca en la comunidad sólo amigos, ni formar un grupo aparte más, a la medida de sus preferencias y de su sensibilidad religiosa. Formamos la comunidad o la fraternidad, porque es allí donde podemos vivir de modo concreto la espiritualidad de san Agustín como medio privilegiado para conocer y expresar la vocación cristiana. Sin olvidar que la comunidad inspirada en el pensamiento agustiniano, tiene su referente en la Iglesia-comunión, que lleva a la apertura y la corresponsabilidad en la misión de la Iglesia.

Una de las principales acciones pastorales en relación con el laicado, es evitar la creación de grupos enclaustrados en una espiritualidad intimista y alejados de las llamadas realidades temporales. Continúa siendo necesaria la advertencia de los Obispos reunidos en Santo Domingo: Evitar que los laicos reduzcan su acción al ámbito intra-eclesial, impulsándolos a penetrar los ambientes socio-culturales y a ser en ellos protagonistas de la transformación de la sociedad a la luz del evangelio y de la Doctrina Social de la Iglesia” (IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, Santo Domingo 1992, n.98).
5. 3. VOCACIÓN MISIONERA

72. Si la Fraternidad Agustiniana es una célula de la Iglesia, necesariamente tiene que ser misionera. “Evangelizar constituye, en efecto, la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda” (Evangelii nuntiandi, 14). La comunidad que se encierra sobre sí misma, además de acercarse progresivamente a la muerte, no es cristiana.

Aunque el grupo de pertenencia inmediata sea la Fraternidad Agustiniana concreta, el grupo de referencia es la Iglesia, el Reino de Dios, el mundo. Esta dimensión más universal, significa que la perspectiva se amplía y la comunidad se coloca en el horizonte de la misión.

La autocomprensión de la fe como misión, lleva a definir la comunidad cristiana – y por tanto, la comunidad agustiniana – como signo que expresa la salvación realizada por Jesucristo. Moverse explícitamente en esta dirección de eclesialidad y de apertura al mundo, es todo un mandamiento agustiniano: “Anunciad, pues a Cristo donde podáis, a quienes podáis y cuando podáis. Se os pide la fe, no la elocuencia; habla en vosotros la fe, y será Cristo quien hable. Pues, si tenéis fe, Cristo habita en vosotros. Habéis escuchado el salmo: Creí, y por eso hablé. No pudo creer y quedarse callado. Es ingrato para con quien le llena a él, el que no da; todos deben dar de aquello de lo que han sido llenados” (Sermón 260 E, 2).

La solicitud misionera es una línea continua en las obras de san Agustín. De modo particular, en sus sermones. “Llama, fuerza a amar a Dios a cuantos puedas persuadir, a cuantos puedas invitar; él es todo para todos y todo para cada uno” (Sermón 179 A, 4). Por eso – comentando al profeta Ezequiel que se siente urgido por Dios a hablar también a quienes no quieren escuchar su voz (Ez 3, 5-7 y 33, 8-9) – proclama ante los fieles de Hipona que no quiere salvarse sin ellos. “Si me callo, me encontraré no sólo en un gran peligro, sino hasta en la perdición irreparable. (…) hago todo esto con la única intención de que vivamos juntos en Cristo. Esta es toda mi ambición, mi gozo, mi honor, toda mi herencia y toda mi gloria. Si yo sigo hablando y no me oís, yo salvaré mi alma. Pero no quiero salvarme sin vosotros” (Sermón 17,2).



73. Evangelizar es consecuencia del encuentro con Jesucristo. “El encuentro con el Señor produce una profunda transformación de quienes no se cierran a Él. El primer impulso que surge de esta transformación es comunicar a los demás la riqueza adquirida en la experiencia de este encuentro” (Exhortación Apostólica Postsinodal Ecclesia in America, n. 68, 1999). De modo que “si Él no te inunda, te secarás” (Sermón 284,1).

En tiempos de san Agustín se vivía la confrontación de la Iglesia católica con otros grupos manifiestamente beligerantes. La propuesta del mensaje evangélico tropieza siempre con nuevas y distintas barreras. La consigna es clara: “No perder la esperanza: orad, predicad, amad” (Tratados sobre el Evangelio de San Juan 6, 24).



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