Fraternidades de agustinos seculares



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19. Ser con Cristo y como Él, significa participar de su santidad. Esta santidad es suya, pero es real también para nosotros. No podemos ignorarla sin ser desagradecidos, del mismo modo que debemos reconocerla para ser humildes. “Si dice que fuimos santificados, diga también cada uno de los fieles: Soy santo. Esta no es soberbia de engreídos, sino confesión de agradecidos. Si dijeres que eras santo por ti, serás soberbio. Asimismo, si siendo fiel de Cristo y miembro de Cristo dijeres que no eres santo, serás ingrato” (Comentarios a los Salmos 85,4).

Ser como Él, participar de su Espíritu, significa participar de su capacidad generadora: llegar a ser madres de Cristo, capaces de alumbrarlo en los hermanos de la misma forma que la Iglesia. “Por la palabra del Señor vemos que la Iglesia es hermanos, y hermanas, y madre del Señor... Porque el mismo Cristo se halla en los cristianos, a quienes por el bautismo todos los días engendra la Iglesia. Luego en los mismos que entiendes que es esposa, es madre y es hijo” (Comentarios a los Salmos 127,12).


ESPOSO Y ESPOSA

20. Ser con Él es la misma experiencia de los esposos (Cf. Comentarios a los Salmos 127,12) que llegan a ser una sola carne. Esta misma carne ha sido asumida por el único Verbo, por lo cual la experiencia terrena de la Iglesia llega a ser la misma experiencia de Cristo, excepto, naturalmente, en el pecado. Así, la experiencia del Cristo total lleva a la Iglesia hasta los límites del tiempo y del espacio a vivir el tiempo de Dios, más allá de la confusión de este mundo.

En el esquema del matrimonio se subraya la impaciencia de la espera por la intensidad del amor. En este amor estamos invitados a las bodas y nosotros mismos formamos parte de estas nupcias. Invitados y esposa. “¡Grandioso misterio! Hemos sido invitados a la boda y nosotros mismos somos la boda. En las bodas humanas, una es la esposa y otros los invitados. Nosotros somos, a la vez, los invitados y la esposa, pues somos Iglesia y estamos invitados en la Iglesia” (Sermón 265 E, 5). Estamos en la Iglesia y somos Iglesia: “Os amonesto y ruego que améis a esta Iglesia, permanezcáis en esta Iglesia, y seáis de esta Iglesia” (Sermón 138,10).


III. LA ESPIRITUALIDAD LAICAL AGUSTINIANA

3.1. ESPIRITUALIDAD LAICAL Y ESPIRITUALIDAD AGUSTINIANA



21. La espiritualidad cristiana consiste en vivir según el Espíritu de Jesucristo. El seguimiento de Jesús, común a todo bautizado, es la base de la espiritualidad. Este es el programa único de todos los cristianos. La personalidad singular de algunos hombres y mujeres y las encarnaciones diversas que ellos mismos han hecho del evangelio, dan nombre a un amplio catálogo de espiritualidades. Así, detrás del sustantivo espiritualidad cristiana, se añade el adjetivo agustiniana, franciscana, dominicana, carmelitana... Modelos diferentes, fruto de la fecundidad del Espíritu, que tienen su convergencia en el seguimiento de Jesucristo. “Nosotros que somos y nos llamamos cristianos, no creemos en Pedro, sino en el mismo que creyó Pedro... El mismo Cristo, maestro de Pedro, es también nuestro maestro en la doctrina que lleva a la vida eterna” (La Ciudad de Dios 18,54,1).

Hablar de una espiritualidad laical no es plantear un tipo de espiritualidad en competencia con otras. La teología ha querido mostrar cómo la secularidad es característica de toda la Iglesia y no un signo exclusivo de los laicos. El carácter secular o laical de la Iglesia se entiende en el contexto de una eclesiología de comunión (Cf. LG 4; AG 2). Dentro de la única misión, compartida en la Iglesia por todos los bautizados, se puede hablar de tareas específicas. Son muchas más, sin embargo, las comunes que las particulares.



22. Limitar el seguimiento de Jesucristo a un grupo dentro de la Iglesia, sería no valorar el Bautismo, fundamento de nuestra incorporación a Jesucristo. “El que quiera seguirme, niéguese a sí mismo” (Mt 16,24). “Esto no es cosa que deban oír sólo las vírgenes y no las casadas; sólo las viudas y no las esposas; sólo los monjes y no los casados; sólo los clérigos y no los laicos; toda la Iglesia, todo el cuerpo, todos los miembros con sus funciones propias y distintas, es la que ha de seguir a Cristo” (Sermón 96,7, 9). A partir de esta nota común – el seguimiento – se puede hablar de una espiritualidad específica del laicado. Como también es legítimo hablar de una espiritualidad agustiniana si fijamos la atención en el itinerario de fe recorrido por san Agustín. De este modo, la espiritualidad agustiniana es un indicador en el camino cristiano.

Sabemos que tenemos que caminar, pero, con frecuencia, no sabemos cómo hacerlo. Surgen, así, los maestros o los guías espirituales que nos ayudan a crear un espacio para Dios en nuestra vida, a relacionarnos con Él y a descubrir la presencia de Jesús en la humanidad más desvalida (Cf. Mt 25,40). El territorio de la espiritualidad no son, solamente, las realidades relacionadas con Dios, sino que es todo lo humano.



23. Ninguna espiritualidad es monopolio de un grupo, sino que las distintas espiritualidades forman parte del patrimonio de toda la Iglesia. Laicos y Religiosos podemos compartir una misma espiritualidad y establecer una interrelación que nos enriquezca mutuamente. En la Exhortación Apostólica Vida consagrada aparece seis veces la expresión “intercambio de dones” (47,54,62,82,85,101).

Acercándonos ya a la espiritualidad agustiniana, se trata de una concepción del ser humano como espejo y reflejo de Dios. El ser humano, misterio (Confesiones 4,14,22) y abismo (Comentarios a los Salmos 41,13), hinchado e inestable como el mar (Confesiones 13,20,28), se siente vulnerable y necesitado, al descubrir que lleva a flor de piel la marca de su pecado (Confesiones 1,1). La confesión de esta indigencia radical se traduce en búsqueda “Nos hiciste Señor para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti” (Confesiones 1,1,1). Este camino de búsqueda de Dios lo concibe san Agustín en comunidad. A la hora de elegir un modelo comunitario, considera que la comunidad de Jerusalén es el ideal de vida cristiana (Sermón 77,4): “Tenían un alma sola y un solo corazón “ (Hch 4,32-35).


3.2. LA ESPIRITUALIDAD AGUSTINIANA EN UN MARCO SECULAR

24. Los trazos específicos de la espiritualidad agustiniana hay que buscarlos en el mismo san Agustín, en las líneas que definen su experiencia humana y creyente. Agustín, hombre-cristiano es compañero de camino, condiscípulo (Sermón 134,1), obrero de la viña como nosotros, que trabaja según las fuerzas que Dios le da (Sermón 49,2).

La vocación y la misión de los bautizados son idénticas (Cf. Christifideles laici, n.16), pero la condición laical tiene sus rasgos propios, su campo, aunque no exclusivo, de acción evangelizadora (Cf. Evangelii nuntiandi, 70). Se puede, entonces, afirmar que “los seglares ejercen su múltiple apostolado tanto en la Iglesia como en el mundo. En uno y otro orden se abren varios campos de actividad apostólica, de los que queremos recordar aquí los principales. Estos son: las comunidades de la Iglesia, la familia, la juventud, el ambiente social, los órdenes nacional e internacional. Y como en nuestros días las mujeres tienen una participación cada vez mayor en toda la vida de la sociedad, es de gran importancia su participación igualmente creciente en los campos del apostolado de la Iglesia” (Apostolicam actuositatem, 9).



25. No sirve, sin embargo, una definición del laico y una espiritualidad laical basadas, exclusivamente, en su estar en el mundo. Sería fijarse de modo unilateral en lo que es el escenario del laico – escenario que, por otra parte, comparten todos los miembros de la Iglesia – y volver a levantar barreras entre la Iglesia y el mundo. El fundamento de la espiritualidad laical es la espiritualidad cristiana. También cuando hablamos de la espiritualidad agustiniana en un marco secular. Espiritualidad que se inserta en el amplio marco del discipulado de Jesucristo y contempla la identidad cristiana y las realidades temporales con ojos agustinianos. Es decir, una espiritualidad que tiene en la caridad su centro y su norte, se humaniza en unas notas características y se proyecta en la misión evangelizadora desde dentro del mundo.
3.3. CONTENIDO DE LA ESPIRITUALIDAD AGUSTINIANA

26. San Agustín es padre de una espiritualidad o de una cosmovisión cristiana que, aunque no aparezca sistematizada orgánicamente en ninguna de sus obras, su armazón se puede ensamblar a partir de los conceptos fundamentales de su pensamiento. Es posible seguir el itinerario cristiano de la espiritualidad agustiniana porque san Agustín nos dejó el relato de su camino humano-religioso y de su encuentro consigo mismo, con los demás, con la naturaleza y con Dios. Su vida pasa por dos grandes experiencias: la experiencia humana y la experiencia de Dios. Dios y el hombre son dos temas que se turnan y entremezclan en su pensamiento. No se puede tomar en serio a Dios si no se valora lo humano y viceversa. Esta visión unitaria es un proyecto incitante frente a los humanismos que presentan la disyuntiva Dios-hombre.

27. El proceso completo va del encuentro con uno mismo al encuentro con Dios. “Y si encuentras que es mudable tu naturaleza, transciéndete a ti mismo” (La verdadera religión 39,72). Porque el ser humano está habitado por Dios, tiene hambre de trascendencia y, desafiando la ley de la gravedad, siente inclinación hacia lo alto (La Ciudad de Dios 22, 24,4). Somos como una moneda que en una de sus caras lleva impreso el cuño de Dios y en la otra nuestra imagen (Comentarios a los Salmos 66,4). La afirmación de la trascendencia no significa, de ningún modo, renunciar a lo humano.

Ver a Dios desde el hombre y ver al hombre desde Dios, constituye una de las intuiciones luminosas de san Agustín. El camino parte de uno mismo. “He aquí, pues, el orden de los estudios: el alma que se entrega a la filosofía debe comenzar por mirarse a sí misma” (El orden 2,18,48).


GRANDEZA Y LIMITACIÓN DEL SER HUMANO. LA VIDA COMO BÚSQUEDA

28. Contempla san Agustín al ser humano y todas las cosas creadas con ojos de admiración. “ Es, pues, necesario conocer al Hacedor por las criaturas y descubrir en éstas, en una cierta y digna proporción, el vestigio de la Trinidad” (La Trinidad 6,10,12). El género humano es el adorno más bello de toda la tierra (Cf. La Ciudad de Dios 19,13,2). “Creó Dios al hombre recto, como está escrito, y por ello con una voluntad buena” (La Ciudad de Dios 14,11,1). Abierto a inmensas posibilidades y dotado de gérmenes de inteligencia y sabiduría que Dios sembró en toda alma (Cf. Sermón 117,11). Al mismo tiempo, vislumbra la fragilidad de la existencia humana, que se ve envuelta en una pugna infeliz consigo misma (Cf. La Ciudad de Dios 21,15) y todo lo que tiene de abismo, de contradicción y de misterio. El alma humana es el lugar donde surgen los interrogantes más profundos y donde se libra la lucha íntima entre voluntades rivales: “... mis dos voluntades, una vieja y otra nueva, una carnal y otra espiritual, peleaban entre sí. Este antagonismo destrozaba mi alma” (Confesiones 8,10). Es el misterio de la libertad, la pretensión de hacerse a sí mismo al margen de Dios. La voluntad ha sido creada por Dios naturalmente buena, pero también mudable. Puede apartarse del bien para hacer el mal y puede apartarse del mal para hacer el bien, con la ayuda de Dios (Cf. La Ciudad de Dios 15,21). Esta conciencia de ser portadores de debilidad (Cf. La Ciudad de Dios 14,9,4), confiere a la vida carácter trágico. La vocación de verdad y felicidad se logra colmadamente, en la figura de Jesucristo, maestro, médico y modelo. “El Hijo único de Dios por naturaleza, se ha hecho Hijo de hombre por amor misericordioso hacia nosotros, a fin de que nosotros, hijos de hombre por naturaleza, lleguemos a ser en él, por gracia, hijos de Dios” (La Ciudad de Dios 21,15).

29. San Agustín construye su pensamiento acerca del ser humano sobre la fuente de la Biblia porque es la norma de toda búsqueda, maestra de verdad y de amor y regla del vivir cristiano (Cf. La doctrina cristiana 2,7,10; Sermón 46,11,24…). Presta particular atención al libro del Génesis donde se afirma que fuimos creados a imagen y semejanza de Dios. Pero, por ser creados de la nada, limitados y desgarrados interiormente por la presencia del pecado (Confesiones 8,10,22). Cristo Jesús, Mediador de Dios y los hombres (Cf. La Ciudad de Dios 10,22) se brinda como experiencia novedosa y como esperanza de vida transformada. “Sin perder nada de su divinidad, se hizo partícipe de nuestra debilidad. Así nosotros podremos ser transformados, mejorando por la participación de su ser inmortal y santo” (La Ciudad de Dios 21, 15). Jesucristo, “fuente de vida que vino a revestirse de nuestra carne, es el imán de nuestros deseos” (Sermón 142,9).

30. En lo hondo del ser humano está Dios, habita la verdad (La verdadera religión, 39,72). El hombre admira todas las cosas y él mismo es digno de asombro, escribe en el Sermón 126,3,4. Esta admiración supone pasión por todo lo humano, por la verdad, por la vida. La creación entera es un gran espectáculo que nos habla de Dios (Cf. Sermón 313 D, 2-3; Sermón 293,5; Sermón 241,2). Se puede, por tanto, seguir un proceso de ascensión a Dios desde el interior de uno mismo y desde la creación. Las etapas del proceso van de lo exterior a lo interior y de lo inferior a lo superior.

El método agustiniano pone el acento en la interioridad y la trascendencia. Si se pone el corazón en las cosas, se corre el riesgo de amar las obras y despreciar al Creador (Cf. Sermón 313 A, 2). El ser humano se descentra y se inquieta cuando se altera el orden en el amor y no responde a su vocación de Dios (Cf. Confesiones 1,1,1 y 6,16,26). Al lado de la grandeza humana, está su condición de suma pobreza. Es el doble abismo de quien arrastra como hombre, la miseria del mendigo (Cf. El orden 1,2,3) y descubre que hay en él algo que le desborda (Cf. Confesiones 10,8,15).

Este asomarnos a lo desconocido, lo profundo, convierte la vida humana en inquietud y en búsqueda. Borrar el asombro o desencantar la naturaleza es poner el pie en el camino de la deshumanización. La dimensión filosófica y mística de todo ser humano puede quedar asfixiada por el torbellino de la actividad. Al experimentar la holgura del propio corazón y de las preguntas que le rodean, el hombre se abre a una verdad mayor que la ofrecida por la ciencia. Emergen así los signos de la vida, la presencia del Espíritu. “Busquemos para encontrar, y encontremos para seguir buscando. Pues el hombre cuando cree terminar, entonces comienza” (La Trinidad 9,1,1), es la invitación agustiniana para quien quiera vivir más allá del cerco de lo inmediato y horizontal.

El paraíso terrestre ofrece insatisfacción y desencanto porque ignora el fondo abismal humano. No se puede vivir de espaldas a eso más personal y subjetivo que llamamos las preguntas últimas, la cuestión del sentido.


LA INTERIORIDAD

31. La interioridad y la comunión son las categorías base del pensamiento agustiniano. En esa relación del ser humano consigo mismo y con los demás se juega su equilibrio y su felicidad. Estamos, sin duda, ante los valores eje de la antropología y de la espiritualidad agustinianas. A quien anda volcado y disperso en lo exterior, le resulta difícil entrar en su interior (El orden 2,11,30). Sólo cuando entra dentro de sí mismo (La verdadera religión 39,72,73), se distancia de la vida de los sentidos (El orden 1,1,3) y vuelve a su corazón (Comentarios al Evangelio de San Juan, 18,10), es capaz de conocer y conocerse.

La ventana de los sentidos permite, únicamente, asomarnos a la exterioridad. Se pueden admirar paisajes y, sin embargo, ignorarse a sí mismo (Confesiones 10,8). Por eso el hombre sin interioridad es un ser anónimo, sin misterio, sin curiosidad. La interioridad es el lugar de las preguntas y de las certezas.

El sentimiento de identidad – quién soy yo – y la religiosidad – quién es Dios – emergen de la interioridad. El autoconocimiento me identifica, la religiosidad descubre que mi vida me desborda porque puedo ir más allá de mis propios límites. Esta profunda dimensión humana de la interioridad es un lugar privilegiado para la plena humanización, para divisar a Dios. “Vuelve a tu corazón, y desde él asciende a tu Dios. Si vuelves a tu corazón, vuelves a Dios desde un lugar cercano. Si te molestan todas estas cosas, es que has salido de ti; eres un exiliado de tu corazón. Te sientes movido por las cosas que están fuera y te pierdes” (Sermón 311,14,13).

32. San Agustín cultivó la vida interior y experimentó su gozo: “Porque tú eres la luz permanente a quien yo acudía para consultar sobre la existencia, naturaleza y valor de todas las cosas. Y yo escuchaba tus enseñanzas y tus órdenes. Sigo haciendo esto con frecuencia. Me llena de gozo. Por eso, siempre que puedo liberarme de los quehaceres forzosos, me refugio en este placer” (Confesiones 10,40,65). La interioridad no como huida, sino raíz de la propia vida, casa de la verdad (Cf. El maestro 11,38), espacio para la escucha del Maestro interior y el reconocimiento de la verdad que lleva el ser humano impresa dentro de sí (Cf. Carta 19,1).

La experiencia religiosa de san Agustín es la de un Dios que está dentro de él, más íntimo que la propia intimidad (Confesiones 3,6,11). Este Dios, despertador de preguntas, nos ha hecho para Él y ha sembrado en nuestro corazón la inquietud hasta que no descansemos en su encuentro (Confesiones 1,1,1). Apartarse, contemplar, volver al corazón, atender a la propia subjetividad, son el contrapunto agustiniano a la cultura de la exterioridad.


EL AMOR Y LA COMUNIÓN

33. Interioridad y comunión se complementan. En el viaje a la interioridad, san Agustín encuentra el espacio para el diálogo con Dios en la oración, el amor como primera vocación humana y la llamada a la conversión.

El san Agustín pensador especulativo es un san Agustín mutilado. La vida y la experiencia son fuentes inagotables de sus reflexiones. Pasea su mirada por su propia historia personal, por la sociedad, por el entorno que le rodea, y llega a la conclusión de que el amor es el motor de la vida: ”Cada uno vive según aquello que ama” (La Trinidad 13,20,26). También los pueblos se definen por sus amores. Para ver cómo es cada pueblo hay que examinar lo que ama (La Ciudad de Dios 19,24). Si se atrofia el amor, se paraliza la vida (Cf. Comentarios a los Salmos 85,24).



34. La vida de san Agustín es la historia de un enamorado. Habla con emoción de su amigo del alma (Confesiones 4,4,7 - 7,12) y confiesa que sin los amigos no podía sentirse feliz (Confesiones 6,16,26). Hasta tal punto es la amistad una necesidad vital para él, que no se siente con fuerzas ni siquiera para servir a Dios en solitario (Cf. Las costumbres de la Iglesia católica 31,67). Convivió fielmente (Confesiones 4,2,2) con una mujer que le dio un hijo (Id. 6,15,25) y lloró la muerte de su madre Mónica con ejemplar amor filial (Id. 9, 29 y ss.).

Se podría pensar que san Agustín, con el fervor de la conversión, vivió el amor en una dirección vertical, exclusivamente. Nada más contrario. San Agustín aparece siempre rodeado de amigos. “Amar y ser amado” (Confesiones 3,1,1), fue la tarea de todos sus días. “Una vida sólo la hace buena un buen amor”, escribe en el Sermón 311,11, y en otro lugar, afirma que “de ninguna otra cosa debe preocuparse uno en la vida, sino de elegir lo que se ha de amar” (Sermón 96,1,1). “¿Qué consuelo nos queda en una sociedad humana como ésta, plagada de errores y de penalidades, sino la lealtad no fingida y el mutuo afecto de los buenos y auténticos amigos?” (La Ciudad de Dios 19,8).



35. Es importante amar y también saber elegir a la hora del amor. “¿Se os dice, acaso, que no améis nada? Jamás. Si no amáis nada seréis perezosos, muertos, dignos de ser aborrecidos y unos miserables. Amad, pero ved qué es lo que amáis” (Comentarios a los Salmos 31,2,5). El amor, como toda la antropología agustiniana, tiene carácter religioso: “La vida buena y honesta tiene su origen en el amor de las cosas que deben ser amadas y como deben ser amadas. Es decir, en el amor de Dios y del prójimo” (Carta 137,5,17). “Tus pies son tu amor. Debes tener dos pies para no ser cojo. ¿Cuáles son estos dos pies? Los dos mandamientos del amor: el amor de Dios y el amor del prójimo. Corre con estos dos pies hacia Dios” (Comentarios a los Salmos 33,2,10).
LA CONVERSIÓN

36. La palabra conversión aparece unida a la vida de san Agustín. Muchas personas tienen una idea selectiva acerca de la conversión. Piensan que se trata de un acontecimiento que ha tenido lugar en la vida de algunos hombres y mujeres de una talla espiritual extraordinaria. Conversión viene a ser, equivocadamente, sinónimo de heroicidad, de acontecimiento extraordinario.

En el núcleo de toda conversión hay siempre una cita personal: Dios que llama, a través de diferentes mediaciones, y el ser humano que responde desde la libertad. La verificación de este encuentro se produce en la articulación fe-vida. Por eso, la conversión tiene carácter unificador y totalizante, es “un querer recio y entero” (Confesiones 8,8,19).

Tanto la fe como la conversión se inscriben en un contexto de búsqueda. También aquí es clave la interioridad. Todo ser humano que quiere llegar al fondo de sí mismo, se encuentra con las preguntas últimas. Dios-vida-mundo, es el triángulo que concentra la reflexión. Con distintas derivaciones hacia el mal, el dolor, la muerte, el amor... Para desentrañar este argumento, hay que remontar el curso de nuestras actividades y transformarse uno mismo en interrogación, como dice san Agustín de modo muy expresivo: “Me convertí en enigma para mí mismo y preguntaba a mi alma” (Confesiones 4,4,9).

37. Aunque la conversión entra en el ámbito de la gracia y no es el resultado de ningún esfuerzo singular, la aproximación al mundo humano más profundo ha sido siempre uno de los itinerarios de acceso a Dios. No hay ninguno que lleve necesaria e inexcusablemente a Dios, pero también es cierto que la presencia de Dios se oscurece cuando el hombre desiste de ser humano y arroja su intimidad

La conversión siempre supone poner en ejercicio la fe. El sí humano a la fe se puede plastificar en la imagen del camino. Los grandes creyentes que cruzan la Biblia – Abraham, Jonás, Rut, Jacob, María... – son personas itinerantes. No necesariamente en sentido geográfico pero sí protagonistas de cambios importantes que en el dinamismo de cada uno de sus movimientos presentan dos elementos esenciales: la vinculación y la ruptura. La conversión-vinculación significa colocar en el centro de la propia vida a Jesucristo, el Señor, convivir con Jesucristo (2 Tim 2,11; Rom 6,8), llevar en sí mismo la persona de Cristo (Comentario al Génesis en réplica a los maniqueos 2,25,38).

Un proceso pastoral que no conduzca a Jesucristo, no es cristiano. La conversión-ruptura significa abandonar todas las cómodas instalaciones, las múltiples formas de idolatría. “¿Será posible vivir sin estas cosas? ” , se pregunta san Agustín en las Confesiones (8,11,26).

No se puede entender la conversión como meta, sino como itinerario y como principio unificador mientras nos ocupamos de labrar el terreno empobrecido de nuestra propia vida (Confesiones 2,10,18). Creer es convertirse y convertirse es creer. La fe y la conversión son acontecimientos interiores y comprenden la totalidad de la vida, el corazón.“Dios no desea de ti palabras, sino el corazón” (Comentarios a los Salmos 134,11).


LA ORACIÓN
38. Su territorio es la interioridad y tiene un marcado carácter dialogal. “Tu oración es tu conversación con Dios. Cuando lees, Dios te habla a ti; cuando tú oras, hablas con Dios” (Comentarios a los Salmos 85,7). Lo primero es oír a Dios, recogerse, encontrarse. Es la vuelta a la interioridad donde espera y tiene su cátedra el Maestro interior. Allí está Dios, allí habita, desde allí nos conduce (Cf. Comentarios a los Salmos 41,1-9; Tratados sobre el Evangelio de San Juan 20,11-21).

San Agustín tiene una doctrina muy conocida sobre el maestro interior que es Cristo. “Por eso, volved a vuestro interior y, si sois fieles, hallaréis allí a Cristo; Él nos habla allí. Yo le llamo, pero Él enseña más bien en el silencio. Yo hablo con los sonidos del lenguaje. Él habla interiormente por el temor del pensamiento” (Sermón 102,2) Una de estas oraciones sencillas y esenciales que debe caracterizar nuestro diálogo constante con Dios está expresada así por san Agustín: “Da lo que mandas y manda lo que quieras” (Confesiones 10,37,60). Es la convicción del “mendigo de Dios”, que reconoce sus límites y, al mismo tiempo, sabe lo que puede hacer con la presencia y la ayuda del amor del Señor.





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