Filosofia del siglo XX y servicio social herman c. Kruse



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CAPITULO IV




LA POSICIÓN MARXISTA Y SUS PROYECCIONES


El marxismo no se encuentra entre las corrientes que preconizan hoy día el final o acabamiento de la filosofía. Al contrario, en sus tiendas hay quienes consideran que la filosofía se acaba de encontrar en una nueva etapa de producción de conocimientos teóricos.


Para Louis Althusser, una de las principales tareas del comunismo es:
…“luchar contra la concepción del mundo burgués y pequeño burgués, que siempre amenaza la teoría marxista y que actualmente la penetra profundamente. La forma general de esta concepción del mundo burguesa es la siguiente: el Economicismo (en la actualidad el “tecnocratismo”) y su “complemento espiritual” el Idealismo Moral (actualmente el Humanismo). El Economicismo y el Idealismo Moral representan la pareja fundamental de la concepción del mundo burgués desde los orígenes de la burguesía. La forma filosófica actual de esta concepción del mundo es el neopositivismo y su “complemento espiritual” el subjetivismo fenomenológico–asistencialista. La variante propia de las Ciencias Humanas es la ideología denominada ”estructuralista” “. 16
Es cierto que, en “La Ideología Alemana”, Marx preconizó el acabamiento de la Filosofía clásica teórica pero, a su vez, dio nacimiento al Materialismo Dialéctico 17. De modo, que, mientras Heidegger sostiene que la Filosofía está en su acabamiento, los marxistas actuales le oponen el pensamiento de Lenín quien, en “Materialismo y Empirocriticismo” sostuvo que “la Filosofía había desempeñado siempre un papel teórico fundamental en la constitución y el desarrollo del conocimiento” y el Materialismo Dialéctico retomaba ese camino.
Para hacerlo, el marxismo comienza por romper con las ideologías que constantemente acosan a las ciencias. “Como decía ya Engels, todo sabio, quiéralo o no, adopta inevitablemente una filosofía de la ciencia, no puede carecer de una filosofía. Todo el problema consiste, entonces, en saber qué filosofía debe tener por compañera” 18. Para Althusser, “la respuesta no da lugar a dudas”:
si está apoyada en una falsa representación de las condiciones de la práctica científica y de la relación de su práctica científica con otras prácticas, toda ciencia corre el riesgo de retardar su avance, si no de comprometerse en callejones sin salida o, en fin, de tomar sus propias crisis de crecimiento por crisis de crecimiento de la ciencia como tal y de ofrecer, por consiguiente, argumentos a todas las especulaciones religiosas e ideológicas concebibles”.
...Más aún, si una ciencia está naciendo, corre el riesgo de quedar al servicio (en su proceder) de la ideología de que se nutre. De esto tenemos ejemplos evidentes en las llamadas “ciencias humanas”, las que, a menudo, no son sino técnicas, bloqueadas en su desarrollo por la ideología empirista que las domina y que les impide discernir su verdadero fundamento, definir su objeto o, incluso, encontrar en disciplinas existentes, aunque rechazadas por prohibiciones o prejuicios (...) sus verdaderos principios básicos” 19
Hay en esta larga cita de Althusser varias cosas que nos parecen fundamentales:
1°) Como ya lo demostramos en nuestro trabajo sobre “Ideologías y Servicio Social”, existe entre ambos una profunda vinculación por dos motivos: uno histórico y otro operacional.
2°) El motivo histórico tiene que ver con el origen de la profesión, que no sólo adhiere a la filosofía liberal en boga en ese momento (exceptuando algunos pioneros alineados en la corriente socialista del Servicio Gospel), sino que, hasta cierto punto, surge como un instrumento de realización de esa Filosofía.
3°) El motivo operacional se refiere a que, en su evolución posterior, en América Latina –particularmente a partir de la década del 40- los sostenedores del “fin de las ideologías” coparon el Servicio Social, convirtiéndolo en un instrumento al servicio del statu-quo que, al no atacar resueltamente las causas sino los resultados de los problemas.
4°) El empirismo lógico o neo-positivismo, difundido paralelamente, con su énfasis procesal facilitó el ocultamiento de los verdaderos fines que debía tener el Servicio Social.
5°) Todo ello ha provocado la alienación del Servicio Social latinoamericano, que se ha quedado satisfecho poniendo parches o lo que es peor, inventando actividades –a veces, cuantiosas y técnicamente brillantes- pero que no respondían a ningún tipo de necesidad real y profunda. No nos parece necesario insistir sobre la alienación de los asistentes sociales latinoamericanos, luego del excelente trabajo presentado por Juan Barreix en el Seminario Regional Latinoamericano de Servicio Social.
Siguiendo el pensamiento marxista, el origen ideológico del neopositivismo convierte al Servicio Social en un fetiche. Lefebvre ha desarrollado con mucha claridad la teoría marxista de los fetiches: el hombre lucha contra la naturaleza y, a través del trabajo, la domina extrayendo de ella sus bienes. Pero en el curso de este proceso, “ciertos productos del hombre adquieren inevitablemente una existencia independiente”: surgen así los fetiches. “Estos fetiches, que van desde las abstenciones ideológicas y el dinero hasta el Estado político, parecen vivientes y reales y lo son en cierto sentido, ya que reinan sobre lo humano”.
La relación dialéctica del hombre con los bienes se resuelve normalmente y en todo momento, durante una toma de conciencia del hombre como vida propia y goce apropiado de su vida, como poder sobre la naturaleza y sobre su propia naturaleza. Pero la relación del hombre con los fetiches se manifiesta como enajenación de si y pérdida de si; es esta relación la que el marxismo llama alienación. Aquí el conflicto no puede resolverse más que mediante la destrucción de los fetiches, mediante la supresión progresiva del fetichismo y la recuperación por el hombre de los poderes que los fetiches dirigieron contra él: mediante la superación de la alineación”. 20
Aparentemente, entonces y si así no ocurre, Servicio Social y marxismo serían incompatibles. No olvidemos, además, las críticas de Marx a la filantropía en “La sagrada Familia” 21. El marxismo se propone reabsorber la alienación de los tres niveles estructurales que componen cada totalidad social: económico-social, jurídico-político e ideológico. Desde el momento que el Servicio Social es un subproducto de la superestructura ideológica del capitalismo, convertido en fetiche, debe desaparecer junto con éste:
Llega finalmente un momento decisivo, un punto crítico, con complejos problemas: el momento en que la razón debe y puede dominar todas las acciones humanas, a fin de organizarlas racionalmente. Es el momento en que deben ser criticadas, denunciadas y superadas las múltiples ilusiones ideológicas. Y, con ellas, todos lo fetichismos, todas las formas de la actividad humana alienadas y vueltas contra el hombre”. 22
Sin embargo, creemos que la necesaria desaparición de ese tipo de Servicio Social alienado no es sinónimo de desaparición del Servicio Social. En la sociedad socialista puede existir el Servicio Social sobre bases diferentes. En lo hechos, existe Servicio Social en los países socialistas como lo expuso claramente Raquel Cortinas de Vidal en el II Seminario Regional Latinoamericano de Servicio Social. 23 Claro, que es un Servicio Social totalmente diferente al que se practica en los países occidentales, basado sobre otros postulados filosóficos y en el cual la filosofía de la profesión no aparece como un conjunto de principios eternos y “a priori”, sino como una tarea permanente.

El concepto de “práctica teórica” desarrollada por Althusser puede ayudarnos a comprender el significado de la Filosofía para un Servicio Social socialista.


...conocer es producir el concepto adecuado del objeto por la puesta en acción de medios teóricos (teoría y método) aplicados a una materia prima dada. Esta producción del conocimiento en una ciencia dada es una práctica específica, a la que se puede llamar práctica teórica...constituye un error empirista o idealista el decir que los conocimientos científicos son el producto “de la práctica social en general” o de la práctica política y económica... Es necesario retener, pues, que no hay ciencia posible sin la existencia de una práctica específica, distinta de las otras prácticas : la práctica científica o teórica. Hay que retener que esta práctica es irremplazable y que, como toda práctica, posee sus leyes propias y exige medios y condiciones propias de la actividad” 24.
Analicemos ahora con más profundidad el contenido de la Filosofía marxista o Materialismo Dialéctico. Los teóricos marxistas se han esforzado por explicitar el significado de esos dos términos. Así, Trotsky afirmó:
El método de Marx es materialista, pues va de la existencia de la conciencia y no en el orden inverso. El método de Marx es dialéctico, pues observa como evolucionan la naturaleza y la sociedad, y la misma evolución como la lucha constante de las fuerzas en conflicto” 25.
Tal vez con más claridad, Althusser dijo::
La filosofía marxista, como toda disciplina científica, se presenta bajo dos aspectos: una teoría, que expresa el sistema racional de sus conceptos teóricos y un método, que expresa la relación que mantiene la teoría con su objeto en su aplicación al mismo... En el materialismo dialéctico se puede esquemáticamente considerar que es el materialismo el que representa el lado de la teoría y la dialéctica el lado del método” 26.
De todos modos, dejemos que el propio Marx nos exprese su concepto de la filosofía:
Como toda filosofía verdadera es la quinta esencia espiritual de su tiempo, necesariamente debe llegar el momento en que la filosofía entrará en contacto y acción recíproca con el mundo real de su tiempo, no sólo interiormente por contenido, sino también exteriormente por su forma. La filosofía deja entonces de constituir un sistema determinado frente a otros sistemas determinados; se transforma en la filosofía en general ante el mundo, se transforma en la filosofía del mundo contemporáneo”. 27
La filosofía de Marx parte del estudio dialéctico del hombre como ser histórico en el mundo. Cada uno de los términos de esta frase nos parecen preñados de significados, por lo cual, antes de avanzar, trataremos de explicarlos.
Marx no fue un pensador idealista, ni abstracto Al contrario, su pensamiento puede definirse como materialista y concreto. Decimos que no fue idealista, porque tomó la dialéctica de Hegel a través de Feuerbach, quien había invertido sus bases. Mientras Hegel sostenía que lo racional es real, Feuerbach replicaba que lo racional debe ser real. Pero Marx fue algunos pasos más allá. Reconoció en Feuerbach al primero que trató de romper las abstracciones hegelianas, pero mientras éste sólo veía como base de la aleinación las creencias religiosas, Marx comprendió que la base de la alienación era el proceso de producción.
Es decir, Marx nunca se ocupó de un hombre abstracto, ideal, utópico, sino de un hombre real, carnal, viviendo en el mundo, en la lucha constante contra la naturaleza y relacionado con los otros hombres. Para él, la relación del hombre con la naturaleza sólo podía entenderse dialécticamente:
el hombre es un ser de la naturaleza, en cuanto la naturaleza es un proceso de humanización de sí misma. La naturaleza produce a la naturaleza, en cuanto el hombre reproduce la naturaleza y la hace suya” 28
Esa relación con la naturaleza, para Marx, presupone la relación con los otros hombres. Así, en sus “Tesis sobre Feuerbach”, expresó:
... el ser humano no es una abstracción inherente a cada individuo tomado por separado. En realidad, el ser humano es el conjunto de sus relaciones sociales” 29
Pero la propiedad privada de los medios de producción divide a los hombres y produce la alienación. “La alienación del hombre no es ideal y teórica –expresa Lefebvre-, es decir, no ocurre sólo en el plano de las ideas y de los sentimientos; es también y sobre todo práctica y se manifiesta en todos los dominios de la vida práctica” 30. La alienación se produce porque el hombre no puede gozar libremente de los bienes que le proporciona su trabajo, su acción sobre la naturaleza. Una minoría, a lo largo de la historia, se ha apropiado de medios de producción y mantiene esa situación en su propio beneficio. Los productos del hombre, evadidos ya de su control, asumen formas abstractas: dinero, capital. Y en vez de ser reconocidos como tales, se convierten en realidades que sojuzgan al hombre. Es así cómo, en la sociedad capitalista, las relaciones entre los hombres terminan por ser enajenadas y enajenantes. En los “Manuscritos de 1844”, Marx sostuvo:
la enajenación humana y, sobre todo, la relación del hombre consigo mismo, se realiza y se expresa primero en la relación entre cada hombre y los demás hombres. Así, en la relación del trabajo enajenado, cada hombre considera a los demás hombres según las normas y las relaciones en las que se encuentra colocado como trabajador” 31
El hombre, sin embargo, no puede darse cuenta de esta situación porque actúa dominado por la ideología. “Como no percibe la ideología, toma su percepción de las cosas y del mundo por la percepción de las “cosas mismas”, sin ver que esta percepción no le es dada sino bajo el velo de las cosas insospechadas de la ideología, sin ver que está, de hecho, recubierta por la invisible percepción de las formas de la ideología” 32. Según el período histórico, la ideología predominante puede ser religiosa, moral, política, jurídica, etc, y su culminación es la abstracción teórica, es decir, la conversión de la ideología en Filosofía.
De ahí, la desconfianza de Marx en las ideologías, recién superada en nuestro siglo por Lenin. La meta de toda la filosofía marxista ha sido ayudar al hombre a romper las condiciones alienantes y a crear una comunidad que le permita ser un sujeto real:

Aunque el hombre es un individuo único –y es precisamente su particularidad lo que lo hace individuo, un ser individual real de la comunidad- igualmente es la totalidad, la totalidad ideal, la existencia subjetiva de la sociedad pensada y sentida. Existe en realidad como la representación y el espíritu real de la existencia social y como la suma de la manifestación vital del hombre”. 33


La posición marxista tiene un significado para los que no somos marxistas, ni vivimos en países socialistas, pero que estamos comprometidos con la eficiencia del Servicio Social.
En primer lugar, el marxismo ha demostrado qué son y cómo se manifiestan las ideologías. Hemos sostenido que el Servicio Social surgió como un instrumento al servicio de la ideología burguesa.34. En consecuencia, el análisis marxista del Servicio Social puede ayudarnos a desenmascarar los velos ideológicos que lo han convertido en un fetiche.
En segundo lugar, el marxismo nos ayuda a comprender el cómo y por qué el Servicio Social, que se ha convertido en un fetiche, necesita ser des-sacralizado. Estamos adheridos a métodos creados para servir en una sociedad dada y en un momento histórico preciso, y nos negamos a pensar en posibilidades** nuevas o distintas para el Servicio Social. Para muchos colegas fue un escándalo conocer lo que había expresado Gunnar Myrdal –que es apenas un social demócrata- en el XIV Congreso Internacional de Escuelas de Servicio Social 35. Para otros, fue como si se les hubiera hablado un sánscrito. Por supuesto que las palabras del economista sueco nos suenan extrañas a los asistentes sociales latinoamericanos porque, entre la Suecia industrializada y desarrollada y nuestra América Latina subdesarrollada y dependiente, hay un abismo de diferencia. El mismo abismo que nos separa de los EE. UU., pero seguimos apegados a las técnicas creadas allá, sin preocuparnos de pensar y evaluar su validez y su eficacia entre nosotros. El énfasis del marxismo en la destrucción de los fetiches es un desafío a desmitologizar el Servicio Social. Tarea que ya han emprendido otras disciplinas, incluida la teología, pero a la que el Servicio Social no se ha animado.36

En tercer lugar, el marxismo nos muestra la importancia de contar con una antropología filosófica si queremos trabajar con el hombre. Si el sujeto del Servicio Social no es el profesional, sino el propio “cliente”, es un contrasentido proceder sin el respaldo teórico de una antropología pertinente. Aunque a algunos marxistas no les gusta la expresión “el marxismo es un humanismo” 37, realmente creemos que lo es, dado que, como ya lo expresaran Marx y Engels en el “Manifiesto”, su meta es “una asociación en que el libre desenvolvimiento de todos” 38

.

En cuarto lugar, el marxismo, a partir de Lenin, ha demostrado cómo el imperialismo es la fase superior del capitalismo 39. El imperialismo, en su actual fase neo-colonialista, ha estado usando los programas de Servicio Social y bienestar social en beneficio de sus objetivos. En la medida que buena parte de los asistentes sociales hemos sido formados ajenos a todo ajetreo político y creyendo en el fin de las ideologías, nuestra labor profesional ha estado siendo usada con fines políticos desde una orientación ideológica determinada sin nuestra anuencia, ni como profesionales, ni como ciudadanos. Es posible que muchos colegas estén de acuerdo con los objetivos de esa política y esa ideología. Lo que no es posible es que un profesional sea usado, manejado, explotado, con fines políticos, sin su expresa aprobación.


En quinto lugar, el marxismo nos muestra la necesidad de hacer de la reflexión filosófica una tarea permanente. Si durante 70 años cometimos el error de aferrarnos a filosofías caducas, ya es hora de empezar a pensar. ¿De pensar, qué? En qué sociedad vivimos, qué problemas tiene, cómo podemos enfrentar viablemente las causas de esos problemas, quién es el hombre con el cual trabajamos, cuáles son sus necesidades, cómo podemos establecer una comunicación con él, en qué términos vamos a relacionarnos con él.
En sexto lugar, el concepto de práctica teórica desarrollado por Althusser, tiene mucho que decirle al Servicio Social. Desde que pisamos por primera vez una escuela de Servicio Social –hace ya de eso 20 años- oímos decir que en nuestra profesión lo fundamental era la práctica. Los años y la experiencia nos ha demostrado que lo que entonces sentíamos intuitivamente, no era falso, que aquel no era un concepto equivocado. La teoría no puede reemplazar a la práctica; pero la práctica sin una teoría adecuada termina por no servir para nada o por se también un fetiche. A su vez, la teoría necesita nutrirse de la práctica; para reelaborarla, para “sofisticarla” como se diría en inglés, para dar una nueva respuesta válida a los viejos problemas o a los problemas nuevos que la dinámica social nos plantea continuamente. Práctica sin teoría no es actuación profesional. Teoría sin práctica es un pensar vácuo, una flecha lanzada al cielo en blanco. Precisamos una integración de práctica y teoría para llegar a una verdadera praxis

.

El Servicio Social en América Latina se ha caracterizado por ser un actuar sin teoría, porque la teoría latente en el fondo de sus actuaciones era fundamentalmente una teoría pensada en términos de una respuesta válida a los problemas de la sociedad norteamericana. Nos parece improcedente entrar a demostrar las diferencias entre las sociedades norte y latinoamericana.


Ha llegado pues, la hora de iniciar la lenta, engorrosa, difícil, tarea de dotar a nuestro Servicio Social de una teoría apropiada, es decir, de convertirlo en una praxis. Es un ejercicio para el cual estamos desentrenados, que nos exigirá usar instrumentos que por ahora dominamos mal, como los métodos de investigación en Servicio Social, y organización y administración de servicios sociales. Pero sólo una elaboración teórica sistemática, seria, de las evaluaciones de nuestra práctica, nos facilitará clarificar metas y objetivos para organizar las acciones en el marco adecuado. No es un proceso para cumplir una vez y darnos por satisfechos, es una responsabilidad permanente, un “continuom” dialéctico. El Servicio Social no es una entelequia que se mueve en el vacío, es una tecnología social que actúa en una sociedad dada, con rasgos y problemas específicos. Sólo el análisis teórico, la confrontación de esa práctica con los logros y fracasos de la práctica anterior, pueden permitirnos planificar las nuevas acciones que queremos tengan una incidencia eficaz sobre la realidad.
Finalmente, el marxismo nos desafía a replantearnos el siempre escabroso problema de la relación con el “cliente”. Si como dice Marx, “en la relación del trabajo enajenado cada hombre considera a los demás según las normas y las relaciones en las que se encuentra colocado como trabajador”, ¿hasta dónde los asistentes sociales hemos escapado a ello o hasta dónde les hemos estado transmitiendo nuestras formas de alineación a esos “clientes”? Seguramente que las deformaciones ideológicas les impiden a muchos colegas invertir este planteo y el autoengaño se convierte en pan cotidiano. Nos parece imprescindible tomar realmente en serio el planteo de Marx, si queremos evitar que nuestro trabajo no sea otra cosa que un mero traspasar prejuicios. En una época –y en ciertos medios aún en nuestros días- muchas escuelas de Servicio Social, mediante tests vocacionales y psicológicos controlaban el ingreso a sus cursos y, quienes no respondían a sus pautas burguesas o pequeño-burguesas, simplemente, no eran admitidos. Luego, el proceso de formación -principalmente el sistema de prácticas supervisadas- facilitaba la eliminación de los “dudosos”. Y así sólo se recibían de asistentes sociales jovencitas de clase media, sin problemas familiares, obedientes, ideológicamente incautas y de una conducta moral pequeño burguesa intachable. Obviamente, tales profesionales sólo podían establecer un “rapport” encuadrado en los rígidos marcos de la ideología dominante. Hoy, nos damos cuenta que ya no es posible proponer una adaptación del individuo al medio, cuando el medio es una sociedad injusta; nos damos cuenta de la dificultad de un verdadero “rapport” cuando un siglo de lucha de clases concientes, muy a menudo, nos separa de nuestros “clientes”; nos damos cuenta de la necesidad de dejar de ser un instrumento al servicio del statu-quo, que si queremos superar la contradicción en que estamos inmersos; nos damos cuenta de la necesidad de romper el esquema ideológico dominante si acaso queremos entablar una acción realmente eficaz.

CAPITULO V




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