Exhortación apostólica post-sinodal



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La primera forma permite la valorización de los aspectos más propiamente personales -y esenciales- que están comprendidos en el itinerario penitencial. El diálogo entre penitente y confesor, el conjunto mismo de los elementos utilizados (los textos bíblicos, la elección de la forma de "satisfacción", etc.) son elementos que hacen la celebración sacramental más adecuada a la situación concreta del penitente. Se descubre el valor de tales elementos cuando se piensa en las diversas razones que llevan al cristiano a la penitencia sacramental: una necesidad de reconciliación personal y de readmisión a la amistad con Dios, obteniendo la gracia perdida a causa del pecado; una necesidad de verificación del camino espiritual y, a veces, de un discernimiento vocacional más preciso; otras muchas veces una necesidad y deseo de salir de un estado de apatía espiritual y de crisis religiosa. Gracias también a su índole individual la primera forma de celebración permite asociar el Sacramento de la Penitencia a algo distinto, pero conciliable con ello: me refiero a la dirección espiritual. Es pues cierto que la decisión y el empeño personal están claramente significados y promovidos en esta primera forma.

La segunda forma de celebración, precisamente por su carácter comunitario y por la modalidad que la distingue, pone de relieve algunos aspectos de gran importancia: la Palabra de Dios escuchada en común tiene un efecto singular respecto a su lectura individual, y subraya mejor el carácter eclesial de la conversión y de la reconciliación. Esta resulta particularmente significativa en los diversos tiempos del año litúrgico y en conexión con acontecimientos de especial importancia pastoral. Baste indicar aquí que para su celebración es oportuna la presencia de un número suficiente de confesores. Es natural, por tanto, que los criterios para establecer a cual de las dos formas de celebración se deba recurrir estén dictados no por motivaciones coyunturales y subjetivas, sino por el deseo de obtener el verdadero bien espiritual de los fieles, obedeciendo a la disciplina penitencial de la Iglesia.

Será bueno también recordar que, para una equilibrada orientación espiritual y pastoral al respecto, es necesario seguir atribuyendo gran valor y educar a los fieles a recurrir al Sacramento de la Penitencia incluso sólo para los pecados veniales, como lo atestiguan una tradición doctrinal y una praxis ya seculares.

Aun sabiendo y enseñando que los pecados veniales son perdonados también de otros modos -piénsese en los actos de dolor, en las obras de caridad, en la oración, en los ritos penitenciales-, la Iglesia no cesa de recordar a todos la riqueza singular del momento sacramental también con referencia a tales pecados. El recurso frecuente al Sacramento -al que están obligadas algunas categorías de fieles- refuerza la conciencia de que también los pecados menores ofenden a Dios y dañan a la Iglesia, Cuerpo de Cristo, y su celebración es para ellos "la ocasión y el estímulo para conformarse más íntimamente a Cristo y a hacerse más dóciles a la voz del Espíritu". (194) Sobre todo hay que subrayar el hecho de que la gracia propia de la celebración sacramental tiene una gran virtud terapéutica y contribuye a quitar las raíces mismas del pecado.

El cuidado del aspecto celebrativo, (195) con particular referencia a la importancia de la Palabra de Dios, leída, recordada y explicada, cuando sea posible y oportuno, a los fieles y con los fieles, contribuirá a vivificar la práctica del Sacramento y a impedir que caiga en una formalidad o rutina. El penitente habrá de ser más bien ayudado a descubrir que está viviendo un acontecimiento de salvación, capaz de infundir un nuevo impulso de vida y una verdadera paz en el corazón. Este cuidado por la celebración llevará también a fijar en cada Iglesia los tiempos apropiados para la celebración del Sacramento, y a educar a los fieles, especialmente los niños y jóvenes, a atenerse a ellos en vía ordinaria, excepto en casos de necesidad en los que el pastor de almas deberá mostrarse siempre dispuesto a acoger de buena gana a quien recurra a él.

La celebración del Sacramento con absolución general



33. En el nuevo ordenamiento litúrgico y, más recientemente, en el nuevo Código de Derecho Canónico, (196) se precisan las condiciones que legitiman el recurso al "rito de la reconciliación de varios penitentes con confesión y absolución general". Las normas y las disposiciones dadas sobre este punto, fruto de madura y equilibrada consideración, deben ser acogidas y aplicadas, evitando todo tipo de interpretación arbitraria. Es oportuno reflexionar de manera más profunda sobre los motivos que imponen la celebración de la Penitencia en una de las dos primeras formas y que permiten el recurso a la tercera forma. Ante todo hay una motivación de fidelidad a la voluntad del Señor Jesús, transmitida por la doctrina de la Iglesia, y de obediencia, además, a las leyes de la Iglesia. El Sínodo ha ratificado en una de sus Propositiones la enseñanza inalterada que la Iglesia ha recibido de la más antigua Tradición, y la ley con la que ella ha codificado la antigua praxis penitencial: la confesión individual e íntegra de los pecados con la absolución igualmente individual constituye el único modo ordinario, con el que el fiel, consciente de pecado grave, es reconciliado con Dios y con la Iglesia. De esta ratificación de la enseñanza de la Iglesia, resulta claramente que cada pecado grave debe ser siempre declarado, con sus circunstancias determinantes, en una confesión individual. Hay también una motivación de orden pastoral. Si es verdad que, recurriendo a las condiciones exigidas por la disciplina canónica, se puede hacer uso de la tercera forma de celebración, no se debe olvidar sin embargo que ésta no puede convertirse en forma ordinaria, y que no puede ni debe usarse -lo ha repetido el Sínodo- si no es "en casos de grave necesidad", quedando firme la obligación de confesar individualmente los pecados graves antes de recurrir de nuevo a otra absolución general. El Obispo, por tanto, al cual únicamente toca, en el ámbito de su diócesis, valorar si existen en concreto las condiciones que la ley canónica establece para el uso de la tercera forma, dará este juicio sintiendo la grave carga que pesa sobre su conciencia en el pleno respeto de la ley y de la praxis de la Iglesia, y teniendo en cuenta, además, los criterios y orientaciones concordados -sobre la base de las consideraciones doctrinales y pastorales antes expuestas- con los otros miembros de la Conferencia Episcopal. Igualmente, será siempre una auténtica preocupación pastoral poner y garantizar las condiciones que hacen que el recurso a la tercera forma sea capaz de dar los frutos espirituales para los que está prevista. Ni el uso excepcional de la tercera forma de celebración deberá llevar jamás a una menor consideración, y menos al abandono, de las formas ordinarias, ni a considerar esta forma como alternativa a las otras dos; no se deja en efecto a la libertad de los pastores y de los fieles el escoger entre las mencionadas formas de celebración aquella considerada más oportuna. A los pastores queda la obligación de facilitar a los fieles la práctica de la confesión íntegra e individual de los pecados, lo cual constituye para ellos no sólo un deber, sino también un derecho inviolable e inalienable, además de una necesidad del alma. Para los fieles el uso de la tercera forma de celebración comporta la obligación de atenerse a todas las normas que regulan su práctica, comprendida la de no recurrir de nuevo a la absolución general antes de una regular confesión íntegra e individual de los pecados, que debe hacerse lo antes posible. Sobre esta norma y la obligación de observarla, los fieles deben ser advertidos e instruidos por el Sacerdote antes de la absolución.

Con este llamamiento a la doctrina y a la ley de la Iglesia deseo inculcar en todos el vivo sentido de responsabilidad, que debe guiarnos al tratar las cosas sagradas, que no son propiedad nuestra, como es el caso de los Sacramentos, o que tienen derecho a no ser dejadas en la incertidumbre y en la confusión, como es el caso de las conciencias. Cosas sagradas -repito- son unas y otras -los Sacramentos y las conciencias-, y exigen por parte nuestra ser servidas en la verdad. Esta es la razón de la ley de la Iglesia.

Algunos casos más delicados

34. Creo que debo hacer en este momento una alusión, aunque brevísima, a un caso pastoral que el Sínodo ha querido tratar -en cuanto le era posible hacerlo-, y que contempla también una de las Propositiones. Me refiero a ciertas situaciones, hoy no raras, en las que se encuentran algunos cristianos, deseosos de continuar la práctica religiosa sacramental, pero que se ven impedidos por su situación personal, que está en oposición a las obligaciones asumidas libremente ante Dios y la Iglesia. Son situaciones que se presentan como particularmente delicadas y casi insolubles.

Durante el Sínodo, no pocas intervenciones que expresaban el parecer general de los Padres, han puesto de relieve la coexistencia y la mutua influencia de dos principios, igualmente importantes, ante estos casos. El primero es el principio de la compasión y de la misericordia, por el que la Iglesia, continuadora de la presencia y de la obra de Cristo en la historia, no queriendo la muerte del pecador sino que se convierta y viva, (197). atenta a no romper la caña rajada y a no apagar la mecha que humea todavía, (198) trata siempre de ofrecer, en la medida en que le es posible, el camino del retorno a Dios y de la reconciliación con Él. El otro es el principio de la verdad y de la coherencia, por el cual la Iglesia no acepta llamar bien al mal y mal al bien. Basándose en estos dos principios complementarios, la Iglesia desea invitar a sus hijos, que se encuentran en estas situaciones dolorosas, a acercarse a la misericordia divina por otros caminos, pero no por el de los Sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía, hasta que no hayan alcanzado las disposiciones requeridas.

Sobre esta materia, que aflige profundamente también nuestro corazón de pastores, he creído deber mío decir palabras claras en la Exhortación Apostólica Familiaris consortio, por lo que se refiere al caso de divorciados casados de nuevo (199), o en cualquier caso al de cristianos que conviven irregularmente. Asimismo siento el vivo deber de exhortar, en unión con el Sínodo, a las comunidades eclesiales y sobre todo a los Obispos, para que presten toda ayuda posible a aquellos Sacerdotes que, faltando a los graves compromisos asumidos en la Ordenación, se encuentran en situaciones irregulares. Ninguno de estos hermanos debe sentirse abandonado por la Iglesia.

Para todos aquellos que no se encuentran actualmente en las condiciones objetivas requeridas por el Sacramento de la Penitencia, las muestras de bondad maternal por parte de la Iglesia, el apoyo de actos de piedad fuera de los Sacramentos, el esfuerzo sincero por mantenerse en contacto con el Señor, la participación a la Misa, la repetición frecuente de actos de fe, de esperanza y de caridad, de dolor lo más perfecto posible, podrán preparar el camino hacia una reconciliación plena en la hora que sólo la Providencia conoce.

DESEO CONCLUSIVO

35. Al final de este Documento, se hace eco en mí y deseo repetir a todos vosotros la exhortación que el primer Obispo de Roma, en una hora crítica al principio de la Iglesia, dirigió "a los elegidos extranjeros en la diáspora... elegidos según la presciencia de Dios Padre". "Todos tengan un mismo sentir, sean compasivos, fraternales, misericordiosos, humildes". (200) El Apóstol recomendaba: "Tengan todos un mismo sentir..."; pero en seguida proseguía señalando los pecados contra la concordia y la paz, que es necesario evitar: "No devolviendo mal por mal ni ultraje por ultraje; al contrario, bendiciendo, que para esto hemos sido llamados, para ser herederos de la bendición". Y concluía con una palabra de aliento y de esperanza: "¿Y quién os hará mal si fuereis celosos promovedores del bien?". (201)

Me atrevo a relacionar mi Exhortación, en una hora no menos crítica de la historia, con la del Príncipe de los Apóstoles, que se sentó el primero en esta Cátedra romana, como testigo de Cristo y pastor de la Iglesia, y aquí "presidió en la caridad" ante el mundo entero. También yo, en comunión con los Obispos sucesores de los Apóstoles, y confortado por la reflexión colegial que muchos de ellos, reunidos en el Sínodo, han dedicado a los temas y problemas de la reconciliación, he querido comunicaros con el mismo espíritu del pescador de Galilea todo lo que él decía a nuestros hermanos en la fe, lejanos en el tiempo pero muy unidos en el corazón: "Tengan todos un mismo sentir..., no devolviendo mal por mal..., sean promovedores del bien". (202) Y añadía: "Que mejor es padecer haciendo el bien, si tal es la voluntad de Dios, que padecer haciendo el mal". (203)

Esta consigna está impregnada por las palabras que Pedro había escuchado del mismo Jesús, y por conceptos que eran parte de su "gozosa nueva": el nuevo mandamiento del amor mutuo; el deseo y el compromiso de unidad; las bienaventuranzas de la misericordia y de la paciencia en la persecución por la justicia; el devolver bien por mal; el perdón de las ofensas; el amor a los enemigos. En estas palabras y conceptos está la síntesis original y trascendente de la ética cristiana o, mejor y más profundamente, de la espiritualidad de la Nueva Alianza en Jesucristo.

Confío al Padre, rico en misericordia; confío al Hijo de Dios, hecho hombre como nuestro redentor y reconciliador; confío al Espíritu Santo, fuente de unidad y de paz, esta llamada mía de padre y pastor a la penitencia y a la reconciliación. Que la Trinidad Santísima y adorable haga germinar en la Iglesia y en el mundo la pequeña semilla que en esta hora deposito en la tierra generosa de tantos corazones humanos.

Para que en un día no lejano produzca copiosos frutos, os invito a volver conmigo los ojos al corazón de Cristo, signo elocuente de la divina misericordia, "propiciación por nuestros pecados", "nuestra paz y reconciliación" (204) para recibir el empuje interior a fin de detestar el pecado y convertirse a Dios, y encuentren en ella la benignidad divina que responde amorosamente al arrepentimiento humano. Os invito al mismo tiempo a dirigiros conmigo al Corazón Inmaculado de María, Madre de Jesús, en la que "se realizó la reconciliación de Dios con la humanidad..., se realizó verdaderamente la obra de la reconciliación, porque recibió de Dios la plenitud de la gracia en virtud del sacrificio redentor de Cristo". (205) Verdaderamente, María se ha convertido en la "aliada de Dios" en virtud de su maternidad divina, en la obra de la reconciliación. (206)

En las manos de esta Madre, cuyo "Fiat" marcó el comienzo de la "plenitud de los tiempos", en quien fue realizada por Cristo la reconciliación del hombre con Dios y en su Corazón Inmaculado -al cual he confiado repetidamente toda la humanidad, turbada por el pecado y maltrecha por tantas tensiones y conflictos- pongo ahora de modo especial esta intención: que por su intercesión la humanidad misma descubra y recorra el camino de la penitencia, el único que podrá conducirlo a la plena reconciliación. A todos vosotros, que con espíritu de comunión eclesial en la obediencia y en la fe (207) acogeréis las indicaciones, sugerencias y directrices contenidas en este Documento, tratando de convertirlas con una vital praxis pastoral, imparto gustosamente la confortadora Bendición Apostólica.


Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 2 de diciembre, Primer Domingo de Adviento, del año 1984, séptimo de mi Pontificado.
Joannes Paulus PP. II
NOTAS

1. Mc 1,15.

2. Ver Juan Pablo II, Discurso inaugural de la III Conferencia General del Episcopado Latino- americano, III, 1-7: AAS 71 (1979), 198-204.

3. La visión de un mundo "desgarrado", aparece en la obra de no pocos escritores contemporáneos, cristianos y no cristianos, testigos de la condición del hombre en nuestra atormentada época.

4. Ver Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 43-44; Decreto Presbyterorum Ordinis, sobre el ministerio y vida de los presbíteros, 12; Pablo VI, Encíc. Ecclesiam suam: AAS 56 (1964), 609-659.

5. Sobre la división en el cuerpo de la Iglesia escribía con palabras de fuego, en los albores de la misma Iglesia, el Apóstol Pablo en la famosa página de 1Cor 1,10-16. A los mismos cristianos de Corinto se dirigirá algunos años más tarde S. Clemente Romano para denunciar los desgarrones existentes en aquella comunidad: ver Carta a los Corintios, III-VI; LVII: Patres Apostolici, ed. Funk, I, 103-109; 171-173. Sabemos que desde los Padres más antiguos, la túnica inconsútil de Cristo, no rasgada por los soldados ha venido a ser la imagen de la unidad de la Iglesia: ver S. Cipriano, De Ecclesiae catholicae unitate, 7: CCL 3/1, 254s.; S. Agustín, In Ioannis Evangelium tractatus, 118, 4: CCL 36, 656s.; S. Beda El Venerable, In Marci Evangelium expositio, IV, 15: CCL 120, 630; In Lucae Evangelium expositio, VI, 23: CCL 120, 403; In S. Ioannis Evangelium expositio, 19: PL 92, 911s.

6. La Encíclica Pacem in terris, testamento espiritual de Juan XXIII (ver AAS 55 [1963], 257-304), es considerada con frecuencia un "documento social" o también un "mensaje político" y en verdad lo es, si se toman dichas expresiones en toda su amplitud. El discurso pontificio -así aparece tras más de veinte años de su publicación- es, en efecto, más que una estrategia en vista de la convivencia de los pueblos y naciones, una urgente llamada a los valores supremos, sin los cuales la paz sobre la tierra se convierte en una quimera. Uno de estos valores es justamente la reconciliación entre los hombres y a este tema Juan XXIII se ha referido en muchas ocasiones. De Pablo VI bastará recordar que, al convocar a toda la Iglesia y a todo el mundo a celebrar el Año Santo de 1975, quiso que "renovación y reconciliación" fueran la idea central de aquel importante acontecimiento. Y no pueden olvidarse tampoco las catequesis que a tal idea-maestra consagró él para ilustrar dicho Jubileo.

7. "Este tiempo fuerte, durante el cual todo cristiano está llamado a realizar más en profundidad su vocación a la reconciliación con el Padre en el Hijo -escribía en la Bula de convocación del Año jubilar de la Redención- conseguirá plenamente su objetivo únicamente cuando desemboque en un nuevo compromiso por parte de cada uno y de todos al servicio de la reconciliación no sólo entre los discípulos de Cristo, sino también entre todos los hombres": Bula Aperite portas Redemptori, 3: AAS 75 (1983), 93.

8. El tema del Sínodo era más exactamente: Reconciliación y penitencia en la misión de la Iglesia.

9. Ver Mt 4,17; Mc 1,15.

10. Ver Lc 3,8.

11. Ver Mt 16,24-26; Mc 8,34-36; Lc 9,23-25.

12. Ver Ef 4,23s.

13. Ver 1Cor 3,1-20.

14. Ver Col 3,1s.

15. "Por Cristo os rogamos: reconciliaos con Dios": 2Cor 5,20.

16. "Nos gloriamos en Dios por Nuestro Señor Jesucristo, por quien recibimos ahora la reconciliación": Rom 5,11; ver Col 1,20.

17. El Concilio Vaticano II ha hecho notar: "En realidad de verdad, los desequilibrios que fatigan al mundo moderno están conectados con este otro desequilibrio fundamental que hunde sus raíces en el corazón humano. Son muchos los elementos que se combaten en el propio interior del hombre. A fuer de criatura, el hombre experimenta múltiples limitaciones; se siente, sin embargo, ilimitado en sus deseos y llamado a una vida superior. Atraído por muchas solicitaciones tiene que elegir y que renunciar. Mas aún, como enfermo y pecador, no raramente hace lo que no quiere y deja de hacer lo que querría llevar a cabo (ver Rom 7,14ss.). Por ello siente en sí mismo la división, que tantas y tan graves discordias provoca en la sociedad": Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 10.

18. Ver Col 1,19s.

19. Ver Juan Pablo II, Encíc. Dives in misericordia, 5-6: AAS 72 (1980), 1193-1199.

20. Ver Lc 15,11-32.

21. El Libro de Jonás es, en el Antiguo Testamento, una admirable anticipación y figura de este aspecto de la parábola. El pecado de Jonás es el de "probar gran disgusto y sentirse despechado" porque Dios es "misericordioso y clemente, indulgente, de gran amor y que se apiada"; es el de "entristecerse por una planta de ricino (...) que en una noche se marchita", es no entender que el Señor "pueda tener compasión de Nínive" (ver Jon 4).

22. Rom 5,10s.; ver Col 1,20-22.

23. 2Cor 5,18.20.

24. Jn 11,52.

25. Ver Col 1,20.

26. Ver Eclo 44,17.

27. Ver Ef 2,14.

28. Plegaria eucarística III.

29. Ver Mt 5,23s.

30. Mt 27,46; Mc 15,34; Sal 22 [21],2.

31. Ver Ef 2,14-16.

32. S. León Magno, Tractatus 63 (De passione Domini 12). 6: CCL 138/A, 386.

33. 2Cor 5,18s.

34. Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 1.

35. "La Iglesia es por su misma naturaleza siempre reconciliadora, ya que transmite a los demás el don que ella ha recibido, el don de ser perdonada y hecha una misma cosa con Dios": Juan Pablo II, Discurso en Liverpool (30 de mayo 1982), 3: L'Osservatore Romano, edic. en lengua española, 6 de junio de 1982, p. 13.

36. Ver Hech 15,2-33.

37. Ver Exhort. Ap. Evangelii nuntiandi, 13: AAS 68 (1976), 12s.

38. Ver Juan Pablo II, Exhort. Ap. Catechesi tradendae, 24: AAS 71 (1979), 1297.

39. Ver Pablo VI, Encíc. Ecclesiam suam: AAS 56 (1964), 609-659.

40. Ver 2Cor 5,20.

41. Ver 1Jn 4, 8.

42. Ver Sab 11,23-26; Gén 1,27; Sal 8, 4-8.

43. Sab 2,24.

44. Ver Gén 3,12s.; 4,1-16.

45. Ef 2,4.

46. Ef 1,10.

47. Jn 13,34.

48. Conc. Ecum. Vaticano II, Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 38.

49. Ver Mc 1,15.

50. 2Cor 5,20.

51. Ef 2,14-16.

52. Ver S. Agustín, De Civitate Dei, XXII, 17: CCL 48, 835s.; S. Tomás de Aquino, Summa theologiae, pars III, q. 64, a. 2, ad tertium.

53. Ver Pablo VI, Alocución en la clausura de la Tercera Sesión del Concilio Ecuménico Vaticano II (21 de noviembre, 1964): AAS 56 (1964), 1015-1018.

54. Conc. Ecum. Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 39.

55. Ver Conc. Ecum. Vaticano II, Decreto Unitatis redintegratio, sobre el ecumenismo, 4.

56. 1Jn 1,8s.

57. 1Jn 3,20; ver la referencia que he hecho a este fragmento en el discurso durante la Audiencia general del 14 de marzo de 1984: L'Osservatore Romano, edic. en lengua española 18 de marzo, 1984, p. 3.

58. Ver 2Sam 11-12.

59. Sal 51 [50],5s.

60. Lc 15,18.21.

61. Cartas, Florencia 1970, I, pp. 3s.; El Diálogo de la Divina Providencia, Roma 1980, passim.

62. Ver Rom 3,23-26.

63. Ver Ef 1,18.

64. Ver Gén 11,1-9.

65. Ver Sal 127 [126],1.

66. Ver 2Tes 2,7.

67. Ver Rom 7,7-25; Ef 2,2; 6,12.

68. TERMINOLOGÍA: Es significativa la terminología usada en la traducción griega de los LXX y en el Nuevo Testamento sobre el pecado. La designación más común es la de hamartía y vocablos de la misma raíz. Esta expresa el concepto de faltar más o menos gravemente a una norma o ley, a una persona o incluso a una divinidad. Pero el pecado es también designado adikía y su significación aquí es practicar la injusticia. Se hablará también de parábasis o transgresión; de asébeia, impiedad y de otros conceptos. Todos juntos ofrecen la imagen del pecado.

69. Gén 3,5: "... seréis como Dios, conocedores del bien y del mal"; ver también v. 22.

70. Ver Gén 3,12.

71. Ver Gén 4,2-16.

72. La expresión es de una escritora francesa, Elisabeth Leseur, Journal et pensées de chaque jour, París 1918, p. 31.

73. Ver Mt 22,39; Mc 12,31; Lc 10,27s.

74. Ver S. Congregación para la Doctrina de la Fe, Instrucción sobre algunos aspectos de la "Teología de la liberación" Libertatis nuntius (6 de agosto de 1984), IV, 14-15: AAS 76 (1984), 885s.



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