Estudio teologico agustiniano



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Norte de España-Sede Burgos

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HISTORIA MEDIEVAL DE LA IGLESIA




Prof. Jesús Álvarez Fernández




X

LA REFORMA GREGORIANA


El Concilio de Sutri (1046). Los papas alemanes: León IX (1048-1054). Los papas de la Lorena-Toscana: Ni­colás II (1058-1061). Su política con los normandos. Alejandro II (1061-1073). La acción reformadora de Gregorio VII. El Dictatus pa­pae. Doctrina político-eclesiástica de Gregorio VII. Medios usados en la reforma gregoriana: legados, sínodos, política feudal y guerra santa. La reforma: decretos de reforma (simonía, nicolaitismo). Lucha por la libertad de la iglesia. Enrique IV y Gregorio VII. La lucha después de Gregorio VII.

La reforma gregoriana y los días que la preceden hay que colocarlos ya en el período de la diástasis (1050-1300), etapa compacta de la Historia de la Iglesia, aunque todavía con algunas fisuras. Al principio son los laicos y el alto clero los que trabajan en la reforma eclesiástica. Con esta reforma se abre una nueva era que des­pierta nuevas iniciativas y nuevos problemas, de tal manera que al final de esta etapa se constatar  un nuevo tiempo moderno.



El Concilio de Sutri (1046-1047)

Era derecho común de los emperadores y reyes, con el consentimiento de los papas, el poder convocar sínodos y concilios. El mismo En­rique III acudió al sínodo. Fueron citados los tres papas: Benedicto IX, Silvestre III y Gregorio VI, siendo este último el único que se presentó en el aula conciliar.

El caso más delicado era el de Gregorio VI y su legi­timidad. Parece que Gregorio se confesó culpable, pero so­bre tal confesión aletea la sospecha de la deposición. Por eso hay quien afirma que Enrique III en Sutri depuso a tres pontífices, erigiéndose así el emperador en árbitro de los destinos de la Iglesia romana. Así quedaba la sede romana en vacantía y aquellas circunstancias favorecían el colocar en la cátedra petrina a un candidato dócil a la corte ger­mana. Gregorio fue llevado al exilio alemán acompañado por el monje Hildebrando.

¿Quién depuso a Gregorio VI el emperador o el Sínodo de Sutri? La mayoría de las fuentes parecen culpar al empe­rador. Los autores contemporáneos a Sutri lo juzgan positivamente. Odón de Cluny bajó a Roma para la entronización de Clemente II, dando gracias a Dios por la obra de Enrique III al poner orden en la sede romana. San Pedro Damiani dio al emperador por este hecho el título de Gladius salutis. Humberto de Silvacándida juzgó positiva la acción imperial, como tam­bién lo hizo el monje Hildebrando, quien nunca criticó al emperador, aunque no acompañase voluntariamente a Gregorio VI al exilio. Únicamente el obispo alemán Wazzo reprobó al emperador el mezclarse en cosas eclesiásticas.

¿Cómo se ha juzgado Sutri por los autores modernos? Los de nacionalidad francesa (A. Flich, E. Amman, G. B. Borino)dicen que es el culmen de la teocracia o interferencia del poder civil en los asuntos eclesiásticos. Mientras que los germanos (C. Violante, P. Kehr) consideran que fue el inicio de la lucha eclesiástica por la libertad, iniciada con los papas designados por Enrique III.

Los papas alemanes1

Después del Sínodo de Sutri fue convocado otro en Roma en el que Enrique III designó como papa a Suidgero, obispo de Bamberg, que tomó el nombre de Clemente II (1046-1047)2. Al día siguiente era coronado Enrique III emperador. La ac­ción reformadora de este papa está en el sínodo convocado en Roma en enero de 1047, donde se tomaron medidas enérgi­cas contra la simonía. Después de este sínodo Enrique III regresó a su corte y Clemente II no pudo hacer muchas más cosas pues su pontificado duró nueve meses. Más breve aún fue el reinado de su sucesor Dámaso II (1047), quien sólo estuvo en Roma tres semanas.



L e ó n I X (1048-1054)

Bruno de Egisheim, obispo de Toul, de 50 años, hombre de gran piedad, capacidad organiza­dora y conocedor de la reforma monástica lorenesa. De­claró delante de la embajada romana que él no se considera­ría papa por la elección del emperador si no era aceptado antes por el clero y el pueblo romano.

Se rodeó de hombres deseosos de reforma, elegidos por su amor a la ciencia y la reforma (Humberto de Silvacán­dida, Hugo el Blanco, Odón de Toul, Hildebrando, Federico de Lorena (Esteban IX)...), creando así el colegio cardenalicio como cuerpo de consejo en los asuntos de gobierno de la Iglesia. Otra provechosa innovación de León IX fueron sus innumerables viajes, a ejemplo de los emperadores alemanes, acercando la persona del papa a las gentes y a las ciudades.

De los innumerables sínodos que convocó destacaremos solamente de manera explícita el de Reims (1049):

* lucha contra el nicolaitismo3, como se denomina ahora a los clérigos y sacerdotes no observantes en materia de castidad.

* lucha contra la simonía obligando a los sacerdotes ordenados simoniacamente a presentar la dimisión o a ser depuestos4.

* dio un paso adelante, decisivo, en la lucha por la libertad de la Iglesia en la nómina de los obispos: “Ninguno, que no haya sido elegido por el clero y por el pueblo, puede arrogarse el gobierno de una igle­sia”; condena que, por otra parte, no quita al poder secular el derecho de imponer al neoelecto las insignias de la investidura.

Sí se hizo sentir León IX en diversos sínodos sobre la primacía de la sede romana. En el de Reims se denomina uni­versalis Ecclesiae primas et apostolicus. Las ideas del primado fueron expuestas en las cartas al patriarca Cerula­rio (Patriarcha Oecumenicus), redactadas por Humberto de Silvacándida. No debemos olvidar que es a la muerte de León IX cuando acaece el Cisma de Oriente.

Otro de los temas que destacan en la vida de este pon­tífice fue su política con los normandos. De acuerdo con Argüiros, legado bizantino, envió una embajada al emperador Enrique III para solicitar ayuda armada contra los normandos. León IX se enfrentó a los normandos el año 1052. Pero fue derrotado y aprisionado en Benevento an­tes de que llegasen los bizantinos. Como rescate debió per­donar todas las censuras emanadas contra los normandos y reconocer todos sus derechos.

En marzo del 1054 enfermo regresaba a Roma y poco tiempo después moría.



Los papas de Lorena-Toscana (1057-1073)

A León IX (1048-1054) sucedieron los cortos pontificados de Víctor II (1055-1057) y Esteban IX (1057-1058)

Los cardenales, reunidos en Siena, bajo la dirección de Gofredo de Lorena, eligieron a Nicolás II (1058-1061), obispo de Florencia, quien tuvo el consentimiento imperial y bajó a Roma acompañado de las tropas del duque lorenés, pudiendo ser entronizado el año 1059 a la vez que el antipapa Benedicto X huía de la Urbe.

Decreto sobre la elección pontificia

En abril de 1059 se reunía el concilio laterano con el fin de que no se repitiesen nunca más los incidentes que habían acompañado a la elección de Nicolás II. En el se pu­blica un decreto que ordena:

* Son los cardenales-obispos quienes tomarán las medi­das necesarias, denominarán al nuevo papa y convocarán a los cardenales-presbíteros y diáconos.

* Una vez hecho esto, los demás eclesiásticos y el pue­blo darán el consenso a la elección realizada.

Friedrich Kemp afirma que este sínodo tiene una tenden­cia eclesiológica, que sería la creación de una autoridad eclesiástica que pudiese decidir sobre la legitimidad de una elección. Así se fraguó la analogía de lo que es el metropolita para la elección del obispo, ser  el colegio cardenalicio para el papa.

Decretos de reforma

En los sínodos celebrados en Roma durante los años de su pontificado, especialmente entre 1059-1061, se emanaron diversos decretos de importancia capital para la reforma:

*Contra la investidura laica se afirma que ningún clé­rigo reciba de ningún modo una iglesia de manos de un laico, sea gratis o pagando.

*Contra el nicolaitismo se dan decretos subrayando una característica: aquellos que tienen mujer oculta o concubina no pueden ejercer su oficio y se aconseja a los laicos que no acepten los sacramentos de estos clérigos.

*Contra la simonía se nota una nueva tendencia: no sólo se exhorta y llama al orden, sino que se recurre a la ayuda y cooperación de los laicos: nace la Pataria en Milán (1057).

Política con los normandos

La política de la santa sede hacia los normandos da, en tiempos de Nicolás II, un giro de 180 grados, pues decide entrar en contacto con los normandos y firmar una alianza, porque considera su apoyo como la mejor garantía para la ejecución del decreto de 1059 sobre la elección papal, contra el cual se habían levantado la corte imperial y la nobleza romana. Legitimó sus conquistas y levantó todas las censuras llovidas sobre Roberto Guiscardo y Ri­cardo de Capua, quienes por su parte se declaran súbditos de la santa sede y defensores del Estado Pontificio y sus posesiones.

Al final del pontificado de Nicolás II se registran fuertes tensiones entre la corte imperial y Roma, alimentadas por la aversión del arzobispo Anno de Colonia, protector de Enrique IV, hacia los refor­madores. Todo esto llevará  a la ruptura del imperio y del episcopado alemán con la curia romana en las vísperas de la muerte de Nicolás II.

Su sucesor fue el milanés Anselmo de Luca, que tomó el nombre de Alejandro II (1061-1073). Su elección fue contestada por la corte imperial y la nobleza romana que reconocieron por breve tiempo al antipapa Honorio II. Con Alejandro II la reforma aumentó en energía y ex­tensión, y el prestigio de la santa sede se propagó por me­dio de la reforma en los diversos países donde se llevó a cabo.

En España el pontificado alcanzará un nuevo éxito: los legados pontificios que pondrán en comunicación la penín­sula ibérica con Roma, por medio de la celebración de síno­dos, fueron Hugo el Blanco y el obispo de Marsella. En 1086 Sancho de Aragón encomendó su reino al papa y poco después cambiar  la liturgia mozárabe por la latina. El resto de la España cristiana, empeñada en su lucha contra el Islam, mantuvo la liturgia mozárabe. En Roma se apoya a príncipes franceses para que pasen a luchar en España contra los sa­rracenos. En este tiempo se abre España al mundo exterior -hasta el siglo XI había quedado aislada- creando ahora la­zos con Francia y Roma.

La acción reformadora de Gregorio VII (1073-1085)

El año 1073, durante el entierro del mismo Alejandro II, el diácono Hildebrando fue proclamado papa por el pue­blo romano en la iglesia de Letrán, y luego elegido y entro­nizado por el clero cardenalicio y urbano en San Pedro ad Vincola. Su pontificado ser  de gran relieve para la histo­ria, pues introdujo la diferenciación de poderes en la Iglesia universal, separación entre el campo político y el eclesiástico.

Su nacimiento se suele datar entre el 1019/30 en la Toscana romana, en el seno de una familia modesta. De joven entró en el monasterio de Santa María del Aventino, diri­gido por un tío suyo, y se crió en el Palatium romanum (¿Palacio Laterano?). Sirvió como clérigo al papa Gregorio VI y lo acompañó al exilio. Libre a la muerte del papa, en­tró probablemente en Cluny (1047) y poco después fue lla­mado por León IX para encargarle la administración de San Pablo Extramuros. Participó en numerosas delegaciones pon­tificias y su influjo iba creciendo poco a poco en la curia romana.

Fue un monje en el vaticano, portador del hábito monástico; mas él mismo escribe a Hugo de Cluny que prefiere el apostolado a la vida contemplativa. Aunque estimado por sus contemporá­neos, fue amado por pocos, de tal manera que San Pedro Damiano le llamará Sanctus Satanas.

De su psicología se ha dicho que una idea fija en él es la libertad, palabra que en sus obras aparece sólo 30 veces, mientras que el término obediencia se repite 300. El concepto de obediencia le movió más que el de libertad y quiso estar a la altura con su oficio apostólico, sintién­dose obligado a ejercitar lo que era propio de su carga de sucesor de Pedro. Su concepción medieval sobre el poder se basaba en un agustinismo político, aunque él no conociese las obras de San Agustín sino a través del ambiente eclesiástico en el que se movía. Sus ideas no eran muy originales; lo singular en él fue su voluntad en la lucha por la justicia. Consideraba que el papa debía estar a la cabeza de la Ecclesia universalis, dotada con los poderes del reino y del sacerdocio, instituidos por Cristo. El sacerdo­cio era de categoría superior. En virtud del dere­cho pontificio de decidir en último término quién es de Dios y quién del diablo, pretenderá Gregorio VII de­poner al soberano indigno y desligar a sus súbditos del ju­ramento de fidelidad.

Que Gregorio VII quería orientarse en la tradición eclesiástica lo prueba su empeño por compilar nuevas colec­ciones de derecho que él mismo realizó recogiendo material, principalmente de las Pseudoisidorianas, en pro del primado romano y ordenándolo por grupos, formando así el famoso conjunto llamado Dictatus papae5:

1§ La Iglesia romana ha sido solamente fundada por el Señor.

2§ Sólo el pontífice romano tiene el derecho de recibir el título de universal.

3§ Sólo él puede deponer o absolver a los obispos.

4§ En los concilios el legado papal preside estos, aun­que sea inferior en su grado, y solamente él puede pronunciar una sentencia de deposición contra los obispos.

5§ El papa puede deponer a los ausentes.

6§ No está permitido ser acompañado por aquellos que han sido excomulgados por él, ni cohabitar con ellos.

7§ Sólo el papa puede establecer, según las circunstancias, nuevas leyes, fundar nuevas diócesis, transfor­mar una canonjía en abadía y viceversa, dividir un obispado rico y unir aquellos que son pobres.

8§ Sólo el papa puede usar las insignias imperiales.

9§ El papa es la única persona a la cual todos los príncipes deben besar los pies.

10§ Su nombre es el único que debe ser pronunciado en todas las iglesias.

11§ Su nombre es único en el mundo.

12§ Sólo él puede deponer a los emperadores.

13§ Por razones de necesidad, puede transferir un obispo de una sede a otra.

14§ Puede, si lo cree, ordenar un eclesiástico de cual­quier iglesia.

15§ Quien ha sido ordenado por él puede regir otra iglesia, mas no servir ni recibir de otro obispo una orden superior.

16§ Ningún sínodo puede ser llamado general sin su per­miso.

17§ Ninguna escritura, ningún texto pueden ser conside­rados como canónicos sin su autoridad.

18§ Su sentencia no puede ser reformada por ninguno y él solamente puede reformar la de todos los demás.

19§ El papa no puede ser juzgado por nadie.

20§ Ninguno puede condenar una decisión de la sede apostólica.

21§ Las causas más graves de cada iglesia deben ser llevadas a él.

22§ La iglesia romana no ha errado nunca y, como dice la Escritura, no puede errar nunca.

23§ El pontífice romano, si ha sido canónicamente orde­nado, se convierte indudablemente en santo por los m‚­ritos de San Pedro, según el testimonio de San Enno­dio, obispo de Pavía, y de acuerdo con muchos Padres, como se puede ver en el decreto del Beato Símaco, papa.

24§ Por orden suya y con su autorización, está consen­tido a los súbditos acusar a sus superiores.

25§ El puede deponer y absolver a los obispos sin nece­sidad del concilio.

26§ Quien no está de acuerdo con la Iglesia romana no se le considera católico.

27§ El papa puede liberar a los súbditos del juramento de fidelidad hecho a personas indignas.

H. Fuhrmann elimina la tesis de G. B. Borino según la cual el Dictatus papae sería una colección de Gregorio VII para su uso privado y que no refleja ninguna idea suya sobre el papado. H. Fuhrmann afirma que el Dictatus papae es una ex­presión directa del pensamiento de Gregorio VII, porque no sólo expresa afirmaciones que no están basadas en la tradi­ción, o sea ideas nuevas, sino que introduce en los textos tradicionales un sentido nuevo. Por ejemplo en la proposi­ción 26 hay una idea revolucionaria introducida por Grego­rio VII: esta afirmación no vale sólo para las cuestiones dogmáticas, sino también para las cosas prácticas, teniendo por herético a quien no le obedeciese. Sin embargo H. Fuhrmann no comparte la opinión de los que creen que el Dictatus Papae es un producto de Gregorio VII para sus pretensiones políticas. Otros autores opinan que el Dictatus papae fue compuesto como preparación para la lucha futura con Enrique IV. Pero tal explicación no es sostenible, según H. Fuhrmann, porque el Dictatus papae no tiene un fin particular, sino la afirmación de los derechos primaciales para usarlos en la reforma. Sin duda alguna que el Dictatus papae fue compilado de cara al futuro, pero no de cara a un evento particular de ese futuro.



Doctrina político-eclesiástica de Gregorio VII

Sus ideas político-eclesiales le hacían ver en la Iglesia una institución político-religiosa que comprendía la entera exigencia del pueblo cristiano. La Ecclesia uni­versalis es dirigida a la vez por el poder del reino y del sacerdocio, que se distinguen por sus diversas funciones, pero que colaboran en el enriquecimiento de esa Ecclesia universalis: los obispos entraban en el régimen feudal y los reyes participaban del régimen sacral.

Gregorio VII estimaba mucho el papel del rey en la Iglesia y deseaba su colaboración. No negaba que el poder regio fuese de institución divina, sin embargo la inferio­ridad del reino sobre el sacerdocio se basaba en que la ac­ción del rey debía someterse al juicio del sacerdote y, en especial, al del papa. Y si se oponía a esto los sacerdotes debían luchar, como medios eclesiásticos (excomunión, en­tredicho...) contra él por alzarse como perturbador del or­den. A todo esto Gregorio VII añade que si un rey se reve­laba-rebelaba como un elemento de la civitas diaboli, ya no tenía derecho ninguno a reinar sobre un pueblo cristiano, por lo que el papa tenía el derecho de deponerlo. El pensamiento de Gregorio VII era de tendencia hiero­crática y, según él, todas las acciones de los cristianos debían estar determinadas por una finalidad sobrenatural, y por esta finalidad era él el competente y no el rey. Esta exageración unilateral acabó, por necesidad, en una mayor diferenciación en tiempos posteriores. Sin quererlo llevó a distinguir en la Ecclesia universalis dos finalidades: po­lítico-espiritual (derecho eclesiástico) y político-tempo­ral (derecho civil). Por esto Gregorio VII cambió profunda­mente el mundo cristiano de su tiempo y las discusiones sa­cerdocio-reino continuaron por siglos.

Medios usados en la reforma gregoriana

Tres fueron los instrumentos de los que sirvió Grego­rio VII para llevar a cabo la reforma: Legados y sínodos; continuación de la política feudal de la santa sede y la guerra santa.



Legados pontificios y sínodos

Hasta ahora a los legados sólo se les confiaba, por breve tiempo y fines muy particulares, misiones especiales o visitas a países de misión. La novedad introducida por Gregorio VII es la creación de legados estables, general­mente del mismo país6, que convocaban sínodos y concilios que enca­recían la ejecución de los decretos de reforma.



Política feudal de Gregorio VII

Su política feudal se basa, principalmente, en la mís­tica petrina vivida por Gregorio VII. Este exigía la obe­diencia de los laicos a la persona de Pedro, representada en el papa. Con esto Gregorio VII intentó crear lazos jurí­dicos con los príncipes para que, basados en este concepto de obediencia, acudiesen a defender los intereses eclesiás­ticos: la fidelidad se apoya en un lazo religioso a la per­sona de Pedro.



La guerra santa

Gregorio VII, si bien nunca tuvo fortuna en sus empre­sas bélicas, no encontró dificultad en considerar la gue­rra santa como un medio legítimo para alcanzar sus fines políticos y religiosos.

Al inicio de su pontificado escribió al rey Sven de Dinamarca para que enviase a su hijo con un ejército para conquistar una provincia cristiana. Diversas ocasiones de guerra santa se presentan en España: el Islam y la urgencia a príncipes franceses. Luego se le ocurrió la idea de la cruzada de los cristianos del occidente en ayuda de los cristianos del oriente (1074) y conseguir así la unidad y reconciliación. Escribió cartas a los reyes y príncipes oc­cidentales, pero no se logró nada.

La reforma

Los decretos de reforma

Se promulgan principalmente en los sínodos cuaresmales celebrados en Roma, pudiendo distinguir principalmente dos grupos:

* Contra la simonía: El primer sínodo de su pontificado (1074) renovó todos los decretos de sus predecesores contra la simonía, conminando la exclusión del servi­cio eclesiástico. El golpe más duro se dio en el sínodo de 1078, donde se declara inválidas todas las ordenaciones de obispos simoniacos y en 1079 se amplía a todas las ordenaciones simoniacas.

* Contra el nicolaitismo en el Laterano se renuevan los decretos emanados con anterioridad. Se prohíbe a los incontinentes el ejercicio de su sacerdocio. Gregorio VII pensaba que el sacerdocio era incompatible con el matrimonio y que el celibato venía ya desde una anti­gua ley para la Iglesia universal7. Gregorio VII, convencido de renovar la antigua ley eclesiástica, si­guió insistiendo en el celibato. Su iniciativa suscitó oposiciones y agitaciones, pero él continuó con su campaña y en el sínodo romano celebrado el año 1078 ordenó, bajo pena de suspensión, la observancia del celibato en su diócesis, y de aquí poco a poco se fue reafirmando en las demás.



Lucha por la libertad de la Iglesia

La libertad de la Iglesia sólo se podía conseguir si la provisión de sacerdotes y obispos se liberaba del opre­sor influjo de los reyes y patronos de iglesias y se hacía de acuerdo con las disposiciones canónicas que dejaran lu­gar a la acción divina.

Sobre el problema de las iglesias propias Gregorio VII no se preocupó demasiado, aunque sí inició la lucha. Se contentó con llevar adelante la reforma del episcopado pen­sando que estos siguiesen la reforma y alcanzasen la aboli­ción de la iglesia propia. No obstante en el sínodo de 1078 declaró o exhortó a los obispos para que instruyesen a sus fieles sobre el grave peligro que entrañaba para su salva­ción la posesión de una iglesia propia... El mismo año un concilio gerundense declaraba ilícita la posesión de una iglesia propia por parte de los laicos.

Sobre la elección hay que decir que la práctica anti­gua8 fue perdiendo vigor durante el régimen carolingio hasta que a finales del siglo IX dependían prácticamente de la voluntad del rey o príncipes (régimen otoniano), a la vez que se iba perdiendo el control sobre los bienes ecle­siásticos y se pide el homenaje y juramento de fidelidad, de tal manera que ahora el acto decisivo parece ser la in­vestidura, pasando el acto sacramental de la consagración a ser un acto complementario.

Todo esto hace ver a los reformadores que una reforma moral a secas no basta, sino que se necesita una reforma moral y una reforma institucional para eliminar todas las instituciones creadas en el Alto Medioevo, porque sería la única manera de atacar el mal de raíz. Así encaminan su vo­luntad hacia una meta más grande y amplia, fundada en la libertad de la Iglesia, del clero y de sus lazos con las instituciones. No surgió inmediatamente esta lucha, sino que experi­mentó un lento desarrollo.

Gregorio VII, siguiendo los pasos de sus predecesores, en los primeros días de su pontificado no atacó a la investidura, sino que se contentó con luchar contra la simonía; pero pronto en el sínodo de 1075 prohibió, bajo pena de excomunión, la investidura lai­cal. Y en 1076 entró en conflicto con Enrique IV, a quien excomulga y declara depuesto por oponerse a sus de­cretos sobre la investidura. El papa tomó una actitud dura, severa e inexorable no sólo para Alemania, sino para toda la cristiandad.



Enrique IV y Gregorio VII

Se enfrascaron en una controversia que dividirá las simpatías de todos los que la estudien, siendo imposible mantener una imparcialidad aséptica. Casi todos los autores admiten el valor y la superioridad espiritual del pontí­fice, y la energía y talento político del monarca, si­guiendo la política de su padre. También se coincide, gene­ralmente, en acusar al papa de pretensiones extremas y ri­gurosidad, mientras al rey se le tacha de decadencia moral.

La juventud de Enrique IV puede explicarnos algo: Na­cido en el año 1050, recibió una educación un poco defec­tuosa, faltándole madurez y autocontrol. Seis años tenía cuando murió su padre y fue puesto bajo la tutela de su ma­dre Inés y del arzobispo Anno de Colonia. En 1065 es declarado mayor de edad, aunque sigue bajo la guía de tutores dominados por una mentalidad imperialista y hostil a Roma. Su padre Enrique III ya había iniciado la reforma, pero ahora se quería pasar de un plano moral a otro insti­tucional, lo cual sacudiría las bases del imperio, porque este nuevo sistema suponía para Alemania un cambio sustancial en la política feudal del imperio.

A pesar de que Gregorio VII al ser elegido no fue presentado a la corte imperial, sin embargo los primeros años de su pontificado las relaciones con Enrique IV no son tensas. La causa de esta calma se puede encontrar en la sublevación de los sajones y el hecho de que Enrique IV no quisiera luchar a la vez contra dos frentes (sajones-papa), por lo que Enrique IV en este tiempo observó una conducta pru­dente, incluso cuando el sínodo cuaresmal de 1075 promulgó decretos en los que se abolía toda forma de investidura.

La ruptura se fraguará  por la actividad política de Enrique IV en Italia, después de su victoria sobre los sajo­nes, al nombrar obispos para Fermo y Espoleto, violando así los derechos metropolitanos que Roma tenía sobre aquellas dos sedes y afrentando al papa por semejante injerencia en asuntos eclesiásticos. Gregorio VII manda un aviso a Enrique IV amenazándole con la excomunión y anunciándole lo ilícito de tales provisiones episcopales. Enrique IV pasó de las advertencias pontificias y con­vocó para el año siguiente en Worms un concilio. A todo esto contestó Gregorio VII con el sínodo cua­resmal del mismo año 1076 desposeyendo del gobierno a Enri­que IV, desatando a sus fieles del juramento de fidelidad y lanzando la excomunión. La maldición proferida contra el emperador, hecho inaudito hasta ahora, tuvo sus consecuen­cias.

De poco sirvió que Enrique IV mandara excomulgar a Gregorio VII, pues sus enemigos políticos los príncipes sa­jones se concertaron para una acción común en la ciudad de Tribur y convinieron en no reconocer a Enrique IV como emperador si en el espacio de un año no era absuelto de la excomunión en la que había caído; también se invitaba al papa y al emperador a la Dieta de Augsburgo para que allí se arreglasen sus quere­llas.

El papa se pone en camino hacia Augsburgo. También En­rique IV con el fin de obtener la absolución y así evitar la coalición entre los príncipes y el papa. El encuentro ten­drá lugar en Canosa, donde Gregorio VII, tras los ruegos de Matilde y Hugo de Cluny, padrino del emperador, le concede el perdón después de tres días de penitencia.

Políticamente Gregorio VII obró con impericia, porque Enrique IV quedó libre y los príncipes, que únicamente querían uncir al papa al carro de sus intereses, siguieron con sus pretensiones y eligieron emperador a Rodolfo. Gregorio VII no reconoció esta elección y no se dejó guiar precisamente por inten­ciones políticas. A su juicio tenía que ser rey aquel de cuyo lado estuviera la justicia. Esta actitud religiosa no se entendía en Alemania y se le obligó a decidirse por uno u otro bando. Los mensajeros de Enrique IV, enviados el año 1080, parece que intentaron forzar la decisión amenazándole con un antipapa, por lo que en el sínodo cuaresmal de aquel año Gregorio VII dictó sentencia excomulgando y deponiendo a Enrique IV.

El emperador, apoyado por la mayoría del episcopado alemán y lombardo, niega la obediencia al papa y elige al antipapa Clemente III (Guiberto de Ravena). Después en la primavera del 1081, una vez derrotado su rival Rodolfo, baja a Roma para sitiarla durante dos años. Gregorio VII se refugió en el Castillo de Sant'Angelo hasta la llegada de las tro­pas de Roberto Guiscardo, que puso en huida a Enrique IV. Sin embargo la ciudad no estaba con el papa por causa de los desmanes cometidos por Roberto Guiscardo al entrar en Roma para rescatarle, por todo lo cual Gregorio VII tuvo que abandonarla y dirigirse con los normandos hacia Sa­lerno, donde murió el 25 de mayo de 1085 pronunciando las palabras del salmo amavi iustitiam, odivi iniquitatem, propterea morior in exilio.

A la hora de emitir un juicio final sobre Gregorio VII reproducimos las palabras de M. D. Knowles:

"Hildebrando puede suscitar antipatía en quien se limite a considerar sus pretensiones obstinadas a la veneración universal, a la obediencia sin lí­mite, a la infalibilidad y su convicción de no te­ner que rendir cuentas a nadie. Pero una lectura minuciosa revela que sus pretensiones tenían el obligado contrapeso: espiritualidad y piedad autén­ticas, gran caridad y humildad personal. La autori­dad pontificia, según él, sólo debía emplearse para hacer avanzar la causa de la justicia, entendida como la voluntad de Dios y revelada por los manda­mientos. Justicia y paz son las palabras clave de todas las declaraciones de Hildebrando, convertido en Gregorio VII”9.

La lucha después de Gregorio VII

La muerte de Gregorio VII supuso para el partido de la reforma un duro golpe. Dos años más tarde sería elegido el abad Desiderio de Montecasino, que tomó el nombre de Víctor II (1087-1088)10 y cuyo pontificado fue demasiado corto; además la mayor parte del tiempo lo pasó encerrado en su abadía casinense y después en la isla Tiberina protegido por los normandos.

Le sucedió el cardenal Odón de Ostia, formado en Cluny y llevado a Roma por Gregorio VII. Urbano II (1088-1099) siguió la línea gregoriana, pero mostrándose más prudente y contemporizador, incluso aceptando a algún obispo (Anselmo de Milán) investido por el emperador. Como Roma y San Pedro estaban en manos del antipapa Clemente III, acudió a los normandos para entrar en la isla Tiberina y luego tomar la ciudad al asalto, donde se asentó definitivamente el año 1094. Los primeros años de su pontificado están marcados por la presión imperial, que Urbano II trató de capear. La actividad reformadora la llevó adelante principal­mente en los sínodos, destacando el de Melfi en 1089, donde renueva los decretos contra la simonía, el nicolaitismo y las investiduras. El sínodo más importante es el que con­voca, con motivo de su viaje a Francia, en Clermont (1095), donde se añade la prohibición de los vínculos de vasallaje con reyes u otros laicos, sobrepasando en este campo al mismo Gregorio VII, y se amenaza con la excomunión. Tam­bién se promulga la paz de Dios. Y famoso es este concilio por la proclamación de la primera cruzada11.

El problema capital durante el pontificado de Pascual II (1099-1118) era el de la investidura. Hubo momentos álgidos en las relaciones con Enrique I de Inglaterra, (quien renuncia a la investidura del anillo y báculo, pero conservaba el derecho de recibir de los obispos la mesnada antes de la consagración) y con el rey francés (quien abandonó no sólo la investidura con anillo y báculo, sino también el acto de homenaje/vasallaje, contentándose con un juramento de fidelidad.

Pero el problema de las investiduras era más complicado en Alemania, donde no sólo se debía tratar sobre la investi­dura, sino también de una clara regulación sobre las igle­sias. Pascual II entrará en trato con Enrique V, quien el año 1106 había vencido y destronado a su padre. Pascual II, que en dicha rivalidad había tomado partido por el hijo, sufrió un desengaño (al igual que Gregorio VII con Enrique IV) al empecinarse Enrique V en los derechos del imperio sobre las investiduras.

Pascual II rechaza el derecho imperial a la investi­dura, pero reconoce el título regio de las regalías, es de­cir, a los bienes y derechos del reino traspasados a los obispos. Y propuso la solución radical de dejar solamente a las iglesias los tributos puramente eclesiásticos o dona­ciones privadas, teniendo que devolver todas las regalías; por su parte Enrique V renunciaría a la investidura. El plan era tan bien intencionado como utópico, pues todo ello fue rechazado por los obispos y príncipes germanos en Roma el año 1111 en el mismo día de la corona­ción de Enrique V, originándose un tumulto. Ante esto Enri­que V exigió la coronación y el derecho de investidura, exigencias que Pascual II denegó. Pero el emperador lo aprisiona y saca de Roma; luego consigue arrancar del papa la concesión del derecho de investidura con anillo y báculo y la promesa de que no le excomulgará12.

A Pascual II le sucedió el breve pontificado de Gela­sio II (1118-1119) y los cardenales que le rodearon en su lecho de muerte eligieron como su sucesor a Guidon, arzo­bispo de Vienne, quien fue aceptado por los cardenales que se encontraban en Roma.

Calixto II (1119-1124)13 antes de bajar a Roma se pon­drá en contacto con el emperador, a quien levantó la exco­munión. Restablecida así la amistad, el pleito de las investiduras entre el emperador y la santa sede concluirá en el Concordato de Worms (1122), en el que Enrique V, necesitado de paz, renunciaba a la inves­tidura del anillo y báculo, pero conservaba el derecho de investidura de las regalías, que se haría con el cetro. Concedía, además, la elección canónica y libre consagra­ción, pero se reservaba para el territorio alemán un in­flujo esencial sobre la elección, es decir, que tenía que celebrarse en su presencia o ante sus delegados y que, en caso de elección discrepante, decidiría él asistido por los metropolitas.

El Concordato de Worms constaba de dos documentos, uno con las concesiones imperiales a Roma y otro con las papa­les a Enrique V. En el fondo con este Concordato se desmo­ronó la constitución otónica del imperio. La independencia de los obispos y abades imperiales quedó afectada por el hecho de que los prelados habían evolucionado pasando de empleados del imperio (vasallos de la corona) a príncipes feudales que aspiraban a aumentar su poder secular en una comunidad de intereses. Como representantes eclesiásticos, cuya independencia jurídica tuvo que reconocer Enrique V por la renuncia a la investidura del cargo, pertenecían ahora al cuerpo internacional de la jerarquía eclesiástica. Y como el pontificado iba convirtiéndose en una auténtica monarquía, tuvieron en adelante que servir a dos señores. Así se abría paso una situación totalmente nueva, fundada en la distinción de las dos esferas de derecho público: ci­vil y eclesiástico, cuya problemática pesar  en el futuro.

En el Concilio de Letrán (1123), declarado ecuménico en el siglo XVI, fue aceptado por la Iglesia el Concordato de Worms. Hecho importante, porque todo lo que la reforma había dispuesto contra el matrimonio de los sacerdotes, la simonía y el dominio de los laicos en la Iglesia y sus bie­nes, sobre la paz de Dios y los derechos y deberes de los cruzados (2ª Cruzada), se halla aquí sumariamente reunido.

B i b l i o g r a f í a:

Jedin, H., Manual de Historia de la Iglesia. De la Iglesia de la primitiva Edad Media a la Reforma Gregoriana (=Biblioteca Herder. Sección de Historia 78), III, Herder, Barcelona 1970, 543-617.

Leyser, Karl, Gregory VII and the Saxons, en Studi gregoriani per la Storia della “Libertas Ecclesiae”, XIV, Libreria Ateneo Salesiano, Roma 1991, 231-238.

Llorca, B.-García Villoslada, R.-Leturia, P. de-Montalván, F. J., His­toria de la Iglesia Cat¢lica. Edad Media (800-1303). La cristiandad en el mundo europeo y feudal (=Sección V: Historia y Hagiografía 104, II, BAC, Madrid 1953, 352-430.

Nueva Historia de la Iglesia. La Iglesia en la Edad Media, II, Cristiandad, Madrid 1977, 175-193.

Oliver, Antonio, “Regnum Hispania” en el programa de reforma de Gregorio VII, en Studi gregoriani per la Storia della “Libertas Ecclesiae”, XIV, Libreria Ateneo Salesiano, Roma 1991, 75-82.

Sayers, Jane, Innocent III. Leader of Europe 1198-1216 (=The Medieval World), Longman, London-New York 1994, xiii-222pp.

Soto Rábanos, José María, Introducción del rito romano en los reinos de España. Argumentos del papa Gregorio VII, en Studi gregoriani per la Storia della “Libertas Ecclesiae”, XIV, Libreria Ateneo Salesiano, Roma 1991, 161-174.


1 El primer papa de origen alemán fue Gregorio V (996-999).

2 Segundo papa germánico. ¿Murió envenenado? Es el único papa sepultado fuera de Roma, en Colonia.

3 . Secta gnóstica de los primeros siglos, de extendida fama por su libertinaje en el campo sexual.

4 . La simonía era considerada entonces como una herejía, pues era la negación de la divinidad del Espíritu Santo o, por lo menos, era poner obstáculo a su libre acción.

Surgió el problema sobre la validez de las ordenaciones conferidas, aún gratuita­mente, por obispos simoniacos. Pier Damiani en su Liber gratissimus opinaba que eran vá­lidas. Humberto de Silvacándida se alzó contra tal opinión escribiendo Adversus simonia­cos, donde se inspira en la postura de San Cipriano que en el siglo III no admitió la validez del bautismo administrado por los heréticos, y según Humberto los simoniacos son herejes que no pueden dar el Espíritu y, por tanto, sus ordenaciones son inválidas. Aunque León IX intentó en un sínodo romano declarar esas ordenaciones como inváli­das, los sinodales frustraron su tentativa, por lo cual el papa, para estar más seguro, reordenó a muchos obispos y sacerdotes imponiéndoles las manos.



5 . Cfr. Fliche, A.-Martin, V., Historia de la Iglesia, VIII, 73; Llorca, B.-García Villoslada, R.-Leturia, P. de-Montalván, F. J., His­toria de la Iglesia Católica. Edad Media (800-1303). La cristiandad en el mundo europeo y feudal (=Sección V: Historia y Hagio­grafía 104), II, BAC, Madrid 1953, 383.

6 . Así nombró el año 1075 a Hugo de Die para Francia; a Amado de Oleron para el sur de Francia y España; en el 1079 a Ricardo de San Víctor para España; al año siguiente a Altmann, obispo de Passau, para Alemania y para la Lombardía a Anselmo de Luca.

7 . Doble error papal, pues sólo en el siglo IV comienza lentamente el celibato a ganar adeptos. Poco a poco los sínodos provinciales lo van inculcando y Gregorio I (590-602) ordena que el diácono debe ser célibe. Pero esta legislación no tuvo gran efecto hasta Gregorio VII. Además era muy difícil que los párrocos rurales no se casasen, pues era imposible combinar las labores del campo y las eclesiásticas si no se casaban o vi­vían en concubinato.

8 . El sacerdote era elegido bajo control del obispo; el obispo bajo el del metropo­lita y este bajo el del sínodo.

9 . Nueva Historia de la Iglesia. La Iglesia en la Edad Media, II, Cristiandad, Ma­drid 1977, 184.

10 . Nombre unido a la reforma y que recuerda al último pontífice elegido por el em­perador Enrique III, lo cual apuntaba a un deseo de reconciliación.

11 . Mientras el emperador se sentía acorralado por las tropas de Tuscia, ahora el papa, como verdadero guía o cabeza de la cristiandad de Occidente, ponía en movimiento un ejército internacional para la defensa de la cristiandad oriental y conquista de Tie­rra Santa.

El emperador Alejo I Comneno pidió ayuda a Occidente para resistir a los turcos. Es posible que la campaña de Urbano II en favor de la cruzada este fuertemente motivada en agradecimiento a Alejo I porque este no había cedido a las presiones de Enrique IV, que quería que reconociese al antipapa Clemente III y colocase a este en las Tablas Apostó­licas en lugar de Urbano II.



12 . De esto se arrepentirá más tarde y revocará tal privilegio: “Obré como hombre, porque soy polvo y ceniza. Confieso que hice mal; pero ruego a todos que oréis a Dios para que me perdone”, palabras pronunciadas por Pascual II en el Concilio celebrado en el palacio lateranense el año 1116.

13 . Pontífice emparentado con las casas reales de Francia, Inglaterra, Saboya y tío de nuestro Alfonso VII por el casamiento de su hermano Raimundo de Borgoña con Dª Urraca. Fue elegido en Cluny, pero con la reserva de que fuera aceptado por los cardena­les romanos.


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