Estudio del don juan tenorio de zorrilla (1)



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ESTUDIO DEL DON JUAN TENORIO DE ZORRILLA (1)

 Contexto histórico

 La vida de José Zorrilla (1817-1893) es testigo de casi todos los grandes acontecimientos del siglo XIX, época en la que se producen profundos cambios económicos (surgen las grandes industrias y crece el proletariado), sociales (la nobleza es desplazada por la burguesía, que se convierte en la nueva clase dominante) y políticos.

En España, el paso desde la monarquía absoluta hasta el liberalismo estuvo marcado por continuos conflictos. Se inició el siglo con la guerra de la Independencia (1808-1814), en la que tradicionalistas y liberales españoles formaron alianza contra la invasión francesa.

En 1812 las Cortes de Cádiz habían proclamado la primera Constitución española, pero el regreso de Fernando VII en 1814 supuso la vuelta al absolutismo y la abolición de la Constitución. La política inmovilista del monarca fue un freno en el momento en que Europa desarrollaba la Revolución Industrial. En 1820, la sublevación del comandante Riego dio paso al llamado "trienio constitucional", pero la invasión de los Cien mil hijos de San Luis (1823) restableció la monarquía absoluta y forzó el exilio de los liberales. A la muerte de Fernando VII (1833), estalló la primera guerra carlista entre los liberales, que apoyaban a Isabel II en la sucesión al trono, y los absolutistas, partidarios de Carlos, hermano de Fernando VII. Esta guerra civil se extenderá hasta el "abrazo de Vergara" (1839). El reinado de Isabel II también estuvo sometido a continuos enfrentamientos entre progresistas y conservadores. A través del pronunciamiento militar se sucedieron en el gobierno los generales Espartero (progresista), Narváez (conservador) y O'Donnell (creador de la Unión Liberal). La sublevación de progresistas y unionistas en 1868 puso fin al reinado de Isabel II. La revolución del 68 (la Gloriosa) trajo consigo la libertad de expresión, de enseñanza y de asociación, entre otras, pero no encontró una fórmula estable de gobierno. En pocos años se sucedieron la regencia del general Serrano (1868-1871), el reinado de Amadeo I (1871-1873) y la Primera República (1873). Ello provocó la reacción del tradicionalismo y el golpe de estado del general Martínez Campos en 1874, que puso en el trono al rey Alfonso XII. La Restauración (1875-1931) dio paso a la alternancia pacífica entre el partido conservador de Cánovas y el liberal de Sagasta, pero los problemas económicos y sociales crearon un malestar que se intensificó tras la pérdida de Cuba y Filipinas en 1898, provocando lo que se conoce como crisis de fin de siglo.

 Contexto cultural y estético

 El estreno del Don Juan Tenorio en 1844 se produce en un momento en que España respira aires románticos. El Romanticismo, entendido como un amplio movimiento general que incidió sobre la cultura y la vida europeas, y no solo sobre la literatura, había tenido sus primeras manifestaciones en Alemania e Inglaterra a fines del siglo XVIII -desde donde se difundió a Francia y al resto de los países europeos- y proclamaba la libertad del individuo frente a las normas morales establecidas, y la del artista ante las preceptivas neoclásicas.

El hombre romántico se nos presenta como un ser disconforme con los valores que impone la sociedad burguesa, de ahí que, perdida la fe en la razón como sistema para ordenar el mundo, afirme el poder creador del espíritu: de la imaginación y de la pasión no sometidas a ninguna regla. Si la nueva sociedad imponía un modelo de ciudadano sujeto a rígidos derechos y deberes, el hombre romántico defiende al personaje marginado (héroe de composiciones como la Canción del pirata, de Espronceda, Los bandidos, de Schiller o El corsario, de Lord Byron); frente a la corrección clásica en el vestir, usa ropa negra y lleva el cabello largo y desordenado; frente al matrimonio convenido, hace un encendido canto al amor pasional (el Werther de Goethe fue un símbolo para los románticos, pues enamorado de una mujer casada y ante la imposibilidad de este amor, decidió suicidarse: trágico fin que siguió más de un joven a comienzos del siglo XIX); en definitiva, el hombre romántico prefiere la individualidad antes que la uniformidad social.

Como don Juan Tenorio o el poeta inglés Lord Byron, el romántico ama la libertad por encima del bien y del mal, pero ese deseo de vivir intensamente la vida choca a menudo con la triste realidad, provocando la angustia existencial, el llamado mal del siglo, que se manifestó como melancolía en Bécquer, locura en Hölderlin y suicidio en Larra.

En consonancia con esta actitud vital, el artista romántico rechaza los cánones de la estética dieciochesca. Ya no interesan la armonía y perfección de las formas, sino el dinamismo y la intensidad expresiva. Las obras rompen con las unidades dramáticas de tiempo y lugar, mezclan el verso y la prosa, lo trágico y lo cómico, y recurren a la polimetría para conseguir mayor efectividad. Se centran en lo irracional, lo sentimental, lo misterioso y fantástico (amores apasionados, escenas de cementerios, fantasmas y visiones a la luz de la luna son propios del Don Juan Tenorio o de las leyendas de Bécquer y de los cuentos de Hoffmann). Los románticos ponen de moda el gusto por lo oriental y por épocas pasadas, en especial por la Edad Media, en cuyos monasterios y castillos sitúan la acción de dramas y novelas. Fiel reflejo de ello son los numerosos arcaísmos introducidos en sus obras, así como los frecuentes temas procedentes de leyendas ancestrales, como el Don Juan Tenorio, El trovador o Los amantes de Teruel. A este interés por lo histórico y lo popular corresponde el éxito de la novela histórica (W. Scott, Gil Carrasco...) y de la novela costumbrista (Mesonero Romanos y Estébanez Calderón).

El Romanticismo llegó a España con retraso, ya que durante los primeros decenios prevalecieron las formas neoclásicas. Hacia 1818, el cónsul de Alemania en Cádiz, Nicolás Böhl de Faber, publicó una serie de artículos en los que exaltaba, con su sensibilidad romántica, el teatro español del Siglo de Oro, y en 1823 se editó en Barcelona la revista El europeo, en la que románticos como Aribau y López Soler, entre otros, combatían el neoclasicismo; pero fueron los exiliados liberales -que habían tomado contacto con las corrientes románticas europeas y que pudieron regresar a España tras la amnistía de 1833- los que trajeron a nuestro país el nuevo estilo.

La poesía tuvo su expresión más intimista y pasional en los rítmicos versos de Espronceda y de Zorrilla, que cultivaron no solo la poesía lírica, sino también la poesía narrativa. El artículo de costumbres alcanzó gran éxito popular en la pluma de Larra, pero el género más característico fue el drama ("la forma más grande de expresión artística", afirmó Victor Hugo en el prefacio a Cromwell), cuyo primer triunfo tuvo lugar con el estreno de La conjuración de Venecia (1834), de Martínez de la Rosa, y su apogeo con Don Álvaro o la fuerza del sino (1835), del duque de Rivas, El trovador (1836), de García Gutiérrez y Los amantes de Teruel (1837), de Hartzenbusch. En 1844, cuando Zorrilla estrena su Don Juan Tenorio, la exaltación romántica había decaído y puede darse por terminada en 1849, fecha del estreno de su Traidor, inconfeso y mártir. El gusto romántico empezaba a ser sustituido por una nueva estética, el Realismo, que iba a triunfar en las décadas siguientes; pero también en estos años surgirá una nueva poesía romántica, más sencilla e intimista, que marcará el camino hacia la poesía contemporánea: nos referimos a Bécquer y a Rosalía de Castro.

 Vida del autor

 José Zorrilla y Moral nació en Valladolid el 21 de febrero de 1817. Era hijo de un magistrado de la Audiencia, intransigente, que nunca llegó a comprender el carácter libre e impulsivo de nuestro autor, ni su dedicación a las letras, en vez de a las leyes, como hubiera deseado. Su padre, absolutista convencido, desempeñó diversos cargos políticos y administrativos (entre ellos el de superintendente general de policía) en Valladolid, Burgos, Sevilla y Madrid durante el reinado de Fernando VII; en estas ciudades pasó Zorrilla sus primeros años, empezó a leer a escondidas obras románticas (François René de Chateaubriand, Walter Scott, James Fenimore Cooper), y escribió sus primeros versos.

A la muerte de Fernando VII (1833), el padre de Zorrilla fue desterrado de Madrid. Envió a su hijo a Toledo para que estudiara leyes, pero el muchacho se dedicaba más a las lecturas románticas (Victor Hugo, Alexandre Dumas, José de Espronceda…), a pasear por la ciudad y a pintar rincones toledanos que a los textos jurídicos, por lo que su padre lo mandó tutelado a Valladolid. Las aficiones de Zorrilla no cambiaron y su padre recibió una carta de los tutores en la que le decían que su hijo era un holgazán, que andaba por las noches por los cementerios como un vampiro y que se dejaba crecer el pelo como un cosaco. Fue enviado a casa, pero se escapó (apenas tenía 19 años) y se refugió en Madrid, disfrazado para no ser reconocido por los enviados de su padre, que jamás le perdonó ni la huida del hogar ni el abandono de los estudios.

Su suerte iba a cambiar inesperadamente: el 13 de febrero de 1837 Larra se suicida. Ante su cadáver, Zorrilla lee unos emocionados versos que le supondrán la amistad con escritores ya famosos (García Gutiérrez, Hartzenbusch y Espronceda, su "ídolo"), así como su participación en diversas publicaciones.

En 1839 casó con Florentina O'Reilly, guapa viuda, dieciséis años mayor que él, con la que tuvo una hija, fallecida con poca edad. Los celos de su mujer y las aventuras del poeta hicieron tan insoportable el matrimonio que Zorrilla marchó a París, Bruselas, Londres y, finalmente, a Méjico, donde vivió cerca de doce años (de 1854 a 1866), gracias a la hospitalidad de personas que lo admiraban (Zorrilla se había hecho muy popular casi desde el mismo estreno de su Don Juan Tenorio en 1844) y a su amistad con el emperador Maximiliano, quien lo nombró cronista del reino y director del proyectado Teatro Nacional.

Regresó a España en 1866 -donde fue acogido con enorme entusiasmo, muestra de la popularidad de que gozaba- y en 1869 contrajo segundas nupcias con Juana Pacheco (Florentina había fallecido en 1865); con su nueva esposa, treinta y dos años más joven que él, pasó los últimos años de su vida, en los que para aliviar su penuria económica, trató de conseguir del gobierno una subvención. Don Juan Valera lo envió como archivero a Roma, donde permaneció desde 1871 hasta 1876, año de su regreso a España. Ingresó en la Real Academia Española en 1885, fue coronado en Granada (1889) como poeta nacional, y pasó sus últimos años dando lecturas poéticas por provincias. Murió en Madrid el 23 de enero de 1893 y tuvo el entierro multitudinario que siempre acompaña a los personajes populares.

 Obra literaria

 La producción poética de Zorrilla es muy extensa, y abarca los tres géneros principales de poesía: lírica, narrativa y dramática. Pocos meses después de su intervención ante la tumba de Larra ("Ese vago clamor que rasga el viento/ es la voz funeral de una campana"), apareció el primer volumen de sus versos; dos años más tarde (1839) se publicó el cuarto volumen y en 1840 el octavo, lo que muestra el incansable ritmo creador en su juventud. Entre los poemas líricos -cuyos temas principales son la religión popular y la patria legendaria- destacan "Toledo", "La Virgen al pie de la cruz" y "Granada".

Pero lo más característico de Zorrilla es su poesía narrativa, las leyendas, inspiradas bien en fuentes históricas, como La leyenda del Cid, bien en fuentes tradicionales religiosas, como A buen juez, mejor testigo (el Cristo de la Vega es testigo de un compromiso amoroso que el galán se niega a reconocer),Un testigo de bronce (el Cristo de bronce se presenta ante un tribunal para acusar al reo que negaba su delito y se disponía a jurar en falso) y Margarita la tornera (una monja, seducida por un galán, abandona el convento y al regresar, arrepentida, descubre que la Virgen ha ocupado su puesto y nadie ha notado su ausencia). Junto a estas leyendas de tema religioso escribió otras de temas profanos sobre asuntos de amor y aventuras, entre las que destaca El capitán Montoya (el galán seductor contempla su propio entierro y se arrepiente de su comportamiento). Esta leyenda y Margarita la tornera fueron consideradas por Zorrilla como embriones de su Don Juan Tenorio. Fueron también cultivadas por nuestro autor leyendas fantásticas, como La pasionaria (una aldeana se transforma en esta flor para contemplar a su amado desde el muro donde ha arraigado).

 El teatro de Zorrilla

Más de treinta obras avalan su producción dramática, la mayor parte de ellas escritas entre 1839 y 1849. Zorrilla llevó a los escenarios temas y situaciones de épocas pasadas, demostrando su perfecto conocimiento del teatro del Siglo de Oro (Lope, Calderón, Tirso, Moreto…). Como ellos, empleó el verso y utilizó la historia como materia dramática, aunque en muchos casos solo fuera como marco donde se inserta la acción.

Inició su andadura teatral en 1839, con un drama escrito en colaboración con García Gutiérrez, Juan Dandolo, al que siguieron El zapatero y el rey (basada en la figura del rey don Pedro), Sancho García, El puñal del godo (Zorrilla inventa un encuentro entre el rey don Rodrigo y el conde don Julián, errantes tras la derrota del Guadalete), Don Juan Tenorio y Traidor, inconfeso y mártir (1849), el drama más perfecto en opinión del propio autor (basado en la leyenda del pastelero que suplantó al rey de Portugal, don Sebastián, desaparecido en la batalla de Alcazarquivir).

Los muchos años que pasó en el extranjero rompieron su fecundidad dramática, pues apenas hay obra destacable tras su regreso.

Escrito en verso sonoro y efectista, su teatro suele presentarnos a un personaje romántico, misterioso, que desarrolla una acción complicada, resuelta en último extremo gracias a la intervención de elementos sobrenaturales; todo ello inserto en una escenografía típicamente romántica: noche, cementerios, visiones espectrales, etc. Hizo, en definitiva, el teatro de evasión que el público solicitaba y triunfó plenamente.

También merece reseñarse su obra en prosa Recuerdos del tiempo viejo, libro de memorias que publicó por entregas en Los Lunes de El Imparcial desde 1879. En él recuerda su juventud romántica, sus relaciones con otros poetas y la opinión que le merecen algunas obras suyas, entre otras el Don Juan Tenorio.

 Análisis de Don Juan Tenorio

 Cada año, en los primeros días de noviembre, para conmemorar el día de Difuntos, se pone en escena el Tenorio de Zorrilla, continuando así una vieja tradición iniciada en el siglo XVIII. Por ello, Don Juan Tenorio ha pasado a ser la obra más popular de la escena española y su protagonista, con don Quijote y Celestina, la figura más significativa de la literatura hispana. Don Juan Tenorio se estrenó en el Teatro de la Cruz el 28 de marzo de 1844, con éxito discreto. Zorrilla, necesitado de dinero, vendió los derechos de la obra a su editor, lo cual lamentó toda su vida, aunque se sentía orgulloso de que la aparición anual en escena no lo dejara ni envejecer ni morir. No obstante, hubo algo de antipatía del autor ante el personaje que le sobrevivió y superó en fama, de modo similar al de algunos autores de novelas policiacas, deseosos de matar a sus personajes, como Conan Doyle y su Sherlock Holmes. La antipatía de Zorrilla por don Juan encuentra expresión en las numerosas autocríticas que desgranó sobre su obra más conocida.

Argumento

 Don Juan Tenorio y don Luis Mejía se dan cita en una hostería de Sevilla para comprobar el resultado de la apuesta que hicieron un año antes: quién sería capaz de seducir a más mujeres. Ha ganado don Juan, pero la insolencia de los dos libertinos les lleva a hacer una nueva apuesta: la seducción de una monja y de una mujer a punto de casarse. Don Juan entra en el convento, rapta a doña Inés y, seguidamente, seduce a doña Ana, con quien iba a casar don Luis Mejía al día siguiente. El comendador don Gonzalo, padre de doña Inés, y don Luis llegan a la casa de don Juan dispuestos a vengarse, pero don Juan -tras jurar al comendador el amor que siente por doña Inés y ser rechazado por este- mata a ambos y huye de la ciudad por el Guadalquivir. Cinco años después, don Juan regresa a Sevilla, mas donde estaba su palacio se halla ahora el panteón de sus propias víctimas, entre ellas doña Inés. Don Juan invita a cenar a la estatua del comendador, que corresponde a la invitación y anuncia el castigo para el burlador, pero don Juan se arrepiente en el último instante de su vida y consigue la salvación de su alma por mediación de doña Inés.

 Estructura

 Los 3.815 versos del Don Juan Tenorio se nos presentan estructurados en dos partes desiguales: la primera tiene cuatro actos (vv. 1-2639) y la segunda, tres (vv. 2640-3815). Ambas suceden respectivamente en una noche, separadas por un lapso de cinco años. Este espacio de tiempo era dramáticamente necesario para dar verosimilitud al cambio de escenario (sobre el antiguo palacio de don Diego Tenorio se ha construido un cementerio con estatuas) y para dejar constancia de que don Juan ha cambiado de actitud: ha servido valerosamente al Emperador y aún ama a doña Inés.

La primera parte cambia continuamente de acción y de escenario y transcurre en un tiempo demasiado concentrado (que el propio Zorrilla criticó): las ocho en la hostería, las nueve en el convento, las diez en la calle de doña Ana, las doce pasadas en la quinta de don Juan. Tanto movimiento sitúa esta parte próxima a las comedias de capa y espada del teatro clásico. La segunda parte, por el contrario, tiene el ritmo pausado que marcan un reloj de arena, el doblar de las campanas y el canto de los salmos, y sólo dos escenarios: el panteón de los Tenorio y el comedor de don Juan. La reflexión sustituye a la acción y el drama se acerca a la moralidad de los autos sacramentales.

Zorrilla construye, pues, su obra sobre una estructura dual: dos partes, dos mujeres seducidas (doña Inés y doña Ana), dos burladores (don Juan y don Luis), dos padres (don Gonzalo y don Diego), dos rivales que piden venganza (don Gonzalo y don Luis), dos amigos (Centella y Avellaneda), dos criadas alcahuetas (Brígida y Lucía), dos sombras que se disputan el alma de don Juan (la de doña Inés y la de don Gonzalo), dos caras del mismo hombre: un don Juan dispuesto para la vida, otro don Juan preparado para la muerte; una actitud para la condena, otra para la salvación.

 Tradición y originalidad de Don Juan Tenorio

 El mito del seductor de mujeres y del doble convite del vivo al muerto y del muerto al vivo pertenece a una larga tradición popular, recogida en cuentos y romances: difuntos que regresan en procesión, calaveras invitadas y testigos que contemplan su propio cadáver entre los procesionarios. Pero los precedentes más directos son El burlador de Sevilla (1630), de Tirso de Molina y No hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague o El convidado de piedra (1714), de Antonio de Zamora.

Zorrilla conocía bien estas obras, a cuya representación debió asistir más de una vez, y de ellas toma el esquema básico del mito: un hombre apuesto y mujeriego, unas mujeres engañadas, un muerto a quien se convida a cenar y de quien se recibe mutua invitación, y un plazo que está próximo a finalizar. También es probable que conociera la obra de A. Dumas, Don Juan de Marana (no estrenada en Madrid hasta 1847, pero traducida por su amigo García Gutiérrez cinco años antes de la aparición del Tenorio), ya que las coincidencias son numerosas. No podía ser de otra manera al acercarse a un tema tan universal, abordado también por Juan de Cárdenas en su biografía sobre el histórico seductor sevillano don Miguel Mañara (1660), por Molière (Don Juan, 1664), por Mozart (ópera Don Giovanni, 1787, con libreto de Lorenzo da Ponte), por Lord Byron (Don Juan, 1824), por Mérimée (Las ánimas del purgatorio, 1834) o por Espronceda (El estudiante de Salamanca, 1840). El propio Zorrilla había escrito antes del Tenorio algunas obras en las que aparece ya la figura del seductor, como Vivir loco y morir más (1837), El capitán Montoya ("es de las armas la joya/ y de las hembras imán") yMargarita la tornera (1840), lo que demuestra que era un tema que rondaba su mente antes de decidirse a realizar la refundición del drama de Tirso y sustituir en los escenarios el de Zamora, como fue su propósito.

Pero cada don Juan es hijo de su tiempo. El burlador de Tirso se condena, porque para el dramaturgo barroco, la salvación sólo se consigue con una vida de fe, no de pecado. No hay salvación para quienes -como su don Juan- desprecian la gracia de Dios y su misericordia. Se condenan los que desconfían (como Paulo en El condenado por desconfiado). Ese es su mensaje moral, en consonancia con las ideas contrarreformistas del Concilio de Trento (1563). La condena del seductor señala el triunfo de la justicia divina. En cambio, el Don Juan romántico de Zorrilla alcanza la salvación, porque gracias al amor de doña Inés, se arrepiente de su vida pasada en el último instante. La salvación de don Juan ensalza la misericordia infinita de Dios y el triunfo del amor absoluto más allá de la muerte. El mismo Zorrilla era consciente de que en la conversión de su don Juan por la intercesión de doña Inés radicaba la originalidad de su obra, y así lo dejó escrito en el capítulo XVIII de sus Recuerdos del tiempo viejo: "Mi obra tiene una excelencia que la hará durar largo tiempo sobre la escena, un genio tutelar en cuyas alas se elevará sobre los demás Tenorios; la creación de mi doña Inés cristiana: los demás Don Juanes son obras paganas; sus mujeres (...) van desnudas, coronadas de flores y ebrias de lujuria, y mi doña Inés, flor y emblema del amor casto, viste un hábito y lleva al pecho la cruz de una orden de caballería". La salvación por amor es la solución cristiana y romántica que Zorrilla dio a su obra ("drama religioso-fantástico"), y que provocó el entusiasmo del espectador y la popularidad del autor casi de inmediato.

 Personajes

 El personaje de don Juan es, como sus modelos, un joven seductor, hijo de buena familia, que utiliza fortuna y prestigio para su propio placer. Su poder radica en las palabras que emplea, de ahí que escriba con máxima concentración una extensa y cuidada carta (una palabra marca a doña Inés, otra a don Gonzalo y otra al mismo don Juan). Es jugador, pendenciero, rechaza los valores sociales establecidos (honor, matrimonio, religión, autoridad paterna...) y se comporta como un ser diabólico, un Lucifer; pero conoce a doña Inés y se enamora repentinamente. Ella va a cambiar la manera de ser del burlador, que pasa de ser fuego abrasador en el que cae la novicia apenas recibe su carta, a llama purificada por el amor de doña Inés. No será ya el seductor de antes, sino un seducido, una figura romántica que, paradójicamente, sepulta al rebelde héroe romántico. El don Juan de Zorrilla se diferencia de los que le precedieron por su lucha interior entre una conciencia que le empuja a mantener la fama conseguida ("Sabed, señor capitán, / que yo soy siempre don Juan") y otra conciencia que aspira a borrarla.

Doña Inés es el personaje clave de la obra: "Quien no tiene carácter, quien tiene defectos enormes, quien mancha mi obra es don Juan; quien la sostiene, quien la aquilata, la ilumina y la da relieve es doña Inés; yo tengo orgullo en ser el creador de doña Inés y pena por no haber sabido crear a don Juan", dice el autor en sus Recuerdos. Joven cándida y buena, nada de amores sabe, pues "vivido en el claustro habéis / casi desde que nacisteis". Se enamora de don Juan casi por hechizo, y poco a poco el fuego amoroso la lleva hasta una pasión arrebatadora ("yo voy a ti / como va sorbido al mar ese río"). Don Juan la abandona y doña Inés muere, pero ella ha apostado con Dios la salvación de los dos o su condena. Doña Inés es la esencia del amor cristiano, un "ángel de amor" capaz de sacrificarse por la salvación del libertino. Intermediaria entre el cielo y la tierra, representa el triunfo absoluto del amor frente al honor familiar, la venganza y la muerte.

Don Luis Mejía tiene su ascendente en el marqués de la Mota de la obra de Tirso. Es el contrincante de Tenorio, con quien rivaliza en burlas y calaveradas (véase el paralelismo en el relato de las fechorías de ambos: parte primera, escena I, acto XII). Es él quien provoca la nueva apuesta: el rapto de la novicia y la seducción de su prometida.

El comendador don Gonzalo de Ulloa, padre de doña Inés, representa el poder y la moral que don Juan rechaza. Preocupado antes por su honra que por su hija, irrespetuoso con la abadesa, a quien insulta, su pecado consiste en desentenderse de la salvación de don Juan. Si Tirso utiliza a este personaje como ejecutor del castigo divino, Zorrilla lo condena por su actitud anticristiana. La estatua del comendador (segunda parte) es la encargada de arrastrar a don Juan a las puertas del infierno, pero don Juan se salva gracias a la mediación angelical de doña Inés.

Otros personajes tienen un papel secundario: don Diego Tenorio representa la figura tradicional del padre aristócrata y severo ("¡Que un hombre de mi linaje / descienda a tan ruin mansión!"). En su enfrentamiento con su hijo pueden descubrirse ecos de las discrepancias de Zorrilla con su padre.

Brígida, aya de doña Inés, es el polo opuesto de ella y complemento necesario de don Juan. Siguiendo la tradición de trotaconventos y celestinas, vende amores, facilita la reunión de los amantes y, en consecuencia, la seducción de la novicia.

Ciutti tiene sus antecedentes en la figura del "gracioso" del teatro del Siglo de Oro, aunque está más desdibujado que éstos. Si el Catalinón de El burlador de Tirso es signo de nobleza y voz de la conciencia de don Juan, el Ciutti de Zorrilla es simple colaborador en las aventuras de Tenorio.

Lucía representa la criada materialista e infiel que por dinero vende a su señora, doña Ana de Pantoja, prometida de don Luis Mejía. Estos personajes quedan trazados demasiado superficialmente: doña Ana de Pantoja sólo aparece en dos rápidas escenas del acto II, su encuentro con don Juan se sobrentiende, y el cambio de actitud de Lucía es poco verosímil. Ello demuestra que el interés de Zorrilla estaba en la caracterización de don Juan y doña Inés, en la evolución psicológica de ambos. No utiliza la figura del rey (que aparece en Tirso y en Zamora) porque la visión romántica de Zorrilla pasa por que el orden se restablece a partir del arrepentimiento individual, es decir, de la conciencia del personaje.

 Estilo y métrica

 El espíritu del Romanticismo español entronca con la tradición nacional del Siglo de Oro. Zorrilla sitúa la acción del Tenorio en el siglo XVI, demostrando una perfecta asimilación de los modelos clásicos. Su "estilo romántico" queda definido por las siguientes características:

- Abundancia de arcaísmos, que contribuyen a la ambientación histórica del drama: alcaide, pardiez, mesma, ucedes, escarnecellos, etc.

- Exclamaciones y juramentos, que plasman la vehemencia de don Juan (¡Cuál gritan esos malditos!, ¡alma mía!, ...) y la de otros personajes (¡voto a brios!, ¡por belcebú!, ...).

- Anáforas y paralelismos, para conseguir mayor expresividad. Muchos versos contiguos comienzan por la misma palabra o repiten idéntica estructura. El paralelismo afecta no sólo al verso, sino también a las escenas, como ocurre en todo el primer acto: llega el comendador a la hostería, luego don Diego; don Juan relata sus conquistas y don Luis hace lo mismo; don Juan es detenido y don Luis también.

- Léxico romántico, con abundancia de voces que pertenecen al campo semántico del amor, la noche, la luna, el cementerio y las sombras.

- Lenguaje simbólico, que realza el significado del drama: don Juan representa lo demoníaco, el fuego infernal, y doña Inés lo angelical, el fuego purificador; de ahí la multitud de metáforas, comparaciones y antítesis empleadas (y señaladas en las notas).

- Extensión de las acotaciones, necesaria para precisar la puesta en escena de un drama religioso-fantástico y conseguir la identificación del espectador con los sentimientos de los personajes (léanse las dos últimas).

- Uso de un verso sonoro, pegadizo, no exento de ripios, que facilitó desde el primer momento la popularidad del Tenorio (y las numerosas parodias que de él se han hecho). La mayor parte de los 3.815 versos son octosílabos, que dan a la obra un ritmo vivo y ágil frente al carácter reflexivo del endecasílabo utilizado en el soliloquio de don Juan. Redondillas para la conversación común, romances y quintillas para los relatos, décimas para los diálogos amorosos (por ejemplo, la famosa escena del sofá), octavillas, ovillejos y cuartetos conforman el drama más clásico de la literatura española.

 Esquema métrico

Parte primera

-Acto I: vv. 1-72: redondillas, vv. 73-102: quintillas, vv. 103-254: redondillas, vv. 255-380: romance, vv. 381-440: redondillas, vv. 441-695: quintillas, vv. 696-835: redondillas.

-Acto II: vv. 836-1119: redondillas, vv. 1120-1121: versos sueltos, vv. 1122-1141: redondillas, vv. 1142-1201: ovillejos, vv. 1202-1249: redondillas, vv. 1250-1345: octavillas, vv. 1346-1365: redondillas, vv. 1366-1425: ovillejos, vv. 1426-1433: redondillas.

-Acto III: vv. 1434-1547: romance, vv. 1548-1647: redondillas, vv. 1648-1655: octavillas, vv. 1656-1659: redondilla, vv. 1660-1675: octavillas, vv. 1676-1679: redondilla, vv. 1680-1687: octavilla, vv. 1688-1691: redondilla, vv. 1692-1707: octavillas, vv. 1708-1711: redondilla, vv. 1712-1719: octavilla, vv. 1720-1723: redondilla, vv. 1724-1731: octavilla, vv. 1732-1771: redondillas, vv. 1772-1777: sextilla, vv. 1778-1797: quintillas, vv. 1798-1909: redondillas.

-Acto IV: vv. 1910-2025: romance, vv. 2026-2173: redondillas, vv. 2174-2223: décimas, vv. 2224-2447: redondillas, vv. 2448-2563: romance, vv. 2564-2639: redondillas.

 Parte segunda

-Acto I: vv. 2640-2923: redondillas, vv. 2924-3113: décimas, vv. 3114-3217: redondillas, vv. 3218-3227: quintillas.

-Acto II: vv. 3228-3491: redondillas, vv. 3492-3511: décimas, vv. 3512-3599: redondillas.



-Acto III: vv. 3600-3643: cuartetos endecasílabos, vv. 3644-3727: redondillas, vv. 3728-3737: quintillas, vv. 3738-3765: redondillas, vv. 3766-3815: décimas.

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