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Notas a la programación (febrero 2006)







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  1. Notas a la programación (febrero-2006)




    1. Introducción

En su edición de este año la feria de arte contemporáneo ARCO tiene como país invitado a Austria. Con este motivo, el Foro Cultural Austriaco (organismo cultural de la Embajada de Austria) ha colaborado con la Filmoteca Española en la organización de un ciclo, Cine austriaco 1994-2005, que repasa la producción cinematográfica de los últimos diez años. Alexander Horwath, crítico de cine y actual director del Oesterreichisches Filmmuseum, ha elaborado veinte programas compuestos en su mayoría por títulos inéditos, aunque en el mes de marzo se proyectarán algunas películas que han tenido distribución en España, junto con un ciclo bastante completo de la obra del director Axel Corti. Gran parte de los títulos que componen esta muestra se proyectarán a continuación en el CGAI, en el IVAC y en la Filmoteca de Barcelona.


El ciclo dedicado a la obra completa como director de Robert Rossen, primero que se proyecta en la Filmoteca Española se ha organizado a sugerencia del Departamento de Filosofía Jurídica de la UNED, que se encargará de organizar una mesa redonda el día 16 coincidiendo con la proyección de El político (1949). El ciclo se prolongará durante los primeros días de marzo con sus dos películas más reputadas, El buscavidas y Lilith.
Finaliza el ciclo Cultura en democracia, el repaso de los últimos treinta años de la sociedad española a través de sus películas más representativas a juicio de Carlos F. Heredero y Pedro Medina.
Como ya es habitual por estas fechas dedicamos gran parte de la programación al recuerdo de aquellos profesionales del cine que nos han dejado a lo largo del año anterior. Entre ellos la Filmoteca Española quiere hacer un homenaje especial a Javier Feduchi, el arquitecto encargado de la restauración del Cine Doré y de la sede del Palacio de Perales, fallecido el pasado octubre. Para ello se ha elegido programar el día 28, fecha que conmemora la inauguración hace 16 años del Cine Doré, la película The Last Picture Show.
Con la retrospectiva completa que le dedicamos la primavera pasada, la Filmoteca Española se adelantaba a la conmemoración del centenario del nacimiento de Roberto Rossellini, que se celebra este año por todo el mundo. Su hija Isabella Rossellini ha concebido junto al cineasta canadiense Guy Maddin un emotivo, sincero y sorprendente cortometraje titulado My Dad Is 100 Years Old y vendrá a presentarlo al Cine Doré el día 14.

    1. Cine austríaco 1994-2005

En el contexto de Austria / Arco 06 la Filmoteca Española dedica un ciclo al cine austriaco contemporáneo, una selección completa de nuevas películas que abarca aproximadamente los últimos diez años. El ciclo está organizado conjuntamente con el Museo del Cine Austriaco de Viena.


La muestra reúne en total 20 intensas sesiones con el propósito de mostrar los distintos géneros del cine austriaco: el film artístico, el documental, el cortometraje y el cine experimental. La etapa escogida coincide con un periodo de gran éxito en las salas de cine de todo el mundo. Intencionalmente se han seleccionado los títulos de modo que cada realizador/a estuviera representado/a con un largometraje como máximo.
Una de las características más destacadas de la cultura cinematográfica austriaca es su diversidad. Así, coexisten variadas formas de producción y promoción así como distintas percepciones por parte del público y de la crítica.
Las jerarquías entre los géneros son más horizontales y las fronteras permanecen más abiertas que en la mayoría de los países europeos. Es precisamente en estos encuentros entre la ficción, el documental y el cine experimental donde nacen nuevas formas fructíferas.
El cine austriaco ha gozado de gran proyección internacional gracias a filmes de ficción como Funny Games (1997), Die Siebtelbauern (1998), Nordrand (1999), Die Klavierspielerin (2001), Hundstage (2001), Böse Zellen (2003), Die fetten Jahre sind vorbei (2004) o Caché (2005). También han obtenido gran relevancia los documentales de Nikolaus Geyrhalter, Michael Glawogger, Ruth Beckermann, Ulrich Seidl o Hubert Sauper. Asimismo, son destacables las películas vanguardistas de creadores como Peter Tscherkassky, Virgil Widrich, Lisl Ponger, Martin Arnold o Gustav Deutsch, artistas continuadores de una tradición experimental que se mantiene viva desde los años 50 y que supone la mayor contribución de Austria a la historia del cine, con artistas emblemáticos como Peter Kubelka, Valie Export o Kurt Kren.
Las preferencias estéticas y argumentales se han consolidado en los últimos diez años. Como factor clave se percibe un acercamiento crítico a la imagen burguesa y supuestamente armoniosa de Austria y a sus tabúes frente a algunos acontecimientos de su historia reciente.
La crítica suele señalar la exactitud, unas veces poética y otras implacable, con la que el cine retrata tanto la realidad social del país (y de la ciudad de Viena) como las circunstancias que rodean la creación cinematográfica. El film más reciente de Gustav Deutsch Welt Spiegel Kino, creado a partir de material „encontrado“, constituye un buen ejemplo de esta pasional autorreflexión sobre el cine austriaco.
A lo largo de los últimos años, también han emergido grandes talentos en el cine de entretenimiento, es decir, en la comedia y en las películas "neo-populares". Entre los ejemplos más convincentes destacan los filmes de Stefan Ruzowitzky, Hans Weingartner y Florian Flicker (Der Überfall, con el gran cómico Roland Düringer como protagonista).
Los directores aclamados mundialmente Michael Haneke y Ulrich Seidl, nacidos en 1942 y 1952 respectivamente, han destacado como los líderes de este "renacimiento" del cine austriaco. Éste ha hallado un nexo con el panorama internacional actual gracias al éxito de una generación muy joven, fundamentalmente de directoras, que analiza la cultura pop contemporánea así como las vidas de sus protagonistas, en muchos casos adolescentes o veinteañeros. Barbara Albert, Jessica Hausner, Valeska Grisebach y Sabine Derflinger se encuentran entre las representantes más destacadas de esta generación; casi todas estas artistas se han formado en la Academia de Cine de Viena.
Los realizadores muestran, sobre todo en el género documental, un interés también hacia lo extraño, con películas como Megacities, Elsewhere o Darwin’s Nightmare. El motivo que les impulsa no es la búsqueda de exotismo, sino una honda preocupación por las condiciones de vida en las regiones remotas del mundo. Preocupación, al mismo tiempo, por "lo extraño en lo propio" y por "los agujeros negros de la conciencia" provocados por la vida relativamente segura y acomodada de Europa Occidental. En el punto de mira se sitúa el debate sobre la necesidad de un cine testimonial y un cuestionamiento del significado del "yo"“ y el "nosotros" en un entorno desconocido.
Alexander Horwath, enero 2006.

Alexander Horwarth ha sido confundador y coeditor de la revista Filmlogbuch (1985-88), y crítico y editor de otras publicaciones desde 1986, así como comisario de restrospectivas y exposiciones. Entre 1992 y 1997 fue director de la Viennale / Vienna International Film Festival. Actualmente es el director del Oesterreichisches Filmmuseum.



    1. Robert Rossen

Robert Rossen murió cuando empezaba a alcanzar una posición prominente en el cine. Su muerte prematura nos dejó una última película que apuntaba una nueva predilección por el estudio de los estados psicológicos dañados.


Como escritor bajo contrato de la Warner a finales de los años treinta y principios de los cuarenta, Rossen trabajó en excelente guiones que dejaban traslucir una honda simpatía por los individuos destrozados en su batalla "contra el sistema". (...)
Rossen fue invitado a dirigir su guión Johnny O'Clock por sugerencia de su protagonista, Dick Powell. A este debut mal recibido siguieron dos de sus películas de más éxito crítico y comercial: Cuerpo y alma y El político, dos estudios de la corrupción y la necesidad del éxito. El primero se centra en el ring, el segundo en el campo de la política. El éxito de Cuerpo y alma permitió a Rossen la estabilidad suficiente como para montar su productora, ligada por contrato a Columbia. Como resultado, escribió, dirigió y produjo El político, galardonada con el óscar a la Mejor Película en 1949.
Desgraciadamente, esta racha produjo un aumento de su ego como director: hay relatos que detallan la incapacidad de Rossen de aceptar la colaboración. Esta paranoia se exacerbó con su implicación en los expedientes de la "caza de brujas". Aunque tras dar nombres de supuestos comunistas en 1953 fue absuelto, fue incapaz de resucitar su carrera en Hollywood aunque continuó trabajando. Sus tres siguientes películas no parecían muy de su estilo: Mambo, un melodrama Ponti /De Laurentis, Alejandro Magno, una épica histórica y un drama interracial, La isla del sol. La última de sus películas de la década, They Came to Cordura, es una película interesante que merecía haber triunfado. Su fracaso obsesionó a Rossen de tal manera que se pasó años tratando infructuosamente de remontarla y reestrenarla.
Las últimas películas de Rossen, El buscavidas y Lilith, le devuelven en plena forma, gracias en parte a la fotografía atmosférica de Eugene Schufftan. Rossen, atrincherado en la superioridad del contenido, del guión y la interpretación, había ya trabajado con fotógrafos de carácter, pero con la convicción de que lo importante era el contenido. Así declaraba a Cahiers du cinéma: "la técnica no es nada comparada con el contenido". En El buscavidas, una película sobre ganadores y perdedores en el mundo del billar profesional el milimétrico guión se veía realzado por los encuadres claustrofóbicos de Schufftan. (...) Lilith, una película oblicua y elíptica en la que un trabajador de un psiquiátrico acaba buscando ayuda, señala un avance en la sensibilidad fílmica de Rossen. Varios fragmentos visuales son abiertamente simbólicos y da la impresión de que Rossen empezaba a admitir el poder comunicativo de lo visual. Menos idealistas y de final menos optimista, estas dos últimas películas muestran un sentido más profundo del realismo social porque Rossen trata de reflejar la psicología y no sólo el entorno social de sus personajes. Su último proyecto, truncado por su muerte, era mostrar los problemas sociológicos y psicológicos de los habitantes de Cabo Cañaveral. (...)
Doug Tomlinson, en International Dictionary of Film and Filmsmakers, St. James Press, 4ª edición, Londres / Nueva York, 2000.
    1. Cultura en democracia

Imágenes de un tiempo y de un lugar (3)


La mirada femenina que se abre paso en el cine español a partir de los años noventa proporciona, a finales de la década y en los comienzos del nuevo siglo, algunas imágenes que rescatan para la pantalla importantes aspectos del presente social o que bucean en el pretérito para reivindicar la memoria histórica. En la primera de estas líneas se inserta la sensible indagación que Flores de otro mundo (Icíar Bollain, 1999) lleva a cabo en la realidad humana, sentimental y social de la España profunda: allí donde anidan todavía recelos discriminatorios de hondo calado racista y donde hombres y mujeres de diferentes razas tratan de reubicarse para construir el día a día de las relaciones amorosas y de la convivencia social.
La directora de Hola, ¿estás sola? (1996) se atreve aquí a correr la cortina y se adentra en la trastienda oculta, y casi olvidada, del país mediático y aparencial; es decir, en un ámbito rural que apenas se ve reflejado en el grueso de la producción para hablar, con sensibilidad y con voluntad testimonial, de la realidad contante y sonante de las “caravanas de mujeres” hacia los pueblos casi deshabitados de la España interior. Película de mujeres filmada por una mujer, Flores de otro mundo ofrece, en este sentido, la cruz de una moneda a cuya cara urbana y cosmopolita se acercaba Me llamo Sara (Dolors Payás, 1998) en la programación del mes pasado.
Patricia Ferreira y Chus Gutiérrez, por otro lado, vuelven el objetivo de su cámara hacia el pretérito para recordar los tiempos de la transición política hacia la democracia, tiempos de oscuros complots en los cuarteles y de inquietante “ruido de sables” como amenaza sobre una sociedad que intentaba sacudirse la pesada herencia de la dictadura. En un caso (Sé quién eres, 2000), con el formato de un thriller oscuro y dramático; en otro (El calentito, 2005), con los moldes de una comedia ligera ambientada en los ámbitos lúdicos y musicales de la “movida madrileña”. Dos fórmulas narrativas muy diferentes y casi antagónicas que coinciden, sin embargo, en la común voluntad de refrescar la memoria histórica al dar cabida en sus ficciones respectivas a inquietudes y sucesos (las conspiraciones militares, el intento golpista del Coronel Tejero) que están prácticamente ausentes del cine español contemporáneo de aquellos sobresaltos.
El cine de género y, en este caso, el thriller criminal es también la carcasa con la que se reviste la única película que se atreve a hundir el bisturí en los tenebrosos vericuetos de la especulación urbanística a gran escala, de la corrupción política en las instituciones municipales y de la complicidad de los grandes grupos mediáticos en la España de Jesús Gil y de Marbella. De ahí que Enrique Urbizu filme, con La caja 507 (2002), no sólo una obra que viene a insertarse en la mejor tradición del cine negro clásico, habitual reflejo del lado oscuro de la sociedad, sino también una película de inusual pulso narrativo que viene a reivindicar, sin tapujos y con toda legitimidad, la función que este modelo genérico puede llegar a jugar en una cinematografía nacional cuando se le toma en serio y cuando se exploran a fondo las potencialidades que lleva en su interior.
Pero si La caja 507 es la película que muestra “cómo los negocios pueden ser un crimen” (en palabras de Antonio Drove para hablar de La verdad sobre el caso Savolta), Los lunes al sol (Fernando León de Aranoa, 2002) es, sin duda, la película que enseña cómo las reestructuraciones empresariales están en el origen del desempleo y de las devastadores consecuencias emocionales y sociales que éste lleva consigo. En la mejor tradición del cine social-realista español, pero articulado con las dosis de humor y con los resortes reflexivos habituales en el cine de su director, el film encuentra su sitio en una línea de trabajo y de preocupaciones proletarias, de retratos obreros y de reivindicaciones de clase que, de forma sorprendente, se abre paso con llamativa constancia en la producción fílmica desde el final de la década pasada.
Esa y no otra es la estela que seguía ya en 1999, a medio camino entre el humor berlanguiano y ciertos aromas de la comedia “Ealing”, la historia narrada por Pídele cuentas al Rey (José Antonio Quirós), donde el desmantelamientos de las explotaciones mineras da pie a una quijotesca aventura individual bajo la que resuenan las estrecheces económicas que cercan a los sectores sociales víctimas de la reconversión. Las luchas y los conflictos sindicales, la desesperación de las familias afectadas, asoman aquí bajo las formas de una comedia amable y ternurista, pero el combate obrero, la autogestión de los trabajadores y la lucha por la defensa del puesto de trabajo habían llegado al cine español con fuerza y matriz documental mucho antes (Numax, Joaquín Jordá, 1980), precisamente la película que está en el origen de la inteligente réplica filmada por el propio Jordá en 2004 (20 años no es nada) a modo de indagación en la vida real y en la existencia de los hombres y mujeres que habían protagonizado la anterior.
El viaje que va desde Numax hasta 20 años no es nada no es sólo, de hecho, el itinerario recorrido por la filmografía de uno de los más lúcidos y radicales francotiradores de nuestro cinema, sino también la escéptica, desengañada y sabia radiografía del trayecto que ha hecho la sociedad española entre 1980 y 2004: trayecto de repliegue individualista, de utopías derrotadas y reconsideración política, de desintegración laboral y reciclaje económico. Viaje de ida y vuelta que cabe desentrañar frente al visionado consecutivo de dos films que se hacen eco entre sí y cuyas imágenes dialogan frente a los espectadores de hoy en día para proponerles un espejo reflexivo en el que mirar su pasado y ante el que pensar sobre su presente.
De obreros en lucha, de resistencia proletaria y de desafío a las grandes instancias económicas habla también otro documental (El efecto Iguazú, 2002), con el que Pere Joan Ventura recoge el sentido y las actividades cotidianas del campamento organizado por los empleados de Sintel en el madrileño Paseo de la Castellana para reclamar sus puestos de trabajo. Un documental que termina ganando el Premio Goya al mejor film del año dentro del género y que confirma, con la autenticidad de sus imágenes, la sintonía de este modo de representación con una problemática que está en la calle y que reflejan a diario los medios de comunicación.
Y de obreros habla, igualmente, la pieza mayor del género (En construcción, 2000), con la que José Luis Guerín amplía el radio de acción para dar cuenta de otro proceso de especulación urbanística (la transformación del Raval barcelonés), de las mutaciones sociales y de clase que vive el corazón callejero de Barcelona, de las huellas de la Historia y de la urgencia del presente. Obra de gran envergadura que viene a profundizar la trayectoria de su director (realizador de títulos previos como Innisfree o Tren de sombras) y a reclamar para el género el espacio que merece y que puede ocupar con toda legitimidad, puesto que el relevante éxito comercial obtenido por su exhibición en salas le sitúa, si bien por poco tiempo, como el documental con mayor número de espectadores en toda la Historia del cine español.
Y será poco tiempo porque, tan sólo cuatro años después, otro documental le arrebata el puesto y se convierte, gracias a las torpezas políticas de los gobernantes del PP, en un fenómeno sociológico de notable alcance: La pelota vasca (2004), radiografía caleidoscópica de opiniones en torno al problema del terrorismo de ETA y al conflicto político vasco. Un sincero y hondo sustrato de impregnación nacionalista subyace, por sus formas, por las opciones de su montaje, por el sentido de su música, a esta valiente indagación social y cinematográfica en una realidad poliédrica y candente.
El tema siempre conflictivo del terrorismo se aborda también, con los métodos del documental, en Asesinato en febrero (Eterio Ortega, 2001) y con las armas de la ficción en El viaje de Arián (Eduard Bosch, 2000). El primero, para dar cuenta del dolor y de la herida profunda que un asesinato (el del parlamentario socialista Fernando Buesa y su escolta, Jorge Díaz) deja en los familiares y en los amigos de las víctimas. El segundo para contar con firmeza, excelente pulso narrativo y dramaturgia no maniquea una historia que tiene la valentía de colocar como protagonista a una joven militante etarra, de seguir su trayectoria de implicación en la banda, sus actividades una vez dentro y las contradicciones que poco a poco se abren en su interior para mostrar este proceso, de forma crítica y reflexiva, desde el interior de uno de sus protagonistas.
Cara y cruz de un mismo fenómeno (documental y ficción; perspectiva de las víctimas, mirada del terrorista), uno y otro completan, con la obra de Medem, un tríptico bien representativo de cómo el cine de la época se enfrenta a un tema que sangra todavía en las arterias de la sociedad española. La enorme vitalidad demostrada por el cine documental a lo largo de estos años se confirma, a su vez, con un título que se hace cargo, con explícita voluntad de denuncia política y con elocuente rapidez de reflejos, de la contundente oposición de los creadores y profesionales del cine a las políticas sociales, económicas y culturales del gobierno del PP, plasmada desde múltiples y plurales puntos de vista en la obra colectiva Hay motivo (2004), financiada al margen de la industria convencional y por iniciativa de los colectivos que se movilizan contra la posibilidad de que el partido gobernante pueda volver a ganar las elecciones.
Movilización cultural de la que da testimonio, igualmente, una obra de ficción, pero forjada con mimbres de raíces teatrales y documentales al mismo tiempo (Los abajo firmantes, 2003), con la que Joaquín Oristrell se zambulle en un happening actoral organizado en torno al compromiso cívico de los intérpretes frente a la guerra de Irak, a su forma de vivir esa experiencia y de trasladarla a las expresiones creativas de su trabajo. Finalmente, dos obras de naturaleza, género, dimensión y personalidad muy diferentes terminan de completar el reflejo que el cine español ofrece de la sociedad en la que surge. Dos películas que hablan en presente de su propio presente.
Vigilantes nocturnos de un desolado polígono industrial en la periferia de Madrid, atrapa-cartones, emigrantes ilegales, talleres clandestinos, empresarios explotadores de mano de obra barata, confidentes de la policía, okupas desarrapados, un cutre gimnasio de lucha libre, una pensión de mala muerte... son escenarios y protagonistas de la seca y realista Leo (2000), con la que José Luis Borau –25 después de Furtivos— habla ahora de los nuevos “furtivos” de la sociedad contemporánea para proponer un descarnado retrato que acaba erigiéndose, por su propia resonancia, en metáfora pesimista del subsuelo que se mueve, cada vez con mayor estrépito, bajo las alfombras de la sociedad opulenta en tiempos de liberalización y mestizaje, en un negro y desolado espejo de la periferia que rodea esa confortable y olvidadiza comodidad nuestra, construida sobre los excedentes de una sociedad que marginaliza y oculta las miserias de las que se avergüenza.
Hoteles de alto standing y diseño posmoderno, matrimonios de parejas gays y madres modernas, urbanizaciones residenciales y apartamentos de decoración a la última ofrecen, en Reinas (Manuel Gómez Pereira, 2005), la cara exactamente opuesta del país actual. La cara amable, avanzada, socialmente elevada y políticamente correcta, propia de las profesiones liberales, en sintonía con las demandas más progresistas de la sociedad mediática y con los más recientes avances legislativos. Esta comedia sofisticada, tejida con los moldes y resortes más clásicos y estilizados del género, se convierte, por todo ello, en la película que habla de las bodas homosexuales al mismo tiempo que el gobierno del PSOE aprueba la ley que coloca a España a la alturas de los países más avanzados en esta materia. Cine de género y de entretenimiento noble, sin ninguna voluntad realista, pero en plena consonancia con un intenso debate social. Otra forma, otro modelo, en definitiva, para seguir el rastro de la evolución que ha conducido desde la España que asiste entre miedos y esperanzas a la muerte del dictador (1975) a la España que afronta el nuevo milenio en plena democracia, pero sometida de lleno a las contradicciones de la globalización y de la crisis europea (2005).
Carlos F. Heredero, enero 2006.
    1. Recuerdo de Javier Feduchi


Juegos, batallas, recuerdos
Nunca tuvimos otro quehacer en común que ser jóvenes y divertirnos. Divertirnos dentro de un orden, claro está, pues no pintaban tiempos para mucho más. Javier acabó enseguida su carrera de arquitecto a cuya profesión se entregaría sin permitirse "veleidades" como las que su padre, también arquitecto, se permitiera años antes diseñando un buen número de decorados para películas, algunas célebres en la historia del cine español.
A mi vez, cuando terminé los cursos en la vieja EOC, tras haberlos iniciado en el más viejo aún IIEC, y pude —¡por fín!— incorporarme a la profesión, los rodajes se hacían ya al aire libre o en escenarios naturales —siguiendo en esto las circunstancias del neorrealismo italiano pero no su espíritu—, por todo lo cual nuestros rumbos acabaron resultando dispares poco menos que a la fuerza.
Pero la práctica juvenil marca mucho y los buenos ratos vividos "a la sombra de la muchachas en flor" no resultan fáciles de olvidar así como así, sobre todo cuando algunas de esas muchachas cuentan con un sentido del humor, además de inesperado, brillante, personalísimo, como el que desplegaba su hermana Coti; seguramente la mujer más divertida que uno haya podido conocer dentro y fuera de la vida real.
Javier no era tan agudo ni surrealista como Coti pero tampoco andaba muy a la zaga de ella, a decir verdad, y juntos formaban un tandem formidable, imposible de batir. No había forma de competir con aquel peloteo fulminante, a más de doscientos quilómetros por hora, que para sí quisieran muchos aspirantes al "Master" de Atlanta en nuestros días.
El aquí firmante se sabía un muchacho alto, soso y complaciente, recién llegado de provincias, sin juego ni saque ni colocación en la capitalina pista de tierra batida. Por lo tanto, lo más prudente era asistir al desafío, reir —que es la mejor forma de aplauso que cabe dentro y fuera de la vida real también—, y fijarse mucho en cuanto hacían y decían tanto la pareja fraterna como sus amigos, quienes ya estaban acostumbrados al juego y sabían cómo estimularlo incluso.
Los hermanos Feduchi eran ocho y se divídían en dos tandas de cuatro —los mayores y los pequeños—, separadas por un corto paréntesis que abría Belén, la mayor de los pequeños o la pequeña de los mayores, según se prefiriera verlo, y cerraba Luz, la menor sin discusión, que por entonces era un niña —sólo aparecía en la fiesta para dar las buenas noches, agarrada a su "hula-hoop"— y a la que los mayores llamaron "Bombillita" hasta que ella decidiera cortar por lo sano.
La familia había vivido —los hijos mayores decían que desde siempre— en el Viso, circunstancia que, al parecer, imprimía cierto carácter pues cuando se creó la colonia, en los últimos años de la República, aquella arquitectura racionalista que dio en llamarse "cubista", sedujo de inmediato a intelectuales de todo tipo, profesores, médicos, ingenieros o artistas, bastantes de los cuales encontrarían dificultades durante la Guerra Civil o después de la misma, según el pedigrí político de cada uno, y hubieron de arreglárselas para parapetarse hasta donde pudieron en tan corta geografía.
Con el Viso terminaba Madrid, al menos en esa dirección. La Castellana moría en los Nuevos Ministerios, todavía sin rematar, y de hecho la gente "normal" sólo podíamos llegar hasta allí en tranvía. Todo ello había acabado por conferir una cierta insularidad a sus indígenas, un sabor particular del cual ellos eran de sobra conscientes, y que a los demás no dejaba de asombrarnos, sobre todo si, como queda dicho, arribabas desde fuera.
Tardes y noches de discusiones apasionadas, nunca mantenidas demasiado en serio y, por tanto, al borde mismo de la caricatura, no importaba con cuanto encono se iniciaran. De canciones asimismo, pese a que ninguno de los cuatro feduchis grandes destacaran en el campo musical —y uno, todavía menos aún, claro—, con el ruego permanente de sus progenitores de que no molestásemos a los vecinos, adosados —término inusual a la sazón para calificar a quienes vivían pared por pared— y, casualmente, gente de cine: Rafael Gil, el director de Huella de luz y El fantasma y doña Juanita, con su extensa prole, no muy inferior a la de nuestros anfitriones, aunque bastante menos alborotada.
Verbenas veraniegas, con bailoteo, churros y chocolate caliente a orillas del Manzanares, o excursiones por las cercanías de El Escorial, saliendo de "La Chabola", la casa que el padre, don Luis, se había hecho construir en medio de un pinar...
Un inciso. Autor de proyectos cinematográficos tan sobresalientes como el "Cine Capitol" y una sala "art decò", el "Actualidades", hoy desaparecida y en cuyos techos de espejo todos los niños de Zaragoza nos habíamos mirado, boquiabiertos, mientras nuestros mayores sacaban las entradas en una taquilla color de naranja, no nos extrañó a quienes conocimos al padre que la restauración del "Doré" fuera encomendada a su hijo mayor. Era una decisión justa. De casta le viene al galgo ¿no?
Javier se casó con otra de las "muchachas en flor", Maribel, y todos fuimos invitados a la boda. Primera vez que uno entraba en el Castellana Hilton —el de Ava Gardner y Gary Cooper—, tras el problema de encontrar un regalo pertinente, resuelto de pura chiripa con el jarrito de diseño mercado a precio de saldo cuando cambiaban los escaparates de la Casa de Suecia.
Y muy poco después, otra celebración nocturna y al aire libre también. Rafael Moneo, estudiante todavía de Arquitectura y noviete a la sazón de Belén, la hermana grande o pequeña según queda dicho, había ganado un premio, seguramente el primero de su vida —dos mil quinientas pesetas— no ya por el proyecto de un edificio, sino el de una silla, la silla "Rolaco", y quería celebrarlo con amigos y futuros familiares en la terraza del "Teide", junto a la del "Gijón", algo así como los puestos del Buen Retiro barojiano del siglo anterior. Más brindis y más votos por unas vidas que todos ansiábamos suculentas.
No, no es fácil el quehacer de ser joven. De ahí que cuando se consigue cumplir a gusto con la edad, aunque sólo fuera a rachas, le queden a uno recuerdos que perduran como los de cualquier hazaña temprana. Recuerdos que nos arrastren a una melancolía sin remedio ante la desaparición de quienes compartieron la batalla contigo, según fuera el caso de Coti y Javier.
José Luis Borau, enero 2006.



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