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Recorrido histórico


Las narraciones sobre la melancolía y sus síntomas están en casi todos los registros literarios y médicos de la humanidad.

La Biblia cuenta el fin del rey Antioco Epifanes (Macabeos 1ª, 6), su tristeza y sus palabras después de una derrota militar:



Huye el sueño de mis ojos y mi corazón desfallece de ansiedad.

Al parecer, según las narraciones de los conquistadores españoles recopiladas por Elferink, la depresión era la enfermedad mental más frecuente entre los Incas, quienes tenían un afianzado conocimiento de las plantas medicinales y de los minerales a usar contra la enfermedad, así como los ritos mágicos y religiosos para combatirla:

El español Poma describe así a la esposa del tercer gobernante Inca:

La tercera Coya fue miserable, avarienta y mujer desdichada, y no comía casi nada y bebía mucha chicha y de cosas insignificantes lloraba, y de puro mísera no estaba bien con sus vasallos; era triste de corazón.

Areteo de Capadocia, siglo I, escribe:

La melancolía es una alteración apirética del ánimo que está siempre frío y adherido a un mismo pensamiento, inclinado a la tristeza y a la pesadumbre.

Galeno, siglo II, anota:

Normalmente se ven acosados por el miedo aunque no siempre se presentan el mismo tipo de imágenes sensoriales anormales. Aunque cada paciente melancólico actúa bastante diferente que los demás, todos ellos muestran miedo o desesperación. Creen que la vida es mala y odian a los demás, aunque no todos quieren morirse. Para algunos, el miedo a la muerte es la preocupación fundamental durante la melancolía. Otros, bastante extrañamente, temen la muerte a la vez que la desean.

También Hipócrates parece tener razón al haber relacionado los síntomas propios de los melancólicos con los dos principales: el temor y la tristeza.



Es como consecuencia de esta tristeza que los melancólicos odian todo lo que ven y parecen continuamente apenados y llenos de miedo, como los niños y los hombres ignorantes que tiemblan en una oscuridad profunda.

El árabe Isaq ibn Imran, siglo X, Bagdad describe: En la melancolía hay



un cierto sentimiento de aflicción y aislamiento que se forma en el alma debido a algo que el paciente cree que es real pero que es irreal. Además de todos estos síntomas psíquicos, hay otros somáticos como la pérdida de peso y sueño... La melancolía puede tener causas puramente psíquicas, miedo, aburrimiento o ira, de manera que la pérdida de un ser querido o de una biblioteca insustituible pueden producir tristeza y aflicción tales que tengan como resultado a la melancolía.

Constantino, el Africano, siglo XI, planteaba:

La melancolía perturba el espíritu más que otras enfermedades del cuerpo. Una de sus clases llamada hipocondríaca, está ubicada en la boca del estómago; la otra está en lo íntimo del cerebro. Los accidentes que a partir de ella suceden al alma, parecer ser el temor y la tristeza. Ambos son pésimos porque confunden al alma. En efecto, la definición de la tristeza es la pérdida de lo muy intensamente amado… Cuando los efluvios de la bilis negra suben al cerebro y al lugar de la mente, oscurecen su luz, la perturban y sumergen, impidiéndole que comprenda lo que solía comprender, y que es menester que comprenda. A partir de lo cual la desconfianza se vuelve tan mala que se imagina lo que no debe ser imaginado y hace temer al corazón cosas temibles. Todo el cuerpo es afectado por estas pasiones, pues necesariamente el cuerpo sigue al alma (El cuerpo sigue al alma en sus acciones y el alma sigue al cuerpo en sus accidentes). Por consiguiente se padece vigilia, malicia, demacración, alteración de las virtudes naturales, que no se comportan según lo que solían, mientras estaban sanas.

En la antigüedad y el medioevo: la acedia


Aldous Huxley, entre literario y descriptivo bordea el tema de esta manera:

Los cenobitas de la Tebaida se hallaban sometidos a los asaltos de muchos demonios. La mayor parte de esos espíritus malignos aparecía furtivamente a la llegada de la noche. Pero había uno, un enemigo de mortal sutileza, que se paseaba sin temor a la luz del día. Los santos del desierto lo llamaban daemon meridianus, pues su hora favorita de visita era bajo el sol ardiente. Yacía a la espera de que aquellos monjes que se hastiaran de trabajar bajo el calor opresivo, aprovechando un momento de flaqueza para forzar la entrada a sus corazones. Y una vez instalado dentro, ¡qué estragos cometía!, pues de repente a la pobre víctima el día le resultaba intolerablemente largo y la vida desoladoramente vacía. Iba a la puerta de su celda, miraba el sol en lo alto y se preguntaba si un nuevo Josué había detenido el astro a la mitad de su curso celeste. Regresaba entonces a la sombra y se preguntaba por qué razón él estaba metido en una celda y si la existencia tenía algún sentido. Volvía entonces a mirar el sol, hallándolo indiscutiblemente estacionario, mientras que la hora de la merienda común se le antojaba más remota que nunca. Volvía entonces a sus meditaciones para hundirse, entre el disgusto y la fatiga, en las negras profundidades de la desesperación y el consternado descreimiento. Cuando tal cosa ocurría el demonio sonreía y podía marcharse ya, a sabiendas de que había logrado una buena faena mañanera.

A lo largo de la Edad Media este demonio fue conocido con el nombre de acedia.

Aunque los monjes seguían siendo sus víctimas predilectas, realizaba también buen número de conquistas entre los laicos.

Junto con la



  • La gastrimargia,

  • la fornicatio,

  • la philargyria,

  • la tristitia,

  • la cenodoxia,

  • la ira

  • y la superbia,

  • la acedia o taedium cordis

era considerada como uno de los ocho vicios capitales que subyugan al hombre.

Algunos desacertados psicólogos del mal suelen hablar de la acedia como si fuera la llana pereza.

Mas la pereza es tan sólo una de las numerosas manifestaciones del vicio sutil y complicado que es la acedia.

Al hablar de ella en el Cuento del clérigo, Chaucer hace una descripción muy precisa de este catastrófico vicio del espíritu.



La acedia, nos dice, hace al hombre aletargado, pensativo y grave.

Paraliza la voluntad humana, retarda y pone inerte» al hombre cuando intenta actuar. De la acedia proceden el horror a comenzar cualquier acción de utilidad, y finalmente el desaliento o la desesperación. En su ruta hacia la desesperanza extrema, la acedia genera toda una cosecha de pecados menores, como la ociosidad, la morosidad, la lâchesse1, la frialdad, la falta de devoción y «el pecado de la aflicción mundana, llamado tristitia, que mata al hombre, como dice San Pablo». Los que han pecado por acedia encuentran su morada eterna en el quinto círculo del Infierno. Allí se les sumerge en la misma ciénaga negra con los coléricos, y sus lamentos y voces burbujean en la superficie.



San Isidoro de Sevilla indica cuatro derivadas de la tristeza:

  1. el rencor,

  2. la pusilanimidad,

  3. la amargura,

  4. la desesperación;

y siete de la acidia propiamente dicha:

  1. la ociosidad,

  2. a somnolencia,

  3. la indiscreción de la mente,

  4. el desasosiego del cuerpo,

  5. la inestabilidad,

  6. la verbosidad,

  7. la curiosidad.

Evagrio Póntico, según M. Fuentes, describía al acedioso diciendo

El monje acedioso es rápido en terminar su oficio y considera un precepto su propia satisfacción; la planta débil es doblada por una leve brisa e imaginar la salida distrae al acedioso. Un árbol bien plantado no es sacudido por la violencia de los vientos y la acedia no doblega al alma bien apuntalada. El monje giróvago, como seca brizna de la soledad, está poco tranquilo, y sin quererlo, es suspendido acá y allá cada cierto tiempo. Un árbol transplantado no fructifica y el monje vagabundo no da fruto de virtud. El enfermo no se satisface con un solo alimento y el monje acedioso no lo es de una sola ocupación. No basta una sola mujer para satisfacer al voluptuoso y no basta una sola celda para el acedioso. El ojo del acedioso se fija en las ventanas continuamente y su mente imagina que llegan visitas: la puerta gira y éste salta fuera, escucha una voz y se asoma por la ventana y no se aleja de allí hasta que, sentado, se entumece. Cuando lee, el acedioso bosteza mucho, se deja llevar fácilmente por el sueño, se refriega los ojos, se estira y, quitando la mirada del libro, la fija en la pared y, vuelto de nuevo a leer un poco, repitiendo el final de la palabra se fatiga inútilmente, cuenta las páginas, calcula los párrafos, desprecia las letras y los ornamentos y finalmente, cerrando el libro, lo pone debajo de la cabeza y cae en un sueño no muy profundo, y luego, poco después, el hambre le despierta el alma con sus preocupaciones. El monje acedioso es flojo para la oración y ciertamente jamás pronunciará las palabras de la oración; como efectivamente el enfermo jamás llega a cargar un peso excesivo así también el acedioso seguramente no se ocupará con diligencia de los deberes hacia Dios: a uno le falta, efectivamente, la fuerza física, el otro extraña el vigor del alma. La paciencia, el hacer todo con mucha constancia y el temor de Dios curan la acedia. Dispón para ti mismo una justa medida en cada actividad y no desistas antes de haberla concluido, y reza prudentemente y con fuerza y el espíritu de la acedia huirá de ti.

Edad moderna: química y electricidad


Uno de los más conocidos estudiosos modernos de la melancolía fue Robert Burton (1577-1640), quien dedició casi toda una vida a redactar su Anatomía de la Melancolía (publicada en 1621), en la que resume todos los conocimientos habidos hasta esa fecha sobre el tema.

En sus tres tomos se ofrece una concepción multifactorial de la depresión, según la cual la enfermedad no tiene una única causa, sino que puede tener varias: desde el amor a la religión, pasando por la política o el simple aburrimiento.

Y si varias pueden ser las causas, varios pueden ser los remedios, que van desde la música a la compañía.

Thomas Willis (1621-1675) desdeña la teoría de los humores como etiología de la melancolía y, siguiendo los conocimientos de su época, atribuye a las alteraciones químicas producidas en el cerebro y el corazón las causas de esta enfermedad.

Menciona cuatro tipos de melancolías, de acuerdo a su origen:



  1. por desorden inicial del cerebro.

  2. derivada de los hipocondrios (bazo).

  3. la que comprende todo el cuerpo.

  4. originada en el útero.

No debemos ignorar la importancia del la confirmación hecha por William Harvey (1578-1657) de las ideas adelantadas de Miguel Servet, acerca de la circulación de la sangre.

Esto introdujo una revolución en el pensamiento médico, junto a las teorías corpusculares y los principios hidrodinámicos, generando una serie de teorías mecanicistas y bioquímicas sobre la génesis de las enfermedades y, como suele ocurrir, cada vez que se realiza un descubrimiento particular, se lo extrapola expandiéndolo a la generalidad.



    1. Pitcairn al inicio del siglo XVIII explicaba que el desorden de la hidrodinámica de la sangre afectaba el flujo de los espíritus animales (Descartes) de los nervios produciendo pensamientos desordenados y delirios en la melancolía.

    2. Hacía la mitad del mismo siglo, los experimentos con la electricidad, generaron otras ideas sobre la fisiología desplazando las tendencias mecanicistas, para dar lugar a los conceptos de sensibilidad e irritabilidad, atracción, repulsión y transmisión.

    3. Así, Newton en su Principia (1713) decía: ... y los miembros de los cuerpos animales se mueven por orden de la voluntad, es decir, por las vibraciones de este fluido [el éter], propagado a lo lardo de los filamentos sólidos de los nervios, desde los órganos exteriores de los sentidos al cerebro, y del cerebro a los músculos.

William Cullen (1710-1790), asoció el concepto de carga y descarga en los cuerpos sometidos a electricidad y lo aplicó al cerebro en el sentido de mayor o menor energía (excitación y agotamiento) cerebral.

Y se relacionó a la melancolía con un estado de menor energía cerebral. Lo que hoy llamamos hipoergia o, más radicalmente, anergia.

Si bien las teorías etiopatogénicas sobre la depresión continúan girando en espiral a lo largo de la historia pasando:


  1. de la magia a lo religioso,

  2. de la química a la mecánica,

  3. del animismo a lo orgánico,

  4. del humor a la electricidad,

  5. de lo ambiental a lo genético,

  6. de lo espiritual a lo vital,

  7. de los espíritu animal a los neurotransmisores,

el cuadro clínico, lo descriptivo, permanece estable:

Si el miedo y la tristeza se prolongan, es melancolía.


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