El uso y significado que damos a las palabras



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EL USO Y SIGNIFICADO QUE DAMOS A LAS PALABRAS
Una vez analizados los problemas de la emisión y canalización de los mensajes, vamos a comentar algunos aspectos relativos al uso que le damos a las palabras. Sabemos que hay ciertas personas ,a las que les pueden sentar mal algunas palabras cuando se utilizan en unas determinadas circunstancias. Y es que un vocablo puede tener significados bien distintos, según las circunstancias en que se dice o la forma en que se dice. A estas variantes del significado de una misma palabra las llamamos connotaciones.
Así, por ejemplo, deben evitarse determinadas palabras como mongólico, subnormal, impotencia sexual que resultan ofensivas o peyorativas. Se pueden sustituir por otras sin estas connotaciones negativas:
.Mongólico por Síndrome de Down

.Subnormal por discapacitado psíquico

.Manicomio por hospital psiquiátrico (o de salud mental)

.Impotencia sexual por disfunción eréctil


A menudo algunas palabras adquieren connotaciones que les otorgan un significado opuesto al original. Cuando una enfermera pierde la paciencia con una enferma inquieta y le dice con irritación "Estate quieta, bonita", la palabra bonita adquiere en este caso una connotación peyorativa: significa todo lo contrario a bonita; de hecho sería perfectamente sustituible por pesada o pelmaza.
Debemos hacer un esfuerzo por seleccionar las palabras adecuadas. Así, si sospechamos que una paciente es adicta a la heroína, debemos preguntarle si lo es de la siguiente manera:
-¿Se ha pinchado heroína en alguna ocasión?
Es una pregunta formulada con palabras sencillas, directas y con una clara intencionalidad de beneficiar a la persona. Sin embargo, nunca deberíamos formular la cuestión de la siguiente manera:
-¿Es usted drogadicta?
En este caso, la forma de la pregunta es claramente ofensiva por su connotación vejatoria y degradante.
Existen otras muchas circunstancias en las que las palabras o expresiones resultan inapropiadas. Es el caso de un paciente ciego al que se le pregunta "¿Y usted cómo lo ve?", o el de otro al que se le ha amputado una pierna y se le intenta animar diciéndole: "No se preocupe, hombre, ya verá como sale de aquí corriendo". Son esas cosas que se dicen normalmente sin talante cínico, pero que resultan, a todas luces, inaceptables.
Otro uso inadecuado de las palabras es el que se comete con el paciente que posee un bajo nivel de instrucción. En estos casos debemos procurar comunicamos con un vocabulario básico y asequible a su entendimiento. Hay que prescindir de todo tecnicismo o pedantería.

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Aunque no conozcamos la jerga propia de una persona y de su origen, y ésta no domine la terminología médica, es posible llegar a un mutuo entendimiento gracias a la versatilidad de nuestro lenguaje. No olvidemos que el paciente puede no saber comunicar las características de un determinado signo o síntoma. El sanitario debe intentar aclararlo buscando un punto intermedio.


El paralenguaje
El lenguaje hablado comprende dos aspectos: lo que se dice y cómo se dice. Esto último es lo que llamamos paralenguaje: el tono de la voz, su volumen, sonidos asociados (suspiro, carraspeo...), acentuaciones en las frases etc., que completan el sentido significativo del mensaje y permiten transmitir al receptor emociones e incluso mensajes paralelos ocultos, pudiendo modificar el sentido de las palabras y otorgarles connotaciones diversas, como vimos más arriba. El paralenguaje, al igual que el lenguaje hablado, puede ser malinterpretado, según las connotaciones que se le atribuyan.
LA COMUNICACiÓN NO VERBAL
Comunicación no verbal es todo aquello que damos a entender al receptor sin emplear palabras. Comprende no sólo el lenguaje corporal. sino también las acciones o hechos que efectuamos ante los demás.
Cuando dos personas entran en contacto por primera vez, la comunicación combina tan- to aspectos verbales como no verbales; se ha observado que el receptor suele fijarse más en la cara y los gestos que en el contenido significativo del mensaje verbal. GAUQUELlN (1982) afirma que en esta primera conversación cara a cara, el impacto verbal es tan sólo del 7 %, siendo del 55 % las expresiones faciales y el 38 % otros aspectos no verbales de la comunicación. Así que, en estos casos, el 93 % de la comunicación es no verbal. Un ejemplo muy común: cuando nos presentan a alguien, estamos tan atentos a su aspecto, gestos, atuendo, etc., que al poco rato ya no solemos acordamos de su nombre. Según ARGYLE (1994), "existe una base biológica innata para las señales no verbales, la cual provoca una respuesta emocional inmediata y poderosa, como en los animales".
El lenguaje corporal
Como dice Rosa Montero, nuestro cuerpo es silencioso, pero no mudo. Efectivamente, nuestro cuerpo puede dar a entender muchas cosas a la persona receptora, sin necesidad de palabras. La parte más expresiva de nuestro cuerpo es la cara: la musculatura mímica facial, profusamente inervada por redes sensitivas y motoras íntimamente conectadas con el cerebro, permite manifestar emociones y sentimientos, a menudo difíciles de ocultar.
A diferencia del lenguaje verbal, el no verbal es siempre más sincero, más primario. Para Freud consistiría en una corriente expresiva casi incontrolable procedente del subconsciente. Mientras que con las palabras podemos mentir fácilmente, ocultar nuestros sentimientos; a menos que tengamos especial habilidad de poner cara de póker, algo que sólo unos pocos Poseen. Es más común que cuando mintamos nos delate la rubicundez facial, por ejemplo.
De todos los recursos no verbales, quizá sea la mirada el más sutil y expresivo: con finos y mínimos movimientos oculares podemos expresar confianza, complicidad, seducción, sorpresa, incredulidad o enfado. La mirada también actúa modulando la comunicación, indicando el momento de pedir la palabra o ejerciendo de feedback, concepto que veremos más adelante.
Pero no sólo la cara es el espejo del alma. El resto de nuestro cuerpo tiene su lenguaje propio: los gestos, la forma de mover las manos, de respirar, la postura, denotan cosas como por ejemplo, si estamos relajados o nerviosos, si confiamos o no en el interlocutor. Así, una persona que tiene una expresión sonriente, que mantiene el contacto visual con la cabeza alta y se muestra orientado hacia el interlocutor, denota una actitud segura y confiada; en tanto que la persona que mantiene una tensión muscular, hace movimientos torpes, forzados, con la cabeza baja y sin mirar a su interlocutor denota inseguridad en sí misma.
El lenguaje corporal sirve también para repetir o enfatizar lo que se está expresando verbalmente. En este sentido, el papel de las manos es fundamental. Pero si las usamos demasiado, caeremos en una afectación o amaneramiento grotesco.
La forma de vestirse puede expresar diversos aspectos de la personalidad; si bien, como factor social, los vestidos pueden utilizarse a propósito para señalar los rasgos de personalidad (ARGYLE, 1994).
Cuando tenemos que comunicamos verbalmente con alguien, se produce al mismo tiempo todo un cortejo de aspectos no verbales que pueden ser inadecuados y que, en consecuencia; mermen la fluidez intercomunicativa. Este lenguaje corporal improcedente consiste en mantener actitudes como el parpadeo rápido, no dirigir la mirada a los ojos del interlocutor -tampoco se debe clavar la mirada-, tragar saliva continuamente, humedecer los labios, tocarse alguna parte del cuerpo reiteradamente, juguetear excesivamente con objetos, mantener la frente contraída, carraspear, retocarse el cabello a cada momento, bostezar, hacer temblar la pierna, moverse mucho, taparse la boca al hablar, permanecer con los brazos cruzados, etc.
Una postura corporal muy frecuente y fácil de observar es la que se adopta al sentarse. Hay personas que cruzan las piernas y ponen sus manos en la rodilla: esta posición denota rigidez y terquedad en la discusión. Muchas mujeres suelen torsionar una pierna sobre la otra. Esto expresa cierta actitud defensiva, tímida o insegura. Las personas que se sientan sobre una de sus piernas sugieren estar relajadas; en este caso, los hombres suelen más colgar una pierna en el brazo del asiento. Pero ello también puede expresar indiferencia o aburrimiento. Las personas que se sientan poniendo las piernas sobre la mesa y las manos en la nuca muestran una actitud prepotente, indisciplinada o desconfiada frente a sus interlocutores. En cualquier caso, debe analizarse la conducta corporal dentro de un contexto, con el fin de no prejuzgarla.
Tocar el brazo o coger la mano de la persona con la que conversamos invita a una mayor intimidad, a un mayor acercamiento. Por lo general, he comprobado que es muy positivo tocar al paciente siempre que sea posible: en la cabecera de la cama, sentado a su lado, ayudándole a moverse en la cama o para levantarse... Hay múltiples ocasiones que permiten establecer este contacto, para ellos tan importante. Un comentario que he oído muchas veces en boca de personas descontentas por la falta de una atención adecuada es: "Ese médico no me gusta nada: ayer le llevé a mi chiquillo para que le viera la garganta y ni siquiera le ha tocado". Es cierto que el tacto tiene una utilidad clínica (medir la temperatura, las pulsaciones...); pero el mismo acto de tomar el pulso o tocar la frente sirven a la vez para demostrar la confianza, comprensión y escucha que inspira el contacto físico.
El tacto es un recurso de comunicación especialmente relevante en el individuo ciego, para quien tocarle supone un acercamiento y un interés por su persona y sus problemas que los videntes quizá no valoran suficientemente. El tacto transmite sensación de compañía, seguridad y tranquilidad, tan necesarios todos ellos para paliar el estrés de la enfermedad u hospitalización. En el manejo del paciente que acude a urgencias, así como del que es ingresado en una unidad de cuidados intensivos, este recurso de comunicación quizá sea el más eficaz de todos para tranquilizar y animar al paciente emocional mente alterado.
Un detalle muy sutil que no debemos dejar escapar cuando escuchemos a alguien es observar si está ocultando algo. Hay veces que al interlocutor no le resulta fácil decidirse a hablar de lo que realmente le preocupa, y se dedica a hacer circunloquios o a proferir argumentos que nada tienen que ver con la intencionalidad de la conversación. Por tanto, también debemos preguntarnos si está evitando hablar de ciertos sentimientos o problemas que no se atreve a abordar.
La escucha activa
Llamamos así a la actitud de escuchar lo que dice nuestro interlocutor de manera que le dejemos bien claro que estamos asimilando cuanto dice. Es, en definitiva, la actitud idónea que debemos adoptar para escuchar correctamente. Se resume en los siguientes puntos:
1. Proporcionar un entorno agradable, libre de interferencias.
2. Centrarse en el interlocutor, es decir, dirigir nuestro cuerpo hacia él, y mirarle a los ojos sin fijar perpetuamente la mirada.

3, Emplear un lenguaje no verbal que exprese la idea de que estamos entendiendo cuanto dice, como mover la cabeza afirmativamente, adoptar una actitud reflexiva, etc.


4. Dejar pequeñas pausas de silencio. Ayudarán al emisor a pensar bien lo que quiere decir y a escoger las palabras adecuadas; y al receptor a asimilar bien lo que escucha y a permitirle intervenir para aclarar, añadir ideas o sugerir preguntas. Como afirma ClAN (1994), la plenitud de la palabra se nutre de silencio.
No obstante, puede que las pausas se deban a que el paciente se sienta violento o a que espera nuestra intervención. Por otro lado, no debemos acosarle con preguntas: si el paciente es parco en respuestas e intentamos llenar el vacío con más preguntas, debemos evitar la sensación de interrogatorio, procurando que las preguntas que formulemos sean abiertas para que insten a respuestas más amplias. Pensemos también que quizá esa parquedad se deba a que al paciente le cueste hablar de su problema real. Démosle tiempo; incluso si lo vemos procedente, emplacémosle para otro momento mejor.
5. No tomar la palabra para cambiar de tema )' hablar de algo que nos afecte o interese particularmente. Esto supone cortar bruscamente el desarrollo de lo que el interlocutor pretende comunicamos.
6. Formular preguntas abiertas, es decir, preguntas que no exigen concreción excesiva, permiten al interlocutor contestar con amplitud y sinceridad, y continuar reflexionando sobre el contenido del mensaje que nos transmite. Una clásica pregunta abierta es Qué quieres decir con eso?", "¿Cómo te sientes ahora?", Las preguntas cerradas, por el contrario, obligan a respuestas restringidas y muy concretas (sí o no) que no permiten matizar abiertamente: "¿Te sientes triste?" Esto no quiere decir que no debamos formularla nunca, ya que hay veces en que la necesidad de concretar algo las hace procedentes. Sin embargo, es posible convertir preguntas cerradas en abiertas.

A veces somos presa de nuestra propia curiosidad, que intentamos saciar preguntando cosas que no proceden, quizá creyendo que es imprescindible conocerlas porque forman parte de nuestra profesión.


Es muy importante parafrasear con frecuencia lo que el interlocutor va diciendo, es decir, hacer pequeños resúmenes de su discurso durante el transcurso de la conversación. Esto permitirá asegurarle que lo vamos comprendiendo, y al mismo tiempo le servirá para reflexionar sobre todo lo dicho. Así se evitarán interpretaciones erróneas o conclusiones precipitadas. Es el momento de que el emisor diga cosas como: "Bueno, he dicho eso así, pero lo que quería decir era que...". Es algo que he comprobado en muchas ocasiones: el que habla corrige sus propias declaraciones gracias a las paráfrasis que le hace quien le escucha. Éstas también son útiles para ayudar al interlocutor a centrarse en el tema (cosa frecuente en pacientes muy nerviosos, o que padecen fuga de ideas).

En ocasiones, el emisor tiende a divagar hasta el punto de perder el hilo de su discurso central. Sucede en algunos trastornos psicopatológicos, en personas mayores con cierto grado de demencia, en personas que se sienten eufóricas (normal o patológicamente), y en los que son parlanchines pura naturaleza. Por ello es importante reconducir la conversación, es decir, ayudar al interlocutor a retomar el hilo argumental (GARRIDO y SERRANO, 1994). Nos lo agradecerá y ganaremos tiempo.


Mostrar al interlocultor no sólo que comprendemos el contenido significativo del discurso, sino que también apreciamos cómo se siente. Denotaremos así poseer la sensibilidad y comprensión que él necesita.
Procurar comportarnos con espontaneidad. Esto se basa en lo que ROGERS llama congruencia, y se refiere a la necesidad de guardar coherencia con nosotros mismos, de manera que lo que sintamos esté acorde con nuestra forma de comportamos y comunicamos. Es importante aprender a ser auténtico, asumir la espontaneidad como una virtud y no como un error por creer que con ella evidenciamos nuestros defectos o debilidades. Es importante que nos aceptemos como somos, y es bueno que el paciente se dé cuenta de que no somos personas perfectas.
LAS BARRERAS DE LA COMUNICACiÓN
Existen numerosas actitudes verbales y no verbales que actúan como auténticas barreras a una comunicación clara y natural. Vamos a comentar las más relevantes:
1. Las propias características sociales y personales suponen en muchos casos una barrera de comunicación: es muy probable que empaticen mejor dos personas que se han desarrollado en un mismo entorno social o cultural que otras que no lo hayan compartido.
La distancia generacional dificulta a menudo la empatía, debido a la falta de elementos comunes. Además, los jóvenes suelen recriminar a los ancianos el estar amarrados a una época obsoleta, y viceversa. Ambas posturas son erróneas, pues tan injusto es acusar de estar anclado a una época como ingenuo sentirse adelantado a ésta. No se trata de considerarse atrasado o adelantado a una mentalidad, sino por encima de ella.
Se ha observado que las mujeres empatizan mejor que los hombres; muestran mayor sensibilidad, calor afectivo y feedback positivo.
Por último, muchos pacientes temen poner en evidencia su ignorancia o su dificultad para entender las cosas, por lo que prefieren callar, quedarse con dudas, incrementando más aún su sensación de descontrol e incertidumbre. Otras veces callan porque temen una reacción negativa del sanitario, a veces con fundada sospecha.
2. La predisposición con la que abordamos o recibimos a nuestro interlocutor debe ser siempre positiva. Actitudes como estar a la defensiva o condicionar la comunicación a base de ideas preconcebidas -prejuicios- sobre nuestro interlocutor sólo sirven para dificultar la comunicación. Rogers nos advierte de que las personas tenemos una gran tendencia a juzgar y evaluar a los demás. Encasillar a las personas por sus ideas políticas o sus creencias religiosas es una actitud injusta y errónea por nuestra parte.
3. La forma de iniciar la conversación resulta clave para el proceso de comunicación. Lo que debemos tener claro es que nunca se ha de comenzar a preguntar de manera con- tundente. Si un paciente desea hablarnos, nunca debemos decirle "¿Qué es lo que le pasa?" o "¿Para qué me ha llamado?". Es preferible iniciar la charla con frases abiertas que inviten al diálogo y a la comprensión: "Me ha llamado para que hablemos: estoy a su disposición" o "¿Cómo se encuentra?"
4. El impacto emocional de la información puede bloquear por completo la comunicación: un ejemplo típico es cuando se le comunica al paciente un diagnóstico grave -por ejemplo, un cáncer- sin la adecuada preparación emocional. Todo lo que se le comunique después no será escuchado al ser presa de un secuestro emocional provocado por el conocimiento del diagnóstico.
5. Recordamos aquí la importancia del uso inadecuado de las palabras, tanto en el sentido subjetivo, es decir, del significado que éstas expresen en un momento dado, como en sentido objetivo, es decir, de la comprensión básica de los vocablos empleados, de acuerdo con la extracción social del interlocutor. Piensa que el sanitario maneja un vocabulario técnico que el paciente no domina. Y, aunque tenemos que reflejar en los informes los datos técnicos, al paciente hay que decirle las cosas de manera que las entienda bien. Aprovecho para añadir que tampoco hay que tratarle como si fuera tonto. Si se apercibiera de ello no le gustaría nada.
6. Otro vicio de la comunicación es la tendencia a pensar más en nosotros que en el interlocutor, de manera que puede llegar un momento en el que no sólo no nos interese lo que nos cuenta, sino que perdamos el hilo de lo que nos está diciendo. Procuremos, pues, prescindir de nuestros intereses o preocupaciones personales y centramos en la persona con la que nos comunicamos.
7. Hay algo que le sienta fatal, y con razón, a nuestro interlocutor: no dar señales de estar escuchando. La mayoría de las veces es porque no nos damos cuenta, y mientras nos habla, leemos la historia clínica, miramos por la ventana, o tenemos la antena puesta en la conversación de aliado. El emisor necesita señales de escucha, es decir, el feedback del receptor, lo cual trataremos más adelante.
8. Enjuiciar precipitadamente, así como dejamos influir por la aparente impresión general que nos causa el interlocutor, contaminan el proceso intercomunicativo.
9. Para que se desarrolle correctamente la comunicación entre dos personas, debe procurar- se un entorno propicio, libre de interferencias externas como son el ruido, el ambiente cargado, el clima de tensión o los momentos inoportunos. Pero también hay unas interferencias internas: aquellos malestares físicos o psíquicos que nos impiden comunicar- nos adecuadamente, como son el dolor de cabeza, las molestias menstruales, la tensión emocional, la depresión, etc. Como buenos interlocutores, evitaremos esos ambientes hostiles e intuiremos si la otra persona se encuentra en buena disposición física y mental para comunicarse.
10. No ponderar bien las señales de acercamiento afectivo y corporal. Muchas veces, llevados por la intención de empatizar o intimar, caemos en un desproporcionado acerca- miento a la otra persona que puede hacerle sentirse incómoda. Actitudes como tutear, coger de la mano, tocar la cara o acercamos excesivamente pueden turbar la tranquilidad del paciente, incluso violentarlo. Además, una mala interpretación de estos gestos puede crearle falsas expectativas afectivas. En otras ocasiones sí resulta aconsejable un contacto con las manos, una sonrisa a tiempo o un abrazo, sin que ello suponga una conducta inapropiada.
Por otro lado, tampoco es conveniente la actitud de espectador en el receptor; adoptar una actitud de esto no va conmigo es perjudicial para una buena comunicación e incluso para el estado anímico del que nos habla. Hay veces en que el sanitario muestra un escaso acercamiento afectivo a fin de calmar el estado emocional del paciente, lo que permite analizar mejor los aspectos físicos del trastorno que padece.
11. Reímos ante nuestro interlocutor cuando no procede, sobre todo si éste es un enfermo. Puede deberse a un pensamiento que se cruza súbita e inexplicablemente por nuestra mente. Aunque sea razonable, la risa puede ser mal interpretada por ciertas personas. Ante estas situaciones sobrevenidas es aconsejable participarle el motivo de nuestra risa.
12. Las circunstancias propias del paciente pueden alterar una correcta comunicación. Por ejemplo, hay pacientes que por su propia enfermedad desprenden un fuerte olor, como pasa con las úlceras purulentas de piel o con determinados tumores; es muy importante hacer un esfuerzo por resistir y acostumbrarse. Es posible incluso que el paciente se sienta avergonzado y nos lo confiese: debemos contestar siempre que estamos acostumbrados a ello y que por tanto no debe sentirse molesto.
13. Tratar a los pacientes sin el debido respeto es una falta que debemos evitar en todo momento. Hay que saber cuándo se puede tutear a una persona y cuando no. Por regla general, de acuerdo con nuestros convencionalismos sociales, a toda persona mayor que nosotros debemos hablarle de usted. Es posible que aun siendo menores lo exijan, y debemos corresponderles.
El respeto también está en función del origen cultural; cuando un camarero chino le dijo a una amiga mía que estaba más gorda que hacía unos meses, -lo que a todas luces resultaba irreverente-, su intención real no era crítica, ni mucho menos mordaz; era una forma de adularle diciéndole que tenía muy buen aspecto. En muchos países, el sobrepeso es signo de buena salud.
14. Por último, no debemos dar la sensación de prisas o impaciencia. Muchos pacientes, con tal de no molestar al sanitario rehúsan consultarle dudas, o simplemente conversar


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  1. Qué es empatía?

  2. Cuáles considera usted son los ASPECTOS más importantes en la habilidad de escuchar?

  3. Dentro de las barreras de comunicación

    1. explique qué significa manejar las propias características sociales de las personas.

    2. El no ponderar bien las señales de acercamiento afectivo y corporal

  4. Elementos importantes a tener en cuenta al comunicarse con un paciente

  5. Cuáles son las normas generales para al trasmisión de la información al a paciente?

  6. Cómo evaluaría usted el material que acaba de leer?



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