El tema de nuestro tiempo



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>, algo así como párroco y no se cuantas cosas más. Si esta “polypragmosyne” es cosa buena o mala, no es tan fácil de decidir.) Pero la bohemia de mi vida –digo- me impidió cumplir la promesa en la hora fijada y el editor –cuyo comportamiento conmigo ha sido ejemplar –se lamenta con amable quejumbre de que perjudico sus intereses. Ahora bien, me aterra perjudicar a nadie. Claro es que me sorprende un poco que esta pobre pequeña cosa que soy, menuda excrecencia brotada en los pliegues graníticos de una de las montañas más viejas del mundo –la sierra de Guadarrama-, resulte nociva, a una distancia de miles de kilómetros, para una excelente persona que vive en una ciudad tan bonita como Stuttgart. Por otra parte, en la periferia de nuestro ser que todos conservamos –el cutis del alma, esto es, sus <
>, es siempre de niño-, esa zona donde la vanidad actúa –la vanidad es un residuo de infantilismo en la madurez-, no deja de producirme este hecho alguna ridícula satisfacción y me da gana, cuando voy por la calle, de decir a los transeúntes. ¿Saben ustedes? Yo perjudico a un editor alemán, al impedir la nueva edición de mis libros. ¡Sí, señores! ¡Yo! ¡Así es el mundo!

De suerte que la necesidad de no dejar indefensas mis ideas, uniéndose al deseo de compensar al editor por el placer que me ha ocasionado perjudicarle, me fuerzan a escribir este prólogo.

Pero el lector, al llegar aquí, dirá que son demasiados escrúpulos y complicaciones en torno al hecho indiferente de que un libro se publique o no. ¡”Pardon” lector! No estoy conforme. Una de las cosas que la experiencia vital me ha enseñado es que, ante una visión medianamente perspicaz de la realidad, nada puede parecer indiferente: todo, aun lo que se juzgaría mínimo, produce efectos favorables o dañinos. La publicación en alemán de mis escritos, o es ventajosa o es dañina para el lector alemán o para mi. “Tertium non datur”.

Y, por lo pronto, es dañoso para el autor que el lector no le conozca. Cuando Goethe decía que la palabra escrita es un subrogado de la palabra hablada, decía una cosa mucho más profunda de lo que a primera vista parece. Esta: última, estricta y verdaderamente eso que solemos llamar <>, <


> no existe; es una abstracción, una mera aproximación. La realidad es la idea, el pensamiento de tal hombre. Solo en cuanto, emanado de él, de la integridad de su vida, sólo vista sobre el paisaje entero de su concreta existencia como sobre un fondo, es la idea lo que propiamente es. Cuando la idea se refiera a un tema muy abstracto, como en la matemática, puede prácticamente prescindirse del hombre concreto que la ha pensado y ser referida al abtruso personaje que es el geómetra. Pero ideas referentes a auténticas realidades son inseparables del hombre que las ha pensado. –no se entienden si no se entiende al hombre, si no nos consta quién las dice. El decir, el lógos no es realmente sino reacción determinadísima de una vida individual. Por eso, en rigor, no hay más argumentos que los de hombre a hombre. Porque, viceversa, una idea es siempre un poco estúpida si el que la dice no cuenta al decirla con quién es aquel al que se dice. El decir, el lógos, es, en su estricta realidad, humanísima conservación, diálogos, “argumentum hominis ad hominem”. El diálogo es el lógos desde el punto de vista del otro, del prójimo.

Esta ha sido la sencilla y evidente norma que ha regido mi escritura desde la primera juventud. Todo decir tiene algo –esta perogrullada no la ignora nadie-, pero además todo decir dice ese algo a alguien –esto lo saben tan bien como yo los profesores, los <> alemanes, mas, crueles y despectivos, suelen olvidarlo.

Si el lector analiza lo que ha podido complacerle de mi obra, hallará que consiste simplemente en que yo estoy presente en cada uno de mis párrafos, con el timbre de mivoz, gesticulando, y que, si se pone el dedo sobre cualquiera de mis páginas, se siente el latido de mi corazón. Pero siga analizando el lector y entonces hallará la clave definitiva. El que yo esté presente en cada expresión no procede de ningún supuesto don mío, mas o menos <>, y mucho menos –sería repugnante- de que, como Chateaubriand, me ponga yo en lo que escribo y obligue al lector a tropezarse conmigo –se reconocerá que casi nunca he hablado de mi-, sino al revés: todo proviene de que en mis escritos pongo, en la medida posible, al lector, que cuento con él, que le hago sentir cómo me es presente, cómo me interesa en su concreta y angustiada y desorientada humanidad. Percibe como si de entre las líneas saliese una mano ectoplasmática pero auténtica, que palpa su persona, que quiere acariciarla –o bien, darle, muy cortésmente, un puñetazo.

La involución del libro hacia el diálogo, éste ha sido mi propósito.

En la humilde buhardilla de Marburg, allá en lo más alto de la empinada ciudad, el , el admirable Nicolai Hatmann toca su violoncello. Yo le escucho. Tenemos veintidós o veintitrés años. La melodía siempre patética, casi de varón, que emite el cello hace sus giros y evoluciones en el aire como una golondrina. Por el ventanuco veo descender la ciudad, que vive agarrada al flanco del cerro, y llegar hasta el valle, por donde pasa el Lahn cantando siempre su canción ninguna.

Hatmann deja un instante quieto en el aire su arco, que, al separarse del cello y quedarse solo, se convierte momentáneamente en un pequeño arco salvaje, de pigmeo. Me dice:

-Usted, querido Ortega, tiene altruismo intelectual.

Y luego vuelve a soltar la golondrina melódica que anida en el vientre rubio de su cello, del cual han salido más tarde cuatro o cinco magníficos libros.

Pero esta voluntad de contar con el lector en su más concreta realidad posible, este anhelo de precisar la puntería al escribir, tiene el inconveniente de reducir sobremanera el campo a que se dispara. Como luego veremos, todo lo que yo he escrito hasta este prólogo, lo he escrito exclusivamente y ad hoc para gentes de España y Sudamérica, que más o menos, conocen el perfil de mi vida personal, como yo conozco las condiciones intelectuales y morales de la suya. He evitado siempre escribir “urbi et orbi”. Y he aquí que, contra mi voluntad, cediendo a demandas amistosas, estas páginas escritas para españoles y argentinos de una cierta fecha suenan de pronto junto a la Selva Negra, hablando en alemán a alemanes. ¿SE comprenden ahora mis escrúpulos, mi preocupación, mi inquietud? Yo hablaba a Juan, contando con Juan y contando con que Juan sabe quien le habla, y he aquí que de pronto, me escamotean a Juan y me encuentro diciendo lo mismo a pedro, con el que yo apenas contaba y del que estoy seguro que no me conoce. He aquí anulado mi propósito: heme aquí en la situación que más detesto. <> hablando a <>. Estamos en plena abstracción.

Se dirá que, al fin y al cabo, al contar con un hombre determinado se cuenta tanto más con lo humano en general, y que por eso, por lo que tiene de hombre en general, el lector alemán se siente aludido en mis escritos. ¡Una vez más, “pardon” lector! Procuro siempre cumplir las normas de la buena educación –como el más antiguo “clubman” de Londres- y no me permito hablar con nadie a quien no he sido presentado. Ahora bien, yo no he sido nunca presentado a ese señor que se llama <>. Yo puedo escribir sobre él, como puedo escribir sobre el ornitorrinco, pero no puedo escribirle a él. No conozco al <




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