El tao de la física



Descargar 1.12 Mb.
Página5/9
Fecha de conversión09.05.2019
Tamaño1.12 Mb.
1   2   3   4   5   6   7   8   9

La física moderna
Las tres primeras décadas de nuestro siglo cambiaron radicalmente todo el panorama de la física. Dos hallazgos separados -el de la teoría de la relatividad y el de la física atómica- vinieron a destruir todos los conceptos principa­les de la concepción newtoniana del mundo: la noción del espacio y tiempo absolutos, las partículas sólidas elementa­les, la naturaleza estrictamente causal de los fenómenos físi­cos, y el ideal de una descripción objetiva de la naturaleza. Ninguno de estos conceptos podía ser ampliado hasta alcan­zar los nuevos dominios en los que ahora la física estaba en­trando.

En los comienzos de la física moderna se da la extraordi­naria hazaña intelectual de un hombre: Albert Einstein. En dos artículos, ambos publicados en 1905, Einstein inició dos tendencias revolucionarias de pensamiento. Una fue su teo­ría especial de la relatividad, la otra una nueva forma de con­siderar a la radiación electromagnética, que iba a convertirse en la característica de la teoría cuántica: la teoría de los fenó­menos atómicos. La teoría cuántica completa fue elaborada veinte años más tarde por todo un equipo de físicos. La teoría de la relatividad sin embargo, fue construida casi en su totali­dad por Einstein. A comienzos del siglo XX, los trabajos científicos de Einstein se elevan como imponentes monu­mentos intelectuales -las pirámides de la civilización moderna.

Einstein creía firmemente en la armonía inherente en toda la naturaleza y durante toda su vida científica su más profundo interés fue encontrar una base única para toda la física. Comenzó a ir hacia esta meta construyendo un arma­zón común que sirviese tanto para la mecánica como para la electrodinámica, las dos teorías de la física clásica. Este armazón es conocido como la teoría especial de la relatividad. Esta teoría vino a unificar y completar la estructura de la física clásica, pero al mismo tiempo implicaba drásticos cambios en los conceptos tradicionales de espacio y tiempo, socavan­do así uno de los cimientos de la visión newtoniana del mun­do.

Según la teoría de la relatividad, el espacio no es tridi­mensional y el tiempo no constituye una entidad separada. Ambos están íntimamente relacionados y forman una conti­nuidad cuatridimensional "espaciotemporal". En la teoría de la relatividad, por lo tanto, no podemos hablar de espacio sin hablar de tiempo y viceversa. Además, el tiempo no fluye como lo hacía según el modelo newtoniano. Diferentes ob­servadores ordenarán los acontecimientos de un modo dife­rente en el tiempo si éstos se mueven a diferentes velocidades con relación a los sucesos observados. En este caso, dos acon­tecimientos que para un observador son simultáneos, para otros observadores pueden ocurrir en diferentes secuencias temporales. De este modo, todas las medidas que implicaban espacio y tiempo, perdieron su significado absoluto. Con la teoría de la relatividad el concepto newtoniano de un espacio absoluto, escenario de los fenómenos físicos fue totalmente abandonado, y lo mismo ocurrió con el concepto de tiempo absoluto. Espacio y tiempo se convirtieron en simples ele­mentos del lenguaje, que un observador particular podrá uti­lizar para describir los fenómenos que observa.

Los conceptos de espacio y tiempo ocupaban una posi­ción tan básica en la descripción de los fenómenos naturales que su modificación supuso modificar toda la estructura empleada hasta entonces para describir la naturaleza. La consecuencia más importante de esta modificación fue la conciencia de que la masa no es más que una forma de ener­gía. Incluso un objeto en reposo tiene energía almacenada en su masa, y la relación existente entre energía y masa viene dada por la famosa ecuación E = mc2, siendo c la velocidad de la luz.

Esta constante c, la velocidad de la luz, tiene una impor­tancia fundamental en la teoría de la relatividad. Siempre que describamos fenómenos físicos que impliquen velocidades que se acerquen a la velocidad de la luz, tendremos que tomar en cuenta la teoría de la relatividad. Esto afecta en particular a los fenómenos electromagnéticos, de los que la luz es sólo un ejemplo, el que condujo a Einstein a la formulación de esta teoría. En 1915, Einstein propuso su teoría general de la rela­tividad, en la que el armazón de la teoría primera o especial se amplía para incluir la gravedad, es decir, la atracción mutua de todos los cuerpos sólidos. Mientras que la teoría especial ha sido ya confirmada por innumerables experimentos, la teoría general todavía no se ha podido confirmar de un modo concluyente. Sin embargo, hasta ahora es la teoría de la grave­dad más aceptada, más congruente y más elegante, y está siendo ampliamente utilizada en astrofísica y cosmología para la descripción del universo en general.



La fuerza de la gravedad, según la teoría de Einstein, "curva" el espacio y el tiempo. Esto significa que la geometría euclidiana ordinaria deja de ser válida en tal espacio curvo, del mismo modo que la geometría bidimensional plana no puede aplicarse a la superficie de una esfera. Sobre un plano, podernos trazar, por ejemplo un cuadrado, señalando un metro sobre una línea recta, haciendo un ángulo recto y enarcando otro metro, después deberemos hacer otro ángulo recto Y marcar otro metro, y finalmente haremos un tercer ángulo recto y enarcaremos un metro una vez más, entonces nos halla­remos de nuevo en el punto de partida y el cuadrado estará completo. En una esfera, sin embargo, este procedimiento no funciona, porque las reglas de la geometría euclidiana no son aplicables a las superficies curvas. Del mismo modo, podemos definir un espacio curvo tridimensional como aquél en el cual la geometría euclidiana ya no es válida. La teoría de Einstein dice que el espacio tridimensional es realmente curvo, y que tal curvatura es causada por el campo gravitacio­nal de los cuerpos sólidos.

Siempre que haya un objeto sólido, por ejemplo una estrella o un planeta, el espacio que lo rodea estará curvado y su grado de curvatura dependerá de la masa del objeto. Y como en la teoría de la relatividad el espacio no puede separarse del tiempo, el tiempo también se verá afectado por la presencia de la materia, de este modo, fluirá de un modo diferente en las distintas partes del universo. Así, la teoría general de la relatividad de Einstein anula los conceptos de espacio y tiempo absolutos. No solamente serán relativas todas las mediciones que impliquen tiempo y espacio, sino que la estructura total del espacio-tiempo dependerá de la distribución que tenga la materia en el universo, perdiendo al mismo tiempo todo su significado el concepto de "espacio vacío".

La visión mecanicista del mundo sostenida por la física clásica estaba basada en la existencia de cuerpos sólidos que se movían por el espacio vacío. Este concepto todavía es válido en lo que se ha denominado "zona de dimensiones medias", es decir, en el reino de nuestra experiencia diaria, donde la física clásica continúa siendo una teoría útil. Ambos conceptos -el del espacio vacío y el de los cuerpos materia­les sólidos están tan profundamente arraigados en nues­tros hábitos de pensamiento que resulta extremadamente difícil para nosotros imaginar una realidad física en la cual no tengan aplicación. Y sin embargo, esto es precisamente lo que la física moderna nos obliga a hacer cuando vamos más allá de las dimensiones medias. El concepto de "espacio vacío" ha perdido ya su significado en astrofísica y en cosmología, ciencias que tratan del universo en términos generales, y el concepto de los objetos sólidos ha quedado destruido por la física atómica, la ciencia de lo infinitamente pequeño.

A principios de siglo se descubrieron varios fenómenos relacionados con la estructura de los átomos, inexplicables en los términos de la física clásica. La primera indicación de que los átomos tenían algún tipo de estructura surgió con el descu­brimiento de los rayos X, nuevo tipo de radiación que rápida­mente encontró su bien conocida aplicación en la medicina. Los rayos X, no obstante, no son la única radiación emitida por los átomos. Poco después se descubrieron otros tipos de ra­diaciones emitidas por los átomos de las llamadas substan­cias radioactivas. El fenómeno de la radioactividad generó la prueba definitiva de la naturaleza compuesta de los átomos, demostrando que los átomos de las substancias radioactivas no solamente emiten varios tipos de radiaciones, sino que también se transforman en átomos de substancias totalmente diferentes.

Además de ser objeto de intenso estudio, estos fenóme­nos se utilizaron también y de las formas más ingeniosas, en nuevos instrumentos para experimentar las profundidades de la materia, mucho más allá de lo que nunca antes había sido posible. De este modo, Max von Laue utilizó los rayos X para estudiar la ordenación de los átomos en los cristales, y Ernest Rutherford advirtió que las partículas que emanan de las substancias radioactivas -partículas denominadas alfa ­eran proyectiles de alta velocidad y dimensiones subatómi­cas, que podían ser utilizados para explorar el interior del átomo. Podían ser bombardeados a los átomos, y según la forma en que resultaran desviados se podrían sacar conclu­siones sobre la propia estructura atómica.

Cuando Rutherford utilizó estas partículas alfa para bombardear los átomos obtuvo resultados sensacionales y totalmente inesperados. En lugar de ser las partículas duras y sólidas que se había creído desde la antigüedad, los átomos resultaron estar compuestos de vastas regiones de espacio en el cual partículas extremadamente pequeñas -los electro­nes- se movían alrededor del núcleo, encadenadas a él por medio de fuerzas eléctricas. No es fácil hacerse una idea del tamaño de los átomos, pues se encuentra fuera de nuestra escala macroscópica. El diámetro de un átomo es aproximadamente la cien millonésima parte de un centímetro. Con el fin de visualizar esta diminuta medida, imagine una naranja inflada hasta alcanzar el tamaño de la Tierra. Los átomos de la naranja tendrían entonces el tamaño de cerezas. Billones de cerezas, agrupadas apretadamente dentro de un globo del tamaño de la Tierra, así sería la imagen ampliada de los áto­mos de una naranja.

Por lo tanto, el átomo es extremadamente pequeño, comparado con los objetos macroscópicos, pero es enorme comparado con el núcleo que tiene en su centro. En nuestra representación de los átomos al tamaño de las cerezas, el núcleo de un átomo sería tan pequeño que seríamos incapaces de verlo; si inflásemos el átomo hasta alcanzar el tamaño de una pelota, o incluso de una habitación, todavía sería dema­siado pequeño para poderlo ver a simple vista. Para poder ver el núcleo, tendríamos que aumentar el átomo hasta el tamaño de la cúpula más grande del inundo, la cúpula de la catedral de San Pedro en Roma. En un átomo de ese tamaño, el núcleo vendría a ser como un grano de sal. Un grano de sal flotando en medio de la cúpula de la catedral de San Pedro, y motas de polvo -girando a su alrededor, dentro del mismo espacio de la cúpula, así es como podríamos representar al núcleo y los electrones de un átomo.

Poco después de establecido este modelo planetario del átomo, se descubrió que el número de electrones existentes en los átomos de un cierto elemento determinan las propiedades químicas del mismo, y hoy sabemos que la totalidad de la tabla periódica de los elementos puede desarrollarse añadiendo sucesivamente protones y neutrones al núcleo del átomo más ligero -el hidrógeno*-, y el correspondiente número de electrones a su caparazón atómico. Las interacciones que tienen lugar entre los átomos dan lugar a los diversos procesos químicos, de modo que, todo lo referente a la química puede ahora comprenderse en base a las leyes de la física atómica.
* El átomo de hidrógeno está compuesto tan sólo por un protón y un electrón.
Estas leyes, sin embargo, no resultaron fáciles de reco­nocer. Fueron descubiertas en 1920 por un grupo internacio­nal de físicos que incluía a Niels Bohr de Dinamarca, Louis De Broglie de Francia, Erwin Schrodinger y Wolfgang Pauli de Austria, Werner Heisenberg de Alemania y Paul Dirac de Inglaterra. Estos hombres aunaron sus esfuerzos más allá de sus fronteras nacionales y lograron perfilar uno de los más apasionantes períodos de la ciencia moderna, que -puso al hombre, por vez primera, en contacto con la extraña e inespe­rada realidad del mundo subatómico. Cada vez que los físicos hacían una pregunta a la naturaleza en un experimento atómi­co, la naturaleza respondía con un absurdo, y cuanto más tra­taban de aclarar la situación, más desconcertante resultaba dicho absurdo. Tardaron mucho tiempo en aceptar el hecho de que estas absurdas paradojas pertenecen a la estructura intrínseca de la física atómica, y en darse cuenta de que surgen siempre que se intenta describir los sucesos atómicos en los términos tradicionales de la física. Una vez apercibidos de esto, los físicos comenzaron a aprender la forma de efectuar las preguntas correctas y de evitar las contradicciones. En palabras de Heisenberg, de alguna manera captaron el espíri­tu de la teoría cuántica, y por último, hallaron la formulación matemática precisa y congruente de esta teoría.

Incluso después de haberse completado su formulación matemática, los conceptos de la teoría cuántica no fueron fáciles de aceptar. Su efecto sobre la imaginación de los físi­cos fue verdaderamente destructor. Los experimentos de Rutherford habían demostrado que los átomos, en lugar de ser duros e indestructibles, consistían en vastas regiones de espa­cio donde unas partículas extremadamente pequeñas se movían, y ahora la teoría cuántica aclaraba que incluso estas partículas no se asemejan en nada a los objetos sólidos de la física clásica. Las unidades subatómicas de materia son enti­dades muy abstractas que tienen un aspecto dual. Dependien­do de cómo las veamos, aparecen a veces como partículas y otras veces como ondas. Naturaleza dual que es también manifestada por la luz, que puede tomar la forma de ondas electromagnéticas o de partículas.




Esta propiedad común de la materia y de la luz resulta muy extraña. Parece imposible aceptar que algo pueda ser al mismo tiempo, una partícula -es decir, un cuerpo, aunque de volumen pequeñísimo- y una onda, que se esparce por una extensa región del espacio.

Esta contradicción dio lugar a paradojas y absurdos semejantes a los koanes que finalmente llevaron a la formulación de la teoría cuántica. Su evolución comenzó al descubrir Max Planck que la energía de la radia­ción calorífica no es emitida continuamente, sino que aparece en forma de "paquetes de energía". Einstein llamó a estos paquetes de energía "cuantos" y los reconoció como un as­pecto fundamental de la naturaleza. Fue lo suficientemente atrevido como para pretender que la luz y cualquier otra forma de radiación electromagnética puede aparecer no sólo corno ondas electromagnéticas, sino también bajo la forma de estos "cuantos". Los "cuantos" de luz, que dieron su nombre a la teoría cuántica, han sido aceptados desde entonces como auténticas partículas y ahora se les llama fotones. Sin embar­go, se trata de partículas de un tipo especial, sin amasa, que viajan siempre a la velocidad de la luz.

La aparente contradicción existente entre los conceptos de partícula y onda fue resuelta de un modo completamente inesperado, que vino a cuestionar el propio fundamento de la visión mecanicista del inundo: el concepto de la realidad de la materia. A nivel subatómico, la materia no está con seguridad en un lugar determinado, sino más bien muestra "tendencias a existir", y los sucesos atómicos no ocurren con seguridad en determinados tiempos y en determinadas maneras, sino que más bien muestran "tendencias a ocurrir". En el formulismo de la teoría cuántica, estas tendencias se expresan como pro­babilidades y están relacionadas con cantidades matemáti­cas que toman la forma de ondas. Esta es la razón por la cual las partículas pueden ser al mismo tiempo ondas. No se trata de ondas tridimensionales "reales" como las ondas sonoras o las ondas de agua, sino de "ondas de probabilidad", cantidades matemáticas abstractas, con todas las características propias de las ondas, relacionadas con las probabilidades de encon­trar las partículas en puntos concretos del espacio y en tiem­pos particulares. Todas las leyes de la física atómica se expre­san en términos de estas probabilidades. Nunca se puede predecir un suceso atómico con certeza; sólo podemos decir que es probable que ocurra.

La teoría cuántica vino así a demoler los conceptos clá­sicos de los objetos sólidos y de las leyes estrictamente deter­ministas de la naturaleza. A nivel subatómico, los objetos materiales sólidos de la física clásica se diluyen en patrones de probabilidad semejantes a las ondas, y estos patrones, finalmente, no representan probabilidades de cosas, sino más bien probabilidades de interconexiones.

Un cuidadoso análisis del proceso de observación en la física atómica ha demostrado que las partículas subatómicas no tienen ningún significado como entidades aisladas, sino que sólo pueden entenderse como interconexiones entre la preparación de un experimento y su consiguiente medición. De este modo la teoría cuántica ha revelado la unidad básica del universo. Ha mostrado que no podemos descomponer el mundo en las unidades más pequeñas existentes indepen­dientemente. A medida que penetramos en la materia, la natu­raleza no nos muestra ningún "ladrillo básico" aislado, sino que aparece como una complicada telaraña de relaciones existentes entre las diversas partes del conjunto. Estas rela­ciones siempre incluyen al observador de un modo esencial. El observador humano constituye el nexo final en la cadena de los procesos de observación, y las propiedades de cualquier objeto atómico sólo se pueden comprender en términos de la interacción que tiene lugar entre el objeto observado y el observador. Esto significa que el ideal clásico de una descrip­ción objetiva de la naturaleza ha dejado ya de tener validez. La separación cartesiana entre yo y el mundo, entre el observa­dor y lo observado, no puede hacerse cuando se trata con la materia atómica. En la física atómica, nunca podemos hablar de la naturaleza sin, al mismo tiempo, hablar sobre nosotros mismos.

La nueva teoría atómica pudo inmediatamente resolver varios rompecabezas que habían surgido en relación con la estructura de los átomos y que no podían ser explicados con el modelo planetario de Rutherford. En principio, los experi­mentos de Rutherford demostraron que los átomos que con­forman la materia sólida están casi en su totalidad formados por espacio vacío, en lo que a la distribución de la masa se refiere. Pero si todos los objetos que nos rodean, y nosotros mismos, estamos en nuestra mayor parte formados por espa­cio vacío, ¿por qué no podernos pasar a través de las puertas cerradas? En otras palabras, ¿qué es lo que da a la materia su aspecto sólido?

Un segundo enigma era la extraordinaria estabilidad mecánica de los átomos. En el aire, por ejemplo, los átomos colisionan entre sí millones de veces por segundo y, sin embargo, después de cada colisión vuelven a su forma origi­nal. Ningún sistema planetario que siguiese las leyes de la mecánica clásica saldría jamás de estas colisiones sin sufrir alteración. Si embargo, un átomo de oxígeno siempre seguirá con su configuración característica de electrones, sin impor­tar las veces que colisione con otros átomos. Esta configura­ción, además, es exactamente la misma en todos los átomos de un tipo dado. Dos átomos de hierro, y del mismo modo, dos trozos de hierro puro, son completamente idénticos, sin importar de dónde vengan o qué les haya ocurrido en el pasa­do.

La teoría cuántica ha demostrado que todas estas sor­prendentes propiedades de los átomos son consecuencia de la naturaleza ondular de sus electrones. Para empezar, el aspec­to sólido de la materia es producto de un típico "efecto cuán­tico" relacionado con el aspecto dual onda-partícula de la materia. Se trata de un rasgo del mundo subatómico que no tiene ninguna analogía en el mundo macroscópico. Siempre que una partícula se halla confinada en una pequeña región del espacio, reacciona a su confinamiento moviéndose a su alrededor, y cuanto más pequeña sea la región de confina­miento, con más rapidez se moverán las partículas. Ahora en el átomo hay dos fuerzas que compiten. Por un lado, los elec­trones están ligados al núcleo mediante fuerzas eléctricas que tratan de mantenerlos tan cerca cono sea posible. Por otro, éstos responden a su confinamiento girando rápidamente, y cuando más apretados hacia el núcleo se hallen, más alta será su velocidad; de hecho, este confinamiento de los electrones en el átomo genera en ellos enormes velocidades, de aproxi­madamente 700 kilómetros por segundo. Estas altas veloci­dades son las que hacen que el átomo aparezca como una esfera rígida, exactamente del mismo modo que una hélice que gira muy rápidamente aparece como un disco. Es muy difícil comprimir más los átomos, por eso dan a la materia su conocido aspecto sólido.

De este modo, en el átomo los electrones se establecen en órbitas, de tal manera que se establece un equilibrio entre la atracción que sobre ellos ejerce el núcleo y su resistencia a ser confinados.

Estas órbitas atómicas, sin embargo, son muy diferentes de las que siguen los planetas del sistema solar, consistiendo la diferencia en la naturaleza ondular de los electrones. Un átomo no puede ser representado corno un pequeño sistema planetario. Más que partículas que giran alrededor del nú­cleo, hemos de imaginar ondas de probabilidad ordenadas en diferentes órbitas. Siempre que hagamos una medición, encontraremos a los electrones en alguna parte de estas órbi­tas, pero no podernos decir que estén "girando alrededor del núcleo" en el sentido de la mecánica clásica.

Dentro de las órbitas, las ondas de electrones tienen que estar ordenadas de tal manera que "sus extremos se toquen", es decir, que formen los patrones conocidos como "ondas permanentes". Estos patrones aparecen siempre que las ondas están confinadas en una región finita, como las ondas que se dan en una cuerda de guitarra en vibración, o en el aire dentro de tina flauta (ver diagrama). Por estos ejemplos, sabe­mos que las ondas permanentes pueden asumir solamente un número limitado de formas bien definidas. En el caso de las ondas de los electrones dentro de un átomo, esto significa que pueden existir sólo en ciertas órbitas atómicas con diámetros definidos. El electrón de un átomo de hidrógeno, por ejemplo, sólo podrá existir en una cierta primera, segunda o tercera órbita, etc., y en ningún otro lugar entre ellas. En condiciones normales, estará siempre en su órbita más baja, llamada el “estado elemental” del átomo. De ella, el electrón puede sal­tar a órbitas más elevadas si recibe la cantidad necesaria de energía, y entonces se dice del átomo que está en un "estado excitado" desde el cual volverá a su estado elemental después de un instante, liberando la energía excedente bajo la forma de un cuanto de radiación electromagnética o fotón. Los estados de un átomo, es decir, las formas y distancias mutuas de las órbitas de sus electrones, son exactamente los mismos para todos los átomos que tengan el mismo número de electrones. Esta es la razón por la cual (los átomos cualesquiera de oxíge­no, por ejemplo, serán completamente idénticos. Pueden estar en diferentes estados de excitación, debido tal vez a las colisiones que sufren con otros átomos en el aire, pero des­pués de un instante volverán invariablemente al mismo esta­do elemental, la naturaleza ondular de los electrones tiene así mucho que ver con la identidad de los átomos y su gran esta­bilidad mecánica.



Otro rasgo característico de los estados atómicos es el hecho de que pueden ser especificados por medio de un con­junto de números integrales, llamado "números cuánticos", los cuales indican la localización y el perfil de las órbitas de los electrones. El primer número cuántico es el número de la órbita y determina la energía que un electrón debe tener para estar en esa órbita; otros dos números especifican el perfil de la onda del electrón dentro de la órbita y están relacionados con la velocidad y la orientación de la rotación del electrón*. El hecho de que estos detalles se expresen mediante números enteros quiere decir que el electrón no podrá cambiar su rota­ción continuamente sino que sólo podrá saltar de un valor a otro, del mismo modo que sólo puede saltar de una órbita a otra. De nuevo, los valores irás altos representan estados excitados del átomo, siendo el estado elemental, donde se encuentran todos los electrones en las órbitas más bajas posibles y en el que tienen las cantidades más pequeñas posibles de rotación.


Las tendencias a existir, las partículas que reaccionan al confinamiento con movimiento, los átomos que cambian de pronto de un "estado cuántico" a otro, y la interconexión esencial de todos los fenómenos, son algunos de los rasgos insólitos del mundo atómico. Por otro lado, la fuerza básica que origina todos los fenómenos atómicos es conocida y puede experimentarse en el mundo macroscópico: es la fuer­za de atracción eléctrica existente entre el núcleo atómico cargado positivamente, y los electrones cargados negativa­mente. La interacción de esta fuerza con las ondas de los elec­trones da lugar a la tremenda variedad de estructuras y fenó­menos existentes en nuestro entorno. Es la responsable de todas las reacciones químicas, y de la formación de las molé­culas, es decir, de conglomerados de varios átomos, unidos unos a otros por una atracción mutua. La interacción entre los electrones y los núcleos atómicos es por tanto la base de todos los cuerpos sólidos, líquidos y gaseosos, y también de todos los organismos vivos y de todos los procesos biológicos con ellos relacionados.


* La rotación de un electrón en su órbita no debe ser entendida en el sentido clásico. Está determinada por la forma de la onda del electrón en términos de probabilidades de existencia de la partícula en ciertas partes de la órbita.


En este mundo inmensamente rico de fenómenos atómi­cos, los núcleos juegan el papel de centros estables extrema­damente pequeños, que constituyen la fuente de la fuerza eléctrica y forman los esqueletos de la gran variedad de es­tructuras moleculares. Para comprender estas estructuras, y la mayoría de los fenómenos naturales que nos rodean, no necesitamos conocer de los núcleos más que su carga y su masa. Sin embargo, para llegar a comprender la naturaleza de la materia, para saber de qué está hecha definitivamente esta, es preciso estudiar los núcleos atómicos, pues ellos contienen prácticamente toda la masa del átomo. Alrededor de 1930, después que la teoría cuántica hubo desenmarañado el inundo de los átomos, la principal tarea de los físicos fue comprender la estructura de los núcleos, sus componentes y las fuerzas que los mantienen tan sólidos y coherentes.

El primer paso importante hacia la comprensión de la estructura del núcleo fue el descubrimiento del neutrón como segundo componente nuclear. El neutrón es una partícula que tiene más o menos la misma masa que el protón (el primer componente nuclear) y alrededor de dos mil veces la masa del electrón, pero que no lleva carga eléctrica alguna. Este descu­brimiento no solamente explicaba que los núcleos de todos los elementos químicos estaban constituidos de protones y neutrones, sino que también revelaba que la fuerza nuclear, que conserva a estas partículas tan firmemente unidas dentro del núcleo, era un fenómeno completamente nuevo pues no podía ya ser de origen electromagnético, dado que los neutro­nes son eléctricamente neutros. Los físicos pronto se dieron cuenta de que se estaban enfrentando con una nueva fuerza de la naturaleza, que no se manifiesta en ninguna otra parte fuera del núcleo atómico.

Un núcleo es aproximadamente unas cien mil veces más pequeño que la totalidad del átomo y, sin embargo, contiene casi toda la masa del átomo. Esto significa que la materia existente dentro del núcleo debe ser extremadamente densa, en comparación con las formas de materia a las que estamos acostumbrados. De hecho, si todo el cuerpo humano fuese comprimido a una densidad semejante a la nuclear, no ocupa­ría más espacio que una cabeza de alfiler. Esta elevada densi­dad, sin embargo, no es la única propiedad extraordinaria que presenta la materia nuclear. Al ser de la misma naturaleza cuántica que los electrones, los "nucleones" -como a veces se llama a los protones y neutrones- responden a su confina­miento con altas velocidades, y puesto que están apretados dentro de un volumen mucho más pequeño, su reacción es mucho más violenta: se precipitan alrededor del núcleo con velocidades de unos 50.000 kilómetros por segundo. La materia nuclear es así una forma de materia completamente diferente de cualquier otra que podarnos experimentar en nuestro medio macroscópico. Podernos, representárnosla quizás copio pequeñas gotas de un líquido extremadamente denso que está hirviendo y burbujeando continuamente con eran intensidad.

El nuevo aspecto esencial de la materia nuclear que genera todas sus fantásticas propiedades es la potente fuerza nuclear, y el rasgo que hace de esta fuerza algo único es su extremadamente corto alcance. Actúa solamente cuando los "nucleones" se acercan mucho unos a otros, cuando su distan­cia es unas dos o tres veces su diámetro. A esta distancia, la fuerza nuclear es muy atrayente, sin embargo cuando tal dis­tancia se hace menor, esa fuerza se vuelve muy repulsiva a fin de que los "nucleones" no puedan acercarse más unos a otros. De esta manera, la fuerza nuclear mantiene al núcleo dentro de un equilibrio muy estable, pero al mismo tiempo muy dinámico.

El estudio de los átomos y los núcleos, nos muestra que la mayor parte de la materia está concentrada en diminutas gotas, separadas por enormes distancias. En el vasto espacio existente entre las gotas nucleares, sólidas e hirviendo agita­damente, se mueven los electrones. Estos constituyen sólo una pequeñísima fracción de la masa total, pero son ellos quienes dan a la materia su aspecto sólido y le proporcionan los vínculos necesarios para construir las estructuras mole­culares. También tienen que ver con las reacciones químicas y ellos son los responsables de las propiedades químicas de la materia. Las reacciones nucleares por lo general, en esta for­ma de materia no ocurren de modo natural, pues las energías existentes no son lo bastante elevadas como para llegar a perturbar el equilibrio nuclear.

Esta forma de materia, sin embargo, con su similitud de formas y texturas y su complicada arquitectura molecular, puede existir sólo bajo condiciones muy especiales, es nece­sario que la temperatura no sea demasiado alta, para que las moléculas no se alteren demasiado. Cuando la energía térmi­ca se eleva a la centésima potencia, como ocurre en la mayoría de las estrellas, todas las estructuras atómicas y moleculares son destruidas. La mayor parte de la materia del universo, de hecho, existe en un estado muy diferente del que acabamos de describir. En el centro de las estrellas hay grandes acumula­ciones de materia nuclear, y allí predominan procesos nu­cleares que ocurren sólo muy raramente en la Tierra. Estos procesos son los responsables de la gran variedad de fenóme­nos estelares observados en astronomía, la mayoría de los cuales surgen de una combinación de efectos nucleares y gravitacionales. Para nuestro planeta, los procesos nucleares que tienen lugar en el centro del Sol son de particular impor­tancia porque proporcionan la energía que sustenta a nuestro medio terrestre. Uno de los grandes triunfos de la física moderna ha sido el descubrir que un flujo de energía plana constantemente del Sol, nuestro vínculo vital con el mundo de lo enormemente grande, y que a su vez es el resultado de reac­ciones nucleares que ocurren en su interior, es decir, de fenó­menos que tienen lugar en el mundo de lo infinitamente pe­queño.

En la historia del avance del hombre hacia este mundo submicroscópico, se alcanzó una etapa a principios de los años 1930 en que los científicos creyeron haber descubierto finalmente los "ladrillos básicos" con los que está construida la materia. Se sabía que toda la materia estaba compuesta de átomos y que todos los átomos se componían de protones, neutrones y electrones. Estas llamadas "partículas elementa­les", fueron consideradas como las unidades de materia defi­nitivas e indestructibles: átomos en el sentido de Demócrito. Aunque corno hemos mencionado previamente la teoría cuántica implica que no podemos descomponer el mundo en las más pequeñas unidades existentes independientemente, esto en general, no fue percibido en aquel tiempo. Los hábitos clásicos de pensamiento eran todavía tan persistentes, que la mayor parte de los físicos trataban de entender la materia en términos de sus "ladrillos básicos", y esta tendencia de pensa­miento es, de hecho, bastante fuerte incluso hoy en día.

Dos avances más en la física moderna mostraron, no obstante, que la idea de unas partículas elementales como unidades primarias de materia había de ser abandonada. Uno de estos avances fue experimental, el otro teórico, y ambos comenzaron en los años treinta. Por el lado experimental, fueron descubiertas nuevas partículas a medida que los físi­cos refinaban sus técnicas, desarrollando nuevos e ingenio­sos dispositivos de detección. De este modo, el número de partículas conocidas aumentó de tres a seis en 1935, después a dieciocho en 1955, y hoy día se conocen más de doscientas partículas "elementales". Las dos tablas siguientes, sacadas de una reciente publicación11, muestran la mayor parte de las partículas conocidas hoy en día. Ilustran de una manera con­vincente que el adjetivo "elemental" ya no resulta apropiado en esta situación. Como a lo largo de los años se fueron descu­briendo cada vez más partículas, quedó claro que todas ellas no podían llamarse "elementales" y hoy existe entre los físi­cos la difundida creencia de que ninguna de ellas merece ese nombre.


11 Tables of Particle Properties publicado por el Particle Data Group in Physics letters, vol. 50 B. n. 1, 1974.
Esta creencia fue confirmada por ciertos hallazgos teó­ricos paralelos al descubrimiento de un número cada vez mayor de partículas. Poco después de formulada la teoría cuántica, se hizo patente que una teoría completa sobre los fenómenos nucleares no debería incluir solamente la teoría cuántica, sino que también tendría que incorporar la teoría de la relatividad. El motivo es que las partículas, confinadas a dimensiones del tamaño de los núcleos, con frecuencia se mueven tan rápido que sus velocidades se aproximan a la velocidad de la luz. Este hecho resulta crucial a la hora de describir su comportamiento, pues toda descripción de fenó­menos naturales que implique velocidades cercanas a la velo­cidad de la luz deberá tener en cuenta la teoría de la relatividad. Ha de ser, como nosotros decimos, una descripción "relati­vista". Lo que necesitamos, por tanto, para un completo en­tendimiento del mundo nuclear es una teoría que incorpore a ambas, a la teoría cuántica y la teoría de la relatividad. Esa teoría todavía no ha sido hallada, y por supuesto, hasta ahora no hemos sido capaces de formular una teoría completa del núcleo. Aunque sabemos bastante sobre la estructura nuclear y sobre las interacciones que se dan entre las partículas nu­cleares, todavía no comprendemos la naturaleza y la compli­cada manifestación de la fuerza nuclear a un nivel fundamen­tal. No existe ninguna teoría completa que sea al mundo de las partículas nucleares lo que es la teoría cuántica para el mundo atómico. Tenernos, eso sí, varios modelos "cuánticos relati­vistas", que describen muy bien algunos aspectos del mundo de las partículas, pero la fusión de la teoría cuántica y la teoría de la relatividad dentro de una teoría única es todavía el pro­blema central y el gran desafío de la física moderna.


La teoría de la relatividad tuvo una profunda influencia sobre nuestra idea de la materia, al obligarnos a modificar el concepto de partícula de un modo esencial. En la física clási­ca, la masa de un objeto siempre se había relacionado con una sustancia material indestructible, con alguna "materia" de la que se creía que estaban hechas todas las cosas. La teoría de la relatividad demostró que la masa no tiene nada que ver con ninguna sustancia, sino que es una forma de energía. La ener­gía, sin embargo, es una cantidad dinámica relacionada con la actividad, o con los procesos. El hecho de que la masa de una Partícula sea equivalente a una cierta cantidad de energía significa que la partícula ya no podrá ser considerada como un objeto estático, sino que habrá de ser concebida corno un patrón dinámico, como un proceso que incluye a la energía que se manifiesta a sí misma cono masa de la partícula.

Este nuevo concepto de las partículas fue iniciado por Dirac al formular una ecuación relativista mediante la que describía el comportamiento de los electrones. La teoría de Dirac no sólo tuvo un enorme éxito al dar cuenta de los finos detalles de la estructura atómica, sino que también reveló una simetría fundamental entre la materia y la antimateria. Predi­jo la existencia de un antielectrón con la misma masa que el electrón, pero con una carga opuesta. Esta partícula cargada positivamente, ahora llamada positrón, fue descubierta real­mente dos años después de que Dirac la predijera. La simetría entre la materia y la antimateria significa que para cada partí­cula existe una antipartícula de igual masa y de carga opuesta. Se pueden crear pares de partículas y antipartículas si se dis­pone de la suficiente energía que pueda transformarse en energía pura en el proceso inverso de aniquilación. Estos procesos de creación y aniquilación de partículas habían sido predichos por la teoría de Dirac antes de descubrirse realmen­te en la naturaleza, y desde entonces se han podido observar millones de veces.

La creación de partículas materiales partiendo de la energía pura es ciertamente el efecto más espectacular de la teoría de la relatividad, y sólo puede ser comprendido dentro de la concepción de las partículas explicada anteriormente. Antes de la física relativista de las partículas, los componen­tes de la materia habían sido siempre considerados como unidades elementales, indestructibles e inmutables, o como objetos compuestos que podían ser divididos en sus diferen­tes partes componentes. La pregunta clave era si se podía dividir la materia una y otra vez, o si finalmente se llegaría a las unidades más pequeñas e indivisibles. Tras el descubrimien­to de Dirac, la pregunta sobre la división de la materia apare­ció bajo una nueva luz. Cuando dos partículas colisionan con altas energías, generalmente se rompen en pedazos, pero estos pedazos no son más pequeños que las partículas origina­les. Son de nuevo partículas de la misma clase y resultan crea­das de la energía del movimiento inherente al proceso de colisión (energía cinética). Todo el problema de la división de la materia se resuelve así de un modo inesperado. La única forma de dividir a las partículas subatómicas es hacerlas esta­llar juntas en procesos de colisión que conlleven altas ener­gías. De esta forma, podremos dividir la materia una vez y otra, pero nunca obtendremos trozos más pequeños, pues sólo crearemos partículas que surgirán de la energía aportada al proceso. De este modo las partículas subatómicas son a un mismo tiempo destructibles e indestructibles.

Este estado de cosas está destinado a permanecer absur­do mientras adoptemos el concepto estático de "objetos" compuestos que se componen de "ladrillos básicos". Sólo al adoptar el concepto dinámico y relativista, desaparece el absurdo. Las partículas son pues consideradas como patro­nes dinámicos, o procesos, que implican tina cierta cantidad de energía, que aparece ante nosotros como su masa. En el proceso de colisión, la energía de las dos partículas colisio­nantes es redistribuida para formar un nuevo patrón, y si se ha añadido una cantidad suficiente de energía cinética, este nuevo patrón puede incluir partículas adicionales.

Las colisiones de partículas subatómicas con alta ener­gía son el principal método utilizado por los físicos para estudiar las propiedades de estas partículas, y por ello la física de las partículas es también conocida con el nombre de “física de alta energía”. Las energías cinéticas necesarias para los expe­rimentos de colisión se obtienen por medio de enormes acele­radores de partículas, gigantescas máquinas circulares cuya circunferencia alcanza varios kilómetros, donde los proto­nes son acelerados hasta velocidades próximas a la velocidad de la luz, para después hacerlos colisionar con otros protones o neutrones. Es impresionante que sean necesarias máquinas de ese tamaño para investigar el mundo de lo infinitamente pequeño. Son los supermicroscopios de nuestro tiempo.



La mayoría de las partículas creadas en estas colisiones viven sólo durante un tiempo extremadamente corto -menos de una millonésima de segundo-, después del cual se desintegran de nuevo en protones, neutrones y electrones. A pesar de su tan corto tiempo de vida, estas partículas no sólo pueden ser detectadas y sus propiedades medidas, sino que realmente se les hace dejar huellas que pueden fotografiarse. Estas huellas de las partículas se producen en las llamadas cámaras de burbujas, de una manera similar al rastro que van dejando los aviones a reacción en el cielo. Las verdaderas partículas son muchos órdenes de magnitud más pequeñas que las burbujas que generan las huellas, pero por el espesor y la curvatura de las huellas los físicos pueden identificar la partícula que las causó. La ilustración anterior muestra hue­llas de una cámara de burbujas. Los puntos de los que emanan varias huellas son puntos de colisión de partículas, y las cur­vas son producidas por campos magnéticos que los experi­mentadores utilizan para identificar las diferentes partículas. Las colisiones de partículas constituyen el principal método experimental de que disponemos para estudiar sus propieda­des e interacciones, y las hermosas líneas, espirales y curvas trazadas por las partículas dentro de las cámaras de burbujas son de enorme importancia para los físicos modernos.


En las décadas pasadas, los experimentos de dispersión de alta energía nos mostraron la naturaleza dinámica y siem­pre cambiante del mundo de las partículas de la manera más sorprendente. La materia se mostró en estos experimentos corno algo completamente mutable. Todas las partículas pueden ser transmutadas en otras partículas; pueden ser crea­das partiendo de la energía y pueden desvanecerse en energía. Así, los conceptos clásicos de "partícula elemental', "sus­tancia material" u "objeto aislado", han perdido totalmente su significado; todo el universo aparece como una telaraña dinámica de patrones de energía inseparables. Hasta ahora, todavía no se ha encontrado una teoría completa que permita describir este mundo de partículas subatómicas, pero tene­mos varios modelos teóricos que describen muy bien ciertos aspectos parciales. Ninguno de estos modelos está exento de dificultades matemáticas, y todos ellos se contradicen unos a otros en cierto modo, pero todos reflejan la unidad básica y el intrínseco carácter dinámico de la materia. Demuestran que las propiedades de una partícula sólo pueden comprenderse en términos de su actividad -de su interacción con el entor­no- y que dicha partícula, por tanto, no se puede considerar como una entidad aislada, sino que ha de entenderse forzosa­mente como pare integrante del conjunto.

La teoría de la relatividad no sólo afectó de un modo drástico nuestro concepto de las partículas, sino también nuestra representación de las fuerzas que se dan entre estas Partículas. En una descripción relativista de las interacciones que tienen lugar entre las partículas, las fuerzas existentes entre ellas -es decir su mutua atracción o repulsión- son re­presentadas como el intercambio de otras partículas. Este concepto resulta muy difícil de visualizar. Es una consecuen­cia del carácter espaciotemporal cuatridimensional del mundo subatómico y ni nuestra intuición ni nuestro lenguaje pueden tratar muy bien con esta imagen. Sin embargo, resulta crucial para la comprensión de los fenómenos subatómicos, pues une las fuerzas existentes entre los componentes de la materia con las propiedades de otros componentes de la materia, unificando así los dos conceptos, fuerza y materia, que parecían tan fundamentalmente diferentes desde los atomistas griegos. Tanto fuerza como materia, se considera ahora, que ambas tienen su origen común en los patrones di­námicos que llamamos partículas.

El hecho de que las partículas interactúen entre ellas a través de fuerzas que se manifiestan como el intercambio de otras partículas, es otra razón más por la que el mundo subató­mico no puede descomponerse en partes integrantes. Desde el nivel macroscópico hasta el nivel nuclear, las fuerzas que mantienen a las cosas unidas son relativamente débiles y es una buena aproximación decir que las cosas se componen de panes que las constituyen. Así, puede decirse que un grano de sal se compone de moléculas de sal, las moléculas de sal de dos clases de átomos, los átomos que se componen de núcleos y electrones y los núcleos de protones y neutrones. A nivel de partículas, sin embargo, ya no es posible seguir viendo las cosas de este modo.

En los últimos años, se ha dado una evidencia creciente de que protones y neutrones, son también objetos compues­tos; pero las fuerzas que los mantienen en cohesión son tan fuertes o -lo que es lo mismo, las velocidades adquiridas por sus componentes son tan altas-, que es necesario aplicar la representación relativista, en la que las fuerzas son también partículas. De este modo la distinción entre las partículas constituyentes y las partículas fabricantes de las fuerzas de unión se hace borrosa y la idea de un objeto compuesto de partes integrantes se desmorona. El mundo de las partículas no puede d­­­­­­­escomponerse en componentes elementales.

En la física moderna, el universo es experimentado como­ un todo dinámico, inseparable, que siempre incluye de una manera esencial al observador. En esta experiencia, los conceptos tradicionales de espacio y tiempo, de objetos aisla­dos, y de causa y efecto, pierden su significado. Tal experien­cia, no obstante, es muy similar a la de los místicos orientales. La similitud se hace evidente en las teorías cuánticas y de la relatividad, y se acentúa aún más en los modelos “cuántico­relativistas” de la física subatómica, donde ambas teorías son combinadas, produciéndose el más sorprendente paralelis­mo con el misticismo oriental.



Antes de examinar detalladamente estos paralelismos, haré un breve relato de las escuelas de filosofía oriental que veremos en la comparación, para el lector que no esté familia­rizado con ellas. Se trata de las diversas escuelas de hinduis­mo, budismo y taoísmo. En los cinco capítulos siguientes se describirá el fondo histórico, los rasaos característicos y los conceptos filosóficos de estas tradiciones espirituales, acen­tuando aquellos aspectos y conceptos que sean importantes para su subsecuente comparación con la física.




Compartir con tus amigos:
1   2   3   4   5   6   7   8   9


La base de datos está protegida por derechos de autor ©psicolog.org 2019
enviar mensaje

    Página principal
Universidad nacional
Curriculum vitae
derechos humanos
ciencias sociales
salud mental
buenos aires
datos personales
Datos personales
psicoan lisis
distrito federal
Psicoan lisis
plata facultad
Proyecto educativo
psicol gicos
Corte interamericana
violencia familiar
psicol gicas
letras departamento
caracter sticas
consejo directivo
vitae datos
recursos humanos
general universitario
Programa nacional
diagn stico
educativo institucional
Datos generales
Escuela superior
trabajo social
Diagn stico
poblaciones vulnerables
datos generales
Pontificia universidad
nacional contra
Corte suprema
Universidad autonoma
salvador facultad
culum vitae
Caracter sticas
Amparo directo
Instituto superior
curriculum vitae
Reglamento interno
polit cnica
ciencias humanas
guayaquil facultad
desarrollo humano
desarrollo integral
redes sociales
personales nombre
aires facultad