El secreto del universo


MÁS PENSAMIENTOS SOBRE EL PENSAMIENTO



Descargar 1.37 Mb.
Página28/33
Fecha de conversión09.05.2019
Tamaño1.37 Mb.
1   ...   25   26   27   28   29   30   31   32   33

MÁS PENSAMIENTOS SOBRE EL PENSAMIENTO


En el artículo titulado «Algunos pensamientos sobre el pensamiento» manifestaba mis objeciones a las pruebas de inteligencia y daba las razones que tenía para ello. Aducía mis razones para suponer que la palabra «inteligencia» se refiere a un concepto muy sutil que no puede ser medido con una sola cifra, como, por ejemplo, la que representa el «coeficiente de inteligencia» (CI).

Quedé muy contento de ese artículo, y con mayor motivo cuando fue el blanco de los ataques de un psicólogo por cuyo trabajo siento muy poco respeto (véase el artículo «Ay, todos humanos»).

No pensaba que alguna vez tuviera que retomar el tema. La verdad es que más bien tenía la impresión de que me había vaciado de todas las ideas que se me podían ocurrir sobre el asunto.

Pero no hace mucho me encontré en una cena en la que tenia a Marvin Minsky del MIT (Instituto Tecnológico de Massachussets) a mi derecha y a Heinz Pagels, de la Universidad Rockefeller, a mi izquierda.

Pagels estaba dando una serie de conferencia de tres días sobre ordenadores, y ese mismo día había sido el moderador de un debate titulado «¿Han contribuido las investigaciones sobre inteligencia artificial a iluminar el proceso del pensamiento humano?».

Yo no había asistido al debate (me lo habían impedido varios compromisos), pero sí mi querida esposa Janet, y por lo que me contó, parece ser que Minsky, uno de los participantes, y John Searle, de la Universidad de California, se enzarzaron en una discusión sobre la naturaleza de la inteligencia artificial. Minsky, el principal defensor de esa línea de investigación, no estaba de acuerdo con la opinión de Searle, según la cual la conciencia es un fenómeno puramente biológico y es imposible que una máquina pueda llegar a tener conciencia o inteligencia.

En la cena, Minsky siguió defendiendo la opinión de que la inteligencia artificial no era un término contradictorio, y Pagels defendía la legitimidad de los argumentos de Searle. Como yo estaba sentado entre los dos, la educada pero acalorada discusión se desarrollaba por encima de mi cabeza, tanto literal como figuradamente.

Yo escuchaba sus argumentos cada vez más preocupado, porque hacia algunos meses había cometido la imprudencia de aceptar dar una charla después de la cena de esa noche. Tenía la impresión de que toda la atención de los dinámicos asistentes a la cena de esa noche estaba concentrada en la discusión entre Minsky y Searle, y que la única oportunidad que tenia de que me prestaran atención era que yo también hablara del tema.

Por tanto, tenía que volver a pensar sobre el pensamiento, y me quedaba menos de media hora para hacerlo.

Por supuesto, conseguí arreglármelas; si no, no se lo estaría contando ahora a ustedes. Incluso me dijeron que durante el resto del congreso mi charla fue citada en alguna ocasión con aprobación.

No puedo transcribir mi charla palabra por palabra, ya que siempre improviso, pero a continuación les ofrezco una reproducción bastante aproximada.

Empecemos por la fácil asunción de que el Homo sapiens es la especie más inteligente de la Tierra, incluyendo a las que existieron en el pasado. Por tanto, no hay por qué admirarse de que el cerebro humano sea tan grande.

Tenemos tendencia a asociar el cerebro con la inteligencia y viceversa, y no nos falta razón.

El cerebro de un hombre adulto tiene una masa aproximada de 1,4 kilos por término medio, y es mucho mayor que el cerebro de cualquier animal no mamífero del presente o del pasado. Esto no es demasiado sorprendente si tenemos en cuenta que los mamíferos son los organismos vivos más inteligentes y con mayores cerebros de todos los seres vivos.

Dentro de los mamíferos, tampoco tiene nada de extraño que cuanto mayor sea un organismo, mayor sea su cerebro, pero el cerebro humano se desvía de esta regla general. Es más grande que el de otros mamíferos mucho mayores que el hombre. El cerebro humano es más grande que el del caballo, el del rinoceronte o el del gorila, por ejemplo.

Y, sin embargo, no es el cerebro más grande que existe.

El del elefante es mayor; se ha comprobado que los cerebros más grandes de elefantes alcanzan masas de 6 kilos aproximadamente, más o menos 4 1/4 veces más que el cerebro humano. Y los cerebros de las grandes ballenas son todavía mayores. El récord lo ostenta el cerebro de un cachalote, con una masa de unos 9,2 kilos, seis veces y media más que la del cerebro humano.

Pero aunque los elefantes y las grandes ballenas son más inteligentes que la mayoría de los animales, su inteligencia nunca se ha considerado ni remotamente comparable a la de los seres humanos. Es evidente que la masa cerebral no es el único factor a tener en cuenta en lo relativo a la inteligencia.

El cerebro humano representa aproximadamente el 2 por 100 de la masa total del cuerpo humano. Pero un elefante con un cerebro de 6 kilos pesa aproximadamente 5.000 kilos, así que su cerebro representa aproximadamente sólo el 0,12 por 100 de su masa total. En cuanto al cachalote, que puede llegar a pesar 65.000 kilos, su cerebro de 9,2 kilos sólo representa aproximadamente el 0,014 por 100 de su masa total.

Es decir, la masa del cerebro humano por unidad de masa corporal es 17 veces mayor que la del elefante y 140 veces mayor que la del cachalote.

¿Es justo dar más importancia a la relación cerebro/ cuerpo que a la masa. cerebral sin más?

Bueno, aparentemente al menos nos proporciona una respuesta veraz, ya que pone de relieve el hecho manifiestamente evidente de que los seres humanos son más inteligentes que los elefantes y las ballenas, cuyos cerebros son más grandes. Además, también podríamos hacer el razonamiento de este modo (posiblemente un tanto simplista):

El cerebro controla el funcionamiento del cuerpo; aquellas partes de éste que no se ocupan de estas tareas de control automático pueden dedicarse a otras actividades como la imaginación, el razonamiento abstracto y las fantasías creativas. Aunque los elefantes y las ballenas tienen grandes cerebros, sus cuerpos son enormes, de tal manera que sus cerebros, a pesar de su gran tamaño, están totalmente concentrados en las tareas rutinarias de mover esas enormes masas, y no les queda mucho espacio para preocuparse por funciones «más elevadas». Por tanto, los elefantes y las ballenas son menos inteligentes que los seres humanos, a pesar del tamaño de sus cerebros.

(Y ésta es la razón de que por término medio los cerebros de las mujeres sean un 10 por 100 más pequeños que los de los hombres sin que esto implique que sean un 10 por 100 menos inteligentes. Sus cuerpos también son más pequeños, y la relación masa cerebral / masa corporal es, en todo caso, un poco mayor que la de los hombres.)

Sin embargo, la relación entre las masas del cerebro y el cuerpo tampoco puede explicarlo todo. Todos los primates (los simios y monos) tienen una relación masa cerebral / masa corporal bastante alta; en general, cuanto menor es el primate más alta es esta relación. En algunos monos pequeños el cerebro representa el 5,7 por 100 de la masa corporal, casi tres veces más que en los seres humanos.

¿Por qué no son entonces estos pequeños monos más inteligentes que los seres humanos? Es posible que la respuesta esté en que sus cerebros son demasiado pequeños para ello.

Para alcanzar una inteligencia verdaderamente considerable es necesario que el cerebro sea lo bastante grande como para proporcionar la capacidad de pensamiento requerida, y que el cuerpo sea lo bastante pequeño como para no acaparar todo el cerebro y dejar espacio para el pensamiento. Esta combinación de un cerebro grande y un cuerpo pequeño parece encontrar el equilibrio ideal en el ser humano.

¡Pero un momento! La relación cerebro / cuerpo tiende a aumentar en los primates a medida que disminuye su tamaño, y lo mismo ocurre con los cetáceos (la familia a la que pertenecen las ballenas). El delfín común tiene aproximadamente la misma masa que un hombre, pero su cerebro tiene una masa de unos 1,7 kilos, 1/5 más que el cerebro humano. La relación cerebro / cuerpo es del 2,4 por 100.

En ese caso, ¿por qué el delfín no es más inteligente que el ser humano? ¿Acaso existe alguna diferencia cualitativa entre las dos clases de cerebro que condene al delfín a una estupidez relativa?

Por ejemplo, las células cerebrales efectivas se encuentran en la superficie del encéfalo y constituyen la «materia gris». El interior del cerebro está formado en gran parte por las prolongaciones de las células envueltas en grasa; esta parte (debido al color de la grasa) se conoce con el nombre de «materia blanca».

La materia gris está asociada a la inteligencia, y, por tanto, la superficie del cerebro es más importante que su masa. Si observamos distintas especies de seres vivos de inteligencia cada vez mayor, veremos que la superficie del cerebro aumenta más rápidamente que la masa. Una de las manifestaciones visibles de este fenómeno consiste en que la superficie aumenta hasta tal punto que ya no puede extenderse uniformemente por encima del interior del cerebro y se arruga formando circunvoluciones. Un cerebro con circunvoluciones tiene una superficie mayor que un cerebro liso de igual masa.

Por tanto, asociamos las circunvoluciones a la inteligencia y, efectivamente, los cerebros de los mamíferos presentan circunvoluciones y los de los no mamíferos, no.

El cerebro de un mono tiene más circunvoluciones que el de un gato. No es de extrañar que el cerebro humano presente más circunvoluciones que el de cualquier otro mamífero terrestre, incluidos algunos relativamente inteligentes como los chimpancés y los elefantes.

Y, sin embargo, el cerebro del delfín tiene una masa mayor que el cerebro humano, la relación masa cerebral/ masa corporal es más alta y además presenta más circunvoluciones que el cerebro humano.

Entonces, ¿por qué los delfines no son más inteligentes que los seres humanos? Para explicarlo, tenemos que volver a la hipótesis de que la estructura de las células cerebrales del delfín o su organización cerebral presentan alguna deficiencia, y no tenemos ninguna prueba de que sea así.

Pero permítanme adelantar una hipótesis alternativa.

¿Cómo sabemos que los delfines no son más inteligentes que los seres humanos?

Claro que no han desarrollado ninguna tecnología, pero no es de extrañar. Viven en el agua, donde es imposible hacer fuego, y la tecnología humana está basada fundamentalmente en la utilización inteligente del fuego.

Además, las formas aerodinámicas son esenciales para la vida en el agua, así que los delfines no disponen de ningún equivalente de las manos humanas, capaces de las manipulaciones más delicadas.

Pero ¿basta con la tecnología para medir la inteligencia? Nosotros nos olvidamos de ella cuando más nos resulta conveniente. Pensemos en las estructuras construidas por insectos que viven en sociedad, como, por ejemplo, las abejas, las hormigas y las termitas, o el delicado diseño de la tela de araña. ¿Son estas estructuras una prueba de que una abeja, una hormiga, una termita o una araña son más inteligentes que el gorila, que construye su tosco refugio en los árboles?

A esto respondemos que no sin dudarlo un instante.

Consideramos que las maravillosas realizaciones de los animales inferiores son obra del instinto, que es inferior al pensamiento consciente. Pero es posible que esto no sea más que una opinión interesada.

¿No es acaso posible que los delfines opinen interesadamente que nuestra tecnología es el resultado de una forma inferior de pensamiento y que la descarten como prueba de inteligencia?

Claro que los seres humanos tienen la facultad del lenguaje. Nos servimos de complejas modulaciones de sonidos para expresar ideas infinitamente sutiles, y no existe ninguna otra especie que tenga esta facultad ni nada que se le parezca. (Y, que nosotros sepamos, tampoco pueden comunicarse entre sí por otros medios que les permitan una complejidad, versatilidad y sutileza comparables a las del lenguaje humano.)



Y, sin embargo, la ballena corcovada canta complejas «canciones», y el delfín es capaz de emitir un número mayor de sonidos diferenciados que nosotros. ¿Por qué estamos tan seguros de que los delfines no son capaces de hablar?

Pero la inteligencia es algo tan evidente. Si los delfines son tan inteligentes, ¿por qué no resulta obvio que lo son?

En «Algunos pensamientos sobre el pensamiento» yo sostenía que los seres humanos tienen distintas clases de inteligencia y que por esa razón las pruebas de CI resultan engañosas. Pero aunque así fuera, todas las variedades inteligenciales (he tenido que inventarme esta palabra) del ser humano pertenecen claramente al mismo género. Podemos reconocer estas variedades a pesar de sus diferencias.

Nos damos cuenta de que Beethoven tenia un tipo de inteligencia, Shakespeare otro, Newton otro más y Peter Piper (el experto en selección de embutidos)* otro más aún, y comprendemos el valor de cada uno de ellos.

¿Y si existiera una variedad inteligencial totalmente distinta a la de los seres humanos? ¿Seriamos capaces siquiera de darnos cuenta de que es una manifestación de inteligencia, por mucho que la estudiáramos?

Supongamos que el delfín, con su enorme cerebro lleno de circunvoluciones y su enorme repertorio de sonidos armónicos, tuviera una mente capaz de considerar ideas abstractas y un lenguaje capaz de expresarlas con enorme sutileza. Pero supongamos que esas ideas y ese lenguaje fueran tan distintos de todo aquello a lo que estamos acostumbrados que ni siquiera pudiéramos advertir que se trata de ideas y lenguaje, y mucho menos comprender su contenido.

Supongamos que una colonia de termitas tuviera un cerebro comunal, cuyas reacciones fueran tan distintas de las nuestras que fuéramos incapaces de advertir esta inteligencia comunitaria por muy manifiestamente «evidente» que fuera.

Es posible que el problema sea, en parte, semántico.

Insistimos en definir el «pensamiento» de tal forma que llegamos automáticamente a la conclusión de que sólo los seres humanos piensan. (De hecho, a lo largo de la historia siempre ha habido fanáticos que han estado seguros de que sólo las personas del género masculino y de aspecto bastante parecido al suyo eran capaces de pensar, y que las mujeres y las «razas inferiores» no lo eran. Las definiciones interesadas pueden llegar muy lejos.)

Supongamos que definiéramos el «pensamiento» como el tipo de acciones emprendidas por una especie cuyo propósito es asegurar su propia supervivencia. Según esta definición, todas las especies tienen algún tipo de pensamiento, y el pensamiento humano no sería más que una variedad del pensamiento, y no necesariamente mejor que todas las demás.

En realidad, si tenemos en cuenta que la especie humana, dotada de la capacidad de previsión y sabiendo exactamente qué es lo que está haciendo y lo que puede ocurrir, se enfrenta a pesar de ello a la posibilidad de destruirse a si misma en un holocausto nuclear... entonces, según mi definición, la única conclusión lógica a la que podemos llegar es que el Homo sapiens piensa peor y es menos inteligente que cualquier otra especie que exista o haya existido sobre la superficie de la Tierra.

Por tanto, es posible que de la misma manera que los partidarios del CI llegan a sus conclusiones, teniendo buen cuidado de establecer una definición de la inteligencia que haga de ellos y de sus iguales personas «superiores», la humanidad considerada en su totalidad haga lo mismo con su cuidadosa definición de en qué consiste el pensamiento.

Vamos a recurrir a una analogía para aclarar este punto.

Los seres humanos «caminan». Para ello suelen servirse de sus dos piernas, y llevan, el cuerpo alzado de tal forma que la columna se dobla hacia dentro en la región lumbar.

Podríamos definir «caminar» como el movimiento que se realiza sobre dos piernas con el cuerpo en equilibrio sobre una columna vertebral doblemente curvada. Según esta definición, caminar seria un atributo exclusivo de los seres humanos, de lo que podríamos sentirnos justamente orgullosos. Esta forma de caminar liberó a nuestros miembros anteriores de la obligación de contribuir a nuestros desplazamientos (excepto en determinadas situaciones de emergencia), permitiéndonos disponer continuamente de nuestras manos. Este desarrollo de la postura erguida es anterior al desarrollo de la capacidad craneana y es bastante posible que lo haya provocado.

Otros animales no caminan. Se desplazan sobre cuatro patas o sobre seis, ocho, varias docenas o ninguna. O vuelan o nadan. Incluso los cuadrúpedos que pueden alzarse sobre sus cuartos traseros (como los osos y los simios) sólo lo hacen provisionalmente, y se encuentran más cómodos a cuatro patas.

Hay animales exclusivamente bípedos, como los canguros y las aves, pero a menudo brincan más que caminan.

Incluso las aves que caminan (como las palomas y los pingüinos) son, en primer lugar, voladoras o nadadoras. Y las aves que sólo caminan (o sus parientes más rápidas que sólo corren), como el avestruz, no tienen una columna doblemente curvada.

Supongamos entonces que nos empeñáramos en que «caminar» es una actividad absolutamente única, hasta el punto de que careciéramos de términos para designar la manera de desplazarse de otras especies. Supongamos que nos contentáramos con decir que los seres humanos son «caminadores» y que el resto de las especies no lo son, y nos negáramos a extender nuestro vocabulario más allá de este punto.

Si nos empeñáramos en ello con el bastante ardor, no tendríamos por qué prestar ninguna atención a la hermosa eficacia con que algunas especies brincan, saltan, corren, vuelan, navegan, se zambullen o se deslizan. No habríamos inventado el término «locomoción animal» para describir todas estas distintas maneras de desplazarse.

Y si nos limitáramos a calificar todas las formas de locomoción animal excepto la nuestra de «no caminadoras», es posible que nunca tuviéramos que reconocer que, en muchos aspectos, el medio de locomoción humano es mucho menos elegante que el de un caballo o el de un halcón, y que de hecho es una de las formas menos elegantes y admirables de locomoción animal.

Supongamos entonces que nos inventáramos una palabra que designara todas las formas que adopta el comportamiento de los seres vivos a la hora de responder a un estimulo o de favorecer la supervivencia. Digamos que esta palabra es «zornar». El pensamiento humano podría ser una de las variedades de zornar, y otras especies podrían manifestar otras variedades de zornar.

Si consideráramos el zornar sin ideas preconcebidas, es posible que nos diéramos cuenta de que pensar no siempre es la mejor manera de zornar, y es posible que llegáramos a comprender un poco mejor la manera de zornar de los delfines o de las comunidades de termitas.

O supongamos que nos planteamos la pregunta de si las máquinas pueden pensar, de si un ordenador puede llegar a tener conciencia, de si es posible que los robots experimenten emociones; en una palabra, en qué momento del futuro lograremos crear una verdadera «inteligencia artificial».

¿Cómo podemos discutir sobre ello si no nos paramos antes a pensar qué es exactamente la inteligencia? Si por definición se trata de algo que sólo pueden tener los seres humanos, entonces es evidente que una máquina no puede tenerla.

Pero todas las especies pueden zornar, y es posible que los ordenadores también lleguen a ser capaces de hacerlo.

Es posible que no lo hagan de la misma forma que cualquier especie biológica, así que también necesitaremos una palabra nueva para designar lo que hacen. En mi charla improvisada sobre las facultades de los ordenadores utilicé la palabra «tendar», que supongo que nos sirve tan bien como cualquier otra.

Entre los seres humanos existe un número indefinido de diferentes formas de zornar; estas formas son lo bastante parecidas como para que las agrupemos bajo la denominación común de «pensamiento». Y es muy posible que también entre los ordenadores existiera un número indefinido de diferentes formas de zornar, tan distintas de las que comparten los seres humanos que podríamos agruparlas bajo la denominación común de «tendamiento».

(Y además es posible que el resto de los animales zornen de maneras diferentes, así que tendríamos que inventar docenas de palabras diferentes para todas las variedades de zornar y organizarlas según una compleja clasificación. Además, es posible que, a medida que se desarrollaran los ordenadores, nos diéramos cuenta de que «tendar» no resultaba suficiente y tuviéramos que inventar subdenominaciones... Pero ya lo dirá el futuro. Mi bola de cristal no llega tan lejos.)

Como es natural, proyectamos nuestros ordenadores para que sean capaces de resolver problemas que nos interesan, y por tanto tenemos la impresión de que piensan.

Pero tenemos que reconocer que incluso cuando un ordenador resuelve un problema que nosotros tendríamos que resolver de no existir éste, los procesos para resolverlo son totalmente distintos. Los ordenadores tendan y nosotros pensamos, y puede que sea inútil que nos sentemos a debatir si los ordenadores piensan o no. Del mismo modo, los ordenadores podrían sentarse a debatir si los seres humanos tendan o no.

Pero ¿resulta razonable suponer que los seres humanos son capaces de crear una inteligencia artificial tan distinta de la inteligencia humana como para que sea necesario reconocer que lo que hacen los ordenadores es tendar, un proceso bien distinto del pensamiento humano?

¿Por qué no? No es la primera vez que ocurre. Durante cientos de miles de años los seres humanos transportaron los objetos poniéndoselos debajo del brazo o manteniéndolos en equilibrio sobre la cabeza. De esta forma, sólo podían transportar una masa igual a la suya como máximo.

Si apilaban los objetos sobre los lomos de los burros, caballos, bueyes, camellos o elefantes, podían transportar masas mayores. Pero con ello sólo se sustituye el uso directo de músculos por el de otros músculos mayores.

Pero a la larga los seres humanos inventaron un dispositivo artificial que facilitaba el transporte de objetos.

¿De qué manera lo consiguió la máquina? ¿Desarrolló acaso una forma artificial de caminar, correr, volar o nadar, o de cualquiera de las innumerables formas de la locomoción animal?

No. En la remota prehistoria algún ser humano inventó la rueda y el eje. Gracias a este invento fue posible cargar masas mucho mayores en los carros, arrastrados por la fuerza humana o animal, que los que esta fuerza era capaz de cargar por sí sola.

A mi manera de ver, la rueda y el eje son los inventos más extraordinarios jamás realizados por los seres humanos. El descubrimiento del fuego estuvo precedido al menos por la observación de los fuegos naturales provocados por los rayos. Pero la rueda y el eje no tenían ningún precedente natural; no han sido desarrollados por ninguna forma de vida hasta el momento. De modo que la «locomoción asistida por máquinas» fue desde un principio totalmente distinta a todos los medios de locomoción animal, y del mismo modo, no sería de extrañar que el zornar mecánico no tuviera nada que ver con todas las variedades del zornar biológico.

Claro que los primitivos carros no podían moverse por si solos, pero con el tiempo se inventó la máquina de vapor, y más tarde el motor de combustión interna y el cohete, ninguno de 1os cuales tiene un funcionamiento parecido al de los músculos.

Por el momento, los ordenadores están en una fase equivalente a la etapa anterior a la invención de la máquina de vapor. Los ordenadores pueden funcionar, pero no pueden hacerlo «ellos solos». Con el tiempo se desarrollará el equivalente a la máquina de vapor, y los ordenadores podrán resolver problemas por si solos, pero el proceso de resolución seguirá siendo totalmente distinto al utilizado por el cerebro humano. Seguirán tendando y no pensando.

Esto parece descartar los temores de que los ordenadores nos «sustituyan», o de que los seres humanos acaben resultando superfluos y extinguiéndose.

A fin de cuentas, las ruedas no han hecho que las piernas resulten superfluas. En muchos casos caminar es más cómodo y práctico que rodar. Abrirse camino por un terreno accidentado es fácil si se está caminando, pero muy difícil si se va en coche. Y para ir del dormitorio al cuarto de baño no se me ocurriría jamás utilizar otra cosa que mis piernas.

Pero ¿y si a la larga los ordenadores son capaces de hacer todo lo que hacen los seres humanos, aun cuando «tendan» en lugar de pensar? ¿Y si acaban por «tendar» sinfonías, dramas, teorías científicas, amoríos... cualquier cosa que se les ocurra?

Es posible. Algunas veces he visto una máquina cuya función es alzar sus patas sobre los obstáculos, de manera que es una máquina que camina. Pero es tan complicada y sus movimientos son tan poco airosos que tengo la impresión de que nadie se va a tomar nunca las enormes molestias que supondría producir y utilizar estos aparatos, como no sea para realizar un tour de force (como el avión que atravesó el Canal de la Mancha con el mecanismo de una bicicleta... y que nunca volverá a ser utilizado).

Sea lo que sea «tendar», es evidente que es el proceso mejor adaptado para manipular con gran rapidez y sin cometer errores las cantidades aritméticas. Hasta el más sencillo ordenador es capaz de «tendar» multiplicaciones y divisiones de cantidades enormes mucho más rápidamente que los seres humanos.

Esto no quiere decir que «tendar» sea superior a pensar, sino simplemente que está mejor adaptado para este tipo de procesos. En cuanto al pensamiento, está bien adaptado a procesos relacionados con la penetración psicológica, la intuición y la combinación creativa de datos para producir resultados inesperados.

Es posible que se puedan proyectar ordenadores capaces de realizar estos procesos en cierto modo, de la misma forma que algunos genios de las matemáticas pueden «tendar» en cierto modo... Pero en ambos casos se trata de una pérdida de tiempo.

Dejemos que los pensadores y los «tendadores» se ocupen cada uno de su especialidad y unamos los resultados alcanzados. Me imagino que los seres humanos y los ordenadores pueden hacer mucho más trabajando juntos que cada uno por su lado. El futuro estará conformado por la simbiosis de ambos.

Una última cuestión: si «tendar» y pensar son dos cosas tan diferentes, ¿es previsible que el estudio de los ordenadores pueda llegar a arrojar alguna luz sobre el problema del pensamiento humano?

Volvamos al problema de la locomoción.

Una máquina de vapor puede impulsar a otras máquinas que realizan tareas que originalmente requerían la fuerza muscular, y que llevan a cabo estas tareas a pleno rendimiento e infatigablemente, pero la estructura de la máquina de vapor no se parece en nada a la estructura muscular. En la máquina de vapor el agua se calienta hasta evaporarse, y el vapor en expansión empuja los pistones.

En el músculo, una delicada proteína llamada actomiosina experimenta ciertas alteraciones moleculares que provocan la contracción del músculo.

Me da la impresión de que, aunque nos pasáramos un millón de años estudiando el agua en ebullición y el vapor en expansión, no podríamos deducir absolutamente nada acerca de la naturaleza de la actomiosina. O, a la inversa, aunque estudiáramos todos y cada uno de los cambios moleculares que experimente la actomiosina no aprenderíamos nada sobre las causas de que el agua se evapore.

Pero en 1824 un joven físico francés, Nicolás L. S. Carnot (1796-1832), estudió la máquina de vapor para determinar los factores que afectan a la eficacia de su funcionamiento. En el curso de estas investigaciones empezó a desarrollar la línea de razonamiento que, a finales del siglo pasado, resultó en la formulación de todas las leyes de la termodinámica.

Estas leyes se encuentran entre las afirmaciones generales más importantes de la física, y se descubrió que son perfectamente aplicables a los sistemas vivos, y no sólo a objetos más sencillos como la máquina de vapor.

La acción muscular, por muy complicados que sean sus mecanismos internos, tiene que obedecer las leyes de la termodinámica del mismo modo que las máquinas de vapor, lo que nos proporciona datos de enorme importancia sobre la naturaleza de los músculos. Y además estos datos los hemos conseguido gracias a la máquina de vapor, y es posible que nunca los hubiéramos deducido de habernos limitado a estudiar los músculos.

Del mismo modo es posible que el estudio de los ordenadores no nos proporcione ninguna información directa sobre la estructura profunda del cerebro humano o de las células nerviosas humanas. No obstante, el estudio del «tendar» puede conducir a la formulación de las leyes básicas del «zornar», y es posible que descubramos que estas leyes son tan aplicables al «tendar» como al pensamiento.

Por tanto, existe la posibilidad de que, aun cuando los ordenadores no guarden ningún parecido con el cerebro, nos enseñen algo acerca de éste que puede que nunca descubriéramos mediante el solo estudio de este órgano...

Así que resulta que, a fin de cuentas, estoy del lado de Minsky.

NOTA

Tengo que admitir que en mis obras de ciencia-ficción no siempre pongo en práctica lo que predico en mis ensayos científicos.

En éstos sostengo la firme convicción de que la velocidad de la luz es una barrera definitiva imposible de franquear, pero en mis historias de ciencia-ficción siempre hablo de viajes a velocidades mayores que la de la luz.

También sostengo en mis artículos que a la larga la «inteligencia artificial» robótica será muy distinta de la «inteligencia natural», y que estos dos tipos de inteligencia se complementarán más que entrar en conflicto.

Pero en mis historias de robots, que llevo más de medio siglo escribiendo, éstos han experimentado una continua evolución, y cada vez son más complejos, más competentes y más y más parecidos a los seres humanos. Por último, mi suprema creación robótica, R. Daneel Olivaw, ha acabado por ser totalmente idéntico a los seres humanos, tanto física como intelectualmente. En realidad, lo único que delata su condición de robot es que es mucho más inteligente, mucho más honrado, mucho más virtuoso y recto de lo que jamás podría serlo un ser humano.

¿Significa esto que me contradigo? Sí.





Compartir con tus amigos:
1   ...   25   26   27   28   29   30   31   32   33


La base de datos está protegida por derechos de autor ©psicolog.org 2019
enviar mensaje

    Página principal
Universidad nacional
Curriculum vitae
derechos humanos
ciencias sociales
salud mental
buenos aires
datos personales
Datos personales
psicoan lisis
distrito federal
Psicoan lisis
plata facultad
Proyecto educativo
psicol gicos
Corte interamericana
violencia familiar
psicol gicas
letras departamento
caracter sticas
consejo directivo
vitae datos
recursos humanos
general universitario
Programa nacional
diagn stico
educativo institucional
Datos generales
Escuela superior
trabajo social
Diagn stico
poblaciones vulnerables
datos generales
Pontificia universidad
nacional contra
Corte suprema
Universidad autonoma
salvador facultad
culum vitae
Caracter sticas
Amparo directo
Instituto superior
curriculum vitae
Reglamento interno
polit cnica
ciencias humanas
guayaquil facultad
desarrollo humano
desarrollo integral
redes sociales
personales nombre
aires facultad