El secreto del universo



Descargar 1.37 Mb.
Página27/33
Fecha de conversión09.05.2019
Tamaño1.37 Mb.
1   ...   23   24   25   26   27   28   29   30   ...   33

¿QUÉ CAMIÓN?


Yo no soy una persona demasiado observadora. Además, tengo una vida interior muy animada y siempre hay cosas dando saltos en el interior de mi cabeza, y eso me distrae.

Esa es la razón de que la gente se quede asombrada por las cosas que no veo. Se cortan el pelo y no me doy cuenta. Llegan muebles nuevos a mi casa y me siento en ellos sin hacer ningún comentario.

Pero en una ocasión me parece que batí la marca en estas cuestiones. Iba andando por Lexington Avenue, charlando animadamente (como de costumbre) con la persona que me acompañaba. Empecé a cruzar una calle sin dejar de hablar, mientras mi acompañante cruzaba a mi lado, me pareció que un tanto vacilante.

Cuando llegamos al otro lado, mi acompañante dijo:

—Ese camión nos ha pasado a dos centímetros.

Y yo dije inocentemente:

—¿Qué camión?

Así que tuve que escuchar un sermón bastante largo y aburrido, que no sirvió para reformarme, pero que me hizo pensar en la facilidad con que uno puede pasar por alto los camiones. Por ejemplo...

Hace algún tiempo un lector me envió un ejemplar del número de octubre de 1903 de Munsey's Magazine, que examiné con mucho interés. La enorme sección de publicidad era como una ventana a otro mundo. Pero lo más fascinante de la revista, sobre lo que mi lector me llamaba la atención, era un artículo titulado «¿Puede el hombre llegar a la Luna?», escrito por el doctor Ernest Green Dodge.

Era la clase de artículo que muy bien podría haber escrito yo mismo hace ochenta años.

Da la casualidad de que más de una vez me he preguntado si mis tentativas de escribir sobre la tecnología del futuro no parecerán retrospectivamente bastante menos geniales. Por lo general, tengo la penosa impresión de que... de que a la larga resultará que había camiones que yo no fui capaz de ver, o que vi camiones que no estaban realmente allí.

No es previsible que viva ochenta años más para comprobarlo por mi mismo, pero ¿y si observara los comentarios que hice hace ochenta años para ver qué impresión producen a la luz de lo que sabemos ahora?

El artículo de Mr. Dodge me proporciona la oportunidad perfecta para hacerlo, porque es evidente que era una persona racional con grandes conocimientos científicos, y con una imaginación poderosa, pero disciplinada. En pocas palabras, era como a mí me gusta imaginarme que soy.

En algunos puntos da exactamente en el blanco. En relación con un viaje a la Luna, dice: «... no se trata, como el movimiento perpetuo o la cuadratura del círculo, de una imposibilidad lógica. Lo más que se puede decir es que ahora nos parece una empresa tan difícil como debió de parecerle al salvaje desnudo de las costas atlánticas la de cruzar el gran mar, sin más embarcación que un árbol caído ni más fuerza impulsora que sus manos vacías. La imposibilidad del salvaje se convirtió en el triunfo de Colón, y la ensoñación del siglo XIX puede convertirse en la proeza incluso de este mismo siglo.»

¡Exactamente! Los seres humanos pisaron la Luna tan sólo sesenta y seis años después de la publicación del articulo de Dodge.

Dodge continúa enumerando las dificultades de los viajes espaciales, que, como él señala, se deben, en primer lugar, al hecho de que «el espacio está realmente vacío, en un sentido que ningún vacío artificial puede igualar... una porción del espacio exterior del tamaño de la Tierra no contiene absolutamente nada, que nosotros sepamos, más que algunos minúsculos fragmentos de meteoritos, con un peso total de unas diez o quince libras (de cuatro a siete kilos)».

Dodge era un hombre cuidadoso. Aunque su observación parecía irrefutable en 1903, añadió esa cautelosa frase, «que nosotros sepamos», e hizo muy bien.

En 1903 empezaban a conocerse las primeras partículas subatómicas. Hacía menos de una década que se habían descubierto los electrones y la radiactividad. Sin embargo, se trataba de fenómenos limitados a nuestro mundo; los rayos cósmicos no fueron descubiertos hasta 1911. Por tanto, Dodge no podía saber que el espacio estaba ocupado por partículas cargadas con energía eléctrica, de masa insignificante, pero de considerable importancia.

Basándose en los hechos conocidos por él en 1903, Dodge enumera cuatro dificultades que podrían surgir en un viaje de la Tierra a la Luna por el vacío del espacio exterior.

La primera, por supuesto, es que no se puede respirar.

Dodge desecha esta dificultad, y con razón, señalando que una nave espacial podría ser hermética y llevar su propia atmósfera interna, de la misma manera que llevaría reservas de comida y bebida. Por tanto, la respiración no es un problema.

La segunda dificultad es la del «terrible frío» que reina en el espacio exterior, y Dodge se la toma más en serio.

Sin embargo, se trata de un problema que tiende a ser sobreestimado. Desde luego, cualquier fragmento de materia que se encuentre en el espacio exterior y alejado de cualquier fuente de radiación se estabilizaría a una temperatura de unos 3 grados absolutos, que puede considerarse «la temperatura del espacio». Pero cualquier objeto que se desplace de la Tierra a la Luna no se encuentra muy alejado de una fuente de radiación. Está muy cerca del Sol, igual que la Tierra y la Luna, y es bañado por las radiaciones solares durante todo el trayecto.

Lo que es más, el vacío del espacio resulta un excelente aislante térmico. Este hecho era bien conocido en 1903, ya que James Dewar había inventado el equivalente del termo once años antes de la redacción de este articulo. Se puede contar con la presencia de calor interno en la nave espacial, aunque sólo fuera el calor corporal de los mismos astronautas, que se iría perdiendo muy lentamente a través de las radiaciones que se propagan en el vacío. (Esta es la única manera en que se pierde calor en el espacio.)

Dodge cree que habría que proteger a las naves de la pérdida de calor, «cubriendo las paredes... con un espeso forro acolchado». También propone una fuente de calor en forma de «grandes espejos parabólicos [que] dirigirían rayos de luz solar concentrada por las ventanas».

Dodge sobreestima considerablemente el problema, ya que nada de esto es necesario. Hay que aislar el exterior de las naves, pero con el propósito de evitar un incremento excesivo de la temperatura a su paso por la atmósfera. La pérdida de calor no le preocupa a nadie.

La tercera dificultad consiste en que la nave estaría en caída libre durante la mayor parte del trayecto de la Tierra a la Luna, de manera que los astronautas no estarían sujetos a la atracción de la gravedad. Muy acertadamente, Dodge se desentiende de este problema, indicando que «los platos podrían fijarse a la mesa, y las personas podrían saltar y flotar, aunque no pudieran caminar».

No entra en especulaciones sobre la posible aparición de cambios fisiológicos nocivos para el organismo a consecuencia de la exposición a la gravedad cero, lo que podría considerarse una falta de previsión por su parte. Pero lo cierto es que esto no ha resultado ser un problema. En los últimos años ha habido astronautas que han permanecido en condiciones de gravedad cero durante más de medio año sin interrupción, sin sufrir en apariencia ningún efecto nocivo permanente.

El cuarto y último peligro que Dodge toma en consideración es el de la posibilidad de chocar con un meteoro, pero (a pesar de que los autores de ciencia-ficción continuaron considerándolo uno de los peligros más importantes durante medio siglo más) también acaba por descartarlo, por ser poco significativo estadísticamente. Estaba en lo cierto.

Dodge no habla del quinto peligro, el de las radiaciones cósmicas y otras partículas con carga eléctrica, ya que se trata de algo que sencillamente no podía saber en 1903.

Después del descubrimiento de los cinturones radioactivos en 1958 hubo alguna preocupación por el tema, pero los hechos han demostrado que estas radiaciones no afectaron materialmente a la llegada del hombre a la Luna.

así, Dodge llegó a la conclusión de que los peligros del espacio no impedirían a los seres humanos llegar a la Luna, y tenía razón. La única objeción es que sobreestimó el peligro del supuesto frío espacial.

La siguiente cuestión era la de cómo llegar exactamente a salvar verdaderamente la distancia entre la Tierra y la Luna. A este respecto describe cinco posibles «planes». (Da la impresión, aunque Dodge no llegue a decirlo, de que estos cinco planes son los únicos concebibles.)

El plan más sencillo es el «plan de la Torre». Consistía en la construcción de un objeto lo bastante alto como para alcanzar la Luna, algo parecido al proyecto de los constructores de la torre de Babel. Dodge habla de la Torre Eiffel, construida catorce años antes, y que, con una altura de 300 metros, era la estructura más alta del mundo en el momento de la redacción del articulo (y lo siguió siendo durante veintisiete años).

Dodge dice: «Las riquezas combinadas de todas las naciones podrían abordar la construcción de un edificio de acero sólido de ocho o diez millas de altura (doce a dieciséis kilómetros), pero no mucho más alto, por la sencilla razón de que las partes inferiores de la estructura no serían lo bastante fuertes como para soportar el peso que se apoyaría sobre ellas.» Para llegar a la Luna, tendría que haber «un material de construcción unas quinientas veces más resistente que cualquier blindaje conocido, y es posible que no se descubra nunca un material así». (Observen el «es posible». Dodge es un hombre prudente.)

El plan presenta otros muchos inconvenientes que Dodge no menciona. Como la Luna tiene una órbita elíptica que forma un determinado ángulo con el plano ecuatorial de la Tierra, no se acercaría a la parte superior de la torre más que muy de vez en cuando, y cada vez que lo hiciera la gravedad lunar ejercería una enorme tensión sobre ella. Sólo habría aire a la altura de la parte inferior de la torre, gracias a la atracción gravitatoria terrestre, y después de la construcción de la torre subsistiría el problema de recorrer los aproximadamente 300.000 kilómetros que faltarían hasta la distancia de perigeo de la Luna (y todavía resultaría más imposible recorrer esta distancia durante el proceso de construcción de la torre). así que el «plan de la Torre» queda descartado.

Dodge no habla de una posible variante de este plan, un «gancho celeste» consistente en una larga estructura vertical situada entre la Tierra y la Luna, de tal manera que la combinación de sus respectivas atracciones gravitacionales la mantuviera en su sitio, y que podría ayudar a franquear la distancia que las separa. Personalmente, tampoco creo que resultara de ninguna utilidad práctica.

El segundo proyecto de Dodge es el «plan del Proyectil», que consiste en lanzar una nave con un cañón gigante que le diera bastante impulso para llegar a la Luna (si se apuntara correctamente). Es el método descrito por Julio Verne en De la Tierra a la Luna, publicada treinta y ocho años antes, en 1865.

Dodge señala que, para llegar a la Luna, este proyectil tendría que salir de la boca del cañón a una velocidad de 11,2 kilómetros por segundo (la velocidad de escape necesaria para salir de la Tierra) más un poco más para compensar las pérdidas a causa de la resistencia del aire al atravesar la atmósfera. La nave tendría que acelerar desde cero hasta 11,2 kilómetros por segundo en el tiempo que tardara en recorrer la longitud del cañón, y esta aceleración aplastaría limpiamente a los pasajeros que hubiera a bordo, sin dejarles un hueso sano.

Cuanto más largo fuera el cañón, menor tendría que ser la aceleración, pero, según Dodge, «... aun cuando el cañón alcanzara la imposible longitud de cuarenta millas (sesenta y cuatro kilómetros), el desdichado pasajero estaría sometido durante once segundos a una presión equivalente a la de cien hombres tumbados encima de él».

Pero supongamos que pudiéramos superar esta dificultad e imaginémonos que de algún modo la nave saliera por la boca del cañón con sus pasajeros sanos y salvos.

Entonces la nave seria un proyectil, que se movería obedeciendo a la fuerza de la gravedad y a nada más. Sería tan incapaz de alterar su trayectoria como cualquier bala de cañón.

Si la nave estuviera dirigida hacia la Luna y acabara por aterrizar en ella, tendría que tocar su superficie a una velocidad no inferior a 2,37 kilómetros por segundo (la velocidad de escape de la Luna). Y, por supuesto, eso significaría la muerte instantánea de los astronautas. O, como dice Dodge: «...a menos que nuestra nave-bala no lleve en el morro un montón de almohadones de dos millas (tres kilómetros) de espesor que amortiguaran su caída, ¡el aterrizaje sería peor que el despegue!»

Por supuesto, no es necesario que la nave aterrice en la Luna. Dodge no sigue adelante con el plan, pero el cañón podría ser dirigido con una puntería tan sobrehumana como para que la nave se acercara a la Luna exactamente lo bastante y con exactamente la velocidad adecuada como para entrar en órbita alrededor de ella para luego volver rápidamente a encontrarse con la Tierra.

Si la nave cayera de lleno sobre la Tierra, en el momento del impacto llevaría una velocidad mínima de 11,2 kilómetros por segundo, de manera que los pasajeros se freirían al atravesar la atmósfera antes de tener la posibilidad de estallar en pedazos en el momento de la colisión con la tierra firme o (lo que no representaría mucha diferencia a esa velocidad) con la superficie del océano. Y si la nave cayera sobre una ciudad, también mataría a muchos miles de personas inocentes.

Es posible que la puntería sobrehumana fuera capaz de traer la nave a la Tierra con la desviación suficiente para que quede atrapada en el campo gravitatorio terrestre y entre en órbita en las capas superiores de la atmósfera terrestre. La órbita iría declinando gradualmente. Además, en ese momento podría ponerse en marcha algún dispositivo a base de paracaídas para acelerar el declive de la órbita y hacer descender a la nave sana y salva.

Pero esperar que con la sola puntería se consiga todo esto es esperar demasiado, aun en el caso de que la aceleración inicial no resultara mortal. El «plan del Proyectil» queda descartado.

El tercer proyecto es el «plan del Retroceso».

Dodge señala que un arma de fuego puede ser disparada en el vacío y experimentar un retroceso. Podríamos imaginarnos una nave que fuera una especie de arma de fuego muy poderosa capaz de lanzar un proyectil hacia abajo, de manera que ella experimentaría un retroceso hacia arriba. En el momento del retroceso, dispararía otro proyectil hacia abajo para darse otro impulso hacia arriba.

Si la nave disparara proyectiles con la suficiente rapidez, iría retrocediendo hacia arriba cada vez más deprisa, recorriendo de esta forma todo el trayecto hasta la Luna.

Pero Dodge sostiene que el retroceso es cada vez mayor cuanto mayor sea la masa de la bala, y que «para que fuera eficaz su peso [en realidad, su masa], tendría que ser igual o mayor que la de la propia arma».

Por tanto, tenemos que imaginarnos un objeto que disparara la mitad de si mismo para que la otra mitad se desplazara hacia arriba, para luego disparar la mitad de lo que le queda mientras sube, con lo que su velocidad aumentaría, y que una vez más disparara la mitad de la parte restante, y así sucesivamente hasta llegar a la Luna.

Pero, ¿cuál tendría que ser el tamaño inicial de la nave, si tuviera que disparar la mitad de su masa, luego la mitad de la mitad y así sucesivamente? Dodge dice: «El dispositivo original tendría que ser tan grande como una cordillera para que fuera posible hacer aterrizar, aunque sólo fuera una pequeña jaula sana y salva sobre la superficie lunar.»

Por tanto, en su opinión, el «plan del Retroceso» es todavía menos factible que el «plan del Proyectil».

Pasemos al cuarto proyecto, el «plan de Levitación».

Consiste nada menos que en conseguir interponer una pantalla que impida actuar a la fuerza de la gravedad.

Dodge admite que no se conoce nada que pudiera servir de pantalla gravitatoria, pero supone que existe la posibilidad de que se descubra algo en el futuro.

En cierto modo, un globo lleno de hidrógeno parece anular la gravedad. En realidad, da la impresión de caer hacia arriba por la atmósfera, levitando (del latín «ligero») más que gravitando (del latín «pesado»).

Edgar Allan Poe, en su cuento La incomparable aventura de un tal Hans Pfaall, publicado sesenta y ocho años antes, en 1835, utiliza un globo para llegar hasta la Luna.

Pero un globo se limita a flotar en las capas más densas de la atmósfera, y no llega a neutralizar verdaderamente la fuerza de la gravedad. Cuando alcanza una altura en que la atmósfera, cada vez más tenue, no es más densa que el gas del interior del globo, deja de elevarse. Poe se imagina un gas mucho menos denso que el hidrógeno (algo que sabemos que ni existe ni puede existir), pero incluso en ese caso el globo no habría podido elevarse más que una fracción del uno por ciento de la distancia que hay hasta la Luna. Dodge lo sabia y no menciona ningún globo en su plan.

Dodge se refiere a una auténtica neutralización de la gravedad, como la que imaginaba H. G. Wells en su historia Los primeros hombres sobre la Luna, publicada dos años antes, en 1901.

Evidentemente, si se neutralizara la fuerza de la gravedad se anularía el peso, ¿pero bastaría con eso para llegar hasta la Luna? ¿No estaría una nave de peso cero sometida al azar de cada ráfaga de aire? ¿Acaso no se limitaría a vagar a la deriva, como una partícula sometida a los movimientos brownianos? E incluso si finalmente (un finalmente que quizá tardara mucho en llegar) alcanzara las capas superiores de la atmósfera y siguiera más allá, ¿no tendería a alejarse de la Tierra en cualquier dirección al azar, y sólo por una remotísima casualidad llegaría a acercarse a la Luna?

Pero Dodge tiene una idea mejor. Imagínense que están en una nave espacial sobre el ecuador de la Tierra. La Tierra gira alrededor de su eje de tal forma que cada punto del ecuador, con. la nave incluida, se mueve alrededor de este eje a una velocidad de más o menos 0,46 kilómetros por segundo. Se trata de una velocidad supersónica (de unos 1,5 mach), y si intentáramos agarrarnos a un objeto ordinario que girara alrededor de nosotros a esa velocidad, no lo conseguiríamos ni siquiera durante una fracción de segundo.

Pero la Tierra es muy grande, y en un segundo la trayectoria se desvía tan poco de la línea recta que la aceleración interna es bastante moderada. La fuerza que ejerce la gravedad sobre la nave es lo bastante fuerte como para mantenerla sobre la superficie de la Tierra a pesar de la velocidad a la que gira. (Tendría que girar alrededor de la Tierra a una velocidad diecisiete veces mayor para vencer la atracción gravitatoria.)

Pero supongamos que la nave espacial llevara una pantalla gravitatoria adherida a toda la superficie del casco, y que en un momento determinado se activara esta pantalla. Como la gravitación no la mantendría en tierra firme, la nave saldría despedida de la Tierra como un pegote de barro de una rueda giratoria. Se movería en una línea recta tangente a la curvatura de la Tierra. La superficie de la Tierra se iría quedando atrás, muy lentamente al principio, pero cada vez más rápidamente, y si se cuidara de activar la pantalla en el momento exacto, la trayectoria de la nave acabaría por cruzarse con la superficie de la Luna.

Dodge no dice que la trayectoria curva de la Tierra alrededor del Sol introduciría un segundo factor, y el movimiento del Sol por el espacio un tercero. Pero estos factores sólo requerirían unos ajustes comparativamente menores.

El aterrizaje en la Luna sería mejor que en los planes precedentes, porque una nave que no fuera afectada por la gravedad lunar no tendría que acercarse a ella a su velocidad de escape. Cuando la nave estuviera a punto de tocar la superficie lunar podría desactivarse la pantalla de gravedad y la nave, que se vería repentinamente afectada por la relativamente débil gravedad lunar, podría caer unos cuantos metros, o centímetros, sin más que una ligera sacudida.

Pero ¿y el viaje de regreso? La Luna gira muy lentamente sobre su eje, y un punto de su ecuador se desplaza a 1/100 de la velocidad de desplazamiento de un punto del ecuador de la Tierra. Si se utilizara la pantalla de gravedad en la Luna, la nave sólo alcanzaría 1/100 de la velocidad con que partió de la Tierra, así que tardaría 100 veces más en viajar de la Luna a la Tierra que de la Tierra a la Luna.

Pero podemos descartar todo el proyecto. Albert Einstein enunció su teoría general de la relatividad trece años después de la redacción del articulo de Dodge, así que no podemos echarle la culpa de que no supiera que una pantalla de gravedad es sencillamente imposible. El «plan de Levitación» queda descartado.

Dodge se muestra más esperanzado con respecto a su quinto proyecto, el «plan de Repulsión». En este caso no se trata de conseguir neutralizar la gravedad, sino que confía en la acción de alguna clase de fuerza de repulsión que desequilibre activamente la de la atracción gravitacional.

A fin de cuentas, hay dos tipos de carga eléctrica y dos tipos de polos magnéticos, y tanto las dos cargas como los dos polos se repelen mutuamente. ¿No es posible que, del mismo modo que existe una atracción gravitatoria, exista también una repulsión gravitatoria, y no cabe la posibilidad de que algún día las naves espaciales utilicen una combinación de ambas, para alejarse de un cuerpo celeste unas veces y acercarse a él otras, y no sería posible que esto pudiera ayudarnos a llegar a la Luna?

Dodge no dice expresamente que es posible que exista una fuerza de repulsión gravitatoria, y hace bien en mostrarse tan prudente, ya que, según las posteriores teorías de Einstein, la repulsión gravitatoria parece imposible.

Sin embargo, Dodge menciona la presión de la luz, señalando que, en algunos casos, puede contrarrestar la fuerza de la gravedad. Pone como ejemplo las colas de los cometas. La fuerza de la gravedad tendría que atraer la cola del cometa hacia el Sol, pero la presión de la luz solar es más fuerte que la atracción gravitatoria y lo empuja en la dirección opuesta.

En realidad, en este punto está equivocado, porque resulta que la presión de la luz es demasiado débil; es el viento solar el que vence al tirón gravitatorio.

Desde luego, la presión de la luz podría utilizarse como fuerza motora, pero seria demasiado débil como para oponerse al tirón gravitatorio de algún cuerpo cercano de tamaño considerable, o incluso a la resistencia del aire.

Para empezar, la nave espacial tendría que adentrarse bastante en el espacio, y además tendría que llevar velas sumamente tenues y con una superficie de muchos kilómetros cuadrados.

Como método para elevar una nave espacial desde la superficie de la Tierra hacia la Luna, la presión de la luz, o cualquier fuerza parecida, es totalmente inoperante. El «plan de Repulsión» queda descartado.

Y esto es todo, Dodge era un hombre inteligente y entendido que evidentemente comprendía la ciencia (hasta el punto al que había llegado en 1903); pero si observamos sus cinco planes tal como él los presenta, ni uno solo tiene la más remota posibilidad de conseguir llevar al hombre a la Luna.

¡Y, sin embargo, se ha conseguido! Mi padre estaba vivo cuando fue escrito este artículo, y también cuando los primeros hombres aterrizaron en la Luna.

¿Cómo es posible?

Bien, ¿han observado cuál es la palabra que Dodge no menciona? ¿Se han dado cuenta de que no vio el camión?

¡No ha mencionado el cohete!

No existe ninguna razón para esta omisión. Los cohetes se conocían desde hacía ocho siglos. Se habían utilizado en tiempos de paz y en tiempos de guerra. En 1687 Newton explicó cabalmente el principio del cohete. Incluso antes, en 1656, Cyrano de Bergerac, en su historia Un viaje a la Luna, enumeraba siete modos de llegar a la Luna, e incluía entre sus métodos el del cohete.

¿Cómo es posible entonces que Dodge lo dejara de lado? No por falta de inteligencia. De hecho, era lo bastante sagaz como para prever al final de su articulo, redactado en 1903, la posibilidad de utilizar la superficie lunar para recoger la energía solar.

No; no mencionó el cohete porque hasta el mejor de entre nosotros a veces no ve el camión. (Por ejemplo, me pregunto qué camiones no estaremos viendo en este mismo momento.)

Dodge estuvo a punto de conseguirlo con su plan de retroceso, pero cometió un viejo error. Supuso que para conseguir que la fuerza de retroceso fuera lo bastante potente el arma tendría que disparar un proyectil con una masa al menos igual a la suya, lo cual no es cierto.

Lo importante en el disparo y el retroceso, en la acción y la reacción, es el momento. Si una bala sale de un arma con un determinado momento, el arma tiene que alcanzar un momento de igual intensidad en la dirección contraria, y el momento es igual a la masa por la velocidad. Es decir, una masa pequeña provocará un retroceso suficiente si se mueve a la velocidad suficiente.

En los cohetes los vapores calientes que son expulsados se mueven hacia abajo a mucha velocidad y de manera continua, de forma que el cuerpo del cohete se mueve hacia arriba con una aceleración sorprendente, teniendo en cuenta la pequeña masa de vapor expulsada. Aun así, la masa necesaria para enviar un objeto relativamente pequeño hasta la Luna sigue siendo bastante considerable, pero la diferencia es muchísimo menor de lo que se temía Dodge.

Además, el efecto de retroceso es continuo mientras siga ardiendo combustible y se sigan expulsando vapores, lo que equivale a desplazar un proyectil por un cañón durante cientos de kilómetros. La aceleración es suficientemente pequeña como para ser soportable.

La existencia de una provisión de combustible de reserva cuando el cohete se dirige ya hacia la Luna asegura su maniobrabilidad: es posible frenar su descenso hasta la superficie lunar, puede volver a despegar en dirección a la Tierra a voluntad y puede realizar las maniobras necesarias para entrar en la atmósfera terrestre.

Y eso es todo en realidad, excepto por dos coincidencias, una pequeña y otra increíble... y ya saben cuánto me gusta descubrir coincidencias.

La pequeña coincidencia es la siguiente: en el mismo año en que se escribió este artículo para Munsey 's Magazine, Konstantin Tsiolkovsky empezó a escribir una serie de artículos para una revista de aviación rusa que trataban sobre la teoría de los cohetes y sus aplicaciones a los viajes espaciales. Se trataba del primer estudio científico de este tipo, de manera que la astronáutica moderna comenzó precisamente en el momento en que Dodge hacia especulaciones sobre todas las posibilidades excepto la del cohete.

La coincidencia enorme es la siguiente: inmediatamente después del artículo de Dodge, en el que no mencionó la palabra «cohete» ni se dio cuenta de que el cohete era la única posibilidad de que los seres humanos se apuntaran el gran triunfo de llegar a la Luna, venia otro artículo, y ¿a que no saben cuál era su título?

No se molesten en intentar adivinarlo; voy a decírselo.

El título era Rocket's Great Victory (La gran victoria del cohete).

No, no se trata de otra persona que corrigiera la omisión de Dodge. Se trata de un artículo de ficción subtitulado «La estratagema mediante la cual Willie Fetherston consiguió ganar una carrera y una novia».

En esta historia, Rocket es el nombre de un caballo.

NOTA

Cuando llevaba aproximadamente un año escribiendo esta serie de artículos, establecí la costumbre de empezar cada uno de ellos con una anécdota personal, generalmente divertida. En parte lo hago porque quiero que el lector se relaje antes de empezar a abrumarle con mis argumentos, y en parte porque me gusta hablar de mí mismo.

A veces me han preguntado si me invento estas anécdotas. La respuesta es (con la mano en el corazón) que no.

Cada una de ellas me ocurrió de una manera más o menos parecida a la descrita. A veces, les doy una forma un poco más literaria, retinando la materia prima, por decirlo así, pero nunca hasta el punto de falsear los hechos en lo más mínimo.

Lo digo en este momento porque la gente no se cree que fui capaz de cruzar la calle sin darme cuenta de que estuve a punto de ser atropellado por un camión. Pero así es. Mi capacidad de concentración es así de impresionante.

Por supuesto, entonces esa gente decide que no pueden creer que con esa capacidad de concentración no haya sido aplastado por algún vehículo hace muchos años. Bueno, me gustaría creer que tengo un hada madrina que cuida de mi, pero como la verdad es que no me lo creo (y, créanme, no saben cuánto lo siento), no puedo ofrecerles ninguna explicación.





Compartir con tus amigos:
1   ...   23   24   25   26   27   28   29   30   ...   33


La base de datos está protegida por derechos de autor ©psicolog.org 2019
enviar mensaje

    Página principal
Universidad nacional
Curriculum vitae
derechos humanos
ciencias sociales
salud mental
buenos aires
datos personales
Datos personales
psicoan lisis
distrito federal
Psicoan lisis
plata facultad
Proyecto educativo
psicol gicos
Corte interamericana
violencia familiar
psicol gicas
letras departamento
caracter sticas
consejo directivo
vitae datos
recursos humanos
general universitario
Programa nacional
diagn stico
educativo institucional
Datos generales
Escuela superior
trabajo social
Diagn stico
poblaciones vulnerables
datos generales
Pontificia universidad
nacional contra
Corte suprema
Universidad autonoma
salvador facultad
culum vitae
Caracter sticas
Amparo directo
Instituto superior
curriculum vitae
Reglamento interno
polit cnica
ciencias humanas
guayaquil facultad
desarrollo humano
desarrollo integral
redes sociales
personales nombre
aires facultad