El regreso de don quijote gilbert k. Chesterton



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EL REGRESO DE DON QUIJOTE

GILBERT K . CHESTERTON

ÍNDICE

I. Un desconchón en la casta 4

II. Un hombre peligroso 10

III. La escalera de la biblioteca 16

IV. La tribulación primera de John Braintree 23

V. La tribulación segunda de John Braintree 31

VI. A la búsqueda de los colores 38

VIL El trovador Blondel 45

VIII. Las desventuras del Mono 53

IX. El misterio de un coche 63

X. Los médicos no se ponen de acuerdo 72

XI. La locura del bibliotecario 79

XII. El estadista y uno que cena 86

XIII. La flecha y los Victorianos 92

XIV. El regreso del caballero andante 103

XV. Separación de los caminos 114

XVI. El juicio del rey 123

XVII. La partida de don Quijote 131

XVIII. El secreto de Seawood 138

XIX. El regreso de don Quijote 143



AWR. Titterton1

Mi querido Titterton, esta parábola dirigida a los reformadores sociales fue pensada y escrita, en parte, mucho antes de la guerra, por lo que con respecto a ciertas cosas, desde el fascismo a las danzas negras, carecía por completo de una intención profética. Fue su generosa confianza, sin embargo, lo que la sacó del polvoriento cajón en el que estaba guardada, y aunque dudo sinceramente que el mundo encuentre motivos para agradecérselo, son tantos los míos para mostrarle mi gratitud y reconocer cuanto ha hecho usted por nuestra causa, que le dedico este libro.

Con todo mi afecto, G. K. Chesterton

I

Un desconchón en la casta

Había mucha luz en el extremo de la habitación más larga y amplia de la Abadía de Seawood porque en vez de paredes casi todo eran ventanas. Esa parte de la habitación daba al jardín, haciendo terraza y asomándose al parque. Era una mañana de cielo despejado. Murrel, a quien todos llamaban el Mono por algún motivo que ya nadie recordaba, y Olive Ashley, aprovechaban la buena luz para pintar. Ella lo hacía en un lienzo pequeño y él en otro muy grande.

Meticulosa, se aplicaba la joven dama en la elaboración de pigmentaciones extrañas, como remedando esas joyas lisas e impresas de brillo medieval que tanto la entusiasmaban y a las que tenía por una especie de expresión vaga, aunque ella la pretendía explícita, de un pasado histórico rutilante. El Mono, por el contrario, era decididamente moderno; usaba de latas llenas de colores muy crudos y de pinceles que de tan grandes parecían escobas. Con eso manchaba grandes lienzos y también no menos grandes láminas de latón, destinado todo ello a decorar una obra de teatro de aficionados de la que aún sólo estaban en los ensayos. Hay que decir que ni ella ni él sabían pintar; y que ni se les pasaba por la cabeza saberlo. Ella, sin embargo, al menos lo intentaba con denuedo. Él no.

—Me parece bien que aludas al peligro de desentonar —dijo él intentando en cierto modo defenderse de los escrúpulos que mostraba la dama—. Sin embargo, tu estilo y técnica pictóricos empequeñecen el espíritu, me parece... La pintura de decorados, al fin y al cabo, es mucho más que una iluminación vista bajo la lente de un microscopio.

—Odio los microscopios —se limitó a responder ella.

—Pues yo diría que necesitas uno, al menos por la forma en que te inclinas para mirar lo que pintas —dijo él—. A algunos he visto enroscarse en el ojo cierto instrumento, para poder pintar... Confío, sin embargo, en que tú no precises de algo así... No te quedaría nada bien.

Tenía razón. Era una joven alta, morena y de facciones suaves, regulares y equilibradas, como suele decirse; su traje de chaqueta de un verde oscuro, sobrio, nada bohemio, respondía sin embargo a las exigencias de su esfuerzo en el trabajo que desarrollaba. Aun siendo una mujer bastante joven, había en ella un sí es no es de solterona, sobre todo en sus gestos y modales. Y aunque la habitación estaba desordenada, llena de papeles y de trapos que no hacían sino demostrar la brillantez de los reiterados fracasos artísticos de Mr. Murrel, ella tenía a su alrededor, bien dispuestos, en perfecto orden, su caja de pinturas, su estuche, el resto de los instrumentos para pintar; tan en orden y bien dispuesto estaba todo que daba la impresión de que por encima de cualquier otra cosa pretendía cuidar amorosamente de aquellos objetos. No era una de esas personas a las que van destinados los avisos adheridos a las cajas de pinturas, pues no era preciso avisarla de que no debía meterse los pinceles en la boca.

—Me refiero —dijo ella como si deseara resumir y acabar de una vez por todas con el asunto del microscopio— a que toda vuestra ciencia y pesada estupidez moderna no ha hecho otra cosa sino que todo sea más feo... Y la gente también... Yo no me creo capaz de mirar a través de un microscopio de manera diferente a como lo haría a través de un tubo. Un microscopio sólo muestra horribles bichos moviéndose endemoniadamente. Además, no quiero mirar hacia abajo. Por eso me gustan la pintura y la arquitectura góticas, te obligan a levantar los ojos. El gótico eleva las líneas, hace que señalen al cielo.

—Pues a mí me parece que señalar no es de buena educación —dijo Mr. Murrel—; esas líneas a las que aludes ya deberían saber que estamos perfectamente al tanto de la existencia del cielo.

—A pesar de todo, me parece que sabes muy bien a qué me refiero —replicó la dama, que seguía pintando inalterable—. La mayor originalidad de las gentes del medievo radica en su manera de erigir las iglesias... Los arcos en punta, he ahí la importancia máxima de lo que hacían.

—Claro, y sus espadas también en punta —remachó él haciendo un movimiento de afirmación con la cabeza—. Quiero decir que atravesaban de parte a parte, con sus espadas, a quien no hacía lo que ellos querían... Sí, todo era entonces muy puntiagudo... Tan puntiagudo como una sátira hiriente.

—Bueno, en aquel tiempo era costumbre que los caballeros se atravesaran los unos a los otros con sus lanzas —replicó Olive, imperturbable—. Pero no tomaban asiento en cómodos butacones para ver a un irlandés cualquiera pegarse puñetazos con un negro cualquiera... Te aseguro que por nada del mundo asistiría a uno de esos modernos combates, y en cambio no me importaría ser la dama de honor de un torneo antiguo.

—Pues yo no sería un caballero, por mucho que tú fueses la dama de honor de un torneo antiguo, te lo aseguro —dijo el pintor de escenografías, secamente, algo molesto—. No se me concedería esa ventura... Ni aun siendo un rey se me concedería la facultad de sonreír... Quizás fuera un leproso, no sé, alguno de esos personajes medievales que eran como auténticas instituciones de la época. Sí, seguramente sería algo parecido... En el siglo XIII, apenas vieran asomar mi nariz por ahí me nombrarían capitán de los leprosos o cosa por el estilo. Y encima me obligarían a oír misa desde un ventanuco, apartado de los demás.

—Pero si tú no ves una iglesia ni de lejos —apostilló la joven dama—. Pero si no te asomas ni a la puerta de una iglesia...

—Bueno, ya lo haces tú —dijo Murrel y siguió manchando de pintura en silencio.

Trabajaba entonces en lo que habría de ser un modesto interior de la Sala del Trono de Ricardo Corazón de León, usando abundantemente del escarlata carmesí y del púrpura, cosa que en vano había tratado de impedir Miss Ashley, si bien no hacía dejación de su derecho a protestar ya que ambos habían elegido el tema medieval y hasta habían escrito la obra, al menos hasta donde se lo permitieron sus colaboradores. La obra versaba acerca del trovador Blondel, el que cantaba en honor de Ricardo Corazón de León, y en honor de muchos otros más. Incluso a la hija de la casa, que era muy aficionada al teatro. Mr. Douglas Murrel, el Mono, sin embargo, no hacía sino constatar pugnazmente su fracaso en la pintura de escenografías, después de haber obtenido éxito semejante en muchas otras actividades. Era hombre de cultura tan vasta como sus frustraciones.

Había fracasado, muy señaladamente, en la política, aunque en cierta ocasión estuvo a punto de ser designado jefe de partido, que no sabemos cuál era.

Fracasó justo en ese momento, realmente supremo, en el que hay que comprender la relación lógica que se da entre el principio de talar los bosques en los que viven los corzos hasta destruirlos y el de mantener un modelo de fusil obsoleto para el ejército de la India. Algo así como el sobrino de un prestamista alsaciano, en cuyo preclaro cerebro se hacía más evidente la necesidad de la relación antes aludida, acabó alzándose con la jefatura del partido. Y el Mono pasó a demostrar, desde aquel preciso momento, que tenía ese gusto por la clase baja del que hacen ostentación muchos aristócratas que se pretenden ajenos a los prejuicios sociales, manifestándolo incongruentemente, cual suele decirse, en lo estrafalario de su atavío, cosa que a menudo le hacía parecer un mozo de cuadra.

Tenía muy rubio el cabello, aunque le comenzaba a blanquear con rapidez. Era, en fin, un hombre joven, aunque no tanto como Olive. Y era además un hombre de rostro afable y sencillo, pero no vulgar, en el que se percibía una expresión de compungimiento casi cómica, que resultaba más notable en contraste con los indescriptibles colorines de sus corbatas y de sus chalecos, casi tan mezclados y vivos, eso sí, como los que salían de sus pinceles como escobas.

—En realidad, mis gustos son los propios de un negro —dijo al cabo de un rato, mientras procedía a extender una gruesa pincelada de color sangre—. Esas mezclas de gris de los místicos me aburren y hastían tanto como aburridos y hastiados son los místicos... Ahora se habla de un Renacimiento etíope... Y el banjo es un instrumento más hermoso que la flauta del viejo Dolmetsch2. Para mí no hay danza tan profunda como el Break—Dance, cuyo sólo nombre hace llorar de emoción. Ni personajes históricos como Toussaint Louverture3 y Booker Washington4, ni personajes ficticios como el Tío Remo5 y el Tío Tom6 ... Te apuesto lo que quieras a que no se necesitaría mucho para el SmartSet7 se pintara la cara de negro tan tranquilamente como se blanquea los cabellos... Algo en mi interior me dice que estaba destinado a ser un negro de Márgate8... En el fondo, creo que la vulgaridad es cosa muy simpática. ¿Tú qué opinas?

Nada respondió Olive. Parecía ensimismada. Su delicado perfil, con los labios entreabiertos, sugería la presencia de un niño, además perdido.

—Recuerdo ahora una antigua iluminación —dijo al fin— en la que había un negro. Representaba a uno de los tres reyes de Belén y lucía una corona de oro. Era completamente negro pero su ropón, muy rojo, parecía una llamarada... Observa qué delicadeza, la de aquel tiempo, hasta para representar a un negro y su vestimenta... Hoy somos incapaces de conseguir ese rojo que se usaba en aquel tiempo, y sé de algunos que lo han intentado por todos los medios... Es un arte irremisiblemente perdido, como el del cristal pintado.

—Bueno, este rojo está muy bien, para nuestras modernas intenciones —dijo Murrel alegremente, señalando su brochazo.

Ella contemplaba ahora el bosque lejano bajo el límpido cielo de la mañana, como abstraída.

—A veces me pregunto qué propósitos albergan tus modernas intenciones —dijo lentamente.

—Supongo que pintar de rojo la ciudad —contestó él.

—Tampoco vemos ya aquel color oro viejo que antes tanto se usaba —prosiguió ella como si no le prestara atención—. Ayer mismo estuve viendo un libro religioso antiguo en la biblioteca... ¿Sabes que en otro tiempo siempre se ponía con letras doradas el nombre de Dios? Pero, en nuestros días, me parece que si se decidiera dorar una palabra no sería otra que la palabra oro.

Una voz distante rompió el largo silencio que se hizo entre ambos. Una voz que, desde el corredor, gritaba «¡Mono!» escandalosa e imperativamente.

A Murrel, la verdad, le importaba poco que lo llamasen así, aunque la excepción ocurría precisamente cuando se lo decía... Julián Archer. No era envidia porque Archer gozara del éxito tanto como Murrel acumulaba fracasos. Más bien era por una leve sombra, entre la intimidad y la familiaridad, que hombres como Murrel jamás se permiten confundir, y por lo que están dispuestos incluso a llegar a las manos en un momento dado. Cuando vivió en Oxford, muchas veces se dejó llevar por las gamberradas propias de los estudiantes, gamberradas, algunas, a muy corta distancia de lo criminal. Pero no llegó a tirar a cualquiera por la ventana de un último piso, aunque a veces pensara que quienes eran sus amigos más próximos bien se lo merecían.

Julián Archer era uno de esos tipos que parecen tener el don de la ubicuidad y ser muy importantes, aunque sería difícil señalar en qué radicaba su importancia. No era un villano, ni mucho menos un imbécil; siempre, además, salía bien librado de cualquier lance, por comprometido que fuese, en el que se implicara. Pero los más agudos observadores de sus hazañas no acertaban a comprender por qué razón se le obligaba a veces a superar determinadas pruebas, en vez de obligar a ello a cualquier otro. Si una revista hacía una encuesta, por ejemplo, a propósito de algo así como ¿debemos comer carne?, se acudía en solicitud de respuesta a Bernard Shaw, al doctor Saleebeg, a lord Dawson of Penn9 y a Mr. Julián Archer, y si se conformaba un comité para la programación de un teatro nacional, u otro para erigir un monumento a Shakespeare, y desde una alta tarima lanzaban sus discursos Miss Viole Tree10, sir Arthur Pinero11 y Mr. Comyns Carr12, allí que aparecía igualmente, y para hacer lo mismo que ellos, Mr. Julián Archer. Que se publicaba un libro de composiciones varias, titulado por ejemplo La esperanza en el más allá, libro en el que aportaban su colaboración sir Oliver Lodge13, Miss Marie Corelli14 y Mr. Joseph McCabe15, allí estaba también la firma de Mr. Julián Archer. Era miembro, por otra parte, del Parlamento. Y de unos cuantos clubes más... A él se debía una novela histórica, además de todo lo anterior, y como era un actor excelente, si bien sólo aficionado, nadie se veía con la fuerza moral necesaria para evitar que interpretase el papel principal en la obra El trovador Blondel.

Nada había en él, pues, que objetar; y nada de cuanto hacía podía considerarse una excentricidad. Su novela histórica, que trataba de la Batalla de Agincourt16, había sido considerada una buena novela histórica... moderna, o lo que es lo mismo, algo así como las divertidas aventuras de un estudiante de nuestros días en un baile de máscaras. Aunque cabe decir, en honor a la verdad, que no era muy partidario del disfrute de la carne ni de la inmortalidad personal... en vida. No obstante, proclamaba sus opiniones, siempre mesuradas, en alto y decididamente, con su voz honda, campanuda. Esa misma voz que ahora parecía llenar toda la casa. Era Archer una de esas personas capaces de soportar un largo silencio que sigue a una plática, pues su voz le precedía por todas partes, como su reputación, como su fotografía en todas las páginas de los periódicos que hablaban de los más brillantes acontecimientos sociales, fotos en las que se le veía siempre impecable, con sus rizos negros y su hermoso rostro. Miss Ashley dijo que parecía un tenor. Mr. Murrel hubo de conformarse con decir que a él no se lo parecía, que su voz no le sonaba precisamente de eso.

Entró Julián Archer en la habitación, vestido como un trovador de antaño, aunque desentonaba con su atavío el telegrama que llevaba en una mano.

Venía de ensayar su papel y se mostraba cansado, incluso sofocado, aunque acaso sólo fuera de triunfo. Parecía haberlo desconcertado aquel telegrama.

—¡Escuchadme! —clamó—. Braintree no quiere actuar.

—Bien, yo nunca me creí del todo que fuese a hacerlo —dijo Murrel sin dejar de dar brochazos.

—Bastante enojoso ha sido tener que pedirle el favor a un tipo como él, pero lo cierto es que no teníamos a nadie más —siguió diciendo Mr. Archer—. Ya le dije a lord Seawood que es mala época, porque todos nuestros mejores amigos están lejos. Braintree es un perfecto desconocido. Y mira que me cuesta creer que haya podido llegar siquiera a ser eso...

—Fue una equivocación llamarlo —dijo Murrel—. Lord Seawood fue a verle porque le dijeron que era unionista, sólo por eso. Cuando se enteró de que en realidad era trade unionista se desconcertó un poco, lógicamente, pero no podía montar un escándalo... Es más, me parece que le pondríamos en un gran aprieto si tuviera que explicar lo que significa cada uno de esos términos.

—¿Cómo no va a saber lo que significa unionista? —preguntó Miss Olive.

—Eso no lo sabe nadie; hasta yo he sido uno de ellos —replicó el pintor.

—Yo no renegaría de un hombre por el solo hecho de que sea socialista —dijo Mr. Archer, demostrando su generosidad de espíritu—. Por lo demás, había...

Y guardó silencio de golpe, sumido en sus recuerdos.

—Ese tipo no es socialista —intervino Murrel—. Es un sindicalista.

—Pues eso es mucho peor, ¿no? —dijo la joven dama con enorme candidez.

—Claro, todos queremos que mejoren los asuntos sociales, todos queremos arreglar lo que está mal —dijo Archer—, pero nadie puede defender a un hombre que incita a una clase contra otra, como hace él, al tiempo que pondera el trabajo manual y propala utopías imposibles. Yo siempre he dicho que el capital tiene ciertas obligaciones, al igual que...

—Bueno —lo interrumpió Murrel—, con eso que dices me ofendes; a nadie encontrarás que se emplee tanto en una actividad manual como lo hago yo.

—Bien, dejémoslo; el caso es que ese sujeto no quiere trabajar en nuestra función... Claro que no hacía más que del segundo trovador, un papel que puede interpretar cualquiera. Pero tiene que ser joven... Por eso acudí a Braintree.

—Sí, es verdad, aún es joven —aceptó Murrel—. Como tantos hombres jóvenes, por lo demás, incluso los que lo siguen.

—Yo lo detesto a él y a todos sus hombres jóvenes —dijo Olive con energía desconocida—. En otro tiempo, la gente se lamentaba porque los jóvenes, de tan románticos, llegaban a perder la cabeza. Estos jóvenes como Braintree, sin embargo, pierden la cabeza porque son vulgares, sórdidos, prosaicos, de bajos instintos... Porque se pasan el día hablando de máquinas y de dinero. Porque son materialistas y quieren un mundo habitado por ateos. Un mundo de monos.

Se hizo un largo silencio que rompió Murrel cruzando la habitación, descolgando el teléfono y gritando un número a la operadora. Entonces siguió una de esas conversaciones a medias que hacen sentirse a quienes las escuchan como si literalmente les faltara la mitad del cerebro. Aunque ahora la cuestión se entendía con enorme claridad.

—¿Eres tú, Jack? Sí, ya lo sé... Precisamente quiero hablarte de eso. Sí, en casa de lord Seawood... No puedo ir a verte, hombre, estoy pintando de rojo, como los indios... ¡Qué estupidez! ¿Qué más da? Vendrás para que hablemos de negocios, sólo eso... Sí, claro, lo comprendo... ¡Pero qué bestia eres! Que no hay aquí ninguna cuestión de principios, tenlo en cuenta... Que no te voy a comer, hombre... Vamos, ni siquiera te voy a pintar a brochazos... De acuerdo, muy bien.

Colgó el auricular y siguió con su creativa tarea, silbando relajadamente.

—¿Conoces a Mr. Braintree? —preguntó entonces Miss Olive con mucha curiosidad.

—Ya sabes que adoro el trato con gente de baja estofa—dijo Murrel.

—¿Extiendes eso también a los comunistas? —preguntó Archer alarmado—. Lo cierto es que se parecen bastante a los ladrones.

—El trato con gente de baja estofa no convierte a nadie en un ladrón —replicó Murrel—. Al contrario, es el trato con gente de alta alcurnia lo que suele hacerlo.

Y se puso decorar un pilar con un color violeta y grandes estrellas anaranjadas, de acuerdo con el famoso estilo ornamental de los salones del palacio de Ricardo I.



II

Un hombre peligroso

Mr. John Braintree era joven, alto, enteco y educado; lucía negra barba y ceño también negro, lo cual parecía una exhibición de sus principios, como la corbata roja que siempre llevaba. Cuando sonreía, lo que hacía ahora contemplando el trabajo de Murrel, parecía incluso simpático.

Cuando fue presentado ante la joven dama se inclinó ceremonioso y galante, con una corrección algo envarada. Abusaba en cierto modo de esa elegancia antigua propia de aristócratas, que ahora, sin embargo, es más común entre el gremio de los artesanos, siempre y cuando sean artesanos bien educados, claro. Mr. Braintree, sin embargo, se había iniciado en la vida profesional como ingeniero.

—Estoy aquí porque tú me lo has pedido, Douglas —dijo—, pero te advierto que esto no me parece nada bien.

—¿Cómo? ¿Acaso estás diciendo que no te gusta mi combinación de colores? —pareció extrañarse Murrel—. Pues te hago saber que esta combinación de colores despierta gran admiración.

—Bien —dijo Braintree—, admito que no me gusta especialmente tu trabajo, esa combinación púrpura romántica para resaltar tanta tiranía y superstición feudales, pero no se refieren a tal cosa mis objeciones... Escucha, Douglas... He venido bajo la condición inexcusable de decir lo que me plazca. Claro que no es menos cierto que no me gusta hablar contra un hombre en su propia casa. Así que, para plantear como es debido el asunto conflictivo que más me interesa, debo señalar antes que nada que la Unión Minera se ha declarado en huelga, y que yo soy, precisamente, el secretario de dicha Unión Minera.

—¿Y a qué se debe la huelga? —preguntó Archer.

—Queremos más dinero —respondió Braintree con enorme frialdad—. Cuando con un par de peniques no se puede comprar más que un penique de pan, es lógico que aspiremos a ganar al menos esos dos peniques. He ahí la más clara expresión de la complejidad del sistema industrial. Sin embargo, lo que más interesa a la Unión es que se la reconozca.

—¿De qué reconocimiento se trata?

—Bien, la Trade Union no existe. Eso supone una tiranía evidente que amenaza destruir todo el comercio británico. No existe la Trade Union, así de claro y lamentable es el estado de cosas. Lo único en lo que lord Seawood y sus más indignados críticos contra nosotros parecen hallarse de acuerdo es en que no existe la Trade Union. Así pues, y a fin de sugerir que la existencia de la Trade Union debiera darse, pues se trataría de un hecho harto positivo para todos, nos reservamos el derecho a la huelga.

—Y supongo que lo hacen también para dejar sin carbón al muy protervo ciudadano, naturalmente —dijo Archer con mucha acritud—. Si hacen eso, nada me extrañaría que la opinión pública se les echara encima... Verían ustedes entonces cuan fuerte es... Si ustedes no quieren sacar carbón, y el Gobierno no les obliga a que lo hagan, ya encontraremos quién lo extraiga, ya verán... Yo mismo pediré cien muchachos de Cambridge, de Oxford o de la City, a los que seguramente no importará trabajar en una mina. ¡Todo sea por acabar con esa auténtica conspiración social que pretenden ustedes!

—Pues en tanto llega ese momento que anuncia —replicó Braintree con bastante altivez— le sugiero que busque cien mineros para que ayuden a que Miss Ashley termine su iluminación. La minería es un oficio que requiere de gran destreza, caballero... Un minero no es un carbonero... Usted podría ser un magnífico carbonero.

—Quiero suponer que no me insulta usted —dijo Archer.

—¡No, claro que no! —respondió Braintree—. Es sólo un cumplido, por supuesto.

Murrel intervino para poner paz.

—Me parece, caballeros, que no hacen ustedes más que dar vueltas alrededor de mi idea central. Primero, un carbonero; luego, un fumista... Y así hasta obtener los más profundos tonos del negro.

—¿Pero no es usted un sindicalista? —preguntó Olive con gran severidad, y tras una pausa añadió—: ¿Qué es en realidad un sindicalista?

—La mejor manera de responder a su pregunta—comenzó a decir Braintree con mucha consideración hacía la joven dama— sería decir que, para nosotros, las minas deben pasar a ser propiedad de los mineros.

—Claro, lo mío es mío —intervino Murrel—. ¡Un precioso lema del feudalismo medieval!

—A mí me parece un lema excesivamente moderno, sin embargo —dijo Olive con sarcasmo—. ¿Pero cómo se las podrían ingeniar ustedes si las minas perteneciesen a los mineros?

—Parece una idea ridícula, ¿no es cierto? —dijo el sindicalista—. Es como si uno dijera que la caja de pinturas debe pertenecer al pintor...

Olive se puso de pie, se dirigió a las ventanas que permanecían abiertas y se asomó al jardín, frunciendo el ceño. Lo de fruncir el ceño era más propio del sindicalista, pero en este caso respondía a ciertos pensamientos que se le pasaban por la cabeza a la dama. Tras unos minutos de silencio salió al pasillo y desapareció lentamente. Había en su actitud cierto grado de rebelión contenida, pero Braintree estaba demasiado enardecido intelectualmente como para darse cuenta de ello.

—A mí no me parece —dijo— que alguien haya advertido hasta ahora que sea una utopía propia de salvajes que la flauta pertenezca al flautista.

—¡Olvídese usted de las flautas, caramba! —gritó Archer—. Cree usted que una manada de gente de baja estofa...

Murrel terció entonces con otra de sus frivolidades, intentando así desviar la conversación.

—Bueno, muy bien; estos problemas sociales —dijo—no se arreglarán hasta que no logremos caer de nuevo en aquel tiempo en que toda la nobleza y todos los hombres de mayor cultura de Francia se reunieron para ver a Luís XVI ponerse el gorro frigio... ¡Créanme que será verdaderamente mayestático que nuestros artistas e intelectuales se reúnan para verme poniendo betún reverencialmente en la cara de lord Seawood!

Braintree seguía mirando a Julián Archer con gesto torvo.

—Hasta el momento —dijo—, nuestros artistas e intelectuales no han hecho más que ponerle betún en las botas.

Archer pegó un brinco, como si acabaran de mentar su nombre acompañándolo de una ofensa.

—Cuando a un caballero se le acusa de dar betún a las botas de otro —dijo—, se corre el peligro de que ponga el betún en los ojos de quien dice eso...

Braintree sacó una mano huesuda de su bolsillo, cerró el puño y dijo mirándoselo:

—Ya me he referido a que nos reservamos el derecho a la huelga.

—No deberíais hacer el tonto de esa manera —le dijo Murrel alzando su brocha teñida de rojo—. No montes líos, Jack, ni hagas el oso... Te equivocas, créeme; corres el riesgo de darte un batacazo... por pisar los rojos cortinones del rey Ricardo.

Archer tomó asiento lentamente; el sindicalista, tras un instante de duda, se asomó al jardín.

—No te preocupes —casi gruñó al poco, dirigiéndose a Murrel—. No voy a destrozarte a pisotones tu lienzo... Me doy por satisfecho con haber abierto una brecha en los de tu estirpe. ¿Qué quieres de mí? Ya sé que eres todo un caballero. ¿Pero qué sacamos nosotros de eso? Bien sabes que los hombres como yo, cuando reciben una invitación a una casa como esta en la que estamos, acuden sólo para hablar a favor de los de su clase... Tú tratas bien a mi gente, eso es verdad. Pero también los tratan así unas cuantas mujeres guapas. Y muchas otras personas. Y llega un momento en que esos hombres se convierten en... bueno, en hombres que tienen que entregar una dura carta de sus amigos, pero temen hacerlo porque el destinatario les ha tratado bien.

—Fíjate —dijo Murrel— en que no sólo has abierto una brecha, sino en que me has metido a mí por ella. Lo cierto es que no cuento con otro... La función no se representará hasta dentro de un mes, pero para entonces aún dispondremos de menos gente entre la que elegir, y además necesitamos ese tiempo para los ensayos... ¿Por qué te niegas a hacernos el favor que te pedimos? No comprendo que tus opiniones puedan impedírtelo... Y en lo que a mí respecta, no tengo opiniones, las gasté todas cuando era más joven, cuando estuve en la Unión. Pero, por encima de todo, me duele muchísimo disgustar a las damas... Aunque en esto que nos ocupa todos seamos hombres.

—¡Cierto, no hay más que hombres! —dijo Braintree mirándole fijamente.

—Bueno, ahí tenemos también al viejo lord Seawood —dijo Murrel—, que a su manera no es del todo malo como actor... No puedes esperar que mis opiniones sobre él sean tan duras como las tuyas... Aunque confieso que me resulta muy difícil imaginármelo haciendo de trovador...

—Hay un hombre en el cuarto de al lado —dijo Braintree mirándolo fijamente, con algo de dureza—, y hay otro en el jardín, y otro más en la puerta, y hay un hombre en los establos, y hay un hombre en la cocina, y otro en la bodega... ¿Por qué mientes, si ves tantos hombres como hay en esta casa? ¿Es que aún no te has dado cuenta de que son hombres? Y luego me preguntáis el porqué de la huelga... ¡Hacemos huelga porque sois capaces de olvidaros de nuestra propia existencia, salvo si vamos a la huelga! Manda a tus criados que te sirvan. Yo no tengo por qué hacerlo.

Y salió aprisa al jardín.

—Bueno —dijo Archer respirando profundamente—. He de confesar que no soporto a tu amigo.

Murrel se apartó de su lienzo, inclinó la cabeza a un lado, como los entendidos, para mejor contemplar los brochazos, y dijo:

—Pues me parece que su idea de utilizar a los criados es muy buena. ¿No te imaginas al viejo Perkins de trovador? Tú conoces bien a mi ayuda de cámara, ¿no? La verdad es que cualquiera de los lacayos de mi casa haría de trovador maravillosamente...

—¡No digas imbecilidades! —gritó Archer, muy molesto—. El papel de trovador es corto, pero quien lo interprete tiene que hacer cosas... ¡Besar la mano de la princesa, por ejemplo!

—Mi ayuda de cámara lo haría como un Céfiro... —dijo Murrel—. Pero quizás, me parece, debamos apuntar aún más bajo en esa jerarquía de los lacayos... Si no quiere hacerlo, o no le consideramos apto, se lo diré al portero; y si éste no quiere, a mi botones; y si el muchacho tampoco quiere, al mozo de cuadra, que es el que menos se niega a lo que sea; y si el mozo de cuadra tampoco se presta, bien, pues habrá que buscar entre los más viles pinches de la cocina... Y si aun éstos me fallan, pues acudiré a un tipo aún de más baja estofa, al bibliotecario de esta casa en la que nos encontramos... ¡Vaya! ¿Cómo no se me había ocurrido antes? El bibliotecario es el más idóneo, ¡claro que sí!

Con gran entusiasmo tiró su brocha al aire, que fue a caer al extremo opuesto de la habitación, echando a correr acto seguido en dirección al jardín, seguido por Mr. Archer, que parecía anonadado.

Era temprano, porque los amateurs se habían levantado mucho antes del desayuno, a fin de pintar y de ensayar con tiempo suficiente. Braintree, por su parte, madrugaba siempre; aquel día, encima, lo había hecho aún más que nunca para entregarse a la redacción de un riguroso, por no decir rabioso, artículo destinado a las páginas de un diario vespertino socialista. La blanca luz del día tenía aún esa palidez rosada que sin duda ha inspirado a más de uno de esos poetas fantásticos que comparan los rayos del amanecer con los dedos.

La casa se alzaba en un cerro que caía por dos lados hacia el Severn17. El jardín, trazado en forma de terraza, con los árboles plenos de flores primaverales, parecía velar, sin confundirse con ella, sin embargo, la espléndida curvatura del paisaje. Las nubes hacían tirabuzones y ascendían como el humo de un cañón, como si el sol asaltara silenciosamente las partes más elevadas del terreno. El leve viento y el sol bruñían la hierba recientemente segada. En un ángulo elevado, como accidentalmente, yacía un fragmento de pedestal gris, de las ruinas de la abadía que allí hubo antaño. Un poco más allá se veía la esquina de la parte más abandonada de la casa, hacia la que se dirigía Murrel a buen paso. Lo seguía Archer con su belleza teatral y sobreactuada a cuestas.

Tan pintoresca ilusión se completó con una figura muy bien vestida, que apareció bajo el resplandor del sol unos minutos después. Era una dama joven con el cabello rojo, que se tocaba con una corona regia. Muy erguida, incluso altanera, saludable. Parecía saciarse con la brisa de la mañana como el caballo de la guerra en las Escrituras, para gozarse en sí misma en sus ropas batidas por esa brisa. Julián Archer componía un cuadro perfecto con su traje de tres colores. A su lado, los tonos modernos del traje y la corbata de Murrel parecían tan vulgares como las ropas de los mozos de cuadra, con los que tenía por costumbre perder el tiempo.

Miss Rosamund Severne, hija única de lord Seawood, era uno de esos seres que se lanzan a lo que sea pero haciendo mucho ruido. Su extraordinaria belleza era tanta, y tan exuberante, como su magnífico carácter y su buen humor. La verdad es que gozaba de todo corazón su papel de princesa medieval, aunque sólo fuera para una función de teatro amateur. Y no albergaba ninguno de los sueños reaccionarios de su amiga Miss Ashley. Era, por el contrario, una mujer práctica y moderna. Había intentado ser doctora en Medicina, pero el conservadurismo de su padre acabó por frustrar sus planes y hubo de resignarse a no ser más que una dama liberal, algo violenta, a veces, en sus manifestaciones de dicho liberalismo. Sobresalía en actividades políticas y en la organización de distintas plataformas, aunque ni siquiera sus amigos más cercanos podían decir si hablaba para que las mujeres tuvieran derecho al voto o para que les fuera otorgado directamente el voto.

En cuanto vio a Archer a cierta distancia, le gritó tan resuelta como siempre:

—¡Te estaba buscando! ¿No te parece que deberíamos ensayar una vez más esa maldita escena?

—Yo también te buscaba —se entrometió Murrel—. Hagamos mayores desarrollos dramáticos en nuestro ya de por sí dramático mundo, amiga mía... Oye, ¿conoces aunque sólo sea de vista a tu bibliotecario?

—¿Y qué pinta en todo esto mi bibliotecario? —preguntó Miss Rosamund a su vez—. Pero, sí, claro que lo conozco, y no sólo de vista... Aunque no creo que haya nadie que lo conozca bien...

—Será una polilla más de los libros —observó Archer.

—En realidad todos somos polillas, querido amigo —dijo Murrel—. En mi opinión, una polilla de libros demuestra, al fin y al cabo, un gusto refinado y una evidente superioridad de su dieta sobre la que es común en las polillas vulgares... Yo quiero cazar a esa polilla bibliotecaria como si fuese el mismísimo pájaro del alba. Escucha, Rosamund... Haz tú de pájaro del alba y cázame esa polilla, te lo pido por favor.

—Esta mañana, de tan madrugadora, me siento como una alondra —dijo la joven y bella dama.

—Bien, pues sé una alondra dispuesta a cazar —dijo Murrel—. Hablo en serio, querida... ¿Conoces de verdad tu biblioteca y podrás traerme al bibliotecario? Vivo, claro está...

—Seguro que ya está en la biblioteca —dijo Rosamund, algo extrañada pero tan resuelta como siempre—. No sé bien qué pretendes, pero si quieres hablar con él puedes ir tú mismo a verle.

—Siempre das en el blanco, querida—dijo Murrel—. Eres un buen pájaro.

—Un pájaro del paraíso —terció Archer, adulón.

—Y tú un pájaro chistoso —le respondió ella con una carcajada—. Y el Mono, un ganso...

—Yo soy a la vez un Mono, una polilla y un ganso —asintió Murrel—. Mi proceso evolutivo no concluye jamás... Pero antes de que me convierta en quién sabe qué otro ser, permíteme que te explique algo, querida... Archer, con su infernal orgullo aristocrático, no consiente que un pinche de mi cocina haga de trovador, de modo que he decidido caer aún más bajo y poner mi vista en tu bibliotecario... Se trata de que alguien haga de segundo trovador, nada más.

—El bibliotecario se llama Herne —dijo la joven dama, sin salir de su asombro—. Pero no pretendas... Quiero decir que ese hombre es todo un caballero. Es más, diría que es un auténtico sabio.

Murrel ya se había largado, doblando por la esquina de la casa para dirigirse a las puertas acristaladas que llevaban a la biblioteca. No obstante, se detuvo de golpe y quedó contemplando algo en la distancia. En la parte más elevada del jardín, en la vertiente opuesta a esa en la que se encontraba, distinguió dos figuras que se destacaban bajo el límpido cielo de la mañana. Nunca hubiera supuesto que podría ver algo así. Una de las figuras era la del execrable demagogo llamado John Braintree. La otra, la de Miss Olive Ashley... Es cierto que cuando prestó mayor atención a las figuras, la de Olive se revolvía con un ademán que parecía furioso, de rechazo. Pero a Murrel le pareció aún más extraño el hecho de que se encontraran allí que el hecho de que se distanciasen. No pudo evitar que una expresión melancólica cruzara su cara de mono. Rápidamente se dirigió a la biblioteca.




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