El miedo a la libertad



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Mientras Freud, durante muchos años, no prestó mucha atención al fenómeno de la agresión de carácter no sexual, Alfred Adler situó las tendencias de que nos ocupamos en el centro de su sistema. Pero este autor no las denomina sadomasoquismo, sino sentimientos de inferioridad y voluntad de poder. Adler ve solamente el aspecto racional de tales fenómenos. Mientras nosotros hablamos de tendencias irracionales a disminuirse o a hacerse pequeño, él considera los sentimientos de inferioridad en tanto constituyen una reacción adecuada frente a una inferioridad objetivamente existente, como, por ejemplo los defectos orgánicos o la situación genérica de desvalidez del niño. Y mientras nosotros consideramos la voluntad de poder como la expresión de un impulso irracional de dominación sobre los demás, Adler se refiere exclusivamente a su aspecto racional y habla de tal tendencia como de una reacción adecuada que tiene la función de proteger al individuo contra los peligros que surgen de su inseguridad e inferioridad. Como siempre, Adler no alcanza a ver más allá de las motivaciones racionales y utilitarias de la conducta humana; y, si bien ha proporcionado un valioso punto de vista en el intrincado problema de la motivación, se queda en la superficie, sin descender nunca al abismo de los impulsos irracionales como lo ha hecho Freud.

Puntos de vista distintos al de Freud fueron presentados en la literatura psicoanalítica por Wilhelm Reich, Karen Horney y por mí mismo.

Si bien la teoría de Reich se basa en el concepto freudiano originario de la libido, este autor señala que el fin último del masoquista consiste en la búsqueda del placer, y que el dolor en que incurre es un subproducto y no un fin en sí mismo. Horney fue la primera en reconocer la función fundamental de los impulsos masoquistas en la personalidad neurótica, en proporcionar una descripción completa y detallada de los rasgos del carácter masoquista y en explicarlos teóricamente como el resultado de la estructura total del carácter. En sus escritos, como en los míos, no se admite que los rasgos del carácter masoquista estén arraigados en la perversión sexual, sino que se considera ésta como la expresión sexual de tendencias psíquicas que surgen de un tipo peculiar de estructura del carácter.

Llego ahora a la cuestión principal: ¿Cuál es la raíz de la perversión masoquista y de los rasgos del carácter masoquista, respectivamente? Además: ¿cuál es la raíz común de las tendencias masoquistas y de las sádicas?

La dirección en la que hay que buscar la respuesta ya la hemos sugerido al comienzo de este capítulo. Tanto los impulsos masoquistas como los sádicos tienden a ayudar al individuo a evadirse de su insoportable sensación de soledad e impotencia. El psicoanálisis, así como otras observaciones empíricas efectuadas sobre individuos masoquistas, proporciona una prueba amplia (que seria imposible citar aquí sin trascender los límites prefijados a la obra) de que estas personas se sienten penetradas de un intenso terror derivado de su soledad e insignificancia. A menudo este sentimiento no es consciente; otras veces se oculta detrás de formaciones compensatorias que exaltan su propia perfección y excelencia. Sin embargo, si la observación penetra profundamente en la dinámica psíquica inconsciente de tales personas, el sentimiento que había sido ocultado no dejará de revelársenos. El individuo descubre que es «libre» en el sentido negativo, es decir, que se halla solo con su yo frente a un mundo extraño y hostil. En tal situación, para citar una descripción significativa, debida a Dostoievsky en Los hermanos Karamazov, no tiene «necesidad más urgente que la de hallar a alguien al cual pueda entregar, tan pronto como le sea posible, ese don de la libertad con que él, pobre criatura, tuvo la desgracia de nacer». El individuo aterrorizado busca algo o alguien a quien encadenar su yo; no puede soportar más su propia libre personalidad, se esfuerza frenéticamente por librarse de ella y volver a sentirse seguro una vez más, eliminando esa carga: el yo.

El masoquismo constituye uno de los caminos que a ello conducen. Las distintas formas asumidas por los impulsos masoquistas tienen un solo objetivo: librarse del yo individual, perderse; dicho con otras palabras: librarse de la pesada carga de la libertad. Este fin aparece claramente en aquellos impulsos masoquistas por medio de los cuales el individuo trata de someterse a una persona o a un poder que supone poseedor de fuerzas abrumadoras. Podemos agregar que la convicción referente a la fuerza superior de otra persona debe entenderse siempre en términos no absolutos sino relativos. Puede fundarse ya sea en la fuerza real de otro individuo o bien en la convicción de la propia infinita impotencia e insignificancia. En este último caso hasta un ratón o una hoja pueden parecer terribles. En las otras formas de impulsos masoquistas, el fin esencial es el mismo. En el sentimiento de pequeñez descubrimos una tendencia dirigida a fomentar el originario sentimiento de insignificancia. ¿Cómo se explica esto? ¿Es admisible suponer que el remedio para curar el miedo consiste en empeorarlo? Y sin embargo así procede el individuo masoquista: «Hasta tanto yo siga debatiéndome entre mi deseo de permanecer independiente y fuerte y mi sentimiento de insignificancia o de impotencia, seré presa de un conflicto torturador. Si logro reducir a la nada mi yo individual, si llego a anular mi conocimiento de que soy un individuo separado, me habré salvado de este conflicto». Sentirse infinitamente pequeño y desamparado es uno de los medios para alcanzar tal fin; dejarse abrumar por el dolor y la agonía, es otro; y un tercer camino es el de abandonarse a los efectos de la embriaguez. La fantasía del suicidio constituye la única esperanza cuando todos los demás medios no hayan logrado aliviar la carga de la soledad.

En ciertas condiciones, estos impulsos masoquistas obtienen un éxito relativo. Si el individuo halla determinadas formas culturales capaces de satisfacerlos (como la sumisión al «líder» en la ideología fascista), logra alguna seguridad al encontrarse unido con millones de hombres que participan con él en los mismos sentimientos. Sin embargo, incluso en tales casos la «solución» masoquista es tan inadecuada como lo son las manifestaciones neuróticas: el individuo logra eliminar el sufrimiento más evidente, pero no consigue suprimir el conflicto que se halla en su base, así como su silenciosa infelicidad. Cuando el impulso masoquista no halla tales formas culturales o cuando su intensidad excede el grado medio de masoquismo existente en el grupo social, esta solución fracasa totalmente incluso en términos relativos. Surge de una situación insoportable, tiende a superarla y deja al individuo presa de nuevos sufrimientos. Si la conducta humana fuera siempre racional y dotada de fines, el masoquismo constituiría algo tan inexplicable como lo es toda manifestación neurótica en general. Pero he ahí lo que nos ha enseñado el estudio de los trastornos emocionales y psíquicos: el comportamiento humano puede ser motivado por impulsos causados por la angustia o por algún otro estado psíquico insoportable; tales impulsos tratan de eliminar ese estado emocional, pero no consiguen otra cosa que ocultar sus expresiones más visibles, y a veces, ni eso. Las manifestaciones neuróticas se parecen a la conducta irracional que se produce en los casos de pánico. Así, un hombre, aprisionado por el fuego, lanza gritos por la ventana de su habitación en demanda de auxilio, olvidándose por completo de que nadie lo oye, y que todavía podría escapar por la escalera, que dentro de pocos instantes también será presa de las llamas. Grita porque quiere ser salvado, y en ese momento su conducta parece constituir un paso hacia el logro de ese propósito; sin embargo, ella lo conducirá a la catástrofe final. Del mismo modo, los impulsos masoquistas tienen por causa el deseo de librarse del yo individual, con todos sus defectos, conflictos, dudas, riesgos e insoportable soledad, pero logran eliminar únicamente la forma más evidente del sufrimiento y hasta pueden conducir a dolores más intensos. La irracionalidad del masoquismo, como la de todas las otras manifestaciones neuróticas, consiste en la completa futilidad de los medios adoptados para salvar una situación.

Estas consideraciones se refieren a una importante diferencia existente entre la actividad neurótica y la racional. En ésta los resultados corresponden a los fines de la actividad misma, pues se obra para obtener determinadas consecuencias. En los impulsos neuróticos, en cambio, la acción se debe a una compulsión que posee esencialmente un carácter negativo: escapar de una situación insoportable. El impulso tiende hacia objetivos que constituyen una solución puramente ficticia. De hecho, el resultado de la acción es lo contrario de lo que el individuo se propone: la necesidad de liberarse de un sentimiento insoportable es tan fuerte, que le es imposible elegir una línea de conducta que constituya una solución real.

Con respecto al masoquismo, la consecuencia del proceso señalado es que el individuo se siente dominado por un sentimiento insoportable de soledad e insignificancia. Intenta, entonces, superarlo, despojándose de su yo (como entidad psicológica y no fisiológica); y el medio de que se vale es el de empequeñecerse, sufrir, sentirse reducido a la más completa insignificancia. Pero el dolor y el sufrimiento no representan sus objetivos; uno y otro son el precio que se ve obligado a pagar para lograr el fin que compulsivamente trata de alcanzar. Es un precio muy alto. Y tiene que aumentarlo cada vez más, reduciéndose a la condición de un peón que sólo consigue contraer deudas siempre mayores, sin llegar a compensar nunca lo que debe, ni a obtener lo que quiere: paz interior y tranquilidad.

Me he referido a la perversión masoquista porque ésta prueba de una manera indudable que el sufrimiento puede constituir un objetivo apetecible. Sin embargo, tanto en esta perversión como en el masoquismo moral, el sufrimiento no es el verdadero fin; en ambos casos constituye un medio para un fin: olvidarse del propio yo. La diferencia entre la perversión y los rasgos del carácter masoquista reside esencialmente en lo que sigue: en la primera la tendencia masoquista se apodera de toda la persona y tiende a destruir todos los fines que el yo trata conscientemente de alcanzar. En la perversión, como se ha visto, los impulsos se hallan más o menos restringidos a la esfera física; además, su fusión con la sexualidad les permite participar en la descarga de la tensión que ocurre en la esfera sexual, obteniendo así una forma directa de alivio.

La aniquilación del yo individual y el intento de sobreponerse, por ese medio, a la intolerable sensación de impotencia, constituyen tan sólo un aspecto de los impulsos masoquistas. El otro aspecto lo hallamos en el intento de convertirse en parte integrante de alguna más grande y más poderosa entidad superior a la persona, sumergiéndose en ella. Esta entidad puede ser un individuo, una institución, Dios, la nación, la conciencia, o una compulsión psíquica. Al transformarse en parte de un poder sentido como inconmovible, fuerte, eterno y fascinador, el individuo participa de su fuerza y gloria. Entrega su propio yo y renuncia a toda la fuerza y orgullo de su personalidad; pierde su integridad como individuo y se despoja de la libertad; pero gana una seguridad que no tenía y el orgullo de participar en el poder en el que se ha sumergido. También se asegura contra las torturas de la duda. La persona masoquista, tanto cuando se somete a una autoridad exterior como en el caso en que su amo sea una autoridad que se ha incorporado el yo, en forma de conciencia o de alguna compulsión psíquica, se salva de la necesidad de tomar decisiones, de asumir la responsabilidad final por el destino del yo y, por lo tanto, de la duda que acompaña a la decisión. También se ve aliviado de la duda acerca del sentido de su vida o de quién es él. Tales preguntas hallan contestación en la conexión con el poder con el cual el individuo se ha relacionado. El significado de su vida y la identidad de su yo son determinados por la entidad total en la que ha sumergido su personalidad.

Los vínculos masoquistas son fundamentalmente distintos de los vínculos primarios. Estos existían antes que el proceso de individuación se hubiera completado. En ese entonces el individuo todavía formaba parte de «su» mundo social y material y no había emergido por entero del ambiente. Los vínculos primarios le otorgaban genuina confianza y la seguridad de saber a qué lugar pertenecía. Los vínculos masoquistas son una forma de evasión, de huida. El yo individual ya ha emergido como tal, pero se siente incapaz de realizar su libertad; te siente abrumado por la angustia, la duda y la sensación de impotencia. El yo intenta hallar seguridad en los vínculos secundarios —así podríamos llamar a los lazos masoquistas—, pero su intento nunca puede tener éxito. La emergencia del yo individual no es un proceso reversible; en su conciencia, el individuo puede sentirse seguro y tener el sentimiento de «pertenecer» a algo o a alguien; pero, fundamentalmente, no deja de ser un átomo impotente que sufre bajo la sumersión de su yo. El individuo y la entidad a la que se adhiere, nunca se unifican, siempre subsiste un antagonismo básico y, con éste, el impulso —que puede ser totalmente inconsciente— de librarse de la dependencia masoquista y volver a ser libre.

¿Cuál es la esencia de los impulsos sádicos? Tampoco aquí consiste ella en el deseo de infligir dolor a los demás. Todas las distintas formas de sadismo que nos es dado observar pueden ser reducidas a un impulso fundamental único, a saber, el de lograr el dominio completo sobre otra persona, el de hacer de ésta un objeto pasivo de la voluntad propia, de constituirse en su dueño absoluto, su Dios; de hacer de ella todo lo que se quiera. Humillar y esclavizar no son más que medios dirigidos a ese fin, y el medio más radical es el de causar sufrimientos a la otra persona, puesto que no existe mayor poder que el de infligir dolor, el de obligar a los demás a sufrir, sin darles la posibilidad de defenderse. El placer de ejercer el más completo dominio sobre otro individuo (u otros objetos animados) constituye la esencia misma del impulso sádico.

Parecería que esta tendencia a transformarse en el dueño absoluto de otra persona constituyera exactamente lo opuesto de la tendencia masoquista, y ha de resultar extraño que ambos impulsos se hallen tan estrechamente ligados. No cabe duda de que, con respecto a las consecuencias prácticas, el deseo de ser dependiente o de sufrir es el opuesto al de dominar o de infligir sufrimiento a los demás. Desde el punto de vista psicológico, sin embargo, ambas tendencias constituyen el resultado de una necesidad básica única que surge de la incapacidad de soportar el aislamiento y la debilidad del propio yo. Propongo denominar simbiosis al fin que constituye la base común del sadismo y el masoquismo. La simbiosis, en este sentido psicológico, se refiere a la unión de un yo individual con otro (o cualquier otro poder exterior al propio yo), unión capaz de hacer perder a cada uno la integridad de su personalidad, haciéndolos recíprocamente dependientes. El sádico necesita de su objeto, del mismo modo que el masoquista no puede prescindir del suyo. La única diferencia está en que en lugar de buscar la seguridad dejándose absorber, es él quien absorbe a algún otro. En ambos casos se pierde la integridad del yo. En el primero me pierdo al disolverme en el seno de un poder exterior, en el segundo me extiendo al admitir a otro ser como parte de mi persona, y si bien aumento de fuerzas, ya no existo como ser independiente. Es siempre la incapacidad de resistir a la soledad del propio yo individual la que conduce al impulso de entrar en relación simbiótica con algún otro. De todo esto resulta evidente por qué las tendencias masoquistas y sádicas se hallan siempre mezcladas. Aunque en la superficie parezcan contradictorias, en su esencia se encuentran arraigadas en la misma necesidad básica. La gente no es sádica o masoquista, sino que hay una constante oscilación entre el papel activo y el pasivo del complejo simbiótico, de manera que resulta a menudo difícil determinar qué aspecto del mismo se halla en función en un momento dado. En ambos casos se pierde la individualidad y la libertad.

Al referirnos al sadismo pensamos generalmente en la destructividad y hostilidad que tan manifiestamente se relacionan con él. No hay duda que nunca deja de observarse, en grado mayor o menor, una conexión entre la destructividad y las tendencias sádicas. Pero ello puede también afirmarse con respecto al masoquismo. Todo análisis de los rasgos masoquistas puede poner en evidencia tal hostilidad. La diferencia principal parece residir en el hecho de que, en el sadismo, esta hostilidad es generalmente más consciente y se expresa en la acción de una manera más directa, mientras que en el masoquismo la hostilidad es en gran parte inconsciente y busca una expresión indirecta. Trataré de mostrar luego que la destructividad es el resultado del fracaso de la expansión emocional, intelectual y sensitiva del individuo; por lo tanto, los impulsos destructivos son una consecuencia de las mismas condiciones que conducen a la necesidad de simbiosis. Lo que deseo destacar a este respecto es que el sadismo no se identifica con la destructividad, aun cuando se halla muy mezclado con ella. La persona destructiva quiere destruir el objeto, es decir, suprimirlo, librarse de él. El sádico, por el contrario, quiere dominarlo, y, por lo tanto, sufre una pérdida si su objeto desaparece.

El sadismo, en el sentido que le hemos asignado, puede también resultar relativamente exento de carácter destructivo y mezclarse con una actitud amistosa hacia su objeto. Este tipo de sadismo «amistoso» ha hallado una expresión clásica en la obra de Balzac Ilusiones perdidas, donde hallamos una descripción que se refiere a esa peculiar característica que hemos denominado necesidad de simbiosis. En este pasaje, Balzac describe la relación entre el joven Luciano y un galeote que finge ser abad. Poco después de haber conocido al joven, que había intentado suicidarse en ese momento, el abad dice:

... este joven no tiene nada en común con el poeta que acaba de morir. Yo te he salvado, yo te he dado la vida, y tú me perteneces, asi como las criaturas pertenecen al Creador, como en los cuentos orientales el Ifrit pertenece al espíritu, como el cuerpo pertenece al alma. Con manos poderosas te mantendré derecho en el camino que conduce al poder; y te prometo, sin embargo, una vida de placeres, honores y fiestas interminables. Nunca te faltará dinero, serás brillante; mientras que yo, agachado en el sucio trabajo de levantarte, aseguraré el brillante edificio de tu éxito. ¡Amo el poder por el poder mismo! Siempre gozaré de tus placeres, aunque deba renunciar a ellos. Más brevemente: seré una sola y misma persona contigo... Amaré a mi criatura; la moldearé, la formaré para que me sirva, para amarla como un padre quiere a su hijo. Pasearé a tu lado en el tilburi, querido muchacho, me deleitaré de tus éxitos con las mujeres. Podré decir: Yo soy este hermoso joven. Yo he creado a este Marqués de Rubempré y lo he colocado en la aristocracia; su éxito es obra mía. El está silencioso y sólo habla con mi voz; sigue mis consejos en todo.

A menudo, y no sólo en el uso popular, el sadomasoquismo se ve confundido con el amor. Los fenómenos masoquistas, en particular, son considerados como expresiones de amor. Una actitud de completa autonegación en favor de otra persona y la entrega de los propios derechos y pretensiones han sido alabados como ejemplos de «gran amor». Parecería que no existe mejor prueba de «amor» que el sacrificio y la disposición a perderse por el bien de la otra persona. De hecho, en tales casos, el «amor» es esencialmente un anhelo masoquista y se funda en la necesidad de simbiosis de la persona en cuestión. Si entendemos por amor la afirmación apasionada y la conexión activa con la esencia de una determinada persona, la unión basada sobre la independencia y la integridad de los dos amantes, el masoquismo y el amor son dos cosas opuestas. El amor se funda en la igualdad y la libertad. Si se basara en la subordinación y la pérdida de la integridad de una de las partes, no seria más que dependencia masoquista, cualquiera que fuera la forma de racionalización adoptada. También el sadismo aparece con frecuencia bajo la apariencia de amor. Mandar sobre otra persona, cuando se pueda afirmar el derecho de hacerlo por su bien, aparece muchas veces bajo el aspecto de amor, pero el factor esencial es el goce nacido del ejercicio del dominio.

En este punto surgirá, sin duda, una pregunta por parte del lector: ¿No es el sadismo, tal como lo hemos descrito, algo similar al apetito de poder? La contestación es que, aunque las formas más destructivas del sadismo (cuando su fin es el de castigar y torturar a otra persona) no son idénticas a la voluntad de poder, ésta es sin duda la expresión más significativa del sadismo. El problema ha ido ganando cada vez mayor importancia en nuestros días. Desde Hobbes en adelante se ha visto en el poder el motivo básico de la conducta humana; los siglos siguientes, sin embargo, han ido concediendo mayor peso a los factores morales y legales que tienden a contenerlo. Con el surgimiento del fascismo, el apetito de poder y la convicción de que el mismo es fuente del derecho han alcanzado nuevas alturas. Millones de hombres se dejan impresionar por la victoria de un poder superior y lo toman por una señal de fuerza. No hay duda que el poder ejercido sobre los individuos constituye una expresión de fuerza en un sentido puramente material. Si ejerzo el poder de matar a otra persona, yo soy «más fuerte» que ella. Pero en sentido psicológico, el deseo de poder no se arraiga en la fuerza, sino en la debilidad. Es la expresión de la incapacidad del yo individual de mantenerse solo y subsistir. Constituye el intento desesperado de conseguir un sustituto de la fuerza al faltar la fuerza genuina.

La palabra poder tiene un doble sentido. El primero de ellos se refiere a la posesión del poder sobre alguien, a la capacidad de dominarlo; el otro significado se refiere al poder de hacer algo, de ser potente. Este último sentido no tiene nada que ver con el hecho de la dominación; expresa dominio en el sentido de capacidad. Cuando hablamos de impotencia nos referimos a este significado; no queremos indicar al que no puede dominar a los demás, sino a la persona que es impotente para hacer lo que quiere. Así, el término poder puede significar una de estas dos cosas: dominación o potencia. Lejos de ser idénticas, las dos cualidades son mutuamente exclusivas. La impotencia, usando el término no tan sólo con respecto a la esfera sexual, sino también a todos los sectores de las facultades humanas, tiene como consecuencia el impulso sádico hacia la dominación; en la medida en que un individuo es potente, es decir, capaz de actualizar sus potencialidades sobre la base de la libertad y la integridad del yo, no necesita dominar y se halla exento del apetito de poder. El poder, en el sentido de dominación, es la perversión de la potencia, del mismo modo que el sadismo sexual es la perversión del amor sexual.

Es probable que rasgos sádicos y masoquistas puedan hallarse en todas las personas. En un extremo se sitúan los individuos cuya personalidad se halla dominada por tales rasgos, y en el otro aquellos para los cuales el sadomasoquismo no constituye una característica especial. Cuando hablamos del carácter sadomasoquista, nos referimos solamente a los primeros. Usamos el término carácter en el sentido dinámico fijado por Freud. En tal sentido se refiere no a la suma total de las formas de conducta características de una determinada persona, sino a los impulsos dominantes que motivan su obrar. Dada la premisa formulada por Freud acerca del carácter sexual de las fuerzas motivadoras básicas, este autor llegó a las nociones de carácter anal, oral o genital. Quien no comparta tal premisa, se verá forzado a formular distintos tipos de carácter. Pero el concepto dinámico permanece el mismo. No es necesario que las fuerzas motrices sean conocidas como tales por la persona cuyo carácter se encuentra dominado por ellas. Un individuo puede estar completamente dominado por impulsos sádicos y sin embargo creer conscientemente que el motivo de su conducta es tan sólo el sentido del deber. Hasta puede no cometer ningún acto sádico manifiesto, reprimiendo sus impulsos lo suficiente como para aparecer normal en la superficie. Sin embargo, todo análisis atento de su conducta, fantasías, sueños y gestos mostrarán que los impulsos sádicos actúan en las capas más profundas de su personalidad.




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