El miedo a la libertad



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V

MECANISMOS DE EVASIÓN


Hemos llegado en nuestra exposición hasta el período actual y nos correspondería ahora pasar a ocuparnos del significado psicológico del fascismo y del sentido que tiene la libertad en los sistemas autoritarios y en nuestra propia democracia. Pero como la validez de nuestra argumentación descansa sobre la de sus premisas psicológicas, parece más conveniente interrumpir aquí la consideración del tema principal, dedicando un capítulo a la discusión concreta y más detallada de aquellos mecanismos psicológicos que ya hemos mencionado y que también trataremos luego. Tales premisas requieren una consideración atenta y cuidadosa, porque se basan en conceptos relativos a las fuerzas inconscientes y a la manera cómo éstas se expresan en las racionalizaciones y en los rasgos del carácter; se trata, como se ve, de conceptos que, para muchos lectores, resultarán, si no extraños, por lo menos merecedores de alguna elaboración.

En el presente capítulo voy a referirme intencionadamente a la psicología individual y a observaciones obtenidas por medio del procedimiento psicoanalítico en sus minuciosos estudios de casos individuales. Si bien el psicoanálisis no satisface del todo la norma que durante muchos años constituyó el ideal de la psicología académica, o sea, el de aproximarse lo más posible a los métodos experimentales de las ciencias de la naturaleza, no puede negarse, no obstante, que se trata de un método completamente empírico fundado en la cuidadosa observación de los pensamientos, sueños y fantasías individuales, luego de haber sido liberados de la censura. Sólo una teoría psicológica que utilice el concepto de fuerza inconsciente puede penetrar en las oscuras racionalizaciones que hallamos al analizar al individuo o la cultura. Un gran número de problemas, aparentemente insolubles, desaparecen apenas nos decidimos a abandonar la idea de que los motivos que la gente cree que constituyen la causa de sus acciones, pensamientos o emociones, sean necesariamente aquellos que en la realidad los impulsa a amar, sentir y pensar de esa determinada manera.

Más de un lector planteará la cuestión acerca de si los hallazgos debidos a la observación de los individuos pueden aplicarse a la comprensión psicológica de los grupos. Nuestra contestación a este respecto es una afirmación categórica. Todo grupo consta de individuos y nada más que de individuos; por lo tanto, los mecanismos psicológicos cuyo funcionamiento descubrimos en un grujo no pueden ser sino mecanismos que funcionan en los individuos. Al estudiar la psicología individual como base de la comprensión de la psicología social, hacemos algo comparable a la observación microscópica de un objeto. Eso es lo que nos permite descubrir los detalles mismos de los mecanismos psicológicos, cuyo funcionamiento en vasta escala podemos observar en el proceso social. Si nuestro análisis de los fenómenos psicológicos no se fundara en el estudio detallado de la conducta individual, el mismo no tendría carácter empírico, y, por lo tanto, carecería de validez.

Pero, aun cuando se admitiera que el estudio del comportamiento individual posea una importancia tan grande, podría ponerse en duda si el estudio de personas comúnmente clasificadas como neuróticas proporciona algún provecho para la consideración de los problemas de la psicología social. Aquí también creemos que la contestación debe ser afirmativa. Los fenómenos que observamos en los neuróticos no difieren en principio de los que se dan en las personas normales. Son tan sólo más acentuados, más definidos y con frecuencia más manifiestos a la autoconciencia del neurótico que a la del individuo normal, quien no advierte ningún problema que requiera estudio.

Para aclarar todo esto será conveniente referirnos brevemente al significado de los términos ahora empleados: neurótico y normal o sano.

El término normal (o sano) puede definirse de dos maneras. En primer lugar, desde la perspectiva de una sociedad en funcionamiento, una persona será llamada normal o sana si es capaz de cumplir con el papel social que le toca desempeñar dentro de la sociedad dada. Más concretamente, ello significa que dicha persona puede trabajar según las pautas requeridas por la sociedad a que pertenece y que, además, es capaz de participar en la función de reproducción de la sociedad misma, es decir, está en condiciones de fundar una familia. En segundo lugar, desde la perspectiva del individuo, consideramos sana o normal a la persona que alcanza el grado óptimo de expansión y felicidad individuales.

Si la estructura de una sociedad dada fuera tal que ofreciera la posibilidad óptima de la felicidad individual, coincidirían ambas perspectivas. Sin embargo, en la mayoría de las sociedades —incluida la nuestra— este caso no se da. Si bien ellas difieren en cuanto al grado en que fomentan la expansión individual, siempre hay una discrepancia entre el propósito de asegurar el fluido funcionamiento de la sociedad y el de promover el desarrollo pleno del individuo. Este hecho obliga necesariamente a distinguir de una manera bien definida entre los dos conceptos de salud o normalidad. Uno es regido por las necesidades sociales, el otro por las normas y valores referentes a la existencia individual.

Por desgracia, se olvida a menudo esta diferenciación. En su mayoría, los psiquiatras aceptan como un supuesto indiscutible la estructura de su propia sociedad, de tal manera que, para ellos, la persona no del todo adaptada lleva el estigma de individuo poco valioso; por el contrario, suponen que la persona bien adaptada socialmente es muy valiosa desde el punto de vista humano y personal. Si diferenciamos los dos conceptos de normal y neurótico de la manera indicada, llegamos a esta conclusión: la persona considerada normal en razón de su buena adaptación, de su eficiencia social, es a menudo menos sana que la neurótica, cuando se juzga según una escala de valores humanos. Frecuentemente está bien adaptada tan sólo porque se ha despojado de su yo con el fin de transformarse, en mayor o menor grado, en el tipo de persona que cree se espera socialmente que ella debe ser. De este modo puede haberse perdido por completo la espontaneidad y la verdadera personalidad. Por otra parte, el neurótico puede caracterizarse como alguien que no estuvo dispuesto a someter completamente su yo en esta lucha. Por supuesto, su intento de salvar el yo individual no tuvo éxito y, en lugar de expresar su personalidad de una manera creadora, debió buscar la salvación en los síntomas neuróticos, retrayéndose en una vida de fantasía. Sin embargo, desde el punto de vista de los valores humanos, este neurótico resulta menos mutilado que ese tipo de persona normal que ha perdido toda su personalidad. Es innecesario decir que existen individuos que, sin ser neuróticos, no han ahogado su individualidad al cumplir el proceso de adaptación. Pero el estigma atribuido al neurótico nos parece infundado y susceptible de justificación sólo cuando se juzga en términos de eficiencia social. En este último sentido el término neurótico no puede ser aplicado a toda una sociedad, puesto que ella no podría existir si sus miembros no cumplieran sus funciones sociales. Sin embargo, en el otro sentido, en el de los valores humanos, una sociedad puede ser llamada neurótica cuando sus miembros ven mutilada la expansión de su personalidad. Puesto que el término neurótico sirve con tanta frecuencia para indicar la carencia de funcionamiento social, evitaremos el referirnos a una sociedad en términos de neurosis, prefiriendo, en cambio, hablar de su carácter favorable o contrario a la felicidad humana y a la autorrealización de la personalidad.

En este capítulo discutiremos los mecanismos de evasión que resultan de la inseguridad del individuo aislado.

Una vez que hayan sido cortados los vínculos primarios que proporcionaban seguridad al individuo, una vez que éste, como entidad completamente separada, debe enfrentar al mundo exterior, se le abren dos distintos caminos para superar el insoportable estado de soledad e impotencia del que forzosamente debe salir. Siguiendo uno de ellos, estará en condiciones de progresar hacia la «libertad positiva»; puede establecer espontáneamente su conexión con el mundo en el amor y el trabajo, en la expresión genuina de sus facultades emocionales, sensitivas e intelectuales: de este modo volverá a unirse con la humanidad, con la naturaleza y consigo mismo, sin despojarse de la integridad e independencia de su yo individual. El otro camino que se le ofrece es el de retroceder, abandonar su libertad y tratar de superar la soledad eliminando la brecha que se ha abierto entre su personalidad individual y el mundo. Este segundo camino no consigue nunca volver a unirlo con el ambiente de aquella misma manera en que lo estaba antes de emerger como «individuo», puesto que el hecho de su separación ya no puede ser invertido; es una forma de evadir una situación insoportable que, de prolongarse, haría imposible su vida. Este camino, por lo tanto, se caracteriza por su carácter compulsivo, tal como ocurre con los estallidos de terror frente a alguna amenaza; también se distingue por la rendición más o menos completa de la individualidad y de la integridad del yo. No se trata así de una solución que conduzca a la felicidad y a la libertad positiva; por el contrario, representa, en principio, una pauta que puede observarse en todos los fenómenos neuróticos. Mitiga una insoportable angustia y hace posible la vida al evitar el desencadenamiento del pánico en el individuo; sin embargo, no soluciona el problema subyacente y exige en pago la adopción de un tipo de vida que, a menudo, se reduce únicamente a actividades de carácter automático o compulsivo.

Algunos de tales mecanismos de evasión son de importancia social relativamente reducida; pueden observarse en grado algo notable únicamente en individuos atacados por trastornos mentales y emocionales de carácter grave. En este capítulo me referiré tan sólo a aquellos mecanismos que poseen significado cultural y cuya comprensión constituye una premisa necesaria del análisis psicológico de los fenómenos sociales de que nos ocuparemos en los próximos capítulos: el régimen fascista por un lado, y la democracia moderna por el otro.
1. El autoritarismo
El primer mecanismo de evasión de la libertad que trataremos es el que consiste en la tendencia a abandonar la independencia del yo individual propio, para fundirse con algo, o alguien, exterior a uno mismo, a fin de adquirir la fuerza de que el yo individual carece; o, con otras palabras, la tendencia a buscar nuevos «vínculos secundarios» como sustitutos de los primarios que se han perdido.

Las formas más nítidas de este mecanismo pueden observarse en la tendencia compulsiva hacia la sumisión y la dominación o, con mayor precisión, en los impulsos sádicos y masoquistas tal como existen en distinto grado en la persona normal y en la neurótica, respectivamente. Primero describiremos estas tendencias y luego trataremos de mostrar cómo ambas constituyen formas de evadir una soledad insoportable.

Las formas más frecuentes en las que se presentan las tendencias masoquistas están constituidas por los sentimientos de inferioridad, impotencia e insignificancia individual. El análisis de personas obsesionadas por tales sentimientos demuestra que, si bien éstas conscientemente se quejan de sufrirlos y afirman que quieren librarse de ellos, existe sin embargo algún poder inconsciente que se halla en sus mismas psiquis y que las impulsa a sentirse inferiores o insignificantes. Sus sentimientos constituyen algo más que el reflejo de defectos y debilidades realmente existentes (aunque generalmente a éstos se los racionaliza, aumentando su importancia, con lo cual se justifica la inferioridad psíquicamente experimentada); tales personas muestran una tendencia a disminuirse, a hacerse débiles, rehusándose a dominar las cosas. Casi siempre exhiben una dependencia muy marcada con respecto a poderes que les son exteriores, hacia otras personas, instituciones o hacia la naturaleza misma. Tienden a rehuir la autoafirmación, a no hacer lo que quisieran, y a someterse, en cambio, a las órdenes de esas fuerzas exteriores, reales o imaginarias. Con frecuencia son completamente incapaces de experimentar el sentimiento «Yo soy» o «Yo quiero». La vida, en su conjunto, se les aparece como algo poderoso en sumo grado y que ellas no pueden dominar o fiscalizar.

En los casos extremos —y hay muchos— se observará, al lado de la tendencia a disminuirse y a someterse a las fuerzas exteriores, un impulso a castigarse y a infligirse sufrimientos.

Tal tendencia puede asumir distintas formas. Hallamos personas que se complacen en dirigirse acusaciones y críticas tan graves, que hasta sus peores enemigos difícilmente se atreverían a formular. Hay otras, como ciertos neuróticos, que tienden a torturarse con pensamientos y ritos de carácter compulsivo. En algún otro tipo de personalidad neurótica hallamos la tendencia a enfermar o a esperar, consciente o inconscientemente, que se le produzca una enfermedad, como si se tratara de un don de Dios. Con frecuencia son víctimas de accidentes que no les habrían ocurrido de no haber estado presente alguna tendencia inconsciente que los empujara a ellos. Estos impulsos dirigidos contra uno mismo se revelan a menudo en formas menos manifiestas o dramáticas. Por ejemplo, hay personas que son incapaces de contestar las preguntas en un examen, a pesar de que conocen muy bien las correspondientes respuestas, tanto en el momento del examen como después. Hay otras que dicen cosas que hieren a las personas a quienes quieren o de quienes dependen, aun cuando, en realidad, experimentan sentimientos amistosos a su respecto y no tenían la intención de decir lo que han dicho. Tales individuos parecen comportarse como si siguieran consejos sugeridos por algún enemigo que los empujara hacia la forma de obrar más perjudicial para ellos mismos.

Muchas veces las tendencias masoquistas son experimentadas como manifestaciones irracionales o patológicas; pero, con mayor frecuencia aún, reciben una forma racionalizada. La dependencia de tipo masoquista es concebida como amor o lealtad, los sentimientos de inferioridad como la expresión adecuada de defectos realmente existentes, y los propios sufrimientos como si fueran debidos a circunstancias inmodificables.

En el mismo tipo de carácter hasta ahora descrito pueden hallarse, con mucha regularidad, además de las ya indicadas tendencias masoquistas, otras completamente opuestas, de carácter sádico, que varían en el grado de su fuerza y son más o menos conscientes, pero que nunca faltan del todo. Podemos observar tres especies de tales tendencias, enlazadas entre sí en mayor o menor medida. La primera se dirige al sometimiento de los otros, al ejercicio de una forma tan ilimitada y absoluta de poder que reduzca a los sometidos al papel de meros instrumentos, «maleable arcilla en las manos del alfarero». Otra está constituida por el impulso tendente no sólo a mandar de manera tan autoritaria sobre los demás, sino también a explotarles, a robarles, a sacarles las entrañas, y, por decirlo así, a incorporar en la propia persona todo lo que hubiere de asimilable en ellos. Este deseo puede referirse tanto a las cosas materiales como a las inmateriales, tales como las cualidades intelectuales o emocionales de una persona. El tercer tipo de tendencia sádica lo constituye el deseo de hacer sufrir a los demás o el de verlos sufrir. Tal sufrimiento puede ser físico, pero más frecuentemente se trata del dolor psíquico. Su objeto es el de castigar de una manera activa, de humillar, de colocar a los otros en situaciones incómodas o depresivas, de hacerles pasar vergüenza.

Por razones obvias, las tendencias sádicas son en general menos conscientes y más racionalizadas que los impulsos masoquistas, que no son tan peligrosos como aquéllas desde el punto de vista social. Con frecuencia ellas se ocultan por completo detrás de formaciones de carácter reactivo que se expresan bajo forma de exagerada bondad o exagerada preocupación para con los demás. Algunas de las racionalizaciones más frecuentes son estas: «Yo te mando por que sé qué es lo que más te conviene, y en tu propio interés deberías obedecerme sin ofrecer resistencia». O bien: «Yo soy tan maravilloso y único, que tengo con razón el derecho de esperar obediencia de parte de los demás». Otra racionalización que a menudo encubre tendencias dirigidas a la explotación es la siguiente: «Hice tanto por tí, que ahora tengo el derecho de exigirte todo lo que quiera». El tipo más agresivo de impulso sádico halla su más frecuente racionalización en estas dos formas: «He sido herido por los demás, y mi deseo de castigarlos yo a mi vez no es sino un desquite»; o bien: «Al golpear yo primero me estoy simplemente defendiendo a mí mismo, o a mis amigos, contra el peligro de algún ataque».

Hay un factor, en la relación entre el sádico y el objeto de su sadismo, que se olvida a menudo y que, por lo tanto, merece nuestra especial atención: la dependencia de la persona sádica con respecto a su objeto.

Mientras la dependencia del masoquista es evidente, en lo que se refiere al sádico lo lógico sería esperar precisamente lo contrario: parece tan fuerte y dominador, y el objeto de su sadismo tan débil y sumiso, que resulta difícil concebirlo como un ser dependiente de aquel a quien manda. Y, sin embargo, el análisis atento descubre que tal es el caso. El sádico necesita de la persona sobre la cual domina y la necesita imprescindiblemente, puesto que sus propios sentimientos de fuerza se arraigan en el hecho de que él es el dominador de alguien. Esta dependencia puede permanecer del todo inconsciente. Así, por ejemplo, un hombre puede dispensar a su mujer un trato típicamente sádico y repetirle que es libre de dejar su casa, pues el día que así lo hiciere él se alegraría mucho: la mayoría de las veces ella se sentirá tan deprimida que ni intentará irse, y de este modo ambos seguirán creyendo que las afirmaciones del marido reflejan la verdad. Pero si la mujer consigue reunir bastante valor como para anunciarle que está dispuesta a abandonarlo, puede ocurrir algo completamente inesperado para ambos: el marido se desesperará y, humillándose, le rogará que no lo abandone, le dirá que no puede vivir sin ella, le declarará cuan grande es su amor... y otras cosas por el estilo. Por lo general, como ella tiene miedo de mantenerse firme, se inclinará a creerle y a quedarse, modificando su decisión. Desde este momento la comedia vuelve a empezar. El marido adopta de nuevo su vieja manera de obrar, la mujer halla cada vez más difícil la permanencia a su lado. Se rebela una vez más, y él volverá a humillarse, ella a quedarse, y seguirán procediendo así.



En miles y miles de matrimonios y en otras relaciones personales el ciclo se repite incesantemente, sin que llegue nunca a quebrarse este círculo mágico. ¿Mintió el marido al decir a su mujer que la amaba tanto y que no podría vivir sin ella? Por lo que se refiere al amor, todo estriba en saber qué se entiende con esa palabra. En cuanto a su afirmación de no poder vivir sin ella, se trata de algo perfectamente cierto —siempre que no lo tomemos al pie de la letra—. No puede vivir sin ella... o por lo menos sin alguna persona a quien pueda manejar como un instrumento pasivo en sus manos. Mientras, en este caso, los sentimientos amorosos aparecen sólo cuando la relación amenaza disolverse, en otros la persona sádica «ama» de una manera completamente manifiesta a aquellos sobre los cuales experimenta su poder. Ya se trate de su mujer, de su hijo, de su ayudante, del camarero o del mendigo de la calle, siempre hay un sentimiento de «amor» y hasta de gratitud hacia estos objetos de su dominación. Puede creer que desea dominar sus vidas porque los quiere tanto. Y de hecho los «quiere» porque los domina. Los soborna con regalos materiales, con alabanzas, con seguridades de amor, con exhibiciones de ingenio y agudeza o con muestras de interés. Les puede dar todo, todo excepto una sola cosa: el derecho de ser libres e independientes. Esta constelación puede observarse a menudo, especialmente en las relaciones de los padres con sus hijos. En esos casos la actitud de dominación —y de propiedad— se oculta con frecuencia detrás de lo que parecería una preocupación «natural» con respecto de los hijos, o un lógico sentimiento de protección hacia ellos. El niño es colocado así en una jaula de oro; puede obtenerlo todo siempre que no quiera dejar su áurea prisión. A menudo la consecuencia de todo esto es el profundo miedo al amor que experimenta el hijo cuando llega a la edad adulta, miedo debido a que el «amor», para él, implica dejarse atrapar y ver ahogada su propia ansia de libertad. El sadismo pareció a muchos observadores un problema menos complicado que el masoquismo. El deseo de dañar a los demás o el de dominarlos, parecía, si no necesariamente «bueno», por lo menos del todo natural. Hobbes postuló como «inclinación general de la humanidad» la existencia de un «perpetuo e incesante deseo de poder que desaparece solamente con la muerte». Según este autor, el apetito de poder no posee ningún carácter demoníaco, sino que constituye una consecuencia perfectamente racional del deseo humano de placer y seguridad. De Hobbes a Hitler, quien explica el deseo de dominar como el lógico resultado de la lucha por la supervivencia del más apto —lucha que está condicionada biológicamente—, el apetito de poder ha sido entendido como una parte de la naturaleza humana que no ha menester de otra explicación que ésta. Sin embargo, los impulsos masoquistas, las tendencias dirigidas en contra del propio yo, parecieron un enigma. ¿Cómo comprender por qué ciertas personas, no solamente quieren disminuirse, hacerse más débiles y castigarse, sino que también gozan con ello? ¿No contradice el fenómeno del masoquismo toda nuestra concepción de la psiquis humana dirigida hacia el placer y la autoconservación? ¿Cómo explicar que algunos hombres se dejen atraer precisamente por aquello que todos nosotros nos esforzamos en evitar, el dolor y el sufrimiento, y hasta incurran en hechos que los provoquen?

Existe un fenómeno, sin embargo, que prueba que el sufrimiento y la debilidad pueden constituir el fin del esfuerzo humano: la perversión masoquista. En este caso nos es dado observar a personas que, con plena autoconciencia, desean sufrir de una manera u otra y gozan con su sufrimiento. En la perversión masoquista el individuo experimenta una excitación sexual al sufrir el dolor que otra persona le inflige. Pero no es ésta la única forma. Con frecuencia no se busca el sufrimiento real, sino la excitación y la satisfacción que surgen del sentirse físicamente sometido, débil y desamparado. Otras veces todo lo que se desea, en la perversión masoquista, es sentirse «moralmente» débil, ser tratado como un chiquillo o ser reprendido o humillado en distintas formas. En la perversión sádica hallamos, en cambio, la satisfacción derivante del acto de infligir tales sufrimientos: castigar físicamente a otras personas, atarlas con cuerdas o cadenas, humillarlas por la acción o la palabra.

La perversión masoquista, con su goce consciente e intencionado del dolor y la humillación, atrajo el interés de los psicólogos antes que el carácter masoquista (o masoquismo moral). Por otra parte, cada vez fue reconociéndose más el estrecho parecido existente entre las tendencias masoquistas descritas y la perversión sexual, viéndose claramente que ambos tipos de masoquismo son esencialmente un mismo fenómeno.

Algunos psicólogos formularon la suposición de que, puesto que existen personas que desean someterse y sufrir, tiene que haber algún instinto que explique tal impulso. Hubo sociólogos, como Vierkand, por ejemplo, que llegaron a las mismas conclusiones. El primer intento para establecer una explicación teórica más completa se debe a Freud. Originariamente este autor pensaba que el sadomasoquismo es fundamentalmente un fenómeno sexual. Después de haber observado la presencia de impulsos sadomasoquistas en niños muy pequeños, supuso que el sadomasoquismo es un «impulso parcial» que aparece regularmente en el desarrollo del instinto sexual. Creía que las tendencias sadomasoquistas de los adultos son debidas a la fijación del desarrollo psicosexual del individuo en una fase infantil o bien a la regresión hacia ella. Posteriormente, Freud prestó una creciente atención a la importancia de aquellos fenómenos que él mismo denominara masoquismo moral, es decir, la tendencia hacia el sufrimiento psíquico (y no físico). También subrayó el hecho de que los impulsos sádicos y masoquistas se hallaran siempre juntos, a pesar de su aparente contradicción. Como quiera que sea, este autor modificó su explicación teórica de los fenómenos masoquistas. Dando por supuesta la existencia de un impulso (de carácter biológico) dirigido a la destrucción y susceptible de orientarse tanto contra los otros como contra uno mismo, Freud sugirió que el masoquismo es esencialmente el producto del llamado instinto de muerte. Además, agregó que tal instinto, imposible de observar directamente, se mezcla con el instinto sexual, y en esta fusión aparece como masoquismo, cuando se dirige en contra de la propia persona, o como sadismo si se dirige en contra de los demás. Suponía este autor que tal amalgama con el instinto sexual protege al hombre del efecto peligroso que le produciría el instinto de la muerte en estado puro. Resumiendo, si el hombre dejara —según Freud— de mezclar la destructividad con el instinto sexual, sólo le quedaría esta alternativa: destruirse a si mismo o destruir a tos otros. Esta teoría es fundamentalmente distinta de la hipótesis originaría de Freud acerca del sadomasoquismo. Mientras en ésta el sadomasoquismo era sobre todo un fenómeno sexual, en la nueva teoría se trata esencialmente de un hecho ajeno a la sexualidad, puesto que el factor sexual que contiene es debido tan sólo a la fusión del instinto de muerte con el instinto sexual.




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