El miedo a la libertad



Descargar 0.83 Mb.
Página15/15
Fecha de conversión09.05.2019
Tamaño0.83 Mb.
Vistas34
Descargas0
1   ...   7   8   9   10   11   12   13   14   15

Llegados a esta altura, podemos volver a formular las diferencias más importantes que existen entre el punto de vista psicológico sustentado por esta obra y el de Freud. La primera diferencia ha sido tratada por nosotros de una manera detallada en el primer capítulo, de modo que nos limitaremos a mencionarla brevemente: consideramos la naturaleza humana como condicionada por la historia, sin olvidar, empero, el significado de los factores biológicos y sin creer que la cuestión pueda formularse correctamente como una oposición entre elementos culturales y biológicos. En segundo lugar, el principio esencial de Freud es el de considerar al hombre como una entidad, un sistema cerrado, dotado por la naturaleza de ciertas tendencias biológicamente condicionadas, e interpretar el desarrollo de su carácter como una reacción frente a la satisfacción o frustración de tales impulsos. Según mi opinión, por el contrario, debemos considerar la personalidad humana por medio de la comprensión de las relaciones del hombre con los demás, con el mundo, con la naturaleza y consigo mismo. Creemos que el hombre es primariamente un ser social, y no, como lo supone Freud, autosuficiente y sólo en segundo lugar necesitado de mantener relaciones con los demás con el fin de satisfacer sus exigencias instintivas. En este sentido creemos que la psicología individual es esencialmente psicología social o, para emplear el término de Sullivan, psicología de las relaciones interpersonales.

El problema central de la psicología es el de la especial forma de conexión del individuo con el mundo, y no el de la satisfacción o frustración de determinados deseos instintivos. El problema relativo a lo que ocurre con éstos ha de ser comprendido como parte integrante del problema total de las relaciones del hombre con el mundo, y no como la cuestión central de la personalidad humana. Por tanto, desde nuestro punto de vista, las necesidades y deseos que giran en torno de las relaciones del individuo con los demás, como el amor, el odio, la ternura, la simbiosis, constituyen fenómenos psicológicos fundamentales, mientras que, según Freud, sólo representan consecuencias secundarias de la frustración o satisfacción de necesidades instintivas.

La diferencia entre la orientación biológica de Freud y la nuestra, de carácter social, posee un significado especial con referencia a los problemas de la caracterología. Freud —y sobre la base de sus escritos, Abraham, Jones y otros— ha supuesto que el niño experimenta placer en las llamadas zonas erógenas (boca y ano) en conexión con el proceso de la alimentación y la defecación; y que, debido a una excitación excesiva, a frustración o a una sensibilidad constitucionalmente intensificada, tales zonas erógenas retienen su carácter libidinal en años posteriores, cuando, en el curso del desarrollo normal, la zona genital debería haber adquirido una importancia primaria. Se supone, entonces, que esta fijación en niveles pregenitales conduce a sublimaciones y a formaciones reactivas que se transforman en elementos de la estructura del carácter. Así, por ejemplo, determinada persona puede poseer una tendencia a ahorrar dinero o a guardar otros objetos, porque ha sublimado el deseo inconsciente de retener la evacuación; o bien es posible que espere poder lograrlo todo de otras personas y no por medio de sus propios esfuerzos, porque está impulsada por un deseo inconsciente de ser alimentada, deseo que sublima en el de recibir ayuda, conocimiento, etc.

Las observaciones de Freud son de gran importancia, pero este autor no supo darles una explicación correcta. Observó con exactitud la naturaleza pasional e irracional de estos rasgos de los caracteres anal y oral. También vio que tales deseos penetran todas las esferas de la personalidad, en la vida sexual, emocional e intelectual, y que colorean todas las actividades. Pero concibió la relación causal entre las zonas erógenas y los rasgos del carácter exactamente al revés de lo que ella es en realidad. El deseo de recibir pasivamente todo lo que se quiera obtener —amor, protección, conocimiento, cosas materiales— de una fuente exterior a la persona se desarrolla en el carácter del niño como una reacción a sus experiencias con los demás. Si a través de tales experiencias el miedo llega a debilitar el sentimiento de su propia fuerza, si se paralizan su iniciativa y confianza en si mismo, si desarrolla cierta hostilidad y luego la reprime, si al mismo tiempo su padre o madre le ofrece cariño o cuidado, pero con la condición de someterse, toda esta constelación de circunstancias lo conduce a la adopción de una actitud de abandono del dominio activo, dirigiendo todas sus energías hacia fuentes exteriores, de las que espera debería originarse oportunamente el cumplimiento de todos sus deseos. Esta actitud asume un carácter apasionado, porque constituye el único medio por el cual el individuo puede lograr la realización de sus anhelos. El hecho de que con frecuencia tales personas experimenten sueños o fantasías en los cuales se ven alimentados, cuidados, etcétera, tiene su origen en que la boca, más que cualquier otro órgano, se presta a la expresión de una actitud receptiva de esa naturaleza. Pero la sensación oral no es causa de la actitud misma: es, por el contrario, la expresión de una actitud frente al mundo, manifestada mediante el lenguaje del cuerpo.

Lo mismo puede decirse con respecto a la persona anal, quien, sobre la base de sus peculiares experiencias, se halla más retraída de los demás que el individuo oral. Busca su seguridad construyéndose un sistema autárquico, autosuficiente, y considera el amor y cualquier otra actitud dirigida hacia afuera como una amenaza a su seguridad. Es verdad que en muchos casos estas actitudes se desarrollan primeramente en conexión con la aumentación o la defecación, que en la temprana niñez representan actividades fundamentales y también la esfera principal en la que se expresan el amor o la opresión por parte de los padres y las actitudes amistosas o desafiantes por parte del niño. Sin embargo, la excesiva excitación y frustración reactivas a tales zonas erógenas no originan de por sí solas una fijación de esas actitudes en el carácter de la persona; si bien el niño experimenta ciertas sensaciones placenteras en conexión con la alimentación y la defecación, tales sensaciones no llegan a tener importancia con respecto al desarrollo del carácter, a menos que representen —en el nivel físico— actitudes arraigadas en la estructura del carácter.

Para una criatura que confía en el amor incondicional de su madre, la interrupción repentina de la lactancia no tendrá consecuencias graves sobre el carácter, pero el niño que experimenta una falta de confianza en el amor materno, puede adquirir rasgos orales, aun cuando la lactancia misma siguiera sin trastorno alguno. Las fantasías orales o anales, o las sensaciones físicas en años posteriores, no revisten importancia a causa del placer físico que suponen, o de alguna misteriosa sublimación de ese placer, sino tan sólo debido al tipo específico de conexión con el mundo que constituye su fundamento y que ellas expresan.

Solamente desde este punto de vista pueden ser fecundos para la psicología social estos descubrimientos caracterológicos de Freud. En tanto sigamos suponiendo, por ejemplo, que el carácter anal, típico de la clase media europea, es originado por ciertas experiencias tempranas relacionadas con la defecación, careceremos de datos suficientes para comprender por qué una clase determinada debe poseer el carácter social anal. Por el contrario, si entendemos este hecho como una forma determinada de relacionarse con los demás, arraigada en la estructura del carácter y resultante de experiencias con el mundo externo, estaremos en posesión de una clave para la comprensión de por qué todo el estilo de vida de la baja clase media, su estrechez, aislamiento y hostilidad contribuyeron a este tipo de estructura del carácter.

La tercera diferencia importante se relaciona estrechamente con las anteriores. Freud, sobre la base de su orientación instintivista y también de una profunda convicción en la maldad de la naturaleza humana, se sentía dispuesto a interpretar todos los motivos «ideales» del hombre como originados en algo «vil». Un ejemplo adecuado lo proporciona su explicación del sentimiento de justicia como resultado de la envidia original que el niño experimenta con respecto a todos los que tienen más que él. Como lo hemos señalado anteriormente, creemos que ideales como los de libertad y verdad, si bien frecuentemente no pasan de ser meras palabras o racionalizaciones, pueden, sin embargo, representar tendencias genuinas y que todo análisis que no tenga en cuenta estos impulsos como factores dinámicos se halla destinado al fracaso. Estos ideales no poseen ningún carácter metafísico, sino que se hallan arraigados en las condiciones de la vida humana y pueden ser analizados como tales. El miedo de volver a caer en conceptos metafísicos o idealísticos no debería poner obstáculos a la realización de tal análisis. Es tarea de la psicología, en tanto ciencia empírica, la de estudiar la motivación por los ideales, así como los problemas morales con ellos relacionados, liberando por ese medio nuestro pensamiento de todos los elementos no empíricos y metafísicos que oscurecen tales cuestiones en las exposiciones de tipo tradicional.

Por último, debe mencionarse otra diferencia. Se refiere a la distinción entre los fenómenos psicológicos de escasez y los de abundancia. El nivel primitivo de la existencia humana es el de la escasez. Hay necesidades perentorias que deben ser satisfechas antes que toda otra cosa. Solamente cuando el hombre llega a disponer de mayor tiempo y energías que los indispensables para la satisfacción de sus necesidades primarias puede desarrollarse la cultura, y con ella aquellos impulsos que acompañan al fenómeno de la abundancia. Los actos libres (o espontáneos) son siempre fenómenos de abundancia. La de Freud es una psicología de escasez. Define el placer como la satisfacción que resulta de la eliminación de una tensión dolorosa. Los fenómenos de abundancia, como el amor o la ternura, en realidad no desempeñan ninguna función dentro de su sistema. No solamente omitió tales fenómenos, sino que también logró una comprensión limitada del hecho al que dedicó tanta atención: la sexualidad. En plena conformidad con su definición del placer, Freud vio en ella solamente el elemento de compulsión fisiológica, y en la satisfacción sexual el alivio de la tensión dolorosa. El impulso sexual como fenómeno de abundancia, y el placer sexual como goce espontáneo —cuya esencia no reside en la eliminación de una tensión dolorosa —no hallaron lugar alguno en su psicología.

¿Cuál es el principio de interpretación que se ha aplicado en esta obra para lograr la comprensión de la base humana de la cultura? Antes de contestar a esta pregunta será conveniente señalar las corrientes principales existentes a este respecto, con las que diferimos.

1. El punto de vista psicologista, que caracteriza el pensamiento freudiano, y según el cual los fenómenos culturales arraigan en factores psicológicos derivados de impulsos sensitivos que, en sí mismos, son influidos por la sociedad sólo a través de algún grado de represión. Siguiendo esta línea interpretativa, los autores freudianos han explicado el capitalismo como una consecuencia del erotismo anal, y el desarrollo de la cristiandad primitiva como resultado de la ambivalencia frente a la imagen paterna.

2. El punto de vista económico, tal como es presentado en las aplicaciones erróneas de la interpretación marxista de la historia. Según este punto de vista, los intereses económicos subjetivos son causa de los fenómenos culturales, tales como la religión y las ideas políticas. De acuerdo con tal noción seudomarxista, se podría intentar la explicación del protestantismo como una mera respuesta a ciertas necesidades económicas de la burguesía.

3. Finalmente tenemos la posición idealista, representada por el análisis de Max Weber, La ética protestante y el espíritu del capitalismo. Este autor sostiene que el desarrollo de un nuevo tipo de conducta económica y de un nuevo espíritu cultural se deben a la renovación de las ideas religiosas, aun cuando insista en que tal conducta nunca se halla determinada exclusivamente por las doctrinas religiosas.

En oposición a estas explicaciones hemos supuesto que las ideologías y la cultura en general se hallan arraigadas en el carácter social; que éste es moldeado por el modo de existencia de una sociedad dada; y que, a su vez, los rasgos caracterológicos dominantes se vuelven también fuerzas constructivas que moldean el proceso social. Con referencia al problema de las relaciones entre el espíritu del protestantismo y el capitalismo, he tratado de mostrar cómo el derrumbamiento de la sociedad medieval llegó a amenazar a la clase media; cómo esta amenaza originó un sentimiento de impotente aislamiento y de duda; cómo se debió a este cambio psicológico la atracción ejercida por las doctrinas de Lutero y Calvino; cómo estas doctrinas intensificaron y estabilizaron los cambios caracterológicos, y cómo los rasgos del carácter así desarrollados se transformaron en fuerzas creadoras en el proceso de formación del capitalismo, el cual, en sí mismo, fue consecuencia de cambios políticos y económicos.

Con respecto al fascismo se aplicó el mismo principio de explicación: la baja clase media reaccionó frente a ciertos cambios económicos, tales como el crecimiento en el poder de los monopolios y la inflación posbélica, intensificando ciertos rasgos del carácter, a saber, sus tendencias sádicas y masoquistas. La ideología nazi se dirigía justamente a estos rasgos, y les otorgaba mayor intensidad, transformándolos en fuerzas efectivas en apoyo de la expansión del imperialismo germano. En ambos casos vemos que, cuando una determinada clase se ve amenazada por nuevas tendencias económicas, reacciona frente a tal amenaza tanto psicológica como ideológicamente, y que los cambios psicológicos llevados a cabo por esta reacción contribuyen al ulterior desarrollo de las fuerzas económicas, aun cuando tales fuerzas contradigan los intereses materiales de esa clase. Se puede comprobar así que las fuerzas económicas, psicológicas e ideológicas operan en el proceso social de este modo: el hombre reacciona frente a los cambios en la situación externa transformándose él mismo, mientras, a su vez, los factores psicológicos contribuyen a moldear el proceso económico y social. Las fuerzas económicas tienen una parte activa, pero han de ser comprendidas no ya como motivaciones psicológicas, sino como condiciones objetivas. Por su parte, también las fuerzas psicológicas participan en forma activa, pero han de ser entendidas como históricamente condicionadas; y, por último, las ideas son fuerzas efectivas, pero sólo en tanto estén arraigadas en la estructura del carácter de los miembros de un grupo social. A pesar de tal conexión, las fuerzas económicas, psicológicas e ideológicas poseen cierta independencia. Esto ocurre especialmente con respecto al desarrollo económico, el cual, como depende de factores objetivos, tales como las fuerzas productivas naturales, la técnica, los factores geográficos, etc., se realiza de acuerdo con sus propias leyes. Por lo que se refiere a las fuerzas psicológicas, ya hemos visto que ocurre lo mismo: que son moldeadas por las condiciones externas de vida, pero que también poseen un dinamismo propio: vale decir, que constituyen la expresión de necesidades humanas susceptibles de ser moldeadas, pero no destruidas. En la esfera ideológica hallamos una autonomía similar arraigada en las leyes lógicas y en la tradición del conjunto del conocimiento adquirido en el curso de la historia.



Podemos volver a formular este principio, expresándolo en función del carácter social: éste surge de la adaptación dinámica de la naturaleza humana a la estructura social. Los cambios en las condiciones sociales originan cambios en el carácter social, es decir, dan lugar a nuevas necesidades, nuevas angustias. Estas originan nuevas ideas o, por decirlo así, hacen a los hombres susceptibles de ser afectados por ellas; a su vez estas nuevas ideas tienden a estabilizar e intensificar el nuevo carácter social y a-determinar las acciones humanas. En otras palabras, las condiciones sociales ejercen influencias sobre los fenómenos ideológicos a través del carácter; éste, por su parte, no es el resultado de una adaptación pasiva a las condiciones sociales, sino de una adaptación dinámica que se realiza sobre la base de elementos biológicamente inherentes a la naturaleza humana o adquiridos como resultado de la evolución histórica.


1 Primera Guerra Mundial

2 Uso del término fascismo o autoritarismo para denominar un sistema dictatorial del tipo alemán o italiano. Cuando me refiera especialmente al sistema alemán, lo llamaré nazismo.


3 Al hablar de «sociedad medieval» y de «espíritu de la Edad Media» en contraste con la «sociedad capitalista», nos referimos a tipos ideales. Por supuesto, históri­camente , la Edad Media no acabó de repente en un determinado momento, ni nació de golpe la sociedad moderna. Todas las fuerzas económicas y sociales que caracterizan a la sociedad moderna ya se habían desarrollado en el seno de la sociedad medieval de los siglos xii, XIII y XIV. Durante la última parte de la Edad Media el papel del capital iba en aumento y lo mismo ocurría con el antagonismo entre las clases sociales urbanas. Como siempre acontece en la historia, todos los elementos del nuevo sistema social ya se habían desarrollado en el seno del viejo orden, reemplazado por aquél. Pero, si bien es importante saber cuántos elementos modernos existían en la Edad Media y cuántos elementos medievales continúan existiendo en la sociedad moderna, toda comprensión teórica del proceso histórico se vería impedida si, al acentuar la continuidad, se disminuyera la importancia de las fundamentales diferencias que existen entre la sociedad moderna y la medieval, o se rechazaran conceptos como los de «sociedad medieval» y «sociedad capitalista», con el pretexto de tratarse de construcciones no científicas. Tales intentos, bajo la apariencia de objetividad y exactitud científicas, de hecho reducen la investigación social a la recolección de una cantidad infinita de detalles y cierran el paso a toda comprensión de la estructura social y de ni dinámica.


4 El autor se refiere a los Estados Unidos. [T.]


Página de



Compartir con tus amigos:
1   ...   7   8   9   10   11   12   13   14   15


La base de datos está protegida por derechos de autor ©psicolog.org 2017
enviar mensaje

enter | registro
    Página principal


subir archivos