El miedo a la libertad


Apéndice EL CARÁCTER Y EL PROCESO SOCIAL



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Apéndice

EL CARÁCTER Y EL PROCESO SOCIAL


En toda la obra nos hemos referido a la interrelación existente entre los factores socioeconómicos, psicológicos e ideológicos, analizando determinados períodos históricos, como el de la Reforma y la Edad Contemporánea. Para aquellos lectores que se interesan en los problemas teóricos relacionados con ese análisis, trataré de exponer brevemente, en este apéndice, la base teórica general sobre la que se ha fundado el estudio concreto.

Al estudiar las reacciones psicológicas de los grupos sociales, debemos ocuparnos de la estructura del carácter de los miembros que los integran, es decir, de los caracteres de personas individuales. Sin embargo, lo que nos interesa no son las peculiaridades que contribuyen a las diferencias interpersonales entre los miembros de un mismo grupo, sino aquella parte de la estructura del carácter que es común a la mayoría de ellos. Podemos denominar a esta parte carácter social. Este es necesariamente menos específico que el carácter individual. Al describir el segundo debemos referirnos a la totalidad de los rasgos que, en su peculiar configuración, constituyen la estructura de la personalidad de este o aquel individuo. El carácter social, por el contrario, comprende tan sólo una selección de tales rasgos, a saber: el núcleo esencial de la estructura del carácter de la mayoría de los miembros de un grupo; núcleo que se ha desarrollado como resultado de las experiencias básicas y los modos de vida comunes del grupo mismo. Si bien nunca dejarán de observarse «extraviados», dotados de una estructura de carácter totalmente distinta, la de la mayoría de los miembros del grupo se hallará constituida por diferentes variaciones alrededor del mencionado núcleo, variaciones que se explican por la intervención de los factores accidentales del nacimiento y de las experiencias vitales, en la medida que éstas difieren entre un individuo y otro. Cuando nos proponemos comprender cabalmente al individuo como tal, estos elementos diferenciales adquieren la mayor importancia; pero en tanto nuestro propósito se dirige a la comprensión del modo según el cual la energía humana es encauzada y opera como fuerza propulsiva dentro de un orden social determinado, entonces debemos dirigir nuestra atención al carácter social.

Este concepto constituye una noción fundamental para la comprensión del proceso social. En el sentido dinámico de la psicología analítica se denomina carácter la forma específica impresa a la energía humana por la adaptación dinámica de las necesidades de los hombres a los modos de existencia peculiares de una sociedad determinada. El carácter, a su vez, determina el pensamiento, la acción y la vida emocional de los individuos. Darse cuenta de todo ello resulta harto difícil cuando se consideran nuestros propios pensamientos, pues todos nosotros participamos de la creencia tradicional en el carácter puramente intelectual del acto de pensar y en su independencia de la estructura psicológica de la personalidad. Sin embargo, tal creencia es errónea, especialmente cuando i nuestros pensamientos se refieren a problemas filosóficos, políticos, psicológicos o sociales, más que a la manipulación empírica de objetos concretos. Tales pensamientos, abstracción hecha de los elementos puramente lógicos implícitos en el acto de pensar, se hallan en gran parte determinados por la estructura de la personalidad del que piensa. Esta afirmación tiene validez para toda una doctrina o sistema teórico, así como para un concepto aislado, como amor, justicia, igualdad, sacrificio. Cada concepto o cada doctrina se origina en una matriz emocional arraigada en la estructura del carácter del individuo.

Ya hemos proporcionado diferentes ejemplos de todo ello en los capítulos precedentes. En lo concerniente a las doctrinas, tratamos de poner en evidencia las raíces emocionales del protestantismo de la primera época y del autoritarismo moderno. Y por lo que se refiere a los conceptos aislados, ya mostramos cómo, para el carácter masoquista, por ejemplo, el amor posee el significado de dependencia simbólica y no de afirmación mutua y de unión sobre una base de igualdad; el sacrificio entraña extrema subordinación del yo individual a una entidad superior, y no la afirmación del yo espiritual y moral; la diferencia entre individuos significa un desnivel de poder y no la realización del yo fundada sobre la igualdad; la justicia indica que cada uno debe recibir lo que merece y no que el individuo posee títulos incondicionales para el ejercicio de los inalienables derechos que le son inherentes en tanto hombre; el coraje es la disposición a someterse y a soportar el sufrimiento, y no la afirmación suprema de la individualidad en lucha contra el poder. Aun cuando usen la misma palabra, dos personas dotadas de distinta personalidad, cuando hablan, por ejemplo, sobre el amor, se refieren en realidad a significados completamente diferentes que varían según sus respectivas estructuras caracterológicas. Mucha confusión intelectual podría ser evitada, en efecto, si se hiciera un correcto análisis psicológico de tales conceptos, puesto que todo intento de clasificación meramente lógica está destinado necesariamente al fracaso.

El hecho de que las ideas se desarrollen en una matriz emocional posee la mayor importancia, por cuanto constituye la clave necesaria para lograr la comprensión del espíritu de una cultura. Diferentes sociedades o distintas clases dentro de una misma sociedad poseen caracteres sociales específicos, y es a partir de éstos que se desarrollan y se fortifican las distintas ideas. Así, por ejemplo, las nociones de trabajo y de éxito, como bienes últimos de la vida, llegaron a ser una fuerza poderosa y a incidir sobre el hombre moderno debido a la soledad y a la incertidumbre en que éste se hallaba; pero la propaganda en favor del principio del esfuerzo incesante y de la religión del éxito, dirigida a los campesinos mexicanos o a los indígenas de las tribus pueblo, no hallaría ninguna respuesta favorable. Estos pueblos, dotados de un distinto tipo de estructura de carácter, difícilmente llegarían a comprender el significado de esos fines, aun cuando entendieran el lenguaje en que los mismos fueran expuestos. Del mismo modo, Hitler y esa parte de la población alemana que poseía su mismo tipo de estructura del carácter, creían de una manera completamente sincera que pensar en la posibilidad de abolir las guerras constituye una locura o bien una descarada mentira. Sobre la base de su carácter social les parecía que la vida sin sufrimientos ni desastres sería tan poco comprensible como las nociones de libertad e igualdad.

Con frecuencia ciertos grupos aceptan ideas que, sin embargo, no llegan realmente a afectarlos, debido a las peculiaridades del carácter social de los grupos mismos. Son ideas que siguen formando parte de las convicciones conscientes, pero que no constituyen criterios para la acción en los momentos de crisis. Un ejemplo de este fenómeno lo muestra el movimiento sindical alemán en la época de la victoria del nazismo. La gran mayoría de los obreros germanos votaba, antes de la ascensión de Hitler al poder, en favor del partido socialista o del comunista, y creía en las doctrinas de estos partidos; esto es, la difusión de tales ideas entre la clase obrera era extremadamente amplia. Sin embargo, su peso no estaba en proporción a su difusión. El asalto nazi no se enfrentó con adversarios políticos que en su mayoría se hallaran dispuestos a luchar por sus ideas. Muchos adherentes a los partidos de izquierda, si bien siguieron creyendo en el programa partidario mientras sus respectivas organizaciones conservaron la autoridad, se hallaron dispuestos a abandonar su fe apenas llegó la hora de la crisis. Un análisis atento de la estructura del carácter de los obreros alemanes puede mostrarnos una causa —ciertamente no la única— de este fenómeno. Un gran número de ellos poseía un tipo de personalidad en el que estaban presentes muchos rasgos correspondientes a lo que hemos descrito como carácter autoritario. Poseían un ansia y un respeto hondamente arraigados hacia la autoridad establecida. La importancia que el socialismo atribuía a la independencia individual frente a la autoridad, a la solidaridad frente al aislamiento individualista, no era lo que muchos de estos obreros, debido a su estructura caracterológica, deseaban dé verdad. Uno de los errores de los dirigentes izquierdistas fue el de estimar la fuerza del propio partido sólo sobre la base de la difusión de su ideología, sin tener en cuenta, en cambio, su carencia de arraigo.

En contraste con este cuadro, nuestro análisis de las doctrinas protestantes y calvinistas nos ha mostrado que tales ideas constituían fuerzas poderosas en los espíritus de los adeptos a la misma religión, por cuanto respondían a las necesidades y a la angustia existentes en la estructura del carácter de aquellas personas a quienes estaban dirigidas. Dicho con otras palabras, las ideas pueden llegar a ser fuerzas poderosas, pero sólo en la medida en que satisfagan las necesidades humanas especificas que se destacan en un carácter social dado.

La estructura del carácter no determina solamente los pensamientos y las emociones, sino también las acciones humanas. Es mérito de Freud el haberlo demostrado, aun cuando su esquema teorético específico no sea correcto. En el caso de neuróticos es evidente que su actividad está determinada por las tendencias dominantes en la estructura del carácter del individuo. Es fácil entender que la compulsión a contar las ventanas de las casas y el número de piedras del pavimento, constituye una actividad arraigada en ciertas tendencias del carácter compulsivo. Pero las acciones de la persona normal parecen hallarse determinadas tan sólo por consideraciones racionales y de acuerdo con las necesidades de la realidad. Sin embargo, por medio de los nuevos instrumentos de observación, ofrecidos por el psicoanálisis, podemos darnos cuenta de que el llamado comportamiento racional está determinado en gran parte por la estructura del carácter. En nuestra exposición acerca del significado del trabajo para el hombre moderno nos hemos referido a ejemplos de esta naturaleza. Vimos cómo el intenso anhelo de realizar una actividad incesante estaba arraigado en los sentimientos de soledad y angustia. Esta compulsión a trabajar difiere de la actitud hacia el trabajo existente en otras culturas, en las que los hombres trabajaban cuanto era necesario, sin sentirse impulsados por fuerzas adicionales propias de su estructura caracterología. Puesto que todas las personas normales hoy experimentan aproximadamente el mismo impulso al trabajo, y que, además, tal intensidad de esfuerzo les es necesaria para seguir viviendo, es fácil pasar por alto el elemento irracional presente en este rasgo.



Debemos ahora preguntarnos cuál es la función que el carácter desempeña con respecto al individuo y a la sociedad. Por lo que se refiere al primero, la contestación no es difícil. Si el carácter de un individuo se ajusta de manera más o menos fiel a la estructura del carácter social, las tendencias dominantes de su personalidad lo conducirán a obrar de conformidad con aquello que es necesario y deseable en las condiciones sociales específicas de la cultura en que vive. Así, por ejemplo, si experimenta una apasionada tendencia por el ahorro y un gran horror a gastar dinero en objetos de lujo, y se trata de un pequeño comerciante que necesita ahorrar y economizar para sobrevivir, ese impulso le prestará una gran ayuda. Además de esta función económica, los rasgos del carácter ejercen otra, puramente psicológica, que no es menos importante. La persona en la que el deseo de ahorrar surge de su personalidad, experimenta también una profunda satisfacción psicológica al poder obrar de acuerdo con sus tendencias; vale decir, que al ahorrar, no sólo resulta beneficiada prácticamente, sino que también se siente satisfecha desde el punto de vista psicológico. Es fácil convencerse de la exactitud de esta afirmación sí se observa, por ejemplo, cómo una mujer de la baja clase media, al realizar compras en el mercado, se siente tan feliz por un ahorro de diez centavos como otra persona, con un carácter distinto, lo estaría por el goce de algún placer de índole sensual. Esta satisfacción psicológica se produce no solamente cuando un individuo obra de conformidad con las demandas que surgen de la estructura de su carácter, sino también cuando lee u oye la expresión de ideas que lo atraen por la misma razón. Para el carácter autoritario, una ideología que describe la naturaleza como una fuerza poderosa a la que es menester someterse, o un discurso que se complace en proporcionar descripciones sádicas de los acontecimientos políticos, ejercen una profunda atracción, de modo que el acto de leer o escuchar le otorga una intensa satisfacción psicológica. Resumiendo: la función subjetiva del carácter para una persona normal es la de conducirlo a obrar de conformidad con lo que le es necesario desde un punto de vista práctico y también a experimentar una satisfacción psicológica derivada de su actividad. Si consideramos el carácter social desde el punto de vista de su función en el proceso social, deberemos partir del principio que se ha formulado con referencia a su función subjetiva: al adaptarse a las condiciones sociales el hombre desarrolla aquellos rasgos que le hacen experimentar el deseo de obrar justamente de ese modo en que debe hacerlo. Si el carácter de la mayoría del pueblo de una sociedad determinada, esto es, su carácter social, se halla adaptado de este modo a las tareas objetivas que el individuo debe llevar a cabo en la comunidad, las energías de los individuos resultan moldeadas de manera tal que constituyen las fuerzas productivas indispensables para el funcionamiento de la sociedad misma. Volvamos una vez más al ejemplo del trabajo. Nuestro moderno sistema industrial requiere que la mayoría de las energías se encauce hacia el trabajo. Si la gente trabajara tan sólo debido a las necesidades externas, surgirían muchos conflictos entre sus deseos y sus obligaciones y, por consiguiente, la eficiencia del trabajo se vería disminuida. Sin embargo, por medio de la adaptación dinámica del carácter frente a los requerimientos sociales, la energía humana, en lugar de originar conflictos, es estructurada en formas capaces de convertirla en incentivos de acción adecuados a las necesidades económicas. Así, el hombre moderno, en lugar de trabajar tan duramente debido a alguna obligación exterior, se siente arrastrado por aquella compulsión íntima hacia el trabajo, cuyo significado psicológico hemos intentado analizar. O bien, en vez de obedecer a autoridades manifiestas, se ha construido ciertos poderes internos —la conciencia y el deber— que logran fiscalizarlo con mayor eficiencia de la que en ningún momento llegarían a alcanzar aquellas autoridades exteriores. En otras palabras, el carácter social internaliza las necesidades externas, enfocando de este modo la energía humana hacia las tareas requeridas por un sistema económico y social determinado.

Como ya hemos visto, una vez que en una estructura de carácter se han originado ciertas necesidades, toda conducta conforme con aquéllas resulta al mismo tiempo psicológicamente satisfactoria y de utilidad práctica desde el punto de vista del éxito material. Mientras una sociedad siga ofreciendo simultáneamente esas dos satisfacciones, se da una situación en la que las fuerzas psicológicas están cimentando la estructura social. Antes o después, sin embargo, se produce un retraso [lag]. Mientras todavía subsiste la estructura del carácter tradicional, surgen nuevas condiciones económicas con respecto a las cuales los rasgos de ese carácter ya no son útiles. La gente tiende a obrar de conformidad con su estructura de carácter, pero pueden ocurrir dos cosas: sus mismas acciones dificultan sus propósitos económicos o bien los individuos ya no hallan oportunidades suficientes que les permitan obrar de acuerdo con su «naturaleza». Un ejemplo de lo que señalamos puede hallarse en la estructura caracterológica de la vieja clase media, especialmente en países como Alemania, dotados de una rígida estratificación social. Las virtudes propias de esa clase —frugalidad, ahorro, prudencia, desconfianza— disminuyeron cada vez más su utilidad en el mecanismo económico moderno en comparación con nuevas virtudes, tales como la iniciativa, la disposición a asumir riesgos, la agresividad, etc. Aun en los casos en que esas viejas cualidades tenían todavía un valor positivo —como en el caso de los pequeños comerciantes—, el alcance de las posibilidades de esa actividad económica se veía tan reducido que sólo una minoría de los hijos de la vieja clase media se hallaba en condiciones de poder «utilizar» con éxito sus rasgos de carácter para el logro de sus propósitos. Mientras por su ascendencia habían desarrollado aquellos rasgos psicológicos que antes se adaptaban a la situación social de su clase, ahora el desarrollo económico se producía con mayor velocidad que el de la estructura del carácter. Este retraso [lag] entre la evolución psicológica y la económica tuvo por consecuencia una situación en la que las necesidades psíquicas ya no lograban su satisfacción a través de las actividades económicas habituales. Sin embargo, las necesidades subsistían y debían encontrar satisfacción de uno u otro modo. El impulso estrechamente egoísta de lograr ventajas en favor propio, característico de la baja clase media, se trasladó del plano individual al de la nación. Y también el impulso sádico, que había sido utilizado en las luchas derivadas de la competencia económica, se transfirió en parte a la escena política y social, y en parte resultó intensificado por la frustración. Entonces tales impulsos, libres ya de todo factor restrictivo, buscaron satisfacción en actos de guerra y persecución política. De este modo, mezcladas con el resentimiento producido por el carácter frustratorio de toda la situación, las fuerzas psicológicas, en lugar de cimentar el orden social existente se transformaron en dinamita susceptible de ser utilizada por grupos deseosos de destruir la política tradicional y la estructura económica de la sociedad democrática.

No hemos hablado de la función que el proceso educativo desempeña con respecto a la formación del carácter social; pero teniendo en cuenta el hecho de que para muchos psicólogos los métodos de aprendizaje empleados en la primera infancia y las técnicas educativas usadas con respecto al niño en desarrollo constituyen la causa de la evolución del carácter, me parece que son necesarias algunas observaciones a este respecto. En primer lugar, debemos preguntarnos qué entendemos por educación. Si bien la educación puede ser definida de distintas maneras, para considerarla desde el punto de vista del proceso social me parece que debe ser caracterizada de este modo: la función social de la educación es la de preparar al individuo para el buen desempeño de la tarea que más tarde le tocará realizar en la sociedad, esto es, moldear su carácter de manera tal que se aproxime al carácter social; que sus deseos coincidan con las necesidades propias de su función. El sistema educativo de toda sociedad se halla determinado por este cometido; por lo tanto, no podemos explicar la estructura de una sociedad o la personalidad de sus miembros por medio de su proceso educativo, sino que, por el contrario, debemos explicar éste en función de las necesidades que surgen de la estructura social y económica de una sociedad dada. Sin embargo, los métodos de educación son extremadamente importantes, por cuanto representan los mecanismos que moldean al individuo según la forma prescrita. Pueden ser considerados como los medios por los cuales los requerimientos sociales se transforman en cualidades personales. Si bien las técnicas educativas no constituyen la causa de un tipo determinado de carácter social, representan, sin embargo, uno de los mecanismos que contribuyen a formar ese carácter. En este sentido, el conocimiento y la comprensión de los métodos educativos constituye una parte importante del análisis total de una sociedad en funcionamiento.

Lo que se acaba de decir también vale para un sector especial de todo el proceso educativo: la familia. Freud ha demostrado que las experiencias tempranas de la niñez ejercen una influencia decisiva sobre la formación de la estructura del carácter. Si eso es cierto, ¿cómo podemos aceptar, entonces, que el niño, quien —por lo menos en nuestra cultura— tiene tan pocos contactos con la vida social, sea realmente moldeado por la sociedad? Contestamos afirmando que los padres no solamente aplican las normas educativas de la sociedad que les es propia, con pocas excepciones, debidas a variaciones individuales, sino que también, por medio de sus propias personalidades, son portadores del carácter social de su sociedad o clase. Ellos transmiten al niño lo que podría llamarse la atmósfera psicológica o el espíritu de una sociedad simplemente con ser lo que son, es decir, representantes de ese mismo espíritu. La familia puede así ser considerada como el agente psicológico de la sociedad.

Después de haber establecido que el carácter social es estructurado por el modo de existencia de la sociedad, quiero recordar al lector lo que se ha afirmado en el primer capítulo con respecto al problema de la adaptación dinámica. Si bien es cierto que las necesidades de la estructura económica y social de la comunidad moldean al hombre, su capacidad de adaptación no es infinita. No solamente existen ciertas necesidades fisiológicas que piden satisfacción de manera imperiosa, sino que también hay ciertas cualidades psicológicas inherentes al hombre que deben necesariamente ser satisfechas y que originan determinadas reacciones si se ven frustradas. ¿Cuáles son tales cualidades? La más importante parece ser la tendencia a crecer, a ensanchar y a realizar las potencialidades que el hombre ha desarrollado en el curso de la historia, tal, por ejemplo, el pensamiento creador y crítico, la facultad de tener experiencias emocionales y sensibles diferenciadas. Cada una de estas potencialidades posee un dinamismo propio. Una vez desarrolladas a través del proceso evolutivo, tienden a ser expresadas. Tal tendencia puede ser reprimida y frustrada, pero esta regresión origina nuevas reacciones, especialmente con la formación de impulsos simbióticos y destructivos. También parece que esta tendencia general al crecimiento —equivalente psicológico de una tendencia biológica— origina impulsos específicos, como el deseo de libertad y el odio a la opresión, dado que la libertad constituye la condición fundamental de todo crecimiento. Análogamente, el deseo de libertad puede ser reprimido y desaparecer así de la conciencia del individuo, pero no por ello dejará de existir como potencialidad, revelando su existencia por medio de aquel odio consciente o inconsciente que siempre acompaña a tal represión.

También tenemos razones para suponer que, como se dijo anteriormente, la tendencia hacia la justicia y la verdad constituye un impulso inherente a la naturaleza humana, aun cuando pueda ser reprimido y pervertido como en el caso de la libertad. Desde el punto de vista teorético esta afirmación se funda sobre un supuesto peligroso. Todo resultaría muy fácil si pudiésemos volver a las hipótesis religiosas y filosóficas con las que explicaríamos la existencia de tales impulsos, creyendo que el hombre ha sido creado a semejanza de Dios o admitiendo el supuesto de la ley natural. Sin embargo, nos está vedado fundar nuestra argumentación en tales explicaciones. La única vía que, según nuestra opinión, puede seguirse para explicar esas tendencias hacia la justicia y la verdad, es la de analizar toda la historia social e individual del hombre. Descubrimos así que, para quien carece de poder, la justicia y la verdad constituyen las armas más importantes en la lucha dirigida a lograr la libertad y asegurar la expansión. Prescindiendo del hecho de que la mayoría de la humanidad, en el curso de su historia, ha debido defenderse contra los grupos más poderosos que la oprimían y explotaban, todo individuo durante la niñez, atraviesa por un período que se caracteriza por su impotencia. Nos parece que en tal estado de debilidad han de desarrollarse ciertos rasgos, como el sentido de la justicia y la verdad, capaces de constituir potencialidades comunes a toda la humanidad como tal. Llegamos entonces al hecho de que, si bien el desarrollo del carácter es estructurado por las condiciones básicas de la vida, y si bien no existe una naturaleza humana fija, ésta posee un dinamismo propio que constituye un factor activo en la evolución del proceso social. Aun cuando no seamos capaces todavía de formular claramente en términos psicológicos cuál es la exacta naturaleza de este dinamismo humano, debemos reconocer su existencia. Al tratar de evitar los errores de los conceptos biológicos y metafísicos, no debemos abandonarnos a la equivocación igualmente grave de un relativismo sociológico en el que el hombre no es más que un títere movido por los hilos de las circunstancias sociales. Los derechos inalienables del hombre a la libertad y a la felicidad se fundan en cualidades inherentemente humanas: su tendencia a vivir, a ensancharse, a expresar las potencialidades que se han desarrollado en él durante el proceso de la evolución histórica.




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