El Gaucho Martín Fierro, seguido de La Vuelta de Martín Fierro



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787

¡Debe ser grande la culpa

que a tal punto mortifica!

Cuando vía una reliquia

se ponía como azogao:

como si a un endemoniao

le echaran agua bendita.
788

Nunca me le puse a tiro

pues era de mala entraña

y viendo herejía tamaña,

sl alguna cosa le daba,

de lejos se la alcanzaba

en la punta de una caña.
789

Será mejor, decía yo,

que abandonado lo deje;

que blasfeme y que se queje

y que siga de esta suerte,

hasta que venga la muerte

y cargue con este hereje.
790

Cuando ya no pudo hablar

le até en la mano un cencerro

y al ver cercano su entierro,

arañando las paredes

espiró allí, entre los perros

y este servidor de ustedes.

XVII

791

Le cobré un miedo terrible

después que lo vi dijunto.

Llamé al alcalde y al punto

acompañado se vino

de tres o cuatro vecinos,

a arreglar aquel asunto.
792

"¡Ánima bendita!", dijo

un viejo medio ladiao.

"Que Dios lo haiga perdonao

es todo cuanto deseo;

le conocí un pastoreo

de terneritos robaos."
793

"Ansina es", dijo el alcalde.

"Con eso empezó a poblar.

Yo nunca podré olvidar

las travesuras que hizo,

hasta que al fin fue preciso

que le privasen carniar."
794

"De mozo fue muy jinete,

no lo bajaba un bagual;

pa' ensillar un animal

sin necesitar de otro,

se encerraba en el corral

y allí galopiaba el potro."


795

"Se llevaba mal con todos;

era su costumbre vieja

el mesturar las ovejas,

pues, al hacer el aparte,

sacaba la mejor parte

y después venía con quejas."
796

"Dios lo ampare al pobrecito",

dijo enseguida un tercero.

"Siempre robaba carneros,

en eso tenía destreza:

enterraba las cabezas

y después vendía los cueros."
797

"¡Y qué costumbre tenía

cuando en el jogón estaba!

Con el mate se agarraba

estando los piones juntos.

Yo tayo, decía, y apunto.

Y a ninguno convidaba."
798

"Si ensartaba algún asao …

¡Pobre! ¡Como si lo viese!

Poco antes que estuviese,

primero lo maldecía,

luego después, lo escupía

para que naides comiese."
799

"Quien le quitó esa costumbre

de escupir el asador

fue un mulato resertor

que andaba de amigo suyo,

un diablo, muy peliador,

que le llamaban Barullo."
800

"Una noche, que les hizo

como estaba acostumbrao,

se alzó el mulato enojao

y le gritó: "¡Viejo indino!

"¡Yo te he enseñar, cochino,

"a echar saliva al asao!"
801

"Le saltó por sobre el juego

con el cuchillo en la mano.

¡La pucha el pardo! ¡Liviano!

En la mesma atropellada

le largó una puñalada,

que la quitó otro paisano…"

802

"Y ya caliente Barullo,

quiso seguir la chacota.

Se le había erizao la mota,

lo que empezó la reyerta.

¡El viejo…! Ganó la puerta

y apeló a las de gaviota".

803

"De esa costumbre maldita

dende entonces se curó.

¡A las casas no volvió!

Se metió en un cicutal

y allí escondido pasó

esa noche sin cenar."
804

Esto hablaban los presentes

y yo, que estaba a su lao,

al óir lo que he relatao,

aunque él era un perdulario

dije entre mí: "¡Qué rosario

le están rezando al finao!"
805

Luego comenzó el alcalde

a registrar cuanto había,

sacando mil chucherías

y guascas y trapos viejos,

temeridá de trebejos

que para nada servían.
806

Salieron lazos, cabrestos,

coyundas y maniadores,

una punta de arriadores,

cinchones, maneas, torzales;

una porción de bozales

y un montón de tiradores.
807

Había riendas de domar,

frenos y estribos quebraos;

bolas, espuelas, recaos,

unas pavas, unas ollas,

y un gran manojo de argollas

de cinchas que había cortao.
808

Salieron varios cencerros,

alesnas, lonjas, cuchillos,

unos cuantos cojinillos,

un alto de jergas viejas,

muchas botas desparejas

y una infinidá de anillos.
809

Había tarros de sardinas,

unos cueros de venao,

unos ponchos aujeriaos …

y en tan tremendo entrevero

apareció hasta un tintero

que se perdió en el juzgao.
810

Decía el alcalde muy serio,

"¡Es poco cuanto se diga!

Había sido como hormiga,

he de darle parte al juez.

¡Y que me venga después

con que no se los persiga!"
811

Yo estaba medio azorao

de ver lo que sucedía;

entre ellos mesmos decían

que unas prendas eran suyas,

pero a mí me parecía

que esas eran aleluyas.
812

Y cuando ya no tuvieron

rincón donde registrar,

cansaos de tanto huroniar

y de trabajar de balde,

"Vamonós", dijo el alcalde,

"luego lo haré sepultar."

813

Y aunque mi padre no era

el dueño de ese hormiguero,

él allí muy cariñero

me dijo, con muy buen modo,

"Vos serás el heredero

y te harás cargo de todo."
814

"Se ha de arreglar este asunto

como es preciso que sea.

Voy a nombrar albacea

a uno de los circustantes.

Las cosas no son como antes,

tan enredadas y feas."
815

"¡Bendito Dios!", pensé yo,

"Ando como un pordiosero

y me nuembran heredero

de toditas estas guascas.

¡Quisiera saber primero

lo que se han hecho mis vacas!"


XVIII
816

Se largaron, como he dicho,

a disponer el entierro.

Cuando me acuerdo, me aterro.

¡Me puse a llorar a gritos

al verme allí tan solito,

con el finao y los perros!
817

Me saqué el escapulario,

se lo colgué al pecador

y como hay en el Señor

misericordia infinita,

rogué por la alma bendita

del que antes jué mi tutor.
818

No se calmaba mi duelo

de verme tan solitario …

Áhi le champurrié un rosario

como si juera mi padre,

besando el escapulario

que me había puesto mi madre.
819

"¡Madre mía!", gritaba yo,

"¿Dónde estarás padeciendo?

El llanto que estoy virtiendo

lo redamarías por mí,

si vieras a tu hijo aquí

todo lo que esta sufriendo."
820

Y mientras ansí clamaba

sin poderme consolar,

los perros, para aumentar

más mi miedo y mi tormento,

en aquel mesmo momento

se pusieron a llorar.
821

Libre Dios a los presentes

de que sufran otro tanto.

Con el muerto y esos llantos

les juro que faltó poco

para que me vuelva loco,

en medio de tanto espanto.
822

Decían entonces las viejas,

como que eran sabedoras,

que los perros cuando lloran

es porque ven al demonio…

Yo creía en el testimonio,

como cré siempre el que inora.
823

Ahi dejé que los ratones

comieran el guasquerío.

Y como anda a su albedrío

todo el que güérfano queda,

alzando lo que era mío

abandoné aquella cueva.
824

Supe después que esa tarde

vino un pión y lo enterró.

Ninguno lo acompañó

ni lo velaron siquiera

y al otro día amaneció


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