El Gaucho Martín Fierro, seguido de La Vuelta de Martín Fierro



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el pampa se hizo un ovillo:

era el salvaje más pillo

que he visto en mis correrías

y, a más de las picardías,

arisco para el cuchillo.
598

Las bolas las manejaba

aquel bruto con destreza,

las recogía con presteza

y me las volvía a largar

haciendomelás silbar

arriba de la cabeza.
599

Aquel indio, como todos,

era cauteloso ... ¡Ahijuna!

Áhi me valió la fortuna

de que peliando se apotra:

me amenazaba con una

y me largaba con otra.
600

Me sucedió una desgracia

en aquel percance amargo;

en momento que lo cargo

y que él reculando va,

me enredé en el chiripá

y cái tirao largo a largo.
601

Ni pa' encomendarme a Dios

tiempo el salvaje me dio;

cuanto en el suelo me vio

me saltó con ligereza:

juntito de la cabeza

el bolazo retumbó.
602

Ni por respeto al cuchillo

dejó el indio de apretarme;

allí pretende ultimarme,

sin dejarme levantar,

y no me daba lugar

ni siquiera a enderezarme.
603

De balde quiero moverme:

aquel indio no me suelta.

Como persona resuelta

toda mi juerza ejecuto,

pero abajo de aquel bruto

no podía ni darme güelta.
604

¡Bendito Dios poderoso,

quién te puede comprender!

Cuando a una débil mujer

le diste en esa ocasión

la juerza que en un varón

tal vez no pudiera haber.
605

Esa infeliz tan llorosa

viendo el peligro se anima;

como una flecha se arrima

y, olvidando su aflición,

le pegó al indio un tirón

que me lo sacó de encima.

606

Ausilio tan generoso

me libertó del apuro;

si no es ella, de siguro

que el indio me sacrifica.

Y mi valor se duplica

con un ejemplo tan puro.
607

En cuanto me enderecé

nos volvimos a topar.

No se podía descansar

y me chorriaba el sudor;

en un apuro mayor

jamás me he vuelto a encontrar.
608

Tampoco yo le daba alce

como deben suponer;

se había aumentao mi quehacer

para impedir que el brutazo

le pegara algún bolazo

de rabia, a aquella mujer.
609

La bola en manos del indio

es terrible, y muy ligera;

hace de ella lo que quiera,

saltando como una cabra.

Mudos, sin decir palabra,

peliábamos como fieras.
610

Aquel duelo en el desierto

nunca jamás se me olvida:

iba jugando la vida

con tan terrible enemigo

teniendo allí de testigo

a una mujer afligida.
611

Cuanto él más se enfurecía

yo más me empiezo a calmar;

mientras no logra matar

el indio no se desfoga.

Al fin, le corté una soga

y lo empecé aventajar.
612

Me hizo sonar las costillas

de un bolazo aquel maldito;

y al tiempo que le di un grito

y le dentro como bala,

pisa el indio y se refala

en el cuerpo del chiquito.

613

Para esplicar el misterio

es muy escasa mi cencia;

lo castigó, en mi concencia,

su Divina Majestá.

Donde no hay casualidá

suele estar la Providencia.
614

En cuanto trastabilló

más de firme lo cargué.

Y aunque de nuevo hizo pie

lo perdió aquella pisada,

pues en esa atropellada

en dos partes lo corté.
615

Al sentirse lastimao

se puso medio afligido,

pero era indio decidido:

su valor no se quebranta;

le salían de la garganta

como una especie de aullidos.
616

Lastimao en la cabeza,

la sangre lo enceguecía.

De otra herida, le salía

haciendo un charco ande estaba;

con las pies la chapaliaba,

sin aflojar todavía.
617

Tres figuras imponentes

formábamos, aquel terno:

ella en su dolor materno,

yo con la lengua dejuera,

y el salvaje como fiera

disparada del infierno.
618

Iba conociendo el indio

que tocaban a degüello:

se le erizaba el cabello

y los ojos revolvía,

los labios se le perdían

cuando iba a tomar resuello.
619

En una nueva dentrada

le pegué un golpe sentido

y al verse ya mal herido,

aquel indio furibundo,

lanzó terrible alarido …

que retumbó como un ruido

si se sacudiera el mundo.
620

Al fin de tanto lidiar

en el cuchillo lo alcé:

en peso lo levanté

a aquel hijo del desierto;

ensartado lo llevé

y allá recién lo largué

cuando ya lo senti muerto.
621

Me persiné dando gracias

de haber salvado la vida;

aquella pobre afligida,

de rodillas en el suelo,

alzó sus ojos al cielo

sollozando dolorida.

622

Me hinqué también a su lao

a dar gracias a mi Santo;

en su dolor y quebranto

ella, a la Madre de Dios,

le pide en su triste llanto

que nos ampare a los dos.
623

Se alzó con pausa 'e leona

cuando acabó de implorar,

y, sin dejar de llorar,

envolvió en unos trapitos

los pedazos de su hijito,

que yo le ayudé a juntar.
X

624

Dende ese punto era juerza

abandonar el desierto,

pues me hubieran descubierto

y, aunque lo maté en pelea,

de fijo que me lancean

por vengar al indio muerto.
625

A la afligida cautiva

mi caballo le ofrecí:

era un pingo que alquirí

y, donde quiera que estaba,

en cuanto yo lo silbaba

venía a refregarse a mí.




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