El Gaucho Martín Fierro, seguido de La Vuelta de Martín Fierro



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514

Es piadosa y diligente

y sufrida en los trabajos:

tal vez su valer rebajo

aunque la estimo bastante;

mas los indios inorantes

la tratan al estropajo.
515

Echan la alma trabajando

bajo el más duro rigor;

el marido es su señor,

como tirano la manda

porque el indio no se ablanda

ni siquiera en el amor.
516

No tiene cariño a naides

ni sabe lo que es amar.

¡Y qué se puede esperar

de aquellos pechos de bronce!

Yo los conocí al llegar

y los calé dende entonces.
517

Mientras tiene qué comer

permanece sosegao;

yo, que en sus toldos he estao

y sus costumbres oservo,

digo que es como aquel cuervo

que no volvió del mandao.
518

Es para él como juguete

escupir un crucifijo;

pienso que Dios los maldijo

y ansina el ñudo desato:

el indio, el cerdo y el gato,

redaman sangre del hijo.
519

Mas ya con cuentos de pampas

no ocuparé su atención;

debo pedirles perdón,

pues sin querer me distraje:

por hablar de los salvajes

me olvidé de la junción.
520

Hacen un cerco de lanzas,

los indios quedan ajuera;

dentra la china ligera

como yeguada en la trilla

y empieza allí la cuadrilla

a dar güeltas en la era.
521

A un lao están los caciques,

capitanejos y el trompa

tocando con toda pompa

como un toque de fajina;

adentro muere la china,

sin que aquel círculo rompa.
522

Muchas veces se les oyen

a las pobres los quejidos,

mas son lamentos perdidos.

Alrededor del cercao,

en el suelo, están mamaos

los indios, dando alaridos.
523

Su canto es una palabra

y de áhi no salen jamás;

llevan todos el compás,

"Ioká-ioká" repitiendo;

me parece estarlos viendo

más fieras que Satanás.
524

Al trote dentro del cerco,

sudando, hambrientas, juriosas,

desgreñadas y rotosas,

de sol a sol se lo llevan:

bailan, aunque truene o llueva,

cantando la mesma cosa.

VI
525

El tiempo sigue su giro

y nosotros, solitarios,

de los indios sanguinarios

no teníamos qué esperar.

El que nos salvó al llegar

era el más hospitalario.
526

Mostró noble corazón,

cristiano anhelaba ser;

la justicia es un deber

y sus méritos no callo:

nos regaló unos caballos

y a veces nos vino a ver.
527

¡A la voluntá de Dios

ni con la intención resisto!

Él nos salvó, pero ... ¡Ah, Cristo!

Muchas veces he deseado

no nos hubiera salvado

ni jamás haberlo visto.
528

Quien recibe beneficios

jamás los debe olvidar…

Y al que tiene que rodar

en su vida trabajosa

le pasan a veces cosas

que son duras de pelar.

529

Voy dentrando poco a poco

en lo triste del pasaje;

cuando es amargo el brebaje

el corazón no se alegra:

dentró una virgüela negra

que los diezmó a los salvajes.
530

Al sentir tal mortandá

los indios, desesperaos,

gritaban alborotaos:

"¡Cristiano echando gualicho!"

No quedó en los toldos bicho

que no salió redotao.
531

Sus remedios son secretos,

los tienen las adivinas;

no los conocen las chinas

sino alguna ya muy vieja

y es la que los aconseja,

con mil embustes, la indina.
532

Allí soporta el paciente

las terribles curaciones

pues a golpes y estrujones

son los remedios aquéllos:

lo agarran de los cabellos

y le arrancan los mechones.
533

Les hacen mil herejías

que el presenciarlas da horror;

brama el indio de dolor

por los tormentos que pasa

y untandoló todo en grasa

lo ponen a hervir al sol.
534

Y puesto allí boca arriba

alrededor le hacen fuego;

una china viene luego

y al óido le da de gritos:

hay algunos tan malditos

que sanan con este juego.
535

A otros les cuecen la boca

aunque de dolores cruja;

lo agarran y allí lo estrujan,

labios le queman y dientes

con un güevo bien caliente

de alguna gallina bruja.

536

Conoce el indio el peligro

y pierde toda esperanza;

si a escapárseles alcanza

dispara como la liebre.

Le da delirios la fiebre …

y ya le cain con la lanza.
537

Esas fiebres son terribles,

y aunque de esto no disputo

ni de saber me reputo,

"Será", decíamos nosotros,

"de tanta carne de potro

como comen esos brutos".
538

Había un gringuito cautivo

que siempre hablaba del barco

y lo augaron en un charco

por causante de la peste;

tenía los ojos celestes

como potrillito zarco.
539

Que le dieran esa muerte

dispuso una china vieja

y aunque se aflije y se queja,

es inútil que resista.

Ponía el infeliz la vista

como la pone la oveja.

540

Nosotros nos alejamos

para no ver tanto estrago.

Cruz sentía los amagos

de la peste que reinaba

y la idea nos acosaba

de volver a nuestros pagos.
541

Pero contra el plan mejor

el destino se rebela.

¡La sangre se me congela!

El que nos había salvado,

cayó también atacado

de la fiebre y la virgüela.
542

No podíamos dudar

al verlo en tal padecer

el fin que había de tener

y Cruz, que era tan humano,

"Vamos", me dijo, "paisano,

"a cumplir con un deber".
543

Fuimos a estar a su lado

para ayudarlo a curar;

lo vinieron a buscar

y hacerle como a los otros …

Lo defendimos nosotros,

no lo dejamos lanciar.
544

Iba creciendo la plaga

y la mortandá seguía.

A su lado nos tenía

cuidandoló con pacencia,

pero acabó su esistencia

al fin de unos pocos días.
545

El recuerdo me atormenta,

se renueva mi pesar;

me dan ganas de llorar,

nada a mis penas igualo:

Cruz también cayó muy malo

ya para no levantar.




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