El Experimento de la Intención



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SEGUNDA PARTE


ENERGIZACIÓN


«Cada atomo que forma parte de mi forma parte de h.»

Walt Whitman, «Canto a mí mismo»

Capítulo 5


Entrando en el hiperespacio
En un ventoso monasterio en lo alto de los Himalayas al norte de India, durante el invierno de 1985, un grupo de monjes budis­tas tibetanos estaba sentado en silencio, absorto en la meditación. Aunque poco abrigados, los monjes parecían no sentir la fría tempe­ratura del interior, que estaba cerca de cero grados. Otro monje circu­laba entre ellos, y los envolvía, uno por uno, en sábanas empapadas en agua fría. Unas condiciones tan extremas normalmente harían que el cuerpo entrase en estado de shock y producirían un descenso brusco de la temperatura. Si la temperatura del cuerpo bajara sólo 6 grados Celsius, a los pocos minutos la persona perdería la conciencia y todas las señales vitales.

Sin embargo, en lugar de tiritar de frío, los monjes comienzan a sudar. Las sábanas mojadas emanan vapor, y, al cabo de una hora, están totalmente secas. El asistente las reemplaza por sábanas nuevas, también empapadas en agua helada. Para entonces, los cuerpos de los

monjes ya se han convertido prácticamente en hornos humanos. La segunda serie de sábanas se seca rápidamente, y lo mismo sucede con la tercera serie.

Un equipo de científicos, encabezados por Herbert Benson, car­diólogo de la Facultad de Medicina de Harvard, observaba de cerca el acontecimiento. Los monjes habían sido conectados a una serie de dis­positivos médicos con objeto de averiguar cuáles eran los mecanismos fisiológicos que les habían permitido generar este extraordinario nivel de calor. Benson llevaba años explorando los efectos de la meditación sobre el cerebro y el resto del cuerpo. Se había embarcado en este ambi­cioso programa de investigaciones para estudiar, en los lugares más remotos del planeta, a budistas con muchos años de disciplinada prác­tica meditativa a sus espaldas. Durante un viaje al Himalaya también filmó a unos monjes que, con un delgado chai como único abrigo, pasaron una noche entera al aire libre durante el frío mes de febrero y a una altura de 4500 metros sobre el nivel del mar. La película de Benson mostró que los monjes habían dormido profundamente du­rante toda la noche, sin ropa ni cobijo.

Durante sus viajes, Benson presenció muchas extraordinarias hazañas de intención —un control de la temperatura corporal y el meta­bolismo basal que podía producir un estado parecido a la hiberna­ción— Los monjes monitoreados por el equipo de Benson habían aumentado la temperatura de sus extremidades en hasta 9 grados Celsius y bajado su metalismo en más de un 60%.! Benson se dio cuen­ta de que esto representaba la mayor variación en el metabolismo basal jamás registrada. Por ejemplo, durante el sueño, el metabolismo sólo baja entre un 10 y un 15%, y los meditadores experimentados sólo lo pueden reducir en un 17%, como mucho. Pero ese día en el Himalaya, acababa de presenciar lo imposible en cuanto a influencia mental se refiere. Los monjes habían usado sus cuerpos para hacer hervir agua helada con el mero poder de su pensamiento.2

El gran y duradero entusiasmo de Benson por la meditación ge­neró interés en las principales instituciones académicas de los Estados Unidos. A comienzos del siglo XXI, los monjes ya se habían convertido en los conejillos de indias preferidos de los laboratorios de neurociencia. Científicos de Harvard, Princeton, la Universidad de Wisconsin y la Universidad de California, en Davis, siguieron el ejemplo de Benson conectando a monjes a equipos de moni toreo de última generación y estudiando los efectos de la meditación intensiva y avanzada. Se reali­zaron asimismo muchas conferencias sobre el tema de la meditación y el cerebro.3

No fue sólo la meditación en sí lo que fascinó a estos científicos, sino su efecto sobre el cuerpo humano, especialmente sobre el cerebro, y las posibilidades que esto presentaba. Al estudiar los efectos biológi­cos con tanto detalle, los científicos esperaban llegar a comprender los procesos neurológicos que tienen lugar durante las proezas realizadas mediante un pensamiento altamente concentrado, como el que habían mostrado los monjes en el Himalaya.

Los monjes también proporcionaron a los científicos una opor­tunidad para comprobar si los años de atención concentrada servían para expandir la mente más allá de sus límites normales. ¿Acaso el cere­bro de un monje se convertía en algo equivalente al cuerpo de un atle­ta olímpico, más desarrollado y transformado por los muchos años de rigurosas disciplinas y prácticas? ¿Quizá el entrenamiento y la expe­riencia cambian la fisiología del cerebro con el paso del tiempo? ¿Es posible que con la práctica puedas llegar a convertirte en un mejor transmisor de la intención? Las respuestas abordarían a su vez un anti­guo debate de la neurociencia: ¿la estructura neural viene predetermi­nada desde la infancia o es plástica —maleable dependiendo de la naturaleza de los pensamientos de una persona a lo largo de su vida?

Para mí, lo más intrigante acerca de estas investigaciones sobre la atención dirigida era el método mediante el cual un monje budista podía convertirse en un horno humano, y en qué se diferencia este método de las técnicas y prácticas de otras antiguas tradiciones. Como

Benson, me intrigaban los «maestros» de la intención: los practicantes de antiguas disciplinas -Budismo, Qigong, Chamanismo, técnicas curativas indígenas...que habían sido adiestrados para realizar hazañas extraordinarias con sus pensamientos. Yo quería descubrir sus denominadores comunes. ¿Se parece lo que hace un maestro de Qigong al enviar ki a lo que hace un monje budista durante la medi­tación? ¿Qué disciplinas mentales colocan al curandero en un estado que le permita reparar el cuerpo de otra persona? ¿Poseen los «maes­tros» de la intención ciertos poderes neurológicos especiales que les permitan usar sus mentes con mayor eficacia que el resto de nosotros, o adquirieron una habilidad que la gente común y corriente también podría aprender? Y tal vez lo más importante, ¿qué me dice el estudio neurològico de los monjes acerca del efecto de la intención dirigida sobre el cerebro? ¿Qué práctica es la que te va a permitir convertirte en un mejor y más eficiente transmisor de la intención?

Comencé a estudiar las investigaciones científicas sobre los méto­dos curativos de varias tradiciones y luego realicé mi propio cuestio­nario y mis propias entrevistas con curanderos y «maestros» de la intención provenientes de todas las tradiciones.4 El trabajo del psicó­logo Stanley Krippner y de su alumno Alian Cooperstein, de la Escuela de Posgrado Saybrook, me fue de gran ayuda en mis investigaciones. Cooperstein, psicólogo clínico y forense, había realizado para su tesis doctoral un meticuloso estudio de las variadas técnicas usadas por los practicantes de la curación a distancia, incluido un análisis de los libros más eruditos sobre la curación y una serie de minuciosas entre­vistas con conocidos practicantes que tenían evidencias científicas de su éxito en las curaciones.'

Descubrí que, en todos los casos, el paso más importante consistía en alcanzar un estado de total concentración, o máxima atención.

Según Krippner, experto en chamanismo, prácticamente todas las culturas indígenas realizan la curación a distancia en un estado altera­do de conciencia y alcanzan un estado de gran concentración a través de una variedad de métodos.6 Aunque es común la utilización de drogas

alucinógenas como la ayahuasca, muchas culturas usan un ritmo repe­titivo para producir este estado; el wanbeno de los indios ojibvva, por ejemplo, emplea tambores, cantos, bailes al desnudo y el manejo de car­bones ardientes.7 El sonido del tambor es especialmente eficaz para producir un estado de gran concentración; varios estudios han mos­trado que hace que el cerebro entre en un estado parecido al trance.8 Como descubrieron los indios de Norteamérica, incluso el intenso calor, como en el caso del temazcal, puede producir un estado altera­do de conciencia.

En mis propias investigaciones sobre los «maestros» de la inten­ción, hablé con Bruce Frantzis, posiblemente el principal maestro de Qigong occidental. Frantzis, campeón de artes marciales y poseedor de cinturones negros en cinco artes marciales japonesas, también apren­dió las artes curativas del Qigong después de haber estudiado muchos años con maestros chinos. Los poderes de la intención de Frantzis eran legendarios; ha sido filmado haciendo volar a la gente de un lado a otro de la habitación simplemente mediante el envío de fá. En su época de luchador, había dejado a varias personas en silla de ruedas. Ahora, conocedor de su extraordinario poder, reservaba el kt para la curación. Durante mi encuentro con él, Frantzis me hizo una pequeña demostración del poder del k¿ dirigido. Después de un momento de intensa concentración, los huesos de la parte superior de su cráneo comenzaron a realizar un movimiento ondulatorio como si fueran olas.9

Frantzis enseñaba a sus alumnos a desarrollar un estado de máxi­ma atención de forma gradual, mediante una intensa concentración en la respiración. Aunque empezaban con ráfagas cortas de la «respiración de la longevidad», se esforzaban en extender estos períodos hasta poder mantener esta misma concentración de manera continua. También les enseñaba métodos para tomar plena conciencia de todas las sensacio­nes físicas.10

Los curanderos que entrevisté accedieron a este profundo estado de concentración a través de varios métodos: meditación, oración, opinión generalizada es que se ralentiza durante la meditación. La mayor parte de las investigaciones sobre la actividad eléctrica del cere­bro durante la meditación indica que ésta produce un predominio de o bien las ondas alfa (ondas cerebrales lentas de gran amplitud con fre­cuencias de 8-13 hercios, o ciclos por segundo), que también se pro­ducen durante el sueño poco profundo, o bien de las más lentas ondas theta (4-7 hercios), que caracterizan al estado de sueño profundo.11 Durante la conciencia de vigilia, el cerebro opera mucho más rápido, con ondas beta de entre 13 y 40 hercios. Durante décadas, la visión pre­dominante ha sido que el estado ideal para manifestar la intención es el estado «alfa».

Richard Davidson, neurocientífico y psicólogo que trabaja en el Laboratorio de Neurociencia Afectiva de la Universidad de Wisconsin, ha puesto a prueba recientemente esta visión. Davidson es experto en «procesamiento afectivo» —el lugar donde el cerebro procesa la emo­ción y la comunicación resultante entre él y el cuerpo—. El Dalai Lama se enteró del trabajo de Davidson y lo invitó a visitar Dharamsala, India, en 1992. Gran aficionado a la ciencia, Su Santidad quería saber más acerca de los efectos biológicos de la meditación intensiva. Seguidamente, ocho de los más experimentados practicantes de las meditaciones Nyingmapa y Kagyupa viajaron a Wisconsin para parti­cipar en unos experimentos en el laboratorio de Davidson. A cada monje se le colocaron 256 sensores EBG en la cabeza, con objeto de registrar la actividad eléctrica de un gran número de áreas del cerebro. Luego se les pidió que realizaran una meditación compasiva. Al igual que el sistema de Jerome Stone, la meditación consistía en concentrar­se en una total disposición por ayudar a los demás y un deseo por libe­rar del sufrimiento a todos los seres vivos. Para el grupo de control, Davidson reclutó a unos estudiantes universitarios que nunca habían practicado la meditación, consiguió que realizaran un curso de medi­tación de una semana de duración y luego los conectó al mismo núme­ro de sensores EEG para poder monitorizar sus cerebros durante la meditación.

opinión generalizada es que se ralentiza durante la meditación. La mayor parte de las investigaciones sobre la actividad eléctrica del cere­bro durante la meditación indica que ésta produce un predominio de o bien las ondas alfa (ondas cerebrales lentas de gran amplitud con fre­cuencias de 8-13 hercios, o ciclos por segundo), que también se pro­ducen durante el sueño poco profundo, o bien de las más lentas ondas theta (4-7 hercios), que caracterizan al estado de sueño profundo.11 Durante la conciencia de vigilia, el cerebro opera mucho más rápido, con ondas beta de entre 13 y 40 hercios. Durante décadas, la visión pre­dominante ha sido que el estado ideal para manifestar la intención es el estado «alfa».

Richard Davidson, neurocientífico y psicólogo que trabaja en el Laboratorio de Neurociencia Afectiva de la Universidad de Wisconsin, ha puesto a prueba recientemente esta visión. Davidson es experto en «procesamiento afectivo» -el lugar donde el cerebro procesa la emo­ción y la comunicación resultante entre él y el cuerpo—. El Dalai Lama se enteró del trabajo de Davidson y lo invitó a visitar Dharamsala, India, en 1992. Gran aficionado a la ciencia, Su Santidad quería saber más acerca de los efectos biológicos de la meditación intensiva. Seguidamente, ocho de los más experimentados practicantes de las meditaciones Nyingmapa y Kagyupa viajaron a Wisconsin para parti­cipar en unos experimentos en el laboratorio de Davidson. A cada monje se le colocaron 256 sensores EEG en la cabeza, con objeto de registrar la actividad eléctrica de un gran número de áreas del cerebro. Luego se les pidió que realizaran una meditación compasiva. Al igual que el sistema de Jerome Stone, la meditación consistía en concentrar­se en una total disposición por ayudar a los demás y un deseo por libe­rar del sufrimiento a todos los seres vivos. Para el grupo de control, Davidson reclutó a unos estudiantes universitarios que nunca habían practicado la meditación, consiguió que realizaran un curso de medi­tación de una semana de duración y luego los conectó al mismo núme­ro de sensores EEG para poder monitorizar sus cerebros durante la meditación.

Después de quince segundos, el EEG reveló que los cerebros de los monjes no se ralentizaron; por el contrario, comenzaron a acele­rarse. De hecho, estaban activados a una escala que ni Davidson ni cualquier otro científico había visto nunca. Los monitores mostraban ráfagas sostenidas de actividad gamma —ciclos rápidos de 25-75 her­cios— Los monjes habían pasado rápidamente de una alta concentra­ción de ondas beta a un predominio de alfa, de vuelta a beta, y final­mente subiendo hasta gamma. El nivel gamma, el más alto de las ondas cerebrales, es empleado por el cerebro cuando está funcionando al máximo de sus posibilidades: cuando se está en un estado de aten­ción extasiada, cuando se está sondeando la memoria, durante pro­fundos niveles de aprendizaje y durante las grandes revelaciones intui­tivas. Davidson descubrió que cuando el cerebro opera a frecuencias tan extremadamente rápidas, las fases de las ondas cerebrales de todo el cerebro comienzan a operar en sincronía. Este tipo de sincroniza­ción es considerado crucial para lograr un estado elevado de concien­cia.12 Se cree, incluso, que el estado gamma produce cambios en las sinapsis del cerebro, las uniones entre las neuronas a través de las cua­les pasan los impulsos eléctricos.13

El hecho de que los monjes pudiesen alcanzar este estado tan rápi­damente indicaba que sus procesos neurales habían sido permanente­mente alterados por años de meditación intensiva. Aunque los monjes eran de mediana edad, sus ondas cerebrales eran mucho más coheren­tes y estaban más organizadas que las de los robustos jóvenes del grupo de control. Incluso en su estado de reposo, los budistas mostraban un elevado índice de actividad gamma en comparación con los meditadores principiantes.

El estudio de Davidson confirmó los resultados de otras investi­gaciones anteriores que sugerían que ciertas formas de meditación avanzada hacen que el cerebro opere a su máxima intensidad.14 Los experimentos con yoguis han mostrado que durante la meditación profunda sus cerebros producen ráfagas de ondas beta de alta frecuen­cia o de ondas gamma, que suelen estar asociadas con momentos de éxtasis o de intensa concentración.Aquellos que puedan abstraerse de los estímulos externos y dirigir toda su atención hacia dentro parecen tener más probabilidades de acceder al hiperespacio de las ondas gamma. Durante estos momentos de máxima atención, la frecuencia cardíaca también se acelera.16 Se han registrado efectos similares duran­te la oración. Un estudio, en el que fueron monitoreadas las ondas cerebrales de seis protestantes durante sus oraciones, comprobó que se producía un aumento en la velocidad de las ondas cerebrales durante los momentos de mayor concentración.17

Distintas formas de meditación pueden producir ondas cerebra­les notablemente diferentes. Por ejemplo, los yoguis intentan alcanzar el anuraga, un estado de percepción constantemente renovada; los budistas zen intentan eliminar toda reacción ante el mundo exterior. Los estudios que compararon ambos enfoques hallaron que el anuraga producía un estado superior de percepción —mayor concentración externa—, mientras que el zen causaba un estado superior de absorción -mayor conciencia interna-.18 La mayoría de las investigaciones sobre la meditación han estudiado aquellas que se centran en un determina­do estímulo, como la respiración, un sonido o un mantra. En el expe­rimento de Davidson, los monjes se concentraron en sentir compasión por todos los seres vivos. Es posible que la intención compasiva -al igual que otros métodos «expansivos»— produzca pensamientos que proyecten el cerebro hacia un estado superior de conciencia.

Cuando Davidson y su colega Antoine Lutz prepararon el infor­me sobre sus investigaciones, se dieron cuenta de que las mediciones de actividad gamma obtenidas eran las más altas jamás registradas entre personas que no fuesen enfermos mentales.19 Advirtieron una asociación entre el nivel de experiencia y la capacidad para mantener esta actividad cerebral extraordinariamente intensa; los monjes que lle­vaban más tiempo practicando la meditación fueron los que registra­ron los niveles más altos de actividad gamma. Este estado superior de conciencia también producía una permanente mejoría emocional al activar la parte anterior izquierda del cerebro —la más asociada a la alegría—. Los monjes habían condicionado sus cerebros para que sin­tonizaran con la felicidad la mayor parte del dempo.

En investigaciones posteriores, Davidson demostró que la medi­tación altera los patrones de las ondas cerebrales, incluso entre los nuevos practicantes. Los principiantes que habían practicado la meditación atenta durante sólo ocho semanas mostraron una mayor activación de la zona del cerebro que alberga los «pensamientos felices» y una mejor función inmune.

En el pasado, los neurocientíficos imaginaban el cerebro como algo parecido a un complejo ordenador, que ya estaba plenamente construido cuando llegaba la adolescencia. Los resultados de Davidson confirmaron otros datos más recientes según los cuales la teoría del cerebro «inamovible» sería obsoleta. El cerebro parecía renovarse a lo largo de la vida, dependiendo de la naturaleza de sus pensamientos. Ciertos pensamientos sostenidos producían alteraciones mensurables que cambiaban su estructura. La forma seguía a la función; la con­ciencia ayudaba a moldear el cerebro.

Además de acelerarse, las ondas cerebrales también se sincronizan durante la meditación y la curación. En su trabajo de campo con cha­manes y curanderos espirituales de los cinco continentes, Krippner sos­pechó que antes de la curación todos ellos experimentaban «patrones de descarga» cerebrales que producían una coherencia y sincronización de los dos hemisferios del cerebro e integraban el sistema límbico (el cen­tro emocional) con el sistema cortical (sede de la razón).21 Al menos 25 estudios han mostrado que durante la meditación la actividad EEGde las cuatro regiones del cerebro se sincroniza.22 La meditación hace que el cerebro sea más coherente de forma permanente —como puede que lo haga la oración— Un estudio de la Universidad de Pavía, en Italia, y el Hospital John Radcliffe, en Oxford, mostró que rezar el rosario tiene el mismo efecto sobre el cuerpo que recitar un mantra. Cuando eran recitados seis veces por minuto, ambos sistemas fueron capaces de crear un «notable, poderoso y sincrónico aumento» en los ritmos car­diovasculares.23

Otro efecto importante de la concentración es la integración de ambos hemisferios. Hasta no hace mucho, los científicos creían que los dos lados del cerebro funcionaban más o menos independientemente. El lado izquierdo era considerado el «contable», responsable del pen­samiento lógico, analítico y lineal; y el lado derecho era el «artista», res­ponsable de la orientación en el espacio, la capacidad artística y musi­cal, y la intuición. Pero Peter Femwick, asesor de neuropsiquiatría en el Hospital John Radcliffe y en el Instituto de Psiquiatría del Hospital Maudsley, reunió pruebas para mostrar que el habla y muchas otras funciones son producidas en ambos lados del cerebro y que éste fun­ciona mejor cuando puede operar como una totalidad. Durante la meditación, ambos lados se comunican de una manera especialmente armoniosa.24

La atención concentrada parece intensificar ciertos mecanismos de la percepción, al tiempo que elimina el «ruido». Daniel Goleman, autor de Emotional Intelligence [Inteligencia emociona/J,25 realizó investi­gaciones que mostraban que la corteza cerebral de los meditadores «se acelera», pero que se desconecta del centro límbico emocional. Con la práctica, concluyó, cualquiera puede llevar a cabo este proceso de «des­conexión», lo que permite que el cerebro experimente un estado supe­rior de percepción sin una superposición de emoción o significado.26 Durante este proceso, todo el poder del cerebro queda libre para cen­trarse en un solo pensamiento: una conciencia de lo que está suce­diendo en el momento presente.

La meditación también parece alterar permanentemente la recep­tividad del cerebro. En varios experimentos, los meditadores fueron expuestos a estímulos repetitivos, como destellos de luz o chasquidos. Generalmente, el sujeto se acostumbrará al chasquido, y el cerebro, en cierto modo, se desconectará y dejará de reaccionar. Sin embargo, los cerebros de los meditadores continuaron reaccionando a los estímulos -una indicación de una mayor percepción de cada momento—.27

En un experimento, se realizaron pruebas de sensibilidad visual a practicantes de la meditación atenta —la práctica de centrar la conciencia imparcial de la percepción sensorial en el momento presente-. Estas pruebas tuvieron lugar al comienzo y al final de un retiro de tres meses, durante el cual tuvieron que practicar la meditación atenta dieciséis horas al día. Los miembros del personal que no practicaron la medi­tación actuaron como grupo de control. Los investigadores querían comprobar si los participantes podían detectar la duración de simples destellos de luz y el intervalo correcto entre destellos sucesivos. A las personas sin adiestramiento en la concentración, estos destellos les parecerían una luz continua. Después del retiro, los practicantes fue­ron capaces de detectar los destellos individuales y diferenciar los des­tellos sucesivos. La meditación atenta hizo que los practicantes toma­sen conciencia de sus procesos inconscientes, y permaneciesen exquisi­tamente sensibles a los estímulos externos.28 Como indican estos estu­dios, ciertos tipos de concentración, como la meditación, amplían el mecanismo mediante el cual recibimos información y hacen más clara la recepción. Nos convertimos en una radio más potente y sensible.

En el año 2000, Sara Lazar, neurocientífica del Hospital General de Massachussets y experta en resonancia magnética funcional, con­firmó que este proceso produce verdaderos cambios físicos. La reso­nancia magnética convencional emplea ondas de radiofrecuencia y un poderoso campo magnético para ver los tejidos blandos del cuerpo, incluido el cerebro. Por otro lado, la resonancia magnética funcional mide los minúsculos cambios cerebrales que tienen lugar durante las funciones críticas. Confirma dónde y cuándo se procesan los estímu­los y el lenguaje midiendo el aumento del flujo sanguíneo en la fina red de arterias y venas del cerebro en el momento en que ciertas redes neurales son activadas. Para científicos como Lazar, la resonancia magnética funcional es el mejor dispositivo que tiene la ciencia para observar el funcionamiento del cerebro en tiempo real.

Herbert Benson había reclutado a Lazar para que delineara las re­giones cerebrales que se activan durante la práctica de las modalidades simples de meditación. En lugar de analizar más monjes u otros profe­sionales de la meditación que se habían dedicado por entero a la vida contemplativa, Lazar prefirió estudiar los efectos de la meditación sobre los millones de estadounidenses comunes y corrientes que practicaban la meditación sólo entre veinte y sesenta minutos al día. Ella y Benson reclutaron a cinco voluntarios que venían practicando la meditación htndalini durante al menos cuatro años. Este tipo de meditación emplea dos sonidos distintos para centrar y acallar la mente mientras se observa el movimiento de la respiración. Lazar pidió a los volunta­rios que alternaran los intervalos de meditación con los estados de con­trol, durante los cuales tenían que recitar mentalmente una lista de ani­males. Durante el experimento, Lazar también monitoreó la actividad biológica de sus sujetos -frecuencia cardíaca, respiración, niveles de saturación del oxígeno, niveles de C02 espirado y EEG-.

Lazar descubrió que, durante la meditación, los voluntarios pre­sentaban un aumento significativo de las señales enviadas por las estructuras neurales del cerebro implicadas en la atención: la corteza parietal y frontal, o las partes más «nuevas» del cerebro, donde tiene lugar la cognición superior, y la amígdala y el hipotálamo, las partes del «viejo» cerebro, que gobiernan la excitación y el control autónomo.

Este hallazgo también contradijo la opinión generalizada de que la meditación es siempre un estado de quietud. Sus resultados propor­cionaban más pruebas de que durante ciertos tipos de meditación el cerebro está absorto en un estado de atención embelesada.

Lazar también descubrió que el envío de señales en ciertas zonas del cerebro y la actividad neural durante la meditación evolucionan con el tiempo y aumentan con la experiencia meditativa. Los propios voluntarios tenían la impresión de que sus estados mentales seguían cambiando durante cada sesión de meditación y a medida que adqui­rían más experiencia.29

Estos resultados sugerían que un estado de gran concentración podría con el tiempo agrandar ciertas partes del cerebro. Para compro­barlo, Lazar reunió a veinte experimentados practicantes de la meditación atenta de la tradición budista, cinco de los cuales eran profesores de meditación, con una media de nueve años de experiencia meditativa.

Quince personas que no practicaban la meditación actuaron como controles. Los participantes meditaron por turno dentro de una uni­dad de resonancia magnética mientras Lazar tomaba imágenes detalla­das de sus estructuras neurales.

Lazar descubrió que las zonas del cerebro asociadas a la atención, a la conciencia de las sensaciones, de los estímulos sensoriales y del procesamiento sensorial eran más gruesas en los meditadores que en las personas del grupo de control. Los efectos de la meditación eran definitivamente «dosis dependientes»: los aumentos en el grosor de la corteza cerebral eran proporcionales a la cantidad total de tiempo que el participante había dedicado a la meditación.

Las investigaciones de Lazar proporcionaron algunas de las pri­meras pruebas de que la meditación produce alteraciones permanentes en la estructura cerebral. Hasta entonces este tipo de aumento en el volumen cortical había sido asociado únicamente a ciertas prácticas mecánicas repetitivas que requerían un alto de grado de atención, como tocar un instrumento o el malabarismo. Esta era una de las pri­meras pruebas de que tener ciertos pensamientos ejercita la zona del cerebro donde reside la atención y la hace crecer. Como es lógico, el grosor cortical de estas zonas era más pronunciado en los participan­tes más experimentados. Generalmente, el grosor cortical se deteriora debido al envejecimiento. La meditación asidua parece reducir o revertir este proceso.

Además de acelerar el procesamiento cognitivo, parece que la meditación también integra los procesos emocionales y cognitivos. En su examen de la resonancia magnética funcional, Lazar halló indicios de activación del cerebro límbico -la parte supuestamente «instintiva» del cerebro relacionada con las emociones primitivas— La meditación parece afectar no sólo a la parte «superion> analítica y racional, sino también a la parte «inferion> inconsciente e intuitiva. Lazar había des­cubierto una mayor activación de la zona del cerebro responsable de lo que generalmente es conocido como «corazonada». Esta era la prueba física de que la meditación aumenta no sólo nuestra capacidad para recibir información intuitiva, sino también nuestra conciencia de ella.

Davidson mostró que se habían producido aumentos en la zona «altruista» del cerebro -la parte que quiere ayudar— de los monjes que estaban intentando ayudar a la humanidad por medio de sus medita­ciones sobre la compasión. Habían hecho crecer la parte «yo puedo ayudarte» de sus cerebros. Los meditadores de Sara, sin embargo, esta­ban trabajando la atención consciente, un estado de máxima atención, y la que creció fue la parte del cerebro encargada de la atención. Los poderes de observación del cerebro habían aumentado, dejando entrar más información, incluso aquella que es recibida intuitivamente.

Algunas personas nacen con unas antenas más grandes de lo nor­mal y también una mejor recepción. Éste parece ser el caso del médium Ingo Swann. Los poderes paranormales de Swann incluían la visión remota, la capacidad de percibir objetos o acontecimientos que están fuera del alcance de la visión normal. Había ayudado a desarrollar un programa de visión remota que fue usado por el gobierno de los Estados Unidos y era considerado uno de los mejores especialistas del mundo en la práctica de esta visión. Swann había permitido que el peculiar funcionamiento de su mente fuese analizado por el doctor Michael Persinger, profesor de psicología en la Universidad Laurentian de Canadá. Swann fue conectado a un electroencefalógrafo (EEG), y se le pidió que usara sus habilidades para identificar algunos artículos situados en una habitación distante. En el mismo momento en que pudo «ver» los artículos mediante la visión remota, su cerebro presentó ráfagas de actividad rápida que alcanzaron niveles entre el beta alto y el gamma, similares a los registrados por los monjes tibetanos de Benson. Estas ráfagas de actividad se producían principalmente en la región occipital derecha, la zona del cerebro relacionada con la visión. De acuerdo con los resultados del monitoreo de las ondas cerebrales, Swann había entrado en un estado superconsciente, lo que le permitía recibir informaciones a las que no se puede acceder durante la con­ciencia normal de vigilia.

Cuando se le realizó la resonancia magnética, se comprobó tam­bién que poseía un lóbulo parietal-occipital derecho anormalmente grande. Esta es la parte del cerebro asociada a la información sensorial y visual. Persinger había hallado una aberración neural similar en otro médium de talento llamado Sean Harribance.30 Cuando fue monitoreado con un EEG y una tomografía computarizada por emisión de fotón único (SPECT, en sus siglas en inglés) durante sus actividades paranormales, Harribance presentó un aumento de la actividad del lóbulo parietal derecho. Tanto él como Swann habían sido agraciados con una capacidad superior a la normal para «ver» más allá de los lími­tes del tiempo, de la distancia y de los cinco sentidos.

La ciencia había demostrado que con ciertos pensamientos pode­mos alterar y agrandar determinadas partes de nuestro cerebro para convertirnos en un receptor más poderoso y sensible. Pero ¿podríamos también convertirnos en mejores transmisores? Para descubrir algunas de las cualidades que mejoran la transmisión, tendría que estudiar a los «maestros» de la intención con un talento especial en este sentido. E mejor lugar para buscar parecía estar entre los curanderos más dotados.

El especialista en cáncer y psicólogo doctor Lawrence LeShan, que ha estudiado a varios curanderos exitosos, descubrió que éstos tienen en común dos importantes prácticas, además de acceder a un estado alterado de conciencia: visualizan que están unidos a la persona que deben curar e imaginan que ambos se hallan unidos por algo que ellos describen como el Absoluto.31

Los curanderos de Cooperstein también afirmaban haber desacti­vado el ego y eliminado su sentido de identidad y de separación. Tenían la sensación de estar asumiendo el cuerpo y el punto de vista de la persona que tenían que curar. Un curandero incluso sentía cómo cambiaba su propio cuerpo, con distintos patrones y distribuciones de energía. Aunque los curanderos no asumían la enfermedad o el dolor, lo sentían cuando visualizaban su unidad con la persona enferma. En este momento de unión, su percepción se alteraba significadvamente y sus capacidades motoras disminuían. Tenían una percepción expandi­da del presente y perdían la conciencia del paso del dempo. Perdían también la conciencia de los límites de sus propios cuerpos, y tenían una experiencia alterada de su imagen corporal. Se sentían más altos y ligeros —como si estuvieran fuera del cuerpo físico— sumergidos en un sentimiento de amor incondicional. Comenzaban a verse a sí mismos -según comentó un curandero— como «una especie de núcleo que per­manece»:

Soy consciente del proceso como algo que está más allá de mí... Mi intención está obviamente con la persona —mi control consciente ha sido abolido, como si estuviera de pie, observando. Entonces otra cosa toma el control... No creo haber perdido nunca conciencia del hecho de estar sentado aquí.32

Otros curanderos experimentaban una pérdida más profunda de identidad; para llevar a cabo su trabajo, tenían que formar una unidad con la persona a la que intentaban curar: convertirse en ese individuo, con toda su historia física y emocional. Su propia identidad personal y su memoria se desvanecían y entraban en un espacio de conciencia compartida, donde una entidad impersonal realizaba la curación. Algunos de los curanderos experimentaban una identificación mística con espíritus guardianes o guías, y el álter ego espiritual tomaba el control.

Según Krippner, ciertas personalidades son más susceptibles de fusionar su identidad que otras: aquellas que, de acuerdo con un test psi­cológico, poseen «fronteras delgadas». Según el cuestionario Hartmann sobre fronteras, desarrollado por el psiquiatra de la Universidad de Tufts Ernest Hartmann para medir las defensas psicológicas de una persona, la gente con fronteras gruesas es bien organizada, responsable y, como decía el propio Hartmann, está «bien defendida», con un firme senddo de identidad que forma una barrera a su alrededor. La gente con fronteras «delgadas» dende a ser abierta, confiada y despro­tegida.33 Sensibles, vulnerables y creadvas, estas personas suelen invo­lucrarse rápidamente en las relaciones sentimentales, experimentar estados alterados de conciencia y pasar con facilidad de la fantasía a la realidad. A veces, no saben en qué estado se encuentran.34 No reprimen los pensamientos desagradables ni separan los sentimientos de los pen­samientos. Suelen sentirse más cómodas que la gente de fronteras grue­sas con el uso de la intención para controlar o cambiar las cosas que las rodean. En un estudio realizado por Marilyn Schlitz con músicos y artistas, los individuos creativos con fronteras delgadas también obtuvieron mejores resultados en la influencia remota.35

Krippner comprobó la relación entre las fronteras delgadas y la intención en un grupo de estudiantes de la Escuela de Iluminación Ramtha, en Yelm, Washington. Muchas de las técnicas enseñadas en la escuela —por ejemplo, la práctica de centrarse en el objetivo deseado y excluir todos los estímulos externos, y colocar a los estudiantes con los ojos vendados en un laberinto para que intenten encontrar la salidahabían sido diseñadas para ayudar a los estudiantes a ir más allá de sus límites habituales. La escuela alentaba a sus alumnos a usar la imagi­nación fantasiosa, alegando que esto activaba zonas no utilizadas dd cerebro.36 Krippner y varios colegas realizaron tests psicológicos a seis estudiantes que alegaban haber desarrollado una gran habilidad en la manifestación de la intención.

lan Wickramasekera, un psicólogo que participó en algunas de estas investigaciones, había desarrollado una serie de tests psicológicos basados en su modelo de alto riesgo de percepción de la amenaza.37 Wickramasekera alegaba que los tests identificaban a la gente con más probabilidades de tener una experiencia paranormal o más susceptible a la hipnosis. Aunque el test fue originalmente desarrollado para detec­tar a la gente con alto riesgo de sufrir problemas psicológicos durante épocas de grandes cambios vitales, Krippner creía que el modelo de Wickramasekera también podía ser usado para evaluar a los médiums y a los curanderos. Krippner y sus colegas creyeron que podían usar el test para identificar a las personas cuyo sentido inflexible de la reali­dad les impedía percibir o reconocer la información intuitiva. El modelo de Wickramasekera predecía que los individuos estarían en mejores condiciones para realizar una curación en el caso de que pudieran bloquear la sensación de amenaza cuando dejasen de aferrar­se a su identidad separada.

De acuerdo con sus puntuaciones, los estudiantes de Ramtha tenían unas fronteras extraordinariamente delgadas. La puntuación media de Hartmann, obtenida a partir de los tests de 866 individuos, era 273. La puntuación de los estudiantes de Ramtha fue 343. Los úni­cos otros grupos encontrados por Hartmann con fronteras tan delga­das fueron los estudiantes de música y la gente que tenía pesadillas fre­cuentes. Los estudiantes de Ramtha también mostraron un alto grado de lo que los psicólogos llaman un tipo de «disociación» —la capacidad para experimentar fuertes interferencias en su atención— y un alto grado de absorción: una tendencia a perderse en una actividad como la hipnosis y una buena disposición para aceptar otros aspectos de la realidad.38

En mis propias investigaciones sobre los curanderos, he encon­trado dos tipos distintos. Algunos se ven a sí mismos como el agua (la fuente de la curación); otros, como la manguera (el canal a través del cual viaja la energía curativa). El primer grupo creía que su poder era un don personal. Sin embargo, el grupo más grande estaba compues­to por los canalizadores —los que actuaban como vehículos de una fuerza mayor que estaba más allá de sí mismos—.

El proyecto de Elisabeth Targ sobre el sida incluía a 40 curande­ros de todas las tendencias.39 Aproximadamente el 15% de ellos eran curanderos cristianos tradicionales que usaban el rosario o la oración. Otros eran miembros de escuelas de curación no tradicionales, como la Escuela Barbara Brennan de la Luz Curativa, o seguidores de Joyce Goodrich o Lavvrence LeShan. El trabajo de algunos consistía en modificar complejos campos energéticos mediante cambios de color o de vibra­ciones, o en modificar el campo de energía del paciente. Más de la mitad de los curanderos se concentraba en regenerar los chakras, o cen­tros de energía del cuerpo, del paciente; otros trabajaban con tonos, rearmonizando a sus pacientes mediante vibraciones auditivas. Un maestro de Qigong chino les enviaba k¿ armonizador. Un hombre per­teneciente a la tradición indígena norteamericana entró en trance durante una ceremonia tradicional de pipa con cánticos y tambores en el desierto de Cañón Chaco, Nuevo México, y alegó haber entrado en contacto con espíritus en nombre de los pacientes. Una gran parte de las imágenes usadas por los curanderos para describir lo que hacían estaban relacionadas con la relajación, la liberación, o la apertura al espíritu, a la luz o al amor. Para algunos curanderos, el espíritu era Jesús; para otros, La Mujer de las Estrellas, una imagen curativa de los indios norteamericanos.

Targ había entrevistado a los curanderos sobre su trabajo, y tuve la oportunidad de hablar con ella antes de su muerte sobre los puntos en común que había descubierto entre los distintos enfoques.40 Halló que una actitud de compasión o bondad era esencial para poder enviar una intención curativa. Pero sea cual fuere el enfoque utilizado, la mayoría de ellos estaba de acuerdo en una sola cosa: la necesidad de qui­tarse de en medio. La necesidad de rendirse a una fuerza curativa. Los curanderos habían presentado su intención esencialmente como una petición —por favor, bas que esta persona se curey luego se habían qui­tado de en medio. Cuando Targ examinó a los pacientes que más habían mejorado, comprobó que los curanderos que más éxito habían tenido fueron los «canalizadores» —los que se habían apartado para dejar paso a una fuerza mayor—. Ninguno de los curanderos exitosos creía ser el poseedor del poder curativo.41

El psiquiatra Daniel Benor, que ha reunido y clasificado prácti­camente todos los estudios sobre la curación en sus cuatro volúmenes sobre el tema42 así como en su sitio web,43 ha examinado las afirmaciones

y los escritos de los curanderos más famosos para descubrir su forma de trabajar. Uno de los curanderos más estudiados y extraordinarios, Harry Edwards, escribió que el trabajo de un curandero consistía en poner su voluntad y su petición de curación en manos de un poder superior:

Este cambio puede ser descrito (inadecuadamente) como un estado de aturdimiento, como si las persianas se hubiesen cerrado en torno a la mente habitualmente alerta del curandero. Se experimenta la presencia de una nueva personalidad —con un carácter totalmente distinto— que le infunde una sensación de poder y confianza.

[Mientras realiza la curación] el curandero puede estar sólo vaga­mente consciente de los movimientos, conversaciones, etc., que tie­nen lugar a su alrededor. Si alguien le hace una pregunta sobre la condición del paciente, comprobará que puede responder con extra­ordinaria facilidad y sin el menor esfuerzo mental —en otras palabras, la sabia personalidad del Guía le proporciona la respuesta. Así es como el curandero «entra en sintonía» —es la subordinación de su ser físico a la parte espiritual de sí mismo, con ésta convirtiéndose tran­sitoriamente en el yo superior bajo el control del director—.

Para Edwards, lo más importante era apartarse, abandonar el ego personal, hacer un esfuerzo consciente por quitarse de en medio.

Los curanderos de Cooperstein describieron su experiencia como una sensación de entrega total a un ser superior o incluso al propio proceso de la curación. Todos creían formar parte de un todo mayor. Para acceder a la entidad cósmica y no local de la verdadera concien­cia, tenían que trascender los estrechos límites del yo y de la identidad personal, y fusionarse con la entidad superior. Con esta expansión de la conciencia, los curanderos sentían que entraban en comunicación directa con este gran campo de información que les proporcionaba chispazos de información, símbolos e imágenes. Las palabras aparecían de la nada y les daban un diagnóstico. Algo que estaba más allá de su pensamiento consciente se encargaba de llevar a cabo la curación.

Aunque el camino que lleva a la curación implicaba un pensa­miento conscientemente dirigido, no sucede así con la curación pro­piamente dicha. Por ejemplo, en un tratamiento de dos minutos, puede haber un minuto y medio de pensamiento racional y luego «unos cinco segundos de algo irracional, un espacio que puede constituir la clave de toda la experiencia».4' El aspecto más importante del proceso curativo era sin duda la entrega del curandero, su disposición a abandonar el control cognitivo del proceso y a convertirse en pura energía.

Pero ¿era esta capacidad para quitarse de en medio importante en todos los tipos de intención? Encontré una interesante respuesta a esta pregunta en un estudio sobre personas con daño cerebral. Investiga­dores del Programa de Neurología del Comportamiento y del Instituto de Investigaciones Rotman, de la Universidad de Toronto, intentaron repetir el trabajo del Laboratorio PEAR de Princeton usando genera­dores de sucesos aleatorios, pero con una importante diferencia: los participantes eran pacientes con daño en el lóbulo frontal. Aquellos con daño en el lóbulo frontal derecho, que probablemente afectaba a su capacidad para concentrarse y mantener la atención, no tuvieron ningún efecto sobre las máquinas. El único en tener un efecto superior al normal fue un voluntario que había sufrido daños en el lóbulo fron­tal izquierdo pero cuyo lóbulo frontal derecho estaba intacto. Los investigadores especularon que la minusvalía del voluntario podría haberle producido una conciencia reducida de sí mismo, pero con un estado normal de atención. Llegar a un estado de autoconciencia redu­cida —difícil de alcanzar para las personas normales— puede produdr unos mayores efectos de la intención sobre las máquinas/'

Krippner sospecha que durante algunos estados alterados de con­ciencia, el cuerpo «desactiva» de forma natural algunas conexiones neurales, incluida una zona cerca de la parte posterior del cerebro que cal­cula constantemente la orientación en el espacio, la conciencia de dón­de termina el cuerpo y dónde comienza el mundo exterior. Durante una experiencia transpersonal o trascendente, cuando esta región está inactiva, la frontera entre el yo y el otro se difumina; ya no sabes dónde empiezas tú y dónde la otra persona.

Eugene d'Aquili, de la Universidad de Pensilvania, y Andrew Newberg, médico del programa de medicina nuclear del hospital de la universidad, comprobaron esto en un estudio realizado con monjes übetanos. Los momentos de experiencia meditativa mostraban una mayor actividad en los lóbulos frontales del cerebro y una menor acti­vidad en los lóbulos parietales.47 La meditación y otros estados altera­dos de conciencia también pueden afectar a los lóbulos temporales, los cuales albergan la amígdala, un conjunto de células responsable de nuestro sentido de identidad y de nuestra respuesta emocional ante el mundo: si nos gusta o no lo que percibimos. La estimulación de los lóbulos temporales o un trastorno en ellos puede crear familiaridad o extrañeza -rasgos característicos de una experiencia trascendente-. La intensa concentración intencional en otro ser parece «desactivar» la amígdala y eliminar el sentido neural de identidad.

Davidson, Krippner y Lazar demostraron que podemos remodelar determinadas partes de nuestro cerebro, dependiendo de los distin­tos tipos de concentración que usemos y los diferentes pensamientos. Comprendí que la intensa concentración de ciertos tipos de medita­ción puede ser un portal hacia el hiperespacio y la superconciencia, que transporta al meditador a otra dimensión de la realidad. También puede ser una práctica más energizante que relajante, que puede ayu­darnos a reconfigurar nuestros cerebros con objeto de mejorar nuestra recepción y transmisión de la intención. Yo había supuesto que la intención era como un gran esfuerzo o empujón mental, mediante el cual proyectas tus pensamientos hacia otra persona para asegurarte de que tus deseos se conviertan en realidad. Pero los curanderos describían un proceso muy distinto: la intención requiere una concentración inicial, pero luego hace falta una especie de entrega, un momento en que uno deja de aferrarse al yo y se desentiende del resultado deseado.





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